martes, 31 de marzo de 2020

Álvaro Enrigue: Ahora me rindo y eso es todo

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Hace ya algún tiempo (demasiado, lo sé, pero el tsundoku es lo que tiene) coincidieron en las mesas de novedades de las librerías españolas dos novelas históricas que, curiosamente, se desarrollaban en la misma parte del mundo pero en épocas diferentes, aunque más o menos consecutivas (*): una de ellas es Comanche, de Jesús Maeso de la Torre, novela de cubierta ferrerdalmauesca y hálito un tanto rocabareano (el que quiera, que me entienda...) que narra la lucha de los soldados de la caballería española del siglo XVIII, los llamados "dragones de cuera", contra los pérfidos indios comanche en el territorio que hoy es el Sudoeste de los Estados Unidos y en aquella época, parte del Imperio Español. Una lucha que tenía por objeto, además, proteger al pueblo apache, mucho más buenecitos por entonces (al menos, los lipán). reconozco que, de momento, no he sido capaz de terminar esta novela, y dejémoslo ahí... La segunda novela, que ocupa la reseña de hoy, es del mexicano Álvaro Enrigue y tiene un vuelo literario un poco más elevado: en este caso nos habal de la guerra de los últimos apaches libres -aquí su papel ha cambiado-, liderados por el legendario Gerónimo, contra las tropas tanto mexicanas como gringas, en ese inmenso territorio que se abría, casi desienrto entonces, a ambos lados del río Grande o Bravo del Norte, y que en este libro y en aquella época se concía como la Apachería.

En verdad, la trama de la novela se extiende desde los comienzos de la república mexicana, cuando Gerónimo era aún un niño llamado Goyahkla (Bostezo) y todos esos territorios formaban aún parte del recién nacido (o renacido) México, hasta su muerte en un campamento militar de Oklahoma en 1909, con un mayor detenimiento en la rendición en 1880, de los últimos apaches chiricahuas que, liderados por él y por el jefe Naiche, habían estado peleando contra los ejércitos mexicano y estadounidense, poniéndoles en jaque pese a la increíble desproporción de fuerzas: los apaches eeran unos 27, entre guerreros, ancianos, mujeres y niños. Todo está contado no tanto desde el punto de vista de los indios -aunque si que nos da un repaso a las figuras más destacadas de estas guerras apaches, como fueron, además de los jefes ya mencionados, otros como Victorio, Nana o el casi mítico Cochise- como de quienes les combatían o fueron espectadores de su lucha y posterior rendición; de hecho, la mitad del libro narra las vicisitudes del teniente coronel Zuloaga, de Chihuahua, para dirigir una improvisada y harto peculiar partida de rescate de una mujer mexicana secuestrada por el jefe Mangas Coloradas y sus bravos. También una buena parte está ocupada por el testimonio de los militares artífices de la rendición de Gerónimo. Y por último (y aquí tenemos el tributo, ya casi obligatorio, a la moda autoficcional que aún nos atormenta), el autor nos cuenta ciertas aventurillas de su propia vida durante la concepción de este libro, en especial el viaje que, junto a su familia, hizo desde Nuevo York, donde reside (ya se sabe que es condición muy recomendable para ser un escritor latinoamericano no vivir en Latinoamérica), hacia los estados del sudoeste de USA, pasando por el campamento militar que fue la última morada y tumba -en parte- de Gerónimo y otros célebres apaches. De este viaje volveré a tratar en breve, porque tiene cierta miga.

La idea de Enrigue era, sobre todo en la segunda mitad del libro, ir trenzando todas estas voces e hilos literarios para construir una narración coral y, desde luego, no lineal, sobre el destino final de los apaches chiricahuas, que él identifica con el proceso -por no decir guerra más o menos abierta- que comenzó con el descubrimiento y conquista del continente americano, hasta que, desde luego en Norteamérica, los pueblos indígenas quedaron arrinconados definitivamente por los de origen europeo, los "ojos blancos". También encontramos una cierta reivindicación del orgullo patrio mexicano e incluso de la mexicanidad de Gerónimo y compañía (lo que no deja de ser cuestionable, puesto que con quienes más se batieron el cobre los apaches, y a quienes más odiaban, en consecuencia, fue con el ejército mexicano, justamente). Todo esto está muy bien; el problema es que, salvo que hay algún momento en que esta combinación de voces o hilos narrativos funciona como supongo que pretendía el autor -al final, sobre todo-, pero también una parte del libro en el que esta forma de novelar resulta bastante confusa y sólo la salva el hecho, de que Enrigue es muy buen escritor: cuando toma una de estas líneas narrativas y la sigue sin interrumpirse a sí mismo, es capaz de llevar a cualquier lector por donde quiere, con su mezcla de cotidianidad histórica, épica trufada de ironía y humor (y, por cierto, qué delicia leer ese "castilla" de México, recreado, además, con una buena cantidad de arcaismos para al ocasión, o eso supongo).

Lo del viaje: resulta que Álvaro Enrigue está casado con la también escritora Valeria Luiselli y este viaje desde Nueva York es el mismo que inspiró el libro Desierto sonoro (ya reseñado en ULAD, por supuesto). Sin meternos a comparar ambas novelas, resulta curioso comprobar como una misma experiencia puede dar lugar a dos obras literarias diferentes, aunque quizás complementarias, en cierto modo.

(*) Por si a alguien le interesa, entretanto ha sido publicada la novela de Ignacio del Valle Coronado, sobre la conquista española de estos mismos territorios en el s. XVI, con muy buenas críticas.

Otros libros de Álvaro Enrigue reseñados en Un Libro AL Día: Muerte súbitaLa muerte de un instalador

lunes, 30 de marzo de 2020

Malditas cubiertas: El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald

¿Qué tiene esta historia y sus protagonistas que resultan tan magnéticos y envolventes? Ese Jay y esa Daisy, fabricados de un precioso cristal líquido que se escurre entre los dedos del lector. Esos conflictos tan particulares y complejos, ese retrato de un momento tan crucial —y volátil— en el seno de la alta sociedad neoyorquina. El gran Gatsby es el claro ejemplo de cómo se narra algo absolutamente complejo para que parezca sencillo. Y si, como ya hemos visto, existen despropósitos de cubiertas para obras mucho más evidentes en su planteamiento ¿qué no nos encontraremos en este caso? Y, lo que es aún más interesante ¿cuál es el mensaje que hay detrás? 

«Hombre: esta es tu novela» 
Tan fácil como materializar las tres cosas que, por supuesto, rigen la vida de un hombre (que coinciden con las tres más recurrentes en cualquier vídeo de música trap): 
El POWER

Las PIBAS

El BUGA


«Mujer: esta también podría ser tu novela» 
Alguien cayó en la cuenta de que más de la mitad de los lectores son lectorAs y no les quedó otra que tratar de seducirlas con aquello a lo que jamás podría resistirse ninguna mujer como dios manda: 
ROMANTICISMO (la parejita)

TENSIÓN HETEROSEXUAL SIN COCHINADAS (los bailarines)

ESTAMPAS CUQUIS (costumbrismo evocador - todo bien)


«Aquí nos hemos leído la novela» 
Pero eso solo demuestra que poseer toda información no es, en absoluto, garantía de éxito. Y en este caso, el mensaje completo sería: «Aquí nos hemos leído la novela pero, sin saber muy bien por qué, vamos a disuadirte de que quieras leerla tú»

(1) Alcoholismo: diez pasos para salir a flote 
(2 y 3) NODO - Nueva York años 20 
(4, 5 y 6) Literatura pulp de género indefinido

«Aquí nos hemos visto LAS DOS películas» 
Conclusión: chulazo rubio y misterioso a las doce en punto. 


«Aquí hemos estado pensando un buen rato»
Efectivamente, lo más característico del personaje de Jay Gatsby es su misterio, lo desconocido que resulta para todos y su capacidad para reinventarse, así como su enorme soledad a pesar de estar continuamente rodeado de gente. Y tanto un hombre en la lejanía como un hombre de espaldas como un hombre sin rostro puede estar inmerso perfectamente en las disquisiciones más profundas sobre el yo en el universo como puede estar, simplemente, más borracho que una cuba. Así que, como suele decirse, si non e vero e ben trovato.















«Aquí somos muy del design»
Salimos de casa en chándal a tomar un café pero nos acabamos pidiendo unas cañas, luego unas pintas, luego unos gin-tonic y cuando abrimos los ojos, estábamos en Valencia y eran las Fallas.

«Aquí nos hemos hecho un lío pero no se nota apenas»

(1) El fantasma de la ópera se retira a su mansión de las afueras 
(2) Irma la dulce 
(3) El guardián entre el centeno II (más cínico, más apático y más proclive al suicidio) 
(4) El nuevo caso de Philip Marlowe 
(5) Memorias de Benito Pérez Galdós: jubilación en la sierra con mi gato. 

«El gran sueño americano solo puede salir de una gran cabeza americana» 
Aquí el estilo adoptado por Ignasi Blanch para la cuidada edición hecha por Nørdicalibros en 2013 me lo ha puesto fácil para el chiste. Bromas aparte, todo mi apoyo por los esfuerzos que hacen algunas pequeñas y medianas editoriales para reivindicar y reinventar las ediciones en papel de grandes clásicos como este. 

Y ya que estamos con cuestiones gráficas, acabamos con este bonito diagrama ilustrado sobre los vínculos entre los personajes de la novela. La composición y el estilo son muy elegantes, sin embargo no acabo de estar conforme con las relaciones que se establecen, especialmente con el hecho de que el coche de Gatsby tenga más peso en la trama que el propio narrador, Nick Carray. La única explicación posible sería que lo que aquí se esté valorando sea el carisma: el coche de Gatsby lo tiene (y mucho) mientras que el bueno de Nick Carraway es probablemente uno de los personajes más insulsos que nos ha dado la literatura.

domingo, 29 de marzo de 2020

Zoom: El gato negro, de Edgar Allan Poe

Idioma original: inglés
Título original: The Black Cat
Año de publicación: 1843
Valoración: Recomendable

No creo desvelar nada nuevo si digo que la literatura de terror no se encuentra precisamente en mi zona de confort, y por tanto quizá no me es fácil apreciarla debidamente. De Edgar Allan Poe había leído algunas cosas anteriores, creo que Los crímenes de la calle Morgue, Los hechos del caso de M. Valdemar y puede que alguna más. Los relatos de Poe son tan conocidos y se han prodigado de tantas maneras que seguramente conocemos muchos de ellos, por leídos o vistos en alguno de sus formatos, sin conciencia de quién es su autor. 

El gato negro es un relato muy breve, que reúne pequeñas gotas de distintos subgéneros, el terror psicológico, la intriga policial, el rollo sobrenatural, hasta algo de gore. El protagonista es un tipo de natural apacible que sufre una transformación brutal empujado por el alcohol, probablemente acompañado de algunas otras circunstancias. El desequilibrio de este sujeto está espléndidamente presentado, narrado en primera persona sin muchos detalles, los suficientes para resultar estremecedor. Y el gato, claro, el gato negro, uno de esos animales llamados a materializar el misterio, la encarnación de fuerzas oscuras, el mal en su forma más refinada. Nada que ver con el inocente pangolín, ya ven ustedes.

La atmósfera de desasosiego se introduce en el lector desde el principio, y sabemos que ocurrirá algo horrible, pero Poe evita que podamos intuir qué es, incrementa la tensión sin dar ninguna pista, porque se reserva  con celo las escenas de mayor desgarro. El resultado es una cierta desazón, el cóctel entre la certeza de la catástrofe y la incertidumbre sobre su naturaleza. 

La deriva psicológica del protagonista es el combustible de la tragedia. Él lo cuenta, apesadumbrado, sí, pero con la pausa y la frialdad necesarias para transmitir fielmente el proceso. Aparte de este personaje, sólo el gato tiene entidad para ocupar parte de la escena, lo demás es por completo secundario, casi inexistente, incluida la esposa del protagonista, limitada a ser objeto, no sujeto, de la acción. Esta concentración de figuras –el actor único y el gato antagonista- hace más claustrofóbico el desarrollo de la narración, como si nada importase al margen de ellas dos, un extraño combate exclusivo entre la furia humana y un poder misterioso, posiblemente maligno, no está claro.

Es indudable que Poe tiene un instinto especial para narrar este tipo de historias. Dosifica los elementos, los mezcla y alterna según los tiempos, el lenguaje no interfiere en la misión (esa sobrecarga de adjetivos que acompaña a Lovecraft, por ejemplo) y resulta moderno, limpio, eficaz. Un puñado de páginas que se leen sin sentir pero que dejan una incomodidad, la sensación de habernos movido por atmósferas insanas, de haber asistido a la eclosión de la maldad, al imperio de la violencia, la sinrazón, la venganza. Quizá hasta alguna forma de justicia ciega.

También de Edgar Allan Poe en ULAD: Berenice / LigeiaNarraciones extraordinarias

sábado, 28 de marzo de 2020

Jürgen Osterhammel: El vuelo del águila


Idioma original: alemán

Título original: Die Flughöhe der Adler: Historische Essays zur globalen Gegenwart
Año de publicación:2017
Valoración: Muy recomendable para interesados


Este es un volumen construido a base de fragmentos, pero se trata de artículos muy amplios, de algunas decenas de páginas, divididos en capítulos. El historiador alemán Jürgen Osterhammel repasa aquí las cuestiones que han sido objeto de toda una vida de estudio: fundamentalmente la historiografía como disciplina y el concepto de globalización. Este último inicia abruptamente el texto con dos capítulos, algo áridos pero también muy ilustrativos para el lector profano en la materia. Afortunadamente, tanta erudición se compensa con su faceta de observador curioso y atento.
Estamos acostumbrados a utilizar el concepto globalización en singular pero, según dice, no existe una sola sino muchas, y sus efectos pueden ser de signo positivo (ej: exportación del concepto derechos humanos) o negativo (tráficos ilegales diversos). Lo evidente es que, desde los años 90, el mundo se ha convertido en una gran urbe donde toda comunicación es posible. La globalización  no solo tiene efectos positivos, también altera, destruye y produce desequilibrios. Lo que entendemos por tal tiene precedentes históricos (religiones, imperios, redes comerciales) que se han intensificado con el tiempo, por eso cabe preguntarse si se trata de una realidad definitiva o puede experimentar retrocesos.
En este primer apartado, el autor analiza las transformaciones que se produjeron en el mundo a partir de la Primera Guerra, la mayor o menor influencia mutua dependiendo del momento, el papel que jugaron las nuevas técnicas de comunicación y transporte o las normas legales de alcance internacional en la progresiva uniformización de las costumbres, sin olvidar otras, como el hundimiento de la URSS, que también han transformado el panorama global aunque su origen sea de otro tipo.
De paso, critica la idea excesivamente optimista del progreso como fuerza irreversible cuyo poder transforma y perfecciona las sociedades sin posibilidad de retorno. Y, entre otros aspectos, resalta que las asimetrías, tanto nacionales como internacionales, ni se han erradicado ni llevan camino de hacerlo.
En la actualidad, el hecho de que determinadas conductas indeseables puedan ser divulgadas a través de las fronteras no ha conseguido erradicarlas, ni mucho menos, aunque la jurisdicción penal internacional las pueda frenar en cierto modo. Por otra parte, ni siquiera Internet ha sido capaz de eliminar cien por cien las fronteras, ya que la censura de algunos países ha logrado restringir el flujo de datos con éxito. En cambio, existen hábitos de consumo y ocio, así como referencias culturales que ya han sido adoptadas por la mayoría de las culturas.
La situación actual favorece el cosmopolitismo, aunque no de forma automática. Esto es obvio pues actitudes cosmopolitas son las que eliminan etnocentrismos diversos o las que anteponen el bienestar general a la acumulación de beneficios, superando afortunadamente la mentalidad racista y salvadora de los que, en el s. XIX y principios del XX pretendían adoctrinar y civilizar a determinados territorios. Las primeras iniciativas para el cambio partieron de líderes concienciados de un lado y del otro. Reflexiona  también sobre el concepto de Occidente (Europa + América) frente a Oriente (todo lo demás), la prepotencia del primero, su ocasional fascinación por el exotismo de los otros o la autoproclamada necesidad de cerrar fronteras para salvaguardar privilegios o como signo de inseguridad. Oriente, a su vez, ha tenido que defenderse de su superioridad militar, intentar igualarla, o bien, como actualmente, mimetizarse en cierto modo, al formar parte de la omnipresente sociedad de consumo. Osterhammel no olvida analizar al detalle lo que denomina “el ascenso de Asia” desde el inicio del siglo XX hasta hoy. Esto incluye fases muy diversas, principalmente: colonialismo, su superación y el actual aprovechamiento de las oportunidades que proporciona la actual situación política y económica.
Asimismo, se definen términos cuyas fronteras son difusas, guerra, revolución, guerra civil, ilustrando sus similitudes y diferencias con el análisis de sucesos históricos. Pero su objetivo no es meramente teórico, tiene también una intención ética: encontrar la mejor manera de eliminar tensiones y mejorar la convivencia entre países. Él propone como grandes directrices la comunicación constante de unas áreas y otras, así como la protección de los derechos humanos (exclusión social, refugiados, trabajos insalubres o peligrosos) no solo en las zonas más pobres, también en países prósperos, sobre todo a partir de 2007 y su crisis hipotecaria. O bien estrategias diversas de protección nacional, entre estados o en defensa de los recursos naturales. De paso, menciona la protección de datos y la del individuo frente a manipulaciones virtuales de origen dudoso.
Con solo una mirada a la historia, es fácil deducir que lo que ahora consideramos fronteras incontestables y naciones construidas de una pieza no son más que el resultado de movilidades más o menos masivas y alianzas diversas entre grupos. Para entender lo que hemos sido y dónde estamos ahora, hace falta apartarse del punto de vista único y adoptar un enfoque amplio (“La historia de todos los pueblos y sociedades de la Tierra es igual de valiosa, y ninguna merece más atención que otra, aunque desde el punto de vista de unos intereses particulares, su importancia pueda no ser la misma”). Aquí llama la atención sobre el hecho de que todo lo que ocurre tiene su efecto, no solo en épocas futuras, sino sincrónicamente, en cualquier lugar del globo.  
En esta suerte de miscelánea no faltan los puentes y su valor simbólico como lugar de paz opuesto al concepto de frontera, ya que trascienden “el abismo que separa al paisaje de la técnica”, son aliados del comercio e inspiración permanente de artistas. Tampoco olvida a su admirado Holderlin -cuya época estudia someramente- o la fascinación hacia el tigre como especie, tan temido como venerado, y necesitado ahora de protección política.

“Friedrich Hölderlin prefiere el vuelo intermedio de las golondrinas y cigüeñas, y el aún más elevado del águila, altura desde la cual puede reconocer tanto los espacios menores de los seres humanos como los mayores de los continentes. , como afirma en su “Elegía del caminante”: «Donde yo, libre como alado, jugaba por las altas ramas…»

Traducción: Gonzalo García

viernes, 27 de marzo de 2020

Olga Tokarczuk: Un lugar llamado Antaño

Idioma original: polaco
Título original: Prawiek i inne czasy
Traducción: Bogumiła Wyrzykowska y Ester Rabasco Macías (ed. en castellano), Anna Rubió y Jerzy Sławomirski (ed. en catalán)
Año de publicación: 1996
Valoración: recomenable

Después de la lectura de «Los errantes», tocaba realizar una exploración más a fondo de la obra de Olga Tokarczuk, tras su proclamación como ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2018. Su estilo reflexivo, fragmentado, en determinadas ocasiones incluso poético, invitaban a profundizar en la obra de la autora polaca. Y decidí emprender mi propio viaje a Antaño, un viaje a una tierra inconcreta, pero especialmente un viaje a lo largo del tiempo.

A diferencia de «Los errantes», donde la historia englobaba todo el mundo y sus protagonistas eran personas errantes que viajan por todo el planeta, aquí nos encontramos con lo opuesto. Los protagonistas están todos ubicados en Antaño, región imaginaria que podríamos situar en medio de Polonia, y quien viaja no son sus personajes, sino el tiempo, que llega, deja su marca, su huella, y sigue su camino, barriendo vidas en ocasiones, sueños en otras, y dejando a su paso dos guerras mundiales, una ocupación rusa y múltiples atrocidades e infinitas desilusiones. De hecho, su título original («Prawiek i inne czasy») podría traducirse como «Antaño y otros tiempos», título más acorde al contenido del libro y a la idea que sobrevuela la narración.

Cabe indicar, de entrada, que uno no debe sentirse abrumado por la descripción geográfica del territorio que abre el libro ni los arcángeles que lo custodian. Su incidencia en la novela es mínima. Aun así, la autora, nos marca los límites geográficos de Antaño, para ubicarnos en el escenario donde se desarrollará toda la historia, para dejarnos claro que no nos moveremos de ahí y deja un ligero poso mental de límites geográficos, de encierro, de reclusión, de sitio. Y nos sitúa también temporalmente en el inicio de la historia de manera clara: año 1914, justo en el inicio de la primera guerra mundial.

Con esta premisa, la autora parte de uno de los personajes principales, Genowefa, que ve como su marido va a la guerra antes de que pudiera decirle que esperaban un hijo. Partiendo de este acontecimiento, y con capítulos cortos y altamente fragmentados (algo que parece ser un sello estilístico en la autora), Tokarczuk ya da una primera pincelada de qué nos quiere presentar: la vida de diferentes personas del pueblo, que de manera entrelazada tejen un mosaico desde el que nos hablan de la guerra, de la espera, del infortunio, de la vida y de la muerte. Así, los diferentes personajes aparecen y desaparecen, mientras la vida sigue para unos y se detiene para otros, sumergidos en una idea global de penurias y dificultades.

El estilo de Tokarczuk nos transmite escenas cotidianas, pequeñas historias que se entrelazan en un entorno muy delimitado, donde los personajes son retratados con personalidad muy propia sin que ninguno de ellos cope el protagonismo de manera absoluta, sino que es el entorno y las relaciones entre ellos los que ocupan el núcleo central de la novela, aunque sin dejar de lado las propias historias de cada uno; leer este libro es como echar una ojeada a las vidas y a lo que ocurre en las distintas casas, con la añadidura que, a las historias de sus habitantes, se les unen las de algunos animales (como una serpiente) que también participan de manera activa en la historia y nos la cuentan desde su punto de vista; salvando las distancias, me ha recordado en este aspecto a «Canto yo y la montaña baila» de Irene Solà por la fragmentación y el relato distribuido que caracterizan ambas novelas, aunque el tono y el estilo es muy diferente.

Los episodios (muy breves en algunos casos) o fragmentos empiezan por un «Tiempo de...» porque en el fondo, ese es el propósito de la autora, narrar sobre el tiempo, sobre cómo trascurre incidiendo en la vida de unas personas con vidas sencillas, en un lugar cualquiera. En una narración que roza en ocasiones lo místico, lo religioso y lo onírico como elementos orgánicamente integrados en los propios personajes, en el propio territorio y cultura popular, y que han hecho de Tokarczuk una autora clave en el realismo mágico; el estilo de la autora es muy terrenal, muy arraigado a un paisaje y es, a partir de él, donde la narración coge forma y se expande a través de unos personajes que nacen y mueren, viven y sueñan, anhelan y sufren. Porque esta novela trata de ilusiones y desesperos, dificultades y logros, pérdidas y éxitos.

Antaño se convierte en esta novela en una tierra de paso, de tropas alemanas primero, rusas después, pero también una tierra de paso de sus habitantes, de vidas cortas y alteradas, de fugaces deseos que la realidad explosiona y difumina; Antaño es realmente una tierra de paso, pero de paso del tiempo, que deja su marca en los elementos que, de manera transitoria, coinciden en un tiempo y una tierra, transitando en el devenir de una era de guerras y penurias. Un paso casi efímero, que tal y como indica Tokarczuk en uno de los pasajes del libro «el rasgo más característico de todo aquello que vio Izydor era la temporalidad».

Por todo ello, a pesar de ser un libro algo irregular, al que cuesta entrar al principio por la narración fragmentada y por algunas historias que en principio no tienen suficiente interés más allá del potente estilo narrativo de Tokarczuk, el libro mejora a partir de su mitad, volviéndose más duro y contundente. Es en su segunda mitad donde la narración avanza de manera firme e implacable con sus personajes, pero sin perder ni un ápice de su proximidad emocional. Porque, a pesar de esa contundencia y de las desgracias narradas, Tokarczuk consigue que conectemos con los personajes, que suframos con ellos, con Misia, con Izydor, y nos encariñamos de ellos mientras somos testigos que el tiempo avanza de manera inexorable haciendo mella en sus vidas y en sus deseos, y también en la de todos nosotros.

También de Olga Tokarczuk en ULAD: Los errantes

jueves, 26 de marzo de 2020

Delphine de Vigan: Basada en hechos reales

Idioma original: francés
Título original: D'après une histoire vraie
Año de publicación: 2016
Traducción: Javier Albiñana
Valoración: Recomendable

A estas alturas no puedo ocultar mi total admiración por Delphine de Vigan, cuya intuición, sensibilidad e inteligencia brillan especialmente en la concepción y la materialización de este thriller psicológico. ¿Estoy diciendo entonces que Basada en hechos reales es mejor que su antecesora, Nada se opone a la noche? No. Y que quede claro desde ya: NADA es mejor que Nada se opone a la noche, pero precisamente sobre esa premisa radica el mérito de esta novela sucesora que nadie esperaba. 

Resumen resumido: Delphine sobrevive como puede a la resaca mediática y psicológica que ha supuesto el éxito atronador de su novela basada en su familia y, aunque no lo comparte con nadie, alberga serios temores a no ser capaz de escribir nada más. En ese momento vital de inseguridad emocional y creativa hace acto de presencia una mujer, «L», que se convierte en el puntal indispensable para la estabilidad física y psicológica de la escritora. 

Basada en hechos reales es todo un tratado de intenciones, prácticamente un ensayo velado sobre los límites entre realidad y ficción. Delphine de Vigan construye este artefacto inspirado en algunas obras de Stephen King para responder (o no) a la pregunta con la que más veces se ha enfrentado desde que se publicó Nada se opone a la noche: ¿Todo lo que has escrito es verdad? Imagino que tanto en su papel de escritora como en el de sujeto paciente de su anterior novela, esa pregunta tiene que haberle quitado muchas horas de sueño. Pero ella sabe que esa pregunta en realidad se está desviando del verdadero debate: 
«Raras son las personas que formulan las verdaderas preguntas, las que importan.» 
Y que la convención ficción-realidad en la literatura no es algo que haya inventado ella. No obstante, la autora se ve obligada a pronunciarse con esta novela en relación a esos límites entre ficción y realidad, y lo hace adentrándose en otro terreno que ya ha explorado en sus obras anteriores: los límites entre cordura y demencia. 
«Si no captas la pequeña vena de la locura de alguien, no puedes amarlo. Si no captas su punto de demencia, has perdido la ocasión. El punto de demencia de alguien es parte de su encanto.» 
Basada en hechos reales es, por todo eso, un ejercicio inteligentísimo mediante el cual Delphine de Vigan desactiva la pregunta maldita al tiempo que sale reforzada como escritora en un momento de su carrera en el que nadie apostaba por un «continuará...» 

En lo puramente narrativo, nos encontramos con una serie de aspectos ya conocidos en la autora, así como con otros específicos de esta novela: 
  • De nuevo nos hallamos frente a esa narrativa orgánica que resulta imposible analizar por partes, todo está íntimamente imbricado bajo una apariencia de sencillez a pesar de la complejidad que alberga. 
  • La voz narrativa de Delphine de Vigan se nos aparece de nuevo como un canto de sirena capaz de arrastrarnos ya desde los primeros renglones sin necesidad de recurrir a ningún gancho. No obstante, en las primeras líneas de Basada en hechos reales ya se nos anuncia una tensión en ciernes que la diferencia del resto de obras de la autora: 
    «Pocos meses después de que apareciera mi última novela, dejé de escribir. Durante casi tres años, no escribí una sola línea. Las expresiones estereotipadas deben interpretarse algunas veces al pie de la letra: no escribí ni una carta burocrática, ni una tarjeta de agradecimiento, ni una postal de vacaciones, ni una lista de la compra. Nada que exigiera un esfuerzo de redacción, que obedeciese a una preocupación formal. Ni una línea, ni una palabra. Ver un bloc, una libreta o una ficha me producía náuseas.»
  • Un narrador poco fiable. La autora/narradora nos hace cómplices desde el principio de sus dudas y de la inestabilidad emocional que la acecha, por lo que lo que cuenta queda siempre en el aire, como pendiente de confirmación. La novela avanza en medio de arenas movedizas y obliga al lector a replantearse continuamente si lo que le están explicando es verdad. 
  • El final es otra lección de literatura y el broche a toda esta tesis sobre ficción y realidad. Cada vez me gustan más esas obras que no acaban en la última página si no que se quedan dando vueltas en la cabeza del lector durante horas o, incluso, días. 
Basada en hechos reales concluye la fase de autoficción de la autora que se inició con Días sin hambre (de la que hablaremos otro día) y que tiene su mayor exponente en Nada se opone a la noche. Aunque ¿dónde empieza y acaba la autoficción? ¿podemos decir que sus obras posteriores como Las lealtades no tienen también algo de autoficción? 
«Creo que la gente sabe que nada de lo que escribimos nos es del todo ajeno. Saben que siempre hay un hilo, un motivo, una fisura, que nos vincula al texto. Pero aceptan que se trasponga, que se condense, que se disfrace. Y que se invente» 
A mí me vale.

Así que, sin duda alguna, Recomendable. Lo que, al parecer, no lo es tanto es la adaptación cinematográfica que hizo Roman Polanski en 2017. No se puede tener todo.

Otras obras de Delphine de Vigan reseñadas en ULAD: Nada se opone a la noche, Las lealtades 

miércoles, 25 de marzo de 2020

Reseña + Entrevista: Enero, de Sara Gallardo

Idioma original: Español
Año de publicación: 1958
Valoración: Muy recomendable

Siempre que se habla de “Mejores novelas escritas con menos de 30 años” aparece “El corazón es un cazador solitario” de Carson McCullers, que cuenta, a su vez, con una de las mejores primeras frases de novela. Pues bien, “Enero” fue publicada en 1958, cuando Sara Gallardo contaba con 26-27 años y cuenta también con una primera frase de una contundencia tal que constituye un llamado a la lectura inmediata de la novela.

“Hablan de la cosecha y no saben que para entonces y no habrá remedio –piensa Nefer-; todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar”

Con esta primera frase podemos adivinar la ubicación espacial de la novela (resulta curiosa la elección del campo como escenario tanto de Enero como de Eisejuaz, siendo Gallardo una autora bonaerense y siendo buena parte de la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX eminentemente urbana), que Nefer será la absoluta protagonista de la novela, que algo se cierne sobre ella y que este algo, irremediable y oscuro, tendrá terribles consecuencias.

Pero Sara Gallardo juega con el lector y en la misma primera página desvela el misterio (el embarazo de Nefer, de apenas 16 años, producto de una violación). “Enero” pasa a ser una novela diferente a la que podía parecer y su centro se desplaza del misterio, de la violación, apenas dibujada, y del embarazo, al que apenas se hace referencia, a los efectos que estos dos últimos provocan en Nefer y en la comunidad que la rodea.

Es precisamente ese giro lo que confiere a las apenas 100 páginas de “Enero” una carga y una intensidad brutal. La elección de Nefer y de los sentimientos y pensamientos que la atraviesan como núcleo del relato permiten a Gallardo combinar inocencia y madurez, mezclar el lenguaje coloquial / popular de los diálogos con el lenguaje poético de las descripciones y transiciones (casi siempre con frases que son como latigazos en la espalda) y construir la novela en base a una serie de contraposiciones y contradicciones que la dotan de variadas capas y lecturas.

En cuanto a las capas que podemos encontrar en "Enero", podemos citar:

  • La contraposición entre espacios “abiertos” y “cerrados”: la casa y la iglesia como prisiones o como espacios asfixiantes frente a un campo de horizontes infinitos que ofrece una libertad apenas entrevista. Así, paisaje y clima ser convierten en otros personajes de la novela
  • Como también ocurriera en "Eisejuaz", la contraposición entre Iglesia y creencias “indígenas”. Frente a aquella, una sensación de inferioridad y temor; frente a estas, mayor proximidad y confianza.
  • La relación entre patronos y trabajadores de la estancia. La sumisión de estos a aquellos es total y no solo en el aspecto económico.
  • Los roles que juegan Doña María y Don Pedro, madre y padre de Nefer, y por extensión el resto de personajes masculinos y femeninos
Y en cuanto a las posibles lecturas, no excluyentes entre sí, que ofrecen las apenas cien páginas de “Enero”, se me ocurren las siguientes:
  • Novela de formación o novela sobre el fin de la inocencia.
  • Novela folletinesca, con su amor no correspondido, su embarazo no deseado, etc. En este sentido, podría ligarse en cierto modo a “Boquitas pintadas” y a su contraste brutal entre fondo y forma.
  • Novela social, con su lado de denuncia de la situación de la mujer en general y de la mujer pobre en particular y con su lado de crítica a una sociedad pacata y timorata que conduce a Nefer a un final terrible
Para no extenderme más, y tal y como he dicho al principio, “Enero” es una magnífica primera novela, breve, emocionante e intensa, aunque quizá ligeramente inferior a “Eisejuaz”, que me parece mucho más ambiciosa, arriesgada y atrevida (aunque también exigente para el lector) en el aspecto formal. Eso sí, no debemos olvidar la edad a la que “Enero” fue escrita.

También de Sara Gallardo en ULAD: Eisejuaz

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En los comentarios a la reseña de Eisejuaz hizo su aparición (cosa que me hizo mucha ilusión) Paula Pico Estrada, responsable de la Editorial Winograd e hija de Sara Gallardo. Contactamos con ella vía Twitter y muy amablemente se presta a responder a nuestras preguntas. De nuevo, muchas gracias, Paula

Pese a sus escasas 100 páginas, creo que “Enero” puede ofrecer diversas lecturas no necesariamente excluyentes: novela romántica, folletín (no lo digo, ni mucho menos, en sentido peyorativo), denuncia social… ¿Con cuál te quedas tu?

Buena pregunta. Yo creo que es una novela realista social, pero sin un propósito extraliterario de denuncia. Es decir: explora mucho de los temas de las novelas sociales; en el caso de Enero podríamos hablar de la relación de poder entre las clases, entre los géneros, y entre la Iglesia y sus fieles. También podríamos hablar de las alianzas entre los poderosos, por ejemplo, entre la patrona, el violador y, de nuevo, la Iglesia. ¡Y la cuestión del aborto! Pero te puedo asegurar, también de modo extraliterario, que nada de eso pasó en términos teóricos por la cabeza de mi madre. A ella se le presentó u ocurrió una historia a partir del mundo social que conocía, y todo el resto es fruto de su sensibilidad, de su imaginación y de su amor a la lengua castellana. Es decir, de la necesidad inútil de escribir.

Solo he podido leer “Enero” y “Eisejuaz”, pero resulta curiosa la elección del campo como escenario de ambas novelas, teniendo en cuenta tanto su origen bonaerense como que la mayor parte de la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX (al menos, la que llega a Europa) es fundamentalmente urbana. ¿A qué puede deberse?

Creo que a su origen social. Por el lado materno, mi madre pertenecía a una familia afrancesada y liberal; por el paterno a una familia hispanista y nacionalista. Ambas familias estaban vinculadas con las letras, la historia, el periodismo y ninguna era terrateniente. Son familias burguesas ilustradas urbanas. En ambas familias había una percepción de que la biografía personal y la historia de la Argentina se entretejían, pero esa percepción tomaba formas diferentes. Mi abuela materna tenía horror por el campo y por los animales y un enorme orgullo por su abuelo escritor (Miguel Cané) y su bisabuelo presidente y traductor de la Divina commedia (Bartolomé Mitre). Mi abuelo paterno, en cambio, tenía una visión nacionalista de cuyo imaginario formaba parte constitutiva el campo. De nuevo: no era una familia terrateniente. Cuando mi abuelo heredó a sus padres, se compró 300 hectáreas (para la Argentina de aquella época, nada de nada, un campito) en un bajo, porque al agua atraía a los pájaros. Le gustaba salir a caballo vestido de gaucho, rodeado de perros, y salir a caminar, rezando el rosario. Más allá de la ideología, su amor por la naturaleza era profundo, real y artístico, y mi madre se embebió de él.

Pregunta quizá ligada a lo anterior: El boom obvió a buena parte de los narradores que ofrecían una visión nada condescendiente de la realidad rural o indígena (Vamos, que en Europa preferíamos una visión edulcorada de la realidad). Si a eso le unimos el hecho de que fue un “movimiento” eminentemente masculino, la obra de Sara Gallardo parecía condenada de antemano. ¿Pueden haber sido esos los motivos de su olvido o puede haber algo más?

Es que hay algo que precede a su ausencia del grupo del boom, y esto es su ausencia de cualquier círculo literario en la Argentina. Yo creo que esos círculos son siempre políticos, de una u otra manera, y la idea que mi madre tenía de la literatura estaba completamente fuera de cualquier mundillo: concebía el valor del arte por el arte mismo. Ni se le ocurría pensar al arte como un producto superestructural de condiciones materiales: para ella existía el eidos platónico de la Belleza y su vocación era acercarse a él. Escribía en una soledad muy grande.
Por otro lado, no hay que minimizar el hecho de que fuera mujer, y, para colmo, muy hermosa y de clase media alta. Siempre existió (o ella lo sufrió) la idea de que era una señora que escribía para entretenerse y para entretener. Yo creo que sus pares no la leyeron, directamente. Excepto el adorable Manucho Mujica Lainez, de quien se hizo muy amiga a fines de los años 70.

Pese a ese olvido y haber transcurrido más de 60 años de la publicación de “Enero”, todavía quedamos lectores (y editores como Nicolás) que en 2020 descubrimos a Sara Gallardo y encontramos a una autora moderna y atemporal al mismo tiempo. ¿A qué crees que puede deberse esa conexión?

¡Ay, en cualquier momento me remito yo también al eidos platónico para contestarte! Porque, ¿qué es lo que vuelve clásica a una novela? Yo creo que hay cosas que son buenas independientemente del contexto; novelas que, en cada época en que las leas, te van a develar una perspectiva que parece actual sobre la naturaleza humana, donde vas a leer descripciones de la sociedad o del mundo natural que te los harán ver con ojos nuevos.

Tambien me llama la atención en “Enero” y “Eisejuaz” el contraste entre “lo culto y lo popular”, entre la experimentación formal o estilística (más en “Eisejuaz”) y el lenguaje popular o el lado “folletinesco”. Aquí tiro de “Las tres vanguardias: Saer, Puig y Walsh” de Ricardo Piglia y a su tesis sobre el uso del fondo y la forma en estos autores para preguntarte: ¿en qué espacio podríamos situar a Sara Gallardo?

¡Me mataste! No leí el ensayo y no te puedo contestar.

Entre la publicación de “Enero” y la publicación de “Eisejuaz” transcurren 13 años en los que se observa un gran salto en lo que a riesgo a nivel formal se refiere. Podríamos decir que “Enero” es una gran novela de juventud y “Eisejuaz” la gran novela de madurez de Sara Gallardo. De no haber sido por su temprano fallecimiento, ¿qué camino habría seguido su narrativa?

Lo que decís con respecto a Enero y Eisejuaz es exactamente así, son sus dos grandes novelas, y las dos que ella prefería. A Enero la siguieron dos novelas sociales más, Pantalones azules y Los galgos, los galgos. A Eisejuaz, dos libros de cuentos, El país del humo y La rosa en el viento, en los cuales priman la imaginación y la experimentación formal. Yo creo que estaba en una etapa de transición, y que si hubiera podido superar la depresión que tuvo en sus últimos años, que la tenía muy dispersa, se
hubiera volcado a una forma directa y sencilla de narrativa, al estilo de su ídolo Robert Louis Stevenson o de Herodoto. De hecho, esto te lo digo porque ella misma, en sus últimos años, me dijo “Hay que escribir como Herodoto”, a quien recién leía. (Recordemos que murió muy joven, al menos, joven para morir: a los 56 años).

Por ir terminando. Asistimos en los últimos años a la recuperación de la obra de Sara y otras autoras de su generación, al auge de nuevas narradoras argentinas y latinoamericanas como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Mónica Ojeda, etc, pero seguro que continúan existiendo autoras olvidadas y/o ninguneadas. ¿Cuáles son, en tu opinión, los secretos mejor guardados de la literatura argentina y que no debemos dejar pasar bajo ningún concepto?

¡Uy! Me agarraste con las manos fuera de la masa. Leo casi exclusivamente en inglés, porque mi locura son los escritores ingleses de mediados del siglo XIX y la lista es infinita. Estoy con George Eliot ahora, después de haber pasado por un romance con Trollope, al que tengo que volver. En fin… Solo te puedo hablar de tres escritores argentinos que me han gustado muchísimo en los últimos tiempos y creo que los tres son muy buenos. Mariana Enríquez, a quien nombraste; Hugo Salas y Miguel Vitagliano. Pero repito que hay demasiados autores que no he leído y que quizás por eso no pueda nombrarlos. Volviendo a tu pregunta: no hay que dejar pasar ni a Salas ni a Vitagliano, eso por cierto. (A Enríquez tampoco, pero ya lo han dicho otros antes que yo.)

La última pregunta será puramente mitómana. En la contraportada de la edición de Malas Tierras de “Eisejuaz” aparece un texto de mi adorado Mujica Lainez en el que alaba de forma entusiasta la novela de Sara (me choca mucho porque parecen dos narradores absolutamente antagónicos en lo estilístico). ¿Pudiste conocer a Manucho? ¿Qué nos puedes contar de él?

¡Qué bueno que lo adores! ¡Era adorable! Él y su mujer, Ana de Alvear, fueron buenísimos con mi madre, que acababa de enviudar, se había mudado a la provincia argentina de Córdoba, a la localidad en la que él vivía (Cruz Chica) y andaba como bola sin manija, con dos hijos adolescentes y un niño de 5 ó 6 años. Manucho le ofreció una casita dentro de su propiedad, la integró a su vida social y familiar, leyó sus textos, se los comentó con cariño y con generosidad. Fue un gran, gran amigo y protector. Él es un autor argentino que quiero leer; tengo varias novelas suyas acumuladas en casa. Quizás con este nuevo raro mundo de aislamiento en que estamos viviendo logre ponerme al día.

martes, 24 de marzo de 2020

Richard Wright: Hijo nativo

Idioma original: Inglés
Título original: Native son
Año de publicación: 1940
Valoración: Recomendable

Hijo nativo es una novela de tesis. Sus dos primeras partes tienen elementos de thriller, es cierto, pero no por ello dejan de poner un especial énfasis en el subtexto racial de la historia, así como en la exploración de temas tan literarios como la discriminación, la opresión, el miedo, la libertad o la culpa. Y la tercera parte acaba por cimentar, más si cabe, la voluntad didáctica de esta obra. De modo que reafirmo mi aseveración: Hijo nativo es una novela de tesis.

Bigger Thomas, un afroamericano de veinte años, empieza a trabajar para los Dalton, una familia blanca adinerada. Esa misma noche mata accidentalmente a la hija del matrimonio. Richard Wright desentraña en estas páginas la personalidad del joven, e intenta justificar (que no legitimar) los motivos subterráneos que le han impelido a caer en una espiral de engaños, violencia y muerte. 

En cuanto a aspectos positivos, señalar que Hijo nativo: 

  • Está bien escrito. La prosa de Wright, aunque ligera y dinámica, oculta una tremenda profundidad entre líneas.  
  • Tiene un protagonista complejo con el que no es difícil empatizar, pese al carácter repelente que ostenta y las atrocidades que perpetra.
  • Tiene una ambientación impecable, y los apuntes históricos que deja entrever reflejan perfectamente la época en que fue concebido. 
  • Articula sus mensajes y temas con acierto. Nunca simplifica nada ni cae en el maniqueísmo barato.
  • Promueve discusiones que, incluso a día de hoy y pese a todos los progresos sociales conquistados, pueden enriquecer la convivencia y el respeto. 
  • Es asequible, pues consigue balancear acertadamente un argumento entretenido con un trasfondo inteligente. 

Tampoco penséis que Hijo nativo está libre de defectos:

  • Como viene siendo habitual en las novelas de tesis, hay ocasiones en que su voluntad de transmitir un mensaje acaba entorpeciendo al argumento. Esto se ve reflejado en que algunas de sus reflexiones se repiten con demasiada insistencia. 
  • La ya mentada tercera parte del libro es excesivamente lenta. Y esto es algo a destacar, si tenemos en cuenta que yo he leído la versión reducida de la historia. 
  • Wright romantiza el comunismo (él simpatizaba con dicha ideología) y sus afiliados en estas páginas. De todos modos, es innegable que consigue mezclarlo orgánicamente en el asunto. 
  • Resulta narrativamente conveniente la forma en que Bigger se entera de ciertas cosas a lo largo de la historia. 

En resumidas cuentas, Hijo nativo es un clásico de la literatura afroamericana. Uno que es extraordinariamente popular en EEUU. No falta quien lo considera conflictivo en ese país, claro. Por un lado, los conservadores rancios de siempre. Pero también supuestos progresistas, que lo culpan por emplear "the N-Word", igual que a Matar a un ruiseñor. Vamos a ver, almas de cántaro, ¿qué palabra tenía que usar Wright para satisfaceros? ¿Debía renunciar a la fidelidad histórica porque os ofende un término racista empleado inercialmente en una obra que denuncia el racismo? ¡No me jodas, hombre! 

La novela ha sido adaptada al teatro y al cine en múltiples ocasiones. Sus tres versiones audiovisuales son, según parece, atroces. Espero que algún día se le haga justicia al material original en este medio.

Por último, sólo quiero destacar que Hijo nativo necesita urgentemente una reedición en nuestro idioma. Los ejemplares de segunda mano que pululan por internet están a un precio prohibitivo, y sería una auténtica lástima privar a los hispanohablantes de esta obra.   

lunes, 23 de marzo de 2020

Yuri Tyniánov: El subteniente Talfin

Idioma original: ruso
Título original: Поручик Киже (Porúchik Kizhé)
Traducción: Xènia Dyakonova
Año de publicación: 1928
Valoración: Está bien

Puede que mis opiniones sobre libros parezcan a veces algo primarias al insistir sobre el fondo y la forma. Pero creo que a veces es conveniente adoptar una perspectiva radical en el sentido etimológico de la palabra, es decir, yendo a la raíz del concepto, en este caso, del concepto de literatura. Desde este punto de vista, si aceptamos que la literatura es contar algo y contarlo de una determinada manera, las dos patas deben estar presentes para que la obra sea realmente valiosa. Al menos es lo que me permite disfrutar de verdad de un libro.

La historia del subteniente Talfin (o teniente Kizhé, ya lo explicaré al final) es relativamente conocida. Fue llevada al cine allá por 1934 (o sea, muy poquito después de publicarse el libro) y su banda sonora se reconvirtió en una suite por su autor, Sergei Prokófiev. Se trata de una pequeña novela satírica en la que un error burocrático origina la aparición en medios administrativos de un oficial del Ejército que en realidad no existe. La divertida secuencia inicial da lugar a un enredo que se complica sin cesar, aunque la comicidad del asunto reside, más que en el qué, en el por qué y en el quién.

Tyniánov sitúa la acción en el reinado del zar Pablo I, y la clave reside precisamente en que el documento con la errata fue firmado por el emperador y por consiguiente es imposible que algo que lleve tal firma contenga ningún error. Por tanto, aunque nadie conoce a Talfin y con el tiempo muchos son conscientes de que no existe, todo el mundo acepta sin rechistar la realidad paralela, la oficial, la que tiene la firma real. Así que esta especie de espectro castrense adquiere a veces utilidad para cargar con culpas ajenas o para llenar vacíos, mientras su figura crece a ojos del zar: es un servidor de la patria discreto y que siempre parece dispuesto a asumir las órdenes.

El relato tiene incluso una imagen especular en un soldado, quien debido a semejante embrollo es declarado muerto. El pobre hombre, abrumado y presa del desconcierto, es incluso rechazado en su propia casa. La verdad oficial se impone así a cualquier otra cosa, por tangible que sea. A nadie se le ocurre siquiera cuestionarla y quienes conocen el disparate a lo sumo se atreven a utilizarlo en su propio beneficio, o simplemente dejarlo correr. Ya sé que el comentario no es muy original, pero el relato tiene mucho que ver con El traje nuevo del emperador, el famoso cuento de Andersen en el que todo el mundo finge para no contrariar al soberano que ha sido objeto de engaño.

Es muy evidente el sarcasmo que utiliza Tyniánov contra el régimen autocrático y la propia personalidad del zar, hijo de Catalina la Grande, a quien retrata colérico y caprichoso, de modo que el relato tiene un componente crítico muy marcado y bien armado. Lo que ocurre –y a esto viene el comentario inicial sobre el fondo y la forma- es que el atractivo de la sátira central queda algo deslucido por una prosa que parece algo deslavazada, como improvisada y un punto arcaica. Da la sensación de que Tyniánov no se ha molestado mucho en pulir su idea inicial, en enriquecerla o darle un desarrollo armónico. Se suceden sin interrupción múltiples personajes y situaciones que quedan sin explicación, lo nuclear del relato se mezcla con lo accesorio, y todo ello hace perder peso a esa buena historia que se nos propone, y hasta le resta gracia. Interesante el fondo, pero perjudicado por la forma, a eso me refería. Desconozco si los principios del formalismo ruso, de los que Tyniánov era uno de sus principales exponentes, tiene alguna relación con este extraño efecto, pero la impresión es más bien de que este pequeño relato es más un divertimento del autor que una obra concienzudamente trabajada.

Algo similar ocurre con El joven Vitushíshnikov, la narración que completa el volumen. Es nuevamente un enredo lleno de malentendidos en el que vuelve a aparecer el zar, esta vez interviniendo en una tonta anécdota de un par de soldados que escapan a echar un trago a una taberna. El relato –creo que incluso más extenso que el principal- aporta una curiosa cadena de personajes que se ven involucrados en la trama, algo bastante original, y se mueve en registros similares a la anterior, con parecida acidez aunque con algo menos de gracia.

Para terminar es necesario hacer una mención sobre la traducción, y en concreto sobre el título. El libro (que creo que contaba con una única traducción anterior al castellano) es generalmente conocido como El teniente Kizhé, que correspondería más literalmente al original ruso. Sin embargo, como todo el relato tiene su origen en un error de transcripción, la traductora de esta edición ha adaptado esa confusión hasta el punto de alterar el título. Una decisión desde luego audaz, y que a la vista del texto me parece muy acertada.

domingo, 22 de marzo de 2020

Pola Oloixarac: Mona

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: se deja leer

Quizás partiera de la base de un cierto hype, pero Las teorías salvajes, contundente titulo que publicó hace años en Alpha Decay, me decepcionó. Y no sé si solo a mí, porque pasado el tiempo no he vuelto a enterarme de su obra hasta encontrarme entre las novedades de mi biblioteca con este Mona, título bastante más discreto que predispone menos sobre el contenido, que no revela tanta ambición y que indudablemente refiere a obra de otro perfil.
Mona es la protagonista, claro, en este caso escritora peruana que acude a un reputado y suculentamente dotado premio literario a un país escandinavo y que, mientras ha sido convocada entre otros escritores lleva una vida plácida y contemplativa alternando con sus colegas y contendientes y especulando para sí con sus posibilidades de alzarse con el galardón. Se trata de una primera parte de una relativa tensión literaria, con cierto aire autobiográfico o auto-ficcional, algo de tensión sexual con una escritora joven y admirada que se desplaza en diversos escenarios, pasajes en que la prosa de la argentina es reconocible, siempre algo escorada hacia la enumeración de referencias culturales de todo tipo, multiculturales en este caso pues los encuentros son con jóvenes escritores, también ellos aspirantes. 

En resumen, una trayectoria clara, ligeramente frívola, como si esa comunidad de jóvenes talentos literarios fuera a ser un hervidero de hormonas y los escarceos sexuales sustituyeran a las poco estimulantes tertulias entre señores sedudos, que suelen protagonizar este tipo de eventos. Es una evolución casi caribeña, los escritores parecen deambular y relacionarse en algo que podríamos llamar intriga.
Todo parece sugerir que la novela entonces consistirá en una especie de crescendo e incluso que pueda escorarse hacia algo parecido a una evocación simbólica de la actualidad de la literatura, como si la novela fuera ambiciosa de repente y pudiera establecer paralelismos con ciertas corrientes.
Pero ni siquiera tenemos el consuelo de ese viraje post-moderno, ni siquiera tenemos la oportunidad de un final absurdo pero alineable con cualquier interpretación en un plano metafísico. A cambio de ello, se nos proporciona un final absurdo desde todos los sentidos, una especie de colofón como si la autora estuviera hastiada y necesitara concluir la novela que había transitado sin sobresaltos, necesitara un golpe de efecto o alguna cosa así y le saliera la escena grotesca, incongruente y zafia con la que da la cosa por acabada.

sábado, 21 de marzo de 2020

Mariana Enriquez: Nuestra parte de noche

Idioma: español
Año de publicación: 2019
Valoración: Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio...

Bueno, lo suelto rápido para que duela menos (el sopapo que me puedo llevar de algún fan, quiero decir): Mariana Enriquez ha escrito un Harry Potter para adultos.

A ver, no me refiero a que Nuestra parte de noche se desarrolle en un colegio Hogwarts donde el alumnado se entregue a prácticas BDSM ni nada de eso... Pero, vaya, cierta influencia de la saga HP en esta novela me parece evidente: hay un mundo oculto para los que no pertenecemos a él, hay invocaciones y conjuros, creyentes de sangre más "pura" que otros y también un niño que debe ser protegido del lado tenebroso. Asimismo, sospecho, podríamos encontrar sin dificultad otras referencias del subgénero "ocultismo teen", tipo Cazadores de sombras y cosas así. E incluso, y no creo equivocarme, un regusto a American Gods, de Neil Gaiman. Todo bien pasado, eso sí, por el tamiz de una argentinidad sin complejos y con un sesgo, ya digo, muy adulto: aquí, además de la inquietante presencia de lo sobrenatural que ya se presupone, encontramos crueles asesinatos, torturas horribles, mutilaciones pavorosas, desaparecidos políticos, drogas varias y sexo a manta, en gran medida homosexual (esto tampoco salía en los libros de J. K. Rowling, aunque recordemos también que se sabe muy poco de lo que ocurría en la casa Hufflepuff).

Tampoco es que me queje de esta primera impronta Harry Potter, o como se quiera decir, de la novela; funciona o feja de funcionar como cualquiera de los demás elementos que la conforma: desde el pu to fantasmagórico más clásico -con especial hincapié en el apartado "casas encantadas" (Jackson, Danielewski), al terror ambiental, ominoso, del gran King. O incluso, por qué no, cierta estilización, o casi, del "horror cósmico" de Lovecraft... (y, por lo que he leído, también puede que haya un poco o un mucho de Clive Barker aquí, aunque en este caso, habría que preguntarle a Oriol). Por no olvidar ese otro abanico que va desde el terror político al costumbrismo más o menos chungo; desde la antropología de los cultos populares al submundo de las sectas ocultistas... en fín, un variado popurrí que, repito, en unas ocasiones funciona mejor que en otras, lo que tampoco es para extrañarse en una novela larga -casi 666 páginas, de hecho- y contada atendiendo a distintas voces en diferentes escenarios.

Ligera sinopsis para que se me entienda: un niño huérfano vivía en un armario bajo la escalera de la casa de sus tíos... No, en serio: la novela comienza cuando, un día de comienzos de los 80, un padre aquejado de una dolencia cardíaca, Juan Peterson y su pequeño hijo Gaspar salen en coche desde Buenos Aires hacia la selvática Misiones, de forma medio clandestina, aunque no queda claro si huyendo de o en busca de algo. Viajan ellos solos porque Rosario, su esposa y madre, respectivamente, ha muerto poco antes. El viaje -¿la huida?-, que en principio puede parecer motivado por las circunstancias políticas del país y el momento, enseguida se nos revela a través del prisma de lo sobrenatural, lo esotérico... (el comienzo de la novela, por cierto, podría constituir por sí mismo un desasosegante cuento de los que escribe Enriquez... lo que no significa, ni mucho menos, que el libro sea un cuento alargado); pronto conocemos la existencia de una enigmática Orden que rinde culto a una oscura y terrible divinidad y con la que los "fugitivos" están íntimamente relacionados...

No cuento más: la trama avanza y retrocede en el tiempo, va ganando en complejidad pero también ofreciendo explucaciones a lo que no entendemos en un principio... lo que supone, para mi gusto, uno de los problemas de esta novela, pues los elementos, los mecanismos que la articulan, si se quiere, resultan más eficaces cuanto más esquivos e inasibles parecen, menos evidentes, y funcionan peor cuando se nos desvela -hasta cierto punto, claro- su misterio. También es cierto que el grandísimo talento literario de Mariana Enriquez se despierta sobre todo -y de forma asombrosamente rápida- cuando aparece en escena el componente sobrenatural y, en cambio, se muestra más rutinario en esos momentos, inevitables, por otra parte, en una novela tan larga, que son más descriptivos o que sirven de transición entre uno de los puntos cimeros de la narración y otro. La misma disparidad encontramos respecto a los personajes: los protagonistas, Juan y Gaspar, están dibujados con gran esmero en toda su complejidad -sobre todo el padre-, al igusl que la relación única que mantienen entre ellos, una simbiosis en equilibrio entre el amor y la brutalidad (que resulta más sensible aún cuando el niño es más pequeño). Mientras que otros personajes, sin embargo, por peculiares que sean, se nos muestran más planos, en comparación. Y en algún caso, incluso pura caricatura, aun terrorífica...

¿Significa todo esto que Nuestra parte de noche es una novela fallida, que debemos pensar que su autora resulta más -muy- ducha en el relato o la novela corta? Ni mucho menos, pero ocurre que a veces la ingeniería que requiere montar una estructura de cierta envergadura, el esfuerzo compositivo de una gran obra pictórica, cinematográfica, literaria, puede acabar por subordinar en esceso, incluso eclipsar, el detalle, ese manar creativo que debe ser incesante y fluir sinuoso a lo largo de toda la, en este caso, novela, para irrigar y hacer crecer no ya cualquier narración escrita, sino, sobre todo, aquello que podemos llegar a considerar literatura (menuda frasecita cursi me ha salido, ¿eh?). De eso hay mucho en esta novela, pero no todo, no en todo momento. O no en la medida en que nos había acostumbrado esta escritora... y de eso no tiene la culpa Harry Potter. Quizá tampoco la propia Mariana Enriquez; sencillamente, es que no se puede hacer todo perfecto, y ya está.


Otros títulos de Mariana Enriquez reseñados en Un Libro Al Día: Las cosas que perdimos en el fuegoLos peligros de fumar en la camaLa hermana menor

viernes, 20 de marzo de 2020

Kurt Vonnegut: Barbazul

Idioma original: Inglés
Título original: Bluebeard
Traductora: Gemma Rovira
Año de publicación: 1987
Valoración: Está bien

A Barbazul le falta algo. Alma, quizás. Derrocha oficio, técnica, intencionalidad y bagaje literario, pero le falta alma. Igual que a las pinturas de Rabo Karabekian, protagonista y narrador de esta novela. Quien, por cierto, tuvo un cameo en Desayuno de campeones, otra obra de Kurt Vonnegut.

Además de alma, a Barbazul le falta empaque. Vonnegut es incapaz de explorar en profundidad, o siquiera dar utilidad, a varios de los elementos y temas que configuran el texto. Véase, por ejemplo, las referencias mitológicas (esos cíclopes y gorgonas), los zapatos y los zapateros, las diferencias entre el "kitsch" y el Arte, el homenaje al cuento de Perrault al que el título alude, algunos personajes secundarios, la identidad armenia, etc, etc... En otras palabras: el escritor montó un mueble y al terminarlo vio que le sobraban tornillos, pero la cosa se tenía en pie y decidió dejarla así.

¿De qué trata Barbazul? Básicamente, es una especie de diario y autobiografía del ya mentado Karabekian, pintor ficticio vinculado con los expresionistas abstractos americanos. El mundillo del arte y la fauna que lo rodea son, por tanto, el telón de fondo de esta historia. Si bien Vonnegut saquea tópicos del imaginario colectivo para pergreñarlo, lanza algunas reflexiones en torno a él bastante graciosas. Otro tema que aborda Vonnegut es la guerra (¡sorpresa!). Tema que, pese a las veces que ha tocado, todavía no ha agotado. En serio, hay por aquí ideas al respecto que son tan frescas como aquéllas que se le ocurrieron en sus primeras ficciones.

Como decía, el mueble se tiene en pie. A fin de cuentas, Barbazul se lee rápido pese a sus más de trescientas páginas, tiene una voz narrativa definida, cobija a personajes memorables, deja caer reflexiones interesantes, encuentra con portentosa intuición varios "leimotiv" que la enriquecen, está permeada por el humor cínico y desencantado de Vonnegut y hace un retrato certero de los años en que se ambienta. De modo que la recomiendo a todo aquel al que le apetezca una novela de redención sencilla y moderadamente audaz. Mientras no acudáis a ella con altas expectativas, seréis capaces de disfrutarla.

La traducción de Gemma Rovira, que Hermida recupera de una edición previa de Anagrama, está plagada de gazapos. Eso sí, consigue imprimir al texto la ligereza e informalidad con que Vonnegut concibió la novela.


También de Kurt Vonnegut en ULAD: Aquí

jueves, 19 de marzo de 2020

Vivian Gornick: Mirarse de frente

Idioma original: inglés
Título original: Approaching eye level
Traducción: Julia Osuna Aguilar (ed. en castellano) y Martí Sales (ed. en catalán)
Año de publicación: 1996
Valoración: recomendable

En esta colección de ensayos publicados en los años noventa por la autora neoyorkina, Gornick vuelve a demostrar su calidad para reflejar con precisión la situación personal y el estado de ánimo de una sociedad que cambiaba y avanzaba en diferentes aspectos hacia un progreso que no siempre acabó de llegar.

Así, en este volumen recopilatorio que contiene siete ensayos de corta duración, la autora trata diferentes temas que siguen siendo interesantes y vigentes a día de hoy, unas décadas más tarde, y es que, en el fondo, a pesar de que la sociedad cambia de mentalidades y costumbres, aquello que nos inquieta, pero también aquello que nos conmueve, permanece inamovible al paso del tiempo.

De esta manera, la autora trata diferentes temas y empieza, como no podría ser de otra manera, abriendo el libro con un primer ensayo donde nos habla del feminismo, en esa segunda ola de los inicios de los años setenta, afirmando que «vivir esa revolución cuando empezaba, a principios de los setenta, era una maravilla. Ningún "te quiero" le llegaba a la suela de los zapatos. No había ningún otro lugar donde estar, excepto con las demás. En esa época, todas nosotras vivíamos en el abrazo libre del feminismo». Con esas pocas frases, Gornick refleja un estado de ánimo colectivo, femenino, de sororidad y compañía, de empoderamiento y vitalidad, de crecimiento personal y profesional, al margen de los hombres, centrándose en una misma.

En el segundo de los ensayos, la autora nos narra sus primeras experiencias laborales trabajando de camarera, transmitiendo a la perfección aquellos titubeos propios de los primeros trabajos y es, a su vez, una gran exposición de la diferencia de clases que existe en la sociedad, visto desde sus ojos inexpertos hacia el pequeño mundo que es un hotel, pero en el que se mezclan e interactúan diferentes estamentos sociales. Bajo esa mirada joven de la autora, el trabajo, el compañerismo, los clientes y trabajadores sirven como telón de fondo para tratar las pasiones, deseos, conformidad y anhelos de aquellos que, encerrados en sus rutinarias vidas, buscan una salida que les ayude a evadirse de tal monotonía.

En el tercer ensayo, nos habla de la admiración, de la necesidad de sentirse entendida, del magnetismo que poseen ciertas personas para estimular y atraer aquellos que se les acercan por curiosidad o interés. Y la decepción y el aterrizaje a una realidad cuando se ve que era un simple espejismo, un terreno vacío en el que volcar nuestras propias inseguridades.

En el cuarto ensayo, la autora nos habla de la comunicación y la conversación como ingrediente de la compañía. La necesidad de sentirse integrado y entendido, el enriquecimiento que surge de la conversación cuando es entre iguales de nivel, pero especialmente de carácter, y el aislamiento de cuando esto no ocurre y las conversaciones se mueven en terrenos pantanosos y expresiones proclamadas que pisan campos de minas, sin saber de antemano qué expresión hará estallar la conversación. Y la autora nos narra la soledad que experimentamos cuando no encajamos en un mundo, por exceso de familiaridad o por defecto, por carencias afectivas propias, pero también ajenas, por no comprendernos ni empatizar con quien tenemos delante.

En el quinto ensayo, vuelve con fuerza la Gornick que analiza con precisión los sentimientos en las relaciones de pareja, el enamoramiento, pero también el distanciamiento mental, no siempre acompañado del físico. Un empecinamiento a sacar adelante una relación en la que ambos no desean estar a excepción de si es útil para evitar una soledad que les aterra. «La obsesión para evitarnos a nosotros mismos se volvió degradante. Ahora nuestro enemigo eran nuestras propias emociones.»

En el sexto ensayo, Gornick nos habla sobre la costumbre tan bonita y tan olvidada de escribirse cartas, no únicamente entre amantes sino entre amigos. El placer de recibirla y abrirla con deseo, el tiempo tomado en asimilar lo dicho y escribir la respuesta. «Escribir una carta es estar solo con mis pensamientos en la presencia conjurada de otra persona.»

En el último ensayo, Gornick nos devuelve a las narraciones de Nueva York, de las conexiones temporales y fortuitas de las que uno es objeto al vivir en la ciudad. Así, recuperando a su amigo Leonard en algún fragmento (como ya hizo en «La mujer singular y la ciudad»), nos narra escenas cotidianas, situaciones que podrían ser propias de un film de Woody Allen, momentos puntuales que generan emociones por el solo hecho de ser testigo de ellas. Porque todas las escenas conforman la ciudad, y la dan una vida propia, actuando como un organismo vital y dinámico.

Las diferentes situaciones narradas en esta obra conforman un paisaje que, aunque perteneciente a otra época, pues varios de ellos son recuerdos de hace tiempo, es perfectamente reconocible a través de sus personajes y las reflexiones de la autora. Algo parecido a cómo estas memorias escritas hace más de veinte años cobran vida de nuevo y nos impregnan y despiertan sensaciones que interiorizamos hasta darles vida a ellas a través de nuestros propios pensamientos. Y es por ello que siempre hay que leer a Gornick, porque a pesar de que el texto sea antiguo, parece entendernos más que muchos de los coetáneos con los que compartimos nuestras actuales vivencias.

También de Vivain Gornick en ULAD: Apegos feroces, La mujer singular y la ciudadEscribir narrativa personal