jueves, 2 de agosto de 2018

Antonio Di Benedetto: Zama

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1956
Valoración: Muy recomendable

Esto va a ser un poco complicado. Porque si la literatura consiste en contar cosas, y hacerlo de una determinada forma, en este caso el binomio –que llamaríamos por simplificar fondo/forma- está como descoyuntado, y es casi obligatorio examinarlo por separado. 

Por empezar por lo bueno, el lenguaje que emplea Di Benedetto en Zama me resulta fascinante. Tratándose de una historia situada a finales del siglo XVIII, el tono ligeramente arcaico le cuadra perfecto al relato; pero es además una prosa recia, vigorosa, directa, rítmica, que no rehuye la metáfora pero la condensa en el mínimo preciso para hacerla por eso mismo más impactante. No sólo eso. Sin caer en el localismo, Di Benedetto deja correr el alma criolla de su protagonista, y su discurso se enriquece con léxico y sintaxis del cono sur, con absoluta naturalidad, como en pinceladas finas que dan color y ritmo al texto. Elipsis a veces audaces, inmersiones en sueños o en episodios febriles son herramientas bien utilizadas que no desentonan, sino que generan el contrapunto adecuado con el realismo dominante en la narración.

Un combinado tan eficaz que la lectura resulta atrayente, deliciosa como pocas de las que han caído en mis manos desde hace tiempo. Casi daría igual lo que nos contase, o que no contase nada, para querer seguir disfrutando de semejante placer. Pero, claro, hay que valorar otras cosas, y nos vamos al cuerpo del relato.

Diego de Zama es un funcionario de la Corona destinado en un lugar más o menos indeterminado al norte de Argentina, tal vez ya en Paraguay. En todo caso un sitio medio perdido a muchos kilómetros de Buenos Aires, alejado de la vida urbana y del progreso. Muy lejos también de su hijo y de su mujer -de la que está claramente enamorado-, Zama está solo en un punto remoto desde donde sueña en dar el salto, que se reconozcan sus méritos y se le envíe por fin a un destino apetecible. Su vida transcurre entre el aburrimiento, las visitas al puerto esperando noticias de su familia, maniobras más o menos arteras para lograr el favor del gobernador, y equilibrios para subsistir con una paga escasa y de flujo más bien irregular. 

Don Diego se ve poco a poco vencido por esa vida plomiza, pierde su dinero en las carreras, vende su caballo y se enzarza en pequeñas disputas, entre otros entretenimientos. Pero sobre todo se diría que descubre una vía de fuga en las mujeres. No exactamente en el sexo, tampoco del todo en el amor. Quizá es que lanzarse a la conquista, enredarse en las complicaciones de la seducción, le insufla esa vitalidad que siente que se le escurre mientras espera lo que nunca llega. El caso es que el hombre, que parece tener arte para estos menesteres, va enlazando episodios de lo más variados, bien sea por sus protagonistas (o antagonistas), las circunstancias del galanteo, su duración o su resultado final: la complicada esposa de un hacendado, que le dosifica los placeres; un lance fugaz con una desconocida; la seducción frustrada de la hija de su casero; una mujer desconocida a la que ve en una ventana.

Los personajes están bien dibujados, son en general interesantes y poliédricos como el propio Zama, y el itinerario amoroso tiene por ello cierto interés, en unos momentos más que en otros; pero transcurridas bastantes páginas el relato parece estancado, e insuficiente y desequilibrado lo que el autor presenta como circunstancias del funcionario desorientado mientras espera traslado y ascenso. En la parte final -como el último tercio, o menos-, el panorama cambia por completo, y don Diego,  fracasados sus intentos por prosperar de modo vegetativo, pasa a hacer méritos más visibles para avanzar en su carrera; así nos lo encontramos en un destacamento militar que se interna en la selva en busca de un peligroso fugitivo. La narración se vuelve entonces más intensa y acelerada, se suceden encuentros de diversa índole con indígenas, y la anterior tensión, vinculada a la inacción y el tedio, muta hacia la hostilidad y la violencia. Sin perder de vista el concepto de traición, que recorre todo el libro acompañando a su protagonista.

Desde luego se pueden hacer multitud de interpretaciones acerca de las andanzas de Zama, podemos bucear en sus actitudes o debilidades, en el personaje desarraigado y perdido entre los caprichos de la burocracia. Pero si analizamos fríamente el argumento, tampoco encontramos nada especialmente potente. ¿Cómo valoramos entonces la novela? Pues dependerá de lo que el lector vaya buscando. Si queremos que nos cuenten una historia interesante que nos atraiga y nos haga devorar páginas, quizá no sea el libro adecuado. Pero si uno tiene el vicio de quedar embobado por el lenguaje y disfrutaría igual de cientos de páginas más aunque el autor no contase nada importante, no nos decepcionará. Diría más: en lo que a mí respecta, Di Benedetto es un descubrimiento, y la cosecha no va a terminar aquí.

9 comentarios:

Gabriel Diz dijo...

Hola Carlos,
La sensación que tuve cuando la leí en la adolescencia es la que describes en el último párrafo de la reseña: si el lector busca una novela que cuente una historia vertiginosa y adictiva no es este el caso. Hace unos meses se estrenó una versión cinematográfica de Zama que fue muy bien recibida por la crítica.

Saludos

Koldo CF dijo...

Bon dia, compay!
Me recuerda, por la reseña, a Mujica Lainez. Puede ser?
Un abrazo!

Anónimo dijo...

Hola!
Buena reseña, como acostumbrais en éste blog.
Yo leí ésta novela hace bastante tiempo y me fascinó, y el buen poso que me dejó sigue ahí.
Respecto al tipo de novela, yo la situaría más cerca de El astillero de Onetti o El lugar sin límites de Donoso, aunque por la época en que se ambienta y por el lenguaje utilizado también pueda recordar a Mujica.

Lupita dijo...

Hola:
Eso de quedarse "embobada con el lenguaje" me pasó, justamente, con El astillero de Onetti, como ha dicho anónimo. Me costó muchísimo terminarlo porque tenia que volver una o dos veces más sobre el texto, ya que el lenguaje me atrapaba y no me enteraba de nada.
Los libros que más me gustan no son por sus grandes historias, sino por cómo son narradas.
Saludos

Carlos Andia dijo...

Confieso que hace tantísimo tiempo que no leo a Mujica Lainez que me parece temerario compararlos, pero no tengo esa sensación. Quizá se parecen en cierto nivel de barroquismo, pero creo que no más.

Curiosamente, al de muy poco de incluirlo en mi lista de pendientes apareció en cartelera la película, lo cual me fastidió un poco, no lo niego (bueno, alguno pensará que leí el libro precisamente por la película, y no). Me ha quedado con la duda de si ir a verla, y la verdad es que me resulta difícil imaginar esto llevado al cine, justamente por eso en lo que coincidimos varios de los participantes: el lenguaje de Di Benedetto ¿cómo se puede llevar eso al cine con una mínima fidelidad? No lo veo, pero celebro que la peli sea buena, como decís.

Y finalmente, me alegro un montón de que haya gente (más de lo que parece, por lo visto), que también es capaz de quedar arrebatada por la forma en que un autor nos cuenta algo, más allá del interés de las historias.

Gracias y saludos a todos.

Anónimo dijo...

El argumento se asemeja a El desierto de los tártaros de Buzzati, no?

Saludo!

Rökkur dijo...

Ahora queda completar lo que llaman la trilogía de la espera: Zama - El silenciero - Los suicidas.

Saludos!

Juan G. B. dijo...

Hola:
Yo no he leído el libro, pero tengo la peli pendiente desde hace un tiempo. Cuando la vea, volveré a comentar aquí...o no ; )

Carlos Andia dijo...

El silenciero está en lista de espera.

Gracias a los tres por los comentarios. (Y disculpad que no me extienda más, que me encuentro en la prehistoria tecnológica)