miércoles, 31 de julio de 2019

Kate Tempest: Cuando la vida te da un martillo

Idioma original: inglés
Título original:  The Bricks that Built the Houses
Año de publicación: 2016
Valoración: Está bastante bien




El mundo cada vez es más pequeño, dicen, y parece que no se equivocan. El Londres de Kate Tempest –ese que habita la gente corriente, hijos de la clase media que forzosamente han de rebajar las expectativas que tuvieron sus padres– se parece mucho al de otras ciudades, europeas o no, de esta segunda década de siglo. Una ciudad retratada tras un concienzudo trabajo de demolición que apenas ha respetado el esqueleto de un decorado anterior y muestra con toda su crudeza una población sin futuro. A través de las dos protagonistas y su entorno se muestra la apatía casi estructural de una generación carcomida por el paro, los empleos miserables, la droga y, en general, la falta de expectativas. En este ambiente de derrota hay personajes que luchan y otros que se rinden sin intentarlo apenas, pero hasta el esfuerzo es, de alguna forma, impostado, pues no es un secreto para nadie que, en esas condiciones, cualquier triunfo es relativo, que los logros son en realidad de segunda categoría, ilegales e incluso inventados, que casi cualquier esfuerzo está condenado al fracaso y que la única opción posible es salirse por la tangente de las normas. Una actitud que contrasta con el compromiso y la lucha que caracterizaron otras épocas. Aquí, en cambio, el desánimo cunde, las relaciones se deterioran y, aún así, ilusiones y sentimientos acaban por abrirse paso porque, al fin y al cabo, la vida sigue su curso.

Esta primera incursión en la narrativa (aunque sí se ha ejercitado en otros géneros) de la cantante de rap Kate Tempest podría haber sido la excelente crónica novelada de una época y ha estado muy cerca de conseguirlo, sin experiencia previa, en un tiempo record y, probablemente, sin habérselo propuesto. Pero tanto la inexperiencia como la premura han acabado lastrándola, sobre todo en algunos momentos. Y es que el comienzo prometía, a pesar de cierta ingenuidad en la presentación de los personajes y de una prosa algo insegura a veces, pero luego el ritmo se va ralentizando debido a la innecesaria acumulación de antecedentes sin ninguna relevancia, que crean confusión y acaban aburriendo. Molesta también bastante ese despliegue de casualidades que no hay quien se crea. Hasta que llegamos a la recta final y la cosa empieza a animarse, la tensión crece, los personajes pierden decididamente ese halo de héroes juveniles, los acontecimientos adquieren realismo y el peligro se adivina. Aquí es donde la novela alcanza un clímax que se desinfla inexplicablemente por culpa de un fundido en negro muy cómodo, hechos inverosímiles y un desenlace que raya en lo anodino.

A favor de la autora diré que derrocha sinceridad, sabe observar y reproducir lo que ha visto, las metáforas surrealistas son originales y expresivas, algunas descripciones están muy logradas, los personajes –aunque algo estereotipados– consiguen implicarnos en su peripecia y el ritmo es bastante dinámico excepto cuando narra historias de antepasados que no vienen a cuento. En resumen, Tempest tiene talento, eso es innegable, veremos si consigue demostrarlo.

martes, 30 de julio de 2019

Colaboración. Rubem Fonseca: El gran arte

Idioma original: portugués
Título original: A grande arte
Año de publicación: 1983
Traducción: Miriam Lópes Moura
Valoración: Muy recomendable

La obra del escritor brasileño Rubem Fonseca fue todo un descubrimiento. A la imagen estereotipada de un Brasil preocupado solo de fútbol, playa o samba, aparece este autor develando un país totalmente distinto, un país casi desconocido. Al indagar sobre su biografía, este escritor, abogado de profesión, aparece también reconocido por su actividad como profesor universitario, periodista, crítico y guionista de cine. Con una voluminosa obra que ha sido traducida a diversas lenguas. El año 2003 obtuvo el Premio Juan Rulfo y el Premio Luis de Camoes. En el año 2012 el Premio Iberoamericano Manuel Rojas. Su nombre ha figurado en más de una ocasión en la lista de aspirantes al Premio Nobel de Literatura.
Todo esto hace pensar en un monstruo de las letras, un autor que reflejaría el alma humana, sus luces y sombras de manera notable. Al menos esa es la expectativa cuando se lee su increíble currículo. Pero todo esto tiene otro mérito. Lo que Rubem Fonseca escribe, en mayor medida, es literatura de género: novela negra. Ahí reside la gracia de su escritura pues de antemano el lector sabe a lo que se enfrentará (o lo intuye): crímenes, investigaciones, personajes turbios y la sensación de estar en el lado oscuro de la sociedad. Sin embargo, al leerlo, se disfruta no solo la historia, sino también la forma de narrar, sintiendo que el género literario es solo una excusa para que aparezca el Gran Arte.
“El gran arte”, comienza con un crimen, una mujer asesinada con un cuchillo y un victimario que marca con una P, la cara de sus víctimas. Después aparece en escena, Mandrake, un abogado–detective (mujeriego, culto y amoral personaje) que inicia la investigación para dar con el asesino. La trama se va nutriendo de otros personajes que van apareciendo: algunos violentos, otros corruptos, uno que otro policía y sombríos empresarios, quienes van dando vida al relato. Además de las mujeres que giran en torno a Mandrake. Pronto éste se ve involucrado personalmente en los hechos, tomando el relato un giro inesperado. Los ágiles diálogos se van entramando sutilmente con distintas historias que van apareciendo. El resultado, una fauna que retrata lo que puede ser un Brasil urbano y marginal, que se mueve con sus propios códigos. La fluidez del relato se interrumpe en medio del texto. En este punto, aparece un corte (si se pone en términos del gran tema del libro, los cuchillos)y pareciera que emergiera otra historia, totalmente distinta de lo que se ha ido contando. Pero esto es solo otra arista, que Fonseca logra conectar inteligentemente con la narración principal. Después de la digresión, el relato se va densificando, adquiriendo una textura aún mayor, con la aparición de otro personaje clave, Lima Prado. 
Y en esta parte del relato, empieza a manifestarse el Gran Arte. Y ¿qué es este “gran arte” en definitiva? Como lo menciona Mandrake en un segmento del libro, citando a Arquílocos de Paros: “Muchos años antes de Cristo había en Grecia un poeta que decía: tengo un gran arte, hiero duramente a aquellos que me hieren. Mi arte es más grande aún: quiero a aquellos que me quieren”.El gran arte de la venganza, el gran arte de amar, el gran arte de matar, pero también, el gran arte de escribir, el gran arte de crear. Esta cita es una de las tantas alusiones a los referentes clásicos de la antigüedad, que van perfilando una dimensión mítica al relato y en especial, al origen del Mal. Un subtexto que Fonseca maneja con mano maestra, junto a las diferentes tramas, la vida de sus personajes, los lúcidos diálogos, en fin, su amplio universo literario.
Todo se entrecruza en este gran libro que entretiene de principio a fin y seduce en la forma  de narrar de un escritor que claramente está en el Olimpo (usando las referencias clásicas de Fonseca) de la literatura brasileña y mundial. Para los que le interesa, existe una serie producida en Brasil, que HBO emitió en el 2005, que lleva el título del personaje del abogado “Mandrake”. Serie bastante popular en Brasil, pero que no le hace sombra a los textos originales. Gran Literatura.

Firmado: Cristian Uribe

lunes, 29 de julio de 2019

Contrarreseña: Buenos días, tristeza, de Francoise Sagan

Idioma original: Francés
Título original: Bonjour, tristesse
Año de publicación:1954
Traducción: Javier Albiñana
Valoración: Muy (muy) recomendable

Hace ya unos cuantos años que leí por primera vez "Buenos días, tristeza". Recuerdo que me gustó mucho. Ahora bien, al ver que lo teníamos reseñado en el blog con un rácano "está bien" surgieron las preguntas: ¿qué ocurrirá si vuelvo a leer "Buenos días, tristeza" en 2019?, ¿cómo nos habrá afectado el paso del tiempo a la novela y a mí?, ¿se confirmará aquella primera y lejana impresión o habrá una decepción? Había que despejar las dudas.

Pues bien, "Buenos días, tristeza" me sigue pareciendo un muy buen libro, hasta el punto de quedarse cerca del "imprescindible". Y me parece muy buen libro por varios motivos:
  • Su tratamiento del final de la juventud o cómo pasar del puro hedonismo, la indolencia y la apatía a la responsabilidad en solo 120 páginas. Apenas unas semanas, un escenario "cerrado" y cuatro o cinco escenas claves bastan para dar empaque a los personajes y a la historia. Economía de recursos al servicio de la novela, sí.
  • La evolución del personaje de Cecile (la principal protagonista de "Buenos días, tristeza") de joven egoísta y malcriada a Raskolnikov de la Costa Azul, de ser absolutamente incapaz de introspección alguna a ser alguien hasta cierto punto atormentado por sus actos. Para ello, Sagan nos conduce por los pensamientos de Cecile a través de un buen manejo. sobre todo si tenemos en cuenta el cuarto punto, del monólogo interior. 
  • El uso de los personajes secundarios. Todos ellos poseen unas características muy concretas que les llevan a cumplir un rol muy determinado Todos ellos aportan algo a una historia en la que nada sobra y en la que los pasos de los protagonistas están muy medidos y dirigidos a un determinado fin. 
  • Es una primera novela escrita con apenas 19 años. Está claro que está basada en elementos autobiográficos (o eso parece), pero es innegable la capacidad de Sagan para psicoanalizar y "desenmascarar" a una clase social y a una generación muy concretas. Los miedos e inseguridades de jóvenes y adultos aparecen aquí, bajo la apariencia de una historia "ligera", en toda su crudeza. 
  • Su estilo, casi cinematográfico, que hace que la novela pase en un santiamén. Esto puede parecer una perogrullada en una novelita de apenas 120 páginas, pero ¡cuántas veces habremos leído novelas breves que se hacen largas! 
  • Contexto cultural: La novela se publica en un momento en el que Sartre, el existencialismo, o la cultura "seria" en general son dominantes. Sagan presenta a una protagonista en la que prima el hedonismo, el egoísmo y la búsqueda del placer, con lo que ello supone de ruptura con los cánones "oficiales".
  • Contexto político: Han pasado 9 años desde el final de la Segunda Guerra Mundial y los conflictos de Indochina y Argelia están muy presentes en la sociedad francesa. Pues bien, los protagonistas de "Buenos días, tristeza" viven en una especie de burbuja en la que estos acontecimientos no pueden penetrar. Tanto este punto como el anterior tienen más que ver con la función de la literatura como elemento "incómodo" que con el libro en sí, pero creo que es algo a tener en cuenta a la hora de valorar un libro.
Vale, ya lo dejo. Queda clara mi opinión, ¿verdad? Abiertos quedan los comentarios para que dejéis la vuestra. Eso sí, andaos con ojo que soy capaz de retar a duelo a quien sea (¡y llevaré de padrino a Arturo Pérez-Reverte!)

La reseña original de "Buenos días, tristeza" AQUÍ

domingo, 28 de julio de 2019

Roald Dahl: La venganza es mía S.A.

Idioma original: inglés
Título original: Vengeance is Mine Inc.
Año de publicación: 1980
Traducción: Flora Casas
Valoración: entre recomendable y está bien

Es evidente que a estas alturas no es necesario presentar a Roald Dahl ni comenzar hablando de su legendaria maestría para el cuento. En esta recopilación de 1980 -con relatos ya publicados desde 1953 y, en algún caso, puede que escritos antes, ya que hay varias referencias a las carestías alimentarias de posguerra- nos encontramos con ocho de estos estupendos cuentos, una buena muestra de lo que era capaz el señor Dahl y, sobre todo, de su particular sentido del humor.

Un sentido del humor que, como es bien sabido y hasta célebre-, tendía a la ironía y el humor negro. Así sucede, por ejemplo -aunque sea de una forma bastante amable-,  en el primero de los relatos, que da título al libro y en el que unos jóvenes desocupados pero emprendedores decubren un nicho de mercado bastante peculiar. Una sátira sobre el sistema capitalista actual, si se quiere, o un simple cuento con una moraleja ambigua: a elegir por el consumidor... digo, lector. El segundo, El mayordomo, también incide en la ironía o incluso la parábola sarcásticapara criticar algún aspecto de la sociedad -en este cso, la obsesión por aparentar de los nuevos ricos-; el tercer cuento, en cambio, El señor Botibol, resulta inusualmente tierno, una cualidad que, en principio, no asociamos con la obra de Roald Dahl, por más que haya pasado a la posteridad literaria, en buena medida, como autor de libros infantiles. Aunque los niños, ya se sabe, son crueles... (o eso dice el tópico).

Los otros cinco cuentos forman una unidad, en cierto modo, puesto que están ambientadas en el mismo lugar y protagonizadas por los mismos personajes, Claud y Gordon, los encargados de la gasolinera de un pueblo de la campiña inglesa. Son unos cuentos estupendos. De hecho, uno de ellos, Rummins, es sencillamente perfecto, magistral. Y terrorífico, por cierto... (es más, prefiero no comentar absolutamente nada de qué va para no atenuar ni un ápice esa sensación en quien lo pueda leer). En cuanto al resto, El desratizador resulta bastante repelente, aunque fascinante a al vez (efectos que no es el primer cuento de Dahl que me causa, he de decir). El señor Hoddy -una práctica guía de cómo no tratar con tu futuro suegro- es de lo más divertido, incluso desternillante. y El señor Feasey y El campeón del mundo (éste último también se encuentra en la recopilación Relatos escalofriantes... aunque no sea demasiado escalofriante, en verdad) se encuadran en el género que podríamos denominar "mi gozo en un pozo" o "el cazador cazado"., como se prefiera. Bastante divertidos, en cualquier caso.

Otros títulos de Roald Dahl reseñados en Un Libro Al Día: Lady Turton, Cuentos en verso para niños perversos, Relatos de lo inesperado, Charlie y la fábrica de chocolate, Relatos escalofriantes

sábado, 27 de julio de 2019

Santiago Lorenzo: Los asquerosos

Idioma original: español
Año de publicación: 2018
Valoración: bastante recomendable


Dice Katixa que lo primero que hace con las fajas de los libros es desprenderse de ellas. Yo a veces las uso de socorrido y poco ergonómico punto de libro. Está bien: a veces leo lo que se escribe en ellas y, en este caso, he leído que son ya 60.000 copias las vendidas (es muy posible entonces que muchos de los que lean esta reseña lo hagan con la opinión ya formada) y también he leído elogios encendidos por parte de algún escritor de esos que me hace levantar la ceja de escepticismo. 
Pero también llego a Los asquerosos con cierta idea preestablecida de lo que voy a encontrarme. Pues he despachado las tres anteriores novelas de su autor y han conseguido, a distintos niveles, ser todas ellas dignas de mención. Lorenzo no aglutinará una generación pero es perfectamente distinguible en su prosa. Por su cercanía, por su tonalidad a veces tendente al chascarrillo o a la chorrada pero siempre chispeante, siempre divertida y ligeramente transgresora en ese ejercicio chocante pero coherente del invento de los términos, de esas palabras que crea o que ensambla y que inserta sin que el texto se resienta en su comprensión. Puede parecer, junto a ciertos giros en la forma de narrar de Lorenzo, algo lejanamente rancio, como una voz en off de algún noticiario tardofranquista, pero encaja en todo momento. Porque esta es una novela engarzada en la actualidad. Hay móviles sin cobertura, trabajos basura, y hay Ley Mordaza y hay abandono de los pueblos y las aldeas de la Meseta a la búsqueda de un futuro mejor.
Manuel, protagonista, ve su poco halagüeño futuro truncado cuando, en un alegato de defensa propia bastante poco esgrimible como atenuante (o sea, el miembro de las FSE dirá lo que quiera ante un juez y Manuel será condenado), clava un destornillador en el cuello de un antidisturbios. En el vestíbulo de un edificio de esos de pisos colmena. Ante el frío testigo de una cámara instalada ahí porque las leyes lo imponen. Y el presente de Manuel es un desastre, como personaje típico de Lorenzo, Manuel es un pringaete o un tolai o, en todo caso, un anónimo individuo cuya trayectoria vital podría escribirse en medio folio pero para qué hacerlo si a nadie le interesa. Manuel es el clase-baja por excelencia al que la crisis y los trabajos basura y la falta de oportunidades ha mandado al foso pero cualquier cosa mejor que la cárcel.
Así que huye, y en su huida es asistido por su tío, narrador que se encarga de los aspectos logísticos cuando se aventura a establecerse en una casona de un pueblo abandonado. Manuel espera que ese anonimato en vida se convierta en su cómplice y pone toda su vida en manos de su tío, otro tipo como él, prácticamente un reflejo o una expectativa de futuro que, incluso ahora se ha truncado. El tío hace que le llegue comida, le contacta a través de un móvil antidiluviano, le informa de cómo andan las cosas, le apaña un trabajo virtual con el que ganarse los escasos recursos que le permitan ir tirando y no ser una carga. Manuel se adapta a la perfección y esa nueva existencia que debía ser un calvario se convierte en una especie de experiencia iniciática, en una catarsis en que puede, Thoreau merodea por ahí, Lorenzo plantee una aguda crítica a la sociedad urbana capitalista llena de detalles, lujos y comodidades superfluas vendidas como necesarias. O quizás señala todo a lo que algunos se han visto obligados a renunciar. No creo que la novela sea un acto de denuncia por sí misma.
Los asquerosos representa, pues, una progresión lógica dentro de la obra de Lorenzo. Sus protagonistas son tipos anónimos cariacontecidos a los que las jugarretas del azar obligan a actuar como héroes o antihéroes, en cualquier caso, fuera de lo que tenían previsto. Y es una buena novela, porque depura y perfecciona lo conseguido en su obra anterior. El público lector debe haberlo notado, porque 60 son muchos miles para un mercado tan raquítico. Otra cosa es que uno, voy a ponerme al frente, considere que parte del atractivo de la obra de Lorenzo era ese carácter naif, ese aire castizo y anacrónico, ese toque amateur, en que parecía que sus personajes tuvieran los rasgos de una historieta.
Vamos, que Los asquerosos es un cierre perfecto de círculo, pero no sé si la perfección hacía falta.

viernes, 26 de julio de 2019

Ádám Bodor: Los pájaros de Verhovina (Variaciones para los últimos días)

Idioma original: Húngaro
Titulo original: Verhovina madarai
Traducción: Adan Kovacsics
Año de publicación: 2019
Valoración: Bastante recomendable

Me sorprende la escasa repercusión que tienen, en general, los autores y libros que Acantilado se empeña (afortunadamente) en traernos desde Europa del Este. Es el caso, sin ir más lejos, de dos de las más recientes referencias de la editorial barcelonesa: el "Lealtades y traiciones" de Aleksandar Tisma y este "Los pájaros de Verhovina" de Ádám Bodor, dos buenos libros que han pasado absolutamente desapercibidos en la vorágine de las novedades, tanto es así que, salvo que aparezca algo en los días que transcurren desde que escribo la reseña hasta que se publica, no encontraréis en la "prensa especializada" ninguna mención a esta última obra. En fin, misterios del mundo editorial.

El caso es que este "Los pájaros de Verhovina" es un libro de lo más recomendable, aunque haya que reconocer que ni es un libro "agradable" ni Bodor es un escritor "fácil". Vaya, que requiere un pequeño esfuerzo por parte del lector para entrar en sus formas y en sus ritmos. Eso sí, el esfuerzo tendrá su recompensa, de verdad.

Si por algo destaca Bodor es por una escritura tremendamente seca, áspera y fría, en la que adornos estilísticos y concesiones a la galería brillan por su ausencia. Fondo y forma van indisolublemente unidos en él. Y es que la sobriedad narrativa parece ser imprescindible para hablar de un mundo cerrado y aislado (no solo geográficamente) como es el asentamiento de Jablonska Poliana en el que transcurre la historia o, más bien, las historias de "Los pájaros de Verhovina". Porque esta obra puede ser leída bien como novela, bien como relatos entrelazados. Los trece relatos que la componen comparten protagonistas, aunque cada uno de ellos tenga un personaje más o menos central, escenarios y atmósferas asfixiantes. En Jablonska Poliana no sucede nada. Sus habitantes viven unas vidas vacías en las que sus principales quehaceres son las rutinarias tareas en las que se enfrascan y la espera de la llegada de los mensajeros de un poder tan arbitrario como invisible.

- ¿Por qué? ¿Usted a dónde va?
- No lo sé. A donde me lleven
- ¿Y cuándo volverá?
- Nunca
- Pero, dígame algo para que lo entienda
Hizo un gesto de resignación con la mano

A pesar de la citada sobriedad de la escritura, y quizá debido a ese mundo cerrado que se representa y a la necesidad de hallar alguna forma de evasión para sus habitantes, encontramos multitud de referencias míticas y elementos que emparentan a "Los pájaros de Verhovina" con el realismo mágico. Ejemplo de lo primero es el omnipresente libro de Eronim Mox, que incluye desde recetas de cocina a historias sobre el pasado de Verhovina. Ejemplos de lo segundo serán personajes como Nika Karanika, mitad enfermera mitad bruja, y Klara Burszen, solterona que espera desde hace años la llegada de un nebuloso oficial húngaro, o imágenes como la del jabalí ahogado en una alberca o la de la chica embarazada durante casi dos años. 

La combinación de estos dos elementos, sobriedad y realismo "mágico", contribuye a crear una atmósfera al mismo tiempo sugerente y turbadora y hace de "Los pájaros de Verhovina" un libro oscuro y denso, reflejo de un mundo opresivo y de unas gentes resignadas a su desgracia que, pese a las posibles "dificultades iniciales" para el lector, merece más atención de la que hasta ahora se le ha dispensado.

También de Ádám Bodor en ULAD: La visita del arzobispo

jueves, 25 de julio de 2019

Felipe Benítez Reyes: El novio del mundo

Idioma original: español
Año de publicación: 1998
Valoración: Muy recomendable




Cierro el libro y me invade la nostalgia. Lamento que les parezca cursi esta frase –y de hecho lo sea– pero es lo que se siente tras perder a un compañero de viaje al que te has acabado acostumbrando. Algo que, aviso, les puede pasar a ustedes tras escuchar durante 600 páginas las confidencias del tal Walter Arias, autodenominado novio del mundo, narrador y protagonista absoluto de la novela homónima. Aunque bien podría ser que el mundo entero, tal como nos lo presenta Benítez Reyes, sea el propio Walter, y todo lo demás gire en torno a él como satélites enloquecidos sin órbita fija. Pero no me hagan mucho caso: todavía estoy bajo los efectos de una lectura capaz de abducir a cualquiera que se preste al tortuoso juego ideado por su autor.
Digo más, El novio del mundo, además de un alarde de estilo –una delicatessen de la gastronomía literaria– es el alumbramiento de un personaje casi de carne y hueso, y tan memorable como puedan serlo Ignatius Reilly, Karoo, el capitán Jakab Störr, Dangerfield, el rey de la lluvia Henderson o el propio Bukowski en persona. Junto a tantos paradigmas del absurdo, este en concreto presenta una faceta tierna, camuflada por un mar de disipación, que le otorga una ambigüedad de lo más convincente. Walter Arias –que desde una cuna acomodada desciende vertiginosamente al submundo, permaneciendo en él años y años hasta su meteórica y poco ortodoxa opulencia– es un antihéroe, un pícaro situado en la confluencia de dos siglos que reflexiona sobre sus andanzas como es habitual en ellos; un héroe solipsista y abúlico, libidinoso, egocéntrico y machista convencido, a quien le cae encima una realidad que se niega a enfrentar por sistema. Concretando más, se trata de un delincuente de baja estofa, un diletante, un vago integral, un cínico sin carisma. ¿Quién se puede encariñar con un elemento como ese? Bueno, esperen a estar a cien páginas del final y luego me lo cuentan.
Los secundarios llegan y se van como han venido. Cómplices de sadismo, aventuras sexuales, amores más o menos fortuitos, empresarios de pacotilla, mafiosos de medio pelo, ocasionales acompañantes en el descenso a los infiernos: la sociedad lumpen de la época descrita sin concesiones con la particular óptica de Walter Arias.

“Cada vez que una mujer se pone unos pantis en vez de unas medias con liguero, se hunden un poco los cimientos de la cultura de Occidente –aquella por la que lucharon con gran denuedo Platón, Kant, Uri Geller, Sigmund Freud y todos esos simpáticos chiflados de la farándula mental.”

Ironía a raudales, es cierto, pero como quien no quiere la cosa se pone todo patas arriba. Leyendo tal sucesión de aventuras –alambicadas, sórdidas, crueles, demenciales, hilarantes– nos parecerá que cualquier vida es anodina en el fondo, felizmente anodina siendo realistas. Y es que el argumento es como una montaña rusa: de la carcajada pasamos a la reflexión, y de ahí a la angustia, la indignación, el pavor o la empatía. Aunque nada de esto dura demasiado y pronto volveremos a reírnos (y a veces esta risa acaba congelándose). Por el momento, mejor no preguntarnos adónde nos conduce tanto disparate, dejémonos llevar y disfrutemos de un viaje cuya estructura circular nos deja en el mismo sitio solo en apariencia. Su prolífico y versátil conductor sabe lo que hace, no lo duden, de ahí que, finalmente, se encontrarán frente a un desenlace espléndido de una coherencia sorprendente.

“La realidad, ya digo, es un espejismo. No existe. O existe a lo sumo del modo en que existe una pompa de jabón… Hasta que un día, harta de su inexistencia, la Realidad decide contratarte precisamente a ti como actor principal para su nueva obra, a punto de estrenarse en el Teatro Real del Espanto Individualizado.”

Hacia su mitad, el relato cae en cierta monotonía, cierta sensación de déjà vu, comprensible dada su extensión y que acaba superándose cuando decididamente levanta el vuelo para brindarnos las páginas más trepidantes, demenciales, y por eso mismo, las más brutales de todas. En realidad, como sucede en el género picaresco, se trata de una continua sucesión de historias, y eso convierte a El novio del mundo en un artefacto metaliterario de lo más efectivo. Nada como la buena literatura para reflexionar sobre ella misma, y sin que apenas se note además.
El ejemplar que he leído es una reedición, bonita y bien cuidada, que salió el año pasado para conmemorar el vigésimo aniversario de la publicación original y que se cierra con un epílogo aclaratorio. En él Benítez Reyes relata la génesis y avatares del ente de ficción, nos enteramos así de que sus apasionados seguidores llegaron a convertirlo en libro de culto y que esto generó varias anécdotas: más de un gracioso intentó hacerse pasar por Walter Arias, también apareció un tocayo auténtico, se grabó un disco inspirado en uno de los episodios, hubo espectáculos de baile basados en el argumento y hasta se intentó crear un Club Walterista. Traducciones, en cambio, solo hubo una: al italiano, quizá porque su lectura requiere que colaboremos un poco para desentrañar unas claves metafóricas, en realidad bastante sencillas.

“Pero lo peor estaba por venir, ya que es condición natural de Lo Peor el hecho de llegar en último lugar, como broche de oro, con su castillo de fuegos artificiales, formando en el firmamento una gran palmera de luciérnagas desangradas.”

miércoles, 24 de julio de 2019

Imogen Hermes Gowar: La sirena y la señora Hancock


Idioma original: inglés
Título original: The Mermaid and Mrs. Hancock
Año de publicación: 2018
Traducción: Carlos Giménez Arribas
Valoración: bastante más que recomendable

¿En qué consiste la felicidad? ¿En cumplir nuestros deseos y aspiraciones? ¿En obtener el éxito económico, el reconocimiento social? ¿En vivir como nos dé la gana? ¿En querer y ser queridos? Todas estas preguntas y más están implícitas  en esta estupenda (e incluso impresionante) novela de la inglesa Imogen Hermes Gowar (ne sé si Hermes será nombre propio o apellido), una novela ambientada en el Londres de finales del siglo XVIII y escrita con un preciosismo y una maestría que, desde un principio, dejan poco lugar para la duda: cuente lo que nos cuente esta historia, queda claro que su lectura no va a ser una pérdida de tiempo.

Más aún cuando se empieza a conocer la trama y los personajes, alejándose de algunos tópicos de la novela histórica, sus protagonistas principales son dos miembros exitosos pero marginales, por diferentes razones, de la sociedad: el anodino armador de Deptford Jonah Hancock y la hermosa cortesana Angelica Neal, vuelta "a la circulación" tras una relación en exclusiva con un viejo duque. Ambos entran en contacto a través de la razón más peregrina que cabe imaginar: la aparición de una auténtica sirena, que el capitán Tysoe Jones le trae a Hancock de uno de sus viajes. La sirena cataliza toda la narración, de forma que a su alrededor se mueven no sólo Hancock y Angelica, sino alcahuetas de postín, prostitutas de variada fortuna, caballeros adinerados, criados de diferente condición, artesanos, policías, gente de alcurnia... en fin, una representación escogida pero variada de la sociedad o parte de esa sociedad inglesa de la época georgiana.

Éste, el retrato social de una época y país en la que la diferencia de clases estaba especialmente marcada es uno de los atractivos del libro. pero sin duda, podemos decir que, en esencia, se trata de una historia de amor, o del comienzo de una, muy peculiar y enrevesada, sui géneris, nada al uso de estos tiempos (quizás tampoco de aquéllos), una historia sobre lo que cabe esperar o no del amor verdadero, si es que algo así existe... Mas sobre todo -y aquí creo que el libro ganan muchos enteros- es una historia de mujeres y sobre las mujeres, pese al coprotagonismo del señor Hancock y la presencia de otros hombres en roles secundarios: desde la vieja "abadesa", la señora Chappell, a sus pupilas, como la mulata Polly Campbell; muchachas inocentes con responsabilidades de adulto como es Sukie Lippard, la sobrina de Hancock o damas de compañía de igual responsabilidad, pero para nada inocentes, como la señora Frost. Existosas cortesanas y criadas simplonas o jóvenes burguesas de aire ramplón. Un plantel de variados papeles femeninos que la autora maneja con una soltura y sensibilidad encomiable, porque esta novela, además de estar muy bien escrita, denota -incluso en sus momentos más crueles, que los hay-, una empatía y delicadeza hacia sus personajes que ya quisieran poder mostrar escritores más talluditos.

Porque esa es otra: resulta que Imogen etc... tiene algo así como treinta añitos... luego escribió la novela con veintitantos. Y ya sé que la edad del autor/a de un libro no debería ser algo que entrar a valorar, pero si lo ha hecho en los casos del desaparecido y ya añorado Camilleri o la aún en forma Joyce Carol Oates, también es justo señalarla en los casos de esta escritora o de Mónica Ojeda, creo yo. Y qué envidia que dan las dos, por cierto...

Retornando al principio de la reseña: ¿Qué es, al fin y al cabo, nuestra sirena? ¿Una metáfora de la felicidad, entonces? ¿Del amor, del matrimonio, del anhelo? ¿O lo es más bien del desamor, de la infelicidad? Habrá que leer la novela para saberlo, quizás... lo único que puede asegurar es que ésta es una auténtica delicia. Creedme.


martes, 23 de julio de 2019

Antonio Di Benedetto: El silenciero

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1964
Valoración: Muy recomendable

Dice Juan José Saer –que de esto sabe obviamente mucho más que yo- que la prosa narrativa de Di Benedetto es, dentro de la literatura argentina, ‘la más original del siglo y, desde un punto de vista estilístico, es inútil buscarle antecedentes o influencias en otros narradores: no los tiene’. Es una prosa ‘salida de la nada’. Yo, claro está, no estoy autorizado para decir tanto, pero sí que esa prosa me impactó en Zama, donde encontré, con gusto y sorpresa, algo muy diferente de lo visto hasta entonces, y que ese descubrimiento me llevó de la forma más natural a buscar más de este autor. El resultado es, obviamente, El silenciero.

Creo que Saer define el estilo de Di Benedetto con los términos economía y exactitud. Es decir, no decir con tres palabras nada que pueda ser dicho con dos. O con una. Una capacidad de síntesis descomunal, donde cada frase es como un puñetazo pero también como una muestra inigualable de cómo extraer la esencia de la idea y la potencia máxima de la sintaxis (sin forzarla), sacudir al lector y obligarle a releer despacio cada línea. Como quedándose un paso antes de la abstracción con que León Felipe definía la poesía.

Dentro de ese binomio fondo/forma al que ya me referí al hablar de Zama, en el autor argentino el segundo de los polos es absolutamente decisivo y podríamos decir que radical. La prosa de don Antonio no admite la tibieza, o entusiasma o suscita rechazo, y en mi caso creo que está claro por cuál de las dos posturas me inclino. Y por si mi descripción no ha sido suficiente para hacerse una idea, me permito trasladar cómo nos cuenta nuestro silenciero su boda y algunas apreciaciones sobre su consiguiente viaje nupcial:

‘Tomo esposa.
Nina ha consentido que iniciemos en una región mediterránea. Donde la gente ejecute, al modo antiguo, mansos trabajos, y el turismo no circule’.

Pero, expuesta mi admiración por el raro estilo lacónico de nuestro autor,  habrá que hablar también un poco del fondo o, lo que es lo mismo, contar algo de la historia de este caballero que responde al fantástico neologismo de silenciero. Hablamos de un joven que al parecer sufre una sensibilidad extrema a los ruidos. Un taller mecánico que instalan junto a su vivienda, los altoparlantes de un circo próximo, aparatos de radio de artesanos asentados en locales comerciales. El ruido perturba a nuestro protagonista de forma tan intensa que promueve reformas de tabiquería y sucesivos traslados de vivienda buscando la paz, interpone denuncias, desliza amenazas e imagina acciones resolutivas para acabar con el tormento. Todo sin el menor rastro de humor y con un cierto aire kafkiano de sujeto agredido por algo que no es capaz de asimilar, y que en este caso tiene una raíz completamente subjetiva.

Los desvelos –nunca mejor dicho- de nuestro silenciero ya dibujan una historia en mi opinión atrayente y original; pero en otro nivel de lectura el ruido se presenta como perturbación, como discontinuidad que irrumpe en la vida del individuo; o, un poco más allá, encarnando el sufrimiento, incluso la derrota, procedente de un mundo exterior que impone su lógica frente a la dimensión individual. La excitación y la anhedonia provocadas por el ruido son paralelas a los efectos de la soledad sobre Diego de Zama, aunque la reacción de ambos personajes es diferente: mientras Zama busca refugio en el amor y las pendencias, el silenciero opta mientras puede por la lucha, y cuando no, por la huida.

Desde mi punto de vista la singularidad y grado de depuración del estilo de Di Benedetto tienen tal potencia que a nivel narrativo pesan más que el propio relato. Esto me parece muy claro en el caso de su novela anterior, en tanto que en la que ahora comentamos hay un mayor equilibrio, quizá por tratarse de un texto más breve y concentrado. Pero en todo caso el resultado es francamente atrayente. No me he atrevido a ponerle un Imprescindible (esa etiqueta está aquí muy cara), pero de verdad creo que es imprescindible al menos conocerlo.

Otras obras de Antonio Di Benedetto en ULAD: Zama

lunes, 22 de julio de 2019

Claudia Larraguibel: Sprinters

Idioma original: español
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Escribir una novela sobre algo tan siniestro como la Colonia Dignidad ya debe ser toda una experiencia. Documentarse, encontrarse con el secretismo justificado tanto por quienes desean olvidar como por aquellos a los que les conviene que se olvide. Claudia Larraguibel se ha enfrentado a ese reto y ha elegido una estructura que, con inteligencia y sin forzar situaciones, permite afrontar la narración desde distintos puntos de vista y aporta a la novela el aspecto de un dossier, hasta de un sumario.
Colonia Dignidad, me remito a la información presente en Wikipedia a los efectos introductorios, fue un experimento a cargo de alemanes, que hacia el inicio de los años 60 organizaron en unos terrenos en Chile algo parecido a una comunidad cerrada al margen de su entorno. Cerrada en muchos aspectos: como si allí no rigieran las leyes del país y como si todo pudiera autogestionarse. El problema surge cuando esa organización no lo es a beneficio de todos, cuando el más poderoso de los jerarcas, Paul Schaler, tío Paul, el Tío Permanente es un individuo que ha salido huyendo tras descubrirse sus tendencias pederastas, cuando tanta Biblia y tanto sacrificio impuesto a los demás no lo es por amor al arte sino para anularlos como individuos y, de paso, aprovecharse en lo económico, sacar tajada de la impunidad y pegarse la vida padre en un país donde, encima, el gobierno de turno no solo te deja obrar a tus anchas sino que, tras el golpe de estado de Pinochet, usa tus instalaciones y goza de tu complicidad para torturar y ejecutar a la disidencia.
Partiendo de esos hechos reales (la instalación permanece en funcionamiento tras los escándalos y ha sido rebautizada con el inocente nombre de Villa Baviera), Claudia Larraguibel organiza una amena narración que funciona a cuatro bandas que avanzan en relativo paralelo; la de la antigua residente que consiguió salir pero aún mantiene algún vinculo emocional con su estancia, y que parece justificar a ratos lo que pasó o como mínimo relativizarlo. La de la guionista de una película sobre la Colonia, y sus vicisitudes para obtener tanto soporte para su proyecto como material para componerlo. El propio storyboard en avance, curiosa coartada para aportar un contrapunto gráfico de indudable atractivo. Y la realidad: las confesiones de los investigados, las reglas de funcionamiento de la colonia, los argumentos para aportar cierta lógica a los sórdidos hechos que sucedían en su interior, con los sprinters, así era como se llamaban los infelices niños que eran elegidos por Schaler para sus siniestras aficiones.
Solamente por poner en conocimiento de los lectores esos vergonzosos episodios la novela ya vale la pena. Bajo el pretexto de la investigación sobre la muerte de uno de los niños Larraguibel va organizando una narración con un resultado ameno y estimulante, sin gusto por el morbo, sin voluntad policíaca o moralista, sin abusar del recurso creativo en aras de obtener realidad. Es lo que hace que todo lo que se describe se muestre tan terrible. Personas anuladas que callan y obedecen, líderes de astucia desarrollada a medida de su maldad, demasiados silencios cómplices, y un episodio oscuro, me temo que todavía inconcluso, de la historia de un país que este libro contribuye a divulgar. Leer para conocer, algo sumamente útil.


domingo, 21 de julio de 2019

Lena Merhej: Yogur con mermelada


Idioma original: Árabe
Título original:   لبن و مربّى 
Año de publicación: 2011
Traducción: Mónica Carrión
Valoración: Está muy bien

Es un territorio recurrente el del artista, o creativo, bloqueado que acude a la memoria, a su infancia a menudo, en busca de inspiración, de auxilio, de palanca con la que vadear el obstáculo. En el caso de la dibujante Lena Merhej (Beirut, Líbano, 1979) el recurso se hizo extensible hacía la figura de su madre, de la cual se cuenta en esta narración cómo una mujer de cultura alemana nacida en la Bohemia checa decide instalarse, arraigar y crear su propia familia en ese rincón del Mediterráneo Oriental llamado Líbano. Por supuesto, hay un primer impulso que es el amor, pero hay mucho más, la determinación, la capacidad de adaptación, la necesidad, por encima de todo, de encajar las adversidades y seguir haciendo de la vida un lugar mejor para uno mismo y para quienes están alrededor.

Yogur con mermelada se trata, por tanto, de una investigación a través de esa facultad psíquica que es recordar, en la vivencia personal y en el acervo familiar, una inmersión en ese ámbito resbaladizo e incierto a la captura de recuerdos que no se sabe muy bien cómo llegan. Puede que también rescatándolos después de un suceso o de un pensamiento, como los restos que la tempestad deposita en la playa de la memoria. Yogur con mermelada es un cómic que retrata a la madre de la autora, a ella misma y a su familia, y, en parte, a la sociedad beirutí, que tanto tiene de amalgama, de mezcla de ingredientes. El caso es si esta cohabitación de contradicciones se logra hacer de manera pacífica, o no.

La gran protagonista de este relato llegó a Beirut en 1967. Hija de una austriaca anglicana y de un católico checo, adopta el Islam como fe para poder casarse con el padre de sus tres primeros hijos, del que queda viuda siete años después. De sus segundas nupcias, nacen dos hijas más, una de ellas la autora. De su madre, dedicada profesionalmente a la pediatría y a la docencia, Lena Merhej va reconstruyendo la trayectoria, cómo le fue encontrando el sentido a su vida en la urgencia de las necesidades cotidianas, cómo su decisión de hacerse su lugar en Líbano no fue una decisión única, si no un conjunto de ellas que se acumulaban día tras día, en las que la protagonista encontró un espacio para si misma. Una madre estricta y misteriosa pero también muy divertida, que no abandona su pasión por las novelas negras en alemán ni por las apfeltrüdel –la muy teutona tarta de manzanas- pero que también se identifica con el inevitable arroz con curry de todos los domingos o con el más rancio prototipo de madre libanesa, que cuando sus hijas van a viajar al exterior les conmina a que ni se les ocurra buscarse un novio extranjero.

La narración usa diferentes enfoques aunque la fragmentación de sus capítulos, pues inicialmente fue publicada por entregas en la revista Samandal, la primera editada con regularidad en el ámbito cultural árabe, tampoco supone un lastre para su complejidad y profundidad. Llaman especialmente la atención dos de los ejes argumentales: cómo enfrentar los miedos –a las bombas, a los secuestros, al dolor, a la escasez, a la violencia- sin dejar que se apoderen de uno convertidos en traumas y cómo gestionar el conflicto del emigrado; desde la nostalgia del que vive entre los suyos o bien desde la adaptación y la integración en el nuevo lugar. En el caso, hubo una decisión firme de evitar en lo posible sufrimientos y amarguras y la protagonista optó, por ejemplo, por no enseñar su lengua materna a sus hijos. Con una estética muy sencilla y con un dibujo de rasgos infantilizados en blanco y negro, Yogur con mermelada nos propone una interesante aproximación a unas personas, a una familia, que como todas resulta tan única y particular como universal y cercana.


sábado, 20 de julio de 2019

Kurt Vonnegut: Madre noche

Idioma original: Inglés
Título original: Mother Night
Año de publicación: 1961
Valoración: Recomendable



Madre noche es la tercera novela de Kurt Vonnegut. Es la única del escritor estadounidense que carece de elementos de ciencia ficción y, pese a ello, rezuma vonneguismo. A fin de cuentas, aborda uno de los temas predilectos del autor, la Segunda Guerra Mundial. Además, está permeada por el cinismo y, sobre todo, por el humor negro.

En efecto: Madre noche es una sátira. Una que se mofa del Régimen Nazi, de los EEUU y del comunismo soviético. Una que se burla de los supremacistas blancos y los sionistas por igual. Una que, como se puede ver, no deja títere con cabeza. Esta irreverencia es, sin duda, uno de sus mayores atractivos. Otro aspecto remarcable de Madre noche es que se lee en un santiamén. Al fin y al cabo, esta ficción no llega a las ciento cincuenta páginas, su argumento te engancha desde el inicio y está narrada con una prosa sencilla.

Llegados a este punto, creo pertinente mencionar al protagonista y narrador de esta historia. Howard Campbell Jr. está encarcelado en la prisión internacional de Haifa, en Israel, a la espera de ser juzgado por crímenes contra la Humanidad, pues hizo de propagandista para el Régimen NaziMadre noche es su confesión. O, más bien, su desahogo. En estas páginas, Campbell narra cómo tuvo que amoldarse a una causa, la nacionalsocialista, que no compartía. También explica cómo lo dejaron en la estacada los americanos. Porque sí, Campbell fue un agente doble que, a través de sus emisiones, enviaba mensajes cifrados a los aliados. 

Por desgracia, ya nadie es capaz de testificar a su favor. Ni siquiera él mismo resulta del todo convincente. Su tono anestesiado, el frío desapego con que relata eventos supuestamente importantes para él, su cameo en Matadero Cinco... ¿Es tan inocente como afirma? No lo sabemos. A fin de cuentas, Campbell es un narrador poco fiable. Antes de la Segunda Guerra Mundial estallara era escritor y dramaturgo. ¿Acaso no es posible que interpretando un papel acabara por mimetizarse con el mismo?

El título de esta novela viene de una cita del Fausto de Goethe que reconoce la ambigüedad del ser humano. Dice Vonnegut en la introducción del libro: "Si hubiese nacido en Alemania, supongo que habría sido nazi, habría liquidado a judíos y gitanos y polacos, habría dejado botas sobresaliendo de montículos de nieve y me habría reconfortado con mis propias entrañas, secretamente virtuosas. Así suele suceder."

Lo que más me ha gustado de Madre noche es:

  • Su redondez. El estilo, el tono, la voz narrativa y la estructura de la novela se adecuan perfectamente a lo que ésta quiere transmitir.   
  • Su protagonista. Howard Campbell Jr. es, sin lugar a dudas, un personaje de una complejidad fascinante, contradictorio y ambiguo. 
  • Algunos de sus secundarios, extremadamente memorables. Pienso en el reverendo Lionel Jason David Jones, doctor en Cirugía Dental y en Teología, o en Bernard B. O´Hare, ex-militar que en su momento capturó a Campbell, cuyo único afán en la actualidad es apresarlo de nuevo.
  • Sus constantes golpes de efecto o giros de tuerca. 
  • Las sentencias lapidarias que la salpican, sean sobre la patria, el amor o el Bien y el Mal. Están presentadas con humildad, pero son tremendamente sabias.

Esta es una novela, pues, de lo más recomendable. No será tan innovadora en lo formal como Matadero Cinco, pero divierte y hace reflexionar a partes iguales. ¿Qué más se le puede pedir al bueno de Vonnegut?


Otras obras de Kurt Vonnegut en ULAD: Matadero CincoUn hombre sin patria, Cuna de gato

viernes, 19 de julio de 2019

Juan Bonilla: Totalidad sexual del cosmos


Idioma: español
Año de publicación: 2019
Valoración: está bien

No creo que a la mayoría de nuestros lectores haga falta explicarles quién es Juan Bonilla, pues este escritor jerezano lleva 25 años publicando libros de todo tipo: poesía, ensayos, cuentos, novelas... (de hecho, fue una de las más destacadas "jóvenes promesas" de las letras hispanas, allá por los 90), recibiendo premios, colaborando en diversos medios... e incluso apareciendo como una suerte de icono erótico-literario en la ¿novela? Los combatientes, de Cristina Morales (una ya más que "joven  promesa" de este siglo XXI).

En los últimos tiempos, quizá por seguir una tendencia ya arraigada en la literatura actual, Bonilla se ha decantado por las biografías noveladas; en su caso, de poetas de las vanguardias del siglo XX (tal vez motivado porque él mismo es coleccionista de los libros de estos vanguardistas): así, escribió sobre Maiakovsky en Prohibido entrar sin pantalones y lo hace ahora sobre la mexicana Nahui Olin en esta Totalidad sexual del cosmos (título de uno de sus libros de poemas, inédito).

Poco conocida, sospecho, fuera de su país, es ta poeta-pintora-modelo y eventual musa de artistas, de nombre familiar Carmen Mondragón, resulta un personaje sin duda interesante, aunque quizás más que por su labor artística, por su vida y su papel catalizador del espíritu de una época. De una belleza sobrecogedora y supongo que con un punto exótico en México (rubia y con inmensos ojos verdes), era hija de un secretario de la guerra y millonario gracias a sus inventos armamentísticos que murió exiliado en San Sebastián. Ella, sin embargo había vuelto al México revolucionario junto a su marido, el pintor Lozano, aunque pronto acabaría viviendo con otro pintor de cierto interés, el revolucionario, vulcanólogo y filofascista (que manda narices) Dr. Atl. También tuvo relaciones con el caricaturista Matías Gayoso, con un capitán de barco gallego, fue modelo para Rivera, etc...

Es posible que a muchos y muchas les parezca machista este resumen que hago de la vida de esta artista, organizada alrededor de los hombres que pasaron por su vida. Pero ocurre que ésta su biografía también está estructurada, hasta cierto punto, en relación con estas presencias masculinas, a pesar de la voluntad emancipadora y hasta feminista -no sé si demasiado organizada- de esta mujer. Pero, ojo, tampoco es que Bonilla tenga un mirada machista o cuando menos paternalista sobre la figura de Nahui; todo lo contrario, hace lo imposible para dar valor a su obra y pensamiento. Lo que ocurre es que, me temo, no logra conseguirlo o no del todo, y por eso el libro sigue la pauta, en cierto modo de los hombres -bueno, y de su gato Menelik- que pasaron por la vida de esta mujer... hasta la tercera parte del libro, quizás la de más interés, en la que Carmen/Nahui ya ha perdido su nombre, por decirlo allí y vive una madurez y vejez en las que trata de anular el tiempo -no me refiero a una preocupación estética, sino filosófica- y plasmar de alguna forma su peculiar visión cosmogónica que, no sé si ella lo llegó a saber alguna vez, recuerda un poco al taoísmo. Se completa el libro con una narración de la investigación del estudioso Tomás Zurián -otro hombre- para recuperar la memoria de Nahui/Carmen/lo que fuera, de una relación casi vampírica, en realidad...

Ya digo que mi tocayo hace todo lo que puede para dar lustre a la vida y obra de su biografiada, otorgándole a su florida prosa un todo en ocasiones enfático, casi ditirámbico. Y no es que Bonilla no sea un escritor suficientemente dotado, al contrario (de hecho, hasta donde yo he leído de su obra, creo que se le da mejor el ensayo o el columnismo que la ficción pura; de ahí que sea buena idea  para él haber llegado a este punto intermedio que son las biografías noveladas), pero, aún así, no he logrado en todo el libro, posiblemente por mi culpa, empatizar con la protagonista. Eso, a pesar de los momentos trágicos que vivió y que son los que han impedido (no del todo), que me pasara toda la lectura acordándome de cierta canción de Ojete Calor... Lo siento, pero pese a su evidente interés, no acaba de resultarme tan fascinante el personaje como intenta hacer ver Bonilla (lo de presentarla como una alternativa icónica a la omnipresente Frida Kahlo, como al parecer hay quien pretende, me parece una idea aún más peregrina, y su relación volcánica, y perdón por la redundancia, con el Dr. Atl como el contrapunto aún más tortuoso a la de Diego Rivera con la célebre pintora cejijunta, ya ni os cuento...).

En fin, y en todo caso, tal vez yo ande errado, así que prometo que si me encuentro alguna vez con Nahui Olin en la totalidad sexual del cosmos, le pediré disculpas. Y por si más acá me encuentro alguna vez con Juan Bonilla, prometo que mi próxima reseña de uno de sus libros será más positiva. Palabrita del Niño Jesús.

Otros títulos de Juan Bonilla reseñados en Un Libro Al Día: Prohibido entrar sin pantalones

jueves, 18 de julio de 2019

Domingo Villar: El último barco


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Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable




En este mundo nuestro, tan complejo y saturado de noticias que la desinformación no reside en la escasez sino en la abundancia y consiguiente dificultad de seleccionar y jerarquizar, enterarnos de una nueva desaparición, asesinato o cualquier tipo de acto violento se está volviendo parte del paisaje, y quizá el mayor peligro resida en la naturalidad con que acabamos asumiéndolo. El último barco es la tercera novela, tanto de su autor como de la serie protagonizada por el inspector Leo Caldas. Un tipo común y corriente –y con esto quiero decir que no imita los tics de sus predecesores en el género– que sirve (casi exclusivamente) de hilo conductor para suministrar a los lectores las pistas necesarias que le permitirán ir atando cabos, pasar de una etapa a otra hasta llegar, finalmente, a ver la luz. Claro que, estarán de acuerdo conmigo, algo más tiene que haber para que la trama que nos ocupa se diferencie, poco o mucho, de los mil y un telefilms con que nos saturan a diario los canales privados y públicos. Eso es lo que vengo a contarles, ya que para mí ha supuesto todo un descubrimiento, tanto la novela como su autor, a quien a partir de ahora seguiré la pista, sobre todo si se arriesga a explorar nuevos territorios narrativos, pues en este ha quedado demostrado que se desenvuelve como pez en el agua.
Y es que El último barco trata de la desaparición de una mujer como podría tratar de cualquier otro asunto, ya que en realidad es un canto a la vida, al lugar que nos acoge, a la naturaleza, a la vocación artesana –que no busca provecho sino disfrute en el trabajo manual lento y concienzudo– a la amistad, la aceptación del diferente y otra serie de valores que el texto simplemente transpira sin que nadie se empeñe en convencernos de nada. Todo ello narrado con la crudeza necesaria, sin ningún morbo añadido, pero también sin concesiones a ningún sentimentalismo barato o a los artificiosos finales felices.
Por razones obvias, del hecho delictivo en sí hablaré lo menos posible, pero me apresuro a aclarar que, en este caso, no se habla de violencia de género, es decir, es completamente irrelevante que la desparecida sea una mujer. No así su personalidad, que acabaremos conociendo con detalle y, como se pondrá de manifiesto a lo largo de sus setecientas páginas, será el desencadenante de lo ocurrido. Gracias a un predominio del diálogo, que nos conduce rápidamente al final a pesar de su extensión, Villar lo desmenuza para nosotros con una minuciosidad que en narrativa es siempre un peligro pues, o encandila o aburre. Eso depende de la habilidad del autor que se traduce, bien en acumular detalles irrelevantes con el fin de rellenar páginas, o bien –como en este caso– en poner al lector a su lado, mantenerle constantemente intrigado y recorrer el camino junto a él, hombro con hombro. Que vea lo que él ve, se emocione con ello, se haga las preguntas y llegue a las conclusiones que le surgirían si estuviese allí, escuchando las respuestas de los testigos, temiendo las salidas de su ayudante, dando palos de ciego, buscando nuevos caminos cuando llega a un callejón sin salida, frustrándose cuando se entromete en su trabajo el convecino ilustre al que hay que dorar la píldora. ¿Quiere esto decir que cerramos la novela conociéndolo todo al detalle? En absoluto, el autor se guarda lo que debe para que el conjunto resulte efectivo, pero consigue convencernos de que no es así y eso es lo que importa.
A todo esto, aún no les he contado que Villar es vigués y como tal lleva a Galicia en la sangre, en particular las Rías Bajas. Que la acción transcurra en terreno archiconocido es otro tanto a su favor ya que el realismo está asegurado. Y no solo geográficamente, también en cuanto a las costumbres y hasta el temperamento de sus gentes. Nos movemos entre Vigo y una parroquia de Moaña (en la península del Morrazo). De ahí que el mar y la costa se conviertan en otros tantos protagonistas. Quien no tenga la suerte de conocer esta maravillosa tierra seguramente no podrá dibujar el mapa que la representa basándose en las descripciones, pero es seguro que observará la silueta de sus pueblos desde uno y otro lado de la ría, sentirá la brisa salina y hasta notará las salpicaduras, pero sobre todo amará un poco más al gremio pesquero. los oficios artesanos y el arte, en particular esos edificios emblemáticos que desaparecieron de un día para otro por intereses inconfesables. El que sí puede dibujar, y lo hace con gran precisión, es Camilo, otro de los personajes centrales de nuestra historia. Les ruego que se fijen en él, porque está lleno de matices y no les dejará indiferentes.
O sea, si les apetece embarcarse en la resolución de un complejo puzle o, lo que es igual, en la lectura de una estupenda historia muy bien contada, no lo duden, este es el libro que se tienen que llevar de vacaciones.

miércoles, 17 de julio de 2019

Manuel Scorza: La tumba del relámpago

Idioma original: Español
Año de publicación: 1979
Valoración: Bastante recomendable

Si algo tiene de bueno esto de estar en ULAD, además del dinero, la fama, las groupies y demás, es descubrir, gracias a vuestros comentarios, a autores que por uno u otro motivo no habíamos leído. Así, en los comentarios a la reseña de “El zorro de arriba y el zorro de abajo” de José María Arguedas aparecieron dos nombres: Ciro Alegría y Manuel Scorza.

Es de Manuel Scorza y de su “La tumba del relámpago” de quien hoy vamos a hablar. Esta novela es la quinta y última entrega de su pentalogía “La guerra silenciosa” en la que se narra, aunando mito y realidad, la lucha por la tierra en el Perú. 

Es “La tumba del relámpago” una narración en varios planos, a varias voces y con técnicas que van desde el monólogo interior hasta el collage estilo “Libro de Manuel” de Cortázar, aunque siempre poniendo sobre la mesa la injusticia que sufren los campesinos e indígenas del Perú de la cordillera a manos de la “Santísima Trinidad” formada por compañías extranjeras, latifundistas locales y poder político.

Digo que es una narración en varios planos porque en ella se juntan lo mítico, lo histórico, lo político y lo social. Profecías y leyendas locales se ponen en relación con acontecimientos y personajes históricos del Perú (las revueltas de los siglos XVIII, XIX y XX, José Carlos Mariátegui…) y con los sucesos actuales derivados del problema de la tierra.

Digo que es una narración a varias voces porque, aunque el protagonista principal de la novela es el abogado Genaro Ledesma (personaje real que fue miembro destacado de la izquierda peruana entre los años 60 y 80) , los más de 60 breves capítulos que conforman la novela se van centrando en diferentes personajes que poco a poco van confluyendo e interactuando. Mención especial al propio Scorza, autor y protagonista secundario de la parte final del libro.

Y digo que es una narración con variadas técnicas que entroncan con la modernidad de la época porque dentro de la novela hay narraciones convencionales en primera y/o tercera persona, monólogos interiores, proclamas políticas, rupturas temporales, etc.

En cuanto a la trama de la novela, hemos de situarla en la revuelta campesina que tuvo lugar en Cerro de Pasco y alrededores a principios de los años 60. Comienza con lo que podría parecer una novela de formación (la llegada como profesor de Genaro Ledesma a Cerro de Pasco, pueblo minero y campesino situado a 4.300 metros de altitud, y su entrada en contacto con las comunidades locales) que no tarda en convertirse en la toma de conciencia de una realidad basada en el abuso y en las diferencias sociales. El papel del mito y su vínculo con la actualidad en esta primera parte de la novela es muy relevante, hasta el punto que los propios protagonistas de la novela parecen ser actualizaciones de ese mito.

En cambio, en la segunda parte de la novela, esa en la que la trama pasa a centrarse en el intento de recuperación de la tierra por parte de las comunidades locales, el aspecto mítico pierde un peso que es ganado por el aspecto político - social. Los intentos por parte de los líderes locales de organizar a un en ocasiones más que desunido campesinado, las desavenencias con un Partido incapaz de salirse de esquemas preconcebidos e importados de Europa, las proclamas políticas, la interpretación de textos clásicos del socialismo latinoamericano (la sombra de José Carlos Mariátegui es alargada), etc ganan en importancia pero hacen, a mi modesto entender, perder ritmo a la novela. 

De ahí la valoración. Creo que el aspecto doctrinario / ideológico de la novela pesa demasiado y hace que se resienta el lado ficcional y de denuncia de la misma (no sé si en esto tendría algo que ver la propia actividad política de Scorza quien, un año después de la publicación de la novela, llegó a presentarse como candidato a la vicepresidencia del Perú por una coalición llamada Frente Obrero, Campesino Estudiantil y Popular (FOCEP)). Parte de la agilidad y la fluidez de los primeros capítulos se pierde en aras de aspectos ideológicos que pueden resultar difíciles de seguir para lectores no familiarizados con estos temas.

Pese a lo anterior, "La tumba del relámpago" me ha parecido una buena novela y un más que interesante testimonio de procesos históricos que recorrieron América Latina en la segunda mitad del siglo XX. Tanto es así que ya está esperando su turno "Redoble por Rancas", aunque eso será ya después del verano.

martes, 16 de julio de 2019

Vicente Suárez Casañ: Conocimentos para la vida privada


Idioma original: castellano
Año de publicación: 1894
Valoración: Intragable ¿pero curioso?

En cierta ocasión consulté con el Sacro Colegio uladiano la oportunidad de reseñar un determinado libro, y uno de los purpurados dijo simplemente: ‘Es un libro, no? Pues entonces se puede reseñar’. Bien, pues esto que traigo hoy también es un libro, y además bastante voluminoso. Raro, sí, quizá hasta disparatado, pero libro.

Lo que tenemos delante es un tocho formado por cerca de mil páginas, organizadas en diez tomos de encuadernación fatigada, con la pretensión de ‘presentar a los ojos de la juventud un provechoso ejemplo de los vicios y aberraciones a que se ha entregado la humanidad, y las funestas consecuencias' que han acarreado. Añadiríamos ‘todo ello desde el punto de vista sexual’, porque no se toca ningún otro tema, como se advierte al comprobar el índice de la colección: La prostitución – Secretos del lecho conyugal - La virginidad - Onanismo conyugal -Los vicios solitarios - La pederastia - Fenómenos sexuales - Matrimonio y adulterio - El amor lesbio - Costumbres y vicios sexuales de todos los países. Claro, solo comentar acerca de los títulos daría para varias entradas del blog, así que lo dejaremos correr.  En todo caso, me atrevería a asegurar que si alguien a finales del siglo XIX abre un libro titulado Conocimientos para la vida privada, ya se imagina más o menos de qué materias va a tratar: no desde luego sobre formas de ordenar la economía doméstica, ni recetas de cocina, ni convivencia vecinal. Que también son asuntos de la vida privada pero, claro, estamos a lo que estamos.

El libro está escrito por un tal Vicente Suárez Casañ, de quien seguramente no obtendremos muchos datos en internet, pero que parece ser un autor más o menos productivo y sobre todo bastante versátil, porque aunque parece que publicó otros libros sobre temas sexuales, también firma cosas variadas, como un libro sobre medicina y otros nada menos que sobre Pi y Margall y el federalismo en España. Por terminar de centrar el tema, Suárez Casañ deja claro que el contenido del libro no es enteramente de su cosecha, sino que transcribe opiniones de eminentes eruditos en las diferentes materias (tampoco añadiré nada al respecto).

No se piense que esto es fácil, porque hay que sintetizar mucho, muchísimo. Por empezar por lo mejor, sin duda las partes más interesantes del libro son las que tienen carácter histórico: una amplia exposición sobre la prostitución, seguramente fusilada del estudio de Pierre Dufour; la escalofriante historia de Barba Azul; o el relato, muy bien contado, de la violación de Lucrecia y el consiguiente advenimiento de la República en Roma. Al margen de esto, es realmente divertido un parrafito dedicado a la ‘idiosincrasia’, entendida como singularidad extrema de la personalidad, donde se citan casos que harían las delicias de Roussel o de Borges, como  síncopes o desmayos provocados por la visión de un lirio o una remolacha, o vahídos producto del sonido de una escoba al barrer. Estas tres o cuatro cosas que cito es lo aprovechable del libro. ¿Y el resto?

Como apuntaba el índice, el resto habla exclusivamente de sexo, sin realmente centrarse en el acto sexual –que pasa como por alto, como algo natural pero de lo que no es necesario ni conveniente hablar- sino cebándose en todo aquello que se desvíe una pizca del concepto de coito dentro del matrimonio (con algunos matices que ya veremos). La cosa es muy sencilla. El Código de Derecho canónico, que supongo que seguirá aún vigente, decía muy clarito algo que ningún estudiante ha olvidado nunca: la cópula es el acto de suyo apto para la procreación. En esta definición se pueden resumir las mil páginas del tocho. Ergo, toda práctica que se aparte de este principio es condenable, y ahí van encajando los distintos capítulos que he mencionado, bien porque la procreación no sea el fin perseguido (prostitución), porque ésta es físicamente imposible (homosexualidad), porque se impide a propósito (lo que en el libro se llama onanismo, diríamos métodos contraceptivos, incluidos todos ellos), o porque solo se busca un placer sustitutivo (vicios secretos). 

En este sentido, Casañ ejerce de inquisidor frente a quien se aparte un ápice de la doctrina de la Iglesia, aunque también es cierto que a veces da la sensación de ser menos cerril de lo que el texto transmite en su conjunto. Pero en todo caso, reconoce que no es fácil hacer cumplir este principio inflexible, y lo dice abiertamente: la ley poco puede adentrarse en la vida privada (todavía no se conocían ciertas leyes norteamericanas sobre los mismos temas), y por tanto solo la moral (o sea, la religión) es capaz de disuadir de tales prácticas y conducir al individuo por el camino recto. Lo dice con convicción, sí, pero no consigue ocultar su escasa confianza en su efecto persuasivo. Así que donde la ley no llega y la moral carece de fuerza para obligar, aparece Casañ con la artillería pesada: la medicina.

Esto es lo que ocupa la mayor parte del libro, no sé, el 90%, quizá más. No olvidemos el citado principio del Derecho canónico, porque todo lo que no sea cumplirlo estrictamente no solo es moralmente reprobable sino que tiene consecuencias nefastas para la salud. Ríase usted de la vieja advertencia de que la masturbación provoca ceguera. Aquí ya encontramos todo tipo de espantos asociados a las conductas sexuales desviadas que hemos ido citando, páginas y páginas de humores, desgarros, gangrenas, infecciones, tumoraciones y calamidades incontables cuya enumeración se cierra casi siempre con el colmo de la devastación: el desprecio social, la tisis, la locura y la muerte. Por poner un ejemplo cortito sobre las personas que desarrollen ciertas prácticas (casi da igual cuáles):

'Su vida será un continuo tormento, su cuerpo se verá llagado y corrompido (…) y por fin morirán desesperadas, comidas por la gangrena o consumidas por la tisis u otras enfermedades, no menos terribles ni menos lamentables'.

La cosa es de tal magnitud que, si empieza provocando una sonrisa o gesto de incredulidad, la reiteración lo convierte en algo un poco abrumador, y termina dando algo de lástima que haya que recurrir a semejante despliegue de horrores para convencer de algo al personal. Sin olvidar que este buen señor ha escrito otro ladrillo sobre medicina, y da toda la sensación de que se cree lo que está contando. Y, por decirlo todo, lo cierto es que el bombardeo con todas estas asquerosidades pues bueno, que acaba por intimidar un poquillo al lector ante determinadas actividades. Que uno también es humano y vulnerable.

Naturalmente, no recomiendo a nadie que lea este engendro. Si acaso, como curiosidad se puede ojear alguno de los capítulos, que vienen a ser unas 80-100 páginas cada uno, y en este sentido sí que resulta instructivo: uno parece transportado al paleolítico aunque el libro tiene poco más de un siglo. Pero, lo que es peor, estas ideas han pervivido en España al menos cincuenta años más, o sea, hasta antesdeayer, y en base a ellas y otras de corte similar se ha construido una sociedad bruta, enferma y ensimismada. Afortundamente, muchos no hicieron demasiado caso y hoy en día –cierto que con otros horrores nuevos- parece que viviésemos en otro planeta.

P.S. No me resisto a un breve apunte sobre la mujer. Puede suponerse que en el panorama ideológico en que se mueve el autor, a la mujer le está reservado un papel respetable pero también secundario, reproductor y, si se me permite, un poco bobalicón. Pero quizá lo más desopilante (pero también estremecedor) es que los capítulos referidos a la virginidad y al adulterio están íntegramente centrados en la figura femenina. Se me escapa por qué ambos asuntos son tan trascendentes cuando se refieren a la mujer como irrelevantes si hablamos del varón.

lunes, 15 de julio de 2019

José Ignacio Carnero: Ama

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

En los últimos años tengo una cierta relación de fidelidad con la editorial Caballo de Troya: desde que se convirtió en editorial de dirección rotativa, todos los años me leo al menos un libro, y el año pasado me los leí todos, para ver la selección de Lara Moreno como un todo. Este año, ya llevo tres de los escogidos por Luna Miguel: GameBoy de Víctor Parkas, Cambiar de idea de Aixa de la Cruz y este, Ama de José Ignacio Carnero. Y con estos tres da para establecer algunas líneas comunes que podrían (habrá que ver los que faltan) definir la selección de este año: el relato (pseudo)autobiográfico combinado con la reflexión literaria, política o social.

En este caso, José Ignacio Carnero hila dos temas que se entrecruzan en su propia biografía: por una parte, la muerte de su madre, la ama del título (en euskera, claro), mujer trabajadora que dejó Galicia para ir a ganarse la vida como chica de la limpieza para las familias pudientes de la margen derecha del Nervión. El libro cuenta, con doloroso detalle, la agonía de los últimos meses y días de la madre del autor (de forma bastante paralela a como pasaba en El comensal de Gabriela Ybarra, también publicado en Caballo de Troya), pero bucea también en los recuerdos compartidos, en las incomprensiones y silencios que pueblan casi todas las familias, en los gestos de cariño y en las memorias de infancia.

El segundo tema, que acaba por asumir un mayor protagonismo a medida que avanza la obra, es el de la movilidad geográfica y social del autor: su desarraigo y desclasamiento (podríamos decir) cuando se licencia en Derecho y se traslada a Madrid primero y a Barcelona después. En esta ciudad cosmopolita y burguesa como pocas, el hijo de la limpiadora gallega se siente como un intruso o un impostor (un poco como el Pijoaparte de Marsé, con el que el propio autor se compara irónicamente): nunca será realmente una de esas personas habituadas a pasearse por la Diagonal alta, pero tampoco es ya un proletario: disfrazado con una corbata y un traje, se codea con aquellos que contratarían a su madre para que les preparase la cena.

Creo que el gran acierto del libro es combinar dos temas con los que es fácil identificarse, uno practicamente universal y el otro, quizás, más limitado temporal y cronológicamente. El primer tema es la compleja y dolorosa relación que tejemos con nuestros padres: podemos amarlos y ser amados por ellos, pero inevitablemente llega un momento en que el cordón umbilical se rompe, se produce un alejamiento, se buscan caminos propios, y ese proceso de emancipación conlleva alguna culpa y algún dolor, que se acumula en el momento de la despedida definitiva.

El segundo gran tema, como decía relacionado con este, es el del ascenso social, que hasta hace poco (hasta que la crisis y la imposición de la precariedad como norma atascaron el ascensor social) en muchos casos también adoptaba un formato generacional: los hijos tenían, o aspiraban a tener, mejores condiciones de vida que sus padres, lo que, en algunos casos, implicaba volver a emigrar, aunque en este caso en condiciones bastante más amables. Este tipo de historias de emigración y mejora de las condiciones de vida son particularmente reconocibles, creo, en ciertos contextos históricos y geográficos (Bilbao, Madrid o Barcelona, sin ir más lejos), y creo que es un acierto de Carnero el que su experiencia individual sirva para representar las vidas de muchas otras personas o familias.

Es curiosa, por otra parte, la insistencia de José Ignacio Carnero en llamar "novela" a su obra; es posible que esto se relacione con la capacidad de la novela para abarcarlo todo, pero también con el prestigio y la visibilidad abrumadoras de la novela, casi el único género literario que parece digno de tal nombre en nuestros días. En Cambiar de idea de Aixa de la Cruz había una reflexión sobre estas cuestiones de género (en aquel caso, tanto genre como gender); en la obra de José Ignacio Carnero el género literario se da por supuesto y por descontado, lo que es una pena porque se podía haber hurgado un poco más también en esa herida (textual): qué escribimos en los momentos de duelo, y cómo hacemos para hablar del dolor sin caer en la cursilería o en el kitsch (algo que Carnero consigue evitar).


Creo que esa es una de las causas por las que coloco Cambiar de idea algo por encima de Ama, en el particular ranking de las publicaciones de Caballo de Troya de este año: su capacidad para la autoconsciencia y la reflexión sobre el propio acto de escritura, así como una mayor carga (auto)crítica. En el caso de Carnero, por otra parte, tengo la sensación de que el clímax emocional (la muerte de la madre, que me resultó conmovedora hasta casi hacerme llorar, y mira que yo no soy nada de eso) llega muy pronto en el texto, y luego cuesta volver a enganchar al mismo nivel, hasta, quizás, un capítulo muy al final que narra un viaje a la tierra natal de la madre, en Galicia. Algo más de contención en los capítulos intermedios creo que habría podido servir para conseguir una obra más redonda y que fluyese mejor de principio a fin.

No sé si seguiré leyendo el resto de las obras seleccionadas por Luna Miguel para Caballo de Troya; con tres puede ser suficiente para tener una idea, y para confirmar el buen ojo de la editora invitada de este año.