Mostrando entradas con la etiqueta escritores hindúes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escritores hindúes. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de junio de 2023

Rabindranath Tagore: La casa y el mundo

Idioma original: bengalí
Título original:ঘরে বাইরে  Ghôre Baire 
Traducción: Ramón Rocamora
Año de publicación: 1916
Valoración: Imprescindible

Debo admitir mis reticencias previas: por lo que yo sabía, Tagore fue un excelente poeta que, a día de hoy, en el contexto actual, quizá haya quedado demasiado espiritual y recargado para los gustos occidentales, algo así como muy “happy flower”: Desea lo que quieres y el universo conspirará para conseguirlo (¿era así?). Ese tipo de chorradas tan de moda que parecen una mezcolanza de espiritualidad oriental y chuches de colores. Mr. Wonderful y todo eso.

O al menos esos eran mis prejuicios (ya les adelanto que han cambiado completamente) antes de haber leído en serio nada de él, solo ojeado algunos aforismos y poesías; este, por cierto, y perdónenme el inciso, es un debate que ya he mantenido numerosas veces, el de la poesía traducida: cierto es que la traducción es la única manera que tenemos de comprender obras escritas en lenguas que no entendemos, pero no es menos cierto que al cambiar el lenguaje se pierde el ritmo, la métrica, la cadencia. Instrumentos imprescindibles, al menos para mí,, donde la literatura y la música se hermanan. Y otro hecho también verídico es que los primeros contactos que tuvimos en el mundo hispano con la obra de Tagore fueron traducciones de segunda mano: del bengalí al inglés, y de este al español. No hace falta que recordemos el juego del teléfono escacharrado. Y ojo, todo esto con el mayor respeto, agradecimiento y admiración a Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez; pero no es lo mismo. 

Así que mi confrontamiento con esta obra no prometía mucho: me esperaba una historia trasnochada y con moraleja adoctrinante pero con un estilo recargado, una ornamentación muy trabajada y buenas metáforas. O algo así, más o menos. ¿Qué me encuentro? Pues que acerté de pleno en el estilo (bellísimas metáforas, gran plasticidad y ductilidad en el uso del lenguaje y la oratoria en todos sus personajes, sin lugar a dudas de haber existido serían todos ellos poetas recordados), pero mis predicciones fracasaron rotundamente en cuanto al argumento: es esta una obra extraordinaria. Qué gran novelista tuvo que ser Tagore, qué novela tan buena es esta y qué agradable sorpresa me llevaba a medida que la iba leyendo. Qué ganas de leer otra obra suya.

Ambientada en la India a comienzos del siglo XX, es una novela río y bastante breve: a través de tres personajes, que formarán un triángulo celoso, más que amoroso, se nos narra la totalidad de la historia. Bimala es la mujer de Nikhil, un acomodado maharajá, y Sandip Bapu es un revolucionario político amigo del matrimonio.

La cosa es que Nikhil es un buen hombre, un gran hombre, visto incluso en su posición económica y a día de hoy. En muchas malas novelas aparecen protagonistas santos, inmaculados, guiados por una absoluta bonhomía que se enfrentan a los prejuicios de su tiempo: claro, es fácil proyectar nuestra moralidad en personajes del pasado. Lo que es difícil es crear un personaje cuya moralidad, más de 100 años después, siga siendo admirable; Tagore debió de ser una persona extraordinaria para tener esa clarividencia moral.

Y es que uno de los puntos fuertes, el que a mí más me ha gustado y me ha convencido de la grandeza de la obra, es la gran inteligencia emocional de la que hacen gala los tres personajes protagonistas, tanto para lo correcto como para lo discutible. Son humanos, en distintos momentos defienden distintas posturas, los hechos acaecidos en su entorno les afectan e influyen en su comportamiento. Tagore maneja magistralmente tres personalidades diferentes, su evolución e involución (según el momento) y nos regala una obra mayúscula en la que, en un espacio muy breve – es una novela realmente corta – nos da a todos una lección de psicología conductual.

En cuanto al argumento, un breve esbozo: En una India muy influenciada por la Inglaterra de entonces, Nikhil es un hombre de mentalidad moderna, europeizado, y proporciona a su mujer Bimala (la verdadera protagonista de la obra) una educación formal y muy avanzada para su tiempo. Sandip Bapu y su movimiento ultranacionalista entran en escena, y el matrimonio, cada uno a su manera, simpatiza con él. El telón de fondo político, así como otros personajes secundarios (la malévola e incisiva cuñada, el inocente a la vez que valeroso Amulya Babu, y el maestro de Nikhil, donde veo claramente una parodia del típico yogui que yo creía que Tagore fue) ayudan a redondear la trama.

¿Resumen? Muy fácil: imprescindible.

Otras obras de Rabindranath Tagore reseñadas en la ULAD aquí.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Pankaj Mishra: La edad de la ira


Idioma original: inglés
Título original: Age of Anger. A History of the Present
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable


¿Dónde estamos exactamente? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué nos está pasando? ¿Qué relación tienen, en cualquier país del mundo, los acontecimientos de los últimos años con lo que ha sucedido antes y con lo que ocurre en otros sitios? Pankaj Mishra no tiene una respuesta simple, pero intenta contestar a estas cuestiones trazando una panorámica ideológica y social de alcance internacional desde la Ilustración europea hasta nuestros días. Partiendo de una extensísima bibliografía, que maneja con soltura gracias a su amplia erudición, el autor va trazando una ruta que comienza, transita y acaba en una palabra clave: resentimiento. Un resentimiento que comenzó a hacerse visible con Rousseau y llega hasta nuestros días.

“Estamos más cerca de entender el resentimiento actual cuando reconocemos  que éste surge de un deseo humano intensamente competitivo de convergencia y semejanza, más que de diferencias religiosas, culturales, teológicas e ideológicas.” “Las contradicciones y los costes del progreso de una minoría, largamente silenciados por el revisionismo histórico, se han hecho visibles a escala planetaria”.

El siglo XXI, al menos desde 2008, parece anunciar la decadencia de un modelo que arrancaría allá por el XVIII. Fue entonces cuando dio comienzo un proceso imparable que, a partir de la idea de progreso, fue poniendo en contacto las zonas más apartadas, universalizando los conocimientos y las formas de vida y creando expectativas de riqueza y desarrollo. Esto dio lugar a la progresiva desaparición o irrelevancia de comunidades sencillas, fuertemente cohesionadas, con costumbres y creencias tradicionales y sin excesivas ambiciones. Su promotor fue la Enciclopedia (Diderot, Voltaire etc.), y Rousseau –a pesar de formar parte de esa élite intelectual que logró secularizar la vida pública– el gran aguafiestas que creyó ver la semilla de todos los males en esa modernidad incipiente. El hedonismo, ambición y laicismo que promovió la nueva meritocracia sustituyeron a los antiguos ideales evangélicos, a partir de ahí, Occidente se fue volviendo narcisista y acabaría contagiando a gran parte del planeta, para bien y para mal. Pues un estado de cosas impuesto por una élite dio lugar –gracias al auge de tecnología, ciencia e industria– a desigualdades y actitudes despóticas y a un incremento de los ideales expansionistas justificados por las teorías de Darwin. Esto originó conceptos como democracia, revolución y socialismo. O lo que es lo mismo, competencia a todos los niveles. Tras el colonialismo, los nuevos estados independientes tuvieron que evolucionar a marchas forzadas para adaptarse a modelos occidentales que se habían gestado a un ritmo mucho más lento. En algunas zonas, fanáticos e intolerantes se presentaban como salvadores de la humanidad e imponían por la fuerza una vuelta a los valores tradicionales. La acracia predicaba una rebeldía destructiva como engañoso medio de conseguir la libertad, los magnicidios se multiplicaban y la represión se hizo más virulenta.
Todos estos hitos históricos han sido impulsados por líderes de opinión (filósofos, literatos, científicos, gobernantes) que pusieron en marcha las grandes corrientes de pensamiento y cuyas personalidades e ideas se exponen con bastante detalle. De aquí surge un panorama que engloba varios siglos y enlaza todas las áreas del planeta en una relación de causa-efecto bien documentada y justificada en base a la idea inicial: parece evidente que la superioridad y prepotencia de un sector de la humanidad no podían mantenerse indefinidamente. El siglo XXI ha traído consigo la pérdida de los puntos de referencia espacio-temporales y con ello la fe en el futuro. Los excluidos de la humanidad proliferan, el contrato social se ha roto produciendo una nueva clase: el precariado, las leyes del mercado en la aldea global han hecho coincidir las aspiraciones, y aunque nadie se responsabiliza de nada, el futuro parece augurar una hostilidad procedente tanto del ámbito natural como del humano, convergiendo ambos en abierta rebelión contra quienes han dilapidado los recursos… y contra todos los demás de rebote.

“No basta con culpar a la infamia política, la prevaricación financiera y los medios de comunicación. La guerra civil global es también un hecho profundamente íntimo; su línea Maginot discurre por los corazones y almas individuales. Tenemos que examinar nuestro propio papel en una cultura que alienta una vanidad insaciable y un narcisismo vacío.” 

Pues, como es obvio, las redes sociales no nos van a salvar aunque lo parezca.


Traducción: Eva Rodriguez Halffter y Gabriel Vázquez Rodríguez

jueves, 28 de febrero de 2019

Rabindranath Tagore: Gora

Idioma original: bengalí
Título original: গোরা (Gora)
Año de publicación: 1910
Valoración: Se deja leer

Rabindranath Tagore estuvo más o menos de moda allá por los años 70 del siglo pasado, mucho después de haber ganado el Nobel de literatura (1913). La fama le llegó por dos vías distintas, en apariencia muy alejadas pero con puntos en común: el movimiento hippie y ciertos ámbitos católicos progres, o al menos renovadores. El rollo de las filosofías orientales, cuajado de metáforas y apelando a lo inmaterial tenía tirón para aquellas dos tendencias. En ese orden de cosas tenía yo la opción de La escuela del papagayo, que va precisamente de eso, enseñanzas profundas sobre nuestro yo, la trascendencia, y cómo el hombre se relaciona con la naturaleza, ese tipo de cosas. Pero me sonaba demasiado a Coelho (alumno aventajado (?), cien años más tarde) y mi estómago no lo permitió. Me decidí entonces por Gora, que lucía sus robustas 500 páginas justo al lado en la estantería, algo más convencional y digerible.

Gora es una novela que, a pesar de su volumen, tiene más bien poco desarrollo. Tenemos a dos jóvenes amigos, casi hermanos, Gora y Binoy, que pasan el tiempo en discusiones de gran calado en torno a la sociedad india, dos cerebritos de familia brahmán muy implicados en la cosa de las tradiciones y la ortodoxia religiosa. Por un encuentro fortuito entran en contacto con la familia, ideológicamente opuesta, de Paresh Babu, en la que hay varias chicas y, bueno, la controversia cultural se mezclará enseguida con los asuntos del corazón. En sus vidas irrumpirán sentimientos hasta entonces ignorados, y los problemas se multiplicarán en razón a las diferencias religiosas. Esa es un poco la clave y requiere una pequeña explicación.

Todavía bajo la dominación inglesa –que por cierto nadie parece poner en cuestión- la sociedad india se divide entre los ortodoxos (defensores de las tradiciones a ultranza, ritos y divinidades, estricta separación en castas) y el Brahmo Samaj, una especie de partido-religión monoteísta y, para entendernos, de cierto matiz modernizador o liberalizador de las costumbres. Gora y su amigo están en el primer grupo, Paresh y sus hijas en el segundo. La verdad es que el planteamiento recuerda inmediatamente a la actual sociedad musulmana, donde la rigidez del integrismo convive malamente con posiciones más flexibles. Pero hay que precisar que ambos bandos son en el caso indio igualmente irreductibles y en cierta medida impermeables.

Precisamente lo que plantea la novela son las posibles grietas en esos dos bloques, es decir, cómo empiezan a ponerse en cuestión los dogmas a partir de las relaciones personales entre individuos de ambos lados. La cuestión tampoco se presenta exactamente en una perspectiva sentimentaloide del amor rompiendo barreras en modo montesco-capuleto, sino en un plano más intelectual y religioso que remite a la propia evolución de Tagore, que pasó de militar en el Brahmo Samaj a adoptar posiciones más próximas a la ortodoxia. La tolerancia asoma en las dos partes sobre todo a través de los miembros más veteranos, Paresh de una parte, y la madre de los chicos de otra. Los mayores reúnen sabiduría y sosiego, como mandan los cánones orientales, y son capaces de transigir con las diferencias que otros se empeñan en establecer como insalvables. A su vez, los protagonistas más jóvenes, mediatizados por las emociones personales, terminan por asumir que sus esquemas culturales necesitan alguna dosis de flexibilidad. La entereza intelectual de los personajes, en especial Binoy, empieza a ponerse en cuestión, y su ánimo flaquea al encontrarse de cara con la realidad, bien en las relaciones interpersonales o  desde el punto de vista social.

Es en mi opinión el valor más interesante del libro, la capacidad para dibujar con trazo muy fino estos personajes dubitativos, con la personalidad aún no terminada de formarse y las certezas adolescentes en peligro de derrumbe. Tagore tiene una gran capacidad para empatizar con todos sus personajes, incluso con los menos agradables, y entender (y mostrar al lector) la posición de aquellos en cada diálogo, en cada gesto o saludo. Son sujetos complejos, su entorno difiere mucho del grupo familiar clásico occidental, y todo ello se enreda con los prejuicios ideológicos y las diferencias sociales, pero la buena mano del autor hace más fácil comprender sus puntos de vista.

Por el contrario, la narración carga con un lastre importante: la cuestión cultural y religiosa centra absolutamente todo el argumento y está presente en la totalidad del relato, desde el principio hasta el final. Todo gira en torno a esta cuestión, lo cual genera numerosos y extensos diálogos dando una y mil vueltas a lo mismo. Y si al principio resulta interesante, transcurrida la mitad del libro –quizá menos- el lector es consciente de que no le espera mucha más novedad y, claro, el asunto se pone un poco cansino. Solo el sorprendente giro final consigue sacudirnos un tanto, aunque tiene poco recorrido y en mi opinión no se le saca el partido que hubiera sido posible. 

Puede que para alguien sumamente implicado en el tema (alguien del lugar y de la época, el propio autor desde luego) resulte muy interesante, incluso hasta decisiva, tan larga dialéctica sobre el particular. Pero si valoramos el texto como lo que es, una novela, por muy de tesis que se quiera, la verdad es que resulta bastante reiterativa y al final, pues eso, lo que cualquiera pudiera temerse: un poco o bastante aburrida.

Y bueno, amigos, esto es lo que han dado de sí los últimos diez años de reseñas en Un libro al día.


Otras obras de Rabindranath Tagore reseñadas en la ULAD: Aquí

jueves, 3 de mayo de 2018

Gerald Durrell: Filetes de lenguado

Idioma original: inglés
Título original: Fillets of Plaice
Traducción: Marta Sánchez Martín
Año de publicación: 1971
Valoración: Está bien


No suelo leer libros como este, pero a veces las cosas vienen solas, uno coge casi al azar un libro de la estantería, y a veces acierta, otras muchas no. También me resultó llamativo que el pequeño de los Durrell acumulase hasta tres títulos diferentes en esta mi modesta biblioteca, superando claramente a su famoso hermano Lawrence: Animales en general, un pequeño opúsculo que recuerdo haber leído hace mucho y del que nada me ha quedado; Mi familia y otros animales, que llegó recientemente como regalo; y este Filetes de lenguado, sobre cuyo título comentaré luego, perdido entre volúmenes de mucha más enjundia, con aspecto decrépito y poco atractivo. Como parecen atestiguar las continuas referencias faunísticas, Gerald Durrell fue un naturalista por lo visto bastante conocido, lo cual tampoco me suscitaba demasiado interés literario. Pero, con todo, me decidí.

Bueno, pero ¿qué era eso de ‘libros como este’? Pues un librito simpático, compuesto por media docena de relatos divertidos, intrascendentes, en los que se busca el entretenimiento y nada más. El primero de los textos son unas pocas páginas en las que se cuenta el origen del extrañísimo (y yo creo que un poco disuasorio) título, que carece de cualquier significado y es solo la consecuencia de una broma de Lawrence, que retó al autor a utilizar un título más o menos homófono a su Spirit of Place. Y ahí quedó ese Fillets of Plaice. Aunque la anécdota ni siquiera tiene demasiada gracia, este primer relato señala muy bien el espíritu que guía al resto del libro: perfil autobiográfico, uso del ingenio y buenas dosis de eso que se conoce como ‘humor inglés’.

Efectivamente, la familia Durrell aparece en pleno en La fiesta de cumpleaños, que narra una disparatada travesía en barco por la costa de Corfú, donde residieron algunos años. Es en mi opinión el mejor de los relatos, junto con el siguiente, Un traslado de tortugas de agua dulce, donde Gerald describe su primer trabajo, todavía adolescente, en una tienda de animales. Aunque parecería que se trata de otra historieta cómica sin más, resulta muy apreciable la finura con que se dibujan varios personajes de cierto aire dickensiano, outsiders entrados en años que parecen vegetar en insólitos comercios de un callejón, pero que esconden singularidades de toda una vida, rasgos sorprendentes que descubrimos entre la melancolía y el sarcasmo. Durrell se muestra diestro para observar ese pequeño mundo desde los ojos de un chaval, sorprendido, algo temeroso, siempre divertido.

Los tres relatos restantes son en mi opinión algo inferiores, quizá porque ya se ha perdido el factor sorpresa, o porque el autor tiende a recargar los gags un poco más de lo debido. Y aquí me voy a permitir una reflexión que creo que es extensible a todo el humor inglés: al menos para el lector continental, cuando la ironía se desborda y se hace omnipresente, y las agudezas se multiplican sin medida, la gracia se pierde y el conjunto termina por resultar un poco enojoso. No sabría decir si es lo que les llega a ocurrir a estos últimos relatos del libro, pero se le aproxima bastante, y además se pierde con ello el encanto del ritmo más pausado de los iniciales.

Con todo, para mí ha sido una experiencia tener entre manos un libro así, sin más pretensión que la de contar unos historias divertidas como lo haría un amigo en la barra de un bar, eso sí, con buenas dotes de narrador y siendo capaz de ceñirse a su objetivo. Tomándolo así, como es, este Filetes de lenguado seguro que nos hace pasar un buen rato.

P.D: Da un poco de pudor clasificar a Durrell como 'escritor hindú' (actualmente se considera más correcto 'indio'), pero lo cierto es que, al igual que sus padres, nació en la India, aunque aún era colonia británica. Así que atendiendo a criterios geográficos le he asignado la etiqueta correspondiente, al mismo tiempo que la de 'escritores británicos', que entiendo como una definición más bien cultural.

También de Gerald Durrell en ULAD: Mi familia y otros animales

sábado, 1 de abril de 2017

Saroo Brierley: Un largo camino a casa

Idioma original: inglés
Título original: A Long Way Home / Lion
Año de publicación: 2013
Valoración: interesante

No soy nada aficionado a leer memorias ni (auto)biografías: así a bote pronto solo recuerdo haber leído Mi último suspiro de Buñuel; la magnífica La escritura o la vida de Jorge Semprún y, hace muchos años, Confieso que he vivido, de Neruda. Y poco más. Me acuerdo de ver, en Irlanda y Reino Unido, estanterías enteras dedicadas a (auto)biografías de personajes famosos, desde Tony Blair a David Beckham, y pensar: "buf, qué pereza". Y tampoco habría leído esta si no fuera porque estoy dando una asignatura sobre "narrativa de viajes" con un foco importante en la India, y este libro, y la película que se rodó a partir de él, me servía para discutir algunos temas.

Para quien no se sitúe aún, Un largo camino a casa es el libro autobiográfico en el que se basó la película Lion, estrenada el año pasado, con Dev Patel (el chico de Slumdog Millionaire) en el papel de Saroo. El libro narra la vida del autor, Saroo Brierley, desde que con cinco años se queda dormido en un tren de largo recorrido y se ve separado de su familia biológica en un pueblo remoto de la India; hasta el momento en que, muchos años más tarde, y después de haber sido adoptado por una familia australiana, decide intentar reencontrar a su madre y a sus hermanos, usando Google Earth y los recuerdos fragmentarios del momento de la separación. (Voy a intentar no desvelar si lo consigue o no, para quien no haya leído el libro o visto la película).


Más allá de la "historia humana" (sic), que desde el principio lo tenía todo para convertirse en un melodrama de tintes hollywoodienses, uno de los aspectos que me parecen más interesantes es el proceso por el que esta historia se ha ido transformando, sucesivamente, en programa de televisión, libro y película; un proceso en el que la no-ficción va atravesando cada vez más filtros e intermediarios, y aumentan, legítimamente, las dudas sobre la veracidad o fidelidad de lo que se nos presenta.

En el programa de televisión, las cámaras grababan la vuelta de Saroo a su aldea natal (aunque el hecho mismo de haber cámaras ya afecta, claro, a la espontaneidad y naturalidad de todos los intervinientes); en el libro, Saroo, convertido en una celebrity (por lo menos en Australia) y ayudado, imagino, por profesionales de Penguin, escribe sus memorias, seleccionando, ordenando, comentando y, quién sabe, dulcificando o alterando sus recuerdos, procesos que son inevitables en cualquier escritura autobiográfica, y más aún en una destinada a un mercado comercial. En la película, la disneyficación de la historia es evidente, sobre todo en segunda mitad del metraje: se añaden una subtrama romántica (que en el libro ocupa dos páginas aproximadamente); el personaje atormentado de su hermano adoptivo Mantosh (que en el libro es mencionado en dos capítulos y de pasada) o la relación de adoración hacia su hermano Guddu (cuando en realidad con quien Saroo tenía una relación más próxima era con su hermana más pequeña, Shekila).

No se trata de exigir verdad absoluta, porque ni eso existe, ni tiene por qué ser la finalidad de la literatura (incluso la memorialística). Se trata solo de estar críticamente atentos a los trucos empleados para convencernos de que "esto pasó así", trucos que son, curiosamente, similares en el libro y en la película. En el caso del libro, naturalmente, está la identidad [aparente] entre autor, narrador y personaje; pero además tenemos, al final, unas fotografías reales del propio Saroo, desde que ingresa en un orfanato indio hasta que vuelve a la India ya convertido en adulto. En la película, además del clásico mensaje inicial ("Basado en una historia real"), antes de los créditos finales se recuperan algunos segundos del metraje grabado por la televisión australiana, así como algunas fotografías auténticas de Saroo (muchas, tomadas directamente del libro). También la ficción, por ejemplo en la obra de G. W. Sebald, se ha valido ocasionalmente de estos trucos para convencernos de que "esto pasó así", por no hablar de la oleada de obras autoficcionales que nos inundan, y en las que la desconfianza crítica tiene que ser todavía mayor.

Sospecho que no es esto lo que interesa a la mayor parte de los lectores, que lo que buscan es emocionarse con una historia verídica de miseria, dolor y superación (un objetivo, por otra parte, perfectamente legítimo). Para este tipo de lectura, Un largo camino a casa es un libro efectivo (más efectivo que la película, me atrevo a decir), precisamente por su desnudez estilística y narrativa: salvo por una disposición de la acción destinada a crear suspense (por ejemplo, con su principio in media res y su inevitable flashback posterior), la obra cuenta la vida de Saroo con pocas digresiones y muy pocas florituras. Quizás se extiende demasiado en la parte final, después del viaje de vuelta a la India que es, al fin y al cabo, el clímax natural de la narración, pero hasta ese punto consigue mantener el interés y el suspense con una trama dickensiana de niños perdidos y diferencias de raza y clase. El contexto indio y australiano, que añade exotismo y misterio, también ayuda.

sábado, 29 de octubre de 2016

Semana del Libro de Culto. Salman Rushdie: Los versos satánicos

Idioma original: inglés
Resultado de imagen de los versos satanicos amazonTítulo original: The Satanic Verses
Año de publicación: 1988
Valoración: Muy recomendable


Cuando un producto cultural, de la naturaleza que sea, acumula tantas iras, tantas amenazas, tanta violencia soterrada, tanto peligro latente como esta novela, cuando reúne esa cantidad de detractores, algunos de ellos con el poder suficiente para llevar a cabo lo que prometieron, es de suponer que, recíprocamente, disfrutará de admiradores consecuentes que defiendan y admiren al artista objeto de tanta animosidad. Sobre todo si, como es el caso, esta no tiene ningún fundamento. Y así suele ser casi siempre: la literatura y el arte no son responsables de nada, únicamente señalan aquello que les llama la atención.
Hay otro motivo para asociar Los versos satánicos a la idea de culto, y es que trata de él, precisamente. Al constituir una crítica, más o menos implícita, de lo que representan las religiones en general y, en particular, la musulmana, considero que la expresión va como anillo al dedo a la novela más polémica de Salman Rushdie.
A mí me ha parecido un texto tan hermoso como caótico (en apariencia), inverosímil, alocado, iconoclasta, tal como apunto más arriba, y bastante divertido, siempre que consigamos desentrañar unas claves no siempre al alcance de todos. Y de esto, de su evidente cualidad críptica, surge una contradicción, porque a la complejidad de los referentes simbólicos se añade que el relato no es lineal, que alterna realidad con ficción, los personajes terrenos con los sobrenaturales, que los planos se superponen, que su verosimilitud depende de las pautas establecidas desde un principio y nunca de la experiencia del lector, que las huellas del realismo mágico están por todas partes. Con estas condiciones, no parece probable que influya mucho en una gran mayoría de fieles. Y si no representa un peligro apreciable, si nadie va a apostatar después de leer esta novela, aventuro que, quizá, el castigo sufrido -no solo por el autor- se deba fundamentalmente a su audacia, a que constituye un aviso a caminantes, a la necesidad de un escarmiento para que, en lo sucesivo, nadie se atreva a embarcarse en una aventura de esa índole, a plantear preguntas sin respuesta, o mejor, a plantear preguntas cuya respuesta no está fuera sino dentro de ellas mismas.
Admirablemente construida a pesar de su complejidad, debe mucho –igual que otras de este autor– a Carpentier, García Márquez, al Nabokov de Ada o el ardor y a la descarada e icónica ironía de El maestro y Margarita de Bulgakov, entre otros. Pero quizá la mayor deuda sea la contraída con Kafka, no olvidemos que a partir de este autor las metamorfosis forman parte de nuestro bagaje literario, un fenómeno que aquí se produce a menudo. Cito como más representativas las experimentadas por Gibreel, Ayesha y Saladin.
Los actores Gibrael Farishta (Ángel Gabriel) y Saladin Chamcha son los únicos supervivientes de un accidente de aviación producido a consecuencia de un atentado terrorista. El primero, que representa la bondad, y al que ocasionalmente acompaña una aureola luminosa, padece trastornos de personalidad que se van agravando con el tiempo. El segundo –que se hace ateo, reniega de su origen, rompe con su acomodada familia hindú y triunfa en las Islas Británicas como (proteico) actor de doblaje– experimenta una metamorfosis diabólica a consecuencia del accidente.
A este plano, de carácter algo más realista, se superponen realidades fantasmagóricas, personajes de fábula que, como justificación, acaban convertidos en parte del elenco de películas protagonizadas por los anteriores. Es el caso de Ayesha, la joven visionaria que, con el loable propósito de sanar a una enferma incurable e inspirada por Gibrael (en su faceta sobrenatural), arrastra a su pueblo a una insensata peregrinación rumbo a La Meca surcando las aguas a la manera de Moisés. Pero Ayesha es también el nombre de una esposa de Mahoma y en la novela una de las integrantes de un burdel.
En este intrincado laberinto casi todo tiene su correlato, sea en episodios históricos o en pasajes del Corán. Se narra el origen de las profecías de Mahoma despojándolas de su origen divino, la traición de sus rapsodas y escribanos, la del bíblico Abraham abandonando mujer e hijo en medio del desierto, se desvelan oscuras decisiones sobre la adopción de divinidades para que sirvan a intereses políticos.
Sin embargo, y a medida que progresa la acción, las certezas se van diluyendo hasta lograr que los polos opuestos cambien radicalmente de signo. El ángel, en su combate con Mahoma, acaba convertido en demonio y sus versos se consideran satánicos. En el ámbito terrestre, las personalidades de los dos protagonistas, con el tiempo, también se invierten. Los versos satánicos que Saladin recita cumplen su objetivo de sembrar la discordia, pero la auténtica maldad reside en su oponente. Finalmente, Rushdie optará por condenar a Gibrael y salvar decididamente a Saladin.
Aunque de forma sutil, en boca de sus personajes y enredado entre las diferentes historias, Rushdie manifiesta su pensamiento. Apuesta por la duda, que considera lo opuesto a la creencia. Defiende la razón en detrimento de la fe. La poesía es solo un modo de expresar la belleza –y en la novela hay pasajes muy poéticos– que no debe tomarse al pie de la letra. Los profetas no existen. Lo verdaderamente dañino es el fanatismo. El racismo es bidireccional y aparece en todas partes.
Podría seguir.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Aravind Adiga: Tigre blanco

Idioma original: inglés
Título original: The White Tiger
Año de publicación: 2008
Valoración: Muy recomendable

El cuerpo de un hombre rico es como un cojín de algodón de primera calidad: blanco, blando y liso. Los nuestros son diferentes. La columna de mi padre era como una cuerda llena de nudos, como las que usan las mujeres en los pueblos para sacar agua del pozo; su clavícula trazaba una curva protuberante en torno al cuello, como el collar de un perro; infinidad de cortes, muescas y cicatrices, como si fueran las marcas de un látigo, cubrían todo su pecho hasta la cintura, e incluso hasta la cadera y los glúteos. La historia de un hombre pobre está escrita en su cuerpo con un lápiz muy afilado.” (*)

No se puede ser más claro. Este contraste entre los extremos se refleja con la misma contundencia en todas y cada una de las páginas de Tigre blanco. El autor consigue que aflore una India sin clases medias, donde la pobreza es miseria y esclavitud mientras al otro lado reina la opulencia y la arrogancia. El artificio literario consiste en que el narrador cuente su vida al primer ministro de China en vísperas de una visita inminente a su país porque se siente obligado a informar de cómo es la India en realidad a un mandatario comunista. Durante siete noches va construyendo el relato de sus andanzas desde que era un niño sin nombre (en casa no tuvieron tiempo de ponérselo) hasta el momento presente cuando, convertido en próspero empresario, contempla la araña de su despacho –ostentoso símbolo con el que intenta borrar el recuerdo de antiguas penalidades– mientras echa a volar la memoria.

Desde el principio comprendemos que Adiga no va a andarse con paños calientes. La vida en esas condiciones es extremadamente dura: humillante, insoportable, insana. Para cualquiera pero mucho más para un niño. En un ambiente como el que describe, es preciso luchar para salir a flote, atacar como única defensa, y hacerlo con uñas y dientes, sin reparar en lo que se tritura y desgarra. Y, si a pesar de todo, asoma algún remordimiento, lo mejor es echárselo a la espalda y seguir adelante. Porque el protagonista es un ser sensible: se da perfecta cuenta del sufrimiento de los demás y no deja de dolerle. Pero reprime su instinto compasivo igual que ahoga esa tendencia a la servidumbre que se le ha inculcado casi desde antes de nacer. El recuerdo de su padre, al que adoraba, no le incita a seguir sus pasos sino a todo lo contrario, rechazar la sumisión, corregir sus actos, de alguna manera, a vengarle.

Un tigre blanco, ejemplar raro de una especie poderosa y metáfora tan eficaz como otras muchas que encontraremos en el texto. Balram se identifica con él y así quiere presentarse al mundo, pero antes –como en los viejos relatos iniciáticos– tendrá que superar dos pruebas: la primera es matar, la segunda, cambiar de nombre. Desde muy pronto se nos pone al corriente de las dos. En ese punto, la idea nos parecerá una aberración, sobre todo porque conocemos la identidad de la víctima, pero según va avanzando el relato, y por obra y gracia de las argucias narrativas del autor, vamos identificándonos con el personaje y comprendiendo su radical falta de clemencia.

Esta es una de las novelas en las que la figura principal posee tal atractivo que es capaz de invadir todo el conjunto. También el típico relato bien hecho: sólido, perfectamente construido, verosímil y a la vez lleno de crudeza, no exento de ironía e intención satírica y, sin embargo, divertido y ameno. Tierno, ingenuo incluso, repleto de metáforas convincentes y efectivas descripciones y con un climax escrupulosamente medido para que la tensión no decaiga nunca.  

  

(*) Traducción de Santiago del Rey

miércoles, 19 de junio de 2013

Colaboración: Delhi no está lejos de Ruskin Bond

Idioma original: inglés
Título original: Delhy is not far 
Año de publicación: escrita en la década de los 60, incluida en la colección Delhi Is Not Far: The Best of Ruskin Bond en 1994 como novela corta. Publicada íntegramente en 2003.  
Valoración: Muy recomendable

En esta pequeña Ciudad de la alegría unos personajes ínfimos e irrelevantes huyen de la grandilocuencia de las epopeyas. Delhi no está lejos, al menos no tanto como los sueños de los tres protagonistas que nos invitan a ser testigos de su búsqueda al mismo tiempo resignada y esperanzada.

En la soledad de vidas vacías nos transportan a una realidad fantástica, donde se juntan la epilepsia y la amistad, los sindicatos de mendigos y los fantasmas, entretejiendo los mil matices de vidas tan rotas como vivas. La ironía del relato transmite la dulce lucha por la supervivencia. Una fotografía de la India alejada de los BRICS [Acrónimo referido a los países de economías emergentes: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica], y cercana a las millones de personas que (¿mal?)viven en (literalmente) sus calles.

Quizás sea difícil desde la comodidad de nuestro asiento imaginar los cuerpos enjutos, los pies callosos y el monzón azotando la piel y el alma de los personajes. Lo que en absoluto será difícil es captar su humanidad, sentir su humildad, y relativizar nuestros problemas ante la cruda realidad de la absoluta carestía material y la ausencia de oportunidades en una India aparentemente repleta de ellas.

¿Dónde están finalmente los sueños? No tan lejos. En intimidades no del todo explicitadas, en amistades desinteresadas. La libertad, más cerca que lejos, y más prisionera de uno mismo que de cualquier otra cárcel que podamos construir como excusa a nuestra propia cobardía.

Al final nos quedamos con una historia humilde y sincera, y con una fotografía multicolor de un país indefinible. Con un sabor agridulce entre la satisfacción del sueño y la lucha por la supervivencia. Nos quedamos con la búsqueda y con el encuentro, con la partida y con la permanencia, con la libertad. Al fin y al cabo, Delhi no está tan lejos.

Firmado: Javier López Prol

jueves, 1 de abril de 2010

Arundhati Roy: El dios de las pequeñas cosas

Idioma original: inglés
Título original: The God of Small Things
Año de publicación: 1997
Valoración: Muy recomendable

Valiéndose de un tema recurrente que - a modo de puntuación rítmica - actúa igual que en un poema o una composición musical, la autora compone una obra lírica y crítica, la primera suya y única de ficción hasta el momento. Un fragmento de la realidad de la India en el que descubrimos escenarios fascinantes, ritos seculares y pasmosas contradicciones. A causa de la reiteración de dicha escena, podría parecer en un principio que el nudo de la historia queda estancado en un punto, pero no es así: avanza sin pausa, si bien lo hace a un ritmo apacible y constante, tal como transcurre la vida en aquellas latitudes.

Como telón de fondo omnipresente, vemos el sistema de castas y otras tradiciones y costumbres en permanente conflicto con el afán de modernización de algunos. Este choque de mentalidades da lugar a un conflicto de identidad latente cuya magnitud es directamente proporcional al nivel de instrucción de cada individuo.

La familia que enfoca la lente de Roy representa a un sector acomodado, emprendedor y anglófilo de la sociedad hindú de dos décadas, los 70 y los 80 del siglo XX. Quizá es también un reflejo de la propia India, dividida entre su pasado propio y las influencias foráneas, y sintiéndose vacilar entre las dos.

Pero el carácter metafórico de los personajes no anula las identidades individuales de ninguno de ellos: mujeres fuertes aunque amordazadas por el peso de la costumbre, un cabeza de familia impuesto por las circunstancias y cuyo absoluto poder en el ámbito privado resulta un peso excesivo para sus indecisos hombros y, finalmente, los niños: las víctimas. El silencio, los prejuicios, la mala suerte - que acostumbra a cebarse con aquellos que arrastran un peso superior a sus fuerzas -, la moral de doble rasero, el juicio constante y demoledor hacia las conductas de los más vulnerables; estos, entre otros, son los materiales que van tejiendo un tapiz nada brillante, más bien de colores tristes, cuyos destellos ocasionales habrá que atribuir sólo a las lágrimas.

Casi todos los personajes son víctimas, todos acaban errando como seres humanos que son. No estamos ante una crónica de maldades, sí de mezquindades diversas pero, sobre todo, de asunción silenciosa de la carga - colosal - que los siglos han ido gestando y que acabará derrumbándose sobre estos seres comunes que nunca podrán entender qué les ocurrió.

Esta novela (ganadora del Booker 1997) fue un best seller cuando llegó a España. Aunque imagino que, si fuese posible registrarlos, la cifra de lectores reales quedaría muy por debajo del de ventas.