jueves, 21 de febrero de 2019

Andrus Kivirähk: El hombre que hablaba serpiente

Idioma original: estonio
Título original: Mees, kes teadis ussisõnu
Traductor: Consuelo Rubio Alcover
Año de publicación: 2007 (en castellano, 2017)
Valoración: Recomendable


No hace falta jurar que la literatura estonia es algo que nos pilla un poquito lejos, aunque compartamos bandera estrellada sobre fondo azul. Pero oiga, esto es ULAD, llevamos casi diez años publicando reseñas y, sí, para mi propia sorpresa, ya había en nuestro catálogo no una sino dos obras bajo la etiqueta escritores estonios. Así que adoptaremos la pose de intelectual sobrado y lo tomaremos como algo de lo más normal. Pero, eso sí, aunque el origen nacional ya no nos pille de nuevas, el libro que comentamos sí que es bastante peculiar.

Nuestro amigo Kivirähk nos sitúa en una época indeterminada, tal vez en la Edad Media, en los bosques de Estonia. Por allí viven grupos de personas que continúan en fase cazadora-recolectora, se comunican con los animales mediante la lengua de las serpientes, se visten con pieles y solo comen carne. Sus vecinos son amistosas culebras que les invitan a su madriguera, osos que seducen a muchachas humanas, una especie de primates que crían piojos gigantes, o un exguerrero alcohólico que se va fundiendo con la capa vegetal. En ese bucólico ambiente se mueve Leemet, un niño a quien su tío le enseñará el serpéntico, idioma que poco a poco ha ido desapareciendo de la cultura de los bosques. Aquí tenemos ya los elementos que dan pie a que en la contracubierta la cosa se catalogue como ‘literatura fantástica’, es decir, seres extravagantes y situaciones inverosímiles, un híbrido entre la fábula clásica y Harry Potter pero, eso sí, un poco en plan bruto.

El problema es que aquel hábitat ancestral está claramente languideciendo: la gente se va largando a la aldea, donde aprenden las tareas agrícolas y se empapan de costumbres y religión extranjeras. Como buenos advenedizos, abominan de su pasado y se apuntan con entusiasmo a la modernidad. Segundo ingrediente: el choque entre lo arcaico y los nuevos tiempos resulta inevitable, las gentes que han asumido la civilización a duras penas intentan absorber a sus vecinos más recalcitrantes, y los últimos resistentes desprecian a los conversos. La interacción entre los dos mundos apunta a catástrofe.

A ese fuego se encargan de echar gasolina las respectivas creencias religiosas o espirituales. Entre las gentes del bosque, el druida Ülgas (que mira que tiene nombre de malo) deriva hacia un integrismo que le aproxima a la locura, y en el pueblo el afable Johannes encarna el buenismo cristiano, sí, pero empapado de patrañas que hacen ver la mano del Diablo en todas partes. Entre ambos bandos, Leemet, que ya ha abandonado la infancia, enarbola un rechazo radical hacia todo lo sobrenatural. Es en mi opinión el nudo fundamental del libro: la rebelión absoluta del descreído Leemet frente a lo irracional que le rodea desde los dos frentes, dos concepciones atrozmente radicalizadas que darán lugar a la barbarie más desatada, y entre ambas, un individuo que defenderá, también con la misma saña, el derecho a vivir alejado de toda creencia.

Semejante panorama no puede más que desembocar en una especie de apocalipsis que revienta en la última parte del libro, una orgía de salvajadas que termina de cuajo con la aparente atmósfera de fábula ecológica que en la que podríamos pensar al inicio, y acerca el relato a un ambiente punk que ya no abandonará. El autor no se ha posicionado en la disyuntiva entre lo tradicional y lo moderno,  pero sí se moja, y mucho, en esta batalla de Leemet contra los integrismos: a través de su personaje, Kivirähk destila desprecio sin límites hacia los santones y sus seguidores, y no le tiembla el pulso -vamos, se diría que disfruta de verdad- con las escenas más bestias.

El autor maneja abundantes referencias a los mitos y tradiciones de su país, cosas que se nos escaparían de no ser por el interesante posfacio de la traductora Consuelo Rubio Alcover. Pero si decidimos ver el texto desde la óptica cultural, tampoco esto quiere decir que Kivirähk tome partido por las esencias nacionales. No hay una defensa de un mundo frente al otro, sino esa opción que decía, muy contundente y sin matices, por lo racional. Lo que cuadra muy bien con la fama de iconoclasta que por lo visto arrastra Andrus, siempre presto a fustigar tanto a la complacencia con lo foráneo como al fundamentalismo étnico. Ni siquiera ese idioma de las serpientes –que perfectamente se podría identificar con su minorizada lengua estonia- recibe del todo la bendición del autor, que parece plegarse sin mucho dolor a su colapso definitivo.

Advertida la originalidad del argumento y lo atrayente de las distintas capas en que puede leerse el libro, tampoco se puede dejar de valorar la forma en que todo esto se transmite. La prosa de Kivirähk es sumamente sencilla, pero peca quizá de superabundante, incluso de redundante. Hasta en los diálogos –de hombres y de animales- le cuesta demasiado esfuerzo exponer las cosas de un solo trazo, necesita decirlo del derecho y del revés, repetir las ideas y alargarse sin necesidad (bueno, un poco lo que también le pasa al reseñista, para qué engañarnos). Con lo cual, la lectura puede hacerse algo lenta, pesada, en especial en su primera mitad, cuando no sabemos el rumbo que van a tomar las cosas. Le falta agilidad y concisión, cualidades que le hubieran quitado lastre a una narración que ya de por sí aglutina muchos elementos -que no obstante están muy bien integrados- y habrían agradecido un tratamiento más resuelto.

Vaya lo uno por lo otro, con lo que esta especie de cuento de hadas extremo me parece en definitiva un libro atrevido, desbordante y fresco, que no estará de más en nuestro curriculum lector.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Sigismund Krzyzanowski: Biografía de una idea y otros relatos

Año de publicación: 1991
Traducción: Marta Sánchez-Nieves
Valoración: Bastante recomendable

Un par de aclaraciones previas:

1ª) Es todo un acto de justicia poética que una editorial de nombre Ediciones del Subsuelo publique a Sigismund Krzyzanowski. ¡Y es que la historia de este autor es cuanto menos curiosa! Krzyzanowski (Kiev, 1887 - Moscú, 1950) dejó escritas más de 3000 páginas, pero, "gracias a la censura de la época", no vio en vida ni una sola página publicada. No fue hasta 1989 cuando algunos de sus escritos vieron la luz. 

2ª. (y derivada de la 1ª) Normalmente, encabezamos nuestras reseñas con un "título original" e "idioma original". En este caso,es imposible. Esto se debe a que los relatos recogidos en este volumen fueron escritos (en ruso) entre 1922 y 1930 y publicados por vez primera, para más inri en francés, en 1991 por la parisina editorial Verdier (gracias, Laura, por la explicación). Vamos, un lío de narices.

Dicho todo eso, resulta increíble que Krzyzanowski haya permanecido inédito durante décadas ya que se trata de un autor cercano a las vanguardias de la época, al menos en apariencia, y que podríamos emparentar con algunos de sus contemporáneos (Kafka), con autores posteriores y por todos conocidos (Don Jorge Luis Borges) e incluso con algún autor de nuestros días (y aquí me viene a la cabeza el nombre del amigo Cartarescu). Casi nada, ¿eh?

Los siete relatos recogidos en "Biografía de una idea...", pese a cubrir un período de ocho años, guardan una coherencia temática y estilística que hace que el conjunto no muestre apenas fisuras. Todos ellos parten de hechos reales, triviales incluso, en los que entran en juego sucesos "paranormales". Algunos ejemplos: una tranquila velada en un restaurante en la que irrumpe un vendedor de sistemas filosóficos (o de aforismos), un homenaje a Schiller tras el cual cobra vida la estatua del autor, una relación amorosa en la que uno de los amantes observa su futuro en la pupila de la mujer amada, un grafólogo que trabaja detectando falsificaciones al que se le aparece un hombrecillo en el caracolillo de una rúbrica, un poeta abandonado por su prometida que ve un herrumbroso cartel según el cual se "reparan corazones", etc

Hechos irreales, surreales, fantásticos, casi de ciencia ficción, que atraviesan los sucesos de la vida cotidiana y que hacen que la ficción se estire, rozando por momentos lo inverosímil, sin llegar a ocultar la realidad que le tocó vivir al autor. De hecho, algunos de los relatos pueden leerse en el contexto político de la época, con un Lenin ya gravemente enfermo (o muerto, según la fecha de los relatos) y Stalin y su troupe accediendo al poder. Así, "Biografía de una idea", "El tema ajeno" o "Los poco-poquísimos" tienen una clara lectura política.

Pero no hemos de reducir los relatos de Krzyzanowski a textos políticos. Son, por encima de todo, relatos cargados de imaginación en los que caben desde apuntes sobre el canon literario de la época ("Por eso") hasta temas más existenciales o filosóficos, pero siempre desde un punto de vista de lo más original.

Quizá esta originalidad de la que hablo hace que, en una primera lectura, los relatos de Krzyzazonwski resulten raros o difíciles, pero eso no debe hacernos decaer. Conviene volver atrás, empezar de nuevo y tratar de entrar en un mundo sugerente, oscuro y extraño del que quizá no consigamos salir indemnes. ¡Quién sabe si ese fue el miedo que provocó en los censores soviéticos!

martes, 19 de febrero de 2019

Samanta Schweblin: Kentukis

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: bastante más que recomendable

Pregunta sobre todo para quienes tengan o hayan tenido niños en los últimos años tiempos: ¿conocéis esos muñecos de colorarinchis, a modo de bestezuelas a medio camino entre un búho y un gremlin antes de volverse malo, los llamados Furbys? Que sí: unos que "interactuaban"  -de aquella manera- hablando con las personas, y en cuyo programa contienen varias personalidades diferentes (aunque el que yo tenía en casa sobre todo mostraba la de sociópata cabreado... como alguien lo rozase y lo despertara, se pasaba un buen rato gruñendo y jurando en el idioma de Mordor). Bueno, pues eso: un asco de bichos. Pues imaginaos si encima tuviesen rueditas y cámaras en lugar de ojos, pero no las utilizaran al albur de un programa informático, sino de la voluntad de un usuario al azar, que puede estar en cualquier lugar del mundo manejando a un peluche zoomorfo que tú mismo has metido en tu casa y en tu vida. Una persona a la que no conoces y tú tampoco conoces que puede observar todo lo que haces, conocerte quizás mejor de lo que conseguirá ninguno de tus allegados... ¿Acojona, no? Pues eso es un "kentuki".

A partir de la concepción de estos muñecos, Samanta Schweblin va a trenzando toda una serie de historias que se desarrollan a lo largo y ancho del globo terráqueo y tienen como protagonistas tanto a los propios kentukis -es decir, a las personas que manejan los controles y observan- como a sus "amos", aunque en ocasiones es difícil determinar quién es el verdadero amo de quién... Son historias poco complacientes, incluso con un tono bastante duro y una trama retorcida, como puede suponer cualquiera que haya leído otros libros de esta autora. unas historias que, más que presagiarnos  un futuro aterrador -el toque ci-fi del libro se limita a la invención de estos muñecos,  lo que sospecho que hoy en día sería perfectamente posible-, nos describe un presente no mucho más halagüeño, en el que tal vez no lleguemos a meter a un rxtraño en forma de peluche a husmear nuestras vidas, pero ya somos nosotros mismos los que, de manera más irónica, las exponemos ante todo el mundo a través de las R.R.S.S.

Dicho lo cual, tampoco me parece que el de los peligros tecnológicos o la estupidez de las modas sea el tema central de este libro. Esta novela (no dudo en llamarla así, aunque en realidad esté compuesta por diversos relatos que discurren paralelos, por más que den la impresión de entrecuzarse), de lo que trata sobre todo es de la soledad en que trascurren las vidas humanas y de las relaciones perversas o dañinas que se llegan a establecer para paliarla. Los kentukis resultan ser meros intermediarios en esas relaciones, aunque, quizás por su propia banalidad, a su aspecto inofensivo (un recurso clásico en la narrativa de terror o al menos inquietante), o tal vez debido a su aparente deshumanización, lo que consiguen es exacerbar los recovecos oscuros y hasta sádicos de tales ligazones.

No quiero acabar esta reseña sin explicar mejor que, pese a estar compuesta por diversas historias independientes, este libro se puede considerar, sin duda, una novela -coral, de acuerdo-, no sólo porque a lo largo de toda ella asistimos al devenir de una serie de personajes "fijos" -un padre divorciado, la compañera de un artista plástico, una señora mayor de Lima-, sino porque incluso aquellos capítulos o relatos que se agotan en unas pocas páginas no están dispuestos al azar, sino colocados en lugares concretos de la novela para conseguir mejor ese efecto perturbador que tiene el conjunto. Porque, vaya... perturbador lo es un rato, aviso...


Otros títulos de Samanta Schweblin reseñados en Un Libro Al Día: Pájaros en la bocaDistancia de rescate

lunes, 18 de febrero de 2019

Rosa Berbel: Las niñas siempre dicen la verdad


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

El primer libro de poemas de Rosa Berbel ha dado que hablar. Mucho. Ganador el año pasado de la XXI edición del Premio de poesía joven Antonio Carvajal, que con anterioridad se fijó en autores como Andrés Neuman, Luís Bagué Quílez o Martha Asunción Alonso, Las niñas siempre dicen la verdad ha recibido atención y parabienes en los suplementos literarios que determinan el canon literario a día de hoy en España y ha sido incluido en casi todas las listas de lo mejor que deparó la poesía en este país en el año 2018. Así que con la curiosidad desatada tuve que sobreponerme a dos obstáculos importantes a mi entender; el título y la portada. Hacerlo me ha compensado de sobras. Los versos que hay en estas páginas albergan la suficiente vida palpitando y tanta verdad contenida que el dato de la edad de la autora (Estepa, Andalucía, 1997) es apenas anécdota. 

El libro se articula en torno a una precuela, dos partes diferenciadas que acogen una docena de poemas cada una y se cierra con un poema algo más extenso que el resto. En la primera sección, que lleva por título Quemar el bosque, nos damos de bruces con una manera de encarar la vida y la relación con los demás perpleja, incómoda, instalada en el desasosiego. De estos versos se desprende una reflexión acerca del aprendizaje como tarea vital y también acerca de la familia como formato social; el hogar, el rol de la mujer, la tradición, la desesperanza, el miedo a la violencia: “¿No era esto madurar: elegir cosas / y esconder la elección a los demás?” La sensación del verano se asocia a la noción de infancia, reciente y perdida, y en este Quemar el bosque nos encontramos con imágenes, o ideas, como la de los niños muy viejos, o tan niños y tan sabios, o la de la infancia sin infancia. La infancia como un tiempo luminoso y ligero aunque también extraño e incierto: “Niña que no reconoce su cuerpo / comienza a sentir cosas algo extrañas: / hormigueo, mal carácter, un intenso dolor / en los dos pechos.”

En los versos agrupados bajo el título de Planes de futuro se hace más evidente el sentimiento de incertidumbre, de contradicción ante lo que parece que la vida va a poder deparar a quienes hoy y ahora se lanzan a por ella. El eje de la percepción se desplaza para apuntar hacia el porvenir y los versos escogidos de José EmilioPacheco para acceder a estos Planes de futuro se hacen bastante elocuentes: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”. Al puntito de provocación que supone traer a colación estos versos del poeta mexicano, la autora añade asimismo un toque más irónico en piezas como Manual de supervivencia para salir del nido o más sagaz, quizás, en Femme fatale con prisa, definitivamente uno de mis preferidos: “No es fácil ser mujer y ser fatale, / en los tiempos que corren / exige disciplina y certidumbres. / Hay que fumar sabiendo los peligros / de enfermedades poco fotogénicas. / Llevar medias de naylon sin carreras / durante una jornada de 10 horas.” 

Versos en los que se habla  de mantenerse bien agarrados a la vida, y seguir un camino propio aunque nos sintamos despistados, entre los pisotones de la gente, y por eso me refería al principio a verdad y vida. En el poema que cierra el libro, Sala de espera para madres impacientes, encontramos la construcción de una identidad compartida, femenina y consciente, que busca amparo, complicidad, calidez. Así que sí, me parece un libro muy recomendable porque siempre resulta de lo más apetitoso encontrarse con una voz nueva, original, cargada de interés y convicción.

domingo, 17 de febrero de 2019

Rohan O’Grady: Matemos al tío

Idioma original: Inglés   
Título original: Let’s kill Uncle
Traductor: Raquel Vicedo 
Año de publicación: 1964
Valoración: Está bien 

Matemos al tío es una novela escrita por la canadiense June Skinner bajo el seudónimo de Rohan O'Grady. Tuvo bastante éxito en su momento; incluso fue llevada a la gran pantalla en 1966, dos años después de su publicación, por el director de películas de terror William Castle. Sin embargo, ya empezaba a caer en el olvido. Es aquí donde Impedimenta aparece, fiel a su labor de rescatar títulos curiosos y, como en este caso, inéditos al castellano.

Llegados a este punto, dejad que os diga que la edición de este volumen es de diez. Especialmente remarcable es su traducción; Raquel Vicedo recubre el texto con modismos y expresiones coloquiales que consiguen imprimir a la narración el carisma del material original.

Argumento 

¿De qué trata Matemos al tío? Pues bien, este libro es un cóctel que mezcla impúdicamente la novela negra con la comedia, las aventuras, el "bildungsroman" y el terror. Aunque muchos se han limitado a catalogarlo, quizás en un afán algo reduccionista, como un exponente de la literatura gótica del siglo XX.

Pero bueno, bien mirado, de gótico, Matemos al tío tiene por un tubo. De hecho, haría las delicias a Tim Burton. Sobre todo al Tim Burton más reciente, ese que parece haber dejado de lado su faceta más macabra pero que sigue mostrando devoción hacia las historias oscuras. ¿No me creéis? Dejad que os liste algunos de los elementos que engalanan a esta novela, elementos que fácilmente podrían aparecer en una película del director estadounidense. Tenemos: 

  • Un entorno bucólico que se verá asediado por un vil personaje. En este caso, una pequeña isla de la costa de Canadá a la cual vendrá a veranear el malvado comandante Sylvester Murchison-Gaunt.
  • Un par de niños más espabilados de lo normal. Ah, y ¡uno de ellos es un huérfano de diez años, multimillonario, cuyo tío, el mentado Sylvester Murchison-Gaunt, quiere cargárselo!  
  • Siniestras sesiones de hipnotismo, alguna escena de casquería, un cementerio, una playa de aguas peligrosas... 
  • Toques de ironía, especialmente cuando se usa para radiografiar a la sociedad de la época. 

En fin, que la cosa es, más o menos, así: Barnaby Gaunt acaba de perder a sus padres, por lo que tendrá que ir a vivir con su tío, el retorcido comandante Sylvester Murchison-Gaunt. Éste quiere matarle para heredar su fortuna de diez millones de dólares. Por desgracia para el pobre Barnaby, en la isla donde veranea nadie, ni siquiera el policía montado, el sargento Coulter, se lo cree. Nadie salvo Christie MacNab, la única menor de edad a parte de él. Ambos comprenderán que solamente les queda una opción: ser ellos los que maten. Por supuesto, también deberán salir impunes del crimen. 

Nótese que en esta breve sinopsis he dejado de lado muchas cosas. En primer lugar, el tío no hace aparición en la historia hasta pasadas cien páginas, por lo que se puede deducir que hay muchos otros frentes abiertos en Matemos al tío que el de la planificación de, precisamente, cómo matar al tío. También he omitido en este resumen a Una Oreja, puma ya viejo que aparece en la magnífica ilustración de la cubierta hecha por el inefable Edward Gorey. Cuando discuta, más adelante en la reseña, los contras de esta obra, veréis el porqué.

El villano 

La figura de Sylvester Murchison-Gaunt oscurece el tono general de la novela. No en vano es un villano temible, al menos en un principio. Digo en un principio porque el desenlace de la novela no lo trata con el respeto que merece. Su final es, de hecho, anti-climático.

En cualquier caso, el personaje sigue siendo muy interesante. Esto se debe, en parte, a las turbias migajas de su biografía que O'Grady deja caer a lo largo de la novela. Realmente te hacen temer al comandante, atisbar de lo que es capaz. Luego está su aterradora presencia. Hubo momentos en que algunas de sus apariciones, o sus diálogos, lograron ponerme los pelos de punta.

Ritmo 

O'Grady se toma su tiempo para introducir la geografía de la Isla, microcosmos en el que transcurre la acción; lo mismo con sus habitantes, sus formas de ser, sus costumbres. Esto sucede, sobre todo, en las páginas previas a la aparición del tío. Son las que más humor tienen, y aunque en ellas la historia avanza con algo de lentitud, su lectura no se hace pesada.

Una vez Sylvester Murchison-Gaunt entra en acción, los eventos tampoco se aceleran. No, al menos, hasta llegar el abrupto final. O'Grady sigue estableciendo personajes, lugares y objetos que tendrán importancia durante la contienda definitiva entre él y los niños casi con parsimonia. Quizás sea este dilatado pasaje central el menos llevadero de toda la novela. Por lo menos, a mí se me hizo algo cuesta arriba en ocasiones. Además, en este tramo hay pasajes claramente prescindibles, como alguna escena de los niños en el cementerio, o las cartas del sargento Coulter.

Lo bueno y lo malo

Pasemos a los que, a mi juicio, son los aspectos positivos de Matemos al tío:

  • Sus protagonistas, Barnaby y Christie, están muy bien perfilados. Además, los diálogos de ambos niños son una gozada. También el desarrollo de su vínculo. Por no olvidar que hay mucha química en sus interacciones. Sin duda alguna, impelen al lector a simpatizar con ellos. 
  • La rica galería de personajes. Aunque no sean especialmente memorables, salvo el tío, la diversidad de perfiles se agradece; uno tiene la impresión de que la isla bulle de vida gracias a sus habitantes. Por no decir que la mayoría son la mar de entrañables.  
  • El humor. Ya he anticipado que se concentra especialmente en el primer tercio del libro y luego acaba por desaparecer casi por completo, pero es innegable que hace que la experiencia global sea de lo más disfrutable. La astucia y el desparpajo de O'Grady impregnan de simpatía al texto. 
  • La transición entre un tono amable a otro oscuro está muy lograda. Pasamos de una narración casi bucólica a una colorista pesadilla infantil. 

Por otro lado, los defectos que le veo a esta novela son los siguientes:

  • Su ritmo, renqueante durante el tramo central. 
  • Me atrevería a decir que a la novela le sobran algunos personajes, pues la autora es incapaz de darle relevancia a todos ellos. El viejo puma Una Oreja, por ejemplo. Es una pieza clave en el enfrentamiento final contra el tío, vale, pero ya he insinuado que no me convence el planteamiento de esa escena. Y durante el resto de la novela, la verdad es que Una Oreja no es más que un detalle exótico en la narración. Es por esto, pues, que yo lo hubiera omitido. El propio matrimonio Brooks, aquéllos isleños que cuidan a Barnaby, es totalmente desaprovechado. Se nos dice que acoger al niño les ayudará a hacer más llevadera la pérdida de su pequeño hijo Dickie, pero esta subtrama jamás es explorada. 
  • La tensión que durante todo el libro lleva gestándose desemboca en un final la mar de anti-climático. Al menos es crudo, a lo Hans Christian Andersen. 

Conclusiones 

Visto lo visto, queda claro que esta novela coincide con toda una tradición literaria que intenta aunar la inocencia y la perversidad. Hay gente que la relaciona por este motivo con Huracán en Jamaica, de Richard Hughes. Yo añadiría, aquí, a Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson. Otra obra con la que se establecen relaciones es La noche del cazador, de Davis Grubb, donde parece ser que hay un psicópata que persigue a unos pobres niños.

Matemos al tío también me recuerda a la franquicia Una serie de catastróficas desdichas. No sé hasta qué punto ésta se habrá inspirado en la historia de O'Grady, pero sin duda alguna comparten premisas. Debo aclarar que el tono de la novela es, sin embargo, menos infantil que el de Una serie de catastróficas desdichas

Y poco más que añadir. Esta lectura es deliciosamente oscura. Tierna, ingeniosa y pueril, a la par que cínica y amarga. Sin lugar a dudas, gustará a tu Tim Burton interior. 

sábado, 16 de febrero de 2019

Stefan Zweig: Ardiente secreto

Idioma original: alemán
Título original: Brennendes Geheimnis
Traducción: Berta Vías Mahou (ed. en castellano) / Ester Capdevila (ed. en catalán)
Año de publicación: 1911
Valoración: recomendable

Es de sobras conocida la capacidad de Zweig para escribir sobre la condición humana y sobre las emociones, pues sabe entender como pocos aquello que sentimos, aquello que nos mueve, aquello que nos impulsa a actuar de una cierta manera, y esa mirada clara y precisa la transmite perfectamente en sus libros.

En este breve libro, Zweig despliega nuevamente su alta capacidad narrativa para implicarnos directamente y de manera inmediata en la historia. Así, no necesita muchas páginas para situarnos en ella y, establecido el marco ambiental, nos narra la llegada de un joven barón a un pequeño pueblo, donde se dispone a pasar unos días de vacaciones. El joven, poco amante de aventurarse en la exploración de uno mismo pretende dedicar su estancia a buscar compañía femenina, pues no se encuentra a gusto en la soledad y tiene pulsiones que le empujan a buscar y encadenar relaciones íntimas. Además, la lejanía respecto a su lugar donde habita, su buen parecido y unas ya demostradas artes seductoras, le brindan una buena ocasión para ello. Y parece que el azar se conjura con ello, pues encuentra en su mismo hotel una mujer que pasará unos días en la compañía única de su hijo pequeño. Qué mejor oportunidad para dar rienda suelta a sus pasiones, pues la ocasión parece propicia e idónea. O eso parece.

Ya en las primeras páginas, el estilo inconfundible del autor austríaco nos da las pinceladas suficientes para enmarcar la historia en un paisaje que sirve de escenario de los devaneos amorosos del protagonista, pero la habilidad de Zweig se pone de manifiesto realizando un ligero cambio en la aproximación a la historia al cambiar el foco inicial centrando la figura no en el joven barón aparentemente protagonista, sino en el hijo de la mujer que pretende conquistar. Y es a través de ese enfoque donde Zweig despliega su magnífico talento pues vemos en el niño aparecer todas las dudas que seguirán de mayores, que nos perseguirán, y asoman la soledad, la incomprensión, el miedo a perder el cariño de los seres queridos o admirados y, por extensión, el autor nos transmite bajo la mirada del niño todos aquellos sentimientos que envuelven los corazones de los adultos. Así, el autor cubre el espectro de las pasiones existentes en las diferentes edades en un solo personaje, y es a partir de él que la historia se centra en ellas, haciéndolas crecer y creando un despertar consciente de aquello que reside en cada uno de nosotros. A partir del triángulo formado por los tres (y únicos) protagonistas, Zweig alterna los equilibrios entre las relaciones que se crean entre ellos, decantando la balanza sentimental hacia un lado u otro, para explorar, en cada uno de ellos, aquello que les motiva y les conmueve, aquello a lo que aspiran y desean, aquello que quieren conservar aún a costa de arriesgar lo que ya tienen, y en ese vaivén emocional se abren las suficientes fisuras para dejar entrar y crecer, las dudas, los miedos y el egoísmo. Porque Zweig tiene la facilidad de con muy poco, captar, analizar, exponer y explotar los miedos y las pasiones que conforman la condición humana, el ego y el atrevimiento, el deseo y el rechazo, y la perversa habilidad de quien lucha por conseguir aquello que desea, sin tener en cuenta la voluntad o sentimiento de los demás.

Así, Zweig sabe perfectamente conectar con el lector, y despertar en el no únicamente la curiosidad en querer ávidamente avanzar en la novela, sino también en descubrir, averiguar y profundizar en aquellos sentimientos que albergamos en nuestro interior y que, en ocasiones mostramos, y en ocasiones escondemos, no únicamente a las personas de nuestro entorno sino también a nosotros mismos.

Si ubicamos la novela en la prolífica vida literaria del autor, y siendo una de sus primeras novelas, es interesante ser testigos de cómo a los treinta años Zweig ya se encontraba en una madurez narrativa sublime, no únicamente por saber retratar a la perfección cada uno de los personajes, sino también para conocer y expresar qué ocurre dentro de ellos. La narración en tercera persona es muy hábil pues, a pesar de que el punto de vista principal se centra en el niño, transmite perfectamente qué siente cada uno de los personajes, sus dudas, sus miedos y sus odios, estableciendo así un marco perfecto dentro del cual ubicar emocionalmente cada uno de los vértices de este extraño triángulo sentimental que conforman el niño, su madre y el joven barón.

Aunque probablemente no sea el mejor libro del autor, es innegable su calidad literaria y cómo consigue siempre conectar con el lector a través, no únicamente de su clara estructura, sino de una prosa que recrea perfectamente el ambiente por el cual se mueven sus siempre reflexivos y apasionados personajes. Siempre es un placer leer Zweig, y cada libro es una ocasión más para deleitarnos con las historias que magistralmente narra.


Otras obras de Stefan Zweig en ULADEl mundo de ayer¿Fué él?Fouché. Retrato de un hombre políticoMendel el de los librosMaría AntonietaTiempo y mundoCarta de una desconocidaNovela de ajedrezVeinticuatro horas en la vida de una mujerViaje al pasadoLos ojos del hermano eternoLas hermanasMontaigneLa piedad peligrosa o La impaciencia del corazónClarissa, Miedo

viernes, 15 de febrero de 2019

Zoom: El diablo en la botella, de Robert Louis Stevenson

Idioma original: inglés
Título original: The Bottle Imp
Traducción: José Luis López Muñoz
Año de publicación: 1891
Valoración: Recomendable

No, amigos, tranquilos, que esto no es un libro de autoayuda para dejar el alcohol. La botella sobre la que habla Stevenson ofrece ventajas sin duda mayores, aunque a cambio resulta muchísimo más peligrosa (todavía, seamos correctos). Porque lo que hay dentro, como es obvio por el título, es un diablo, una inquietante sombra cuyo movimiento se trasluce apenas tras el vidrio, y da cierto mal rollo. Seguramente por esa denominación de ‘diablo’ que lleva el título en castellano, porque si le despojamos del carácter luciferino la imagen del lector se hubiera ido de inmediato y sin duda hacia el simpático concepto de ‘genio de la lámpara’ que nos ha llegado desde Las mil y una noches, con frecuencia edulcorada, banalizada y hasta pasada por el tamiz Disney.

Efectivamente, nuestro diablo concede deseos a su portador, y no ya tres, sino todos los que quiera, excepto el de prolongar la vida. Pero a cambio pone algunas condiciones algo complejas y bastante comprometedoras: si uno muere siendo propietario de la botella, se condena para toda la eternidad así que, por si acaso, es conveniente deshacerse de ella a no tardar mucho. Y para que la transmisión sea eficaz debe hacerse a un precio inferior al de adquisición. Es justamente este aspecto deflacionario el que preocupa a cada nuevo portador, y es un elemento muy útil para asegurar una tensión creciente en el relato. Además, si estaba usted pensando en técnicas comerciales torticeras para facilitar la venta, la última condición es que todos los requisitos deben ponerse en conocimiento del comprador sin faltar uno.

Keawe es un joven hawaiano que se hace con el enigmático recipiente casi por casualidad, y por un precio que a él le parece de ganga, pero que le traerá dificultades. El sueño de Keawe tampoco era demasiado aparatoso, se conforma con un casoplón allá en su isla, y enseguida le endosa la botella a un colega que se moría por tener un hermoso bajel. Todo le va bien a nuestro protagonista, hasta se enamora de una chica que, tras alguna reticencia, acaba por corresponderle. Pero le surge un problema bastante desagradable y desea recuperar los favores del diablo-genio. Tras intensa búsqueda, consigue por fin recuperar el vidrio, pero a un precio tan bajo que le va a ser difícil deshacerse de nuevo de él: los potenciales compradores desconfían de negocio tan extraño, y aún más cuando se les ofrece chollo semejante casi gratis. Bueno, el resto no lo cuento, claro.

El caso es que el relato es sumamente ágil, sencillo pero interesante y, como apuntaba antes, con un crescendo importante y muy bien desarrollado. Desde el principio tenemos claro que el asunto no se va a resolver con facilidad, pero los problemas con que va tropezando el propietario del frasco y la amenaza del incumplimiento de las condiciones hacen que aumente la angustia según se van cerrando las puertas de la solución. 

Es indudable que existe cierta carga de moralina, y por lo tanto podríamos leerlo en clave alegórica, sobre las dificultades de la vida, el precio de la ambición y sus riesgos, cosas por el estilo. Pero, como me ocurre con frecuencia, prefiero disfrutarlo como un relato de aventuras, con un elemento misterioso y perturbador que siempre está ahí, tentando con sus artes pero en el fondo amenazador, y las peripecias de todos aquellos que sucumben a la magia y terminan enredados entre sus sueños y su propia perdición. 

Stevenson es un maestro en este tipo de narraciones y ésta en concreto me parece un ejemplo brillante. No será una joya de la literatura, pero está estupendamente escrito, con sus ingredientes en su justa dosis, y se lee con gusto.

PD: Resulta muy curioso que, teniendo muy poco que ver en su desarrollo, el final de este relato se parece un montón al de Gautier que reseñamos hace unos días. Lástima no poder contarlo.

Otras obras de Robert Louis Stevenson en ULAD: La isla del tesoroEl extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. HydeEnsayos literariosEl club de los Suicidas

jueves, 14 de febrero de 2019

Liliana Bodoc: Los días del venado (La saga de los confines I)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2000
Valoración: Me lo he pasado en grande

Me salgo en esta ocasión de mi zona de confort y, haciendo caso a recientes comentarios de algunos seguidores de ULAD, me lanzo con una novela fantástica dirigida, al menos en la biblioteca de mi barrio, al público juvenil. Digo que salgo de mi zona de confort porque no es el fantástico un género que a priori me llame; de hecho, no he leído ni visto"El señor de los anillos", "Juego de tronos" o "Harry Potter". Prefiero, puesto a buscar "géneros menores", las películas de terror de serie B.

Me dejo de rollos y me centro en "Los días del venado", primero de los tres tomos que componen "La saga de los confines" de la argentina Liliana Bodoc. Resalto lo de "la argentina Liliana Bodoc" porque creo que tiene su importancia, tanto para el enfoque como para el desarrollo de la novela. "Los días del venado" transcurre en un lugar y un tiempo que bien podrían ser América del Sur y la época de la "conquista de América" y su argumento podría resumirse, de forma extremadamente resumida, en la eterna lucha entre el Bien y el Mal.

Profecías, augurios, señales del cielo y de la naturaleza y extraños indicios anuncian la llegada de algo desconocido, de una confusa amenaza difícil de interpretar. Esto obliga a los personajes a un viaje casi iniciático, a través de territorios desconocidos, para llegar a una reunión en la que líderes de las diversas tribus buscarán la forma de hacer frente a la citada amenaza. Toda esta parte ocupa dos tercios de la novela, debido sobre todo a que Bodoc opta por ir presentando poco a poco los personajes y territorios que protagonizarán la acción. La novela, quizá por esta elección de la autora, comienza con cierta "lentitud", pero la narración cobra un ritmo vertiginoso a medida que la tensión aumenta, los hechos se aceleran y la lucha se desata, de forma encarnizada, en el tercio final.

Quisiera destacar, además de lo ya comentado del ritmo de la novela, un par de aspectos de "Los días del venado" que me han sorprendido gratamente. Por un lado, Bodoc se sale de los cánones del género (al menos, de los estereotipos que uno tiene en mente al hablar de novela fantástica), y aunque obviamente encontramos magos, batallas, profecías, épica, etc., se observa un importante esfuerzo en la construcción de personajes y ambientes y una cuidada prosa, ágil y poética al mismo tiempo. Por otro, y teniendo en cuenta que se trata de una novela orientada al público juvenil, pone sobre la mesa valores que conviene no olvidar, como el respeto a la Naturaleza, la relación de los seres humanos con el entorno, la importancia del grupo, etc.

En definitiva, confieso que me lo he pasado en grande leyendo este libro, tanto es así que me voy a animar con los dos que completan la saga. Espero que sean tan entretenidos y estén tan bien escritos como este.

P.S.: Gracias por la recomendación, de verdad

miércoles, 13 de febrero de 2019

Sergéi Dovlátov: Oficio

Idioma original: ruso
Título original: Ремесло: Повесть в двух частях - Remeslo: Povvest'v dvukh chastyakh
Año de publicación: 1977-1985
Traducción: Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea
Valoración: qué voy a decir... más que recomendable, claro

Afronto esta reseña con no poco pesar en mi corazón, porque, amigas y amigos, este libro es el último Dovlátov que me quedaba por leer (al menos, traducido) y lo guardaba como oro en paño para inaugurar este nuevo año, esperando que así fuera mejor, para todo el mundo, que el jodido 2018. Así, sacrifiqué la tradicional resaca, saltos de esquí y marcha Radetzsky para ponerme con este Oficio, que he ido racionando desde entonces como un naufrago el agua dulce (tampoco sé si hice lo mejor; una buena resaca hubiese sido un pertinente homenaje al gran Seriózha).

El volumen, titulado en el original Oficio (o también "arte, artesanía"), novela corta en dos partes, está dividido, en efecto, en dos partes bien diferenciadas; la primera de las cuales, El libro invisible, consta como el primer libro publicado por Dovlátov, -y cuenta, paradójicamente, el proceso de no publicación de un libro-, pero en principio formaba parte de una extensa novela de inspiración autobiográfica  (lo que conocemos hoy en día como "autoficcción", mal que me pese), titulada Cinco esquinas, y publicada separadamente fuera de la Unión Soviética. Años más tarde, junto con una segunda parte, El periódico invisible, conformaron este libro llamado Oficio.

He puesto antes que El libro invisible narra el proceso de "no publicación" de un libro, aunque, en puridad, aborda un tema más amplio: la relación del autor con la escritura -tanto literatura como periodismo- y su camino de formación para convertirse en escritor, en una especie de bildungsroman o como diablos se diga en ruso. Camino que, según Dovlátov, en su caso empezó muy joven, cuando, siendo un bebé en Ufa, el mismísimo Platónov quiso pellizcarle la mejilla. Ahora bien, el grueso de esta primera parte se la llevan los desvelos y aún desesperos del joven escritor para tratar de publicar su primer libro y sus extravíos por los vericuetos de la burocracia soviética. Por eso, aunque el relato -como a toda la literatura de este autor- no le falta una buena dosis de ironía y humor, la impresión que deja  es más bien triste, la de la impotencia y frustración de alguien que ve imposible llevar a buen término no ya su vocación, sino lo que parece incluso su destino (tampoco pensemos que esta sensación es exclusiva de sistemas como el soviético... habría que preguntar a tantos escritores del capitalismo actual que ven como el "mercado" les devuelve sus manuscritos una y otra vez). Posiblemente ésta fuera el principal motivo, junto con razones familiares, para que Serguéi Dovlátov acabara emigrando a Estados Unidos, más que las causas políticas o económicas... aunque su detención y breve paso por la cárcel también la motivaron en alguna medida, es de suponer.

La segunda parte, El periódico invisible -escrita, cierto es, años más tardes y en otras circunstancias- resulta más relajada y divertida, optimista, incluso. Cuenta, la creación de un periódico ruso en Nueva york por parte de un grupo de antiguos periodistas, como había sido el propio Dovlátov. Con un tono que recuerda al de La extranjera, el autor hace desfilar ante nosotros a toda una serie de personajes de la "tercera emigración" rusa, retratados con todo un repertorio de anécdotas que oscilan entre lo absurdo  y lo entrañable, esa mezcla irónica pero tierna que este autor domina tan bien como pocos. No diré cómo acaba la aventura mediático-empresarial, pero vaya, se puede esperar cualquier cosa...

Como siempre, leyendo a Dovlátov siempre queda una pregunta: ¿como es posible sentirse tan cercano de un escritor ruso ya fallecido, de un tipo bigotudo y alto como una torre que paseó hace años por las calles de Leningrado o de Queens, y con el que uno se identifica más que con su primo, con su vecino del tercero y no digamos con los que agitan banderas en nombre, se supone, de la misma patria a la que se supone perteneces? Quizá (sin duda, la respuesta está en párrafos como el siguiente:

"La patria somos nosotros. Nuestros primeros juguetes. Las cazadoras remendadas y heredadas del hermano mayor. Los bocadillos envueltos en papel de periódico. Las niñas, con sus estrictas faldas marrones. La calderilla en el bolsillo del padre. Los exámenes, las chuletas... Los versos ridículos, espantosos... Los pensamientos suicidas... Un vaso de agdam en el patio... El tabaco de liar en la mili... La hija, las manoplas, los leotardos, el talón torcido de una bota minúscula... Los párrafos tachados en diagonal, zis zas... Los manuscritos, la milicia, el Departamento de Emigración...

Todo lo pasado es la patria. Y todo lo pasado quedará para siempre..."

Mierda. Acabo de leer mi último Dovlátov y ya tengo mono...


Tropollón de libros reseñados  de Serguéi Dovlátov: aquí

martes, 12 de febrero de 2019

Zoom: Ursula K. Le Guin: El día antes de la revolución

Resultado de imagen de el dia antes de la revolucion amazonIdioma original: inglés
Título original: The Day before the Revolution
Año de publicación: 1974
Valoración: Está bien



Los motivos que mueven a la gente a rellenar una página en blanco pueden ser de muchos tipos. Ursula K. Le Guin (1929-2018) fue una gran fabuladora y, sobre todo, una idealista que utilizó los géneros fantástico y especulativo para exponer su pensamiento. En el terreno de la ciencia ficción sigue en cierto modo la estela de Stanislaw Lem aunque con un enfoque más político. Confieso que no siento una admiración incondicional por ella, sí por su compromiso, pero literariamente hablando no acaba de convencerme. El universo que presenta, poblado de especies que evolucionaron a partir de la humana, refleja sus ideales (pacifistas, ácratas, feministas y ecológicos).
El día antes de la revolución se publicó primero en una revista dedicada al género. luego formó parte de varias antologías. Narra el ocaso de la fundadora de la sociedad odoniana, cuyos descendientes seguirán viviendo conforme a sus ideas varias generaciones más tarde en Los desposeídos, una de sus novelas más célebres y mejor consideradas. Tal como la autora explica en el prólogo: “Odo apareció de entre las sombras y atravesó el abismo de lo probable pidiendo un relato, no sobre el mundo que construyó sino sobre sí misma.” Supongo que un personaje tan importante, origen de toda una estirpe y promotora de una nueva forma de convivencia, tenía la potencia necesaria para reclamar mayor atención. Pero el resultado decepciona un poco, sobre todo por las expectativas que genera en el lector, deseoso de conocer a la persona capaz de llevar a cabo una hazaña como aquella.
Les adelanto que no van a encontrar aventuras, ni asistirán al proceso que transformó radicalmente las estructuras vigentes, conocerán solo a un pequeño grupo de adeptos que intenta abrirse paso dentro de un contexto más amplio. Le Guin nos enfrenta a una Odo exhausta, desilusionada y escéptica –ya que el proyecto no ha llegado aún a triunfar del todo– en un escenario de decadencia personal, con un horizonte mucho más realista que el argumento que le dio origen. Aquí lo que se plantea no es una convivencia más justa sino si merece la pena trabajar incansablemente durante toda una vida, sin tiempo para pensar en uno mismo ni para fijarse en lo que hay alrededor, para acabar convertido en mero símbolo.

“Ellos aceptaban sus azotes verbales, sumisos como niños agradecidos, como si ella fuera algún tipo de Madre Absoluta, el ídolo del Gran Útero Protector, ¡¿Ella?! Ella, que había minado los astilleros de Seissero y había insultado al primer ministro…”
La imagen de la impotencia: una mente que reclama acción en un cuerpo que apenas responde. Los otros serían dueños de su destino si se decidiesen a actuar pero, al parecer, la única que tiene agallas carece ya de fuerza física. Le Guin no se conforma con mostrarnos la parte humana, el relato es también la otra cara de la moneda de Los desposeídos. Si allí se mostraba la parte luminosa, aquí encontraremos todo lo contrario: el mundo real, sin utopías.


Traducción de Enrique Maldonado
Ilustraciones de Arnal Ballester


De la misma autora: Los desposeídos, Planeta de exilio

lunes, 11 de febrero de 2019

Contrarreseña: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares

Idioma original: Español 
Año de publicación: 1940
Valoración: Bastante recomendable 

Alucino cada vez que recuerdo que Adolfo Bioy Casares escribió La invención de Morel con sólo veintitrés años. Y es que estamos ante una novela extraordinaria que para nada trasluce la bisoñez de su autor. El mismísimo Jorge Luis Borges, a quien fue dedicada, dijo de ella que era perfecta. Aunque yo no comparta tan generosa apreciación, no puedo negar la calidad de este libro.

Porque La invención de Morel es literatura de calidad, eso es indudable. La acabé hará cosa de mes y medio, y la impresión que me dejó en su momento, ya de por sí positiva, no ha hecho más que mejorar con el paso del tiempo. Permitir que esta historia repose, darle vueltas a sus implicaciones, incrementa su valor. Ya ni os cuento lo que la ensalza una relectura.

Por cierto, esta reseña va a contener spoilers. Lo advierto desde el vamos para que aquellos que quieran degustar vírgenes La invención de Morel (opción impagable, creedme) se vayan ahora mismo. ¿Sí? Bien, pues empecemos. 

Un venezolano que huye de la justicia, no sabemos muy bien por qué, se oculta en una isla deshabitada a la que ha llegado en un bote. Allí hay tres edificios, cuyos propósitos desconoce: un museo, una capilla y una piscina. La mera supervivencia en ese paraje inhóspito absorbe todas las energías de este fugitivo innominado, que anota sus denodados esfuerzos en un diario. Y así transcurren los días hasta que, de repente, se encuentra con que hay más gente en la isla. ¿Quiénes son? ¿Quizás la policía? ¿Cómo es posible que no se haya percatado de que llegaban? Y por último, pero no por ello menos importante, ¿por qué fingen los intrusos no darse cuenta de su presencia?

El argumento de esta pequeña ficción que no llega a las ciento sesenta páginas es raro de narices, ¿verdad? No en balde, La invención de Morel inspiró a los guionistas de la serie Lost. Pero tampoco os penséis que la obra de Casares es hermética en su planteamiento; al fin y al cabo, tras la atmósfera de tintes surrealistas de la primera mitad, su misterio se va desentrañando poco a poco.

Y lo que es mejor: la explicación rayana a la sci-fi con la que Casares justifica los bizarros fenómenos que suceden en la isla no limita en absoluto las interpretaciones que suscita esta novela. Si acaso, las expande en otra dirección. A la postre, La invención de Morel puede ser una parábola sobre la inmortalidad del alma o una profética alegoría sobre el legado audiovisual que dejamos en la esfera digital al fallecer. También, por qué no, se puede leer como una meditación sobre la dificultad de comunicación entre seres humanos, el eterno retorno nietzscheano o el amor platónico.

¿Que por qué hablo de amor al listar los temas que La invención de Morel baraja? Pues veréis, entre los desconocidos que han aparecido como por arte de magia en la isla se encuentra Faustine, una mujer hermosa de la que el narrador queda prendado. La devoción que nuestro protagonista siente hacia esa mujer cristalizará, al final del libro, en el gesto más romántico imaginable. Bueno, todo lo romántico que alguien que no acepta un no por respuesta y con claros indicios de psicosis puede ofrecer.

El fondo y la forma de La invención de Morel van de la mano. La historia se narra en primera persona, a través de las entradas del diario del venezolano. La prosa de este señor es, por tanto, rústica a más no poder. Y es que su débil y hasta febril condición no da para más. Tras la llegada de los intrusos, también su estado de paranoia y miedo constante van a impregnar las páginas del diario. 

Hasta aquí, genial. Casares encuentra una voz interesante y le da verosimilitud mediante la forma en que se expresa. Por desgracia, cuando llega al hemisferio de la novela, el escritor descuida esto parcialmente. Entonces, se centra más en la historia en sí, y no tanto, al menos para mi gusto, en mantener las entradas del diario consistentes con la voz de su autor. Y es que uno siente que ese personaje se pone hablar casi del mismo modo que lo haría un narrador omnisciente convencional. Aunque es innegable que ha cambiado sutilmente (el amor le ha insuflado esperanza, por ejemplo), me hubiera gustado una transición más suave entre su voz al inicio y al final de esta historia.

Por todo lo dicho, pues, La invención de Morel es una novela más que recomendable, cuyas múltiples implicaciones (narrativas, filosóficas, etc) garantizan una lectura de calidad. Pero buscadla en otra edición que la que yo he tenido entre mis manos. Es imperdonable que El País mutile esta obra con tanta saña: el prólogo escrito por Borges brilla por su ausencia, igual que unos pies de página que un supuesto editor añade a las anotaciones del diario del náufrago. Visto lo visto, ya no me quejo de que no se optara por incluir las simpáticas ilustraciones que Norah Borges hiciera para la primera edición de esta obra.

domingo, 10 de febrero de 2019

José María Arguedas: El Sexto

Idioma original: Español
Año de publicación: 1961
Valoración: Muy recomendable


Para entender mejor esta obra de José María Arguedas es necesario hacer dos comentarios acerca de su vida. El primero hace referencia a su infancia y es que Arguedas, huérfano de madre desde los dos años y medio y semiabandonado por su padre y su madrastra, fue criado fundamentalmente por la servidumbre de la casa paterna, indios en su mayoría, que pusieron en contacto al joven Arguedas con una cultura y una cosmovisión que le marcarían profundamente durante toda su vida. El segundo se refiere al arresto e ingreso en prisión que sufrió Arguedas en 1937 por su participación en las protestas estudiantiles contra la visita al Perú de un general fascista enviado por Mussolini.

El primero de los hechos mencionados marcará toda la vida y obra (indisolublemente unidas) de Arguedas, mientras que el segundo marcará la novela que hoy reseñamos. Porque El Sexto es una novela testimonial que nace de la estancia de Arguedas en el penal limeño que da título al libro. Pero no es solo esto ya que, al mismo tiempo, es una novela con un fuerte componente político y una representación a pequeña escala del Perú de la época. Voy por partes.

El aspecto testimonial de la novela es claro. Si nos quedamos con lo textual, es una novela de denuncia de la situación en el penal. Luchas de poder, malos tratos, corruptelas, vejaciones... El cuadro que presenta Arguedas es verdaderamente aterrador. La brutalidad y la vileza recorren toda la narración y Arguedas no ahorra en detalles escabrosos. Mención especial en este apartado merece el tratamiento otorgado a la sexualidad, muy marcada por la homofobia y el machismo. El sexo aparece en El Sexto como algo abyecto, sucio, turbio y violento, como una herramienta más en manos de los poderosos para envilecer al pueblo. Pese a todo lo anterior, siempre se dejan entrever pequeñas ventanas a la esperanza, ya sea a través de las oníricas huidas de algunos de los personajes o de los rayos de sol que entran en la prisión con el crepúsculo.

El aspecto político no es menos diáfano. La lucha, en el ámbito ideológico, entre los presos del Partido Comunista y los presos del APRA (partido socialdemócrata) es feroz y sitúa en la encrucijada a Gabriel, trasunto de Arguedas y principal protagonista de la novela. 

El tercer aspecto, el de la representación a pequeña escala del Perú, aúna los dos anteriores con la  visión arguediana de su patria. El Sexto es, al menos para mí, una metáfora del Perú de la época. La prisión se divide en dos niveles, el de los "vagos", "maleantes" y presos comunes y el de los políticos, que permanecen totalmente alejados entre sí. El mundo de abajo (el de los comunes) es un mundo cargado de suciedad, violencia y muerte, y se estructura en sus relaciones de poder similares de forma similar al mundo exterior, con una serie de presos que, con la connivencia o directamente a sueldo del poder, explotan de forma brutal a la inmensa mayoría. El mundo de arriba (el de los políticos) se desangra en luchas intestinas y permanece, en gran medida, aislado del mundo de abajo. Entre ambos mundos, y desgarrados por su propia condición dual, una serie de presos políticos de origen serrano (Gabrial, Cámac, Mokontullo, El Piurano...) entrarán en el devastado territorio de los comunes en busca de una justicia y un entendimiento muchas veces imposible, ya que desde sus propias filas son acusados, en ocasiones, de "pequeños burgueses sentimentales" y lindezas similares.

Es en estos personajes situados en un "punto intermedio" donde radica la principal virtud de esta novela y (por lo poco que he leído hasta ahora de Arguedas) del legado arguediano: en el intento de conciliar el hombre nuevo con la tradición ("el hombre vale tanto por las máquinas que inventa como por la memoria que conserva de lo antiguo"), en la tentativa de frenar los intentos de corrupción del indio ("Se empeñan ahora en corromper al indio (...) y convertirlo en miserable imitador, en infeliz gente sin lengua y sin costumbres"), en la denuncia de la explotación de las clases desfavorecidas, en la búsqueda perpetua de una esperanza  y de un entendimiento en medio del horror ("Queremos la técnica, el desarrollo de la ciencia, el dominio del universo, pero al servicio del ser humano, no para enfrentar mortalmente a unos contra otros ni para uniformar sus cuerpos y almas, para que nazcan y crezcan peor que los perros y los gusanos, porque aun los gusanos y los perros tienen cada cual su diferencia, su voz, su zumbido, o su color y su tamaño distintos. No rendiremos nuestra alma")

Un único "pero" le voy a poner a la novela: la quizá excesiva simplificación a la hora de catalogar a la ciudad como fuente de todos los males y la sierra como un mundo, en cierta manera, idílico. No sé yo si todo es tan sencillo, la verdad.

En cualquier caso, da igual. El Sexto es una gran novela, mucho más accesible para un lector europeo que la aquí reseñada "El zorro de arriba y el zorro de abajo" y, por tanto, un punto de partida más "sencillo" para adentrarse en la obra de este gran escritor del que seguiréis teniendo noticias en ULAD.

También de José María Arguedas en ULAD: El zorro de arriba y el zorro de abajo

sábado, 9 de febrero de 2019

Jacques Chessex: El vampiro de Ropraz

Idioma original: francés
Título original: Le vampire de Ropraz
Año de publicación: 2007
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable

Curioso lo de este Jacques Chessex: durante años, uno de los más notorios escritores suizos, autor de un montón de libros, entre novelas, relatos, ensayos y poemarios, ganador del premio Goncourt en 1973 por El ogro (también el Goncourt de poesía) y de otros prestigiosos premios del ámbito francófono... Y además, pintor (relacionado en España con Antonio Saura). Sin embargo, hasta donde yo he encontrado, sólo se ha publicado en castellano aquella El ogro y esta otra novelita, El vampiro de Ropraz. Lo que no deja de sorprenderme porque tras leerla, me queda de lo más evidente que Chessex era un muy buen escritor (digo era, porque falleció en 2009 de una manera algo chocante: de un infarto, en una bibliotaca pública, en la que daba una conferencia, cuando alguien del público le recriminó su apoyo a Roman Polanski, arrestado entonces por la policía suiza).

El vampiro de Ropraz es, en efecto, una buena novela corta, a la que quizá se le puede hacer el reproche, preciamente de resultar demasiado corta-no llega a las 100 páginas- ; en realidad tampoco sé hasta qué punto se le puede considerar una novela, puesto que pertenece a ese género, tan en boga en los últimos años (y, aunque no sólo, con especial fruición entre escritores en lengua francesa, como Carrère, Echenoz, Binet o Deville) consistente en tomar un hecho, generalmente no demasiado conocido, o a un personaje real y novelar su peripecia. Supongo que habrá ya un término, a ser posible en francés...algo así como "roman verité" para esta tendencia, ya casi escuela, literaria, pero lo desconozco (se ruega a los filológos o historiadores de la literatura que se puedan dejar caer por este blog, si es que hay alguno, que me saquen de dudas). En este caso, el hecho real, más real que en un telefilme de Antena 3, ocurrió en 1903, en unos pueblos del cantón helvético de Vaud, cerca de Lausanne, aunque en lo que por entonces podríamos llamar la "Suiza profunda" -el primer capítulo del libro es bastante contundente, al respecto- sucedieron unos hechos de lo más escabroso y hasta horripilantes: las tumbas de unas jóvenes recién fallecidas fueron profanadas y sus cuerpos mancillados y mutilados de forma brutal. Abstenerse de esta lectura los espíritus sensibles, por cierto...

(Aviso: no sé si lo siguiente se puede considerar un "spoil... perdón, "estropeamiento", dado que se trata de hechos históricos, pero por si acaso lo comento). El primer villorrio donde sucedió fue Ropraz, de ahí el título, pero la cosa se repitió hasta que fue detenido un sospechoso bastante ad hoc y cuya figura despertó pasiones bastante extremadas -y en todos los sentidos-, así como el interés médico y, por supuesto, periodístico de la época. Un sospechoso de ser "el vampiro de Ropraz" que (y pido perdón por el nuevo "spoiler", si lo hubiera) tuvo además un fin bastante curioso, según sugiere el autor del libro. En fin, lo más interesante de la novela, amén de la muy buena prosa que gastaba el señor Chessex, es la incerticumbre en la que nos deja el escritor sobre el presunto culpable: ¿ha sido el autor de tan vomitivos hechos o no?, se pregunta el lector durante buena parte del libro. Pues cada cual ha de decidirlo y, sobre todo, asumir con responsabilidad la decisión tomada. Aplíquese esto a casos judiciales presentes, pasados o futuros que nos pillen más cerca.

Nota de ruego final: ya podía alguna editorial  recuperar para el lector en español la obra de este escritor. Si no Anagrama, quizás alguna de las muchas y buenas independientes (Impedimenta o Libros del Asteroide, por mencionar las más conocidas), pues creo que encajaría perfectamente en su catálogo. En fin, ahí lo dejo...

viernes, 8 de febrero de 2019

Marta Alonso Berná: Bárbara Maravilla


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

Una anodina oficinista transformada en arrebatador objeto de deseo para el varón más influyente que se le acerque a menos de cincuenta metros. La fortuita combinación de bebida energética más compresa con alas más interruptor de microondas en la estructura química personal de la protagonista desencadena una reacción molecular única hasta hoy en la especie humana y el sistema linfático de Bárbara Maravilla experimenta una mutagénesis de traca. Igual les recuerda al argumento de algún superhéroe con capa y flequillo o también al erotismo desatado de Milo Manara, pero el explosivo arranque mutante de la nueva novela gráfica de Marta Alonso Berná consigue mantener su onda expansiva de desparpajo, lascivia y lucidez a lo largo de las más de ciento cincuenta páginas en que se prolonga esta magnífica historieta.

Por supuesto, el argumento es completamente disparatado. Pero funciona. La trama es un continuo de giros inesperados, donde caben tiernas carantoñas y ácidos comentarios, estampas cotidianas y escenas que las personas corrientes imaginamos a los dueños de este cotarro. Bárbara Maravilla es un personaje entrañable y precioso, cotidiano y fantástico, familiar y sensual, cabal y salvaje, y es precisamente esa mejunje de sensaciones y de capas de significados y de argumentos narrativos uno de los motivos que hace de su lectura un ejercicio muy recomendable. 

En Bárbara Maravilla caben asuntos como la inagotable sed de beneficios de la industria farmacéutica, las ayudas al desarrollo para los países pobres o las organizaciones secretas en las que las grandes fortunas manejan los hilos del planeta pero también lo conveniente de que al órgano sexual femenino se le rinda el respeto que merece o de sacudirse la perspectiva paternalista o el poso colonial. 



Bárbara Maravilla es un personaje liberado y sexy pero mantiene gracias al dibujo naturalista y a los colores suaves que la envuelven una personalidad cercana, cotidiana. No se trata del prototipo de mujer híper atractiva, ceñida, brillante, misteriosa, con curvas de vértigo a la que nos tiene acostumbrado el imaginario tradicional al respecto. En su cuerpo apreciamos lorzas, su rostro es común, sus rasgos corrientes, nada excepcionales. Al contrario, ha visitado al psicólogo cada semana durante años y sus anhelos, miedos y reacciones están en la media. Y. sin embargo, las escenas más tórridas, los revolcones de deseo y frenesí, están plasmados con una sencillez y convicción sorprendentes, resultando asimismo una verdadera delicia los momentos post-orgasmo. Algunas escenas resultan memorables, como la irrupción de hordas de bebés en una sesión del Europarlamento, la entrada de la protagonista en la estancia donde se encuentran reunidos los líderes del G7 o la desesperada lucha del presidente ruso abatido por la ausencia de su amada. Y personajes secundarios como el policía Sanchidrán o el cura misionero Juan de Dios aportan a la historieta matices y perspectivas cándidos, cómplices y enriquecedores.



Marta Alonso Berná (Barcelona, 1971) se licenció en Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid y completó su formación en la Universität der Kunstë (UDK) en Berlín  y en la UIB de Palma, donde realizó un master de animación por ordenador. Ha desarrollado diversos proyectos fotográficos y en 2013 publicó Recuerdos de perrito de mierda, su primer cómic, donde con abundante ternura y humor contaba la vida y sucesos de María Fuencisla, una filósofa que enviudó trágicamente aunque nunca dejó de estar bien arropada por su incondicional grupo de amigas. Y por un caniche ineludible que siempre encuentra hueco en los cómics de la autora.

jueves, 7 de febrero de 2019

Reseña + Entrevista: Tú, ¡cállate!, de Laura Huerga y Blanca Busquets

Idioma original: catalán/castellano
Título original: Tu, calla!/Tú, ¡cállate! 
Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable

Estamos asistiendo, últimamente en España, a un momento en el que los derechos de los ciudadanos son recortados, día tras día y de manera alarmante. Parece que en pocos años se ha abierto la veda a limitar, recortar y restringir derechos y libertades que costaron mucho conseguir, y corremos el riesgo de que en poco tiempo los perdamos de nuevo. Nos acercamos a tiempos que nos llevan a épocas oscuras de nuestro pasado, y libros como el presente sirven para encender una luz que nos despierte, que ilumine ante nuestros ojos la realidad de lo que está pasando.

Así, la obra que nos ocupa es un libro de denuncia, y su título contundente y el subtítulo que lo acompaña ya lo indican claramente. Estamos en una clara lucha entre la censura y el derecho a la libertad de expresión y manifestación. Del resultado de esta confrontación depende nuestra libertad, aunque ya avisó Angela Davis que «la libertad es una batalla constante» y, por tanto, siempre hay que estar atentos.

Con la censura como elemento nuclear, ya en las primeras páginas las autoras nos ponen rápidamente en antecedentes y narran el origen y propósitos del libro. Así empiezan mencionando la reforma del Código Penal y la Ley Mordaza, ambas aprobadas el 1 de julio de 2015 como respuesta principal a tres movimientos que ponían en jaque, a través de la desobediencia civil, un estado heredado del franquismo y regido por la constitución de 1978: el 15M, Podemos y el soberanismo catalán. A ello, hay que añadir la irrupción con fuerza de movimientos reivindicativos antifascistas, la plataforma PAH, las protestas por el soterramiento del AVE en Murcia, manifestaciones feministas...  Mucha desobediencia civil para un estado acostumbrado a atar en corto a sus ciudadanos. ¿La respuesta del estado ante el cambio de paradigma social y tanta reivindicación? Más represión, a través de un endurecimiento del Código Penal y la aprobación de la Ley Mordaza (ley criticada por asociaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, entre otras y medios internacionales como el New York Times, que afirmó que la ley recordaba a los tiempos de Franco).

Con este propósito censor y represivo, la aprobación de la Ley Mordaza es clave, ya que modificando la tipificación de algunos delitos y pasando otros a ser infracciones administrativas en lugar de penales, se elimina la presunción de inocencia; en lugar de que la fiscalía tenga que probar la culpabilidad, es el supuesto infractor quien debe probar la inocencia y hacerlo por encima de la presunción de veracidad y la discrecionalidad de los agentes policiales. Si a ello le sumamos una falta de investigación sobre las prácticas que llevan a cabo los cuerpos y fuerzas de seguridad, tenemos un sistema policial regido por una gran dosis de impunidad. La propia ONU ya denunció la manera en la que la ley estaba redactada y el peligro que suponía debido a la restricción del derecho a la libertad de expresión que implicaba; también, en un artículo escrito por «UN experts», se avisaba que «tal y como están definidos los crímenes, podrían criminalizar aquellos que convoquen manifestaciones pacíficas». El resultado y el ejemplo más evidente de esto es la detención y acusación de rebelión a Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, por haber participado en una manifestación pacífica. A día de hoy, siguen en prisión provisional, sin haber sido juzgados aún, más de un año más tarde de aquellos hechos.

En un escenario geopolítico como en el que nos encontramos, la situación de alerta terrorista que vive Occidente y en concreto España fue utilizada por parte del gobierno para instrumentalizar el miedo y el populismo, aprobando una ley que tenía también como propósito atacar directamente la libertad de expresión y coartar las libertades de los ciudadanos. Así, una interpretación sesgada sobre lo que es «Terrorismo e incitación al terrorismo» sirve al aparato estatal para criminalizar la actuación, por ejemplo, de los CDRs (Comités de Defensa de la República) y convertir manifestaciones pacíficas en posibles actos de terrorismo. Como ejemplo, la acusación de terrorismo a dos personas (Adrià Carrasco y Tamara Vila) por el simple hecho de levantar las barreras de un peaje en una acción de resistencia pacífica. Pero no únicamente el aparato represor se escuda en unas leyes ambiguas y difusas, sino que también tiene el soporte y complicidad de los medios de comunicación afines al poder, que crean un relato de violencia (incluso antes de que haya detenciones) para justificar acciones posteriores. Los medios difunden miedo a través de mentiras, el estado actúa. Todos perdemos. Así, la estrategia es clara: se crea la noticia acompañándola de lenguaje bélico, se genera un ambiente donde la opinión pública consienta cualquier medida, y luego se aplica la (supuesta) justicia. La prueba del endurecimiento del código penal es que ha habido más sentencias por enaltecimiento del terrorismo después de la renuncia definitiva de ETA a las armas que antes de ese hecho.

La consecuencia directa de ello no es únicamente la censura ejercida por el estado, sino también la propia autocensura. Y es que la detención de hasta 76 personas entre 2014 y 2016 por comentarios en Twitter tienen como objetivo este efecto autocensor, en claro detrimento de la libertad de expresión. Como ejemplo evidente está el de Cassandra, acusada de enaltecimiento del terrorismo por tuitear un chiste sobre Carrero Blanco. La autocensura aplicada por un doble motivo: por el posible procedimiento judicial penal, pero también por el perjuicio que causa el mismo al implicado en su vida laboral, a su estado de salud, etc. En los casos tratados, sea el acusado absuelto o no, en el propio proceso ya está el castigo.

Algo similar ocurre con la incitación al odio; la ley fue creada pensada para proteger grupos vulnerables o tradicionalmente discriminados o minorías desamparadas o en riesgo de exclusión social. Sin embargo, no ha sido así, atribuyendo delitos de incitación al odio a los críticos contra la policía nacional, el PP o la Monarquía, todos ellos estamentos en clara posición dominante y lejos de encontrarse en una situación de vulnerabilidad. Hay cargos por delitos de odio a propietarios de un restaurante por negarse a servir a la policía tras el referéndum del 1O, o un civil que se puso una nariz de payaso al lado de un policía. Y la diferencia de trato es aún más evidente si nos fijamos en una cierta impunidad del que la extrema derecha parece gozar por parte de la policía, fiscalía y sistema judicial. Una impunidad que tiene como resultado una ayuda a favor de la represión.

En el capítulo dedicado a la ley mordaza se habla de la facilidad con la que las críticas a los estamentos policiales se transforman en faltas de respeto con las consiguientes multas a quien las realiza. Y todo ello también se hace extensivo al colectivo de periodistas, que son obstaculizados por hacer su labor, atentando contra la libertad de información. Hay que poder ser crítico con el sistema, pues en caso contrario nos acercamos demasiado a un estado totalitario. El libro destaca varios casos de aplicación restrictiva de la ley mordaza, con multas a periodistas y manifestantes, con un objetivo claro que vas más allá del castigo puntual: el objetivo final es el de atemorizar y avisar al resto de la población; si haces esto, te ocurrirá lo otro, así que cuidado. Así, se veta el debate, se elimina el pensamiento crítico, se restringe la opinión, se censura la discrepancia, se criminaliza la disidencia.

El libro también trata sobre las consecuencias de todo ello, que consisten principalmente en un aumento de la represión hacia la libertad de expresión que conduce a la autocensura, y la represión de la libertad de manifestación conduce a la desmovilización. De hecho, Amnistía Internacional explica de manera clara que manifestarse es un derecho y que “las autoridades tienen una obligación positiva de facilitar el desecho de reunión”, ¿ocurre así en España? De hecho, el propio Tribunal Constitucional afirma que “el espacio urbano no es solo un ámbito de circulación, sino también un ámbito de participación, por lo que cualquier corte de tráfico o invasión de calzadas producido por el curso de una manifestación puede incluirse en los límites del artículo 21.2 CE.”. ¿Con lo que afirma el TC, sería entonces terrorismo cortar una autopista? No debería serlo, pero actualmente podríamos ser acusados de ello. El resultado de ello es un exceso de autocensura en la población, convirtiéndonos nosotros mismos en represores de la libertad de expresión.

El libro está repleto de ejemplos que ponen en evidencia esta interpretación abusiva, sesgada e interesada de la ley, además de los ya mencionados anteriormente. Así nos habla de los casos de Pitu y Apurtu.org, Valtònyc, Ermengol Gassiot, y Cesar Strawberry, Pablo Hásel, los chicos de Altsasu, Willy Toledo, la criminalización de los CDRs, la existencia de presos políticos catalanes y denuncias contra profesores por hablar de los hechos del 1 de octubre, entre muchos otros casos.

A pesar de ser un ensayo con gran trasfondo jurídico-legal, las autoras han conseguido redactarlo de manera sencilla, haciéndolo totalmente accesible a cualquier lector, y es de agradecer, pues no parecía tarea fácil. Además, se nota el gran trabajo de documentación realizado, pues se nombran y se explican múltiples casos donde se hace evidente este retroceso en los derechos humanos. Se trata, por tanto, de un libro muy necesario en el que se pone de relieve la deriva represora de un estado que, en lugar de adaptarse a las demandas de la sociedad a la que debe dar respuesta, opta por intentar acallarla. Independientemente de la posición política que se tenga, el libro es necesario porque habla de algo que, ideología política aparte, nos concierne a todos: el derecho a la libertad de expresión y manifestación. Y aunque retrata casos ocurridos en el estado español, el libro también puede ser de interés para aquellos que, desde fuera, quieran ver lo que actualmente ocurre en España, una de las supuestas democracias avanzadas. Así estamos.

Y para profundizar un poco más sobre el momento en el que nos encontramos, hablamos con una de sus autoras, Laura Huerga, que amablemente ha aceptado participar en esta breve entrevista:

¿En qué momento decidisteis lanzaros a escribir sobre esta temática? ¿Cuál fue el detonante?
La acumulación de casos en un tema tan delicado como el de la libertad de expresión y que, como editorial, es nuestra obligación defender con más ahínco incluso. Era un listado que, al principio pretendía ser una enumeración de injusticias, y que se acabó convirtiendo en una voluntad expresa de querer conocer nuestros derechos y entender las leyes que los vulneran. También nos interesaba saber quién o qué intereses podría haber detrás.

En una sociedad donde constantemente vemos nuevos casos de censura, debe ser difícil escoger un momento en el cual terminar el libro. ¿Cuál fue el motivo final que os dijo "tenemos que sacarlo ya"?
Teníamos la sensación de que para que el libro sirviese de algo, tenía que salir pronto. Pedro Sánchez había prometido la derogación de la ley mordaza y cuando empezó el debate en el Congreso ya sólo se hablaba de posible reforma. El libro pretende concienciar sobre la necesidad de la derogación para recuperar derechos humanos fundamentales como la libertad de expresión y de manifestación, aunque en realidad sólo es una de las cosas que se tendrían que hacer para proteger estos derechos.

En el libro comentáis, mencionando la tesis de Naomi Klein, que los gobiernos aprovechan momentos de crisis en los que la sociedad está centrada en salir adelante para implantar medidas poco populares. ¿Creéis que la sociedad ha apartado la mirada ante los abusos, o incluso hay cierta parte de la sociedad que, por ignorancia o incluso por interés, ha callado ante los recortes sobre la libertad?
El gobierno español lo ha utilizado de tal manera que parecía que siguiera las instrucciones de la propia Klein como si fuera un manual de la represión. En cuanto al resto de nosotros, siempre hay motivos por los que callar, sin duda. Desde el riesgo personal hasta el interés. Desde el miedo al otro hasta la explotación de una situación de vulnerabilidad de ese mismo otro. Pero callar ante estas injusticias es lo mismo que ejercerlas. Es consentir. Es legitimar.

Tras la publicación simultánea en catalán y castellano, ¿el público lo ha recibido de igual manera?
En catalán ha funcionado mucho mejor que en castellano, pero es cierto que el apoyo de la prensa catalana ha sido imprescindible para su difusión. Es algo que aún tendríamos que trabajar en la edición castellana, así como la presencia de actos fuera de Cataluña que ayudarían también.

Este libro se ha publicado en un momento en que la situación se estaba haciendo ya insostenible, pero tras el auge de partidos como VOX parece que no estamos aún en el peor momento. ¿Creéis que en un corto plazo de tiempo será necesario sacar un nuevo volumen para denunciar nuevos casos?
A cada nueva noticia tomamos notas para actualizar los contenidos. Lo cierto es que algunos de los casos han tenido alguna actualización, pero no es relevante para el hilo que sigue el relato. Los casos nos ayudan a explicar los agujeros, vacíos, vaguedades y errores, tanto de la ley mordaza como de la reforma del código penal. Y dado que sigue pasando con otros nombres y en otros sitios, el discurso sigue teniendo el mismo interés.

Pregunta final, y hablando de autocensura, ¿os ha influenciado de algún modo a la hora de escribir el libro? ¿Os habéis autocensurado o lo habéis escrito con total libertad?
No nos hemos censurado y hemos realizado un ejercicio de autocrítica muy intenso para que así no pasara. Nuestro editor incluso nos hizo una broma, señalando un párrafo que no desvelaré, sobre qué tipo de pastelitos preferíamos que nos llevara a prisión. A veces el humor es el único revulsivo que nos queda.