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domingo, 15 de diciembre de 2024

Erskine Caldwell: Tumulto en julio

Idioma original: Inglés
Título original: Trouble in July
Traducción: Imma Falcó
Año de publicación: 1940
Valoración: Está bien

Trouble in July, de Erskine Caldwell, transcurre en el sur profundo de los EE. UU. Narra cómo la comunidad blanca quiere tomarse la justicia por su mano ante un negro acusado de violación. El sheriff McCurtain teme que el asunto le salpique políticamente, pues se acercan las elecciones y sabe que perderá votos tanto si se une al linchamiento como si detiene al presunto violador.

Trouble in July es, sin lugar a dudas, un clásico menor estadounidense. Sus múltiples ediciones al español (cuyo título es unas veces Tumulto en julio, y otras Disturbio en julio) así lo atestiguan. Yo lo he leído como Aldarulls de juliol, su traducción al catalán publicada por L'Agulla Daurada.

Aunque he apreciado Trouble in July, mentiría si dijera que no me parece mejorable. Caldwell, como el escritor de raza que es, dispone de los elementos narrativos adecuados en esta novela, pero que no ha exprimido del todo ni la premisa ni los personajes de la misma. Asimismo, echa mano a algunos recursos interesantes (como la repetitividad), pero no los acaba de integrar bien.

Sea como fuere, la contundente crítica al racismo que Caldwell realiza en Trouble in July es justa y atinada. Además, considero brillante cómo elude demonizaciones simplistas de quienes discriminan por el color de piel. A la mayoría de ellos no los retrata como personas genuinamente malvadas, sino que los plasma como egoístas, prejuiciosos, ignorantes, hipócritas, cobardes o fáciles de engatusar. Tampoco se libran de una buena reprimenda aquéllos cuya impasibilidad cómplice permite a la mayoría ejercer su violencia.

Un buen ejemplo de esto sería uno de los protagonistas de esta novela coral, el sheriff McCourtain. Su inoperancia a la hora de ejercer la ley se debe a que no quiere comprometerse políticamente, más que a una firme voluntad de hacer la vista gorda ante los linchadores. Otro ejemplo sería el del hombre que entrega al fugitivo a la turba pese a creerle inocente, pues teme que el resto le consideren un simpatizante de los negros.

Pese al acierto de este mensaje y la forma de transmitirlo, no he acabado de conectar con la ejecución global de Trouble in July. Y soy consciente de que muchas de las cosas que le reprocho fueron decisiones narrativas deliberadas de Caldwell, y que muchos lectores las defenderán como imprescindibles para comunicar . Sin embargo, yo considero que podrían haberse realizado de manera distinta, manteniendo la calidad y eficacia pero volviéndola algo menos monótona y repetitiva.

Porque si algo es esta novela es monótona y repetitiva. El argumento (insisto en que soy consciente de que deliberadamente) se atasca por momentos; los personajes y sus caracterizaciones dan vueltas en círculos; 

Para que quede claro que también he apreciado las múltiples virtudes de Trouble in July, listaré algunas de ellas:

  • El muy bien articulado mensaje contra el racismo que lanza.
  • La manera respetuosa y equidistante con que aborda sus temas sin por ello pecar de solemnidad o tolerancia excesivas.
  • La verosimilitud de su argumento, personajes y diálogos, que dotan al conjunto de una pátina de crudo realismo.
  • La astucia de ciertas escenas e imágenes.
  • Que dé al sheriff McCourtain un arco de crecimiento sin por ello otorgarle una redención o un obrar heroico, que sin duda se antojarían gratuitos, fuera de lugar y contrarios al mensaje transmitido.
  • Su tono, que oscila con maestría entre la comedia y la tragedia.
  • Su humor, que asoma de vez en cuando en el retrato irónico del protagonista o en el reverso de alguna de las situaciones en las que se ve envuelto.

Resumiendo: Trouble in July es una novela donde los prejuicios, la crueldad y la injusticia se dan de la mano. Aunque no tiene la prosa más cuidada ni los personajes más memorables, este clásico menor estadounidense entrega sin duda alguna una historia narrativamente eficaz y un mensaje poderoso.


También de Erskine Caldwell en ULAD: Aquí

jueves, 4 de abril de 2024

James Baldwin: La próxima vez el fuego

Idioma original: inglés
Título original: The Fire Next Time
Traducción: Paula Zumalacárregui para Capitán Swing
Año de publicación: 1963
Valoración: muy recomendable


Me produce cierto sonrojo observar, que tras más de cinco mil libros reseñados a lo largo de la vida de ULAD, siguen faltando autores que, ya sea por su obra o por su pensamiento, son personajes clave en la historia de la literatura. Y, a pesar de que James Baldwin ha aparecido citado en alguna reseña mía y reseñé un libro de relatos de varios autores que, justamente por su título «Esta vez el fuego», le hace un claro homenaje, nos faltaba un libro suyo. Y qué mejor ocasión para hacerlo que en 2024, año en el que se celebra el centenario de su nacimiento.

A modo de introducción, cabe decir que James Baldwin es una figura crucial en la historia de la literatura, el pensamiento y el activismo en los Estados Unidos durante el siglo pasado pues centró su obra especialmente sobre temas de gran importancia social como los derechos civiles, la homosexualidad, la religión y el racismo. En una vida a caballo entre Estados Unidos y Francia, el autor se volcó en la búsqueda de su identidad y en defensa de los derechos civiles, una defensa que le permitió relacionarse con figuras como Malcolm X y Martin Luther King. 

Considerado una obra de referencia en aspectos raciales y de derechos civiles, el libro que nos ocupa contiene dos breves ensayos en los que aborda de manera clara aspectos como el racismo, la religión y la identidad. En el primero de ellos, «Tembló mi celda» (ensayo muy breve con poco menos de diez páginas) consta de una carta que el autor escribe a su sobrino para prepararle sobre lo que se encontrará en la vida (de manera similar a la carta que Ta-Nehisi Coates escribe a su hijo en «Entre el mundo y yo») y a quien pone sobre aviso al indicarle que «lo único que puede destruirte es que creas a pies juntillas los insultos racistas de los blancos». Así, Baldwin habla a su sobrino sobre las personas aparentemente inocentes y bienintencionadas advirtiéndole que «te escribo esta carta para intentar aconsejarte sobre cómo tratar con ellos» y le recuerda así mismo que cuando nació lo hizo «para que te amáramos, criatura, con locura, de una vez y para siempre, para curtirte en un mundo sin amor» porque «gracias al amor, hagamos que nuestros hermanos se vean tal y como son, dejen de huir de la realidad y empiecen a cambiarla. Pues este es tu hogar, amigo mío, no dejes que te destierren; grandes hombres han hecho aquí grandes obras y volverán a hacerlas: podemos hacer de los Estados Unidos el país que está llamado a ser». Así, en este primer ensayo, el autor narra la dificultad de ser negro en un mundo dominado por blancos, pero insta a su vez a defender la negritud, apelando al orgullo de una etnia que se sabe necesaria para devolver al país a lo que de él se espera.

En el segundo relato, «A los pies de la cruz», el autor toma consciencia en sus inicios de la adolescencia de su situación social, de los peligros que acechan a los chicos de su edad, raza y clase; unos peligros que evidencia al afirmar que «durante el año en que cumplí catorce años, sentí, por primera vez en mi vida, miedo: miedo tanto del mal que había dentro de mi como del que había fuera (…) las prostitutas, los chulos y los mafiosos de la Avenida se habían erigido en una amenaza personal. Nunca se me había ocurrido que yo pudiera terminar como ellos, pero en aquel momento me di cuenta de que éramos fruto de las mismas circunstancias». Baldwin, consciente del lugar que el mundo blanco quería destinar a los negros expone, de manera clara, que «el miedo que detecté en la voz de mi padre cuando se dio cuenta de que de verdad me creía capaz de hacer lo mismo que un niño blanco y tenía toda la intención de demostrarlo (…) era otro miedo: el miedo de que el niño, al desafiar las presunciones del mundo blanco, estuviera exponiéndose a la destrucción». Así, con la clara influencia de su padre predicador baptista empieza a interesarse por la religión, como refugio y como guía, una práctica común entre los miembros de su comunidad y que le conmueven y asombran hasta el punto de afirmar que «nunca he visto nada que iguale el fuego y la emoción que a veces, sin previo aviso, llenan la iglesia y la hacen ‘estremecerse’» pero expone  a su vez su desconfianza hacia las religiones afirmando que, al leer los evangelios, «recuerdo la vaga sensación de que el mensaje encerraba una especie de chantaje. La gente, pensaba yo, tendría que amar al Señor porque sí, no por miedo a ir al infierno». De esta manera, en este segundo relato más orientado a la religión, el autor habla sobre el poder y la intención del cristianismo cuando este llegó a África y asevera sin tapujos que «la difusión del Evangelio —con independencia de las motivaciones, la integridad y el heroísmo de algunos misioneros— era una justificación absolutamente indispensable para clavar la bandera». Así, constata y defiende de manera taxativa que «no es exagerado decir que cualquier ser humano que ansíe alcanzar una cierta estatura moral (…) Debe desvincularse primero de todas las prohibiciones, crímenes e hipocresías De la Iglesia cristiana. Si el concepto De Dios tiene alguna validez o utilidad, solo pueden ser la de hacernos más grandes, libres y amorosos. Si Dios no es capaz de conseguir eso, ya es hora de que nos deshagamos de él».

Gran defensor de la integración social, James Baldwin expone que «construir una nación ha resultado ser una tarea complicadísima: desde luego, no es necesario formar dos, una negra y una blanca» y es necesaria la colaboración de todos y su empeño porque, tal y como indica, «a una civilización no la destruyen personas malvadas; no es necesaria la maldad: basta con que les falte carácter». Un carácter que sin duda él poseía y que le permitió defender con orgullo sus ideas y sus principios, unos valores personales que hacen que llegue a afirmar, con convicción inquebrantable, que «tenemos una responsabilidad hacia la vida: es el pequeño faro de esa aterradora oscuridad de la que venimos y a la que terminaremos regresando. Debemos negociar ese pasaje con la mayor nobleza posible, por el bien de aquellos que nos sucederán». Y la verdad es que, como lema vital, me parece irrefutable.

miércoles, 24 de enero de 2024

S. A. Cosby: Lágrimas como navajas

Idioma original: Inglés
Título original: Razorblade Tears
Año de publicación: 2021
Traducción: Miguel Sanz Jiménez
Valoración: Se deja leer (aunque es entretenida)

Lágrimas como navajas es tan entretenida y amena como estereotipada y previsible. Aunque esta definición no le hace justicia a la novela negra de S. A. Cosby; y es que por más que abunde en liviandad y clichés, también lo hace en escenas conmovedoras, protagonistas que resultan simpáticos y cierto subtexto relativo al racismo o la discriminación LGTBI que espesa sus temas. Por tanto, es un "bestseller" de género algo formulaico que al mismo tiempo exhibe un poquitín de ambición. 

Trata sobre Ike y Buddy Lee, dos ex convictos, uno negro y otro blanco, que unen fuerzas para vengar el asesinato de sus hijos, una pareja gay que se involucró con una persona poderosa. En el transcurso del relato, ambos padres forjarán una entrañable amistad y lidiarán con su retorno a la criminalidad, el dolor de la pérdida, el remordimiento de haber sido unos progenitores nefastos y la aceptación de las orientaciones sexuales alternativas.

La prosa de Lágrimas como navajas es funcional y eficaz. Asimismo, imprime un buen ritmo al conjunto. No obstante, por momentos se antoja excesivamente taquigráfica, pues escatima en descripciones (sobre todo de escenarios o atmósferas); a eso hay que añadir que emplea símiles algo ramplones (una herida que «lloraba igual que una novia con el corazón roto», un coche «verde como el dinero», etc...).

Por otro lado, el mensaje de Lágrimas como navajas no es precisamente sutil, pero tampoco insulta a la inteligencia del lector, dado que se vincula con el arco de personaje de Ike y Buddy Lee, amén de establecer un paralelismo entre los hijos de ambos y la esquiva Mandarina.

Como curiosidad: he detectado que Miguel Sanz Jiménez se ha tomado una licencia en la página 208 al traducir la obra. Y es que mientras que en el original se dice «woman with the most severe I want to speak with the manager haircut he'd ever seen», pasaje cuyo significado es difícil de trasladar al español, Jiménez sale del paso con «el típico aspecto de señora pelmazo».

Resumiendo: Lágrimas como navajas es la clase de "bestseller" de género que se lee de una sentada, pero también es una obra cuyas cualidades la hacen destacar sobre la media. Creo sinceramente que, pese a que no se la puede reivindicar como una ficción memorable, compleja o profunda, exhibe méritos más que suficientes para entretenernos durante una tarde e incluso hacernos reflexionar brevemente. Suficiente, ¿verdad?

viernes, 22 de diciembre de 2023

Percival Everett: Los árboles

Idioma original: inglés

Título original: The Trees

Traducción: Javier Calvo

Año de publicación: 2021

Valoración: tronchante y, por supuesto, recomendable

Durante la inolvidable (y esperemos que irrepetible) presidencia de Trump se producen en el pueblo de Money (sic), estado de Mississippi, unos crímenes particularmente truculentos, con mutilaciones incluidas y que parecen estar relacionados entre sí. Y que, sobre todo, llevan aparejados unas inexplicables apariciones y desapariciones que tienen superadas a las fuerzas del orden locales, comandadas por el sheriff Jetty, por lo que la policía estatal -el MBI, aunque parezca una broma- envía a dos de sus detectives, Ed Morgan y Jim Davis a investigar el caso. Los dos negros, lo cual no tendría mayor importancia si no fuera porque el caso parece tener connotaciones racistas -o las víctimas, más bien- y aquello no deja de ser el muy profundo Sur.

Con estos mimbres muy bien podríamos encontrarnos ante un thriller con conciencia social, al estilo (y ya sé que se trata de una película) de la muy conocida En el calor de la noche, duplicado, en este caso, el detective Tibbs que encarnaba Sidney Poitier (y sobre todo porque el sheriff Red Jetty también recuerda un poco al interpretado por Rod Steiger). La pareja de detectives negros también trae a la memoria, aunque en suave, a los impagables Ataúd Johnson y Sepulturero Jones del gran Chester Himes. Pero el caso es que, según se van sumando los elementos extraños a la trama, ésta va recordando más, y perdón por continuar con las referencias audiovisuales, a un Twin Peaks (1) sureño o incluso un episodio de Expediente X (2). Y aviso que la cosa no ha hecho más que empezar...

¿Ante qué nos encontramos, pues? ¿Un thriller policiaco? ¿Un whodunit con ínfulas políticas? ¿Una novela de terror bien enraizada en la realidad americana, a lo Stephen King? ¿Una distopía con tintes sobrenaturales? Pues todo y nada de esto, en realidad. Porque si algo caracteriza a esta novela, si Los árboles se puede calificar claramente de alguna forma, desde su primera página, es como una novela de humor. Humor satírico, incluso sarcástico, humor irónico, humor más sutil o más obvio -sin ir más lejos, Everett hace humor con los peculiares nombres de muchos personajes: Junior Junior, Braden Brady, Mamichula de Amarillo, Pick L. Dill, Helvetia Quip, Chester Hobsinger...-, humor cómplice y, sobre todo, humor negro (en todos los sentidos)... negrísimo, de hecho, porque Everett lo utiliza para tratar unos temas de los más espinosos, dramáticos e incluso traumáticos. Las heridas abiertas por el racismo en los Estados Unidos de América, que quienes  elegieron al tipo naranja que ocupaba la Casa Blanca cuando su autor escribía esta novela no parecen muy proclives a cerrar, sino todo lo contrario (la novela también se puede leer como una metáfora del movimiento Black Lives Matter, sobre todo en su tramo final). Sin duda, Everett ha hecho suya la frase del maestro Billy Wilder. "Si quieres decirle la verdad a la gente, sé divertido o te matarán" y a fe mía que consigue ser MUY divertido, incluso tronchante en más de una ocasión, para poder soltar toda la amargura y la tristeza de cómo se construyó su país (y el mundo en el que vivimos, podíamos añadir), de una forma basada en la crueldad, el desprecio y la ignorancia que muchos parecen dispuestos a perpetuar allí, aquí y casi se diría que en todas partes. nos queda, es verdad, el humor como arma defensiva, pero me temo que no sea suficiente. Aunque el buen rato, en este caso, no nos lo quita nadie...

(1) Nota para centennials e incluso algún que otro millenial: Twin Peaks era una serie de principios de los 90 dirigida por David Lynch en la que pasaban cosas muy rarunas en un pueblo en el que se había producido un asesinato, investigado por un agente del FBI.

(2) Nota para centennials e incluso algún que otro millenial: Expediente X era una serie de mediados de los 90 en la que pasaban cosas muy rarunas en muchos sitios, que eran investigadas por una pareja de agentes del FBI. Se ve que la agencia había aumentado de presupuesto.


También de Percival Everett y reseñado en Un Libro Al Día: X


lunes, 14 de agosto de 2023

James Alan McPherson: Espacio vital

Idioma original: Inglés
Título original: Elbow Room
Traducción: Gemma Deza Guil
Año de publicación: 1978
Valoración: Recomendable (o algo más)

James Alan McPherson se convirtió, en 1978, el primer autor afroamericano en recibir un premio Pulitzer en la categoría de ficción. Su literatura, hasta ahora inédita al español, es sumamente valiosa, ya que transpira reflexiones la mar de estimulantes.

Espacio vital, antología de McPherson originalmente titulada Elbow Room que la editorial consonni ha traducido y publicado, compila doce relatos. La calidad promedio de dichos relatos es sobresaliente, de modo que me cuesta decantarme por alguno de ellos. Sólo el tercero, del que hablaré más adelante, me ha parecido bastante flojo, al menos en comparación con el resto.

En fin, que todos los relatos de Espacio vital abordan, con compromiso político pero sin por ello caer en el maniqueísmo o perder el sentido del humor, la experiencia afroamericana. Así pues, giran en torno a la desigualdad, la discriminación, los prejuicios, el racismo, la pobreza y la comunidad, aunque también tratan temas más amplios y universales, como el amor o la empatía.

Sus protagonistas (generalmente varones negros) son tan complejos como los personajes secundarios que les acompañan. Nunca nos son descritos de forma artificialmente halagüeña; siempre tienen defectos, miedos y angustias que los humanizan.

En ocasiones narran en primera persona, lo cual propicia que McPherson plasme sus voces y carácteres con suma eficacia. Me maravilla, por ejemplo, cómo el autor refleja timidez en "Por qué me gusta la música country", afecto ambivalente en "Historia de un hombre muerto", racismo casi inconsciente en "Soy estadounidense" o cinismo vulnerable en "Lo suficiente para la ciudad".

La prosa de McPherson destaca, además de por mimetizarse con el registro de sus narradores en primera persona, por manifiestar la pluralidad fonética y las diferencias de clase de multitud de secundarios. Asimismo, recuerda estilísticamente a escritores de la talla de Raymond Carver, pues opta por eliminar todo detalle superfluo y minimiza los alardes retóricos. Cosa que no impide, evidentemente, que nos sorprenda con pasajes conmovedores, metáforas agudísimas o meditaciones brillantes.

Llegados a este punto, dejad que me detenga en cada uno de los relatos:

  • En "Por qué me gusta la música country", un hombre rememora un antiguo amor de la infancia. Da una forma y textura la mar de artísticas a una premisa simple.
  • En "Historia de un hombre muerto", el protagonista, que ha prosperado, lamenta las decisiones de su primo. La crueldad y las tendencias autodestructivas del antagonista provocan escenas increíblemente tensas.  
  •  En "La bala de plata", un joven cobarde quiere unirse a una banda, pero antes debe atracar un bar restaurante para demostrar de qué pasta está hecho. Resulta entretenido de leer, aunque palidece en relación con los demás, ya que presenta situaciones tarantinescas, personajes caricaturescos, un subtexto apenas esbozado y un humor algo burdo.
  • En "Los fieles", el negocio de un barbero que se niega a modernizarse agoniza. Fascina su capacidad para cristalizar multitud de cosas en poquísimo espacio.
  • En "Problemas de arte", un abogado blanco debe defender a una mujer de color acusada de conducir bajo los efectos del alcohol. Si bien el desarrollo y el clímax son relativamente planos, la manera en la que McPherson los comunica los dota de interés. 
  • En "Historia de una cicatriz", un hombre pregunta a una mujer por qué tiene el rostro marcado. Juega adecuadamente con las expecativas del lector pero prima siempre la calidad del texto al giro.
  • En "Soy estadounidense", un turista descubre que un ladrón ha robado a los japoneses de la habitación contigua. Su sentido del humor es deliciosamente sutil.
  • En "Viudas y huérfanas", un profesor asiste a una velada de ricachones donde una antigua alumna (y novia) recibe un premio. Cóctel melancólico y ácido.
  • En "Una barra de pan", la comunidad se alza en contra de un comerciante que vende más caro en la tienda de su barrio. Un autor menos habilidoso jamás hubiera logrado desplegar el conflicto con tanta madurez, ni equilibrar las perspectivas y escoger imágenes simbólicas con idéntico acierto.
  • En "Lo suficiente para la ciudad", un cínico permite que religiosos de diversos credos acudan a su casa e intenten captarlo con tal de poder burlarse de ellos. El formato y el sarcasmo que desprende me parecen magníficos.
  • En "Una historia de fondo", un juez recapitula para concluir si un negro que ha disparado a su jefe es culpable. Su estructura fragmentaria y cierre circular son impecables. 
  • En "Espacio vital", un escritor habla sobre un matrimonio interracial. Joyita cuyos toques filosóficos y metaliterarios ensalzan un núcleo que ya era intrínsecamente potente.

Para ir terminando, sólo insistiré en que Espacio vital es una antología sobresaliente. Por si todavía no os hubiera convencido de ello, dejad que copie uno de los cientos de párrafos destacables que nos regalan estas páginas: «Virginia Valentine había salido de Warren unos diez años antes, montada en la cresta de una gran ola de campesinos fugados. Para las personas como ella, encarceladas durante generaciones, el mundo exterior ofrecía un horizonte absolutamente nítido y lleno de opciones dulces. Muchos no supieron encajar la libertad y se movían de un sitio para otro como locos, como mascotas largamente encadenadas que anticipaban los tirones de sus correas. Algunos se suicidaron. Otros, buscando la seguridad, entraron corriendo en otras prisiones. Pero unos pocos, como Virginia, alzaron el vuelo cual águilas aristocráticas en busca de altos picos desocupados en los que construir sus nidos.»

viernes, 3 de junio de 2022

Claudia Rankine: Solo nosotros. Una conversación estadounidense

Idioma original: inglés
Título original: Just Us. An American Conversation
Traducción: Cecilia Pavón, en catellano para Eterna Cadencia
Año de publicación: 2020
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En el género del ensayo, hay diferentes formas de abordar el tema tratado: por una parte, se puede optar por darle un enfoque «académico» y nutrir el relato de datos y hechos contrastados (a menudo ordenados de manera cronológica) para elaborar una reflexión que se acerque a una tesis doctoral. Por otra parte, se puede partir desde la cotidianidad del día a día y de las experiencias y anécdotas personales para cubrir y razonar las mismas reflexiones aunque desde un enfoque más personal e individual (aunque claramente extensivo por global). Así, respecto al racismo, podemos pasar de un análisis histórico documental como «Marcados al nacer. La historia definitiva de las ideas racistas en Estados Unidos» de Ibram X. Kendi, a los ensayos más personales como los de «Feminismo de barrio», de Mikki Kendall, o el libro que nos ocupa. Todos los acercamientos son válidos y útiles para conocer un problema tan extenso en el tiempo como geográficamente.

Dice Rankine al principio del ensayo que, «siempre supe que para los ojos de nuestra cultura, mi valor está determinado por el color de mi piel» y, cabe decir que esta frase lo engloba todo pues sojuzga a todos los niveles a las personas de color (es decir, personas no blancas) a un estrato social inferior al que les debería corresponder: el mismo que los demás, el mismo que a los blancos. Y, bajo este prisma, Rankine nos narra situaciones en los que se encuentra y que giran en torno a la raza, a lo que supone ser negro en Estados Unidos y a los privilegios de los blancos. Así, nutre el relato de situaciones incómodas e injustas acontecidas de variopintos escenarios como aeropuertos, conferencias, cenas de empresarios, etc. y establece así su intento de entender (así como también su denuncia) la situación en la que se encuentran de manera que a lo largo del libro recorre los diferentes ámbitos de la vida en los que el color de la piel es un factor a la hora de establecer la posición que ocupamos en la escala social, siempre por debajo del inquebrantable y aparentemente indiscutible privilegio blanco.

La autora jamaicana nos habla sobre la supuesta neutralidad que cierta gente esgrime hacia la raza fingiendo una cierta indiferencia o incluso una falta total de percepción ante ella que Rankine (y otros intelectuales como Kendi) define como «daltonismo racial» o «la ceguera ante el color» que en lugar de ser algo positivo implica una cierta homogenización que diluye la igualdad porque «si no puedes ver la raza, no puedes ver el racismo». Y, hablando de color y de raza, la autora incluye un texto imprescindible de James Baldwin, quien afirma que «Este color parece operar como un espejo de lo más desagradable, y se gasta una gran cantidad de energía en tranquilizar a los estadounidenses blancos asegurándoles que no ven lo que ven. Algo completamente inútil, por supuesto, ya que sí ven lo que ven. Y lo que ven es una espantosa opresión y una historia sangrienta, conocida en todo el mundo. Lo que ven es una actualidad continua y catastrófica que los amenaza, y por la cual tienen una responsabilidad ineludible. Pero dado que, en general, parece que les falta energía para cambiar esta condición actual, preferirían que no se las recordaran» porque, tal y como afirma Rankine, «la gente se siente herida cuando le señalas la realidad que forma la experiencia porque la realidad no es su experiencia emocional (…) las estructuras que les dan forma a nuestras vidas son la arquitectura predeterminada en la que vivimos o en contra de la que vivimos». Es por ello, que esgrimir argumentos en conversaciones con gente blanca crea tiranteces e incomodidades porque «entre la gente blanca, a la gente negra se le permite hablar de su precaria vida, pero no se le permite implicar a los presentes en esa precariedad. No se le permite señalar sus causas (…) crear malestar señalando hechos que considera socialmente inaceptable».

De esta manera, la autora sitúa el color como elemento nuclear de su relato, y aborda los diferentes aspectos en los que pertenecer a una etnia u otra marca el destino vital de cada persona. Porque ya desde la etapa escolar, hay un sesgo racista que se evidencia en prejuicios escolares por parte de los profesores para quienes las expectativas sobre sus alumnos son mucho más bajas en los estudiantes negros que sobre los blancos, algo que ya apuntaba también Nikki Kendall en su libro y que Rankine sentencia denunciado: «¿a alguien le preocupa que estos maestros blancos, con su abrumadora representación de la blanquitud, estén confirmando las estructuras racistas a las que todos estamos sujetos?»; porque lo que sucede ya en la educación escolar desde la infancia se perpetua en todo el camino vital, confirmando y anquilosando una evidencia irrefutable: que «la brecha de riqueza racial intergeneracional se creó estructuralmente y prácticamente no tiene nada que ver con las elecciones individuales o racializadas. La fuente de la desigualdad es estructural, no conductual».

Así, la autora parte de la observación y el ánimo incuestionable de comprender, de empatizar, de llegar al origen de las creencias de cada uno para establecer una serie de conversaciones (a veces a modo de reflexión, a veces con amigas, a veces con la pareja, a veces con gente desconocida con la que coincide por cuestión de azar) para estructurar su concepción del mundo negro, del mundo blanco, del mundo de color, y contemplar desde ese entendimiento la interacción e imbricación a la que están, y deben estar, sometidos. Porque Rankine nos invita a entrar en su mundo externo e interno y comparte con nosotros sus inquietudes y la visión de su mundo negro en encaje en un mundo el blanco. El libro, de esta manera, consiste en una serie de reflexiones que la autora hace y somete a una especie de fact check en notas al lado donde verifica y contrasta sus afirmaciones y la veracidad de las mismas, porque el libro está estructurado prácticamente en su totalidad y con contadas excepciones de forma estricta: en las páginas impares, el libro consta de las reflexiones, anécdotas, situaciones o vivencias de la autora, mientras que en las pares constan las verificaciones o constataciones a base de notas y fuentes en las que se sustentan tales reflexiones.

Dice la autora que «quizás las palabras sean como habitaciones; tienen que dejar espacio para las personas. Amigo, estoy aquí. Estamos aquí. Tú estás aquí. Ella está aquí. Ellos están aquí. Él está aquí. Nosotros también vivimos aquí. Él también come aquí. Ella también camina aquí. Él también espera aquí. Ellos también compran aquí. ¡Amigo! Vamos. Vamos.». Vamos, porque todos formamos parte de este mundo, todos convivimos y nos encontramos, en los lugares físicos, en las ambiciones, aquí, ahora, ayer y mañana. Vamos. Conversemos, y busquemos el encaje. En nuestra mano está cambiar el escenario, y debemos encontrar la fuerza porque buscar el encaje «implica que los pares se reúnan sobre una base común para examinar la diferencia y alterar las distorsiones que la historia ha creado en torno a la diferencia. Porque son esas distorsiones las que nos separan. Y debemos preguntarnos: ¿Quién se beneficia de todo esto?». Esa es la cuestión, y ese es el enemigo que combatir y que vencer. No nosotros, la gran mayoría social, sino esos poco numerosos, aunque altamente poderosos, enemigos de la convivencia.

También de Claudia Rankine en ULAD: Ciudadana

viernes, 25 de marzo de 2022

Natasha Brown: Reunión

Idioma original: inglés
Título original: Assembly
Publicado por: L'altra editorial, en catalán (con traducción de Maria Arboç-Terrades) y por Anagrama, en castellano (con traducción de Inga Pellisa)
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable


Siempre es destacable la irrupción de nuevas voces que, por su estilo o por la radicalidad de los temas tratados, sobresalen y despuntan en un terreno fecundo (y desigual) como el literario. En este caso, Natasha Brown debuta con esta breve novela que, a pesar de su corta extensión, está dotada de una profundidad y potencia inusual, mostrando con gran talento la contundencia propia de quién no tiene nada que perder pero mucho que decir.

Narrada en primera persona en boca de su protagonista, el relato nos interpela directamente, pues con poco más de cien páginas la autora expone un amplio alcance temático en las que analiza y desgrana nuestra sociedad. Así, la reunión social a la que hace referencia el título es el MacGuffin de la trama argumental, aunque no el único destino al que la autora dirige su mirada incisiva y acusadora. Y cabe decir que la tarea de los traductores en la elección de la correcta traducción del título no era tarea fácil, pues el «Assembly» original puede traducirse como «Reunión» (opción por la que se han decantado las ediciones catalana y castellana haciendo referencia a una celebración que se produce en la historia narrada), aunque también podría traducirse como «Ensamblaje», un título poco comercial pero que encajaría mucho mejor con lo que el libro expone, pues la autora narra, de manera directa pero también global el encaje de una mujer joven, negra y talentosa, en una sociedad como la británica.

Con un estilo de marcado modo cuasi telegráfico, con frases cortas y directas, el libro empieza con la narración de un abuso de poder, de la presión a la que la protagonista se ve sometida en el trabajo por parte de su jefe; ella intenta convencerse de que no es nada, de que todo está bien, de que la situación no preocupante, mientras lucha internamente sobre cómo encajar la situación, como gestionar la obsesión de su jefe hacia ella. Este es uno de los pilares sobre los que se sustenta la novela, el encaje de una joven mujer con talento y ambición en un mundo poblado, orquestado y dirigido por hombres. Así, a través de la narración de la protagonista, la autora lanza diatribas sobre el mercado laboral, desatado, competitivo, ambicioso y voraz, que se impone al equilibrio vital maquillándose bajo el orgullo y la plenitud conseguida tras la consecución de los retos planteados. El canibalismo laboral disfrazado de superación personal, a través de trabajo duro y consecución de retos. Lo que queda atrás en el camino no importa, nadie se percatará de ello, nadie se dará ni cuenta. Mirada siempre adelante, hacia el progreso, siempre creciendo pero nunca arraigando. Sacrificios constantes para conseguir los propósitos, es lo único que importa: el resultado. Porque, como afirma la propia protagonista, «hacíamos listas, repasábamos nuestros planes a cinco años vista y nos acorazábamos los estómagos que nos harían falta para ejecutarlos». Porque hay que subirse a la rueda y subir el mundo a ella. Por ese motivo, la protagonista afirma que «hago charlas de estas casi cada semana (…) forma parte del trabajo, la diversidad hay que verla. ¿A cuántas mujeres y niñas he mentido?». Y llega el momento de la constatación de la realidad y asoma la duda de si el camino emprendido es el idóneo tras «generaciones de sacrificio, de trabajo duro y una vida aún peor. Mucho sufrimiento, muchas esperanzas perdidas: todo para esta oportunidad. Por mi vida. Y he intentado estar a la altura, lo he intentado fuertemente. Pero después de años de esfuerzo, tengo que luchar contracorriente, estoy preparada para dejar de moverme. Para dejar de luchas. Para tragarme el agua. No puedo más».

De esta manera, estilísticamente directa aunque de prosa cuidada, Brown nos hace un retrato vivo y mordaz sobre la vacuidad de la sociedad actual, sobre los débiles (aunque exquisitamente bellos) pilares sobre los cuales se sustentan nuestras vidas, cimentadas con unas realidades disociadas con nuestras altas expectativas. Seguir, luchar, persistir. La mirada hacia adelante mientras dejamos atrás el cansancio y el agotamiento; y la vida, propia y en comunidad. Porque la comunidad, la integración, es otro de los elementos nucleares del libro, pues la autora aborda de manera frontal el racismo y la xenofobia, de manera que el ensamblaje al que hace referencia el título también es extensivo a la integración de las personas negras a la sociedad occidental y el difícil arraigo heredado tras décadas de exclusión, pues «no nos unía ningún país ni ninguna cultura aparte de la británica (…) sobrevivíamos como sobreviven los patrones culturales. Persistiendo de generación en generación, sin sentido ni memoria».

Con el racismo, la xenofobia, la desigualdad y la diferencia de clases como elementos puntales del relato, la autora despliega su talento a lo largo de la narración a la vez que muestra una versatilidad estilística destacable cambiando a menudo de estilo, adaptándose, también ella, a lo que la narración demanda en cada momento. Así, a mitad del libro, nos encontramos con recuerdos que aparecen de manera fragmentada sobre momentos puntuales de la protagonista que sirven para definirla, para describir su pasado a través de pequeñas pinceladas que conforman su personaje, sus raíces, su pasado y su momento actual. Como pequeños alfileres sobre los que sostener su existencia. La narración se fragmenta de manera (quizá) algo excesiva, aunque la corta extensión de la novela es lo que exige. La autora aporta, entre recuerdos, pinceladas de disconformidad hacia un mundo que se mueve rápido (demasiado) pero sin rumbo, atolondrado, centrifugador, y que la autora retrata a la perfección con muy poco («vivir en un lugar del que siempre te echarán, sin saber, sin entender. Sin historia») y sin ningún tipo de tapujos o edulcorantes («Enoch Powell en persona zarpó hacia Barbados y nos suplicó que viniéramos. O sea que vinimos, y construimos y cuidamos y curamos —y cocinamos, y limpiamos. Pagamos impuestos, pagamos alquileres abusivos a los pocos propietarios que nos aceptaban. Y fuimos odiados»). La autora constata de esta manera la dificultad de encaje, de integración («nací aquí, mis padres nacieron aquí, he vivido siempre aquí; pero da igual, nunca seré de aquí. En mi cuerpo, su cultura se convierte en una parodia») y el cinismo de una sociedad que en apariencia abraza la diversidad pero que en realidad lo hace únicamente para reafirmarse («que él me acepte los alienta. Su presencia me avala, les asegura que soy el tipo adecuado de diversidad»). 

Así, la verdadera protagonista de la novela no es propiamente la narradora sino la misma sociedad que la autora retrata y define bajo la mirada de una protagonista que sirve esencialmente como vehículo narrativo para hacernos llegar una sociedad egoísta y nihilista a la vez que racista y excluyente que la autora sentencia afirmando que «ellos observan (nos observan). Les enseñan a hacerlo desde la escuela. Les enseñan a ver nuestros cuerpos (nuestras personas) como objetos. Aprenden la línea divisoria entre países ricos y países pobres como si fuera geografía —incuestionable como las montañas, los océanos y otros fenómenos naturales. Sin porqués ni paraqués, sin las flechas implacables del imperialismo europeo desgarrando el mapa del mundo».

De esta manera, con poco más de cien páginas Natasha Brown ha escrito una ópera prima en la que despunta por la claridad expositiva en el retrato y la denuncia que hace de una sociedad egoísta y desigual con un estilo ácido y crítico que en gran parte recuerda a Ali Smith por su precisión, por su radicalidad y su implacabilidad. Asimismo, en sus notas finales la autora cita al libro «Ciudadana», de Claudia Rankine, cuya influencia es evidente pues su estilo directo, poético, fragmentado, resuena altamente a la autora jamaicana y traza con él un hilo que las une en la exposición de las costuras de una maltrecha y desigual sociedad en la que abunda el racismo y clasismo e ilumina el relato con flashes instantáneos, imágenes y situaciones fácilmente identificables exponiendo bajo la luz de su estilo todas aquellas miserias que nos constituyen como sociedad y que la conforman con todas las aristas que sobresalen, a causa de la fragmentación alimentada por las altas clases, dominantes, absorbentes, impositivas e inclementes, del bello ensamblaje que el cinismo social pretende mostrar.


miércoles, 2 de marzo de 2022

Ilustres Olvidados #3: Matar a un ruiseñor de Harper Lee

Idioma original: inglés

Título original: To Kill a Mockingbird

Año de publicación: 1960

Traducción: Baldomero Porta

Valoración: bastante recomendable

Hace algún tiempo, en una de nuestras semanas temáticas, bastante similar a ésta y que dedicamos a autores notorios pero que, hasta entonces, no había sido reseñados en este benemérito blog, nuestro compañero Marc reseño el segundo libro de la emblemática escritora del Sur estadounidenses Harper LeeVe y pon un centinela, Emblemática, digo, pese a que ese libro y el que reseño yo hoy, el mucho más célebre (por mor, entre otras cosa, aunque no únicamente, de Hollywood), Matar a un ruiseñor, suponen las únicas dos novelas que llegó a publicar en toda su larga vida.

Lo cierto es que no sé si resulta muy necesaria una sinopsis de esta novela, puesto que tengo la sensación de que todo el mundo ha visto, al menos, la excelente, además de muy fiel adaptación al cine de 1962... pero, por si acaso, allá va: en Maycomb, un pueblo de Alabama similar a aquel en el que nació la autora y en los mismos años 30 en los que transcurrió su niñez, viven los hermanos Je y Scout -Jean Louise- Finch, con su padre Atticus, que les ha criado solo, desde que murió su madre, con la única ayuda de su criada negra, Calpurnia. Juanto a los niños, y su amigo Dill (personaje basado en Truman Capote, nada menos, amigo de la infancia de Harper Lee), vivimos sus juegos, asistimos a la escuela, conocemos a sus vecinos y nos preguntamos por el gran misterio de su calle: la existencia de Boo Radley, un tipo que vive recluido en su casa, sin que se le haya visto en muchos años...

Así transcurre la primera parte de la novela; en la segunda, sin abandonar los anteriores temas, aparece un cambio de circunstancias y aún de tono: Atticus Finch, que es abogado, asume la defensa de un hombre negro acusado de violar a una chica blanca. En el sur profundo de EEUU delos años 20, ya se puede cualquiera suponer los conflictos que acarrea la decisión de Atticus -quien, por otra parte, ha pasado, tanto al imaginario literario como  cinemátografico, como el paradigma de la integridad ética y profesional-; pero es más, la novela fue publicada en 1969, justo en pleno auge del movimiento a favor de los derechos civiles de los afroamericanos.... En este sentido, el "buenismo" que transmite la novela esa actitud que es considerada casi un pecado sin remisión hoy en día, cuando lo que se lleva es ser más malo que la sarna), se ve matizado por la problemática época en la que se publica,: no es una novela que trate sobre el racismo y la intolerancia en términos abstractos, desde una cómoda y segura posición "progre" (dicho esto con cierta ironía, aclaro), sino una historia pegada al momento y lugar de origen de su autora, lo que supongo le trajo más de un quebradero de cabeza, aunque también el éxito inmediato: la novela ganó el premio Pulitzer y ha sido continuamente elogiada y reeditada desde su aparición. Sin embargo, también ha recibido críticas negativas y sufrido polémicas por distintos motivos: desde ser demasiado cruda para el público juvenil -debido, sobre todo, al trasfondo de una violación-a edulcorar la realidad del racismo o , por el contrario, emplear en exceso términos racistas (la famosa n-word, sobre todo)... No sé si por estar hasta el gorro de tanta tontería o porque no tenía más que decir, el caso es que Harper Lee no volvió a publicar más libros en su vida, con la excepción del ya citado al comienzo de la reseña, que, pese a tratarse de una secuela de Matar a un ruiseñor, fue escrito con anterioridad a éste.

La novela, no obstante, no se ocupa tan sólo de los problemas raciales o la segregación en el Sur; de forma más profunda, es una reflexión sobre la justicia, sobre la convivencia entre clases sociales, sobre la integración armónica entre la individualidad y la comunidad a la que pertenece, y sobre la paternidad y la educación de los hijos. Y, sobre todo, es una novela "de crecimiento", un bildungsroman (y perdón por usar el palabro), en la que no sólo se trata la pérdida de la inocencia de la infancia, sino, más aún, la necesidad de conservar en lo posible esa inocencia en la edad adulta -y aquí la figura de Boo Radley toma un papel simbólico-; tal vez, y esta es una opinión muy personal, este carácter de novela de crecimiento, narrada además en retrospectiva por la propia Scout, juegue un tanto en contra de la novela, no por algún defecto intrínseco de ésta, sino porque desde 1960 hemos visto infinidad de novelas narradas por niños en las que nos cuentan los sinsabores y decepciones que conlleva hacerse adulto. En un sentido parecido, quizás el éxito de la película también sea una lastre para el libro, que se lee casi como una novelización del guión... (por no mencionar que es imposible imaginarse a Atticus Finch sin ponerle el rostro de Gregory peck).

Ahora bien, que estas objeciones un tanto tiquismiquis de este reseñista no arredren a nadie que se plantee leer esta novela:; bien al contrario, si lo hace se encontrará con una historia emocionante, escrita de forma deliciosa , ágil y llena de humor, y con unos personajes imborrables para quien los conozca. Un libro que es un clásico por derecho propio desde hace más de sesenta años, y que debe seguir siéndolo, pese a que los tiempos hayan cambiado... o precisamente porque igual no han cambiado tanto. 


También de Harper Lee y reseñado en Un Libro Al Día: Ve y pon un centinela

martes, 22 de febrero de 2022

Mikki Kendall: Feminismo de barrio

Idioma original: inglés
Título original: Hood Feminism: Notes From the Women That a Movement Forgot
Traducción: María Porras Sánchez
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable


Como en todo movimiento social de amplio alcance, hay diferentes vertientes y formas de afrontar los problemas o desigualdades que pretende combatir. Y no siempre es fácil centrar y focalizar las necesidades a cubrir porque no todos los vectores implicados coinciden en establecer cuáles deben ser las prioridades. Mikki Kendall pone foco en ello reflejando que a menudo el feminismo “dominante” deja de lado los colectivos marginalizados para intentar mejorar aspectos que afectan especialmente a su clase y no a los más vulnerables. Y, fiel a su estilo contundente, propone y critica a partes iguales abriendo de esta manera la mirada hacia un feminismo más amplio que tenga en cuenta todas las necesidades.

Ya en la introducción, la autora pone de relieve sus orígenes, dejando bien claro la educación que recibió especialmente por parte de su abuela, quien «decretó que sus cuatro hijas (…) estudiaran (…) en la familia a nadie se le ocurrió la posibilidad de abandonar los estudios», así como la constatación de las irregularidades de un movimiento que pretendía abarcar todas las mujeres, aunque sin llegar a conseguirlo, y que retrata afirmando que «mi abuela nunca se describió como feminista. Nacida en 1924, después de que las mujeres blancas consiguieran el derecho a voto, pero criada en plena segregación racial bajo las leyes Jim Crow, la abuela no veía aliadas ni hermanas en las mujeres blancas», pues «ella nunca se identificó con esa etiqueta» debido a que «gran parte del discurso de las feministas de su época estaba plagado de suposiciones racistas y clasistas sobre las mujeres como ella». Ese espíritu inconformista de su abuela dejó una impronta en ella, pues «mi abuela me enseñó a ser crítica con cualquier ideología que afirmase que querían lo mejor para mí si quienes la enarbolaban no me preguntaban qué quería o qué necesitaba yo».

Kendall es contundente en su relato y se siente orgullosa de sus convicciones y la manera en que reivindica sus derechos, pues afirma que «soy la feminista a la que la gente recurre cuando ser dulce no basta, cuando decir las cosas con amabilidad, una y otra vez, no funciona» (…) «mis gritos hacen que la gente asome la cabeza del hoyo (…) de esto va este libro» porque «el feminismo es algo más que teoría crítica (…) es el trabajo que tú haces y por quién lo haces» y, desgraciadamente, «rara vez se habla de las necesidades básicas como una cuestión feminista. Problemas como la inseguridad alimentaria, el acceso a una educación de calidad, la atención médica, unos vecindarios seguros y unos sueldos dignos también son cuestiones feministas. El lugar de crear un marco destinado a que las mujeres consigan tener cubiertas sus necesidades básicas, estos textos a menudos se centran en fomentar el privilegio, no la supervivencia» porque «desde su concepción, el feminismo dominante ha insistido en que hay mujeres que tendrán que esperar más por la igualdad, que una vez que un grupo (las mujeres blancas, casi siempre) logre la igualdad, entonces abrirá el camino a todas las demás. Sin embargo, cuando llega la hora de la verdad, el feminismo blanco dominante suele fallar a las mujeres de color» y no únicamente a las de color, sino que la autora también critica que «el apoyo de las feministas blancas a las cuestiones que tienen un impacto directo en las vidas de las mujeres trans siempre ha sido mínimo, si es que alguna vez existió (…) Ver el feminismo como una opción de talla única es perjudicial, porque aliena a las personas a las que debería servir, no logra apoyarlas».

Partiendo de este enfoque, Kendall toca muchos aspectos que debería tratar el feminismo (y hacerlo en primer lugar) pero que parecen dejados de lado. Así, el relato trata, de manera exhaustiva y pormenorizada los siguientes temas:

  • Racismo, pues Kendall reivindica «un enfoque interseccional en el feminismo» que pase por «entender algo que el feminismo dominante suele ignorar: que las mujeres negras y otras mujeres de piel oscura son siempre los canarios en la mina del odio».
  • Violencia de género: «en un enfoque centrado en la víctima, los deseos, la seguridad y el bienestar de esta son prioritarios. El feminismo centrado en la víctima debería aunar servicios especializados, recursos, competencias interculturales e, idealmente, conocimientos sobre trauma, para atender las necesidades de aquellas que pasan por experiencias traumáticas como testificarán, denunciar o ir a juicio (…) se trata de capacidades imprescindibles para generar relaciones de confianza con las supervivientes, cubriendo sus necesidades y ayudándolas a sentirse seguras y protegidas (…) Debemos corregir nuestra forma de pensar sobre quién merece ser apoyada, dejar de creer que después del juicio todo se arregla». Por ello, hay que luchar contra ello de manera transversal porque «sí, la violencia de género es una cuestión claramente feminista, pero es un espacio donde la raza y la clase no sólo han dividido los recursos y los medios, sino que entran en juego toda una serie de -ismos que divide la atención a las personas en riesgo. Ya sea transfobia, antinegritud, islamofobia o xenofobia, no existe una forma unificada y efectiva de enfrentarse a la violencia de género que sea realmente inclusiva».
  • Derecho a portar armas: «La historia de los Estados Unidos ha sido definida por su violencia; cuando nos hemos planteado qué hacer con ella, la solución ha sido contratar fuerzas del orden cada vez más y mejor armadas para contrarrestar a los criminales armados. Hemos llevado armamento de guerra a las calles y a las casas de los civiles, cuando estos no tienen ni idea del daño que pueden causar, ni de que la escalada de violencia nunca es la solución» que constata afirmando que «las muertes por arma de fuego son ahora la segunda causa de muerte entre la infancia estadounidense» (algo que ya vimos en «Un día más en la muerte de Estados Unidos», de Gary Younge). La autora afirma igualmente que «las balas que no me alcanzaron me cambiaron igualmente (…) a menudo he reaccionado a las cosas más banales de una forma que resultaría exagerada ante personas que no han crecido bajo la amenaza de la violencia armada. La supervivencia en las comunidades donde la violencia armada es constante pasa por la hipervigilancia y la ansiedad», sin olvidar que «la presencia de un arma en una situación de violencia de género hace que sea cinco veces más probable que la mujer sea asesinada (…) Aunque nos solemos centrar en el impacto que sufren los jóvenes expuestos a la violencia armada, las chicas también se ven afectadas, y mucho».
  • Gentrificación: «No creo que un grupo numeroso de cuerpos negros sea sinónimo de criminalidad, pero sé que la gente que alaba las bondades de la gentrificación sí lo piensa (…) Cuando molestar a un vecino nuevo conlleva el riesgo de que te peguen un tiro, la pregunta no es si la violencia armada es una cuestión feminista; la cuestión es por qué el feminismo dominante no hace nada por abordar el problema».
  • Pobreza: «Tratamos la pobreza como si fuera un crimen, como si las mujeres que la experimentan tomaran mal las decisiones que les afectan a ellas, a sus hijas e hijos a propósito. Ignoramos que no tienen opciones a su alcance, que deciden sin red». Esto afecta a la prostitución, como única vía posible para conseguir ingresos, pero también a la alimentación “sana”, pues «a veces la comida a tu alcance es la de las gasolineras, las licoreras y los restaurantes de comida rápida, no dispones de una tienda de alimentación ni de una cocina». Es un tema que el feminismo debe abordar, pues «un 66 por ciento de los hogares estadounidenses donde se pasa hambre son monomarentales» por lo que «no se puede ser feminista e ignorar el hambre, especialmente cuando tienes el poder y los contactos necesarios para introducirla en la agenda política» y que a menudo las soluciones aplicadas no sirven, pues «los impuestos a los refrescos afectan sobre todo a las personas que tienen menos opciones, porque las opciones ‘saludables’ son casi siempre las más caras en los desiertos alimentarios».
  • Abusos: la autora también trata la violencia de género y la revictimización de las mujeres, pues «factores como la ropa que llevabas, si habías bebido o el desarrollo de tu cuerpo de emplean para justificar la violencia sexual (…) Cualquier sistema donde los derechos humanos básicos dependen de un patrón de conducta concreto enfrenta a sus posibles víctimas unas con otras y solo beneficia a aquellas que se aprovecharán de ella». También el racismo es un aspecto relevante y la sociedad tiene gran parte de culpa en ello, pues presentar a «las mujeres negras y latinas como mujeres promiscuas, a las nativas americanas y las asiáticas como sumisas y a todas las mujeres de color como seres inferiores legitima el abuso sexual» (algo que también apuntaba Ibram X. Kendi en «Marcados al nacer»). Por si fuera poco, además de esta doble victimización, también existe el desamparo al que son sometidas las mujeres, pues «cuando alentamos a que las víctimas acudan a la policía, pero ignoramos que el segundo delito más habitual entre policías es la agresión sexual, ¿cómo contribuimos a que las víctimas se sientan más seguras?».
  • Respetabilidad: Kendall critica que para gran parte de la sociedad solo quienes tengan una vida respetable merecen los derechos, pues «se supone que debemos ajustar nuestro comportamiento constantemente para evitar los estereotipos racistas, clasistas y sexistas con los que los etiquetan desde fuera» (algo que recuerda a «Los cinco de Finkelstein», uno de los relatos de «Friday Black» de Nana Kwame Adjei-Brenyah). Por ello, la autora afirma que, «el color de la piel continúa siendo el criterio más evidente que determina cómo se trata a una persona».
  • Supuesta “fiereza” atribuible a las mujeres negras: la autora afirma que «adoramos a Serena Williams hasta que se muestra enfadada cuando desafía a un sistema que la acosa sin parar mediante controles antidopaje y llamadas de atención dudosas de los jueces de línea. Entonces pensamos que está demasiado enfadada y que necesita calmarse. Son guerreras, pero por lo visto no del tipo adecuado» (algo que ya apuntaba Claudia Rankine en «Ciudadana»).
  • Escolarización y racismo: Kendall también denuncia la discriminación en los centros escolares a través de informes de mala conducta, pues «ante una conducta idéntica la dirección suele sancionar más a sus estudiantes de color y menos a sus estudiantes blancos». Por ello, «los estudiantes negros son expulsados de manera temporal o permanente con tres veces más frecuencia que los blancos» y «el 70 por ciento de los estudiantes arrestados o derivados a la policía en el colegio son negros o latinxs. Aunque sólo el 16 por ciento de la población escolar es negra, tienen una alta incidencia en arrestos y aglutinan aproximadamente el 31 por ciento de los arrestos relacionados en el ámbito escolar».

El libro que ha escrito Kendall es una poderosa herramienta para evidenciar que la ideología blanca excluye del debate o ningunea otros feminismos provenientes de experiencias diferentes. El relato construido obvia una parte importante y centra su discurso en preocuparse principalmente por la etnia y clase dominante. Así, el texto de Kendall pone foco e incide en este aspecto, poniendo de relieve las diferencias pero también la necesidad de salvar las distancias y unir la lucha en sus diferentes áreas y aspectos empezando por cubrir las necesidades básicas. Bien es cierto, y cabe decirlo, que su visión y discurso está muy basado en sus experiencias y, por consiguiente, la visión desde su territorio, por lo que aspectos como el derecho a las armas es algo que puede que nos quede lejos legislativamente, aunque conceptualmente es próximo a todos.

Kendall aboga por hacer frente común a pesar de las diferencias, porque «ser aliada es solo el primer paso, el paso más sencillo. Es un espacio donde alguien que ostenta el privilegio comienza a aceptar las dinámicas imperfectas que constituyen la desigualdad». Así, la autora pone de relieve que «cuando somos copartícipes hay espacio para la negociación, el compromiso e incluso, a veces, para la amistad verdadera. Construir estas conexiones lleva tiempo, esfuerzo y voluntad para aceptar que algunos espacios no son para ti». La autora confía en ello, afirmando que «sé que podemos llegar a un lugar donde podamos abrazar las diferencias en lugar de fingir que la libertad se alcanza borrándolas», pero cabe empezar por cubrir las necesidades básicas puesto que «solo será verdaderamente posible proporcionar cambios feministas si el feminismo dominante trabaja para combatir la discriminación en todas sus formas, ya sea por género, clase o raza. La verdadera equidad comienza una vez que todo el mundo tiene las necesidades más básicas cubiertas» y para ello es imprescindible un acto de humildad y valorar cada paso, porque «a veces la solidaridad es así de simple. Da un paso adelante, tiende la mano a quien está atrás y continúa avanzando».

lunes, 27 de diciembre de 2021

Ibram X. Kendi: Marcados al nacer. La historia definitiva de las ideas racistas en Estados Unidos

Idioma original: inglés
Traducción: Jesús Negro García y Francesc Pedrosa Martín
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable
Título original: Stamped from the Beginning: The Definitive History of Racist Ideas in America

Son muchos los libros que han tratado el tema del racismo y del antirracismo (en ULAD hay reseñados muchos de ellos), pero pocos lo han hecho con la profundidad del libro que nos ocupa y narrando su evolución a lo largo de la historia. El propósito de este libro del Doctor Ibram X. Kendi, una de las principales voces antirracistas en EE.UU. y ganador del National Book Award, es hacer un recorrido histórico del racismo en Estados Unidos; en palabras del propio autor, «Marcados al nacer narra la historia integral de las ideas racistas, desde sus orígenes en la Europa del siglo XV, pasando por la época colonial (…) hasta llegar al siglo XXI y a los debates actuales sobre los acontecimientos que están teniendo lugar en nuestras calles».

Para aclarar conceptos que se irán viendo a lo largo del ensayo, Kendi nos detalla las diferencias entre las posiciones segregacionistas (culpar a las propias personas de las disparidades raciales), antirracistas (quienes señalan con el dedo la discriminación racial) y asimilacionistas (que afirman que tanto las personas negras como la discriminación racial son responsables de las disparidades raciales, que «los comportamientos inferiores de los negros podrían superarse si se les diera el entorno propicio»). Kendi nos habla también de la «interseccionalidad», el «prejuicio derivado de la intersección de las ideas racistas y otras formas de intolerancia, como el sexismo, el clasismo, el etnocentrismo o la homofobia» como elementos a combatir.

Kendi estructura el libro en cinco grandes partes y utiliza como “guías” a Cotton Mather, Thomas Jefferson, William Lloyd Garrison, W.E.B. Du Bois y Angela Davis, los cinco «teóricos raciales más destacados o provocativos durante sus respectivas vidas, puesto que escribieron, divulgaron y enseñaron ideas de índole racial (y no racial) tan fascinantes como originales, influyentes e incluso contradictorias». Así, el libro parte de la colonización y nos narra el inicio de la esclavitud y del comercio de esclavos africanos, en el siglo XV; ahí comienza «la historia registrada de las ideas racistas contra los negros», pues «la mayoría de los cautivos vendidos en Europa occidental eran europeos orientales, hechos prisioneros por los saqueadores turcos en todo el territorio alrededor del Mar Negro. Muchos de los cautivos eran eslavos, de manera que el término con el que se designaba a dicha etnia pasó a ser raíz de la palabra “esclavo” en la mayor parte de los idiomas del occidente de Europa». Con la llegada de Colón a América y la masacre que supuso para los indígenas, el esclavismo se extendió pues «prácticamente desde el momento de la llegada de Colón, una oleada de colonos españoles comenzó a degradar y esclavizar a los indígenas del continente, transfiriendo los constructos sobre los pueblos africanos a los americanos nativos».

De esta manera, el libro de Kendi hace un repaso del racismo en orden cronológico y abarca diferentes aspectos de la sociedad, tratando de manera transversal los siguientes aspectos de la sociedad en los que el racismo ha sido presente a lo largo de los siglos y que aquí agrupo, no de manera cronológica, sino en su ámbito de incidencia:

Racismo ideológico:
Kendi nos habla de cómo Mather y Cotton, prevenientes de Inglaterra, crearon escuelas y universidades coloniales en EE.UU., donde se enseñaba literatura griega y latina y estudiaron Aristóteles quien «consideraba que los antiguos griegos eran superiores a todos los que no eran griegos» provocando de esta manera que los puritanos estadounidenses aprendieran «una serie de fundamentos para las jerarquías humanas, de manera que comenzaron a creer que algunos eran superiores a otros» y, de manera similar a Aristóteles con los griegos, los puritanos «creían ser superiores a los americanos nativos, a los pueblos africanos e incluso a los anglicanos, es decir, a todos aquellos que no fuesen puritanos». 

Ya en la época de Thomas Jefferson, «las ideas de la Ilustración dieron legitimidad a este histórico “sesgo” racial, el vínculo entre la luz, la piel blanca y la razón, por un lado, y entre la oscuridad, la piel negra y la ignorancia, por otro» así como Carl Linneo (padre de la Ilustración en Suecia) que junto con «sus compañeros “ilustrados” también creaban jerarquías humanas; dentro del reino europeo, situaban a los irlandeses, a los judíos, al pueblo romaní y a los europeos del sur y del este en el nivel más bajo». Kendi cita también a Voltaire y sus ideas racistas al afirmar, sobre la raza negra, que «aunque su razonamiento no sea de una naturaleza distinta al nuestro, es al menos claramente inferior» y que «los pueblos africanos son como animales —agregaba— que viven únicamente para satisfacer las necesidades corporales» así como también David Hume que, aunque se oponía a la esclavitud, era terriblemente racista al afirmar que «soy proclive a sospechar que los negros (…) son inferiores a los blancos» o también Kant, quien afirmaba que «la humanidad alcanza su máxima perfección en la raza de los blancos». Así, el debate estaba entre los defensores de la monogénesis y los de la poligénesis, un debate que se alargaría a lo largo de décadas.

«A medida que se incrementaba el número de negros libres en la década de 1790 y el número de esclavos negros empezaba a disminuir en el Norte, el debate racial cambió; de los problemas de la esclavitud de paso a hablar de la condición y las capacidades de los negros libres». Así, se pasó a la estrategia de «persuasión por elevación» basada en «la idea de que era posible persuadir a los blancos para que abandonasen sus prejuicios racistas si veían que las personas negras mejoraban su conducta (…) La carga de las relaciones entre razas recaía directamente sobre los estadounidenses negros». 

Activismo:
En 1833 se forma la Sociedad Antiesclavista estadounidense, quienes en 1835 «se valieron de las nuevas tecnologías para difundir la palabra del abolicionismo a los potenciales conversos» y «llegaron a abrumar a la nación entre veinte mil y cincuenta mil ejemplares semanales de su panfleto abolicionista. Ya, en 1966, se forma la Marcha contra el miedo de Mississippi y surgió el grito «Black Power» como concepto que resumía las demandas del control negro para las comunidades negras. Ese mismo año «Huey Newton y Bobby Seale redactaron el programa de diez puntos para su recién fundado Partido de los Panteras Negras para la Autodefensa» y un año más tarde, Angela Davis, una vez volvió de sus estudios de filosofía en Alemania y «ayudó a crear el Sindicato de Estudiantes Negros en la Universidad de California en San Diego». Poco tiempo después, «la muerte de King convirtió a innumerables activistas con doble conciencia en antirracistas de conciencia única, y el Poder Negro creció hasta convertirse en la mayor organización antirracista desde el periodo posterior a la Guerra de Secesión». Así se narra la evolución del activismo en defensa de la comunidad negra y termina hablando de los asesinatos de Trayvon Martin y otros muchos, y la creación de la plataforma #BlackLivesMatter a manos de Alicia Garza y Patrisse Cullors

Racismo cultural:
Kendi también afirma que, junto con los colonos, las ideas racistas llegaron por parte de un grupo distinto, el de los dramaturgos, y hace mención a autores de textos racistas a través de las obras de teatro del siglo XVII; desde el racismo de Shakespeare en Otelo y «la inferioridad negra a superioridad blanca» a «un malvado y sobresexuado Arón» de Tito Andrónico o «La tempestad» con el personaje de «Calibán, el hipersexual hijo bastardo de un demonio y una bruja africana, descendiente de una ‘raza vil’». 

La cultura popular no ayudó a erradicar el racismo, como se demuestra con Edgar Rice Burroughs y su creación literaria, en 1912, de «Tarzán de los monos» en la que un huérfano de padres blancos se cría en África central y «se convierte en el cazador y guerrero más habilidoso de la comunidad, más que ninguno de los simios africanos con los que convive, (…) protege a una mujer blanca llamada Jane de los violentos negros y simios de la zona (…) enseña a escribir a los africanos, tal que si se tratase de niños, a combatir y cultiva sus propios alimentos». También habla del estreno, en 1915, de la película «El nacimiento de una nación» y sus ideas racistas o la publicación, en 1916, de “The passing of The Great Race”’ de Madison Grant en el que idea una escala étnico-racial que sirvió de referencia a Hitler para su “Mi lucha” y que él mismo define como “mi biblia”». Ya en 1933 se estrena King Kong que «no deja de ser un remake de ‘El nacimiento de una nación’ enmarcado en un escenario isleño a lo Tarzán» o en 1936 con el estreno de «Lo que el viento se llevó», donde «se ofrece un retrato de los señores blancos como nobles y atentos, y de los esclavos como leales aunque gandules, poco preparados para la libertad».

Racismo legislativo:
El libro hace también un repaso de como las leyes fueron modificándose a lo largo de los siglos y parte de 1705, con la revisión del código fiscal en Massachussets (…) en la que los legisladores de Virginia hicieron obligatoria la participación de las patrullas de vigilancia de los esclavos (…) por parte de grupos de blancos. «En la misma legislación se negaba a los negros la posibilidad de ocupar cargos públicos», en 1808 «un Tribunal de Carolina del Sur dictaminó que las mujeres esclavas carecían de derechos sobre sus hijos»; afortunadamente, la historia empezó a cambiar cuando, en 1848, se produce la primera convención por los derechos de las mujeres que reclamaban el «voto para todos los ciudadanos, con independencia de su género o raza» y, en el 17 de julio de 1862, se aprobó la Ley de Segunda Confiscación que «disponía que todos los africanos con duelo que huyesen a las líneas del ejército de la Unión o que residieran en territorios ocupados por la Unión “quedaban liberados para siempre de su esclavitud”» o el 31 de enero de 1865 donde se aprueba la decimotercera enmienda que abolía la esclavitud. El 27 de febrero de 1869 se aprueba la decimoquinta enmienda en el que «se prohibía que Estados Unidos o los estados denegasen o limitasen el derecho de voto ‘en virtud de la raza, el color o la condición anterior a la esclavitud’». También la ley de derechos civiles de 1964 que «declaraba ilegal la discriminación por motivos de raza, color, religión, sexo u origen nacional en los organismos y las instalaciones gubernamentales, así como en la vivienda, la enseñanza y el empleo públicos».

Racismo académico:
Con los test de admisión a la universidad, la discriminación seguía produciéndose, creando «nuevas barreras que coartaban a los negros pobres. ‘La clase de ha convertido en algo más importante que la raza a la hora de determinar el acceso a los negros a los privilegios y al poder’». Aportando datos, Kendi asevera que en 2004, «la probabilidad de que un estudiante blanco se inscribiera en las universidades más selectivas» era cinco veces superior a que lo hiciera un negro.

Racismo policial:
A pesar de que nadie conocía las tasas delictivas, como los «índices de arrestos y encarcelamientos de negros» eran superiores, «daban pábulo a las ideas racistas de que los negros quebrantaban más la ley» y «tales suposiciones hacían girar la rueda de la discriminación racial en el sistema judicial penal, que alentaba una mayor suspicacia hacia las personas negras, la presencia de más policía en los barrios negros, un mayor número de arrestos y un encarcelamiento más prolongado, lo que a su vez aumentaba más la suspicacia, etc.» y nos habla del Verano Rojo en 1919, de los linchamientos por parte del Klan en 1980 así como «el terror perpetrado por grupos de policía a lo largo y ancho del país, desde registros a mujeres en los que eran obligadas a desnudarse y abusos sexuales contra ellas hasta golpes propinados con la culata de la pistola en la cabeza de los hombres negros».

Racismo antropológico:
«En 1853, (…) en Francia, el aristócrata realista Arthur de Gobineau publicaba en cuatro volúmenes su “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” en el que (…) incluía un análisis sobre la “verdad colosal” de la jerarquía racial de la poligénesis. (…) Entre las especies blancas, la aria era la suprema, creadora indiscutible de todas las grandes civilizaciones de la historia del mundo». Las teorías de Gobineau tuvieron mucho éxito entre los alemanes, con el resultado ya conocido por todos.

Por todo ello, el libro que ha escrito Kendi es un repaso detallado y exhaustivo del racismo existente en Estados Unidos. Un ensayo donde predominan los hechos históricos más que la opinión del autor quien traza un recorrido que nos lleva desde el primer tráfico de esclavos hasta nuestros días, evidenciando que el racismo ha existido durante siglos y siempre ha sido mantenido y alimentado por motivos racistas, obviamente, pero también por intereses eminentemente económicos y políticos. Así, como es habitual, racismo y clasismo se asocian para lograr el interés común de las clases «nobles» blancas y sus egoístas y privados intereses porque tras este extenso ensayo, Kendi constata que «el poder nunca va a sacrificarse a sí mismo y renunciar a sus intereses» y que «solo puede garantizarse un Estados Unidos antirracista si quienes están en el poder son antirracistas por principios, de manera que las políticas antirracistas se conviertan en la norma habitual». 

También de Ibram X. Kendi en ULAD: Cómo ser antirracista

domingo, 17 de octubre de 2021

Patrisse Khan-Cullors & asha bandele: Cuando te llaman terrorista

Idioma original: inglés
Título original: When They Call You a Terrorist: A Black Lives Matter Memoir
Traducción: Clara Ministral
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Los que me venís leyendo desde hace un tiempo, sabéis de mi interés por los libros que tratan sobre el racismo, para entenderlo, para conocerlo y, especialmente, para combatirlo. Y leer la historia de una de las tres fundadoras del movimiento Black Lives Matter (junto con Opal Tometi y Alicia Garza) parecía una excelente oportunidad para descubrir los orígenes de un movimiento potente, necesario, amplio e imprescindible. Este ensayo cumple con su cometido, aunque parcialmente, pues analiza menos el movimiento de lo que me gustaría y se centra especialmente en las vidas de quienes este defiende. Que tampoco es poco; vamos a ello.

Indica la autora en la introducción que tras la respuesta al asesinato de un chaval de diecisiete años a manos de la policía y que originó el movimiento Black Lives Matter «se redactó y difundió una petición que llegó hasta La Casa Blanca. Decía que éramos terroristas». Una dura acusación hacia quien lucha por las igualdades y combate el racismo (también el policial) de manera pacífica y organizada porque tras años (décadas, siglos) de una situación insostenible de desigualdad había que cambiar la realidad, porque «como la de muchas de las personas que encarnan nuestro movimiento, mi vida ha transcurrido entre dos miedos que siempre van unidos, la pobreza y la policía».

A partir de esta introducción, Patrisse Khan-Cullors basa gran parte de su ensayo en narrar la vida de ella y de su familia formada por su madre, dos hermanos mayores y una hermana pequeña, viviendo de alquiler en un piso de protección oficial en un barrio multirracial aunque predominantemente mexicano del que afirma que «nuestro barrio está pensado para ser un lugar de paso». Su padre, mecánico en una cadena de montaje de General Motors, se va de casa al perder el trabajo cuando ella tiene seis años pero su ausencia es sólo física, «su cariño no desaparecerá en absoluto. Ese cariño de Alton Cullors permanece dentro de mí, a mi lado, hasta hoy mismo». Con ello nos hace el retrato de un entorno familiar donde salir adelante era su principal propósito, con una madre que «trabajaba dieciséis horas diarias» para combatir las grandes dificultades económicas por las que pasaban y poder alimentar a la familia. La autora reconoce el gran esfuerzo de su madre así cómo afirma que «todavía hoy en mis oraciones doy gracias a los Panteras Negras por haber convertido el programa de desayunos gratuitos para niños en un servicio que debían ofrecer los colegios». Y, en ausencia de sus padres, el clan familiar con unos hermanos que se cuidan y donde el mayor coge las riendas del padre ausente y también cuando no está la madre porque se halla en unos de sus interminables turnos para poder mantener a la familia, porque «desde el primer día nos educan para que cuidemos los unos de los otros».

La autora nos narra esos años preadolescentes y su incomodidad en el instituto Millikan, pues no encaja ni con los blancos ni con los negros, pues ella pertenece a una clase pobre en la que «simplemente me siento como lo que soy: una chica de Van Nuys a la que le encanta la poesía, leer y, por encima de todo, bailar». Pero, a pesar de desconveniencia, su etapa escolar le sirve para constatar la diferencia entre tasas de expulsión de chicas blancas y negras en EE. UU., porque «habiendo estudiado en centros con alumnas blancas y negras, una cosa que aprendí enseguida es que, aunque nuestro comportamiento puede ser igual o parecido, los castigos que recibimos casi nunca lo son».

De esta manera, la autora afirma con pesar que «con doce años estoy sola, el lugar que me corresponde en el mundo ya no es el de una niña, el de un pequeño ser humano que necesita apoyo. Lo había visto con mis hermanos y ahora me estaba ocurriendo a mí, la llegada de ese momento en que nos convertimos en eso que ya no es adorable ni apreciado. El año en que nos convertimos en algo de lo que deshacerse». Con estas duras palabras expone lo que supone ser un ciudadano negro de clase baja, en “algo de lo que deshacerse” y confiesa que a los doce años «aprendí que el hecho de ser negra y pobre me definía más que mi inteligencia, mi optimismo o mi entusiasmo».

Situado el entorno en el que vivió la autora, en este libro de memorias nos cuenta sus raíces, su familia y la manera de relacionarse a nivel emocional, los problemas de su clase y su comunidad, y el espíritu crítico de la autora ya desde pequeña. Y en cómo conocer a su padre biológico la cambió, alguien que «les anima a perdonar, a hacer que prevalezca el amor» en clara contraposición con su familia y sus hermanos donde no se habla de los problemas ni menos aún los sentimientos, únicamente de salir adelante. Porque con el conocimiento de la existencia de Gabriel y su personalidad, su acogida, porque «yo, una niña de una familia poco dada a expresar las cosas verbalmente y menos aun físicamente, empiezo a conocer una libertad que no le había dado cuenta de que necesitaba. Empiezo a experimentar algo parecido a un hogar en mi propia piel y en mis propios músculos, en los huesos, en las venas».

La autora carga fuerte contra la administración y la política y la dejadez en solucionar los problemas que tenían, pues «sin un plan educativo y sin ninguna opción de convertirnos en dueños de nuestro propio destino o en personas con poder de decisión que contribuyeran a una economía diseñada para recompensar solo a unos pocos, lo único que nos quedaba era la cárcel o la muerte». «Para nosotros, para la población negra, el encarcelamiento masivo de nuestros padres y más tarde de nuestras madres hizo que nuestra vida fuera de todo menos segura. Casi no había adultos presentes en nuestras vidas para amarnos, criarnos, defendernos, protegernos. Casi no había nadie que nos dijera que nuestros sueños, nuestras vidas y nuestras esperanzas importaban. Así que lo hicimos nosotros mismos, como mejor supimos» porque «la educación a la que tuvo acceso la generación de mis padres no los animó a desarrollar la creatividad, a regar las semillas de la esperanza. Solo a servir».

De esta manera, el ensayo que ha escrito la autora parte de la narración de su infancia, de la infancia propia de tantas personas de la comunidad negra en EE.UU., una infancia profundamente marcada por padres ausentes, por programas sociales ausentes, por una diversidad en estudios y formación ausentes… el entorno que describe la autora es un entorno aferrado completamente al presente, al día a día, a hacer lo posible por mantener económicamente la familia, pero que también la empobrece afectuosamente entre grandes jornadas laborales y carencia de cuidados que la debilita ante la sospecha, siempre presente, de parte de la sociedad sobre la comunidad negra de clase baja y la presencia policial siempre dispuesta (y predispuesta) a detener y encarcelar a los miembros de su comunidad. Y la salvación que aparece de la mano de la familia, de la comunidad, de las asociaciones, de los movimientos como los Black Panters pero también Strategy Center, Brotherhood Sisterhood, y gracias también a la formación, siempre necesaria, de mano de autores como Emma Goldman, bell hooks, Audre Lorde, Marx…

La autora, a través de la narración de la vida de su hermano Monte y sus detenciones y condenas y la relación familiar con él y su trastorno mental, pone en evidencia todas las injusticias, todo el olvido gubernamental y el maltrato del sistema policial y penitenciario, las limitaciones, los sesgos raciales existentes en todas las esferas. Y la dejadez, el olvido, al abandono de sus derechos como persona, que expresa cuestionándose «¿Cómo se mide la pérdida de aquello que un ser humano no recibe?» Porque «una alternativa más barata que dar tratamiento a Monte es tenerlo en una habitación solo y atado (…) se reducen los costes no solo de la propia medicación, sino de vigilantes y seguramente de alimentos». La autora relata el miedo sufrido ante el abuso de la policía al entrar en su casa con el solo pretexto de una sospecha, sin pruebas, sin testigos, sin justificación. Una docena de policías apuntando con sus armas, y con su ideología. Porque cuando en una redada te esposan y detienen cuando su único argumento es que «coincides con la descripción», uno de puede olvidar las palabras de Claudia Rankine cuando afirma «no eres ese tipo y aun así encajas con la descripción porque solo hay un tipo que siempre es el tipo que encaja con la descripción». Pero la autora, ante la búsqueda de un abogado para su hermano, afirma que «me niego a dejarme intimidar. Llevo siendo activista desde los dieciséis años». (…) «En Cleveland nos enseñaron, me enseñaron, que convertirnos en líderes era nuestra responsabilidad».

Así como gran parte del libro versa sobre el sentimiento de la autora como persona negra de clase baja y oprimida a través de la experiencia sufrida por su el hermano y que, en mi opinión y a pesar de su evidente interés, no es lo que esperaba de este libro, ya en el último tramo expone los orígenes del movimiento y una lista de casos en los que ha habido abusos policiales: Ferguson, Garner… y la creación del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de Trayvon Martin y la absolución de su asesino. Un movimiento forjado gracias a aglutinar diferentes asociaciones que se estaban organizando a lo largo del país. Un movimiento que no se focaliza únicamente en proteger las personas negras sino también crear «un espacio en el que se potencie a las mujeres negras y donde no tengan cabida el machismo, la misoginia y el androcentrismo» así como «potenciar a las personas trans y queer». 

Este libro, más allá de las denuncias y críticas, y de la exposición clara y precisa sobre cómo se siente una persona de clase baja negra en EE. UU., es también un canto profundo a la hermandad, a la sororidad, a la red tejida entre muchísimas mujeres, personas trans y también algunos hombres en pro de una vida rodeada de solidaridad y cuidados. Y es, también y como no puede ser de otra manera, una protesta, un grito al inconformismo y no únicamente una voluntad sino también una necesidad de cambiar las cosas, porque debe cambiar, porque no hay otra, porque tal y como afirma la autora en uno de los párrafos finales del libro que sintetiza perfectamente el malestar y su reivindicación, «terrorismo es que te acosen y te vigilen simplemente por estar vivo. Y terrorismo es que te metan en una celda de aislamiento, que te tengan sin comer y que te den palizas. Y terrorismo es no poder dar de comer a tus hijos aun teniendo tres trabajos. Y terrorismo es no tener un colegio decente en el que estudiar ni un sitio adonde ir a jugar. Les diré que la verdadera libertad, la verdadera democracia, es reivindicar y alcanzar la justicia, la dignidad y la paz».