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viernes, 8 de julio de 2016

Roald Dahl: Relatos escalofriantes

Idioma original: inglés
Título original: Skin and other stories
Año de publicación: 2000 (como recopilación)
Traducción: Flora Casa, Frank Schleper y otros
Valoración: muy recomendable

Como puede verse, en la traducción al castellano se han calificado los relatos de este libro de Roald Dahl como "escalofriantes". No diré que alguno no pueda serlo, pero creo que un adjetivo más adecuado sería "inquietantes", porque casi todos relatos causan más inquietud que repeluzno, admitiendo que aquélla puede provocar más insomnio que éste. Todos sabemos que, además, Roald Dahl era un maestro sembrando de ideas inquietantes todos sus relatos y además, con un peculiar sentido del humor que rozaba la crueldad, a veces, con las situaciones en que ponía a sus personajes. Así que cualquiera que haya leído algo de este autor ya se puede hacer una idea de lo que puede encontrar en este volumen.

Pero además, quien no lo conozca o haya olvidado lo bueno que puede ser este escritor -caso improbable, es cierto- se va a llevar una sorpresa. Porque de los once relatos que contiene este libro, hay al menos media docena que son excelentes, en mi opinión. Tampoco es que los demás les vayan mucho a la zaga, pero quizás por resultar algo menos redondos o porque la idea que los anima parece demasiado extravagante, se quedan en un escalón inferior... lo que tampoco está nada mal, en realidad: ya quisieran muchos llegar a ese nivel de excelencia. Pero es que los relatos que resultan más logrados demuestran un domino del arte de narrar difícilmente superable: Dahl logra, prácticamente en todos que el lector se meta hasta el fondo en el mundo que rodea a sus personajes, ya sea el de una granja perdida en las montañas de Kenia, el de un tren de cercanías que circula cada mañana rumbo a la City o el de los cazadores furtivos de faisanes. O como en el que para mí es el mejor relato de todos, El deseo, una alfombra negra, roja y amarilla. Dahl administra el tempo de manera magistral, nos da los datos necesarios sobre los personajes, pero ni uno más e incluso, como en el relato quizás más oscuro de todos, Un cuento africano, sólo nos muestra la parte emergida del iceberg, como dictaba la conocida fórmula de Hemingway. Y aunque en muchos de los cuentos utiliza la conocida estratagema -hoy ya algo demodé, creo- de la sorpresa final, dudo que haya quien lo pueda hacer tan bien como este escritor: no sólo te sorprende la sorpresa, es que también sorprende que tal haya sido la sorpresa elegida y no otra. Un maestro, el señor Dahl.

Ya digo que el cuento más logrado, en mi opinión, es El deseo. Y el más oscuro, Un cuento africano. El más inquietante, seguramente La máquina de sonido; el más sorpresivo, Apuestas, y el más cínico, Mi querida esposa. ¿El más divertido? Creo que El campeón del mundo. Y el más desolador, sin duda, Galloping Foxley.  Mucho. Pero todos, y los que no nombro, merecen la pena, sin lugar a dudas.

domingo, 28 de julio de 2019

Roald Dahl: La venganza es mía S.A.

Idioma original: inglés
Título original: Vengeance is Mine Inc.
Año de publicación: 1980
Traducción: Flora Casas
Valoración: entre recomendable y está bien

Es evidente que a estas alturas no es necesario presentar a Roald Dahl ni comenzar hablando de su legendaria maestría para el cuento. En esta recopilación de 1980 -con relatos ya publicados desde 1953 y, en algún caso, puede que escritos antes, ya que hay varias referencias a las carestías alimentarias de posguerra- nos encontramos con ocho de estos estupendos cuentos, una buena muestra de lo que era capaz el señor Dahl y, sobre todo, de su particular sentido del humor.

Un sentido del humor que, como es bien sabido y hasta célebre-, tendía a la ironía y el humor negro. Así sucede, por ejemplo -aunque sea de una forma bastante amable-,  en el primero de los relatos, que da título al libro y en el que unos jóvenes desocupados pero emprendedores decubren un nicho de mercado bastante peculiar. Una sátira sobre el sistema capitalista actual, si se quiere, o un simple cuento con una moraleja ambigua: a elegir por el consumidor... digo, lector. El segundo, El mayordomo, también incide en la ironía o incluso la parábola sarcásticapara criticar algún aspecto de la sociedad -en este cso, la obsesión por aparentar de los nuevos ricos-; el tercer cuento, en cambio, El señor Botibol, resulta inusualmente tierno, una cualidad que, en principio, no asociamos con la obra de Roald Dahl, por más que haya pasado a la posteridad literaria, en buena medida, como autor de libros infantiles. Aunque los niños, ya se sabe, son crueles... (o eso dice el tópico).

Los otros cinco cuentos forman una unidad, en cierto modo, puesto que están ambientadas en el mismo lugar y protagonizadas por los mismos personajes, Claud y Gordon, los encargados de la gasolinera de un pueblo de la campiña inglesa. Son unos cuentos estupendos. De hecho, uno de ellos, Rummins, es sencillamente perfecto, magistral. Y terrorífico, por cierto... (es más, prefiero no comentar absolutamente nada de qué va para no atenuar ni un ápice esa sensación en quien lo pueda leer). En cuanto al resto, El desratizador resulta bastante repelente, aunque fascinante a al vez (efectos que no es el primer cuento de Dahl que me causa, he de decir). El señor Hoddy -una práctica guía de cómo no tratar con tu futuro suegro- es de lo más divertido, incluso desternillante. y El señor Feasey y El campeón del mundo (éste último también se encuentra en la recopilación Relatos escalofriantes... aunque no sea demasiado escalofriante, en verdad) se encuadran en el género que podríamos denominar "mi gozo en un pozo" o "el cazador cazado"., como se prefiera. Bastante divertidos, en cualquier caso.

Otros títulos de Roald Dahl reseñados en Un Libro Al Día: Lady Turton, Cuentos en verso para niños perversos, Relatos de lo inesperado, Charlie y la fábrica de chocolate, Relatos escalofriantes

sábado, 8 de septiembre de 2012

Roald Dahl: Relatos de lo inesperado

Idioma original: inglés
Título original: Tales of the Unexpected
Año de publicación: 1979
Valoración: Muy recomendable

Pues siguiente con esta "semana Anagrama" que nos hemos montado (que conste que ha sido accidental: estas cosas a veces pasan) me animo a reseñar un libro que es un auténtico clásico de su colección Compactos: estos Relatos de lo inesperado que, como las Historias extraordinarias (también de Roald Dahl, también en Compactos Anagrama) son una lectura de lo más recomendable, divertida y rebosante de imaginación. En ambos casos se trata de volúmenes de relatos con dos características fundamentales: el humor y la sorpresa.

Roald Dahl, también conocido por sus obras de literatura infantil como James y el melocotón gigante o Charlie y la fábrica de chocolate, entra a formar parte con estos relatos, por pleno derecho, del Hall of fame de los escritores humorísticos británicos, junto con Saki, Woodehouse o Tom Sharpe, entre otros. Se trata, en general, de un humor bastante blanco (nada que ver con Wilt, por ejemplo), y en ocasiones con un toque absurdo o hiperbólico.

Hay algunos temas que se repiten en varios relatos: por ejemplo, las apuestas desproporcionadas (como en "Gastrónomos", "Hombre del Sur" o "Apuestas") o las desavenencias matrimoniales, a veces de consecuencias fatales ("Cordero asado", "William y Mary", "Nunc Dimittis"...). Algunos relatos incluyen elementos que rozan lo fantástico sin llegar a traspasarlo nunca claramente ("William y Mary", "Edward el Conquistador", "Jalea real"), mientras que otros entran de lleno en el esquema narrativo del "burlador burlado", de larga alcurnia literaria desde Chaucer o Boccaccio, y que Dahl borda, por ejemplo, en "placer de clérigo" o "La señora Bixby y el abrigo del coronel".

Los relatos de Dahl son casi siempre crueles, irónicos, algunas veces sorprendentes y otras algo inocentes (la verdad, los recordaba más brutales de cuando leí este libro por primera vez). Personalmente, no recomiendo leerlos todos seguidos de una sentada, porque puede llegar a cansar la repetición; en cambio, leídos poco a poco, uno cada noche antes de ir a dormir, por ejemplo, creo que no habrá lector que se les resista.

En este volumen: Lady Turton

También reseñados en Un Libro Al Día:  Relatos escalofriantesCuentos en verso para niños perversosLady TurtonCharlie y la fábrica de chocolate

viernes, 21 de septiembre de 2012

Roald Dahl: Cuentos en verso para niños perversos

Idioma original: inglés
Título original: Revolting Rhymes
Año de publicación: 1982
Valoración: muy recomendable

Muchas veces los cuentos infantiles no son solo para niños y a veces, incluso, no son en absoluto para niños. Es el caso de estos Cuentos en verso para niños perversos, una revisión de algunos cuentos tradicionales muy conocidos por todos, como "La cenicienta", "Los tres cerditos" o "Caperucita roja", en los que el británico Roald Dahl derrocha imaginación y mala leche.

Las historias no solo están actualizadas, sino que en todas ellas encontramos un desenlace imprevisible y completamente distinto al de los cuentos originales. Abundan las expresiones coloquiales y humorísticas y muchos de los cuentos ofrecen una curiosa moraleja (Cenicienta, por ejemplo, optará por la sencilla vida campesina, y Jack sacará una interesante lección de su experiencia con las habichuelas mágicas). Ricitos de Oro -que, por si no habíais caído nunca en la cuenta, comete impunemente allanamiento de morada, entre otros crímenes igualmente punibles- se lleva su merecido en la versión de Dahl.

Como bien dice el título, estos Cuentos están escritos en verso y tienen, por lo tanto, un ritmo y una sonoridad especiales. La traducción al castellano es digna de mención: Miguel Azaola hace un trabajo magnífico, capturando la musicalidad de las "rimas repugnantes" originales. Tarea ímproba donde las haya: quien dijo que traducir literatura infantil era fácil os estaba engañando, amiguitos. Y más si es en verso. El resultado, para quitarse el sombrero: en mi humilde opinión, el título de la versión castellana prueba que, al igual que muchas veces la realidad supera a la ficción, la traducción puede mejorar sustancialmente el original.

Un clásico contemporáneo que disfrutarán tanto mayores como pequeños.

También de Roald Dahl: Charlie y la fábrica de chocolateRelatos escalofriantesRelatos de lo inesperado, además del "zoom" de "Lady Turton", incluido en este volumen

viernes, 24 de septiembre de 2010

Zoom: Lady Turton, de Roald Dahl

Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 1979 (en el libro de relatos Tales of Unexpected, "Cuentos de lo inesperado")
Valoración: Muy recomendable

Feliz otoño, niños y niñas. ¿Estáis disfrutando aún de la gloriosa sensación de volver a las aulas, la brisa fría y la lluvia caprichosa, pequeños colegiales? Vuestro tío Ian espera que estéis todos la mar de contentos por haber comenzado este nuevo curso, y para que veáis que no os descuido en ninguna ocasión, hoy os traigo un cuentito muy adecuado para degustar en frías tardes de sofá y cacao caliente frente a ventanas lluviosas.

La piecita se llama Lady Turton y pertenece a un libro recopilatorio de cuentos del genial Roald Dahl, el galés de progenitores noruegos, marido durante una época de la desgraciada actriz Patricia Neal, abuelo de la otrora rolliza modelo Sophie Dahl, y padre de cosas tan curiosas y queridas como Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante, o ese cuento que inspíró a Tarantino la historia más macabra de la peli Four Rooms (apostaban dedos en vez de dinero, ¿recordáis?). Vamos, que Dahl escribió tanto para críos (pero siempre de forma un tanto perversa, todo hay que decirlo), y para adultos, siendo popular especialmente por sus cuentos con final sorprendente, los cuales, en la humilde opinión de vuestro tío Ian, son los más divertidos.

Y bueno, mes petits, ahora os tendría que resumir la trama de Lady Turton para haceros ir corriendo como colibríes a la biblioteca en su búsqueda (me consta que en Internet también lo tenéis), pero como no os lo quiero destrozar, sere brevis brevis: Lady Turton es una resultona (que no bella) dama centroeuropea que seduce a un calzonazos inglés muy adinerado, se casa con él, y se convierte así en la Isabel Preysler de la sociedad londinense: las fiestas más cool se la rifan, y ella hace amigos allá donde va y los invita a timbas de cartas en su pedazo mansión. La historia del relato transcurre durante la estancia de uno de sus nuevos amigos en una de esas estancias tan divertidas en la casa de los Turton, y narra el peculiar suceso que ahí se produce, con el fantasma de la infidelidad como uno de los protagonistas. ¡Y hasta aquí puedo leer!

Buscad, leed y disfrutar de Lady Turton, genial gamberrada de Dahl, por la que le acusaron de misógino (y bueno,en otra ocasión le dijeron "antisemita", y seguro que pederasta también...).

Feliz otoño.

También reseñados en Un Libro Al Dïa: Charlie y la fábrica de chocolateCuentos en verso para niños perversosRelatos de lo inesperadoRelatos escalofriantes

jueves, 3 de septiembre de 2015

Roalh Dahl: Charlie y la fábrica de chocolate

Idioma original: inglés
Título original: Charlie and the Chocolate Factory
Año de publicación: 1964
Traducción:Verónica Head
Valoración: recomendable para niños y grandes

Quien se haya detenido a mirar las etiquetas de esta reseña, antes de pasar a leerla, se habrá dado cuenta de que una de las que he colocado es la de "terror". Sí, terror... ¿En una historia para niños? Bueno, no es algo tan descabellado; quien haya leído los cuentos originales recopilados y redactados por los hermanos Grimm, por ejemplo, se habrá dado cuenta de que el componente terrorífico está más que presente, para solaz de los pequeños y no digamos de sus mayores, a pesar de lo que ha hecho la industria Disney -y derivados- para edulcorar las historias. Y aun así, nunca lo han conseguido del todo... (por no hablar de productos más recientes que tratan de aprovechar la fascinación infantil por aquello que les produce sus más acedrados miedos como son las muñecas Monster High...).

Pero no, lo que me trae a la cabeza la palabra "terror" cuando pienso en la historia de Charlie y la fábrica de chocolate es, sobre todo, el miedo que me inspiraba la versión cinematográfica. No me refiero a la más reciente, dirigida por Tim Burton y protagonizada por Johnny Depp. Esa es un caramelito, créanme. La que causaba terror en mi impresionable mente infantil era la de los años 70, con Gene Wilder en el papel de Willy Wonka, que vi de pequeño en aquella tele que teníamos en blanco en negro (no sé si la película también lo es o tiene color). ¿Y por qué me causaba ese miedo? Pues quizás fueran las imágenes del niño ahogándose en el río de chocolate o aquellos inquietantes hombrecillos que trabajaban en la fábrica... no sé, pero el caso es que siempre he asociado esa película y por extensión el libro en el que está basada y el nombre de su autor, con la sensación de miedo, por no decir pavor.

También es verdad que el autor, el británico Roald Dahl, tenía fama de darle a sus relatos y novelas un toque cruel, muchas veces teñido de fina ironía que hace que sea, precisamente, muy apreciado por ello. En todo caso, ni siquiera en sus historias para niños nos ahorra la muestra de aspectos desagradables o injustos de la vida: en este libro, para empezar, el protagonista, Charlie Bucket, es un tierno infante que vive en unas condiciones terribles, casi "dickensianas", pasando hambre en una casa que se cae a pedazos junto a una familia paupérrima -aunque sorprendentemente resistente-: padre, madre y cuatro abuelitos postrados en la cama de forma permanente. Ni tele, ni videoconsola , ni siquiera un perrito al que poder darle patadas para desquitarse, de vez en cuando... y aun así, Charlie, en vez de convertirse en un delincuente en ciernes, como haría cualquiera de nosotros, es más bueno que las pesetas, un verdadero encanto, el mejor hijo y nieto que se pudiera tener...

Pese a todos los sinsabores que la vida le ha reservado, Charlie recibe un día su recompensa en forma de billete dorado que aparece en una chocolatina Wonka, y que es el pasaporte necesario para visitar la fábrica de chocolate del enigmático Willy Wonka, situada casualmente allí mismo, en su ciudad, a pocos metros de su casa, pero en la que ni él ni nadie ha entrado nunca. No es el único niño afortunado, sin embargo: otros cuatro billetes dorados acaban en manos de sendos niños, que, por constraste con nustro Charlie, parecen ser el compendio de todos los defectos que el señor Dahl veía en la infancia de su momento: avariciosos, malcriados, caprichosos, glotones, maleducados... (No me resisto a dar sus nombres, que no tienen desperdicio: Augustus Gloop, Violet Beauregarde, Veruca Salt y Mike Tevé). No es la visita a la misteriosa y maravillosa fábrica de chocolate la única recompensa, el señor Wonka también promete un premio muy especial para uno solo de ellos... aunque, quién sabe,  puede que a más de uno también le aguarden ciertos castigos acordes con sus faltas...

Y hasta aquí puedo contar, bajo pena de ser calificado como "destripador de libros" (de todas formas, sospecho que la historia es ya harto conocida). Solo decir que Dahl no ahorró imaginación a la hora de concebir las desventuras que les aguardan a los pobres (?) infantes... Vaya, parece que sí tenía cierta tendencia a la crueldad, la escritura del buen hombre...

O puede que no. La verdad es que en el fondo, el señor Dahl resulta ser un poco "primavera". Lo que intenta con este libro, por otra parte ameno y divertido, es ofrecer una fábula moralizante, para los niños, de una  ingenuidad y conservadurismo conmovedores (también es verdad que una versión alternativa, aunque más plausible, hubiese tenido más difícil su publicación): "Niños, sed buenecitos y portaos bien con vuestros mayores, o si no, recibiréis antes o después vuestro castigo... ¿No es así?". Pues no: a los buenos Charlie Buckets de este mundo les espera, en el mejor de los casos, recibir un número más o menos limitado de palos y humillaciones, tener acceso -difícil- a un trabajo precario, pagar una hipoteca incluso después de que el banco les haya embargado la casa y agachar la cabeza sin protestar demasiado o les caerá una buena multa por aplicación de alguna ley que haya sacado el gobierno de turno. Mientras que los niños maleducados, avariciosos, mandones y bordes tienen todas las papeletas para que todo les vaya de perlas y, cuando crezcan, convertirse en ministros, banqueros, estafadores de altos vuelos o directores del FMI (incluso una cosa detrás de la otra, que me han dicho que se puede...), al tiempo que les fastidian bien la vida -por no decir otra cosa- a los Charlies que se les pongan por delante. O por debajo...

¿Ven cómo sí que esta historia da mucho miedo?

domingo, 21 de abril de 2013

O. Henry: Historias de Nueva York

Idioma original: inglés
Fecha de publicación (en España): 2012
Valoración: Recomendable

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo relatos cortos, quizás desde que leí los Relatos de lo inesperado de Roald Dahl. Y la verdad es que los cuentos de O. Henry que componen el libro que hoy reseño, me han recordado bastante a los de Dahl. Aunque el autor con el que muchos comparan a Henry sea Guy de Maupassant.

Pero parecidos aparte, lo primero que hay que decir de los 17 relatos cortos de Historias de Nueva York es que son perfectas trick stories, es decir, relatos que dan un inesperado giro en su última parte. Y como el título del libro indica, todos ellos están ambientados en Nueva York.

En la contraportada de este agradable recopilatorio, editado de forma muy elegante por Nórdica Libros, se citan unas palabras del mismísimo Borges afirmando que O. Henry llevó la doctrina de Edgar Allan Poe ("todo cuento debe redactarse en función de su desenlace") hasta la exageración, pero logrando gracias a ello "más de una breve y patética obra maestra". Y yo no puedo por menos de estar de acuerdo.

Pero, ¿quién se esconde tras ese nombre a medias de O. Henry?

La respuesta es William Sidney Porter, un hombre que nació en la segunda mitad del siglo XIX en Carolina del Norte, y que tras una juventud un poco turbulenta, con diferentes trabajos y una condena de tres años de cárcel por robar en el banco en el que estaba empleado, se trasladó a la Gran Manzana. Allí se decidió a probar suerte como escritor inspirándose en la urbe que le había acogido y cambió su nombre por el de O. Henry. Según se cuenta, escogió la aislada "o" por ser ésta la letra más sencilla de escribir, y "Henry", acordándose del nombre de pila de uno de los funcionarios de prisión que había conocido durante su condena.

Los cuentos recogidos en este libro poseen títulos sencillos pero sugerentes ("Después de veinte años", "El regalo de Reyes", "La última hoja"...), y han conseguido introducirme de cabeza en sus tramas en sus primeros párrafos, haciendo que no pudiera despegar mis ojos de sus páginas hasta llegar a sus sorprendentes finales.

Los argumentos de estos relatos de O. Henry son muy diferentes (dos amigos que se reencuentran tras veinte años con vidas totalmente opuestas; un farmaceútico maquiavélico dispuesto a todo por frustrar un romance; una anciana tan rica como tacaña misteriosamente obsesionada con una bella secretaria; dos mujeres con más en común de lo que parece; un tipo que dice sufrir de amnesia y abandona su grisácea vida, etc...). Pero sus personajes comparten ciertos rasgos: pasión por la cosas y las personas hermosas; disconformidad ante una existencia que parece empeñada en verles frustrados; esperanza por que las cosas mejoren en poco tiempo y, por supuesto, la ciudad de Nueva York, que es testigo y responsable de sus penas, alegrías y pasiones.

Divertido, agradable, fácil de leer. Recomendable.



domingo, 13 de diciembre de 2015

Colaboración: Un monstruo viene a verme de Patrick Ness

Autor: Patrick Ness a partir de una idea de Siobhan Dowd
Idioma original: inglés
Titulo original: A monster calls 
Año de publicación: 2011 Valoración: muy recomendable

A Conor, un adolescente inglés de trece años, las cosas no parecen irle demasiado bien. Su padre vive al otro lado del Atlántico con su nueva familia, su abuela dista mucho de ser la abuelita tierna de los cuentos de hadas, su madre tiene cáncer y la quimioterapia no parece hacerle efecto y, para colmo, sufre de bullying en la escuela, donde recibe de sus profesores una compasión que detesta.

Una noche, un monstruo en forma de tejo gigante le visita siete minutos después de las doce y hace un pacto con él. Le contará tres historias, pero la cuarta deberá contársela Conor a él. Y no será una historia más, será una historia con la verdad, su verdad, esa verdad que nos hace libres pero que duele, que nos hace crecer, que nos enseña a afrontar la pérdida, a abrazarla como parte de la vida e impedir que nos destroce para siempre.

Así comienza Un monstruo viene a verme, novela de Patrick Ness a partir de una idea original de Siobhan Dowd. Como en una versión invertida de Peter Pan, aquí no se trata de la historia del niño que no quería crecer, sino de un niño que debe crecer demasiado deprisa y que se enfrenta al dolor a una edad temprana. Conor no lucha contra piratas ni brujas malas, ni contra reinas de corazones que cortan cabezas. Se tiene que enfrentar a sí mismo, a su miedo a lo que está por venir. Similar al viaje iniciático descrito por Campbell en El héroe de las mil caras, Conor es llamado a la aventura con la ayuda de un mentor un poco especial, ese monstruoso tejo cuya deliciosa ambigüedad hace preguntarse al niño (y al lector) si es bueno o malo, que le enseña que las peores pesadillas nacen de los secretos guardados y de los deseos ocultos.

Lo que nos hace empatizar con el protagonista es que el mundo de Conor no es el país de Oz, ni el de las maravillas ni el de Nunca Jamás. Se parte de la más estricta cotidianeidad para introducir la magia de un árbol monstruoso que tiende la mano al niño, que le enseña que el valiente no es el que no tiene miedo sino el que lo reconoce y sabe afrontarlo. No se escamotea la enfermedad, representada de una forma casi naturalista en los vómitos de la madre y en los cables del hospital, ni el acoso al que es sometido en el colegio, ni cómo Conor intenta agarrarse a referentes familiares que se le desmoronan.

Al final de su viaje, Conor ya habrá dejado de ser un niño. Un monstruo viene verme se aproxima al espíritu oscuro y macabro de un Tim Burton, de un Roald Dahl o de un Guillermo del Toro. Es un cuento gótico emotivo y cruel, fantástico y realista, un libro que bulle de vida. A la espera de la adaptación de José Antonio Bayona (prevista para el próximo otoño) que cerrará su trilogía de la maternidad comenzada por El orfanato y seguida por Lo imposible, leer Un monstruo viene a verme es una experiencia intensa y emocionante, que nos devuelve a esos momentos de infancia donde algo nos golpea y duele hasta tal punto que intuimos que ya no volveremos a ser los mismos.

Firmado: Federico Escudero

viernes, 8 de abril de 2016

Gitty Daneshvari: Escuela de Frikis

Idioma: inglés
Título original: School of Fear
Año de publicación: 2009
Traducción: Laura Manero
Valoración: está bien


Admitámoslo: todos somos frikis. Es decir, no me refiero a que seamos nerds, geeks, dorks o como quiera que se les llame a los protagonistas de The Big Bang Theory... no, empleo el españolizado término "friki" en el sentido que se le da en este libro: todos tenemos miedos, manías o complejos que nos convierten en peculiares y, sobre todo, nos pueden distanciar del mundo que nos rodea hasta, en ocasiones, imposibilitarnos llevar una vida "normal" (también habría que definir este adjetivo) en él. Así les ocurre a los chavales protagonistas de este libro, un cuarteto que padece, por orden, aracnofobia -bueno, bichofobia en general-, hipocondría galopante, claustrofobia e hidrofobia... no al mismo tiempo, claro, sino cada uno de ellos una cosa. Para  tratar de curarse, los cuatro protagonistas acuden a pasar el verano en la misteriosa y ultrasecreta Escuela de Mrs. Wellington, en la mansión Summerstone, en Massachussets, especializada, al parecer, en el tratamiento de casos como los suyos.

Dicha escuela y la propia Mrs. Wellington son harto peculiares, así como sus métodos para erradicar las fobias de sus alumnos - que ella llama "concursantes", pues afronta su educación como si participaran en un concurso de belleza, similar a los que ella ganó de joven-, lo cual acarreará más de un sobresalto y momento poco agradable a Madeleine, Lulu, Theo y Garrison, los cuatro "pacientes" (aunque sería más correcto escribir "padecientes") de ese verano. Gracias a ello y a la chocante personalidad de la directora de la escuela -sin olvidar la de su viejo conserje Schmitdy- la novela abunda en episodios insospechados, de un humor desconcertante y hasta algo surrealista; así como arriesgadas aventuras y alguna que otra sorpresa que no vamos a revelar aquí. Pero, para los posibles reticentes a este libro, aclaro que hay poco del ingenuismo almibarado que solía asociarse a la literatura infantil y pre-young adult (o como diantres se diga). Las enseñanzas de Roald Dahl parecen haber ido dando sus frutos.

En suma, un libro creo que bastante adecuado para esa edad incierta que es la pubescencia, al menos en su primera etapa, cuando los chicos son seres fascinantes pero aún básicamente asquerosos y las chicas, entidades indescifrables y quizás por ello desdeñables... hasta que, de forma indefectible, van atrayendo cada vez más nuestra atención. La edad en la que cada uno/a se siente invisible y, al tiempo el centro de todas las miradas, objetos del juicio más inmisericorde por todas nuestras rarezas, reales o imaginarias, nuestras manías y nuestros miedos, sin que, por lo general, haya una Mrs. Wellington que sepa ponernos en nuestro sitio.

Un par de objeciones: primero, que resulta más adecuado el título original "Escuela de Miedo" que el que se le ha puesto a la edición en español, por más que, lo reconozco, todos seamos frikis.... o al menos un servidor. En segundo lugar, que las fobias que padecen los cuatros jóvenes protagonistas son bastante comunes y, tal vez hubiese dado más juego alguna de las que la autora nos va dando noticia antes de cada capítulo: optofobia, o miedo de abrir los ojos, didascaleinofobia, o miedo a ir al colegio, consecotaleofobia (miedo a los palillos chinos)... O la que sin duda es mi favorita: araquibutirofobia, el miedo a que la mantequilla de cacahuete se te pegue al paladar. Ya he confesado que soy un poco friki...

(Las ilustraciones son de Carrie Gifford, antes de que se me olvide.Y a quien le guste la novela, que sepa que es la primera parte de una trilogía, amén de que puede leer otros grandes éxitos de Daneshvari: la serie de libros de Monster High).

jueves, 27 de diciembre de 2012

Julian Barnes: El sentido de un final

Idioma original: inglés
Título original: The sense of an ending
Año de publicación: 2011
Valoración: Recomendable

Los escritores británicos contemporáneos (algunos escritores británicos contemporáneos, por lo menos) tienen la capacidad de ser divertidos sin resultar triviales -una capacidad, por otra parte, muy cervantina-. En la literatura española actual, si se quiere hacer humor se recurre casi siempre al humor absurdo o al juego lingüístico; pocas veces se recurre a la ironía fina, no necesariamente hiriente, como forma de distanciamiento, de crítica e incluso de conocimiento de la realidad. Será porque en Gran Bretaña (y en Irlanda) existe una larga tradición de escritores ingeniosos, satíricos y humorísticos, tan prestigiosos como los escritores "serios": Oscar Wilde, Chesterton, Jonathan Swift... y más recientemente Roald Dahl, Saki, Woodehouse...

Efectivamente, Julian Barnes (como Nick Hornby, como Zadie Smith, como Ian McEwan cuando le apetece...) tiene esta capacidad para contar historias trágicas con una media sonrisa (tongue in cheek, con la lengua en la mejilla, se dice en inglés). Esto ya se notaba en Nada que temer, un libro que era una reflexión sobre la muerte que entretenía y hasta hacía reír; y también en El sentido de un final, cuya trama es digna de un culebrón venezolano pero que se salva de serlo, entre otras cosas, por su ligereza y su humor.

El sentido de un final empieza como una novela sobre la amistad: tres chavales adolescentes, entre ellos el narrador, reciben en su pandilla a un cuarto, Adrian, más inteligente, más brillante y (todavía) más pedante que ellos. De pronto surge otra subtrama: la relación amorosa del protagonista, Tony, y Veronica, una muchacha algo extraña con la que las cosas no terminan bien. Poco después descubrimos que las dos tramas son la misma: el clásico triángulo amoroso con final trágico (y no digo más para no destripar el argumento). La segunda parte de la novela transcurre varias décadas más tarde, cuando el narrador recibe algunos documentos que revuelven su conciencia, e intenta saldar cuentas con el pasado.

Aunque suene a chiste, lo que menos me ha gustado de El sentido de un final es precisamente su final, porque es donde el aire a culebrón se desboca. El profesor de literatura que protagoniza El chico de la última fila, de Juan Mayorga, le explica a su alumno que un final debe ser al mismo tiempo necesario y sorprendente. El final propuesto por Julian Barnes, desde luego, es sorprendente, pero de necesario tiene muy poco; más bien es bastante excesivo, diría yo...

Sé que Julian Barnes tiene muchos y muy apasionados defensores; sin ir más lejos, esta novela ganó el Man Booker Prize. Personalmente, no creo que sea una obra maestra, pero sí una novela entretenida y con más profundidad de lo que puede parecer. En cualquier caso, Julian Barnes es un autor al que apetece seguir leyendo, a la espera de descubrir su obra maestra...

También de Julian Barnes en ULAD: Aquí

lunes, 29 de julio de 2013

Iban Zaldua: La isla de los antropólogos y otros relatos

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2002
Valoración: recomendable

La primera vez que oí hablar de Iban Zaldua fue, de hecho, a causa de este libro de relatos: alguien, no recuerdo exactamente quién, mencionó su nombre en un curso de verano y resumió el argumento del cuento "La isla de los antropólogos", en el que los nativos de una isla de la Polinesia adquieren características y configuraciones sociales y antropológicas diferentes para cada nuevo visitante: primero son una sociedad patriarcal y militarista; después un paraíso del matriarcado; para un filólogo vasco, el idioma presenta claras relaciones con el euskera, mientras que otro antropólogo descubre que en realidad no dominan ni los hombres ni las mujeres, sino que es una sociedad fundamentalmente igualitaria...

Este relato es una buena muestra del estilo y las preocupaciones de Iban Zaldua: irónico, más reflexivo que emotivo, con un fondo borgiano en cuanto a los temas pero en absoluto en cuanto al estilo, que es siempre directo, casi conversacional. El volumen de relatos está poblado de archiveros, historiadores, cartógrafos, burócratas... En muchos casos, el argumento del relato consiste en una idea llevada hasta el extremo de forma implacable y obsesiva. Lo fantástico o sobrenatural también asoma en algunos relatos, aunque siempre tratado con la misma ironía que todo lo demás.

Destaquemos otros cuentos además del que da título al volumen: "Yo, ministro de" es una especie de opuesto de Nuestro hombre en La Habana: en este caso, un miembro del Partido (el texto no lo dice, pero se sobreentiende que es el Partido Comunista) se integra como quintacolumnista en el sistema de poder de una dictadura (el texto no lo dice pero se puede suponer que es la franquista); tanto se integra, que llega a ser ministro y a departir con el propio dictador, siempre a espera de una orden del Partido para reventar el sistema desde dentro (una orden, claro, que nunca llega).

Mis favoritos, por gusto personal, son los relatos más breves, de dos o tres páginas. "El examen del señor De Pauli" narra un examen especialmente cruel con los alumnos; "New Manchester" es una sátira del "cuanto peor, mejor" marxista; "Lucius" mezcla espiritismo y turismo de masas"; "Noche de Reyes" tiene algo de la crueldad de Roald Dahl, aunque no toda su capacidad de sorpresa...

En conjunto, La isla de los antropólogos es un volumen coherente (en técnicas y estilo, no tanto en temática) y generoso con el lector: con el mismo material, otros autores habrían publicado dos o tres libros. Si no todos los relatos son igual de ocurrentes, sí predominan los que intrigan, sorprenden y entretienen. En todo caso, personalmente me quedo con Euskaldun guztion aberria o Ese idioma oscuro y poderoso...

Nota: Por si alguien se lo está preguntando, este libro fue escrito originalmente en español; Iban Zaldua ha publicado obras tanto en español como en euskera...

También de Iban Zaldua en ULAD: Ese idioma raro y poderosoBiodiscografíasSi Sabino viviríaLa patria de todos los vascos

martes, 29 de septiembre de 2009

Tom Sharpe: Wilt

Idioma original: inglés
Título original:
WiltAño de publicación: 1976
Valoración: Muy recomendable

Lo mejor para hacerse una idea de qué tipo de libro es Wilt, es resumir su argumento. Veamos: Henry Wilt, profesor de una Escuela de Artes y Oficios al que niegan un ascenso una y otra vez, empeñado en enseñar literatura a sus alumnos de Mecánica de Motor Tres o Carne Dos, fantasea con asesinar a su mujer Eva mientras pasea a su perro cada mañana. Después de una fiesta snob en casa de los extravagantes Pringsheim, en la que Henry acaba siendo violado por una muñeca hinchable, Eva y Henry se separan: ella se va con los Pringsheim a una improvisada excursión en barco (robado), y él, borracho todavía, decide poner en práctica sus planes asesinos, tirando a la muñeca hinchable -vestida con las ropas de su mujer, maquillaje y una peluca- a los cimientos de un edificio en construcción (concretamente, una ampliación de su propia escuela). Cuando el lunes los obreros descubren el "cuerpo" (justo unos momentos antes de cubrirlo con toneladas de cemento), y dado que Eva ha desaparecido -se ha quedado atrapada en el barco, donde por cierto está siendo sometida a un "Tratamiento Tactil" por la mujer de Pringsheim-, todas las sospechas apuntan a Wilt, y la maquinaria policial, personificada en el inspector Flint, se pone en marcha, implacable.

Con esto es suficiente, creo yo, para entender que Wilt es puro humor británico, aunque sin la fachada de pulcritud y esnobismo de Woodehouse, Saki o Roald Dahl. El humor de Sharpe es brutal, absurdo y descarado, lleno de referencias sexuales y escatológicas, y los diálogos entre Wilt y el inspector Flint, lo mejor probablemente de la novela, están al nivel de los Monty Python o los hermanos Marx (o, en España, de un Miguel Mihura o un Jardiel Poncela).

Por supuesto que la novela se puede leer como una crítica a la sociedad británica: su esnobismo, su clasismo, su represión sexual -que salta por los aires en cuanto tiene ocasión-... Pero es mejor, creo yo, y más sano, dejarse de intelectualidades, y disfrutar de Wilt como lo que es: una comedia bufa, una farsa divertidísima, con una galería de personajes inolvidables y unos diálogos descacharrantes.

Por cierto que hay película y varias secuelas del mismo autor (como ¡Ánimo, Wilt! o Las tribulaciones de Wilt), pero no puedo decir nada ni de una de las otras, porque no las he visto / leído.

También de Tom Sharpe en ULADLos GropeBecas flacasLo peor de cada casa

domingo, 7 de febrero de 2016

César Rendueles: Capitalismo canalla


Idioma: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable, incluso para discrepantes ideológicos (o no)

Desde que estalló la crisis económica en 2008 y, sobre todo, desde las protestas de mayo de 2011, han proliferado en España los libros que tratan de explicar dicha crisis y sus consecuencias; y más aún, cuestionar el sistema socioeconómico que la ha sustentado, el turbocapitalismo de la sociedad de libre mercado (que algunos de estos libros sean editados por grandes corporaciones editoriales, incluso transnacionales, no deja de resultar curioso... pero supongo que sólo supondrá cierta incoherencia para quien quiera verlo como tal).          

Capitalismo canalla, como puede suponer cualquiera, ya tan sólo a partir del título, es uno de estos libros que critica sin ambages el sistema económico imperante y su avance triunfante a lo largo de los últimos 500 años, hasta su hegemonía actual. Según Rendueles, este sistema de organización económica y, sobre todo, de división del trabajo, corresponde a una etapa transitoria en la Historia de la humanidad; los propios orígenes del comercio serían éticamente dudosos (ligados a la piratería y el pillaje) y el capitalismo naciente usó el esclavismo como banco de pruebas para el imperialismo colonialista del XIX, mientras que la utilización de ingentes cantidades de mano de obra barata en los países industrializados se basaba en la privación de sus modos de vida tradicionales. El hiperconsumismo y la ofensiva neoliberal de los 80 acabaron con la solidaridad entre la clase trabajadora y el contrato social que regulaba la economía, consecuente del New Deal y la II Guerra Mundial, hasta derivar en la actual mercantilización extrema no sólo de las actividades económicas, sino las de todo tipo realizadas por los humanos, cuya única premisa parece ser el individualismo egoísta y vacío. Las condiciones de trabajo -que parece ser el verdadero asunto del que trata el libro-, en consecuencia, han ido degradándose hacia la precariedad, la alienación y la frustración, incluso en los países más desarrollados. La solución a esta dislocación económica y laboral pasa, por lo que sugiere el autor del libro, por recuperar el espíritu de la organización del trabajo de las economías preindustriales y fomentar la solidaridad entre trabajadores a partir de la reivindicación de actividades que hasta ahora se han tenido menos en cuenta, e incluso desdeñado, como es la del cuidado entre personas.

Bien, uno podrá estar de acuerdo o discrepar de las ideas de Rendueles, pero no se puede negar que las defiende de forma elocuente y sorprendentemente amena. Y -lo que más nos puede interesar a los librópatas- para hacerlo echa mano de una enorme cantidad de referentes literarios, que utiliza a modo de ejemplos, pero también como proposiciones del hilo argumental que trata de explicar (menos efectivas, en cambio, resultan las anécdotas y ejemplos sacadas de su propia experiencia vital... rozando el sonrojo del lector, en algún caso). No se trata de una lista exhaustiva sacada de algún canon literario; como reza el subtítulo del libro, éste pretende ser Una historia personal del capitalismo a través de la literatura, así que el autor ha echado mano de las lecturas que le han influido a lo largo de su vida. Aún así, la relación de escritores y obras citadas es apabullante; mencionando solamente a los más conocidos (por un servidor), nos encontramos con: Georges Perec, Daniel Defoe, Bern Traven, Melville, Tomás Moro, Roald Dahl, Antonio Gamoneda, Jim Thompson, Steinbeck, el Lazarillo de Tormes, Dickens, Wordsworth, Von Kleist, Carlo Levi, Olbracht, Rimbaud, Bertold Brecht, Platónov, Leopardi, Dostoievski, Coetzee, George Elliot, Hesíodo, Julio Llamazares, Delibes, William Blake, Lod Byron, Percy y Mary Shelley, Kipling, Joseph Conrad, Céline, Yeats, Auden, Stephan Zweig, Jünger, Horace McCoy, Kerouac, Anthony Burgess, Primo Levi, Pasolini, Chimamanda Ngozi Adichie, Sue Townsend, Brett Easton Ellis, John Cheever, Borges, Zizek, George Saunders, Goethe, Doris Lessing, Isaac Rosa, Erri de Luca, San Juan de la Cruz, Agustín García Calvo y Gloria Fuertes. Y, por supuesto Marx y Engels (y aún hay más que no menciono).

Como bien puede suponer cualquier lector, el autor del libro ofrece una visión propia y no convencional -desde el punto de vista de la hegemonía político-económica actual- de las relaciones económicas y laborales, sino también de muchas de estad obras literarias. Por poner un ejemplo: para Rendueles, Moby Dick sería "básicamente la historia de un emprendedor enloquecido, el capitán Ahab, que construye una mitología nihilista en torno a un proyecto de exportaciones extractivas y arrastra en su caída a una a una plantilla de trabajadores migrantes precarios"... (aunque, si no recuerdo mal, los tripulantes del Pequod eran más bien socios del capitán, pues se llevaban una parte de las ganancias). O en el caso de En el camino, la interpretación habitual -una novela sobre el ansia la libertad, la contracultura, la experiencia interior...- estaría ocultando su verdadero significado, que es el de un "reduccionismo psicológico profundamente anticipador", cuya radicalidad "es un síntoma de la progresiva normalización de los procesos de ruptura social" tras la II G. M. Una novela en la que "Kerouac consigue convertir en una sensación privada de intensificación subjetiva lo que, en realidad, es una derrota política colectiva en toda regla"...

En fin, "la verdad os hará libres", dice el Evangelio. Yo no sé si eso es cierto, ni dónde está esa verdad (ni mucho menos propugno que sea este en este libro). Pero lo que sí pienso es que buscarla y, sobre todo, reflexionar sobre lo que encontremos, puede parecerse mucho a esa anhelada libertad. A ello, pues...

martes, 5 de diciembre de 2017

Joyce Carol Oates: El señor de las muñecas y otros cuentos de terror

Idioma original: inglés
Título original: The doll master and other tales of terror
Año de publicación: 2016
Traductora: Laura Vidal
Valoración: recomendable

Esta reseña podría empezar con ese famoso meme de internet que dice: "EMOSIDO ENGAÑADO". Lo digo por el subtítulo: "y otros cuentos de terror"; de hecho, yo encontré este libro en una lista de libros recomendados para Haloween, y pensé: "Joyce Carol Oates + terror = me lanzo de cabeza". Y el problema es que varios, por no decir casi todos, los relatos que componen el libro, solo pueden llamarse relatos de terror en un sentido bastante vago y muy alejado del canon tradicional del género (Poe, Lovecraft, Stephen King y compañía).

Aunque también hay otra forma más positiva de verlo: el hecho de catalogar estos relatos como "relatos de terror" nos obliga a repensar los límites del género, los elementos que lo definen y las expectativas que despierta en el lector el término "terror" (que por cierto creo que tiene connotaciones diferentes en español y en inglés, sobre todo desde que se declaró la War on Terror).

De los seis relatos que componen el libro, hay dos que encajan mejor en lo que esperamos en el género de terror: en "El señor de las muñecas", un niño (y después joven) "encuentra" una serie de muñecas indicadas por su amigo invisible (el "señor de las muñecas" del título), con las que intenta sustituir la que le quitaron sus padres después de que su prima muriera de leucemia; solo que las muñecas que encuentra quizás son demasiado humanas para ser simplemente muñecas. En "mamaíta", en cambio, lo que encontramos es una familia aparentemente ideal y acogedora, pero que en el cuarto del fondo de la casa guarda un secreto: un secreto que quizás tenga que ver con por qué están desapareciendo niños y mascotas en la ciudad. Y hasta aquí puedo leer.

"Ecuatorial" es probablemente mi relato preferido del libro. Con una técnica magistral, Oates consigue crear una ambigüedad terrible y maravillosa en torno a un matrimonio estadounidense que viaja por Sudamérica. ¿Es el marido infiel a su mujer, y busca secretamente la forma de librarse de ella? ¿O es la mujer una paranoica que, por puro miedo, va a acabar matando a un marido inocente y cariñoso? El relato mantiene al lector (y a la protagonista) en un vaivén constante entre ambas posibilidades, sin que sea fácil decidirse por ninguna de las dos, incluso después de terminar el relato.

En "Soldado" y "Accidente por arma de fuego" hay violencia, pero no terror; de hecho, en estos dos relatos Joyce Carol Oates apunta a dos temas que quien la siga en Twitter reconocerá como dos de sus luchas constantes, sobre todo en el reino de Trump: el racismo y la violencia contra las mujeres (unida al control de las armas de fuego). "Soldado", que cuenta la historia de un joven que mata a un negro, supuestamente en defensa propia, es quizás bastante previsible en su desenlace y en su tratamiento del tema. "Accidente por arma de fuego" es una indagación en un trauma sufrido por una adolescente violada por su propio primo en la casa de una de sus profesoras; más que una historia de terror es una historia de violencia, aunque hasta cierto punto encajaría en el género de home invasion tan de moda ahora, sobre todo en los EE.UU.

Y el volumen termina con "Misterios S.A.", en el que un astuto (sic) librero especializado en literatura policiaca planea hacerse con otra exitosa librería del mismo género, usando cualquier medio necesario para ello; y cualquiera es cualquiera. El estilo más ligero de este relato hace pensar en clásicos del género policial (mencionados en el propio texto) como Ellery Queen, y también, por qué no, en los cuentos de Roald Dahl como "Cordero asado". Aunque conviene recordar que fue precisamente Poe uno de los inventores del detective moderno en relatos como "Los crímenes de la calle Morgue" o "La carta robada".

Como se ve a lo largo de la reseña de los capítulos, Oates parece jugar saltando a un lado y a otro de la borrosa línea que define lo que es un relato de terror, y con la propia tradición del género. Leyendo las críticas de Goodreads veo que no soy el único que se ha sentido algo "engañado" por el subtítulo, lo que pone al descubierto de forma clara el juego de expectativas e (in)satisfacciones que componen el proceso de lectura, y con el que autores, editores y comerciales juegan constantemente. Como libro de relatos, a secas, sin subtítulo, creo que es un libro notable, sobre todo en aquellos cuentos en que Joyce Carol Oates profundiza en los traumas e inseguridades de los personajes. Pero me quedo con ganas de algo todavía más oscuro y más amenazador: ese tipo de lectura que te hace sentir incómodo y te impide apagar la luz inmediatamente después de terminar el libro.

sábado, 23 de noviembre de 2024

Edward Carey: Los secretos de Heap House (Trilogía Iremonger, libro I)

Idioma original: inglés

Título original: Heap House

Año de publicación: 2013

Traducción: Lucía Barahona Lorenzo

Valoración: Más que recomendable

Metemos en una coctelera un buen chorrazo de narrativa dickensiana con regusto a distopía steampunk, una medida de Georges Perec y media de Harry Potter. Un par de chorritos de Gerald Durrell y de Roald Dahl (un poco más de éste. si se quiere). Unas gotas de Michael Ende y un destilado de novela de terror, para darle aroma (me refiero a Grady Hendrix, no hay que pasarse y poner, por ejemplo, de King). Se agita todo bien (o se mezcla, yo qué sé, que tampoco soy James Bond...) y después se empapa bien de Downton Abbey o del más añejo Arriba y abajo un terrón de Wodehouse para que se deshaga sobre la mezcla. Sírvase el combinado en vaso largo, adornado con una peladura de Tim Burton para darle color (negro, en este caso) y un par de guindas: una de amor adolescente y otra de crítica social. Paladear con delectación pero sin demasiada demora, porque este cóctel no se puede tomar solo, sino acompañado de otros dos. Eso sí, el disfrute para quien lo beba está garantizado...

En fin, yo casi que dejaría la reseña aquí, pero entiendo que puede ser difícil comprender a qué viene tanta gansada elegir esta forma de hacerla. Así que, para todos y todas ustedes, fieles lectores de ULAD, aquí va el preceptivo resumen resumido: La Heap House del título y donde transcurre esta novela es una inmensa mansión victoriana -no en vano estamos en 1875- situado en una aún mucho más inmensa extensión cubierta de desechos, Iremonger Park, a las afueras de la siempre jubilosa Londres. En ella vive casi la totalidad de  a familia Iremonger, que han construido su fortuna, desde el humilde oficio de chatarreros de sus lejanos antepasados, haciéndose con los residuos de la cercana pero a la vez lejana metrópoli. Porque casi ninguno de los Iremonger sale en toda su vida de la mansión, donde viven con toda clase de comodidades aquellos que se consideran de pura sangre -de pura sangre Iremonger, se entiende, pues tienen la costumbre de casarse entre primos-, atendidos por un innumerable ejército de criados y sirvientas, también parientes, pero más lejanos. La división entre las dos castas, que viven, respectivamente, en la parte superior e inferior de la gran mansión parece inquebrantable hasta que llega para servir de criada la huérfana Lucy Tennan, poco dispuesta a aceptar las reglas sin más ni más. Y que encuentra su reflejo en el inseguro Clod Iremonger, joven miembro de lo más selecto de la familia que vive con el tormento, desde su nacimiento,de ser capaz de oír lo que dicen los objetos... Algo sumamente incómodo y hasta perturbador en esa casa, no sólo porque se yergue en mitad de un extenso basurero -de hecho, la propia mansión se compone de partes de otros edificios, recogidos aquí y allá- sino porque en esa peculiar familia a cada nuevo miembro se le asigna un objeto personal del que no pueden separarse jamás; el de Clod, por ejemplo, es un tapón de bañera universal. Los objetos son en gran medida, como puede verse, el alma, la médula de este libro; mi aplauso, por cierto, a la traductora, que sospecho habrá tenido que consultar un sinfín de diccionarios para poder ofrecernos la nomenclatura correcta de tan variado utillaje.

Con todo esto que he contado creo que ya es suficiente para animar a cualquiera a leer esta novela. Pero es que además puede encontrar un sinfín de personajes peculiares, espacios laberínticos, peligros insólitos, aventuras y romance... Quizás a alguien le pueda alejar la apariencia de novela juvenil que tiene, pero, en mi opinión, no lo es o no sólo (porque también puede resultar, sin duda una estupenda novela juvenil); en todo caso, garantizo, como ya he explicado antes, que se trata de un libro totalmente disfrutable. Su única pega: que estamos ante la primera parte de una trilogía. Ahora mismo ardo en deseos de leer las otras dos...      

Nota final: se me olvidaba comentar que en el libro hay multitud de ilustraciones, sobre todo retratos de muchos personajes, realizados por el propio autor de la novela. Todo un plus, creo yo.       

lunes, 14 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (1)

Las postales de mis libros por Rubén Darío Rodríguez 


Pronto le pedirá que le compre un archivador, dirá que él también quiere tener uno, no como el suyo, sino uno más pequeño para empezar, con otro dibujo en el cartón. Entonces le dará dinero para que escoja el que más le guste, el primero de muchos tesoros que irá guardando a lo largo de su vida.

Anoche le pidió a su madre que le enseñase aquel cuaderno grande, el del estante más alto. Es un archivador, o un álbum, le dijo, lo que tú prefieras, pero no un cuaderno. Y ella lo bajó, se lo abrió ante sus ojos, sentados juntos en el sofá. Tiene anillas y láminas con cuatro agujeros para encajar y espacio plastificado para ajustar cuatro imágenes por cada cara, ¿ves? Como los álbumes, como los archivadores.

Está lleno de fotos, se asombró el niño. Cuántas… Son postales, le corrigió la madre. Dejó que las tocara, que las deslizara con cuidado bajo el fino plástico transparente para acercarlas a la vista y recrearse en las imágenes y las ilustraciones. Les dio la vuelta y pudo leer en qué libro habían descansado de un día para otro mientras duró su lectura. “El adversario, Emmanuel Carrère, Saint Malo, junio 2013”, escrito en negro con el trazo firme sobre el blanco impoluto del reverso de una postal de un cuadro de Edward Hopper. Cogió otra de una de las primeras láminas. “Bajo las ruedas, Herman Hesse, Madrid, febrero 1995”, la tinta azul gastada, los rasgos curvados de una escritura más descuidada, por detrás de un tranvía en color sepia que se adentra en una avenida ajardinada.

Su padre empezó a guardar hace mucho tiempo, tendría 15 o 16 años, las postales con las que marcaba hasta donde avanzaba cada día en el grueso o delgado canto de un libro. No usaba marcapáginas ni separadores rectangulares que tuvieran más o menos el mismo largo que el volumen, y le parecía feo, ordinario e irrespetuoso, recurrir a la factura de una compra o a la servilleta de papel de un bar para indicar el lugar en que se interrumpía la lectura hasta el día siguiente. Se prohibía doblar unos milímetros las esquinas de la página, eso nunca, tampoco se permitía escribir en ella con bolígrafo o lápiz ideas o palabras, ni un miserable punto. La imagen de una postal que después conservaría con el rigor y la delicadeza con que se protege una reliquia quedaría unida para siempre al recuerdo de un libro.

Cada libro con su postal.

Al abrir el archivador la primera que se ve revive su ciudad en aquellos días, las olas enfurecidas golpeando un espigón que ya no existe. “Octubre de 1988”, indica detrás el rojo de un bolígrafo. “El árbol de la ciencia, Pío Baroja”. La primera lectura obligada por don Gregorio en clase de Literatura española. Qué malvado aquel profesor, con qué poca pasión impartía sus enseñanzas. Pensó que aquel era un libro serio, algo muy diferente a lo que había leído antes, los misterios que resolver de Los Tres Investigadores y las páginas animosas de los ejemplares de bolsillo de la colección Elige tu propia aventura, los diez o doce que descansan olvidados en el desván de casa de sus padres. El médico de aquella novela le hizo pensar en las penurias de la gente, en la ignorancia, la mezquindad, la vida como era hacía un siglo y cómo era en aquel momento, pensamientos inquietantes que se llevó a la almohada. Al terminar la última página escribió el título del libro, el nombre del autor y la fecha en la espalda de la postal que lo acompañó y la guardó en un cajón.

La colmena también estaba bien, el enjambre miserable que pasaba las horas en aquel café marrón y frío de un Madrid que no conocía pero le asustaba; Cela, qué bien escribía y qué mal le caía. Garcilaso no le gustó, Quevedo sí. Lope por supuesto, Calderón pues no. ¿Quién se acuerda de ellos? Los libros no eran suyos, los tenía su padre o su tío, que habían estudiado en el mismo colegio y guardaban ediciones muy viejas, o los tomaba prestados de la biblioteca. Cada postal fue a un cajón, siempre al mismo, hasta que todas las de aquel curso y las que le siguieron en la playa, el dique y el campamento durante el verano (La importancia de llamarse Ernesto y Servidumbre humana fueron sus preferidas) formaron un buen montón que prefirió sacar de la guarida. Compró un archivador en la papelería del barrio, láminas de álbumes fotográficos y las encajó según el orden en que las había leído.

Doña Rita era mejor maestra, escritora frustrada, devota de sus autores de cabecera. Transmitió a sus alumnos el entusiasmo por Tiempo de silencio, que a él le costó atrapar. Dos gatos haciéndose carantoñas en la postal de enero de 1990. Se perdió en Lorca y detestó Poeta en Nueva York, inspiración rencorosa para un poema de tres folios premiado en un certamen escolar con un accésit que leyó en el teatro del colegio frente a una audiencia despistada. Se emocionó con Gil de Biedma, del desencanto que irradiaba una antología que leyó poco después de su muerte, dos macetas en un balcón de Lisboa delante de la fecha.

Aquel curso y el verano que le sucedió empezó a leer libros de cine, revistas y estudios sobre música pop y rock. Porque le gustaban tanto las películas y el rock and roll como las novelas. No volvió a ellas hasta un par de años después, cuando ya solo regresaba a su entrañable ciudad de provincias en las vacaciones que interrumpían sus clases en la Universidad.

En Madrid descubrió el polvo cálido de las librerías de viejo y el orden distante con que las grandes superficies distribuían sus novedades editoriales. Y la biblioteca de la residencia de estudiantes en la que vivía tenía una nutrida oferta de ejemplares. Podía llevarse hasta un par por dos semanas a su habitación. Destacaban entre libros de todos los colores, tamaños y grosores los cantos amarillos pálido de la colección de una editorial nacional para narrativa contemporánea. Una buena parte de esas obras tenían su edición de bolsillo en variados colores que cada semana inspeccionaba en aquella librería en la que entrase. Compraba un libro por semana, después dos. Y otras tantas postales, cualquier ilustración o retrato que le llamase la atención entre postales de lugares comunes y motivos convencionales. Un día le dijo un compañero con el que se cruzó en una acera que tuviera cuidado, que le iba a atropellar un coche si no levantaba la vista del libro mientras caminaba por la calle. Estoy acostumbrado, sé cuando debo pararme y cuando cruzar con el semáforo en verde, respondió. Llevaba Casa de muñecas en las manos. ¿O era un García Márquez? ¿O un Hemingway? Ninguno de los dos le gustó.

Hesse, Kundera, Carver, Chesterton, Joyce, Fitzgerald, Luis Landero, Stephen King… lecturas de domingos grises de resaca. Como algún compañero de clase, tuvo su fiebre juvenil por los relatos y novelas de Bukowski, un adictivo impulso por conocer a sus mujeres, apostar en el hipódromo y perderse en colillas mojadas en alcohol, personajes y escenarios que años más tarde perdieron todo su sórdido encanto al releerlos. Probó con Thomas Mann y no pasó de la página 80 de La montaña mágica, que superaba las mil, y se decantó por Muerte en Venecia, que le pareció conmovedora, postal de la playa de Lido entre las palabras (regresó al balneario con Hans Castorp años después, 1.048 páginas de una edición que le esperó paciente cada día en el cuarto de baño y tardó un año en leer mientras alternó con otros libros).

Leía lo que fuera: obras que escogían los profesores, que le sugería una chica, que le prestaba un amigo, que recomendaba un periódico. Descubrió las comedias desmadradas de Tom Sharpe, que le rompían de risa en la cama de madrugada, mientras aún estudiaba algún residente al que convenía no molestar con las carcajadas. Luego le asombró el relato criminal que Capote reportajeó en A sangre fría, ese hijo de puta que entonces le hizo glorificar el periodismo, antes de darse cuenta de que el periodismo es un trabajo más sin días de gloria. Y un día empezó con Lolita, qué orgásmico aquel desfile de devotas palabras, y unos meses después había comprado toda la obra de Nabokov que tenían las librerías. También releyó algunas de sus obras pasados los años, unas le desquiciaban con sus retorcidos juegos de palabras, tan lejos del alcance del entendimiento de los simples mortales, otros le intimidaban con la perfección de su lenguaje, culmen de un arte inalcanzable. Libros, muchos libros, y sus postales escritas hasta el verano de 1997. Y ensayos de cine y biografías musicales. Y películas en VHS y discos en vinilo y CD. Todo lo que fue guardando en cajas de cartón precintadas para llevarse a casa al terminar la carrera.

Su primer viaje largo lo hizo sobre la letra pequeña de una edición de bolsillo de En el camino, los Estados Unidos de su imaginación. No tenía mucho en común con aquellos ‘beatniks’ antipáticos, pero a aquella vida sin rumbo fijo sobre el asfalto le agradece hoy que lo arrojase a la carretera. Los viajes siguientes fueron en carne viva y en todas direcciones, cada uno con un par de libros en la mochila, experiencias dispares que guarda en la tinta escrita de postales que compraba en museos o tiendas de regalos: las Crónicas de motel de Sam Shepard, las anécdotas de Bolaño, las fantasías extraordinarias de Roald Dahl, la ruina cotidiana de Cheever, los relatos agradables de Nick Hornby, las intrigas perturbadoras de Patricia Highsmith, la desesperación de Zweig… aquella madrugada de verano aparcado ante el portal y Carta de una desconocida en la voz afectada de un amigo fascinado con aquella confesión de amor…

…Y Paul Auster. Primero Mr. Vértigo, una tierna ilusión; luego Leviatán, o quedarse sin palabras; después El palacio de la luna camino de Amsterdam y en Brujas, que le hizo llorar. Y cada año tocaban dos libros de Auster, en Dublin (El país de las últimas cosas), en Praga (El libro de las ilusiones), en casa. Se fue sintiendo entonces un personaje de sus novelas al que el azar maneja a su antojo y gracia. Un hombre cuyo destino lo convierte en escritor de lo que ocurre a su alrededor, de cuanto pasa primero en el deporte de su ciudad, en las empresas, negocios, instituciones, asociaciones y gobiernos locales después, historias reales de las que se evade luego al abrir un libro en Chesil Beach, episodios que le enseñan a protestar y a denunciar, también a querer y a amar, a conocer a la mujer con quien va a crear un hogar. Se sintió Auster mismo: yo veo las cosas como las ve él, se dijo, así me fijo en las personas y retengo lo que les ocurre, si fuera novelista mis obras contarían historias como las cuenta Paul Auster.

El niño pasa las láminas, las postales de ocho en ocho. Alguna que le llama la atención se la lleva a las manos para detenerse en las líneas y detalles del dibujo o la fotografía y lee la cara posterior, aunque no sepa nada de los libros que recuerdan. Entre 2010 y 2014 son más numerosas. Fue cuando su padre volvió a dejarse la vista en los libros, a caminar por la calle con los ojos en el papel: 59 un año, 72 al siguiente, 88 un año después, 95 al otro, más de uno por semana. Cortos, largos, medios, colecciones de relatos, ensayos, estudios, tomos. Leería mucho más si no durmiese, si no trabajase, si no le dedicase tiempo a las películas o a la música, si no tuviese que encargarse de las cosas que todo el mundo hace como conducir o comprarle un archivador a su hijo. Pero la vida es también un libro y todavía lo está escribiendo mientras no deja de leer.