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martes, 24 de mayo de 2016

Colaboración: Viajero solitario de Jack Kerouac

Idioma original: inglés
Título original: Lonesome Traveler
Año de publicación: 1960 
Valoración: Muy recomendable 

¿Venderle el alma al Diablo? Sí, pero cara.
Y si se puede, venderle también otras cosas.
Y venderle a Dios lo que el Diablo no compre.

Vicente Luy.
Jack Kerouac siempre viajó acompañado, incluso en Viajero Solitario. Cualquiera de sus epopeyas, ya sea recorriendo la costa oeste de los Estados Unidos haciendo auto-stop, cruzando la frontera mexicana con medio kilogramo de marihuana encima, hasta viajes en barco de mala muerte, cuenta cómo su entorno se fusiona con él hasta volverse uno solo.

Poseído por una especie de claustrofobia para con el mundo, al bastión de la Generación Beat le bullía una necesidad imperante de estar en movimiento, de aventurarse. Así es como llegó a ser marinero, cronista del Lowell Sun, mozo, cosechador de algodón, empleado en las vías del ferrocarril e incluso, hastiado de su vida nocturna y de tantos excesos, durante una temporada, se convirtió en el guardabosques del Parque Nacional Monte Baker. Pero allí tampoco estaba solo: jugó al póker simulando una contienda de cuatro participantes, cantó para la naturaleza y entabló una relación con un oso que nunca vio. Su esencia siempre se mantuvo acompañada.

No es casualidad que en Viajero Solitario, el autor deje momentáneamente de lado a todos sus compañeros beatniks menos a William S. Burroughs. Ni el corrosivo Neal Cassady figura físicamente, aunque sí en espíritu. Este último se hace presente durante el cruce a México, cuando Kerouac fomenta el consumo de opiáceos y corrompe al hermano menor del guía, un campesino que goza de una vida más que tranquila y, repentinamente, se ve sumergido en los desmanes del grupo a causa de la merma de algunas sustancias. Obviando pequeños e inevitables tramos, la sabiduría inculcada por Burroughs emerge y logra que Kerouac saque a relucir su faceta más pensante y prudente, haciéndose eco de repentinos virajes de la odisea y, sobre todo, de la toma de decisiones.

Aquí, en este libro que recopila ocho jugosas historias unidas por el viaje, se hace foco en el Kerouac más personal e íntimo. Su fanatismo por los trenes devenido en obsesión; su cristianismo y el contradictorio estilo de vida que llevaba en la gran manzana; la simpleza con la que los beats se divertían sin un dólar, desglosando escenas cotidianas con un ojo despierto y atento, riéndose de la gente; hasta uno de sus viajes más peculiares con destino a Europa, con base en París y Tánger.

Dijo Miguel Grinberg, a propósito de Luis Alberto Spinetta: “periódicamente, de modo sutil y persistente, nacen en este planeta individuos predestinados a crear puntos de referencia singulares, todos ellos afinados en una única perspectiva: la evolución de nuestra atribulada especie”. Jack Kerouac ha sido uno de ellos.

También de Kerouac en ULAD: En el camino

Firmado: Juan Martín Nacinovich

sábado, 19 de junio de 2010

Jack Kerouac: En el camino

Idioma original: inglés
Título original: On the Road
Fecha de publicación:
1957
Valoración:
muy recomendable

En el camino es una de las obras más representativas de la Generación Beat. Se trata de una novela altamente autobiográfica que narra los fútiles viajes de Sal Paradise y sus amigos a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Y digo fútiles porque, a pesar de emprender cada uno de ellos lleno de ilusión y confianza en el futuro, el protagonista siempre termina sintiéndose derrotado al llegar a destino. A partir del tercer viaje el lector se empieza a preguntar por qué, entonces, se empeña Sal Paradise en recorrerse el país, primero varias veces de Este a Oeste y, finalmente, de Norte a Sur hasta llegar a México.

Y es que lo importante no es el llegar, sino el viaje en sí: el estar "en el camino". La novela de Kerouac no describe un viaje, sino que es un viaje. La acción adquiere, para los componentes de la Generación Beat -y al igual que para sus contemporáneos los pintores Expresionistas abstractos (Pollock, Kooning...)-, carácter protagonista. Sal Paradise -alter ego de Jack Kerouac- se rebela contra la conservadora y conformista sociedad estadounidense de finales de los años 40-principios de los 50: en contra de la anestesia y el estatismo social, el dinamismo incansable de tratar de buscarse y entenderse a uno mismo incluso desde perspectivas que la sociedad consideraría inmorales (experimentación con drogas, libertinaje sexual...).

Libro más que recomendable que nos muestra la contracultura precursora -e "inspiradora"- de la generación "hippie". Curiosidad relacionada con esto de la "acción": Kerouac escribió el primer borrador de la novela en un único y larguísimo rollo de papel, para que el flujo de creatividad no se viera interrumpido cada vez que tuviera que cambiar el papel de la máquina. Este rollo se conserva hoy en día.

Por cierto: la versión cinematográfica se empezará a filmar en agosto de 2010 de la mano de Gus Van Sant.

También de Kerouac en ULAD: Viajero solitario

lunes, 2 de abril de 2018

William S. Burroughs y Jack Kerouac: Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques


Idioma original: Inglés
Título original: And the hippos were boiled in their tanks
Traductor: Fernando González Corugedo 
Año de publicación: 2008
Valoración: Recomendable

Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques. Menudo título. Parece salido de un cadáver exquisito surrealista. 

Nueva York. La segunda guerra mundial agoniza. Dos narradores (voces de dos escritores distintos: Burroughs, que encarna a Will Dennison, y Kerouac, que plasma a Mike Ryko) se alternan, capítulo tras capítulo. Este lúcido tándem hace de cronista. Habla de bares atestados de marineros, de la música y la universidad, de las chicas, de los puertos y del metro y de los apartamentos y sus caseros... Habla de jóvenes que se pasan el día sumergidos en actividades ociosas o en estériles tanteos de buscar trabajo (tanteos que siempre acaban, paradójicamente, en más actividades ociosas); de jóvenes que gonorrean a todo el mundo algo de dinero, que beben cerveza, se acuestan con chicas, discuten sobre arte sin implicarse demasiado en el mismo...

De modo que estamos ante una historia que parece, a bote pronto, algo superficial. Hay un hilo conductor en esta deriva tan dispersa, basado en hechos reales, por cierto, pero no quiero entrar en él, ya que podría hacer algún spoiler importante (si quieres leer este libro, no curiosees la contraportada, la cual exhibe el conflicto del desenlace impúdicamente). Y es que aún cuando esta trama es la encargada de suscitar nuestra curiosidad, de mantenernos aferrados a la historia, no es, ni de lejos, la enjundia del libro. Creo yo, vamos. Lo que es atractivo de esta obra, además de su historia, es su cualidad de paseo. Paseo sin objeto, abstraído, como los que realizan constantemente sus protagonistas. Este paseo no es, en ningún caso, una pérdida de tiempo. Para los protagonistas sirve como excusa para que su entrenada percepción absorba todo lo que les envuelve, el contexto que después narrarán con absoluta lucidez. Para nosotros, los lectores, este paseo es para que percibamos la atmósfera de la capital norteamericana en esos años. 


También de Kerouac en ULAD: En el camino, Viajero solitario
También de Burroughs en ULAD: El almuerzo desnudo

domingo, 7 de febrero de 2016

César Rendueles: Capitalismo canalla


Idioma: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable, incluso para discrepantes ideológicos (o no)

Desde que estalló la crisis económica en 2008 y, sobre todo, desde las protestas de mayo de 2011, han proliferado en España los libros que tratan de explicar dicha crisis y sus consecuencias; y más aún, cuestionar el sistema socioeconómico que la ha sustentado, el turbocapitalismo de la sociedad de libre mercado (que algunos de estos libros sean editados por grandes corporaciones editoriales, incluso transnacionales, no deja de resultar curioso... pero supongo que sólo supondrá cierta incoherencia para quien quiera verlo como tal).          

Capitalismo canalla, como puede suponer cualquiera, ya tan sólo a partir del título, es uno de estos libros que critica sin ambages el sistema económico imperante y su avance triunfante a lo largo de los últimos 500 años, hasta su hegemonía actual. Según Rendueles, este sistema de organización económica y, sobre todo, de división del trabajo, corresponde a una etapa transitoria en la Historia de la humanidad; los propios orígenes del comercio serían éticamente dudosos (ligados a la piratería y el pillaje) y el capitalismo naciente usó el esclavismo como banco de pruebas para el imperialismo colonialista del XIX, mientras que la utilización de ingentes cantidades de mano de obra barata en los países industrializados se basaba en la privación de sus modos de vida tradicionales. El hiperconsumismo y la ofensiva neoliberal de los 80 acabaron con la solidaridad entre la clase trabajadora y el contrato social que regulaba la economía, consecuente del New Deal y la II Guerra Mundial, hasta derivar en la actual mercantilización extrema no sólo de las actividades económicas, sino las de todo tipo realizadas por los humanos, cuya única premisa parece ser el individualismo egoísta y vacío. Las condiciones de trabajo -que parece ser el verdadero asunto del que trata el libro-, en consecuencia, han ido degradándose hacia la precariedad, la alienación y la frustración, incluso en los países más desarrollados. La solución a esta dislocación económica y laboral pasa, por lo que sugiere el autor del libro, por recuperar el espíritu de la organización del trabajo de las economías preindustriales y fomentar la solidaridad entre trabajadores a partir de la reivindicación de actividades que hasta ahora se han tenido menos en cuenta, e incluso desdeñado, como es la del cuidado entre personas.

Bien, uno podrá estar de acuerdo o discrepar de las ideas de Rendueles, pero no se puede negar que las defiende de forma elocuente y sorprendentemente amena. Y -lo que más nos puede interesar a los librópatas- para hacerlo echa mano de una enorme cantidad de referentes literarios, que utiliza a modo de ejemplos, pero también como proposiciones del hilo argumental que trata de explicar (menos efectivas, en cambio, resultan las anécdotas y ejemplos sacadas de su propia experiencia vital... rozando el sonrojo del lector, en algún caso). No se trata de una lista exhaustiva sacada de algún canon literario; como reza el subtítulo del libro, éste pretende ser Una historia personal del capitalismo a través de la literatura, así que el autor ha echado mano de las lecturas que le han influido a lo largo de su vida. Aún así, la relación de escritores y obras citadas es apabullante; mencionando solamente a los más conocidos (por un servidor), nos encontramos con: Georges Perec, Daniel Defoe, Bern Traven, Melville, Tomás Moro, Roald Dahl, Antonio Gamoneda, Jim Thompson, Steinbeck, el Lazarillo de Tormes, Dickens, Wordsworth, Von Kleist, Carlo Levi, Olbracht, Rimbaud, Bertold Brecht, Platónov, Leopardi, Dostoievski, Coetzee, George Elliot, Hesíodo, Julio Llamazares, Delibes, William Blake, Lod Byron, Percy y Mary Shelley, Kipling, Joseph Conrad, Céline, Yeats, Auden, Stephan Zweig, Jünger, Horace McCoy, Kerouac, Anthony Burgess, Primo Levi, Pasolini, Chimamanda Ngozi Adichie, Sue Townsend, Brett Easton Ellis, John Cheever, Borges, Zizek, George Saunders, Goethe, Doris Lessing, Isaac Rosa, Erri de Luca, San Juan de la Cruz, Agustín García Calvo y Gloria Fuertes. Y, por supuesto Marx y Engels (y aún hay más que no menciono).

Como bien puede suponer cualquier lector, el autor del libro ofrece una visión propia y no convencional -desde el punto de vista de la hegemonía político-económica actual- de las relaciones económicas y laborales, sino también de muchas de estad obras literarias. Por poner un ejemplo: para Rendueles, Moby Dick sería "básicamente la historia de un emprendedor enloquecido, el capitán Ahab, que construye una mitología nihilista en torno a un proyecto de exportaciones extractivas y arrastra en su caída a una a una plantilla de trabajadores migrantes precarios"... (aunque, si no recuerdo mal, los tripulantes del Pequod eran más bien socios del capitán, pues se llevaban una parte de las ganancias). O en el caso de En el camino, la interpretación habitual -una novela sobre el ansia la libertad, la contracultura, la experiencia interior...- estaría ocultando su verdadero significado, que es el de un "reduccionismo psicológico profundamente anticipador", cuya radicalidad "es un síntoma de la progresiva normalización de los procesos de ruptura social" tras la II G. M. Una novela en la que "Kerouac consigue convertir en una sensación privada de intensificación subjetiva lo que, en realidad, es una derrota política colectiva en toda regla"...

En fin, "la verdad os hará libres", dice el Evangelio. Yo no sé si eso es cierto, ni dónde está esa verdad (ni mucho menos propugno que sea este en este libro). Pero lo que sí pienso es que buscarla y, sobre todo, reflexionar sobre lo que encontremos, puede parecerse mucho a esa anhelada libertad. A ello, pues...

jueves, 10 de junio de 2010

Zoom: Aullido, de Allen Ginsberg

Título original: Howl
Idioma original: inglés
Año de publicación: 1956
Valoración: imprescindible

Cuando Ginsberg escribió Aullido en el verano de 1955, concibió el texto como un "poema-performance". El poema no se publicó hasta 1956, después de ganar el juicio por obscenidad al que fue sometido.

¿Es Aullido obsceno? Un poco. ¿Por qué? Para provocar. En cierto modo, el poema reivindica la libertad de los autores para escribir sobre lo que quieran y con el tipo de lenguaje que quieran; trata de romper esa línea que hasta los años 50 separaba la "literatura formal" de las "inspiradoras vidas cotidianas", porque "no debería haber distinción entre lo que escribimos y lo que realmente sabemos" (palabras del propio Ginsberg).

A los miembros de la llamada Generación Beat, de la que Allen Ginsberg y su poema Aullido fueron máximos exponentes, se les acusó a menudo de preocuparse sólo de sí mismos. Y era cierto. Lo que se nos presenta en Aullido son los nombres, los lugares y las locuras reales de un grupo de amigos que quiso experimentar con los límites de la vida y decidió plasmarlo en sus obras. Encontramos, cómo no, multitud de referencias a la vida sexual y al uso de drogas experimentales de los protagonistas.

Como su amigo y figura de referencia Jack Kerouac, Ginsberg trató de dar rienda suelta a la espontaneidad y a la imaginación a la hora de escribir su famoso y controvertido poema. Para ello, no escoge ningún patrón métrico, sino que se deja llevar hasta llegar a ese patrón. El verso de Aullido es totalmente orgánico: como él mismo explicó, la medida del verso es la medida de su respiración.

El poema es un "aullido" que llama la atención del lector sobre un nuevo modo de entender la vida: frenético, imparable y, sobre todo, honesto. Y así es precisamente este poema de Allen Ginsberg. Si tratan de leerlo en voz alta, probablemente mueran asfixiados en el intento.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Jordi Benavente: Tots els focs totes les pistoles

Idioma original: catalán
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar esta reseña
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable
Título original: Tots els focs totes les pistoles

Las circunstancias que rodean a cada uno a la hora de encontrar nuevas voces literarias son múltiples y probablemente válidas todas ellas y, en algunos casos, inclusos sorprendentes, pues conocía de la capacidad de Jordi Benavente como periodista cultural pero ignoraba su talento como escritor. Y, gracias a voces del sector literario en quién confío, me he lanzado a atreverme con un autor totalmente desconocido para mí y para gran parte del público. Y el resultado ha sido gratificantemente sorprendente. Vayamos a ello.

Estamos delante de un libro corto, breve, brevísimo y terriblemente minimalista, con un estilo que se mueve entre reflexiones, relatos cortos, cuentos, poemas en prosa y aforismos. Las escenas que describe el autor son pequeños fragmentos, pinceladas, a menudo aparentemente inconexas, que ejemplifican la importancia del detalle, buscando esos pequeños despuntes, aristas que asoman sobresaliendo en la cotidianidad que la hacen bella, interesante y valiosa; puede tratarse de una hierba en el camino, una casa en el bosque, o la naturaleza que lo envuelve, pues todo sirve, todo es útil, todo es munición para reflexionar y valorar que todo tiene cabida en un mundo cambiante y retador. Es en esas cosas, en esos destellos de realidad, donde debemos y podemos agarrarnos, porque siempre están ahí, porque no dependen de nadie, porque no podrán sernos arrebatadas pues nadie se fijaría en ellas ni tan siquiera para codiciarlas. Pero existen. Están ahí. Y las necesitamos.

Con esta mirada detallista y terriblemente palpable e identificable, el autor narra desde el territorio, desde una naturaleza salvaje y agreste que el autor (y sus múltiples voces narradoras) no rehúye ni evita, pues lo imaginamos solitario, reflexivo y sereno ante tales paisajes. Porque ya el autor reconoce en el inicio que «acaricio árboles caídos en la “plana de les Bruixes”, y también acaricio la roca antigua y la herida abierta que dejaron garras aún más antiguas», porque «es el olor de la hierba de los márgenes, tostada por el sol, lo que me pone en marcha». Y, al igual que una de las voces del relato acaricia árboles, el autor se aproxima a la vida para acariciarla desde cerca, intentado demostrar que existe y averiguar qué es, constatar en los pequeños detalles indicios de realidad, como hace al recordar aquellas edades en la infancia en las que «poníamos petardos dentro de los nidos de los bichos bola (…) dudando uno o dos segundos cada vez, pero siempre encendíamos la mecha. Y después de la explosión, acercábamos la nariz para ver qué. Qué quería decir ser vivo. Qué quería decir ser niño». Porque ansía «deambular salvajes por el bosque, como cuando éramos pequeños y todo eran mapas del tesoro y no había relojes».

El autor, que se confiesa seguidor de Sam Shepard, Jack Kerouac y Patti Smith, en ese ambiente terrenal que uno augura seco y árido, nutre también el relato de pistolas y aires de western y lucha con munición literaria contra un día a día que llena de obstáculos la meta deseada consistente en conseguir aquellos versos que sobresalgan, alentándose en su propio propósito al afirmar que «tú busca el tono. Búscalo y tira fuerte de él. Tira de él hasta que esta prosa tuya se eleve por encima de la ropa sucia y los platos por fregar. Hasta que encuentres la batalla que valga las bajas que habrá, porque las habrá». Porque esa lucha, suya, también nuestra, está también en el día a día, en nuestras obligaciones diarias y en una paternidad que, en este ecléctico retrato del ciudadano corriente, la retrata llena de miedos y temores, con la noticia de un embarazo recibida con una «gota de sudor, preñada de dudas, surcando un rostro curtido por horas de insolaciones». Benavente explora en las emociones y las defiende, a capa y espada, con balas y pistolas, con todo el armamento que es capaz de encontrar en las palabras, porque «escribes porque quieres, tienes hijos porque quieres, y los velarás porque son tuyos, hijos y versos» encajando así la vida dentro de la vida y la letra como parte propia, como una porción de sí mismo.

Mucho mejor en el retrato de la cotidianidad que en los pequeños cuentos insertados y que a menudo acompaña de armas o peleas, siempre a manos de personas perdidas, sin casi rostro ni consciencia, Benavente destaca por una prosa poética que comprendemos y entendemos, que la hacemos propia porque esa realidad es palpable y visible, porque todos tenemos obstáculos en nuestro camino y piedras con las que tropezar, pero que sorteamos decidiendo, a cada paso, si el siguiente será el que valga la pena, si nos llevara donde queremos, ni nuestra pisada encontrará una tierra que nos acogerá o será una punzada más que lastimará aún más nuestros ya callosos pies. Y esa pisada siempre caerá, como lo hace su literatura, en los márgenes, allí donde la línea del bienestar se debate entre la placidez de la trazada conocida y el agreste costado de lo salvaje donde transita y solo pocos centímetros de distancia o de fortuna separan el acierto o el desatino. Benavente escribe desde los márgenes, como un outsider de la vida que se necesita encontrarse entre paisajes desolados. Narra con la voz de una solitaria alma errante que se busca entre prados, bosques y naturaleza, porque «el autor escribe porque lee, y lee para sobrevivir. Y si tengo que elegir entre leer o escribir, elijo salir a caminar», para huir y encontrarse, para escapar del «miedo de vivir miedo de morir miedo de vivir muerto miedo de vivir sin haber vivido o, como muchos de nosotros, toda la vida huyendo en círculos».

El autor también nos habla de los males de una sociedad de vista nublada hacia lo que viene, hacia el cambio climático y el abandono del ámbito rural y de la naturaleza, lamentándose acerca de «la manera en la que nos hablaba la lluvia y como la ignorábamos nosotros», porque «tenemos tres mil aplicaciones en el móvil pero, a pelo, somos incapaces de identificar el árbol que tiene la flor lila. Hemos negligido las canciones de los abuelos».

El autor empieza gran parte de sus reflexiones con un «dejó escrito: » que utiliza a modo de muletilla para apoyarse entre textos y que a la vez funciona como declaración de intenciones, pues ese es su testimonio, ese es su legado, esos son sus pensamientos que en sus diferentes formas y profundidades conforman los distintos sustratos emocionales que argamasan la vida de cada uno de nosotros. Piedra a piedra, camino a camino, detalle a detalle, nos conformamos y nos construimos, en un conglomerado que constituye la estructura humana bajo la cual permanecen encerradas (y a veces enterradas, bajo capas de lodo, tierra y polvo) nuestras ilusiones y nuestros sueños, recorriendo caminos y viajes, que el autor resume perfectamente afirmando, en una de las voces del relato, que «yo siempre pensé que no llegó a volver jamás, de aquel viaje, que no se vuelve, de los caminos. Hundido en la butaca. Bajo un cielo inmenso que no ha dejado nunca de crecerle por dentro». Y algo muy parecido ocurre con este libro; no lo dejamos una vez terminado, permanece dentro de nosotros, vivo y palpitante, para recordarnos que es en los pequeños detalles donde encontramos la vida y a nosotros mismos.

domingo, 25 de octubre de 2020

Jordi Costa: Cómo acabar con la Contracultura

Idioma original: español

Año de publicación: 2019

Valoración: bastante recomendable

Los motivos que pueden incitarme a leer un ensayo de más de 300 páginas sobre un fenómeno que se dio por finiquitado hace más de tres décadas son tan peregrinos como recordar la discutible traducción al español del título de un libro de Woody Allen, pensar que la ironía del autor al titular su obra siempre merece cierta atención, llamad al que esto firma caprichoso o errático en sus elecciones, pero anda, poneos en el pellejo de las frecuencias y regularidades que imperan por estos lares. En apenas catorce horas esto ha de publicarse y mi opinión sobre el libro es una especie de compendio de sensaciones. 

Primero: el fenómeno de la Contracultura en España es un fenómeno que más que una enorme repercusión o incluso una secuencia proyectada hacia el presente, queda como una especie de hecho aislado, un oasis que me cuesta adjetivar (no es creativo, no es disidente, no es original), pero que, aunque no llegué a vivir (nací algo tarde para ello) en su plenitud, sí que llegué a apreciar en algo que podría denominar como onda concéntrica de efecto ya mitigado. La Contracultura, como todo movimiento de cierta repercusión en España por la época, era una mera replica adaptada de lo que podía llegar, filtrada por la censura y tamizada por el precario acceso a las fuentes originales, del movimiento homónimo originado en los Estados Unidos y abanderado por los adalides del Nuevo Periodismo, ciertos escritores difíciles de encasillar como Kerouac, Ginsbergh, Burroughs, una generación marcada por el movimiento hippy, las reacciones a la Guerra de Vietnam, el uso de los estupefacientes, ciertos ideales no poco contradictorios, etc.

Segundo: como fenómeno, hay que reconocer a los grandes nombres del movimiento su valentía por encarnar esos valores en un entorno tan hostil, duro no solo en lo social sino en lo puramente físico, ahí se jugaban encontronazos con duras leyes que hostigaban a todo aquel que se salía del repugnante entorno nacional-católico. 

Tercero: en esta enumeración de personajes y hechos relevantes que acapara las tres cuartas partes del libro, documentada y exhaustiva, es triste constatar como un movimiento contestatario, incluso rebelde en cierto sentido, ha dejado tan poco poso, un poso casi más estético que intelectual, y la gran mayoría de sus nombres de referencia han acabado inscribiéndose en los círculos más acomodaticios de la cultura a la que pretendían derrocar, cuando no han protagonizado espectaculares trayectorias ideológicas, sonrojantes en algunos casos en que personajes que se abanderaron como transgresores en su tierna juventud acaban sus días como ancianos conservadores casi de misa diaria.

Costa narra con todo lujo de detalles (algunos de ellos realmente demostrativos de que el libro es un trabajo de mucho mérito), si bien ese alejamiento temporal del movimiento puede abrumar al lector profano o a quien no tenga una primera referencia anclada en la memoria. No se limita a enumerar personajes y obras sino que adopta esa posición crítica que podríamos resumir, respecto a según qué figuras, en un casi dramático "quién te ha visto y quién te ve".

Pero, curioso, cuando podría resolver que este libro gustará tanto como a uno le interesen los movimientos culturales, este en particular, o sea seguidor irredento de alguno de sus componentes, el libro se redime, digamos que más que remontar empieza a brillar de forma fulgurante, con el testimonio de la youtuber Esty Quesada ("Soy una pringada") cuya trayectoria vital podría tener apenas una lejana analogía con el movimiento, pero cuyas declaraciones tienen un profundo componente emocional, duro, contundente. 

viernes, 12 de marzo de 2021

Henry Miller: Una pesadilla con aire acondicionado

 Idioma original: inglés

Título original: The Air-conditioned Nightmare

Traducción: José Luis Piquero

Año de publicación: 1945

Valoración: Entre recomendable y Está bien


Henry Miller se había ido a Europa, a Paris concretamente, a lo mismo que cientos de artistas de todos los géneros, a vivir en el cogollo del arte, donde todo se gestaba, donde las vanguardias eran siempre bienvenidas, la creatividad se respiraba en cada café, en cada pensión de mala muerte. Pero los tiempos dejaron de ser propicios y la guerra llamaba a las puertas, así que decidió volver a los Estados Unidos para materializar una idea que le llevaba tiempo rondando: un largo viaje por su país natal para explorar su realidad y trasladarla a un libro. Lo hace allá por 1941, todavía antes de Pearl Harbour, y el libro es el resultado del periplo.

Parece indudable que Miller ya inicia la aventura con prejuicios muy sólidos. El hombre llega seguramente tan fascinado por el viejo continente que acaba de dejar,  tan predispuesto a encontrarse algo abominable, que lo larga en el primer y más descriptivo capítulo titulado ¡Buenas noticias! ¡Dios es amor! Son horribles las ciudades (en particular, Nueva York, donde nació) pero también las localidades más pequeñas, es un mundo impersonal, cegado por la ambición y el consumismo, un lugar íntegramente dominado por la vulgaridad: 

“Tenemos un gusto arquitectónico que se acerca al punto de la inexistencia tanto como es posible. En las diez mil millas que he recorrido hasta ahora, he conocido dos ciudades que poseen barrios merecedores de echarles un segundo vistazo: me refiero a Charleston y a Nueva Orleans. El resto de ciudades, pueblos y villas por los que he pasado espero no volver a verlos en toda mi vida"

No solo en el aspecto externo. El puritanismo y la obsesión por las comodidades y las posesiones materiales ha degradado hasta tal punto al norteamericano que todo ha dejado de importar: la educación, el arte, la pobreza, la democracia misma. Es una sociedad enferma que inevitablemente compara con la Europa que acaba de dejar, cargada de historia, de joyas arquitectónicas, de ideales, de explosiva creatividad. 

Sin embargo, este potente arranque del libro, que a veces se coloca como extracto significativo, no agota la narración, porque el viaje continúa y Miller, que parece haberse desahogado suficientemente, recorre el sur del país en un viejo Buick destartalado. El formato hace inevitable el recuerdo de Kerouac, aunque En el camino se escribió unos cuantos años más tarde, y las similitudes no van mucho más allá del carácter itinerante y el entorno geográfico. Olvidándose un tanto de las ciudades y sus aberraciones, Miller se va deteniendo a conocer a diversos personajes, siempre relacionados con las artes o el pensamiento, tipos más o menos extravagantes que suscitan su entusiasmo, como un tal Weeks Hall (que recuerda vagamente al Canterel de Raymond Roussel), el cirujano-pintor Souchon, o el músico Edgar Varèse. Individuos aislados que parecen conservar el espíritu que Miller echa de menos en el alma del país, que de alguna manera trascienden ese mundo materialista del que reniega y conectan con el equipaje mental que trae del viejo mundo. Siempre en el sur, donde el autor parece encontrar restos de las antiguas esencias perdidas desde la victoria del Norte en la guerra, el poso de formas aristocráticas, la vida a un ritmo pausado deleitándose en el detalle, el buen gusto ligeramente decadente, las plantaciones de tabaco y algodón. 

Los encuentros con estos personajes hacen florecer cierto impulso filosófico que muestra a un Miller vital, a veces atronador, siempre sincero y también reflexivo, sensible ante la injusticia (la desigualdad y la pobreza, la segregación de negros e indios, el menosprecio hacia el artista) y con un espíritu irreductible: 

“A los dieciocho años era tan filósofo como lo seré siempre. Un anarquista de corazón, un espíritu no gregario, un independiente y un filibustero. Amistades sólidas, odios sólidos, desprecio de todo lo tibio, de toda componenda.”

Pero también con un profundo sentido de la estética que se expresa con generosidad al contemplar el Gran Cañón del Colorado, al que dedica bellísimas descripciones, aunque no por ello deja pasar la oportunidad de remachar ‘Por qué será que en América las grandes obras de arte son todas obra de la Naturaleza?’ 

Como el libro es sobre todo un híbrido en el que cabe todo, tiene momentos para cosas muy diversas como la narración, con tintes surrealistas, de un sueño a propósito de la ciudad de Mobile (solamente a partir de su toponimia), los desternillantes relatos de sus penalidades en la carretera o de una cena de alto copete en Hollywood, o la versión dramatizada de una hipotética charla entre el interesante acuarelista John Marin y su mentor Alfred Stieglitz. De manera que el Miller cronista deja amplio espacio al escritor deseoso de expresarse libremente en distintas direcciones.

Queda la sensación de que aquel comienzo incendiario del libro pudiera no ser totalmente representativo de las convicciones del autor. Quizá era solo producto del shock por haber dejado la Europa ilustrada en la que creció como escritor y tal vez enfrentarse a algunos de sus fantasmas personales. Porque aunque de entrada nos topemos con algo parecido al dolor por una patria decepcionante (a este lado del charco resonarían ecos de la generación del 98), da la sensación de que poco a poco Miller se va sintiendo menos incómodo y empieza a encontrar argumentos para detestar en menor medida o con menos vehemencia el país al que regresa.

Otras obras de Henry Miller en ULADTrópico de Cáncer


miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

viernes, 24 de mayo de 2024

Charles Bukowski: Hollywood

Idioma original: inglés

Título original: Hollywood

Traducción: Cecilia Ceriani

Año de publicación: 1989

Valoración: Está bien


No creo que me equivoque mucho si digo que casi todos hemos catado en alguna medida a Bukowski en nuestra juventud. Es que es irresistible, todo eso del realismo sucio, hablando sin tapujos de sexo, de alcohol, libros en los que se dice follar y que te jodan, tipos antisociales que se ríen de las convenciones. Una especie de versión cínica de Kerouac, un Borroughs en viaje de vuelta. Un cóctel apetecible para alguien ansioso de conocer el lado oscuro del vicio, el riesgo y las peleas. Muchos años más tarde echamos un vistazo a aquellas historias y, claro, impresionan bastante menos pero ¿pueden seguir resultando atrayentes?

Un director de cine encarga a Bukowski (o a su inevitable alter ego Chinaski) que escriba un guion. Tras algunas dudas consigue sacarlo adelante, y ahora toca hacer la película. Todo son dificultades con productores y actores, con la financiación y los caprichos de la industria, problemas que el guionista contempla a cierta distancia, más vinculado al proyecto por amistad que por auténtico interés (al margen del económico, claro). Las múltiples vicisitudes que se van sucediendo, algunas disparatadas pero con el aspecto de ser muy reales, constituyen el cuerpo del relato de principio a fin.

Bukowski siempre habla de Bukowski, con lo que la lectura de todos sus libros nos proporciona algo parecido a una biografía completa. Esta tendencia a contarnos sus excesos y aventuras puede resultar un poco cansina, y hasta poner en cuestión la creatividad del autor. Pero bueno, es innegable que con su personaje a cuestas consigue arrastrar a buen número de incondicionales que disfrutan de su aspereza y su sarcasmo. Todo esto lo encontramos, claro está, en Hollywood, que por lo demás me parece un texto algo monótono, una colección de anécdotas más o menos cómicas que desde el punto de vista narrativo no dan mucho más de sí.

Claro que Bukowski no es mal escritor, no solo tiene un estilo muy personal y domina perfectamente la acción (no por nada es su propio protagonista y puede estirar, adornar o reinventar su propia experiencia), sino que también sabe colocar elementos que realcen su relato. Aunque sea en una capa menos visible, podemos detectar la decadencia que marca la edad, y una especie de viaje involuntario, casual o no tanto, a lugares visitados en la juventud, un punto muy tenue que, sumergido en la ironía dominante, se diría que el autor no quiere que se llegue a apreciar. El peculiar papel del guionista asoma también entre las páginas, es quien ‘hace latir los corazones’ de sus personajes, quien les da ‘palabras para hablar’, les hace vivir o morir; pero

¿Y dónde estaba el escritor? ¿Quién fotografiaba alguna vez al escritor? ¿Quién aplaudía? Aunque menos mal ¡joder!, claro que menos mal: el escritor estaba donde debía estar: en algún rincón oscuro, observando.

Ya, se podría añadir, o más bien en el bar, o en ese mismo rincón oscuro trasegando un par de botellas de vino. Porque si nos parásemos a contar las botellas que se vacían en este relato (sobre todo vino, pero también whisky, vodka, lo que se tercie) nos podría salir un número cercano a ese gúgol que nos es tan familiar, no por nada la presencia del alcohol en los relatos de Bukowski, o sea, en su propio día a día, es de esas cosas que en principio hacen gracia, diríamos que despiertan simpatía, pero sobrepasada una frontera, empiezan a dar bastante grima. Quizá también porque, queriéndolo o no, todo tiene un ligero aire de autoparodia: al autor le gusta presentarse como el alcohólico irreductible que ha aprendido a integrar su vicio con cierta dignidad, y también como el sexagenario bien curtido al que nada asusta, el superviviente que se ríe del mundo y sus pequeñas miserias.

Naturalmente, hay en el fondo una corriente crítica con la industria del cine, el gobierno implacable del dinero y la ambición, los caprichos de las estrellas y la mezquindad de los productores, la falsedad escondida en fiestas aburridas donde cada uno busca su oportunidad. Y por ahí, ocultándose o saludando, anda Bukowski, que a fin de cuentas parece un buen hombre, buscando al camarero para que le ponga otra copa.

Más de Charles Bukowski reseñado en ULADaquí


domingo, 23 de octubre de 2016

El libro de culto y la madre que lo parió

Culto: concepto que huele a religión por bastantes lados. Libros que tenemos en un altar. Libros cuya lectura casi requiere una liturgia. Libros en que tenemos fe. Alguno se va a volver loco con el concepto. Porque, para empezar , los colaboradores de ULAD ya deben haber reseñado algunos de esos libros que cada uno considera de culto. Es algo casi fetichista y un concepto realmente difícil de definir. Porque encima hay autores de culto, cosa que ayuda, pero que amplia el rango y hace difusas sus fronteras. Voy a intentarlo.

- Best sellers: no, de ninguna manera, en un principio (aunque pasadas unas décadas, lo miraríamos).

- Best sellers que lo han sido, tras cierto tiempo, merced a la insistencia y tesón de los que han ido promocionando en petit comité, sus virtudes: quizás.

- Obras oscuras de autores conocidos (preferentemente saliendo de su estilo, temática o formato habitual): quizás tirando a sí.

- Obras oscuras de autores oscuros: ediciones limitadas, traducciones extrañas, obras intraducidas, obras que escritores han escrito en idiomas diferentes a los habituales, textos difíciles pero sujetos a interpretaciones, obras muy cortas u obras muy largas. Pseudónimos nunca aclarados. Temas oscuros (me apuesto algo gordo a que hay mucha ciencia ficción entre los libros de culto), significados ocultos (¡ocultos!), tanteos con lo esotérico, con lo misterioso: sí.
Plus: si los autores han enloquecido, delinquido, desaparecido en turbias circunstancias, desarrollado adicciones, dejado de publicar de forma repentina, cambiado de nombre, de sexo, de religión, de creencias políticas, de equipo de fútbol, de marca de refresco.

- Obras que no conoce nadie pero has leído ocho veces sin haber sido capaz de  encontrar NI EN GOOGLE nadie que haya oído o leído acerca de ellas: sí, absolutamente. 

- Obras inéditas pero de las que has oído hablar a cuatro amigos en una habitación cerrada, conversación que ha acabado súbitamente cuando has entrado: por favor, una de ésas.

Espero que os haya quedado claro. Porque a mí no: googleo "libro de culto" y me salen los sospechosos habituales. Salinger, varias veces, Kennedy Toole, Kerouac, Hunter S. Thompson. Todos norteamericanos, muchos asociados a esa época efervescente entre los 40 y los primeros 70. Parece que lo acaparen todo, los tíos, pero, ya dije, los hemos reseñado ya aquí. Obvio. Cualquiera que escribe sobre literatura en la red empezará por su libro de cabecera, y se obstinará en demostrar que vio algo que otros no vieron. Los libros de culto son tan inexplicables que, encima, han encontrado en algo como internet el espacio adecuado para agrandar su mito. Blogs y foros y chats privados son capaces de discutir eternamente no sobre un libro entero, sino sobre los significados de personajes, escenas, párrafos y frases. Fascinante, aunque también algo desorientador. Uno se siente desolado si no comprende qué le ve cierta gente a ciertos libros. Porque los fanáticos de un libro tienden a menudo a pensar que ese libro oculta el sentido de todo, y que ignorar esa cualidad es una forma de ceguera. Puede que lo de los libros de culto sea otra forma de ser snob. Uno divulgaría esa obra entre su entorno más inmediato, pero tampoco se sentiría incómodo si trascendiera de ese círculo: un libro de culto no puede ser fácil de encontrar, per se. Si vemos a alguien en el autobús leyéndolo, descartadas todas las posibilidades de la casualidad, miraremos fijamente a esa persona y esperaremos la señal.

Uh. Creo que es inútil extenderse en más explicaciones.

Porque, como ya podríais ir suponiendo, a eso vamos a dedicar la semana que viene. Pero no queremos estar solos en esta dura labor. Así que os vamos a pedir que uséis los comentarios para explicarnos sobre vuestros libros de culto, sus razones y, quizás, un breve alegato por si nos da a nosotros por considerarlos también. No pretendáis que os adelantemos cuáles vamos a incluir, por eso. No haremos más advertencias.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Richard Brautigan: La pesca de la trucha en América

Idioma original: inglés
Título original: Trout Fishing in America
Año de publicación: 1967
Traductor: Pablo Álvarez Ellacuria
Valoración: ¿Recomendable? Humm... ¡diablos, sí!

Inclasificable.

Este adjetivo es el que más veces leerá cualquiera que se dedique a buscar reseñas sobre este libro... yo lo he hecho y no voy a dármelas de original. Porque, ciertamente, este libro lo es: inclasificable.

No es una novela, aunque tampoco podemos decir que no lo sea (en cierto modo). No es un libro de relatos, aunque muchos de sus capítulos lo parezcan. No es un libro de viajes, aunque tiene mucho de "novela de carretera" -o "de arroyo", en este caso-, a través de insólitos rincones de Estados Unidos. No es un libro de pensamientos filosóficos o políticos, aunque éstos también estén presentes (o mejor, aún, sumergidos, comos las truchas a las que se hace referencia una y otra vez). No es un libro de poesía, aunque haya pasajes de un lirismo sorprendente (y algo lisérgico, hay que decir...). No es una autobiografía... o lo es de una manera peculiar, a partir de momentos que casi nadie consideraría representativos del transcurrir de su propia vida (quizás de eso se trate, en realidad). No es un libro de humor, y eso que éste abunda en muchas de sus páginas, pero es un humor que, o bien adopta forma de sarcasmo o en general resulta bastante sombrío, poco dado a provocar la carcajada (conociendo ciertos avatares de la vida de Brautigan, que se cuentan en el prólogo, se entiende este humor subterráneo). No es un libro sobre la naturaleza de su país, o lo es sobre la naturaleza que está dejando de serlo, cada vez más degradada por la mano del hombre. No es un libro sobre la pesca de la trucha en América, repleto de anécdotas de pescador... o, un momento, puede que eso sí que lo sea, a su manera... (supongo, además, que al autor pudo resultarle muy gracioso pensar en los pescadores domingueros, tocados con sus gorras de béisbol y armados de sus neveras portátiles, que compraran este libro esperando encontrar los secretos para pescar truchas en América).

En la contraportada de esta edición -muy bien editada, por cierto-, encontramos nombres, referencias como Dylan, Ginsberg, Hemingway, Mark Twain, Emerson, Thoureau... así como autores en los que parece haber influido Brautigan: Raymond Carver, David Foster Wallace (no en lo de las notas a pie de página, gracias a Dios), Murakami (!)... Puede que todo sea cierto, así como se podrían añadir, tanto en la lista de influencias recibidas como ejercidas, a Kerouac, Hunter S. Thompson, Bukowski... Por su época y actitud, Brautigan pertenece, ciertamente, a la generación de escritores beat -y del postmodernismo literario norteamericano-, aunque le llegó el éxito más tarde, en plena época del flower power... En todo caso, cualquier intento clasificatorio es vano: Brautigan se nos aparece como un autor personalísimo, de lo más original en sus imágenes, de un surrealismo escurridizo (cabe suponer que a la hora de redactar más de una de estas páginas, este escritor se había dejado abiertas las puertas de su percepción, para que nos entendamos).

El propio concepto de "la pesca de la trucha en América"  no deja de ser cambiante y huidizo... Por supuesto, es una metáfora que se repite en casi todo el libro -a veces, sin embargo, es literal y de lo que habla es de pescar truchas en América, sin más-, pero lo mismo se refiere a la felicidad que, según la Constitución de Estados Unidos, todo ciudadano americano tiene derecho a buscar (la referencia a Benjamin Franklin que se hace al comienzo es inequívoca); al éxito que, según se dice, aguarda a todo el mundo en la "tierra de las oportunidades", o a la libertad que, según se dice también, constituye la base sobre la que se cimenta tan gran país. De hecho, "la pesca de la trucha en América" también parece hacer alusión, en otras ocasiones, a la propia América (Estados Unidos de, se entiende), pero también a sus "enemigos" en aquellos años 50 y 60, como eran Vietnam o la amenaza del comunismo internacional... O sirve para denominar a una persona concreta, incluyendo el propio autor, o una organización o idea.... o se convierte en el propio marco en el que se desarrolla la metáfora de "la pesca de la trucha en América"... en fin, que más vale relajarse y no tratar de entenderlo racionalmente...

Un libro -novela, ensayo o lo que sea- que quizá no sirva para trazar nuevos caminos para los escritores ni encontrar arroyos en los que practicar la pesca de truchas -literarias, quiero decir- para los lectores, pero que no se debería dejar de leer, aunque sólo sea para conocer una visión diferente, abierta y heterodoxa (y más bien triste, me temo), del mundo y sus circunstancias, incluyendo la literatura. Y la pesca, claro.

Otrostítulos de Richard Brautigan reseñados en Un Libro Al Día: Un detective en Babilonia, El monstruo de Hawkline

sábado, 9 de agosto de 2025

Ignacio Aldecoa: Con el viento solano

Idioma: español 

Año de publicación: 1956

Valoración: muy recomendable

El pasado día 24 de julio se cumplió el centenario del nacimiento del insigne escritor vasco Ignacio Aldecoa e Isasi (la vena literaria le venía por parte de madre, presumo). Como en este blog somos rebeldes,  independientes y hasta iconoclastas decidimos celebrarlo no cuando tocaba, sino unos cuantos días más tarde (bueno, vale, que se nos pasó... Es decir, que se me pasó a mí). Así pues, aquí va, en su honor, la reseña de una novela de Ignacio Aldecoa... Al que, increíblemente, aún no habíamos dedicado una entrada en el blog. Nunca es tarde para hacer lo correcto, empero.

Con el viento solano es una de las pocas pero intensas novelas que escribió, la crónica de una huida, una road-novel que se desarrolla en los años 50, por los campos toledanos, las ferias de los pueblos, el laberinto urbano que es Madrid... Sebastián es un gitano de Talavera que, a resultas de una trifulca de borrachos, se escapa de la Guardia Civil, con trágico resultado. Busca ayuda en los amigos y la familia, pero la recibe, sobre todo, de los extraños que va encontrando por el camino, un camino que precede al de Kerouac y que va transformando al protagonista, en principio un holgazán y pendenciero, en un personaje trágico, casi existencialista, un extranjero en el mundo que le rodea, como un personaje de Camus. Las historia, no obstante, tiene sobre todo trazas de novela negra un tanto inusual, de noir ibérico que transcurre por los bordes de una sociedad que apenas salía de la miseria, de una época triste y cutre, por más que ahora se empeñen en glorificar algunos que no la vivieron. La España de los bares de mala muerte y las prostitutas, de los pueblos medio derruido, anclados en el tiempo y de los trotamundos que los recorren tratando de malabares la vida. De los perdedores, marginales y desesperados. O resignados... Novela, por cierto, que es, más que la segunda parte, el reverso, incluso, en su estructura, en cierto modo, de la anterior de este escritor, El fulgor y la sangre, en la que las esposas de unos guardias civiles reciben la noticia de la muerte de uno de sus maridos.

El autor echa mano para ello de un léxico que hoy nos puede parecer periclitado o incluso exótico de tan caduco, pero que hace setenta años  (y menos) sin duda aún seguía en uso: el lenguaje cervantino  del campo castellano, el propio de oficios ya desaparecido, las formas de cortesía o, simplemente, las mañas para medirse entre hombres en una época sin redes sociales, con menos prisa y más sociabilidad aunque también desconfianza ante el forastero. Un léxico que, sobre todo el referente a los animales, a los campos, puede no sonar tan natural en Aldecoa (hijo de una familia burguesa de Vitoria, después de todo) como en Delibes, por ejemplo, pero tampoco resulta extemporáneo, pues, como ya digo, aún continuaba siendo el lenguaje de su tiempo; esta novela no es ni un pastiche ni una reconstrucción filológica. No es Intemperie, para entendernos (dicho con todo el respeto por mi parte). Parecido ocurre con los diálogos en los que se hace más presente el argot callejero y noctámbulo, casi agermanado (aunque sospecho que esto lo conocía Aldecoa más de primera mano); ha cambiado tanto que hoy nos resulta casi ininteligible a los que hablamos el castellano de España (no digamos de otras latitudes), pero, sin duda, corresponde a ese momento y a esa realidad concreta. Curiosamente, el léxico que se entiende mejor, en ocasiones, es el de los términos procedentes del caló y que ya han permeado hacia el acervo común del idioma... En todo caso, aparte del recurso a una terminología específica, ya sea rural o maleva, destaca en la novela la precisión con la que está escrita, sobre todo en lo referente a las descripciones, donde cada palabra está en el lugar que le corresponde y no podría cambiarse por otra, en las que el autor hace gala, además de una cierta audacia narrativa, aquí y allá, que contrasta con el estilo general, mucho más seco, aun sin llegar a lo austero, que encontramos a lo largo de toda  la novela.

Una novela que, de haber sido escrita en inglés, por ejemplo, y ambientada en el profundo Sur o en el Medio Oeste norteamericano, sería sin duda un clásico del género negro, ambientada en la España mesetaria de los 50, no deja de ser una curiosidad con tintes de novela social de un autor interesado por los ambientes singulares que se daban en la sociedad de su época -el boxeo, los toros, la pesca- y, más que nada, en las gentes que se movían a ellos -también, por cierto, resulta insólito para la época que pusiera como protagonista a un hombre de etnia gitana  y que incluso le dote de un aura de antihéroe trágico, más allá de crimen que haya cometido-; una novela, en todo caso, de una intensidad, una casta y un respeto hacia el desamparo, hacia quien ya no le queda nada, que merece la pena descubrir y reivindicar. Hay que leer a Aldecoa, hacedme caso, aunque hasta ahora no nos hayamos acordado de él en el blog... Pero os prometo que volverá.

Nota final: esa misma semana de julio (que, curiosamente, es la misma en la que se desarrolla la trama de Con el viento solano) también se cumplió el 150 aniversario del nacimiento de Antonio Machado. Como a este poeta, sin duda uno de los mejores en lengua castellana, si que le hemos dedicado más de una reseña, no hace falta insistir en ello, pero, al menos, que quede constancia aquí.

sábado, 31 de marzo de 2012

J. P. Donleavy: El hombre de mazapán


Título original: The Ginger Man
Idioma original: inglés
Año de publicación: 1955
Valoración (en su versión castellana): Está bien



Si tuviese que resumir la novela en pocas palabras, diría que trata de un hombre a la deriva. ¡Un hombre que se apellida Dangerfield! ¿Es Sebastián terreno peligroso? En cierto modo sí. No he encontrado ninguna interpretación del apellido, seguramente porque no he buscado bien, pero estoy segura de que tiene que haberla.

En Irlanda, donde se publicó por primera vez, estuvo censurada durante veinte años por su presunto carácter pornográfico. Hasta tres años después no se editó en Estados Unidos. En 1959, hubo que anular una representación teatral en Dublín debido a la presión de la iglesia. Y, sin embargo, desde el punto de vista actual resulta casi inocente.

Dangerfield lo ocupa todo. Sí, tiene un puñado de amigos. Sí, tiene una esposa (y hasta una hija, pero lo mismo podría ser un gato o un jarrón). También tiene algunas amantes. Se supone que estudia, pero la universidad no es más que un decorado, nunca llegamos a verla por dentro. No, no trabaja. Mientras pasa el tiempo él holgazanea, se queja constantemente, frecuenta los pubs de Dublín. Del Dublín particular de Donleavy, que aprovecha el errático callejear de Dangerfield para mostrarnos sórdidos rincones, ambientes patibularios, callejuelas y viviendas ínfimas. Tanto Dublín como Dangerfield aparecen en primer plano y con detalle. Pero un personaje que no evoluciona reduce la parte narrativa al mínimo. En realidad, no es más que un retrato – con su correspondiente fondo – de cuatro decenas y media de páginas. Y eso deja exhausto a cualquier lector.

Lo mejor de Dangerfield es que me lo creo. Me lo creo tanto que me enfado con él, como si existiera, y no con su creador. A pesar de todo, da un poco de lástima y, en alguna ocasión, hasta llega a caernos simpático.

Lo peor de Dangerfield es que va de víctima. En su mente hay un lamento continuo. Pero tiene 28 años, es alto, fuerte, guapo, puede que listo además. Hasta procede de familia acomodada. Pero incluso con esas ventajas hace falta esforzarse un poco. Él no saca partido a nada de eso. No importa, es como es, no tiene sentido pedirle más; por mí, puede holgazanear, vivir en perpetua borrachera, robar, meterse en trifulcas, despreciar a su mujer, ignorar a su hija, traicionar y aprovecharse de todo el mundo. Nada que objetar. Pero, como lectora, hay dos rasgos de él que no soporto: que se crea el más desgraciado de los hombres – ya que, a pesar de hacer lo que le da la real gana, su continuo lloriqueo no nos da tregua nunca –, y que su vida sea tan monótona.

Cuando decide trasladarse a Londres, parece que por fin se anuncia un cambio. Hace preparativos, sueña. Su objetivo lo conocíamos ya: volverse asquerosamente rico, pero ahora al menos tiene una base. En el horizonte aparece un Sebastian satisfecho tras haber cobrado su herencia. No estoy muy enterada de la vida del autor, pero tiene rasgos autobiográficos clarísimos: su procedencia estadounidense, su vuelta a la Irlanda de sus antepasados, la deserción del Trinity College, y otros que podemos intuir.

No me molestan los cínicos ni los disolutos (Henry Miller y Genet están entre mis favoritos) pero cuando los comportamientos absurdos se repiten hasta el infinito y el personaje se sigue sintiendo estúpidamente infeliz, tiendo a rebelarme, me pasó igual con La Conjura de los Necios.

Literatura canalla que José María Guelbenzu compara con Burroughs, Kerouac, Miller también, y Bukowsky. Este último no sale tan bien parado. Afirma que todo lo que Donleavy tiene de literario Bukowsky lo tiene de verborreico. Ya estaba de acuerdo antes de leer el artículo.

Su prosa es rápida, entrecortada, inconexa a veces. No narra, describe acciones. Pasa de la primera a la tercera persona según la mirada del personaje se dirija al interior o al exterior de sí mismo. Donleavy no especifica el estado de ánimo ni la claridad mental del momento, simplemente deja hablar a Sebastian. Esto, aparte su indiscutible mérito, resulta confuso para el lector de una forma muy parecida a lo que ocurre con Ulises, en cuya técnica es evidente que se inspira, aunque su dificultad lingüística es incomparablemente menor.

Su lenguaje es demasiado conciso para tratarse de una obra de esa extensión. Una novela exige ir más allá del simple enunciado de hechos. Estoy segura de que la versión inglesa, con su lenguaje soezmente exquisito, compensa con creces todo lo que podamos echar en falta. A través de la traducción se adivina el áspero tono poético pero, por muy bien trasladada que esté, no estamos leyendo a Donleavy. Además, estoy convencida de que, incluso a la versión original, le sobran unas cuantas páginas y, entre unas cosas y otras, a mí se me ha hecho larguísima.

sábado, 6 de julio de 2024

José Agustín: Se está haciendo tarde (final en laguna)

Idioma original: español

Año de publicación: 1973

Valoración: recomendable

José Agustín falleció en enero de este año, un suceso muy relevante en el mundo literario mexicano. No estoy seguro hasta qué grado repercutió en el panorama hispanohablante (o mundial, si acaso), pero es innegable la importancia que tuvo en el desarrollo de las letras mexicanas, tanto en el aspecto puramente literario como en cuestiones de identidad y representación cultural. Fue influencia de jóvenes autores que encontraron en su estilo y temática una fuente de inspiración y un espejo de la realidad que vivían. José Agustín vino a romper ciertos paradigmas que existían a inicios de la segunda mitad del siglo XX, al introducir elementos de la contracultura en la literatura mexicana, abordando temas tabúes y empleando un lenguaje que resonaba con el público joven (claro, joven en ese entonces, respecto a los jóvenes de ahora, de los cuales hablaré más adelante). Mientras que escritores como Octavio Paz y Carlos Fuentes (avatares de la literatura mexicana) se destacaban por su prosa elaborada, poética y muchas veces formal, José Agustín optó por un lenguaje más coloquial y directo, un cambio radical frente a la literatura más académica y formal de ese entonces.

José Agustín se centraba en la vida cotidiana, las preocupaciones y las experiencias de la juventud. Sus novelas trataban sobre la cultura popular, la música, las drogas, la rebeldía y la vida urbana, lo cual se puede ver claramente en "De perfil", tal vez su novela más conocida (entiendo, sin embargo, que todos esos elementos se convertirían en un cliché más adelante). En la novela aquí reseñada, diría que estos elementos toman un papel aún más relevante.

La trama de "Se está haciendo tarde" es simple: dos jóvenes, un dealer y un experto en las ciencias ocultas, se la pasan bien chido entre alcohol y drogas. No hay mucha acción como tal. Para que se den una idea, podríamos comparar este libro con "En el camino" de Kerouac o "Azul casi transparente" de Murakami (supongo que cada país tiene su versión). Lo que importa aquí son los detalles que la hacen única. A mi parecer, el punto fuerte son los diálogos. La manera en la que se intercalan con las sensaciones de los personajes produce impresiones muy vívidas. Los intercambios son crudos y auténticos, reflejando la jerga y el ritmo del habla juvenil mexicana, lo cual añade una capa adicional de realismo y credibilidad a la narrativa. Aunque puede llegar a ser un poco pesado para lectores que no están familiarizados con el argot mexicano, o para jóvenes mexicanos, a los que les podría parecer una forma de hablar “de viejos”.

Además, los diálogos están impregnados de una ironía y un humor muy particular, que permiten una conexión emocional más profunda con los personajes. Estos momentos de ligereza contrastan con las situaciones más oscuras y reflexivas de la novela. Agustín también se destaca en su capacidad para capturar las emociones y estados mentales de sus personajes a través del diálogo. Las palabras dichas y no dichas, los silencios y las interrupciones, permite experimentar de manera íntima los altibajos emocionales de los protagonistas, desde la euforia hasta la desesperanza y el vacío existencial.

El subtitulo del libro, “Final en laguna”, habla precisamente de cómo acaba la novela. Mi parte preferida, lleno de quietud y nostalgia. En estas páginas finales, Agustín capta con maestría la mezcla de esperanza y desilusión propia de la juventud. Los diálogos entre los personajes en este escenario son introspectivos y reveladores, mostrando una vulnerabilidad que no habían exhibido anteriormente. Esta escena es un ejemplo perfecto del talento de Agustín.

domingo, 17 de agosto de 2025

Mary Gaitskill: Veronica

Idioma original: inglés

Título original:  Veronica

Año de publicación: 2005

Traducción: Javier Calvo

Valoración: bastante recomendable 

Quizás un día haya que abrir un debate sobre algo así como los plazos de caducidad de cierta narrativa, debate que, conforme nos acercamos a los tiempos presentes absolutamente (sí, en cierta parte del planeta) condicionados por al avasallador avance de la tecnología y su irreversible penetración en tiempo real en las vidas de la gente, se hace más y más perentorio. Y no me refiero a aberraciones como hacer una novela basada en diálogos de Whatsapp o los hasta ahora fallidos intentos de integrar fe literaria, creatividad y presencia masiva en redes sociales. Quizás es algo más sutil e incluso comporte cierta contradicción respecto a la vieja esencia literaria: la de transportarnos a otras situaciones, otras épocas, otros lugares. Podría aludir a algunas experiencias personales: leer las primeras novelas (por ejemplo, Less than zero) de Easton Ellis hoy me hace sentir algo extraño. Los excesos lisérgicos de las novelas de los 70 (que atraviesan desde Burroughs a Kerouac o Pynchon) hoy nos parecen de la Edad de Piedra.

Veronica es una novela notable, pero sus dos faros de referencia son por una parte el negocio de la moda y las modelos y por otra el terrible impacto del SIDA a finales del siglo pasado. No exactamente dos asuntos que hayan quedado atrás pero a los que la realidad ha aportado marcados matices, e igual que ya no estamos en los noventa en que las modelos de la época (las Crawford, Campbell, Christensen, Evangelista) se habían convertido en íconos pop en un mundo sobrecalentado de consumo, lujo y excesos, los avances de la medicina han aportado esperanza a los portadores del VIH. Dos décadas han obrado esos cambios y la perspectiva del momento de la novela ha cambiado de tal manera que cuesta asociarla incluso a algo posible. Alison nos narra su historia, la de una joven que asiste a su decadencia física, que se ha resignado a que su atractivo físico se ha desvanecido y, enmedio de un desordenado acceso a sus recuerdos, evoca su amistad con Veronica, evocación llena de confusión y ambigüedad y sin posibilidad de contraste, pues Veronica falleció por el SIDA y la propia Alison se encuentra gravemente enferma como consecuencia de las adicciones que mantuvo en su carrera como modelo. Es curioso que esa figura, el convaleciente o incluso agonizante que accede a un confuso flash-back de su trayectoria vital me recuerde tanto a una lectura reciente (Los abandonos) como al difícil Nocturno de Chile de Bolaño. 

Gaitskill reviste a Alison de una personalidad propia de esa época, haciéndola oscilar desde la extraña indiferenciaa de quienes se encuentran el mundo en la palma de la mano apenas en la veintena y el desencanto lógico tras una vida de excesos y vacuidad. Veronica, la amiga mayor y de extraña relación se convierte en una especie de reflejo desenfocado. Hasta cierto punto, una puesta en largo de cualquiera de los protagonistas de sus relatos casi marginales de Mal comportamiento, una especie de precuela de esta novela que desprende una tenue pero persistente desazón. 

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