- El muy bien articulado mensaje contra el racismo que lanza.
- La manera respetuosa y equidistante con que aborda sus temas sin por ello pecar de solemnidad o tolerancia excesivas.
- La verosimilitud de su argumento, personajes y diálogos, que dotan al conjunto de una pátina de crudo realismo.
- La astucia de ciertas escenas e imágenes.
- Que dé al sheriff McCourtain un arco de crecimiento sin por ello otorgarle una redención o un obrar heroico, que sin duda se antojarían gratuitos, fuera de lugar y contrarios al mensaje transmitido.
- Su tono, que oscila con maestría entre la comedia y la tragedia.
- Su humor, que asoma de vez en cuando en el retrato irónico del protagonista o en el reverso de alguna de las situaciones en las que se ve envuelto.
domingo, 15 de diciembre de 2024
Erskine Caldwell: Tumulto en julio
jueves, 4 de abril de 2024
James Baldwin: La próxima vez el fuego
Título original: The Fire Next Time
Traducción: Paula Zumalacárregui para Capitán Swing
Año de publicación: 1963
Valoración: muy recomendable
miércoles, 24 de enero de 2024
S. A. Cosby: Lágrimas como navajas
viernes, 22 de diciembre de 2023
Percival Everett: Los árboles
Título original: The Trees
Traducción: Javier Calvo
Año de publicación: 2021
Valoración: tronchante y, por supuesto, recomendable
Durante la inolvidable (y esperemos que irrepetible) presidencia de Trump se producen en el pueblo de Money (sic), estado de Mississippi, unos crímenes particularmente truculentos, con mutilaciones incluidas y que parecen estar relacionados entre sí. Y que, sobre todo, llevan aparejados unas inexplicables apariciones y desapariciones que tienen superadas a las fuerzas del orden locales, comandadas por el sheriff Jetty, por lo que la policía estatal -el MBI, aunque parezca una broma- envía a dos de sus detectives, Ed Morgan y Jim Davis a investigar el caso. Los dos negros, lo cual no tendría mayor importancia si no fuera porque el caso parece tener connotaciones racistas -o las víctimas, más bien- y aquello no deja de ser el muy profundo Sur.
Con estos mimbres muy bien podríamos encontrarnos ante un thriller con conciencia social, al estilo (y ya sé que se trata de una película) de la muy conocida En el calor de la noche, duplicado, en este caso, el detective Tibbs que encarnaba Sidney Poitier (y sobre todo porque el sheriff Red Jetty también recuerda un poco al interpretado por Rod Steiger). La pareja de detectives negros también trae a la memoria, aunque en suave, a los impagables Ataúd Johnson y Sepulturero Jones del gran Chester Himes. Pero el caso es que, según se van sumando los elementos extraños a la trama, ésta va recordando más, y perdón por continuar con las referencias audiovisuales, a un Twin Peaks (1) sureño o incluso un episodio de Expediente X (2). Y aviso que la cosa no ha hecho más que empezar...
¿Ante qué nos encontramos, pues? ¿Un thriller policiaco? ¿Un whodunit con ínfulas políticas? ¿Una novela de terror bien enraizada en la realidad americana, a lo Stephen King? ¿Una distopía con tintes sobrenaturales? Pues todo y nada de esto, en realidad. Porque si algo caracteriza a esta novela, si Los árboles se puede calificar claramente de alguna forma, desde su primera página, es como una novela de humor. Humor satírico, incluso sarcástico, humor irónico, humor más sutil o más obvio -sin ir más lejos, Everett hace humor con los peculiares nombres de muchos personajes: Junior Junior, Braden Brady, Mamichula de Amarillo, Pick L. Dill, Helvetia Quip, Chester Hobsinger...-, humor cómplice y, sobre todo, humor negro (en todos los sentidos)... negrísimo, de hecho, porque Everett lo utiliza para tratar unos temas de los más espinosos, dramáticos e incluso traumáticos. Las heridas abiertas por el racismo en los Estados Unidos de América, que quienes elegieron al tipo naranja que ocupaba la Casa Blanca cuando su autor escribía esta novela no parecen muy proclives a cerrar, sino todo lo contrario (la novela también se puede leer como una metáfora del movimiento Black Lives Matter, sobre todo en su tramo final). Sin duda, Everett ha hecho suya la frase del maestro Billy Wilder. "Si quieres decirle la verdad a la gente, sé divertido o te matarán" y a fe mía que consigue ser MUY divertido, incluso tronchante en más de una ocasión, para poder soltar toda la amargura y la tristeza de cómo se construyó su país (y el mundo en el que vivimos, podíamos añadir), de una forma basada en la crueldad, el desprecio y la ignorancia que muchos parecen dispuestos a perpetuar allí, aquí y casi se diría que en todas partes. nos queda, es verdad, el humor como arma defensiva, pero me temo que no sea suficiente. Aunque el buen rato, en este caso, no nos lo quita nadie...
(1) Nota para centennials e incluso algún que otro millenial: Twin Peaks era una serie de principios de los 90 dirigida por David Lynch en la que pasaban cosas muy rarunas en un pueblo en el que se había producido un asesinato, investigado por un agente del FBI.
(2) Nota para centennials e incluso algún que otro millenial: Expediente X era una serie de mediados de los 90 en la que pasaban cosas muy rarunas en muchos sitios, que eran investigadas por una pareja de agentes del FBI. Se ve que la agencia había aumentado de presupuesto.
También de Percival Everett y reseñado en Un Libro Al Día: X
lunes, 14 de agosto de 2023
James Alan McPherson: Espacio vital
- En "Por qué me gusta la música country", un hombre rememora un antiguo amor de la infancia. Da una forma y textura la mar de artísticas a una premisa simple.
- En "Historia de un hombre muerto", el protagonista, que ha prosperado, lamenta las decisiones de su primo. La crueldad y las tendencias autodestructivas del antagonista provocan escenas increíblemente tensas.
- En "La bala de plata", un joven cobarde quiere unirse a una banda, pero antes debe atracar un bar restaurante para demostrar de qué pasta está hecho. Resulta entretenido de leer, aunque palidece en relación con los demás, ya que presenta situaciones tarantinescas, personajes caricaturescos, un subtexto apenas esbozado y un humor algo burdo.
- En "Los fieles", el negocio de un barbero que se niega a modernizarse agoniza. Fascina su capacidad para cristalizar multitud de cosas en poquísimo espacio.
- En "Problemas de arte", un abogado blanco debe defender a una mujer de color acusada de conducir bajo los efectos del alcohol. Si bien el desarrollo y el clímax son relativamente planos, la manera en la que McPherson los comunica los dota de interés.
- En "Historia de una cicatriz", un hombre pregunta a una mujer por qué tiene el rostro marcado. Juega adecuadamente con las expecativas del lector pero prima siempre la calidad del texto al giro.
- En "Soy estadounidense", un turista descubre que un ladrón ha robado a los japoneses de la habitación contigua. Su sentido del humor es deliciosamente sutil.
- En "Viudas y huérfanas", un profesor asiste a una velada de ricachones donde una antigua alumna (y novia) recibe un premio. Cóctel melancólico y ácido.
- En "Una barra de pan", la comunidad se alza en contra de un comerciante que vende más caro en la tienda de su barrio. Un autor menos habilidoso jamás hubiera logrado desplegar el conflicto con tanta madurez, ni equilibrar las perspectivas y escoger imágenes simbólicas con idéntico acierto.
- En "Lo suficiente para la ciudad", un cínico permite que religiosos de diversos credos acudan a su casa e intenten captarlo con tal de poder burlarse de ellos. El formato y el sarcasmo que desprende me parecen magníficos.
- En "Una historia de fondo", un juez recapitula para concluir si un negro que ha disparado a su jefe es culpable. Su estructura fragmentaria y cierre circular son impecables.
- En "Espacio vital", un escritor habla sobre un matrimonio interracial. Joyita cuyos toques filosóficos y metaliterarios ensalzan un núcleo que ya era intrínsecamente potente.
viernes, 3 de junio de 2022
Claudia Rankine: Solo nosotros. Una conversación estadounidense
Título original: Just Us. An American Conversation
Traducción: Cecilia Pavón, en catellano para Eterna Cadencia
Año de publicación: 2020
Valoración: entre recomendable y muy recomendable
viernes, 25 de marzo de 2022
Natasha Brown: Reunión
Título original: Assembly
Publicado por: L'altra editorial, en catalán (con traducción de Maria Arboç-Terrades) y por Anagrama, en castellano (con traducción de Inga Pellisa)
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable
Siempre es destacable la irrupción de nuevas voces que, por su estilo o por la radicalidad de los temas tratados, sobresalen y despuntan en un terreno fecundo (y desigual) como el literario. En este caso, Natasha Brown debuta con esta breve novela que, a pesar de su corta extensión, está dotada de una profundidad y potencia inusual, mostrando con gran talento la contundencia propia de quién no tiene nada que perder pero mucho que decir.
Narrada en primera persona en boca de su protagonista, el relato nos interpela directamente, pues con poco más de cien páginas la autora expone un amplio alcance temático en las que analiza y desgrana nuestra sociedad. Así, la reunión social a la que hace referencia el título es el MacGuffin de la trama argumental, aunque no el único destino al que la autora dirige su mirada incisiva y acusadora. Y cabe decir que la tarea de los traductores en la elección de la correcta traducción del título no era tarea fácil, pues el «Assembly» original puede traducirse como «Reunión» (opción por la que se han decantado las ediciones catalana y castellana haciendo referencia a una celebración que se produce en la historia narrada), aunque también podría traducirse como «Ensamblaje», un título poco comercial pero que encajaría mucho mejor con lo que el libro expone, pues la autora narra, de manera directa pero también global el encaje de una mujer joven, negra y talentosa, en una sociedad como la británica.
Con un estilo de marcado modo cuasi telegráfico, con frases cortas y directas, el libro empieza con la narración de un abuso de poder, de la presión a la que la protagonista se ve sometida en el trabajo por parte de su jefe; ella intenta convencerse de que no es nada, de que todo está bien, de que la situación no preocupante, mientras lucha internamente sobre cómo encajar la situación, como gestionar la obsesión de su jefe hacia ella. Este es uno de los pilares sobre los que se sustenta la novela, el encaje de una joven mujer con talento y ambición en un mundo poblado, orquestado y dirigido por hombres. Así, a través de la narración de la protagonista, la autora lanza diatribas sobre el mercado laboral, desatado, competitivo, ambicioso y voraz, que se impone al equilibrio vital maquillándose bajo el orgullo y la plenitud conseguida tras la consecución de los retos planteados. El canibalismo laboral disfrazado de superación personal, a través de trabajo duro y consecución de retos. Lo que queda atrás en el camino no importa, nadie se percatará de ello, nadie se dará ni cuenta. Mirada siempre adelante, hacia el progreso, siempre creciendo pero nunca arraigando. Sacrificios constantes para conseguir los propósitos, es lo único que importa: el resultado. Porque, como afirma la propia protagonista, «hacíamos listas, repasábamos nuestros planes a cinco años vista y nos acorazábamos los estómagos que nos harían falta para ejecutarlos». Porque hay que subirse a la rueda y subir el mundo a ella. Por ese motivo, la protagonista afirma que «hago charlas de estas casi cada semana (…) forma parte del trabajo, la diversidad hay que verla. ¿A cuántas mujeres y niñas he mentido?». Y llega el momento de la constatación de la realidad y asoma la duda de si el camino emprendido es el idóneo tras «generaciones de sacrificio, de trabajo duro y una vida aún peor. Mucho sufrimiento, muchas esperanzas perdidas: todo para esta oportunidad. Por mi vida. Y he intentado estar a la altura, lo he intentado fuertemente. Pero después de años de esfuerzo, tengo que luchar contracorriente, estoy preparada para dejar de moverme. Para dejar de luchas. Para tragarme el agua. No puedo más».
De esta manera, estilísticamente directa aunque de prosa cuidada, Brown nos hace un retrato vivo y mordaz sobre la vacuidad de la sociedad actual, sobre los débiles (aunque exquisitamente bellos) pilares sobre los cuales se sustentan nuestras vidas, cimentadas con unas realidades disociadas con nuestras altas expectativas. Seguir, luchar, persistir. La mirada hacia adelante mientras dejamos atrás el cansancio y el agotamiento; y la vida, propia y en comunidad. Porque la comunidad, la integración, es otro de los elementos nucleares del libro, pues la autora aborda de manera frontal el racismo y la xenofobia, de manera que el ensamblaje al que hace referencia el título también es extensivo a la integración de las personas negras a la sociedad occidental y el difícil arraigo heredado tras décadas de exclusión, pues «no nos unía ningún país ni ninguna cultura aparte de la británica (…) sobrevivíamos como sobreviven los patrones culturales. Persistiendo de generación en generación, sin sentido ni memoria».
Con el racismo, la xenofobia, la desigualdad y la diferencia de clases como elementos puntales del relato, la autora despliega su talento a lo largo de la narración a la vez que muestra una versatilidad estilística destacable cambiando a menudo de estilo, adaptándose, también ella, a lo que la narración demanda en cada momento. Así, a mitad del libro, nos encontramos con recuerdos que aparecen de manera fragmentada sobre momentos puntuales de la protagonista que sirven para definirla, para describir su pasado a través de pequeñas pinceladas que conforman su personaje, sus raíces, su pasado y su momento actual. Como pequeños alfileres sobre los que sostener su existencia. La narración se fragmenta de manera (quizá) algo excesiva, aunque la corta extensión de la novela es lo que exige. La autora aporta, entre recuerdos, pinceladas de disconformidad hacia un mundo que se mueve rápido (demasiado) pero sin rumbo, atolondrado, centrifugador, y que la autora retrata a la perfección con muy poco («vivir en un lugar del que siempre te echarán, sin saber, sin entender. Sin historia») y sin ningún tipo de tapujos o edulcorantes («Enoch Powell en persona zarpó hacia Barbados y nos suplicó que viniéramos. O sea que vinimos, y construimos y cuidamos y curamos —y cocinamos, y limpiamos. Pagamos impuestos, pagamos alquileres abusivos a los pocos propietarios que nos aceptaban. Y fuimos odiados»). La autora constata de esta manera la dificultad de encaje, de integración («nací aquí, mis padres nacieron aquí, he vivido siempre aquí; pero da igual, nunca seré de aquí. En mi cuerpo, su cultura se convierte en una parodia») y el cinismo de una sociedad que en apariencia abraza la diversidad pero que en realidad lo hace únicamente para reafirmarse («que él me acepte los alienta. Su presencia me avala, les asegura que soy el tipo adecuado de diversidad»).
Así, la verdadera protagonista de la novela no es propiamente la narradora sino la misma sociedad que la autora retrata y define bajo la mirada de una protagonista que sirve esencialmente como vehículo narrativo para hacernos llegar una sociedad egoísta y nihilista a la vez que racista y excluyente que la autora sentencia afirmando que «ellos observan (nos observan). Les enseñan a hacerlo desde la escuela. Les enseñan a ver nuestros cuerpos (nuestras personas) como objetos. Aprenden la línea divisoria entre países ricos y países pobres como si fuera geografía —incuestionable como las montañas, los océanos y otros fenómenos naturales. Sin porqués ni paraqués, sin las flechas implacables del imperialismo europeo desgarrando el mapa del mundo».
De esta manera, con poco más de cien páginas Natasha Brown ha escrito una ópera prima en la que despunta por la claridad expositiva en el retrato y la denuncia que hace de una sociedad egoísta y desigual con un estilo ácido y crítico que en gran parte recuerda a Ali Smith por su precisión, por su radicalidad y su implacabilidad. Asimismo, en sus notas finales la autora cita al libro «Ciudadana», de Claudia Rankine, cuya influencia es evidente pues su estilo directo, poético, fragmentado, resuena altamente a la autora jamaicana y traza con él un hilo que las une en la exposición de las costuras de una maltrecha y desigual sociedad en la que abunda el racismo y clasismo e ilumina el relato con flashes instantáneos, imágenes y situaciones fácilmente identificables exponiendo bajo la luz de su estilo todas aquellas miserias que nos constituyen como sociedad y que la conforman con todas las aristas que sobresalen, a causa de la fragmentación alimentada por las altas clases, dominantes, absorbentes, impositivas e inclementes, del bello ensamblaje que el cinismo social pretende mostrar.
miércoles, 2 de marzo de 2022
Ilustres Olvidados #3: Matar a un ruiseñor de Harper Lee
Título original: To Kill a Mockingbird
Año de publicación: 1960
Traducción: Baldomero Porta
Valoración: bastante recomendable
Hace algún tiempo, en una de nuestras semanas temáticas, bastante similar a ésta y que dedicamos a autores notorios pero que, hasta entonces, no había sido reseñados en este benemérito blog, nuestro compañero Marc reseño el segundo libro de la emblemática escritora del Sur estadounidenses Harper Lee: Ve y pon un centinela, Emblemática, digo, pese a que ese libro y el que reseño yo hoy, el mucho más célebre (por mor, entre otras cosa, aunque no únicamente, de Hollywood), Matar a un ruiseñor, suponen las únicas dos novelas que llegó a publicar en toda su larga vida.
Lo cierto es que no sé si resulta muy necesaria una sinopsis de esta novela, puesto que tengo la sensación de que todo el mundo ha visto, al menos, la excelente, además de muy fiel adaptación al cine de 1962... pero, por si acaso, allá va: en Maycomb, un pueblo de Alabama similar a aquel en el que nació la autora y en los mismos años 30 en los que transcurrió su niñez, viven los hermanos Je y Scout -Jean Louise- Finch, con su padre Atticus, que les ha criado solo, desde que murió su madre, con la única ayuda de su criada negra, Calpurnia. Juanto a los niños, y su amigo Dill (personaje basado en Truman Capote, nada menos, amigo de la infancia de Harper Lee), vivimos sus juegos, asistimos a la escuela, conocemos a sus vecinos y nos preguntamos por el gran misterio de su calle: la existencia de Boo Radley, un tipo que vive recluido en su casa, sin que se le haya visto en muchos años...
Así transcurre la primera parte de la novela; en la segunda, sin abandonar los anteriores temas, aparece un cambio de circunstancias y aún de tono: Atticus Finch, que es abogado, asume la defensa de un hombre negro acusado de violar a una chica blanca. En el sur profundo de EEUU delos años 20, ya se puede cualquiera suponer los conflictos que acarrea la decisión de Atticus -quien, por otra parte, ha pasado, tanto al imaginario literario como cinemátografico, como el paradigma de la integridad ética y profesional-; pero es más, la novela fue publicada en 1969, justo en pleno auge del movimiento a favor de los derechos civiles de los afroamericanos.... En este sentido, el "buenismo" que transmite la novela esa actitud que es considerada casi un pecado sin remisión hoy en día, cuando lo que se lleva es ser más malo que la sarna), se ve matizado por la problemática época en la que se publica,: no es una novela que trate sobre el racismo y la intolerancia en términos abstractos, desde una cómoda y segura posición "progre" (dicho esto con cierta ironía, aclaro), sino una historia pegada al momento y lugar de origen de su autora, lo que supongo le trajo más de un quebradero de cabeza, aunque también el éxito inmediato: la novela ganó el premio Pulitzer y ha sido continuamente elogiada y reeditada desde su aparición. Sin embargo, también ha recibido críticas negativas y sufrido polémicas por distintos motivos: desde ser demasiado cruda para el público juvenil -debido, sobre todo, al trasfondo de una violación-a edulcorar la realidad del racismo o , por el contrario, emplear en exceso términos racistas (la famosa n-word, sobre todo)... No sé si por estar hasta el gorro de tanta tontería o porque no tenía más que decir, el caso es que Harper Lee no volvió a publicar más libros en su vida, con la excepción del ya citado al comienzo de la reseña, que, pese a tratarse de una secuela de Matar a un ruiseñor, fue escrito con anterioridad a éste.
La novela, no obstante, no se ocupa tan sólo de los problemas raciales o la segregación en el Sur; de forma más profunda, es una reflexión sobre la justicia, sobre la convivencia entre clases sociales, sobre la integración armónica entre la individualidad y la comunidad a la que pertenece, y sobre la paternidad y la educación de los hijos. Y, sobre todo, es una novela "de crecimiento", un bildungsroman (y perdón por usar el palabro), en la que no sólo se trata la pérdida de la inocencia de la infancia, sino, más aún, la necesidad de conservar en lo posible esa inocencia en la edad adulta -y aquí la figura de Boo Radley toma un papel simbólico-; tal vez, y esta es una opinión muy personal, este carácter de novela de crecimiento, narrada además en retrospectiva por la propia Scout, juegue un tanto en contra de la novela, no por algún defecto intrínseco de ésta, sino porque desde 1960 hemos visto infinidad de novelas narradas por niños en las que nos cuentan los sinsabores y decepciones que conlleva hacerse adulto. En un sentido parecido, quizás el éxito de la película también sea una lastre para el libro, que se lee casi como una novelización del guión... (por no mencionar que es imposible imaginarse a Atticus Finch sin ponerle el rostro de Gregory peck).
Ahora bien, que estas objeciones un tanto tiquismiquis de este reseñista no arredren a nadie que se plantee leer esta novela:; bien al contrario, si lo hace se encontrará con una historia emocionante, escrita de forma deliciosa , ágil y llena de humor, y con unos personajes imborrables para quien los conozca. Un libro que es un clásico por derecho propio desde hace más de sesenta años, y que debe seguir siéndolo, pese a que los tiempos hayan cambiado... o precisamente porque igual no han cambiado tanto.
También de Harper Lee y reseñado en Un Libro Al Día: Ve y pon un centinela
martes, 22 de febrero de 2022
Mikki Kendall: Feminismo de barrio
Título original: Hood Feminism: Notes From the Women That a Movement Forgot
Traducción: María Porras Sánchez
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable
Como en todo movimiento social de amplio alcance, hay diferentes vertientes y formas de afrontar los problemas o desigualdades que pretende combatir. Y no siempre es fácil centrar y focalizar las necesidades a cubrir porque no todos los vectores implicados coinciden en establecer cuáles deben ser las prioridades. Mikki Kendall pone foco en ello reflejando que a menudo el feminismo “dominante” deja de lado los colectivos marginalizados para intentar mejorar aspectos que afectan especialmente a su clase y no a los más vulnerables. Y, fiel a su estilo contundente, propone y critica a partes iguales abriendo de esta manera la mirada hacia un feminismo más amplio que tenga en cuenta todas las necesidades.
Ya en la introducción, la autora pone de relieve sus orígenes, dejando bien claro la educación que recibió especialmente por parte de su abuela, quien «decretó que sus cuatro hijas (…) estudiaran (…) en la familia a nadie se le ocurrió la posibilidad de abandonar los estudios», así como la constatación de las irregularidades de un movimiento que pretendía abarcar todas las mujeres, aunque sin llegar a conseguirlo, y que retrata afirmando que «mi abuela nunca se describió como feminista. Nacida en 1924, después de que las mujeres blancas consiguieran el derecho a voto, pero criada en plena segregación racial bajo las leyes Jim Crow, la abuela no veía aliadas ni hermanas en las mujeres blancas», pues «ella nunca se identificó con esa etiqueta» debido a que «gran parte del discurso de las feministas de su época estaba plagado de suposiciones racistas y clasistas sobre las mujeres como ella». Ese espíritu inconformista de su abuela dejó una impronta en ella, pues «mi abuela me enseñó a ser crítica con cualquier ideología que afirmase que querían lo mejor para mí si quienes la enarbolaban no me preguntaban qué quería o qué necesitaba yo».
Kendall es contundente en su relato y se siente orgullosa de sus convicciones y la manera en que reivindica sus derechos, pues afirma que «soy la feminista a la que la gente recurre cuando ser dulce no basta, cuando decir las cosas con amabilidad, una y otra vez, no funciona» (…) «mis gritos hacen que la gente asome la cabeza del hoyo (…) de esto va este libro» porque «el feminismo es algo más que teoría crítica (…) es el trabajo que tú haces y por quién lo haces» y, desgraciadamente, «rara vez se habla de las necesidades básicas como una cuestión feminista. Problemas como la inseguridad alimentaria, el acceso a una educación de calidad, la atención médica, unos vecindarios seguros y unos sueldos dignos también son cuestiones feministas. El lugar de crear un marco destinado a que las mujeres consigan tener cubiertas sus necesidades básicas, estos textos a menudos se centran en fomentar el privilegio, no la supervivencia» porque «desde su concepción, el feminismo dominante ha insistido en que hay mujeres que tendrán que esperar más por la igualdad, que una vez que un grupo (las mujeres blancas, casi siempre) logre la igualdad, entonces abrirá el camino a todas las demás. Sin embargo, cuando llega la hora de la verdad, el feminismo blanco dominante suele fallar a las mujeres de color» y no únicamente a las de color, sino que la autora también critica que «el apoyo de las feministas blancas a las cuestiones que tienen un impacto directo en las vidas de las mujeres trans siempre ha sido mínimo, si es que alguna vez existió (…) Ver el feminismo como una opción de talla única es perjudicial, porque aliena a las personas a las que debería servir, no logra apoyarlas».
Partiendo de este enfoque, Kendall toca muchos aspectos que debería tratar el feminismo (y hacerlo en primer lugar) pero que parecen dejados de lado. Así, el relato trata, de manera exhaustiva y pormenorizada los siguientes temas:
- Racismo, pues Kendall reivindica «un enfoque interseccional en el feminismo» que pase por «entender algo que el feminismo dominante suele ignorar: que las mujeres negras y otras mujeres de piel oscura son siempre los canarios en la mina del odio».
- Violencia de género: «en un enfoque centrado en la víctima, los deseos, la seguridad y el bienestar de esta son prioritarios. El feminismo centrado en la víctima debería aunar servicios especializados, recursos, competencias interculturales e, idealmente, conocimientos sobre trauma, para atender las necesidades de aquellas que pasan por experiencias traumáticas como testificarán, denunciar o ir a juicio (…) se trata de capacidades imprescindibles para generar relaciones de confianza con las supervivientes, cubriendo sus necesidades y ayudándolas a sentirse seguras y protegidas (…) Debemos corregir nuestra forma de pensar sobre quién merece ser apoyada, dejar de creer que después del juicio todo se arregla». Por ello, hay que luchar contra ello de manera transversal porque «sí, la violencia de género es una cuestión claramente feminista, pero es un espacio donde la raza y la clase no sólo han dividido los recursos y los medios, sino que entran en juego toda una serie de -ismos que divide la atención a las personas en riesgo. Ya sea transfobia, antinegritud, islamofobia o xenofobia, no existe una forma unificada y efectiva de enfrentarse a la violencia de género que sea realmente inclusiva».
- Derecho a portar armas: «La historia de los Estados Unidos ha sido definida por su violencia; cuando nos hemos planteado qué hacer con ella, la solución ha sido contratar fuerzas del orden cada vez más y mejor armadas para contrarrestar a los criminales armados. Hemos llevado armamento de guerra a las calles y a las casas de los civiles, cuando estos no tienen ni idea del daño que pueden causar, ni de que la escalada de violencia nunca es la solución» que constata afirmando que «las muertes por arma de fuego son ahora la segunda causa de muerte entre la infancia estadounidense» (algo que ya vimos en «Un día más en la muerte de Estados Unidos», de Gary Younge). La autora afirma igualmente que «las balas que no me alcanzaron me cambiaron igualmente (…) a menudo he reaccionado a las cosas más banales de una forma que resultaría exagerada ante personas que no han crecido bajo la amenaza de la violencia armada. La supervivencia en las comunidades donde la violencia armada es constante pasa por la hipervigilancia y la ansiedad», sin olvidar que «la presencia de un arma en una situación de violencia de género hace que sea cinco veces más probable que la mujer sea asesinada (…) Aunque nos solemos centrar en el impacto que sufren los jóvenes expuestos a la violencia armada, las chicas también se ven afectadas, y mucho».
- Gentrificación: «No creo que un grupo numeroso de cuerpos negros sea sinónimo de criminalidad, pero sé que la gente que alaba las bondades de la gentrificación sí lo piensa (…) Cuando molestar a un vecino nuevo conlleva el riesgo de que te peguen un tiro, la pregunta no es si la violencia armada es una cuestión feminista; la cuestión es por qué el feminismo dominante no hace nada por abordar el problema».
- Pobreza: «Tratamos la pobreza como si fuera un crimen, como si las mujeres que la experimentan tomaran mal las decisiones que les afectan a ellas, a sus hijas e hijos a propósito. Ignoramos que no tienen opciones a su alcance, que deciden sin red». Esto afecta a la prostitución, como única vía posible para conseguir ingresos, pero también a la alimentación “sana”, pues «a veces la comida a tu alcance es la de las gasolineras, las licoreras y los restaurantes de comida rápida, no dispones de una tienda de alimentación ni de una cocina». Es un tema que el feminismo debe abordar, pues «un 66 por ciento de los hogares estadounidenses donde se pasa hambre son monomarentales» por lo que «no se puede ser feminista e ignorar el hambre, especialmente cuando tienes el poder y los contactos necesarios para introducirla en la agenda política» y que a menudo las soluciones aplicadas no sirven, pues «los impuestos a los refrescos afectan sobre todo a las personas que tienen menos opciones, porque las opciones ‘saludables’ son casi siempre las más caras en los desiertos alimentarios».
- Abusos: la autora también trata la violencia de género y la revictimización de las mujeres, pues «factores como la ropa que llevabas, si habías bebido o el desarrollo de tu cuerpo de emplean para justificar la violencia sexual (…) Cualquier sistema donde los derechos humanos básicos dependen de un patrón de conducta concreto enfrenta a sus posibles víctimas unas con otras y solo beneficia a aquellas que se aprovecharán de ella». También el racismo es un aspecto relevante y la sociedad tiene gran parte de culpa en ello, pues presentar a «las mujeres negras y latinas como mujeres promiscuas, a las nativas americanas y las asiáticas como sumisas y a todas las mujeres de color como seres inferiores legitima el abuso sexual» (algo que también apuntaba Ibram X. Kendi en «Marcados al nacer»). Por si fuera poco, además de esta doble victimización, también existe el desamparo al que son sometidas las mujeres, pues «cuando alentamos a que las víctimas acudan a la policía, pero ignoramos que el segundo delito más habitual entre policías es la agresión sexual, ¿cómo contribuimos a que las víctimas se sientan más seguras?».
- Respetabilidad: Kendall critica que para gran parte de la sociedad solo quienes tengan una vida respetable merecen los derechos, pues «se supone que debemos ajustar nuestro comportamiento constantemente para evitar los estereotipos racistas, clasistas y sexistas con los que los etiquetan desde fuera» (algo que recuerda a «Los cinco de Finkelstein», uno de los relatos de «Friday Black» de Nana Kwame Adjei-Brenyah). Por ello, la autora afirma que, «el color de la piel continúa siendo el criterio más evidente que determina cómo se trata a una persona».
- Supuesta “fiereza” atribuible a las mujeres negras: la autora afirma que «adoramos a Serena Williams hasta que se muestra enfadada cuando desafía a un sistema que la acosa sin parar mediante controles antidopaje y llamadas de atención dudosas de los jueces de línea. Entonces pensamos que está demasiado enfadada y que necesita calmarse. Son guerreras, pero por lo visto no del tipo adecuado» (algo que ya apuntaba Claudia Rankine en «Ciudadana»).
- Escolarización y racismo: Kendall también denuncia la discriminación en los centros escolares a través de informes de mala conducta, pues «ante una conducta idéntica la dirección suele sancionar más a sus estudiantes de color y menos a sus estudiantes blancos». Por ello, «los estudiantes negros son expulsados de manera temporal o permanente con tres veces más frecuencia que los blancos» y «el 70 por ciento de los estudiantes arrestados o derivados a la policía en el colegio son negros o latinxs. Aunque sólo el 16 por ciento de la población escolar es negra, tienen una alta incidencia en arrestos y aglutinan aproximadamente el 31 por ciento de los arrestos relacionados en el ámbito escolar».
El libro que ha escrito Kendall es una poderosa herramienta para evidenciar que la ideología blanca excluye del debate o ningunea otros feminismos provenientes de experiencias diferentes. El relato construido obvia una parte importante y centra su discurso en preocuparse principalmente por la etnia y clase dominante. Así, el texto de Kendall pone foco e incide en este aspecto, poniendo de relieve las diferencias pero también la necesidad de salvar las distancias y unir la lucha en sus diferentes áreas y aspectos empezando por cubrir las necesidades básicas. Bien es cierto, y cabe decirlo, que su visión y discurso está muy basado en sus experiencias y, por consiguiente, la visión desde su territorio, por lo que aspectos como el derecho a las armas es algo que puede que nos quede lejos legislativamente, aunque conceptualmente es próximo a todos.
Kendall aboga por hacer frente común a pesar de las diferencias, porque «ser aliada es solo el primer paso, el paso más sencillo. Es un espacio donde alguien que ostenta el privilegio comienza a aceptar las dinámicas imperfectas que constituyen la desigualdad». Así, la autora pone de relieve que «cuando somos copartícipes hay espacio para la negociación, el compromiso e incluso, a veces, para la amistad verdadera. Construir estas conexiones lleva tiempo, esfuerzo y voluntad para aceptar que algunos espacios no son para ti». La autora confía en ello, afirmando que «sé que podemos llegar a un lugar donde podamos abrazar las diferencias en lugar de fingir que la libertad se alcanza borrándolas», pero cabe empezar por cubrir las necesidades básicas puesto que «solo será verdaderamente posible proporcionar cambios feministas si el feminismo dominante trabaja para combatir la discriminación en todas sus formas, ya sea por género, clase o raza. La verdadera equidad comienza una vez que todo el mundo tiene las necesidades más básicas cubiertas» y para ello es imprescindible un acto de humildad y valorar cada paso, porque «a veces la solidaridad es así de simple. Da un paso adelante, tiende la mano a quien está atrás y continúa avanzando».
lunes, 27 de diciembre de 2021
Ibram X. Kendi: Marcados al nacer. La historia definitiva de las ideas racistas en Estados Unidos
Traducción: Jesús Negro García y Francesc Pedrosa Martín
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable
domingo, 17 de octubre de 2021
Patrisse Khan-Cullors & asha bandele: Cuando te llaman terrorista
Título original: When They Call You a Terrorist: A Black Lives Matter Memoir
Traducción: Clara Ministral
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable
Los que me venís leyendo desde hace un tiempo, sabéis de mi interés por los libros que tratan sobre el racismo, para entenderlo, para conocerlo y, especialmente, para combatirlo. Y leer la historia de una de las tres fundadoras del movimiento Black Lives Matter (junto con Opal Tometi y Alicia Garza) parecía una excelente oportunidad para descubrir los orígenes de un movimiento potente, necesario, amplio e imprescindible. Este ensayo cumple con su cometido, aunque parcialmente, pues analiza menos el movimiento de lo que me gustaría y se centra especialmente en las vidas de quienes este defiende. Que tampoco es poco; vamos a ello.
Indica la autora en la introducción que tras la respuesta al asesinato de un chaval de diecisiete años a manos de la policía y que originó el movimiento Black Lives Matter «se redactó y difundió una petición que llegó hasta La Casa Blanca. Decía que éramos terroristas». Una dura acusación hacia quien lucha por las igualdades y combate el racismo (también el policial) de manera pacífica y organizada porque tras años (décadas, siglos) de una situación insostenible de desigualdad había que cambiar la realidad, porque «como la de muchas de las personas que encarnan nuestro movimiento, mi vida ha transcurrido entre dos miedos que siempre van unidos, la pobreza y la policía».
A partir de esta introducción, Patrisse Khan-Cullors basa gran parte de su ensayo en narrar la vida de ella y de su familia formada por su madre, dos hermanos mayores y una hermana pequeña, viviendo de alquiler en un piso de protección oficial en un barrio multirracial aunque predominantemente mexicano del que afirma que «nuestro barrio está pensado para ser un lugar de paso». Su padre, mecánico en una cadena de montaje de General Motors, se va de casa al perder el trabajo cuando ella tiene seis años pero su ausencia es sólo física, «su cariño no desaparecerá en absoluto. Ese cariño de Alton Cullors permanece dentro de mí, a mi lado, hasta hoy mismo». Con ello nos hace el retrato de un entorno familiar donde salir adelante era su principal propósito, con una madre que «trabajaba dieciséis horas diarias» para combatir las grandes dificultades económicas por las que pasaban y poder alimentar a la familia. La autora reconoce el gran esfuerzo de su madre así cómo afirma que «todavía hoy en mis oraciones doy gracias a los Panteras Negras por haber convertido el programa de desayunos gratuitos para niños en un servicio que debían ofrecer los colegios». Y, en ausencia de sus padres, el clan familiar con unos hermanos que se cuidan y donde el mayor coge las riendas del padre ausente y también cuando no está la madre porque se halla en unos de sus interminables turnos para poder mantener a la familia, porque «desde el primer día nos educan para que cuidemos los unos de los otros».
La autora nos narra esos años preadolescentes y su incomodidad en el instituto Millikan, pues no encaja ni con los blancos ni con los negros, pues ella pertenece a una clase pobre en la que «simplemente me siento como lo que soy: una chica de Van Nuys a la que le encanta la poesía, leer y, por encima de todo, bailar». Pero, a pesar de desconveniencia, su etapa escolar le sirve para constatar la diferencia entre tasas de expulsión de chicas blancas y negras en EE. UU., porque «habiendo estudiado en centros con alumnas blancas y negras, una cosa que aprendí enseguida es que, aunque nuestro comportamiento puede ser igual o parecido, los castigos que recibimos casi nunca lo son».
De esta manera, la autora afirma con pesar que «con doce años estoy sola, el lugar que me corresponde en el mundo ya no es el de una niña, el de un pequeño ser humano que necesita apoyo. Lo había visto con mis hermanos y ahora me estaba ocurriendo a mí, la llegada de ese momento en que nos convertimos en eso que ya no es adorable ni apreciado. El año en que nos convertimos en algo de lo que deshacerse». Con estas duras palabras expone lo que supone ser un ciudadano negro de clase baja, en “algo de lo que deshacerse” y confiesa que a los doce años «aprendí que el hecho de ser negra y pobre me definía más que mi inteligencia, mi optimismo o mi entusiasmo».
Situado el entorno en el que vivió la autora, en este libro de memorias nos cuenta sus raíces, su familia y la manera de relacionarse a nivel emocional, los problemas de su clase y su comunidad, y el espíritu crítico de la autora ya desde pequeña. Y en cómo conocer a su padre biológico la cambió, alguien que «les anima a perdonar, a hacer que prevalezca el amor» en clara contraposición con su familia y sus hermanos donde no se habla de los problemas ni menos aún los sentimientos, únicamente de salir adelante. Porque con el conocimiento de la existencia de Gabriel y su personalidad, su acogida, porque «yo, una niña de una familia poco dada a expresar las cosas verbalmente y menos aun físicamente, empiezo a conocer una libertad que no le había dado cuenta de que necesitaba. Empiezo a experimentar algo parecido a un hogar en mi propia piel y en mis propios músculos, en los huesos, en las venas».
La autora carga fuerte contra la administración y la política y la dejadez en solucionar los problemas que tenían, pues «sin un plan educativo y sin ninguna opción de convertirnos en dueños de nuestro propio destino o en personas con poder de decisión que contribuyeran a una economía diseñada para recompensar solo a unos pocos, lo único que nos quedaba era la cárcel o la muerte». «Para nosotros, para la población negra, el encarcelamiento masivo de nuestros padres y más tarde de nuestras madres hizo que nuestra vida fuera de todo menos segura. Casi no había adultos presentes en nuestras vidas para amarnos, criarnos, defendernos, protegernos. Casi no había nadie que nos dijera que nuestros sueños, nuestras vidas y nuestras esperanzas importaban. Así que lo hicimos nosotros mismos, como mejor supimos» porque «la educación a la que tuvo acceso la generación de mis padres no los animó a desarrollar la creatividad, a regar las semillas de la esperanza. Solo a servir».
De esta manera, el ensayo que ha escrito la autora parte de la narración de su infancia, de la infancia propia de tantas personas de la comunidad negra en EE.UU., una infancia profundamente marcada por padres ausentes, por programas sociales ausentes, por una diversidad en estudios y formación ausentes… el entorno que describe la autora es un entorno aferrado completamente al presente, al día a día, a hacer lo posible por mantener económicamente la familia, pero que también la empobrece afectuosamente entre grandes jornadas laborales y carencia de cuidados que la debilita ante la sospecha, siempre presente, de parte de la sociedad sobre la comunidad negra de clase baja y la presencia policial siempre dispuesta (y predispuesta) a detener y encarcelar a los miembros de su comunidad. Y la salvación que aparece de la mano de la familia, de la comunidad, de las asociaciones, de los movimientos como los Black Panters pero también Strategy Center, Brotherhood Sisterhood, y gracias también a la formación, siempre necesaria, de mano de autores como Emma Goldman, bell hooks, Audre Lorde, Marx…
La autora, a través de la narración de la vida de su hermano Monte y sus detenciones y condenas y la relación familiar con él y su trastorno mental, pone en evidencia todas las injusticias, todo el olvido gubernamental y el maltrato del sistema policial y penitenciario, las limitaciones, los sesgos raciales existentes en todas las esferas. Y la dejadez, el olvido, al abandono de sus derechos como persona, que expresa cuestionándose «¿Cómo se mide la pérdida de aquello que un ser humano no recibe?» Porque «una alternativa más barata que dar tratamiento a Monte es tenerlo en una habitación solo y atado (…) se reducen los costes no solo de la propia medicación, sino de vigilantes y seguramente de alimentos». La autora relata el miedo sufrido ante el abuso de la policía al entrar en su casa con el solo pretexto de una sospecha, sin pruebas, sin testigos, sin justificación. Una docena de policías apuntando con sus armas, y con su ideología. Porque cuando en una redada te esposan y detienen cuando su único argumento es que «coincides con la descripción», uno de puede olvidar las palabras de Claudia Rankine cuando afirma «no eres ese tipo y aun así encajas con la descripción porque solo hay un tipo que siempre es el tipo que encaja con la descripción». Pero la autora, ante la búsqueda de un abogado para su hermano, afirma que «me niego a dejarme intimidar. Llevo siendo activista desde los dieciséis años». (…) «En Cleveland nos enseñaron, me enseñaron, que convertirnos en líderes era nuestra responsabilidad».
Así como gran parte del libro versa sobre el sentimiento de la autora como persona negra de clase baja y oprimida a través de la experiencia sufrida por su el hermano y que, en mi opinión y a pesar de su evidente interés, no es lo que esperaba de este libro, ya en el último tramo expone los orígenes del movimiento y una lista de casos en los que ha habido abusos policiales: Ferguson, Garner… y la creación del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de Trayvon Martin y la absolución de su asesino. Un movimiento forjado gracias a aglutinar diferentes asociaciones que se estaban organizando a lo largo del país. Un movimiento que no se focaliza únicamente en proteger las personas negras sino también crear «un espacio en el que se potencie a las mujeres negras y donde no tengan cabida el machismo, la misoginia y el androcentrismo» así como «potenciar a las personas trans y queer».
Este libro, más allá de las denuncias y críticas, y de la exposición clara y precisa sobre cómo se siente una persona de clase baja negra en EE. UU., es también un canto profundo a la hermandad, a la sororidad, a la red tejida entre muchísimas mujeres, personas trans y también algunos hombres en pro de una vida rodeada de solidaridad y cuidados. Y es, también y como no puede ser de otra manera, una protesta, un grito al inconformismo y no únicamente una voluntad sino también una necesidad de cambiar las cosas, porque debe cambiar, porque no hay otra, porque tal y como afirma la autora en uno de los párrafos finales del libro que sintetiza perfectamente el malestar y su reivindicación, «terrorismo es que te acosen y te vigilen simplemente por estar vivo. Y terrorismo es que te metan en una celda de aislamiento, que te tengan sin comer y que te den palizas. Y terrorismo es no poder dar de comer a tus hijos aun teniendo tres trabajos. Y terrorismo es no tener un colegio decente en el que estudiar ni un sitio adonde ir a jugar. Les diré que la verdadera libertad, la verdadera democracia, es reivindicar y alcanzar la justicia, la dignidad y la paz».







