domingo, 16 de febrero de 2020

Gonzalo Maier: Hay un mundo en otra parte

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Una pequeña reflexión inicial sobre el relato como género o estilo o pretexto de introducción a la condición de autor a costa de una exposición de perfil bajo.
La solapa de este libro menciona libros anteriores de Maier, que no he tenido la oportunidad de leer. Es decir; no sé si son ficción ni de que tipo o ensayo. Hay uno que se llama Leyendo a Vila-Matas, que no voy a negar me despierta cierta simpatía simplemente por su título. Pero vayamos a lo que planteaba. El relato, más concretamente el recoger varios de éstos y empaquetarlos en un libro, empieza a resultar repetitivo como género de acceso a la obra de un autor, y también como instrumento del autor para acceder ("presentarse") al gran público.
Bueno, al público. Que somos cuatro gatos, córcholis.
Y habrá quien diga que no: que usar la imaginación para generar varios textos (aquí, ocho) es más complejo que ceder al tentador gancho de tomar una buena idea y alargarla noventa, cien páginas, llamarla nouvelle, compartirla con algún editor proclive a encontrar savia nueva. Perdonaréis que disienta, yo nunca llevo la contraria, pero empieza a resultarme demasiado repetitivo ese recurso (Maier no tiene la culpa de quienes le preceden ni de quienes le seguirán) de escoger textos de diversos tipos, buscar alguna argamasa unificadora y presentarse ante el mundo con algo que podemos llamar obra.
Todas las cursivas son mías.
Los personajes de Maier en Hay un mundo en otra parte son casi siempre seres solitarios o con relaciones de pareja en oscuros segundos planos. Pueblan esos cuentos que juguetean con estructuras clásicas y con alguna ligeramente más osada, curiosamente en experimentos ligeramente vanguardistas que son los que me parecen más discretos. Maier se ve más cómodo en textos que apuntan hacia lo ligeramente surrealista. En el relato inicial, el brillante Un año más o menos largo, un hombre se muda a un apartamento desde el que observa un patio con gallinas. Ahí Maier despliega influencias no suscritas al cosmos literario sudamericano, y cualquiera diría que ese observador desde la ventana podría ser un personaje de Auster desplazado del entorno urbano. Es el texto que da cuerpo al libro y quizás algún escritor más descarado lo hubiera alargado y aderezado, me refiero al párrafo anterior, y algún crítico de estómago agradecido lo hubiera colmado de elogios y hubiera convertido al grupo de gallinas observado en una especie de analogía social de aires kafkianos.
El profesor que se prenda de una activista en Dos o tres apuntes sobre el maoísmo está más cerca de otros universos literarios, algo más corpóreo y sensual e incluso con un cierto escoramiento hacia ciertos perfiles de personaje cercanos a lo obseso o a lo perverso.
Pero la cuestión es: los autores que optan por el relato corto saben que el lector les va a perdonar algún desliz, cuentan con comprensión o condescendencia y parece que a veces se conformen con mantener un promedio digno. Como los centrocampistas que no fallan un pase ni pierden una pelota, pero tampoco hacen gran cosa más. Comprended el símil algo ajeno. Maier escribe bien, sus buenos relatos se disfrutan, para aquellos que no nos gusten disponemos del skip, no hace falta abandonar sino que es suficiente con ver si el siguiente nos gusta. Quizás no sea el libro más apropiado para poner estos ejemplos. Pero las cosas son así.

sábado, 15 de febrero de 2020

Quim Monzó: El mejor de los mundos

Idioma original: catalán
Título original: El millor des mons
Traducción (versión) del autor
Año de publicación: 2001
Valoración: Bastante recomendable

Si ya es de por sí difícil valorar un libro con un único calificativo, tratándose de un conjunto de relatos se añade el problema de la heterogeneidad. Lo habitual es que el nivel sea más bien irregular, con lo que las sensaciones van cambiando según avanzamos y hay que acabar por refugiarse en una calificación algo gaseosa, como ese bastante recomendable que va aquí arriba.

Para alguien que, como yo, no ha leído nunca a Quim Monzó, quizá la primera impresión es de sorpresa. Una sorpresa favorable, la sensación de haber encontrado algo que se sale de lo habitual, tanto por estilo como por fondo. La prosa de Monzó se podría definir como desnuda, escueta, sin ningún artificio (seguramente no encontraremos una simple metáfora en todo el texto), ninguna voluntad de adornarse. No es algo forzado, parece surgir con toda naturalidad, y consigue un peculiar efecto al interactuar con el relato: como lo que cuenta Monzó se adentra con frecuencia en el terreno de lo extraordinario, contado de esa forma directa y casi coloquial, le confiere verosimilitud y aumenta la estupefacción del lector.

¿Y qué es lo que cuenta Monzó? Pues en general, pequeñas historias cotidianas de ambiente urbano en las que de una u otra forma se entrecruza algo imprevisto, una situación inhabitual pero todavía no extravagante, que poco a poco se interna en el mundo del absurdo diríamos por estiramiento. Una familia que se niega a aceptar la muerte repentina de uno de los hijos, un malentendido en una riña de chavales, pequeños detalles en la historia aparentemente plácida de una pareja. Ocurre algo inesperado y sus consecuencias se prolongan y se enredan, deslizándose a veces hacia lo disparatado (ese monterrosino Mi hermano), otras hacia secretos nunca descubiertos (Las cinco cuñas).

La referencia más obvia es la del humor negro, que efectivamente está presente, aunque no siempre. Es más bien una mirada irónica, que fluye bajo los relatos de forma más bien sutil, sin dejar de mostrarse porque sus protagonistas sean tan antitéticos como un tipo esencialmente afortunado (Dos ramos de rosas), o una familia marcada por la enfermedad (La vida perdurable). Este último campo, la enfermedad y la desgracia, lo sondea Monzó en varias ocasiones, y la verdad es que hay momentos en que resulta difícil de tragar, porque la broma no casa bien con ciertas situaciones, pero admito que eso ya depende de la sensibilidad de cada lector. También explora –y se le agradece la valentía- territorios algo más arriesgados, como el aire improvisado y abierto, como de relato en construcción, del excelente Fregando platos, o esa especie de cuento de Navidad titulado La cerillera, donde Monzó parece decidido a abandonar su zona de confort, con resultado interesante, tal vez un poco desigual.

En medio de los relatos breves se inserta una novela corta, A los pies del rey de Suecia, que me parece lo mejor del libro. En similares registros al resto, cuenta Monzó las vicisitudes de un poeta aspirante al Nobel, un tipo solitario pero –como casi todos los demás personajes- bastante normal. Sus rutinas, y las muy tímidas peripecias con una vecina que le atrae o con un obligado cambio de piso, narradas de forma ágil y transparente, hacen posible que el lector se identifique con Amargós (sin duda, uno de esos personajes difíciles de olvidar), y se interese por sus dificultades por muy banales que resulten. La narración me parece impecable, escrutando cada gesto, cada pequeño detalle, todo un repertorio de significados y actitudes extraídos de un señor vulgar y su entorno aún más corriente, al menos en apariencia. Una mirada aguda y certera realzada por la sencillez y la precisión de la prosa. 

Lástima que Monzó deje diluirse este sólido relato, bien por no tener claro cómo rematarlo, o por sucumbir al impulso de desviarlo hacia algo más extravagante. Esa sensación de cierre en falso es algo que le ocurre en alguna otra ocasión, cuando toma los mismos derroteros inverosímiles, o bien el cuento se apaga un poco sin pena ni gloria, aunque también los hay bien redondeados. De forma que la impresión final que queda es:
- Que hay material, que Monzó sabe bucear en lo cotidiano, quizá en sus límites y en sus posibles deformidades, y es capaz de extraer cosas que contar
- Que las sabe contar muy bien, en ese estilo llano pero fino, recurriendo a un presente histórico que maneja con solvencia, todo lo cual ayuda a poner en valor historias que por sí mismo parecerían irrelevantes
- Que, no faltando creatividad ni estilo, quizá se echa de menos algo que podríamos llamar empaque, capacidad literaria, el arte de edificar con todo eso una estructura poderosa. Un escalón más, podríamos decir.

Una carencia esta última que en parte -solo en parte- podría venir determinada por el formato del relato breve, y que por tanto desconozco si se encuentra también en otras obras del autor. Por el contrario, me atrevo a suponer que las virtudes que en este libro se aprecian (originalidad, capacidad para narrar, frescura, cierto atrevimiento) no faltarán en otras obras diríamos mayores.

También de Quim Monzó en ULAD: El porqué de las cosasMil cretinos

viernes, 14 de febrero de 2020

Sara Gallardo: Eisejuaz

Idioma original: Español
Año de publicación: 1971
Valoración: Imprescindible

¿Por dónde empezar a la hora de hablar de un libro como “Eisejuaz”: por lo sorprendente que resulta que una escritora de la alta sociedad bonaerense escribiera semejante novela, por su estilo, por sus influencias, por su fuerza?

Creo que lo mejor es empezar diciendo que Eisejuaz es una novela alucinada, alucinante y alucinógena, un texto marcado por la relación de Lisandro Vega / Eisejuaz con la divinidad y en el que las reminiscencias bíblicas ya desde los títulos de los diferentes capítulos (La peregrinación, Las tentaciones, El desierto o Las coronas) son enormes.

Podríamos resumir (resumen resumido, como dice la compañera Beatriz) el argumento de Eisejuaz en el camino de redención o liberación a través del sacrificio de Lisandro Vega / Eisejuaz, un mataco grande y fuerte de un paupérrimo norte argentino. Se trata de un hombre criado en las misiones establecidas por los gringos en la zona y, por tanto, marcado por diversas dualidades y por una peculiar relación con lo divino. Fruto de esa relación y de esas dualidades son las diversas revelaciones, premoniciones y presagios de los que es (¿o quizá cree ser?) testigo. Una de ellas, con la que arranca la novela, es el encuentro con Paqui, blanco enfermo, marginal y oportunista a quien Eisejuaz considera una señal enviada por el Señor para dar comienzo a la última fase de su vida, plena de entrega y obediencia ciega.

Los tres capítulos siguientes (Los trabajos, La peregrinación y Agua que corre) son la explicación del nacimiento de Eisejuaz, desde la primera aparición de su Dios cuando apenas era un crío, y de las diversas dualidades o choques que condicionan su carácter y su vida. Así, por ejemplo destacan el choque económico, cultural o racial entre el hombre blanco y el indígena, el cual provoca mutuas incomprensiones, desconfianzas, rencores, etc, el choque entre cristianismo y cosmovisión indígena, que provocará la expulsión de Eisejuaz de la misión en  la que vive y el inicio de su camino de redención, a medio camino entre los éxtasis místicos (sueños, apariciones, etc) y sus caídas en el alcohol o la locura.

A partir de ese momento, la narración vuelve al punto inicial y continúa por su senda más “bíblica”, con sus tentaciones, sus travesías por el desierto, su discurso en el “Monte de los Olivos”, sus bienaventuranzas, sus postreros intentos de redención, etc.

Claro que los tres párrafos anteriores son solo una de las posibles lecturas de Eisejuaz. Porque la novela admite otras interpretaciones, quizá más acertadas. Pero más allá de su argumento, sorprendente por proceder Gallardo de una familia de la alta sociedad bonaerense sin aparente contacto o interés por el mundo indígena, destaca el aspecto formal de la novela. En primer lugar, Gallardo crea un personaje escindido entre dos realidades y producto de esa escisión es la elección del lenguaje en el que se expresa Eisejuaz. Un castellano “contaminado”, plagado de frases cortas como latigazos, de elipsis, omisiones y errores gramaticales - no se comemos, no se trabaja bien, se es flojo -  , que liga a Eisejuaz y a Gallardo con autores mal llamados indigenistas, como José María Arguedas (aquí las reseñas de El sexto y El zorro de arriba y el zorro de abajo) o Manuel Scorza (aquó la reseña de La tumba del relámpago), aunque en el caso de Gallardo me parece una narración más oscura, más turbia, más sucia. En segundo lugar, la elección de la primera persona y de una visión entre desquiciada y desquiciante, que hace pensar inevitablemente en  Faulkner o en Rulfo. En tercer lugar, la penetración de la autora en una mente como la de Eisejuaz y su capacidad para extraer imágenes tan brutales y perturbadoras como  hermosas, aunque siempre desde un estilo sobrio y áspero, alejado de todo barroquismo.

No sigo. Creo que es más que suficiente como para que os hagáis una idea de lo que representa una novela tan exigente, compleja y salvaje como “Eisejuaz”, una novela con una potencia fuera de toda duda, una magnífica novela.

jueves, 13 de febrero de 2020

Hernán Díaz: A lo lejos

Idioma original: inglés
Título original: In the distance
Traducción: Jon Bilbao (ed. en castellano) / Josefina Caball (ed. en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: entre bastante recomendable y muy recomendable

Hay libros que deberían llevar una faja a modo de aviso, indicando algo parecido a «no empezar este libro a menos que haya tiempo suficiente para leerlo de un tirón». Porque hay novelas que te arrastran inexorablemente por su alto ritmo narrativo y te sumergen de lleno en la historia contada; relatos que rezuman majestuosidad y aires de grandeza; epopeyas que transcurren veloces por vastos y extensos parajes, con historias que crecen y se expanden, desbordando el propio personaje que la protagoniza. Y que son tremendamente adictivas, como es el caso del libro que nos ocupa.

El inicio del libro es trepidante, atrayente, totalmente cautivador. Porque conocemos a Håkan Söderström, protagonista único de la historia. Y la manera en la que el autor nos lo introduce lo envuelve de un aura de misterio que hace justicia a la leyenda del hombre que iremos conociendo. Esa breve introducción, ese prólogo de pocas páginas con las que empieza el libro da muestra evidente de un hábil manejo de la tensión narrativa, el suspense y el sostenimiento del clímax, consiguiendo que entremos de lleno en la historia, en ese barco encallado en la nieve con una tripulación aislada y alejada, con esa figura misteriosa y poderosa que emerge del agua en el nerviosismo emocional propio de una situación que está en vías de estallar. Hay misterio, hay incluso un halo tirando a sobrenatural, hay tensión. Y todo esto, en un inicio de un libro, es algo que se agradece y te empuja a seguir la lectura ávidamente.

De esta manera, con ese inicio arrebatador, la mano hábil de Díaz nos traslada desde ese barco al pasado de Håkan, a su infancia y posterior llegada accidental a California, tierra de ambiciosos y ávidos buscadores de oro donde desfilan caravanas de carros, salones, estafadores, delincuentes y malhechores. La narración nos lleva a esas tierras áridas, secas, de desiertos, hambruna y corruptelas. La tensión narrativa de este libro es brutal, porque te atrapa desde un inicio y la travesía hacia la costa este en busca de su hermano se convierte en un page-turning de manual, pero con un escenario diferente al habitual: la reformulación del típico western. Porque aunque es cierto que hay buscadores de oro, estafadores, delincuentes, carros y armas de fuego, travesías por el desierto y mil elementos más hartamente vistos, la novela se convierte en el antiwestern que  muchos afirman, y no porque no salgan en ella sus elementos típicos (y arquetípicos), sino porque Håkan es un elemento externo a todos ellos; él no busca ser un protagonista, él es una víctima colateral de unos desmitificados pilares sobre los que se construyó América durante la fiebre del oro. Con ello, el espíritu que le da al libro Hernán Díaz es inusual, convirtiendo estos elementos como algo accesorio, casi secundario, un escenario conocido para ubicar en él la verdadera intencionalidad del autor: construir una novela de formación y superación a la vez que sitúa el western en otra esfera. Porque la figura de Håkan crece y engrandece en cada nuevo paso, en cada nueva etapa del camino, en cada nuevo reto.

Así, esta novela somete al western clásico a una revisión, una revisión extensiva a la historia de los mitos fundacionales de los Estados Unidos de América, y a las dificultades y penurias de los inmigrantes para sobrevivir y hacer frente a maleantes, estafadores, sheriffs corruptos y arribistas. De manera parecida a como hizo Philipp Meyer en «El hijo», Hernán Díaz pone el acento y el protagonismo en la víctima, en el diferente y utiliza este enfoque para reprobar el comportamiento de los blancos para conseguir su propósito: enriquecerse. Pero mientras Meyer rompía la imagen históricamente impoluta de los blancos para criticar sus actos, Díaz utiliza el western no para únicamente objetar las prácticas poco éticas sobre las que reposa el mito fundacional estadounidense, sino también, y especialmente, para tratar sobre la no pertenencia; el autor utiliza estos elementos para construir un bildungsroman que se construye a partir de la soledad y el desarraigo como elemento nuclear. Y Díaz sabe de lo que habla, pues su biografía recorre la vivencia en diferentes ciudades sin sentirse parte de ninguna de ellas, y esa sensación de extranjero, casi intruso, se traslada de manera inexorable a este libro.

En la inmensa y colosal figura de Håkan, caben aquellas dificultades y contratiempos de quien se embarca en una aventura sin un claro final y lo hace solo, con el desamparo y el desarraigo del que se siente no únicamente lejos de su tierra, sino ajeno al territorio donde vive, ajeno a sí mismo y a su propio cuerpo y pensamiento. El castigo infringido por la desazón y el desaliento, por las inclemencias de una vida de desesperanza e incertidumbre. Hernán Díaz sabe cómo trasladar ese sentimiento a la novela y lo hace con un protagonista que desconoce el idioma de la tierra de acogida, que no sabe cómo integrarse ni hacerse comprender, que se siente extraño; el aislamiento que le provoca su majestuosa estatura la crea una barrera que le separa de la confianza y la empatía de sus prójimos; su dificultad dialéctica es a su vez otro elemento que genera distancia y el autor lo aprovecha para minimizar el diálogo en la narración, dejando a Håkan a su merced, incomunicado; un extranjero desconfiado en quien tampoco nadie confía. Así, en esa soledad que se percibe en el texto, Håkan nos coge de la mano y nos invita a su mundo, un mundo sin comunicación, sin entendimiento, sin comprensión, sin confianza y sin prácticamente esperanza. El hombre contra los elementos, el hombre contra sus semejantes, el hombre solitario e incomprendido. El extranjero.

Porque a pesar de esos aires de western que ostenta, la novela va más allá de la típica novela de aventuras que parece en su primera mitad, y es especialmente en su último tercio donde el tono oscurece, donde el brillo y ritmo rápido que nos ha acompañado hasta aquí cambia de velocidad, donde aquellas trepidantes peripecias por vastas tierras quedan atrás para pisar, abruptamente, terrenos más áridos: el terreno emocional, donde el sufrimiento y la desolación que han ido acompañando el periplo de Håkan afloran y dominan el escenario. En el sufrimiento de Håkan nos vemos reflejados, en su solitud encontramos compañía, sus temores se funden con los del lector que padece con él.

Bien es cierto que sobra algún discurso moral o científico del naturista Lorimer, algo repetitivo e innecesario, pero por suerte son pocas páginas donde también hay elementos de interés y donde cobran sentido esas páginas de enseñanza básica (y algo de mensaje moral) para ver poco después el porqué. Porque esas enseñanzas a Håkan lanzan a su vez un mensaje claro para todos nosotros: la tierra no existe para ser explotada o para ser un obstáculo para quién transita por ella. La tierra existía ya antes que nosotros. Así, hay en esta novela también cierto componente de denuncia, de intencionalidad en volver a valorar la tierra como parte de nuestro mundo y defender la idea de que debemos coexistir y respetarla, en un claro mensaje que evoca a un trascendentalismo al que quizá deberíamos volver o al menos tener en cuenta.

Este un relato que trata sobre la soledad, la confianza en uno mismo y la desconfianza hacia los demás, el auto conocimiento y la superación, el aprendizaje necesario para sobrevivir, no únicamente respecto al mundo sino también respecto a uno mismo, a tolerar los defectos y conocer las virtudes, a mirar el mundo con generosidad y abierto a un aprendizaje vital sin el cual la travesía es incompleta y a aceptarse y encontrar aquello que desconocíamos que buscábamos: nosotros mismos. Porque en todo este trayecto, lo que queda a lo lejos, en el horizonte, es únicamente un mero objetivo que perseguimos mientras conseguimos lo verdaderamente importante: formarnos como personas mientras buscamos nuestro lugar en el mundo.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Brigitte Giraud: Tener un cuerpo

Idioma original: Francés
Título original: Avoir un corps
Traducción: Maria Teresa Gallego Urrutia
Año de publicación: 2013
Valoración: ¿Está bien?

Tener un cuerpo es una novela que no acaba de cuajar. Lástima, pues tenía un potencial tremendo. Narra en primera persona cinco periodos claves de la vida de su protagonista. Y pone un énfasis tremendo en el cuerpo de ésta. Sí, habéis oído bien: el cuerpo deviene un personaje más en esta obra.

Obra que, si bien es cierto que se lee sin dificultad, me ha decepcionado bastante. Y es que a esta historia la lastran dos cosas: su tono monocorde y la indefinición de la protagonista.

  • Lo primero podría haberse evitado dando mayor variedad a la voz narrativa. Imprimiéndole texturas distintas según el periodo vital que cubre, por ejemplo. 
  • En cuanto a la protagonista, me hubiera gustado que Giraud optara por escribirla de forma más compacta. Que o bien la hiciera un ser individualizado, o bien la convirtiera en un arquetipo femenino. Sin embargo, la autora retrata a dicho personaje a contraluz, y por ello es incapaz de sacarle partido a las ventajas de haberse inclinado hacia una u otra dirección. 

No quiero dejar de reconocer las cualidades de esta novela.

  • La prosa de Giraud es exuberante en lo formal. Usa ciertas decisiones estilísticas con una intuición portentosa, recurre eficientemente a la elipsis, desmenuza acciones y sentimientos con los adjetivos pertinentes... 
  • La autora exprime el cuerpo literaria, plástica y simbólicamente. 
  • Los temas barajados son sumamente interesantes: las diferencias (tanto biológicas como culturales) entre hombres y mujeres, el deseo femenino, la maternidad, la aceptación del duelo... Ojalá dichos temas hubieran sido más influenciados por el ángulo del cuerpo que Giraud había concebido al planear esta historia. 

En definitiva, diría que Tener un cuerpo es una obra paradójica. Una que encierra ideas brillantes, pero que es incapaz de articularlas con la solvencia que requieren. En todo caso, hay que admitir que lo que aporta no está nada mal. Además, se intuye ambición artística en esta novela; algo que siempre hay que agradecer. Y, repito, se lee con fluidez. 

martes, 11 de febrero de 2020

Elena Favilli y Francesca Cavallo: Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes (1 y 2)

Idioma original: inglés (creo)
Título original: Good Night Stories for Rebel Girls (1 & 2)
Año de publicación: 2016 (1) y 2017 (2)
Traducción: Ariadna Molinari (1) y Graciela Moreno (2)
Valoración: sin duda, recomendables


Para fortuna de todos, en los últimos tiempos se está produciendo, al menos en buena parte del mundo, una reivindicación del papel de las mujers más allá del espacio doméstico y de sus derechos como iguales a los hombres; al mismo tiempo, hay una justa revalorización de la aportaciónque muchas de ellas han hecho en diversos ámbitos tanto profesionales como políticos, científicos o artísticos. En este sentido, vivmos un auge de la publicación de libros dedicados a las mujeres, sus circunstancias y sus logros,a sí como al feminismo, y a ello contribuyen tanto la industria editorial como las propias librerías, muchas de las cuales ya reservan espacios para libros de esta temática. Dentro de este movimiento o tendencia (pues no parece pertinente considerarlo una mera moda) encontramos también amenos libros,destinados, en principio, al público infantil -no necesariamente en exclusiva. y, en principio también -aunque tampoco tiene por qué-, femenino, titulados Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, que ya van por el segundo volumen, y no sería de extrañar que no fuera el último. Escritos y editados, por cierto, por dos italianas que viven en Venice... pero de California.

¿En qué consisten estos "cuentos"? Pues en realidad se trata de pequeñas biografías -100 en cada libro, nada menos- de mujeres que, a lo largo de la Historia y en la actualidad, han conseguido grandes o pequeños logros en campos que, en la mayoría de los casos, parecía reservados en exclusiva a los hombres; encontramos así desde guerreras y gobernantes -como Boadicea o la inevitable Margaret Thatcher- a artistas variopintas: pintoras -Georgia O'Keefe-, arquitectas -Zaha Hadid-, bailarinas -Alicia Alonso-, cantantes - Nina Simone-...; deportistas y aventureras (Nadia Comaneci, Jeanne Baret), activistas de causas varias: Rosa Parks, Rigoberta Menchú, Wangari Maathaienchú... juezas, músicas, pensadoras, innovadoras en distintos campos, e incluso piratas y espías (Anne Bonny, claro, y Mata Hari, pero también unas cuantas más)...

Estas pequeñas biografías están, en efcto, contadas con un airre de cuento: suelen empezar "Había una vez una niña que..." y el lenguaje utilizado es claro y accesible para las y los más jóvenes. Además, cada una viene acompañada de un retrato de la biografiada, realizada por diferentes artistas en estilos muy variados y coloristas, que van desde los ejecutados con más realismo y detalle, hasta los que parecen sacados de algún cómic underground o algún grafitti.

Puesto que hoy, 11 de febrero, es el día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, os daré la lista de científicas de diferentes modalidades que aparecen en estos dos libros, para que veáis que no son pocas. Hay matemáticas como Hypatia, Ada Lovelace y Maryam Mirzakhani; científicas computacionales como Grace Hopper, Margaret Hamilton, Katherine Johns, Dorothy Vaughan y Mary Jackson; astrónomas y astrofísicas. Jill Tarter, Marguerita Hack, Wang Zhenyi, Valerie Thomas y Sara Seagar. Físicas: Marie Curie y Merrit Moore; químicas: Alice Ball, Ameenah Gurib-Fakim, Gery Cori y Rosaline Franklyn. Inventoras: Hedy Lamarr y Ann Makosinski.

Biólogas, zoólogas, ecólogas: Jane Goodall, Maria Sybilla Merian, Silvia Earle, Joan Beauchamp Procter, Temple Gardin; médicas, cirujanas y neurólogas: Mary Edwards Walker, Matilde Montoya, Sofía Ionescu Brenda Minor, Rita Levi Montalcini... Genetista: Netti Stevens. Paleontóloga: Mary Aming y como geóloga, Mary Tharp.

Y puesto que, también, esto es un blog de reseñas de libros, y eso es lo que nos gusta, a nosotros y a vosotros que nos léis, aquí va también la lista de las escritoras que aparecen (aclaro que no se trata de un ranking de "mejores escritoras de la Historia de la literatura", ni nada parecido, sino simplemente las que a las autoras de estos libros, por las razones que sean, les ha parecido conveniente incluir): Astrid Lindgren, las hermanas Brontë, Cora Coralina, Isabel Allende, Jane Austen, Maya Angelou, Virginia Woolf, Agatha Christie, Beatrix Potter, Chimamanda Ngozi Adichie, J. K. Rowling, Mary Shelley, Nadine Gordimer, Safo de Lesbos, y la sin par Wisława Szymborska.

lunes, 10 de febrero de 2020

Yuval Noah Harari: 21 lecciones para el siglo XXI

Idioma original: inglés
Título original: 21 Lessons for the 21st Century
Año de publicación: 2018
Valoración: Bastante recomendable



A veces un título es el peor enemigo del escritor. Así que aclaro, aunque este ensayo del historiador Yuval Harari tiene un carácter didáctico, tanto por su carácter divulgativo como por la claridad de exposición; no está aleccionando a los lectores y –en absoluto– contiene el discurso plomizo que podría esperarse del término lección. Al contrario, se trata de disquisiciones muy personales -en las que ideas y trayectoria del autor sobrevuelan cada frase y acaban enganchándonos- expuestas de forma muy amena y repletas de sugestivos ejemplos. Aunque no sea un texto de ficción, se lee casi como un relato de intriga, pues implica al lector en su propio futuro con una empatía nada frecuente en el género. En estos 21 capítulos –que es lo que son, realmente–Harari pretende (y consigue) condensar las preocupaciones del hombre contemporáneo. Empezando por el aspecto más aparatoso: la tecnología, que a pesar de algunas previsiones más que discutibles, tanto su audacia como el hecho de que se centre en los peligros potenciales, resulta apasionante y nos mete de cabeza en el texto.
Desde luego, parte de una ideología concreta e intenta cuestionarla planteando todos los factores que, a su entender, han quedado obsoletos. O sea, desde el principio, las cartas están boca arriba: escuchamos la voz de un amigo, con el que podemos o no estar de acuerdo, que ofrece su visión del mundo con total sinceridad, o eso parece. Quizá consideren que, por obvios, sobran algunos párrafos, pero como no serán los mismos para todos los lectores, deducimos que el autor ha intentado ponerse en la piel de un número lo más amplio posible de personas: de los que saben más y los que saben menos, de los que opinan una cosa y su contraria.
Se plantea, por ejemplo, que quizá no sea tan conveniente como parece el afán por globalizar a toda costa, reflexiona sobre el desempleo masivo o la disminución del libre albedrío con que amenazan los adelantos tecnológicos. Y, siempre que entendamos por humanos el grupo más hegemónico del planeta, no se puede negar que:
“En 1938 a los humanos se les ofrecían tres relatos globales entre los que elegir, en 1968 solo dos y en 1998 parecía que se imponía un único relato, en 2018 hemos bajado a cero”. 
O bien: “El sistema democrático todavía está esforzándose para comprender qué le ha golpeado”.
Eso sí, encuentro que todas esas reflexiones sobre nuestro futuro tecnológico simplifican demasiado. Harari habla de la Inteligencia Artificial, por un lado, y de los seres humanos, por otro, como si la primera procediera de algún germen extraterrestre que hubiese aterrizado aquí sin previo aviso. Además, se refiere a ciertas redes sociales o a generadores de algoritmos como si fueran eternos. Pero la IA –como todo– se construye progresivamente, y es, como sabemos, el resultado de objetivos, trabajo y talento exclusivamente humanos. Es decir, la deriva que tome no es inevitable. Las oportunidades laborales serán distintas, pero estarán ahí, es verdad que la IA expulsará a mucha gente no cualificada del mercado laboral, pero podría no ser así, depende de cómo se gestione. Si el reparto fuese más equitativo –algo poco probable pero no imposible– podría suponer mayor tiempo de ocio para todos. En conjunto, ese apartado resulta impactante, aunque demasiado centrado en las circunstancias actuales y bastante apocalíptico. Recordemos que estas predicciones suelen equivocarse porque no tienen en cuenta innumerables factores imposibles de predecir en su momento.
Sobre la cuestión de las identidades, Harari sostiene que, en estos tiempos cada vez más globales, los humanos nos parecemos más entre nosotros que a nuestros antepasados de una zona concreta, y es el famoso relato, es decir, la forma en que cada grupo se percibe a sí mismo, donde tenemos que buscar las diferencias. (“Insistimos en que nuestros valores son una herencia preciosa de antiguos antepasados. Pero eso solo podemos decirlo porque nuestros antepasados hace mucho que murieron y no pueden hablar por sí mismos”). Lo que nos acerca –siempre según el autor– es afrontar desafíos comunes y discrepar sobre ellos. Como en este momento, las tres grandes cuestiones del futuro son: el calentamiento global, la biotecnología y la inteligencia artificial, sobre ellas nos pelearemos y estableceremos consensos, ya que somos una gran familia. Sin olvidar la vieja amenaza nuclear, que nos obliga a no fragmentarnos demasiado y a mantener el equilibrio por la cuenta que nos tiene. Todo ello se ve afectado por terrorismo y contra-terrorismo, con el coste económico y humano que ambos suponen, así como por los movimientos migratorios, que plantean debates como la tolerancia y sus límites o el mito de la superioridad cultural.
Frente a las éticas religiosas, que pretenden mejorar la convivencia y acaban produciendo más perjuicios que bondades, sobre todo los monoteísmos, la ética laica se apoya en valores como compasión, igualdad, valentía,  libertad y responsabilidad, de modo que no necesitamos dioses. Aunque, cuidado, tampoco somos tan racionales como creemos, tendemos a mimetizarnos con el grupo, que es, en realidad, quien piensa por nosotros por medio de los mitos colectivos, que existen desde siempre, se transforman con el tiempo y son transmitidos por el poder de cada época y lugar. (“Cuando mil personas creen durante un mes algún cuento inventado, esto es una noticia falsa. Cuando mil millones de personas lo creen durante mil años, es una religión y se nos advierte que no lo llamemos “noticia falsa” para no herir los sentimientos de los fieles (o provocar su ira)”. ¿A qué es genial? Y, sin embargo, las religiones son un elemento de cohesión social, como las ideologías, las marcas comerciales o el dinero. Como necesitamos creer en algo, habitualmente mantenemos varios relatos entrecruzados que a veces son incompatibles, pero los guardamos en compartimentos cerrados y no nos damos cuenta. Cuando la religión ya no sirve y hay personas que sienten terror ante la incertidumbre, surgen los totalitarismos modernos.
Conclusión, no hay que buscar ningún sentido a la vida porque la vida es un conjunto accidental de elementos muy variados y no tiene sentido en sí misma. Por lo demás, esta búsqueda de sentido suele tener un fondo egoísta. Lo fundamental es conocernos, aprender a convivir y no dejar que piensen por nosotros. 
A pesar de cierta dispersión y de algunas reiteraciones casi obsesivas, este ensayo es un buen pretexto para replantearnos algunas certezas y abrir la mente a nuevos enfoques. Pero, muy especialmente, se lo recomendaría a los jóvenes y a todos los que se inician en el género ensayístico.

 Traducción: Joandomènec Ros

domingo, 9 de febrero de 2020

Kenzaburo Oé: Cuadernos de Hiroshima

Idioma original: japonés
Título Original: Hiroshima Nôto
Año de publicación: 2011
Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Valoración: está bien

Kenzaburo Oé tenía menos de 30 años cuando efectuó una serie de visitas a Hiroshima. Habían pasado casi 20 años desde el lanzamiento de la bomba atómica y Oé, que pasó, impactado por la experiencia, a considerarse un ciudadano más de la célebre ciudad japonesa, aprovechó cada una de sus visitas para escribir cada uno de los ensayos que da forma a este libro, inicialmente publicado en 1965 y en el que Oé ya muestra algunos de los detalles presentes en su obra posterior, y por el total de esta Oé fue galardonado por el Nobel y es el último japonés (hay uno cruzando los dedos cada mes de octubre, pero no) en recibir tal premio.

Quede claro que si los libros se valoraran por sus intenciones uno no podría justificar (sin ser masacrado por doquier) una valoración tan tibia. No sé exactamente qué esperaba de esta obra cuando tomé el ejemplar del estante de la biblioteca. Quizás lo que me he encontrado, pero más rabioso, más militante, más ofuscado. No quiero decir que Oé haya de presentarse a hablar con toda esa gente que sufre con intención de profundizar en la desgracia y de que esa profundidad sea la espoleta de agrias polémicas. En ese sentido, perdonad que me embarre algo y diga que esos textos de más de medio siglo de antigüedad me han parecido demasiado proclives al tópico que asocia al individuo japonés como alguien extremadamente considerado, educado, digno y cauteloso e incluso con alguna tendencia a lo reverente. Incluso poniendo en contexto esa distancia temporal, el hecho de que en 1964 y como consecuencia del final de la guerra la influencia norteamericana era poderosa, me hubiera gustado una prosa no tan contenida, más sanguínea, porque a los que Oé visita son a víctimas del primer bombardeo atómico de la historia, bombardeo que se justificaría bajo la excusa del mal menor, pero bombardeo que ha acabado de forma cruel no solo con las vidas de sus seres queridos, sino que ha condicionado su existencia posterior por los efectos de la radiación sobre su salud y la de generaciones posteriores. Me ha pasmado ver que el único momento en que Oé se pone algo agrio es protestando porque uno de los militares estadounidenses involucrados en las decisiones sobre el bombardeo es condecorado por un organismo japonés, seguramente títere de los acuerdos post-capitulación. Es una protesta tibia y débil, apenas un párrafo, un balance muy exiguo cuando el libro ha relatado tanto sufrimiento y ha levantado testimonio de tantas situaciones crueles y sórdidas.
En este sentido y contrapesando libros sobre testimonios parecidos, como el excelso Voces de Chernobil de Svetlana Aleksiévich, el de Oé me ha parecido un libro contenido y tibio sobre una cuestión que, como otras, merece una oposición más frontal, que se incrementa en los últimos tiempos, en que la densidad de chalados con acceso al botón nuclear se ha elevado de forma espectacular. Como otro aniversario destacado este año, el de Auschwitz, conviene seguir asociando Hiroshima al de una sima de la historia de la humanidad de cuyos aledaños nunca estaremos suficientemente alejados.

sábado, 8 de febrero de 2020

R. L. Stine: La máscara maldita

Idioma original: Inglés
Título original: The haunted mask
Año de publicación: 1993
Valoración: Se deja leer (está bien para niños)

Carly Beth es muy miedosa y en la escuela la asustan con frecuencia. En Halloween decide llevar una máscara aterradora para vengarse de aquellos que se burlaron de ella.

R. L. Stine reflexiona en La máscara maldita sobre el monstruo que hay en todos nosotros. La protagonista de la novela debe luchar contra su propia maldad, evitar convertirse en algo igual o incluso peor que sus torturadores.

Semejante mensaje es poderoso, no resulta moralizante y se comunica con sutileza. Bien por ti, Stine. A esto súmale que en la narración hay algún momento genuinamente pavoroso (el cual no me extraña que traumatizara a cientos de niños en su adaptación a televisión), y tenemos una ficción de terror infantil bastante conseguida.

Por desgracia, La máscara maldita sigue perteneciendo a la franquicia Escalofríos, y por ello es defectuosa de fábrica. Abusa de la tensión artificial y los sustos baratos (aunque éstos tienen cierto sentido dentro de la trama), presenta situaciones reiterativas, dilata en exceso algunas escenas, exhibe una prosa ramplona, etc, etc...

Pero dentro de lo que cabe, insisto, La máscara maldita funciona. No me extraña que se haya convertido en un clásico del terror infantil, y en una de las entregas de Escalofríos más queridas por los fans (incluso lo es del mismísimo autor). De nuevo, bien por ti, Stine.


También de R. L. Stine en ULAD: No bajes al sótano

viernes, 7 de febrero de 2020

Peter Brook: El espacio vacío

Idioma original: inglés
Título original: The Empty Space
Traducción: Ramón Gil Novales
Año de publicación: 1968
Valoración: Imprescindible para interesados (recomendable para los demás)

Para mí el teatro tiene algo de arcaico, y también algo lúdico. Unas personas subidas en una plataforma con tres paredes hablan, gesticulan o representan algo mientras otros observan desde el hueco de la cuarta pared. Es por tanto una forma de entretenimiento que puede encontrarse, en alguna de sus variantes, en cualquier aldea del último rincón del planeta; puede ser igualmente un ritual, una ceremonia quizá con alguna simbología; tal vez una representación con intención didáctica. Cada obra que se pone en escena incorpora  seguramente parte de todas estas perspectivas o varias de ellas en diferentes proporciones, siempre con personas de carne y hueso que están a unos metros de nosotros, sin filtros. 

Podríamos decir que todo esto tiene también algo de magia, pero no nos equivoquemos: la magia estará en el mejor de los casos en el resultado final, pero para edificar esa representación lo que se necesita es mucha dedicación y capacidad para llegar al corazón de lo que concibió el autor. En ese complicado camino encontramos a Peter Brook, respetado director con muchos años en la profesión y unos cuantos libros en los que ir dejando constancia de sus indagaciones. El espacio vacío es quizá su obra más sobresaliente, en la que expone no ya una teoría compacta sobre el teatro, sino una amalgama de intuiciones y experiencias.

Para un profano en la materia (adjetivo que asumo totalmente) una buena parte del texto resulta algo complicado de asimilar, por mucho que Marcos Ordoñez diga en su interesante prólogo que es ‘una obra tan clara y profunda como entretenida’. Brook distingue en una larga exposición entre teatro mortal, sagrado y tosco, que muy superficialmente podríamos identificar, en ese orden, como aquel irremisiblemente abocado a la extinción, el vinculado a un cierto ritual (lo que Artaud llamaba liturgia), y el que arraiga con la sencillez de lo digamos popular. Ya digo, intentando sintetizar para hacernos una idea muy básica, porque en esa clasificación avanzamos por numerosas páginas de reflexiones de mucho calado en torno a Shakespeare (de quien Brook es profundísimo conocedor), Brecht, Chéjov o Artaud, bajo cuya inspiración formó el autor parte de un grupo llamado precisamente Teatro de la Crueldad. 

En realidad, Brook no se posiciona en favor de un tipo de teatro concreto, sino que pone en valor aspectos de cualquiera de los que cataloga, teniendo como meta llegar a la esencia de la obra, ignorando los prejuicios que procedan de todo lo que con ella se hubiese hecho o dado por supuesto con anterioridad. En este sentido, la propuesta de Brook es completamente radical: se parte de cero, se cuestiona todo lo aprendido y se construye de nuevo prestando atención a cada detalle, cada gesto o modulación del actor, cada movimiento en escena y cada segundo de silencio. Todo ha de ser estudiado al milímetro, suprimido lo que no conecte con el alma de la obra aunque alguien lo considere sacrílego, expuesto sin miramientos lo que resulte imprescindible. Un trabajo intenso (al leer el libro se antoja obsesivo) que naturalmente involucra a todos los que participan en la representación, pero también al público, que de alguna manera es destinatario pero también partícipe del trabajo. La relación con el público es quizá uno de los aspectos más llamativos del texto de Brook, como se muestra en varias de las experiencias que relata. Por poner un ejemplo, cuenta cómo en una gira internacional de El rey Lear el público que siguió la representación con mayor atención fue el de un país centroeuropeo (creo que era Hungría), donde casi nadie hablaba inglés (no olvidemos que eran los años 50 o 60). Era tal el grado de concentración de esos espectadores y tan intenso el silencio que esa electricidad se contagió a los actores, que en esos pases dieron la medida exacta de lo que la obra requería. Algo que se hizo mucho más complicado frente a otros públicos de habla inglesa.

Aunque subraya Brook la importancia de esa conexión con el público, son múltiples los pilares en que se apoya la representación, y muy diferente la función que desempeñan. A ellos dedica la última parte del libro (El teatro inmediato), detallando aspectos muy interesantes en torno a la escenografía, el director y por supuesto los actores, así como comentarios realmente agudos sobre por ejemplo la noche del estreno, cuando el director se sienta entre el público, percibe sus reacciones y contempla la obra de forma completamente diferente a como la vio en los ensayos.  Es la parte más amena y menos exigente del libro, donde el autor desciende a una realidad que cualquiera podemos apreciar y se aleja un poco de la abstracción anterior. 

Brook habla, de forma más o menos llana, pero como teórico de la escena. Pero este señor es también (y sobre todo) un director de teatro, y por tanto tiene ocasión de poner en práctica lo que expone en el libro. De forma que, terminada la lectura, y como nunca he asistido a ninguno de sus montajes, se me plantea una incógnita fundamental: ¿cómo se materializarán todas las profundas reflexiones y enseñanzas que acabamos de conocer? ¿será realmente el espectador medio –o sea, yo mismo- capaz de captar toda la energía que se desprende de ese enorme trabajo? En resumidas cuentas, que a tenor de lo que ocurre con algunos autores que han expuesto aspectos teóricos de su arte, convendría saber qué ocurre realmente cuando Brook pasa de la teoría a la realidad.

jueves, 6 de febrero de 2020

Escritores de película (resopón de la Semana del Cine)

Cine y literatura siempre han tenido una relación estrechísima, no sólo porque muchos autores se han dedicado también a escribir guiones (y guionistas, libros) o porque muchísimas películas, antes del aluvión actual de adaptaciones de videojuegos o series de televisión, están basadas en novelas o relatos; también porque la figura del escritor o escritora ha sido siempre muy atractiva para la cinematografía, puede que incluso más que la de los propios cineastas, y desde luego , mucho más que profesiones como fontanero, tallador de fruta o quiromántico (aunque mucho menos que soldados, policías, gángsters, bibliotecarias de Texas o cualquiera que vaya por la vida con un arma en la mano).

Revirando, pues, el sabio aserto que aconseja no leer libro protagonizados por escritores -misión imposible- ni ver películas sobre cineastas, hago notar que existen un montón de films que tienen a escritores de protagonistas, ya sean como personajes reales o de ficción (mejor dicho: más o menos de ficción). la variante más obvia de este tipo de películas son las llamadas "biopics", es decir, películas biográficas que retratan toda o una parte sustancial de la vida de algún personaje conocido; aunque, ciertamente, en ocasiones resulta difícil saber de antemano quién es la figura biografiada: Capote, Wilde, Tolkien, Dovlatov, Yesenin, Mary Shelley, La joven Jane Austen, Las hermanas Brontë, Mishima, una vida en cuatro capítulos... Se lo han currado a tope, ¿eh? Incluso Miss Potter, encarnada por la simpática Renée Zellweger, resulta fácil de identificar para el público anglófono como la madre de Harry... perdón, de Peter Rabbit. Hay que fijarse un poco más, eso sí, cuando el título de la película es tan sólo un nombre de pila: Iris (Murdoch), Enid (Blyton), Colette... bueno, éste no tanto. Resulta más sugerente -aunque el contenido no tiene por qué ser más interesante- cuando el título es menos obvio: Antes que anochezca, sobre Reinaldo Arenas haciendo de Javier Bardem, Tierras de penumbra, sobre C. S. Lewis o la inefable Ábrete de orejas, acerca del malogrado dramaturgo Joe Orton. Rebelde en el centeno, ni os digo sobre quién trata...

Otras películas también se encuadran dentro del biopic, pero circunscribiéndose a un periodo concreto de la vida de los biografiados (a menudo la época en la que estaban escribiendo una determinada obra):

-Shakespeare in love: El joven William se enamora, escribe Romeo y Julieta, afronta con gallardía contratiempos y peligros -como una reina Isabel que bien podría ganar el certamen de drags de Tenerife- para al final encontrarse con que su amada se ha ido con el multimillonario Richard Stark, que además es un superhéroe y mola mil.

-Historia de un crimen: James Bond cae en una trampa de Spectra y es encerrado en una cárcel de Kansas, adonde el MI6 envía a sus agentes Ruiseñor y Gorrión -a.k.a. Harper Lee y Truman Capote- para liberarlo. No lo consiguen y Bond es ejecutado, con lo que ahora se encuentran en el brete de tener que elegir a un nuevo 007.

-The End of the Tour: Precuela de Bienvenidos a Zombieland en la que David Foster Wallace con  sempiterna bandana en la cabeza y un (aún más) imberbe Columbus tratan de sobrevivir juntos al estallido del apocalipsis zombie. Sólo uno lo consigue.

-Remando al viento: Cómo hubiera sido Cuatro bodas y un funeral a principios del siglo XIX en una villa a orillas de un lago suizo, cuando la gente se aburre porque se acaba el bebercio y no disponen aún de Netflix.

-Las horas: Virginia Woolf mete mano en la caja de la editorial Hogarth Press para amueblar a su gusto su habitación, pero cuando le miente al respecto a su socio y marido, le crece la nariz de forma insospechada.



Bueno, vale, lo dejo ya; no hace falta que sigáis enviando más anónimos amenanzantes... Tan sólo dejadme mencionar La importancia de llamarse Oscar Wilde, sobre los últimos días de este escritor; Gringo viejo, sobre la desaparición en México de Ambrose Bierce; Descubriendo Nunca Jamás , con Johnny Depp (con un peinado normal, aunque ya había difrutado lo suyo como Hunter S. Thompson en Miedo y asco en las Vegas) haciendo de J. M. Barrie, el autor de Peter Pan o Carrington, acerca del enamoramiento (fallido) de esta artista hacia el escritor Lytton Strachey. Si se me permite, mi película favorita de esta categoría es una acerca de un escritor mucho menos conocido: La gran estafa (The Hoax), sobre el intento de vender unas falsas memorias de Howard Hugues que hizo Clifford Irving.

Por último, una modalidad igualmente interesante (o más) es la de la ficción con escritores inventados y aasumiendo todo tipo de roles: desde villanos de diferente pelaje -El resplandor, La mitad oscura, Balas sobre Broadway, Insomnio- a víctimas en mayor o menor grado -Misery, Barton Fink, Basada en hechos reales...- pasando por, como no podía ser de otra manera, el papel de testigo de los hechos o de su realidad circundante: La gran belleza, Medianoche en el jardín del bien y del mal... o incluso una mezcla de todo lo anterior, como ocurre en esa película , basada en una novela de Robert Harris y protagonizada por la curiosa figura del escritor "negro o "fantasma": El escritor. Tenemos también al escritor "señor Miyagi" en Descubriendo a Forrester, al aquejado de una curiosa forma de bloqueo consistente en no poder dejar de escribir de Jóvenes prodigiosos y, por fin, al escritor que ha llegado al que se supone es el culmen de su profesión, como Paul Newman en la deliciosa El premio (quizás mi película favorita sobre escritores, NEVER EVER).


Porque curiosamente (y tranquis, que ya acabo) es en el género de comedia donde encontramos gran catidad de películas con escritor incorporado: autores de best-sellers en La selva esmeralda, Mi testigo preferido o Mejor imposible -recordemos al impagable personaje interpretado por Jack Nicholson-; patosos remedadores de Extraños en un tren: Tira a mamá del tren, con Danny de Vito y un Billy Cristal como escritor aquejado, también él , de bloqueo (esta circunstancia aparece mucho en el cine) o enredados en curiosas tramas metaliterarias: Desmontando a Harry o Más extraño que la ficción (en este caso y aunque el escritor sea un guionista, no puedo dejar de mencionar  Adaptation (El ladrón de orquídeas), de Spike Jonze, con un Nicholas Cage que por fin sacó partido a su cara de acelga). Y no puedo dejar de mencionar aquí al auténtico Rey de la Comedia, al escritor/actor que más risas nos ha heho pasar en el cine y que seguro que aún nos deparará monmentos deliciosos: Michel Houellebecq, estrella absoluta -con permiso de Depardieu- de El secuestro de Michel Houellebecq y Thalasso.


Amigos para siempre, lailo-lailo-lailo-lá...


Nota: los títulos de las películas son los que han tenido en su estreno en España, por lo que pueden diferir con respecto a los de otros países y, desde luego, respecto a los originales... Así, por ejemplo, Historia de un crimen es, en realidad, Infamous, y The Happy Prince se tradujo como La importancia de llamarse Oscar Wilde, para sonrojo de todos o al menos del que suscribe.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Gustavo Campos: El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot

Idioma original: Español
Año de publicación: 2018
Valoración: Entre está bien y recomendable

Parece indudable que la literatura hondureña es la hermana pobre de la literatura centroamericana. Dejando México de lado, por razones obvias, creo que todos somos capaces de nombrar autores guatemaltecos (Halfon, Asturias...), nicaragüenses (Darío, Sergio Ramírez, Gioconda Belli...), salvadoreños (Castellanos Moya, Roque Dalton...) o costarricenses (Carlos Fonseca). En cambio, creo que muy pocos, yo el primero, seríamos capaces de nombrar (sin consultarlo previamente, claro) a un escritor hondureño.

Por suerte, y haciendo buena la máxima de que "TODO ESTÁ EN ULAD" (o casi, porque después de 4000 reseñas aún tenemos nuestras lagunillas, entre ellas la de no tener reseñado a ningún autor nicaragüense (¿¡!?)), hoy traemos este "El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot", texto(s) absolutamente ligado a sucesivas vanguardias del siglo XX y XXI. En este sentido, varios son los nombres que asoman a medida que uno avanza en la lectura: Borges y Bioy (¿no recuerda el título del libro a Horacio Bustos Domecq?), Macedonio Fernández y su Museo de la Novela de la Eterna, Cortázar y las Historias de cronopios y famas o la segunda parte de rayuela, Vila-Matas y sus juegos con el tiempo y las continuas sustituciones de personajes, etc. Palabras mayores, oigan, con los no resulta fácil que a uno le comparen. 

En fin. El caso es que "El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot" es un texto fragmentario dividido en dos partes, Eduardo Ilussio Hocquetot y Vidas Posibles, con el humor como común denominador. Es fragmentario en tanto en cuanto a que carece de argumento y se construye a partir de materiales diversos tales como entrevistas, monólogos, "ensayos", poemas, microrrelatos, etc en los que se combinan aspectos íntimos y personales con otros más generales, normalmente vinculados a la cultura / creación / escritura.

En este sentido, además del humor que destilan buena parte de los textos (sin ir más lejos, la entrevista que abre el libro, plagada de preguntas indiscretas y respuestas ácidas al más puro estilo de Groucho Marx o Woody Allen, es sencillamente magnífica), destacaría la parte del libro centrada en el papel del escritor y en las opciones estéticas que puede y debe o no asumir. Así, nacen las dudas: sobre si optar por una escritura social o por una escritura más "artística", sobre todo teniendo en cuenta la situación del país, sobre el rol del autor, sobre "qué es lo correcto"... De esa disyuntiva acerca de los temas sobre los que escribir surge Vidas Posibles, la parte más macedoniana del texto.

Así que resumiendo, interesante experimento este de Gustavo Campos / Eduardo Ilussio Hocquetot que peca de cierta irregularidad, producto del riesgo asumido por el autor a la hora de "construir" (¿o quizá subsistir, inventar, implantar o vivir?) el texto. Eso sí, bienvenidas todas las irregularidades que nazcan del riesgo.

martes, 4 de febrero de 2020

Semana del cine, escenas eliminadas. Jordi Picatoste: El efecto Tarantino


Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: decepcionante

Perdonaréis que me apunte algo tarde al carro de la semana temática que mis compañeros, en especial Juan G.B. (por una cuestión estrictamente numérica) tan bien han resuelto. Tenía una cierta sensación de arrepentimiento y me acerqué a los estantes de la biblioteca sobre cine. Me di cuenta de que he sido algo ajeno al cine de las últimas dos décadas pero que he conservado la costumbre de acabar viendo todas las películas de Quentin Tarantino y de que, incluso incorporando su propia filosofía, eso me convierte en conocedor de su obra y de cómo esta se ha filtrado en nuestra realidad estética, aunque sea a costa de efectos indeseados como la saturación cromática o cierta banalización de la violencia extrema y gratuita.O sea, tomé este libro por casualidad y por el hecho de que es relativamente reciente, cosa que es importante en las retrospectivas. A pesar de ello, el reclamo visual es contundente desde la portada: el rostro de Tarantino en rojo sangre, la estampa icónica de Uma Thurman en Kill Bill en amarillo casi puro. Y claro, la mención a la cultura pop, la pistola, el tipo de letra para el título estilo pulp, ajado y desgastado.

Un objeto atractivo, sin duda, repleto de material visual en el interior con profusión de imágenes de las películas, de las propias de Tarantino y de las que inspiró y le inspiraron, de sus actores fetiche y de los que, sin serlo, aparecían en sus películas como secundarios representando un guiño a algo desconocido hasta ahora, etc.

Es decir; una obra trabajada y que seguramente revelará algo que incluso el mitómano desconocía. 

Pero llega el momento de plantear si un libro así es necesario: todo lo que el libro explica puede obtenerse de distintas fuentes e incluso la maquetación y la estructura de la información me inducen a pensar si este libro no es una plasmación impresa y lujosa de un enorme artículo de Wikipedia. Me refiero a esos montones de información llena de títulos de películas de difícil acceso que constituyen ejemplo y referencia para todo a lo que se alude aquí, que va desde nombres de los personajes hasta memorabilia variada porque hemos mencionado el pop y pop viene de popular y aquí la apropiación es un delito menor y si hemos convertido la violencia en banal lo es tanto que un hombre espachurre el ojo de una mujer como que nos tomemos una escena de una película que pocos han visto (básicamente porque cierto cine no tiene la difusión del de Hollywood) y la fusilemos casi plano por plano.
A mí, que puedo contar con los dedos de una mano las películas polacas, rumanas, iraníes y senegalesas que he visto, el cine de Tarantino me gusta en su concepción y este análisis tan profundo no alterará esta percepción. Bienvenida la influencia de Tarantino y reconocidas las extensiones de esta, hubiera agradecido de estas 200 páginas largas algo más que información exhaustiva. Algún conato de espíritu crítico, por ejemplo, alguna teoría sobre sus relativos éxitos menores, algún párrafo en que se aludiera a alguna tendencia repetitiva de esquemas que seguro que no solo yo habrá detectado. Quiero decir, las grandes figuras del star-system ya deben contar con quienes les rindan artículos admirados a cambio de lo que sea. Para ver foticos y consultar interminables relaciones de datos accesibles si uno cuenta con Google y paciencia ya estoy bien en mi casa. 

lunes, 3 de febrero de 2020

Edna O'Brien: La chica

Idioma original: inglés
Título original: Girl
Traducción: Ana Mata Buil (ed. en castellano) / Alba Dedeu (ed. en catalán)
Año de publicación: 2019
Valoración: está bien

Escritora prolífica y con una obra que cubre diferentes ámbitos literarios que van del teatro a la poesía, pasando por la narrativa y el cine, Edna O’Brien demuestra en esta novela que, a sus más de ochenta años, sigue utilizando la literatura como herramienta para agitar conciencias, tal y como hizo con «Las chicas de campo», novela con la que se hizo conocida y que le supuso no pocos problemas.

En la obra que nos ocupa, la autora se desplaza hacia Nigeria para narrar el secuestro de quince chicas de una escuela a manos de militares. En ese cautiverio, narrado con horror de una manera directa y cruda por Maryam, una de las chicas secuestradas y protagonista absoluta de la historia, nos cuenta cómo son encerradas en un campo en el bosque de Sambisa (estado de Borno) para convertirlas en prisioneras, cómo se les da una ropa igual para cada una de ellas para uniformizarlas, quitándoles la identidad, despojándolas de singularidad, hasta tal punto que Maryam afirma que «vi a mis amigas transformadas, envejecidas de golpe». El propósito de tal secuestro es convertirlas al islam y en guerreras leales a la causa, para luchar contra infieles y descreídos.

La narración en primera persona y la crudeza con la que la autora describe la historia, hace que el lector entre de lleno en la novela y se horrorice ante tales atrocidades. El libro es duro, durísimo; el relato que expone la autora es de una crueldad inhumana. Y, a pesar de que el estilo intenta ser tierno y cálido, lo que cuenta es de una brutalidad tan extrema que cuesta horrores seguir la lectura. Porque estamos hablando de lo que ya podéis imaginar: maltratos, violaciones en grupo, violencia, intimidación, agresiones, lapidaciones… y la autora los narra sin pelos en la lengua. No hay intento alguno de suavizar los hechos. Y, a pesar del dolor que causa leer los detalles, casi es mejor así. No se puede rebajar la violencia al narrar esos actos, son atrocidades y se agradece que las narre de manera clara y diáfana.

La autora se adentra en esa sociedad para explicarnos el día a día de esas chicas, apartadas de toda humanidad, buscando esos pequeños instantes de privacidad para asearse, mientras ellos rezan. Esos momentos de intimidad, en apariencia insignificantes pero que eran todo un mundo para ellas, llegando a afirmar que «el pantano es el único hogar que conocía. Era el lugar donde intentábamos hacer amistad las unas con las otras». Esos pequeños instantes de sororidad, a pesar de la desconfianza, pues, y no por interés, también competían unas con otras, rezando para que les viniera la regla y no quedarse embarazadas de sus raptores, de sus violadores. Y las más bonitas, vendidas como novias a los hombres ricos de Arabia, para recuperar fondos y financiarse.

El libro es muy duro en su tramo inicial, y ese es probablemente su mejor parte. Porque una vez superada esta parte, cuando finalmente Maryam consigue escapar (no cuento nada que no cuente la contracubierta, que es demasiado para mi gusto), el libro pierde intensidad y fuerza, pierde contexto y foco. A este hecho se añade que no se menciona la cronología ni hay manera de intuir el paso del tiempo, perdiendo la noción del lapso entre los diferentes episodios; se echa de menos, pues daría algo más de sentido a la narración y permitiría tomar aún más consciencia del proceso por el que pasó la protagonista. Sin la referencia temporal, se pierde el marco referencial que serviría para tomar consciencia del tiempo en el que la protagonista sufrió tal calvario. Y además del problema de la falta de ritmo narrativo, de tempo, se añade otro inconveniente en la lectura: la poca definición del personaje protagonista. De hecho, la novela se parece más a un relato de hechos que a la narración de una vida. Tampoco el tono narrativo de la protagonista parece conforme a la edad que se le supone, pues habla con una madurez y sentido de la responsabilidad que no acaba de encajar. El resultado de todo ello es una falta conexión y proximidad con la protagonista, una dificultad para conocerla, sentir con ella y saber cómo piensa para poder empatizar con Maryam a pesar de que los elementos expuestos deberían ser suficientes para conseguirlo.

Afortunadamente, el libro retoma el ritmo e interés en su tramo final y la lectura se vuelve otra vez dura, triste y devastadora. La historia recupera el tono porque la situación difícil, complicada e inhumana no termina únicamente cuando consigue abandonar el campo en el que está recluida, sino que sigue después y la autora lo explicita en ese tramo final; es en estos fragmentos donde la narración sobresale, al contar la diferencia de percepción sobre lo sucedido entre aquellos que consiguen escapar y los que siguieron con sus vidas. Y también narra, de manera triste y desoladora, que los que permanecieron se aferraron a sus vidas prácticamente olvidando quienes fueron secuestrados, como mecanismo de defensa ante tal atrocidad, como escudo protector de un dolor demasiado grande para ser no ya asimilado, sino tan siquiera aceptado. En estos momentos sí que la autora consigue llegar al lector, pues nos hace ser conscientes de cómo el infierno sigue dentro de la persona cuando ha sido víctima de tales abusos. Libre físicamente, pero presa aun psicológicamente. Sin saber dónde se está ni de quien fiarse, sin saber quién es ni casi de donde viene, por el rechazo de los propios, por el uso político de su acto heroico. Una tortura que continúa aún y estando en una supuesta libertad que no es completa pues mentalmente sigue encerrada en su pasado. Y el estigma de ser la mujer de un yihadista y haber tenido descendencia con él, haber dado vida a alguien con sangre contaminada. El recelo, el aislamiento y la exclusión de su propia gente afloran entre dudas, sospechas, y la incapacidad de entenderlo por las creencias, la religión y la superstición, que empañan y alteran las relaciones entre familiares y vecinos.

A pesar de su la irregularidad del libro y de ciertos episodios menos logrados, se agradece la voluntad de la autora en interesarse en lo que ocurre en ese país y realizar varias visitas al territorio, hablando con mujeres afectadas, comprendiendo su dolor y escribiendo una novela para darlo a conocer. Que alguien con ochenta años tenga la humanidad y energía para emprender tal aventura, por ayudar a la causa, es algo que debe reconocerse y alabar.

Por todo ello, este libro es un gran recordatorio a las víctimas de Boko Haram, a las desgracias, atrocidades y crueldades a las que son sometidas en su cautiverio, así como también a las dificultades que atraviesan debido a sus propios familiares o amigos si consiguen salir de ellas, pero es a la vez un canto en favor de la lucha, del amor, de la tenacidad y un ejemplo vital para ser conscientes, desde la comodidad de nuestras apacibles, acomodadas y tranquilas vidas, que hay un infierno más allá de nuestro remanso diario.

También de Edna O'Brien en ULAD: Las chicas de campo, La chica de ojos verdes

domingo, 2 de febrero de 2020

Semana del cine #7: La gran superproducción de Jan

Idioma original: Español
Año de publicación: 1985
Valoración: Genial




Las relecturas son peligrosas y más cuando se trata de libros que se tienen mitificados y más cuando el mito se forjó nada menos que en la tierna infancia. Pero como me parecía que La gran superproducción de Superlópez era un cierre ideal para la primera Semana del Cine de ULAD, no me quedó otra que cruzar los dedos y lanzarme a la relectura. Cuántos sacrificios hay que hacer… 

El personaje de Superlópez no es más que un Superman en tono de humor y a la española: Juan López viene de las afueras (El Masnou) y trabaja en una oficina de Barcelona junto a su compañera y novia Luisa Lanas. Nadie sabe que Juan mantiene una doble vida y que es el alter ego de Superlópez. A todos aquellos que han leído algo de Superlópez y que consideran que no les va, no voy a convencerlos de nada. El resto, mucha atención porque nos encontramos frente a uno de los álbumes más singulares y desternillantes de la saga. 

Resumen resumido: La empresa en la que trabaja Juan López ha sufrido un cambio de rumbo debido a una crisis (la editorial Bruguera estaba en crisis cuando Jan escribía e ilustraba esta historieta) y ahora es una productora de cine (Llauna Films SA). Su primer proyecto acabará siendo una versión de Conan el bárbaroTronak el Kárbaro— con muchas pretensiones que el presupuesto y los numerosos imprevistos acabarán rebajando hasta cotas insospechadas. Súperlópez acabará tomando las riendas de la producción hasta sus últimas y esperpénticas consecuencias.

Esta aventura de Súperlópez se diferencia del resto porque no hay ningún villano o escuadrón maligno al que derrotar, pero lo mejor es ver cómo la excusa de hacer una película le sirve a Jan para hablar un poco de todo con toda la retranca posible: 
  • Los plazos imposibles. En esta historia el villano, si lo hubiera, sería el tiempo. 
  • El «postureo» de contratar a super estrellas de Hollywood a las que no puedes pagar. 
  • El mal hacer que te lleva a embarcarte en un guión elegido por error. 
  • La lucha obrera (por los extras de la escena de la batalla que temen que no les paguen y se acaban peleando de verdad) 
  • El niño tipo «el vaquilla» que contratan para hacer de Tronak cuando era niño y que se pasa el rodaje pidiendo cigarrillos. 
  • La protagonista que se niega a actuar vestida a menos que sea por exigencia del guión. 
  • La crítica cinematográfica: cómo algunos tras asistir al estreno del tremendo bodrio aún le encuentran sentido. 
  • Etc 
Y lo que más me sorprendió cuando lo leí con diez u once años fue descubrir la importancia del montaje a la hora de hacer una película. Jamás se me hubiera ocurrido que las escenas se filmasen en un orden distinto al del montaje final o que hubiera material que se acabara desechando. 
Más allá del guión y el estilo irónico, el dibujo de Jan me sigue pareciendo una maravilla por su dinamismo y nivel de detalle. 
Así que genial, porque esta relectura lejos de decepcionarme me ha reafirmado en mi predilección por este álbum maravilloso.

PD: De la película de Superlópez, mejor no hablamos.

sábado, 1 de febrero de 2020

Semana del cine #6: Jean Vigo de Paulo E. Salès Gomès

Idioma original: portugués
Título original: Jean Vigo
Año de publicación: 1957
Traducción: Juan Abeleira
Valoración: recomendable para interesados

Si algún cineasta ha sido siempre recordado como una promesa truncada, un talento prematuramente desaparecido, así como una figura que el espíritu de libertad y el romanticismo de la juventud -como una especie de Modigliani del cine, si se me permite-, sin duda, ése es el director francés Jean Vigo

Hijo de un polémico periodista, que se hacía llamar Miguel Almereyda -fotógrafo anarquista, primero, pacifista y socialista después, para acabar siendo acusado de traición y asesinado en medio de una turbia trama política, durante la I Guerra Mundial-, Jean vigo creció interno en colegios de Millau y Chartres, años que determinarían luego su primera película de ficción, Cero en conducta, para luego decidir dedicarse al cine, algo que consiguió no sin dificultades; antes, durante una estancia, debida a su mala salud, en el sanatorio de Font-Romeu, junto al Pirineo, había conocido a la que sería el amor de su vida, Lydou, hija de un industrial polaco. Esto no impidió que la pareja pasara estrecheces en Niza, ciudad a la que Vigo se había traasladado por su clima y buscando trabajo en el cine. No le fue demasiado bien, aparte de fundar un cineclub donde se proyectaban películas de vanguardia, pero fue allí donde rodó, por su cuenta y con el cameraman ruso Boris Kaufman, su primer film: un documental un tanto sui generis sobre la ciudad, titulado, justamente, À propos de Nice (A propósito de Niza - 1930). Éste, junto a un cortometraje por encargo sobre el nadador Taris, supusieron su aprendizaje, casi del todo autodidacta, de jean Vigo tras la cámara.

Dos años más tarde su suerte en el oficio, que parecía esquivarle, cambió de la mano de un empresario que quería introducirse en el negocio cinematográfico y le encargó un mediometraje en clave de comedia; éste sería Zéro de Conduite (Cero en conducta - 1933), una película protagonizada por unos niños internos en un colegio que se rebelan contra las injusticias y noramas que les atenazan. Imperfecta, iconoclasta, vulgar y hasta escatológica en ocasiones, pero también reivindicativa, satírica, tierna y poética a su manera; libre, sobre todo, la película pronto lue prohibida por la censura y no se volvió a exhibir hasta 1945, y ya mutilada.

Después de este traspiés, el empresario Nounez no se arriesgó a producir otra película que pudiera adquirir un tono subversivo y le encargó, en cambio, un largometraje que, en principio, trataría sobre una sencilla historia de amor y desamor: L'Atalante, el nombre de la chalana en la que viven y viajan los protagonistas: el capitán Jean, recién casado con la hermosa Juliette (Dita Parlo), el viejo marino, el pére Jules (un Michel Simon magistral) , un grumete y un montón de gatos. Vigo, pese a no estar demadiado emocionado con el proyecto,  aprovechó para, adquiridas ya todas sus destrezas en la dirección, firmar una película de una belleza, emoción y lirismo subyugante, que con el tiempo ha adquirido un carácter de obra clásica del cine, y no sólo francés, aunque en su momento no obtuviera demasiado éxito comercial. De todas formas, Jean Vigo no llegaría a ver esa reivindicación posterior de su película, pues, siempre delicado de salud, falleció ese mismo año de 1934.

La biografía escrita por el crítico brasileño Paulo Salès Gomès resulta ser una semblanza pormenorizada hasta el mínimo detalle, no solo debido a la brevedad de la vida del biografiado, sino porque cuando la escribaó aún no habían pasado ni veinte años desde la desaparición de Vigo; muchos de sus amigos y conocidos seguían con vida. Resulta por ello una biografía quizá demasiado exhaustiva para el lector común, aunque muy interesante y útil para los estudiosos y admiradores del joven cineasta. Salès Gomès, además, no escatima elogios hacia el talento y la determinación vocacional de Vigo, pero tampoco ocults sus "defectos", tanto en lo que se refiere a su labor profesional y artística, como a alguna que otra impostura a la hora de publicitarse. Pero que en ningún caso empañan la figura, tan singular y poética, de este director, pese a la escasez de su obra; una obra y una figura que todo aficionado al cine no debería dejar de conocer y amar.