sábado, 29 de febrero de 2020

Carlos Droguett: Todas esas muertes

Idioma original: Español
Año de publicación: 1971
Valoración: Entre está bien y recomendable

No solo de novedades y/o clásicos vive el lector, así que hoy traemos a este espacio un libro tan olvidado que está descatalogado, que no tiene ni una sola valoración en Goodreads (salvo la mía) y que no tiene apenas referencias en la red de redes. ¡Y eso que fue Premio Alfaguara allá por el año 1971!

Pero, antes de analizar si ese olvido es justo o no, expliquemos brevemente el argumento de la novela. O de la biografía novelada (aprox) porque "Todas esas muertes" es la novelización de la parte final de la vida de Emilio Dubois, un célebre asesino en serie de origen francés que cometió sus crímenes en las ciudades de Santiago y Valparaíso allá por los comienzos del siglo XX. Vamos, una versión seductora, elegante e intelectual del "Petiso orejudo" argentino, que quizá sea algo más conocido por estos lares.

Digo seductora porque Dubios, o el Dubois de Droguett, es un tipo atractivo para las mujeres, de quienes se sirve para cometer sus asesinatos; digo elegante porque Dubois es un tipo que cuida su aspecto (su larga blanca rubia, su vestimenta, etc); digo intelectual porque Dubois es perfectamente consciente de sus actos y de su destino pero trata de maquillarlos con una pátina mística y redentora. De hecho, Dubois se considera a sí mismo mitad Dios mitad artista del crimen ("no vivo de esto, vivo para esto", llega a compararse con Miguel Ángel o Rembrandt), conversa con Dios para hablarle de sus crímenes, para justificarlos, para expresarle sus dudas, etc. Al mismo tiempo, es un ser cínico hasta decir basta. En fin, recuerda mucho a los nihilistas rusos de finales del XIX y principios del XX, a postulados "nietzscheanos" mal entendidos, etc.

Es precisamente ese viaje por la mente entre perturbada y clarivedente de Dubois lo más destacable del libro. La elección de ese aspecto como núcleo del libro es clave, ofrece más recorrido que el que daría un mero centrarse en aspectos más sangrientos y permite al lector adentrarse en alucinados monólogos y diálogos en los que se desgrana la personalidad de Dubois.

En el lado negativo, además de la lectura previa de "Patas de perro", la cual puso el listón demasiado alto, la novela se ve afectada por un excesivo peso de la forma sobre el fondo. La prosa de Droguett es poética y barroca, y ojo que no digo esto como un reproche (yo, defensor a ultranza de gente como Mujica Lainez o Carpentier), pero lo es hasta el punto de entorpecer la narración. Así, eternas enumeraciones, digresiones infinitas, etc cortan la fluidez de la "acción". Da la impresión de que la "forma" no está al servicio del "fondo", aspecto para mí fundamental en la novela. En fin, un claro ejemplo de que no es lo mismo el ritmo de la prosa que el ritmo de la narración. Una pena, de verdad, porque Droguett escribe de maravilla y domina el lenguaje como pocos, pero no es de recibo que eso "se coma" a la "acción".

También de Carlos Droguett en ULAD: Patas de perro

viernes, 28 de febrero de 2020

Augusto Monterroso: Obras completas (y otros cuentos)


Idioma original: castellano
Año de publicación: 1959
Valoración: Seguramente imprescindible

La coña de Monterroso parece empezar por el mismo título, toda vez que Obras completas (y otros cuentos) es justamente su primera obra publicada. Al final, la broma no es tan evidente, porque este es también el título de uno de los relatos que se incluyen en la compilación, pero dice mucho acerca de lo que encontraremos en el libro: el equívoco, el juego de las apariencias, los significados múltiples, la ironía. Estamos ante un autor sumamente inteligente, y eso es muy buena noticia para el lector.

Monterroso es reconocido como el paradigma de las fórmulas más compactas de la narrativa: el microrrelato, la fábula, el aforismo. Algo de ello hay en este libro, ya lo comentaré, pero en su mayoría son relatos breves que no se salen de las pautas habituales de extensión o desarrollo argumental. En general, se puede decir que la prosa de Monterroso enamora desde las primeras líneas por su sencillez, casi dulzura, y por la ironía que empapa el texto entero. El sarcasmo y la chispa intelectual hacen aflorar la risa en no pocos momentos, pero el humor no es en absoluto gratuito, está al servicio de cada una de las pequeñas historias, y adquiere distintos tonos para subrayar a veces la perplejidad ante el absurdo, elevar la acidez de la sátira, o denunciar la incomprensión, según los casos.

La variedad de temas aumenta el atractivo del libro. Tenemos cuentos de aire borgiano, como Sinfonía concluida, en la que se descubre la parte que faltaba de la Inacabada de Schubert, o El centenario, sobre los vaivenes de la fortuna de un gigante sueco, relatos en que la frontera de lo inverosímil queda borrada al incorporar un cierto tono erudito. En algunas ocasiones se desnuda la incapacidad para asumir la cultura indígena (espléndido El eclipse), o para entender la música (El concierto), mientras se deja un pequeño rastro, extremadamente sutil, de crítica a lo que podríamos llamar los poderosos, ya sea el occidental prepotente o el general absorto en su esfera de poder. O la Primera dama, desconcertada en su papel, que no sabe encajar bien con las que considera sus obligaciones humanitarias. Centroamérica es sin duda un vivero inagotable de dictadores de todo pelaje que don Augusto sin duda conocía de primera mano pero, al menos en este volumen, no es el sátrapa el fustigado sino su entorno inmediato, con el que disfruta desplegando su fina pero implacable ironía.

Con frecuencia tenemos personajes en apuros, que en varias ocasiones quedan al descubierto en el curso de algún evento público, como ocurre en los dos relatos que acabo de citar. Esta situación se lleva al límite del disparate en No quiero engañarlos que, aunque es quizá el más divertido de todos los cuentos, no deja de tener mucho contenido en diversas capas. En el estreno de una película, director, guionista y varios actores dirigen unas palabras al público, y entre ellos interviene la mujer del productor, aunque ella apenas ha tenido alguna participación en el rodaje. Su intervención se alarga (ríanse de Almodóvar en la entrega de los Oscar), y la cosa se pone más embarazosa a cada minuto. Pese a lo cómico de la situación, no es posible dejar de sentir una corriente de simpatía y desazón por una mujer consciente de no pintar nada, no ya en la película sino en la vida misma.

Sobre ese terreno de la frustración, también vestida de humor, se asientan los dos relatos que se centran en la creación literaria, Leopoldo (sus trabajos) y el que da título al volumen. Las musas no siempre acuden cuando se les espera, el escritor se queda seco y la hoja, en blanco. Incluso se plantea la condición misma de escritor, hasta dónde es real o un mero proyecto (una apariencia, una convicción). Pero los personajes de Monterroso tampoco se rinden fácilmente, y buscan la forma de rellenar ese vacío sin dejar que decaiga su aura artística: el escritor es escritor aunque no escriba nada, y su actividad creativa consiste entonces en anotar fantásticas ideas que desarrollará más adelante, o en prepararse indefinidamente para el gran momento de empezar a crear. La lucha estéril, el nadador contra corriente, el autoengaño (la ensoñación) son imágenes que afloran aquí y allá, provocando la sonrisa y un punto de… sí, lo digo, de ternura.

Naturalmente encontramos pequeños altibajos en el conjunto pero el nivel es casi siempre espléndido, se lee con gusto y despierta interés a cada línea, se ríe uno con frecuencia, se disfruta de la agudeza de la prosa y del ritmo irreprochable, y quizá por todo ello es sencillo empatizar con cada uno de los personajes, hombres y mujeres contradictorios, bienintencionados, valientes, ridículos. Humanos hasta bordear el esperpento, quizá como cualquiera de nosotros.

Y claro, también está el famoso microrrelato del Dinosaurio. Posiblemente otra genialidad.

Otras obras de Augusto Monterroso en ULAD: Movimiento perpetuo

jueves, 27 de febrero de 2020

James Ellroy: Esta tormenta

Idioma original: inglés
Título original: This Storm
Año de publicación: 2019
Traducción: Carlos Milla Soler
Valoración: bastante recomendable (y, sin duda, para los fans)

Última brutalidad, por el momento (*), perpetrada por el señor Ellroy, con todas esas cosas que tanto le gusta meter en sus novelas al viejo Demon Dog: violencia en plan burro, sexo desenfrenado -a veces también a lo burro-, alcohol y drogas por un tubo, polis corruptos a cascoporro, pirados de toda clase y muchos, muchos fascistas, fascistas a tutiplén... Coño, es que aquí hay más fascistas que en un mítin de VOX con barra libre; hasta los rojos que salen son bastante fascistas, no os digo más... También hay un mogollón de personajes -de hecho, el libro incluye al final una sección de Dramatis Personae para no perderse- que que se explayan a lo largo de casi 700 páginas de una trama que se enrosca y se desenrosca, que se ramifica y se poda a sí misma, a una velocidad extenuante. Porque esa es otra: la novela está escrita al ritmo del jazz más sincopado, con la cadencia de una metralleta Thompson que suelta una larga ráfaga de balas hasta que se agota todo el cargador. Pasan tantas cosas en cada uno de sus cortos capítulos que se hace imposible una sinopsis siquiera aproximada, menos aún en una modesta reseña...

Intentémoslo: la novela comienza en la tormentosa Nochevieja del año 41, poco después del ataque a Pearl Harbor -e inmediatamente después de la anterior novela de Ellroy, Perfidia- y la acción se extiende durante los primeros mese del año 42, cuando se temía un ataque japonés al sur de California y los nipones residentes en ese estado fueron recluidos en campos de concentración, por si las moscas. Crímenes que suceden esos primeros meses del nuevo año, más otros que vienen del pasado acaban convergiendo, en las mentes más perspicaces del departamento de Policía, en una trama inestable que arranca -o no- en el robo de un cargamento de oro en el año 31, y cristaliza de forma inaudita en el asesinato de unos polis de dudosa reputación en un tugurio de aún peor reputación en el barrio negro, pasando por el incendio de Griffith Park en 1933. Todo ello aderezado con los supuestos tejemanejes de los quintacolumnistas pronipones, pronazis o prosoviéticos, más la paranoia y la excitación de esos primeros momentos de la guerra en América. Y la presencia como guest stars de famosos de Hollywood como el afamado Orson Welles -éste no le cae muy bien a Ellroy- y Bárbara Stanwyck, entre otros...

¿Cómo maneja James Ellroy todo este quilombo? Pues al igual que hizo en Perfidia, repartiendo el peso de la investigación de los distintos sucesos, y de la propia narración de los mismos, entre varios personajes, en este caso un quinteto compuesto por:
  • Elmer Jackson: poli paleto y cafiche que busca a) desentrañar y si es necesario vengar la muerte de su hermano, delincuente ocasional no menos paleto y b) hacerle alguna jugarreta a Dudley Smith y protegerse por si éste se le adelanta.
  • Hideo Ashida: japo protegido del Departamento de Policía y de Dudley Smith en particular, por su habilidad como forensic. Busca impresionar a D. S.
  • Dudley Smith: poli irlandés corrupto y filofascista, macho alfa (o "chad", como dicen ahora los pobrecicos incels) favorito de Ellroy, se supone... Destinado como oficial del SIS a Baja California para detectar movimientos japoneses y quintacolumnista, allí entra en contacto con los sinarquistas mexicanos, tipejos aún más filofascistas que él, liderados por un tal Abascal (que también manda narices). Busca tenerlo TODO.
  • Joan Conville: oficial de la Marina que, de forma accidental, entra a trabajar para el departamento de Policía, donde subyuga a todo el mundo por su inteligencia, encanto y donosura de pelirroja del Medio Oeste. Busca venganza por la muerte de su padre en un incendio.
  • Kay Lake: abeja reina y metomentodo favorita de Ellroy (comprensible si pensamos que el personaje fue interpretado en el cine por Scarlett Johansson). Busca respuestas y salirse con la suya, básicamente.
Todo esto, ya digo, contado a un ritmo endiablado, absolutamente agotador, pero también electrizante: los capítulos que narran la "Batalla de Los Ángeles", por ejemplo, parecen coreografiar la música de una enloquecida Big Band. Frases cortas, casi telegráficas, en capítulos también cortos... pero que al cabo de unos cuantos, el lector siente como si un boxeador profesional le hubiese dado una paliza, cuando menos a los puntos.

Otro rasgo del estilo, además de esta velocidad y agilidad pasmosas, dignas de un practicante de parkour literario, es el empleo, en apariencia indiscriminado, de, por decirlo así, "términos políticamente incorrectos": aquí los afroamericanos son "charoles" y "tiznajos"; los mexicanos, "cholos", "frijoleros", "espaldas mojadas"; los homosexuales... ya os podéis imaginar. En principio, no deja de ser una forma de ambientar la novela en esos años 40 en los que los epítetos racistas, etc. se soltaban con naturalidad, más aún, es de suponer, por parte de los policías blancos... pero también cabe adivinar una cierta satisfacción en el autor por utilizar un lenguaje que escandalice a las mentes progres bienpensantes. Aunque al profundizar un poco en su narrativa, pronto se da uno cuenta de que su discurso -al menos, el subyacente- es mucho menos racista, menos derechista y machirulo de lo que parece. Ellroy podrá considerarse a sí mismo el último de los escritores "machos", el novelista cargado de testosterona y sin pelos en la lengua que se explaya en tal sentido en sus libros y entrevistas, pero al tiempo que representa ese papel, parece estar guiñando un ojo para avisarnos de que no va en serio. Bueno, sólo un poco...

(*) Aún quedan dos novelas más para completar el "Segundo Cuarteto de Los Ángeles", aunque cronológicamente, éste corresponda a una época anterior al "Primer Cuarteto de L. A.". Ambos, junto con la "Trilogía Americana", constituirán al final (esperemos) un ciclo de once novelas negras con personajes en común que saltan de unas a otras, que abarcarán desde 1941 a 1972 (he de decir, no obstante, que a diferencia de las series anteriores, en este Segundo Cuarteto sí que resulta conveniente haber leído el primer libro antes de acometer el segundo).

Otros libros del mismísimo Perro del Demonio reseñados en ULAD: PerfidiaLa Dalia NegraMis rincones oscuros

miércoles, 26 de febrero de 2020

Roland Topor: En Joko celebra l'aniversari

Idioma original: Francés
Título original: Joko fête son anniversaire
Traducción (al catalán): Maria Garcia Soriano
Año de publicación: 1969
Valoración: Recomendable

Joko fête son anniversaire, novela breve ganadora del premio Les Deux-Magots en 1969, fue escrita por el inefable Roland Topor. ¿Cómo? ¿No os suena este escritor francés? Pues sabed que Topor, además de a la literatura, se dedicó a las artes visuales, a cantar y a dirigir, y que se juntó con creativos de la talla de Fernando Arrabal o Alejandro Jodorowski.

Sabed también que Topor es autor de algunas de las ficciones más inquietantes jamás concebidas. Y si no, que se lo digan a Joko fête son anniversaire. Esta historia es desconcertante a más no poder. A ratos parece una diablura ociosa, una amalgama de absurdo y humor negro, y al instante siguiente se revela, quién sabe si engañosamente, como una fábula cargada de simbolismo.

En efecto, Joko fête son anniversaire puede leerse como una fábula. Una que critica a la clase dirigente, la cual parasita a los trabajadores. Una que denuncia la humillación que alguien está dispuesto a soportar con tal de llevar algo de comida a casa. Una cuyo mensaje seguiría vigente hoy día, pues en Barcelona no dejo de ver a turistas siendo transportados arriba y abajo con los "rickshaw" esos, la precariedad laboral campa a sus anchas y el pluriempleo degrada a quienes lo tienen que realizar porque no les queda otra. Pero insisto en que esta es sólo una posible lectura de Joko fête son anniversaire, obra, como digo, empañada por el absurdo y con una segunda mitad que cambia bastante de registro.   

Quizás lastra a este texto su mentada segunda mitad. No exprime todos los elementos sugeridos en su predecesora ni acaba de cerrarlos satisfactoriamente. De hecho, los justifica demasiado, y no creo que a una historia absurda le convenga semejante amago de lógica.

La crueldad que supuran estas páginas, por cierto, no es apta para cualquier estómago. Yo, que estoy acostumbrado a la violencia explícita y a la escatología más extrema, debo admitir que algunos capítulos se tornan extremadamente indigestos. Conste que no me quejo, ¿eh? En absoluto.

Poco más que añadir. Joko fête son anniversaire es una novela recomendable. Bueno, recomendable para aquellas personas que tienen un estómago fuerte y gustan de experimentos literarios algo rarunos. Inédita todavía al español, los que sabemos catalán tenemos la suerte de que ha sido el primer título publicado por la incipiente Extinció Edicions, editorial cuyo catálogo estará volcado a la difusión de obras preñadas de surrealismo, absurdo y humor negro. ¡Habéis elegido una opción inmejorable para inaugurar vuestra andadura, chicos!

martes, 25 de febrero de 2020

Helder Macedo: Sin nombre


Idioma original: portugués
Título original: Sem Nome
Año de publicación: 2005
Valoración: Está bien




Una novela –o cualquier otro artefacto narrativo que nos acompañe a lo largo de los días, como las series de TV– acaba siendo un compañero de viaje cuya presencia puede producir sensaciones muy diferentes. Cerramos el libro por última vez y lo hacemos con alivio, tras días de resistir a la tentación de abandono, sorpresa, porque estábamos tan enfrascados con la historia que ni nos fijamos en las páginas por leer, la promesa de no olvidarlo nunca o, como en este caso, sospechando que un autor experimentado y muy listo nos ha tomado un poco el pelo. Helder Macedo (1935) es un autor portugués nacido en Mozambique, hijo de funcionario y político ocasional a su vez, que repartió su quehacer periodístico entre Londres y Lisboa, igual que el protagonista principal de la novela. La mayor parte de su producción consiste en ensayo y poesía, abarcando la ficción, aproximadamente, el 20 por ciento de esta. Su novela más celebrada es Pedro y Paula (1998)

Dicho esto, pregunto: ¿Puede un planteamiento más o menos filosófico justificar cualquier inconsistencia narrativa? ¿No es el elemento absurdo mucho más difícil de manejar que cualquier argumento apoyado en la lógica, como demuestra la prestigiosa corriente teatral (Ionesco etc.) que logró llevarlo a la cima? Los narradores tienen a su disposición toda una gama de cuestiones esenciales y existenciales que pueden poner en marcha si les place, cuestiones que en manos de un Borges, por ejemplo, alcanzaron la excelencia artística. Pueden hablar, sin mencionarlos, del asunto del doble, de la identidad personal y nacional, de cómo el tiempo modifica cuerpos y mentes hasta no dejar ni rastro de lo que fuimos, de fidelidades políticas y personales, de la traición y sus incalculables consecuencias, de represión y tortura, de amor y sexo como entidades independientes, de mitos nacionales que transmiten una ilusión de grandeza, de casualidades impredecibles y difíciles de creer –cuidado con esto en narrativa porque es una tentación al alcance de todos que puede acabar fatal–, de relaciones asimétricas, de las fronteras entre realidad y ficción etc. Si hacemos un recuento exhaustivo, encontraremos en esta novela estas y otras muchas ideas igual de interesantes pero de lo más escurridizo, por sí solas y más aún cuando se mezclan. Entonces la confusión que afecta al escritor se traslada a los lectores y, en lugar de disfrutar o aprender, nos instala en un desconcierto algo incómodo.

Concretando. Un abogado portugués residente en Londres se presenta en el aeropuerto, requerido por la policía, para que identifique a una turista cuyos documentos no concuerdan con sus rasgos personales, disparidad que, como tantos otros misterios que se van introduciendo, no llega a aclararse nunca. La mujer retenida es una periodista portuguesa que no conoce al abogado ni, por cierto, absolutamente a nadie en todas las Islas Británicas, pero alguien –una mano mágica– le facilitó su teléfono en origen y recurre a él como último recurso. El problema consiste en que la documentación de ella parece falsa, la edad no coincide con su aspecto, el nombre también resulta ambiguo y la situación, en su conjunto, parece bastante irregular. Se presenta allí el tal José, con sus cincuenta y pico años a cuestas, y resulta que –la hasta ahora– Marta (por otro nombre, Julia) es idéntica a una antigua novia cuya pista perdió treinta años antes; se llama igual, pero con matices, y, para acabar de arreglarlo, su vivienda es la misma que la que compartió la pareja antaño. Pero ella aún no ha cumplido los treinta. Resultado obvio: perplejidad por parte de todos, en particular del abogado, que cree estar ante una aparición y eso le mantiene conmocionado toda la novela, de la policía, que se cura en salud mandándola a su casa, y de ella misma, pero mucho menos de los esperable: a pesar de ser la que está bajo sospecha y a la que han privado de sus vacaciones, se queda tan fresca y vuelve a meterse en el avión.
Amparado en un envoltorio metaliterario con mucho abolengo pero que, en mi opinión, no aporta nada aquí, Macedo nos embarca en un maremágnum de especulaciones que nos vuelven un poco tarumbas sin que lleguemos a sacar nada en claro. Él va a visitarla a Lisboa pero el misterio no se resuelve, ella vive obsesionada con la aparente desaparición de la otra, investiga aquí  y allá, se inventa lo que le parece (y él no llega a descubrirlo), pide a un par de amigos que busquen información sobre su paradero con el pretexto de un proyecto de novela y miente descaradamente a todo el mundo. Él vive sumido en la confusión, cada uno por su lado se plantea un escarceo amoroso con el otro y, finalmente, cuando el ovillo llega a su máximo nivel de enredo, la secretaria de José confiesa una pequeña omisión, que nadie sabe –ni nosotros– si fue trascendente o no y hasta qué punto y, aunque no resuelve nada, sirve de pretexto al autor para ejecutar el vuelco narrativo que necesitaba para llegar a un desenlace.

Después de lidiar con este endiablado argumento, no me ha parecido una reflexión intelectual de alto calado sino una pretensión fallida de conseguir algo así, pero no puedo descartar que me esté equivocando. Puede que alguien más experto en el autor aporte las claves imprescindibles que arrojen luz sobre tanta incertidumbre.

lunes, 24 de febrero de 2020

Reseña interruptus: El apagón de Connie Willis

Idioma original: inglés
Título original: Blackout
Traductora: Paula Vicens Martorell
Año de publicación: 2010
Valoración: decepcionante (pero puede ser culpa mía)

De cómo llegué a conocer a Connie Willis: A través de Twitter, cuando dos personas que creo que no se conocen entre sí (@ArrateHidalgo y @LI3PeO, el segundo ahora injustamente expulsado de Twitter) la mencionaron con pocos minutos de diferencia, por pura casualidad, como autora de ciencia ficción a la que había que leer. Investigué un poco y descubrí que efectivamente Connie Willis es uno de los grandes nombres de la ciencia ficción contemporánea, sobre todo en el subgénero de viajes en el tiempo: ganadora de numerosos premios Hugo, Nebula y Locus (probablemente los más prestigiosos del género sci-fi), cuenta con una trayectoria de más de cuarenta años y una infinidad de novelas, volúmenes de relatos y ensayos. De entre todos ellos, elegí (o mejor dicho, tuve que elegir) El apagón, porque era casi lo único que había disponible en ebook en español, junto con su segunda parte, Cese de alerta. Así que nada, me lo compré, y empecé a leer.

De cómo empecé el libro y quedé inmediatamente atrapado: Aunque la obra de Willis es tan amplia como variada, una parte importante de su obra se sitúa en un mismo subgénero: el de los viajes en el tiempo. De hecho sus obras "Fire Watch" (relato, 1982), El libro del día del juicio final (1992), Por no mencionar al perro (1997) y El apagón / Cese de alerta (2010) -todas ellas traducidas al español- pertenecen a un mismo ciclo: el de los historiadores-viajeros en el tiempo que, desde la universidad de Oxford en torno al año 2060, realizan saltos temporales a diversos momentos históricos, con cierta predilección por la Edad Media y la Segunda Guerra Mundial. El primer tercio de El apagón, que presenta este punto de partida, me atrapó inmediatamente: siendo la primera obra de Willis que leía, me fascinó la construcción del mundo ficcional, la "jerga" y las normas creadas para los viajes en el tiempo, el ritmo y el humor con el que se presentaba a los personajes...

De cómo se me fue haciendo más pesada la lectura. El problema es que, una vez (re)creado el mundo narrativo y situada la trama fundamental, la novela se estanca un poco: se centra en tres historiadores que viajan a tres lugares/momentos diferentes de la Segunda Guerra Mundial, antes o durante el Blitz, los bombardeos alemanes de la ciudad de Londres que obligaron a la población a asumir un estricto régimen de vida, que incluía la prohibición de encender cualquier luz que pudiera guiar a los bombarderos (uno de los sentidos del "apagón" del título), mientras intentan comprender por qué no consiguen volver a su propio tiempo a través de los portales temporales ni viene a buscarlos ningún equipo de rescate del futuro (segundo "apagón"). En el segundo tercio de la novela (o algo más) se nos cuenta cómo Michael Davies intenta ser testigo de la Batalla de Dunquerque; cómo Merope Ward cuida de unos niños refugiados en el centro de Inglaterra para protegerlos de los bombardeos, o cómo Polly Churchill intenta llevar una vida más o menos normal en el Londres del Blitz. Y cuando yo esperaba una novela llena de paradojas temporales, juegos con las líneas de tiempo y saltos entre 1940 y 2060... me encuentro con una narración detallada y morosa de las peripecias de estos tres viajeros, en el contexto de la guerra. Y puede estar muy bien contado y escrito todo, pero se me hizo largo y pesado, probablemente porque no es lo que esperaba de esta novela.


De cómo se me cayó definitivamente el libro, o sobre la necesidad de clarificar conceptos. El golpe de gracia vino cuando, más o menos en la mitad de la novela, algo cansado ya de la lectura (no es precisamente un libro breve) curioseé en Wikipedia, y vi que esta no es una novela autoconclusiva, sino que debe ser leída junto con la segunda parte, Cese de alerta, para conocer el destino final de los personajes. Otras 400 o 500 páginas más. Así que leí la segunda mitad de El apagón en diagonal y a saltos, y a Cese de alerta le prometo mi ausencia, al menos por ahora. Lo que me lleva a afirmar que es urgente que aclaremos la diferencia entre una trilogía (o bilogía en este caso) propiamente dicha, en que cada obra tiene una identidad propia (como la Trilogía de Nueva York de Paul Auster), y una obra en dos o tres partes, como El señor de los Anillos, en que no puedes leer cada volumen por separado. Críticos del mundo, no sé qué hacéis que no habéis resuelto esto tan básico en pleno siglo dieci... veintiuno.

Sobre la mala suerte que un libro puede tener, y mi promesa de redimirme. Está claro que la relación entre obra y lector no es siempre la misma. Me imagino perfectamente a mí mismo cogiendo El apagón hace unos años, cuando tenía más tiempo y más calma para leer, y disfrutándolo, y cogiendo después Cese de alerta y disfrutándolo igualmente, y escribiendo una reseña con la valoración "Muy recomendable". Pero ahora mismo, mi tiempo para leer es tan limitado, que no me puedo permitir leer casi 1000 páginas de una novela que no me convence. Hay tanto para leer, y mi pila de libros es ya tan alta (metafóricamente, porque muchos de ellos son ebooks) que tengo que ser selectivo. Y en esta lucha por la supervivencia, El apagón ha sido una víctima inocente. Eso sí, como el mundo ficcional de la autora me ha parecido muy interesante, prometo darle una nueva oportunidad más adelante, con alguna de sus otras obras de viajes en el tiempo traducidas al español...

Coda: de si la historia es una disciplina visual. Como comentario algo al margen, El apagón me hizo plantearme si de hecho los viajes en el tiempo serían la panacea para los historiadores, como la novela parece sugerir. Por una parte, es obvio que para cualquier amante de la historia, "poder estar allí" debe de ser el sueño definitivo. Pero si pensamos en la historia como conocimiento profundo del pasado, ¿de verdad un testigo más, sobre todo en acontecimientos perfectamente conocidos como el Blitz, iba a suponer una gran diferencia? El historiador gana, claro, la observación directa de los hechos, pero a cambio pierde la visión de conjunto y la contextualización de esos mismos hechos. Además, ya existen innumerables testimonios (cartas, diarios, informes, noticias) sobre esa misma época; ¿por qué un testimonio más, por mucho que sea de un historiador, iba a añadir gran cosa? Pienso por ejemplo en el caso de Merope Ward, participando en la vida diaria de los niños refugiados en el campo: ¿qué añade su presencia ahí a lo que ya sabemos sobre ese tema? Diferente sería el caso de viajes a momentos históricos o épocas sobre las cuales nos falta información factual; pero en épocas más recientes, estos viajes en el tiempo casi parecen más una forma de turismo histórico, que una auténtica forma de conocimiento del pasado.

Y con esto ya lo dejo, que al final voy a escribir una reseña tan larga como el propio libro y voy a dejar de leerme a mí mismo y escribir una Reseña Interruptus de la Reseña Interruptus.

domingo, 23 de febrero de 2020

Danny Goldberg: Serving the Servant. Recordando a Kurt Cobain

Título original: Serving the Servant. Remembering Kurt Cobain
Idioma original: Inglés
Traducción: José Brownrigg - Gleeson Martínez
Año de publicación: 2019
Valoración: Más que recomendable para fans

Kurt Cobain (1967 - 1994) es para muchos de los que nacimos en los años 70 lo que Buddy Holly, Jim Morrison o Jimi Hendrix fueron para generaciones anteriores. Lo curioso en el caso de Cobain es que apenas tres discos de estudio, el recopilatorio "Incesticide" y el mítico y precioso "Unplugged in New York" (¡venga, daos una vuelta a partir de las 12:30 por undiscoalasemana.blogspot.com que hoy Kurt hace doblete!) fueron suficientes para elevar al de Aberdeen a la categoría de mito. 

Buena muestra de la importancia de Cobain es que más de 25 años después de su suicidio continúen publicándose textos sobre su vida y obra. Es el caso de este "Serving the servant" de Danny Goldberg, hombre importante dentro del negocio musical en las últimas décadas y manager de Nirvana durante los últimos tres años y medio de la banda. Dos de esos factores, el tiempo transcurrido y la posición del autor dentro de "la industria", hacen descartar (al menos, en parte) el puro afán crematístico del libro, impresión que se ve corroborada tras la lectura del texto. Es de agradecer que "Serving the Servant" no sea un catálogo de miserias y reproches (no es necesario a estas alturas), pero también es de agradecer que no se reduzca a ser un panegírico ni un refrito de informaciones al alcance de cualquiera.

Resumiendo mucho el texto, este vendría a ser una descripción subjetiva de los tres años y medio que el autor trabajó con (y para) Cobain y compañía, pero tamizada por el paso del tiempo. En términos generales, y pese a las contradicciones del biografiado, Goldberg ofrece una visión positiva de Cobain - la tristeza y la rabia que mucha gente veía en él eran reales, pero también lo eran su sonrisa, su generosidad y, sobre todo, su extraordinaria música - , lo que no implica que se obvien sus adicciones o sus historias con Courtney Love. Por cierto, y contra la visión que yo al menos tenía del papel de Love en la vida y muerte de Cobain, Goldberg nos ofrece un retrato algo diferente de ella. Pese a su carácter también contradictorio e incendiario, Goldberg niega su influencia negativa sobre Cobain , llegando a decir "Creo que se habría ido de este mundo hace años si no hubiese sido porque conoció a Courtney".

En el texto, además, se repasan brevemente los años de formación musical de Cobain, se da cuenta del meteórico éxito de la banda con Nevermind, de los problemas de asimilación del mismo y de la eterna contradicción entre el indie y el mainstream que Cobain trataba de superar, de la reinvención final de la banda, de la relación Cobain-Love, los problemas con la prensa, etc. Más de 300 páginas que ofrecen un exhaustivo repaso de tres años y medio vividos a toda velocidad.

Tres son los principales aspectos que destacaría de "Serving the Servant", además de los ya comentados:
  • Me ha hecho volver a mis viejos discos de Nirvana (el magnífico "Nevermid", el enérgico "In Utero" y el hermosísimo "Unplugged")
  • El retrato de los entresijos de la industria musical del momento: prensa, TV, discográficas, etc. Una jungla salvaje que llevó a los miembros de Nirvana, no olvidemos que procedían de familias humildes de una pequeña población del estado de Washington, a unas cotas de presión muy muy elevadas
  • El análisis de la figura de Cobain, muy alejada de la visión "putoyonqui" que la prensa de la época transmitió. Esta es, creo yo, la parte más interesante por ofrecer aspectos poco valorados de Cobain: su clarividencia y pragmatismo en lo que respecta a aspectos no directamente musicales (promoción, imagen, postura ante la industria, etc), su vertiente política (apoyo a feminismo, comunidad LGTBI, etc), su apoyo a grupos y artistas a los que admiraba, etc.
Me queda como aspecto "sospechoso" la no participación del batería de Nirvana, Dave Grohl, en el libro. Resulta cuando menos curioso. Pese a esto (y a que me gustaría conocer su versión), me quedo con lo positivo de un texto que ofrece una completa información sobre los años clave de un artista que supo conectar con los anhelos y angustias de toda una generación.

P.S.: ¡Mira que era guapo el jodido!

sábado, 22 de febrero de 2020

Ed Wood: La sangre se esparce rápidamente

Idioma original: Inglés
Título original: Blood splatters quickly
Año de publicación: 2014
Traducción: Matías Battistón*
Valoración: Se deja leer (y a mucha honra)

El director de culto Ed Wood no deja de sorprenderme. ¿Quién me iba a decir que el perpetrador de Plan 9 del espacio exterior, ese entrañable pináculo del cine cutre, escribía? Tim Burton no, desde luego, ya que en la película que le dedicó obvia este detalle.**

El caso es que Wood escribía. Escribía relatos para revistas eróticas de mala muerte. Bob Blackburn, amigo de la viuda de Wood, reunió y publicó veintiséis de estos relatos en 2014. Relatos plagados de borracheras, crímenes, sexo y humor negro. Relatos que, por lo general, están escritos con un estilo tosco*** e incluso, en ciertos pasajes, involuntariamente cómico****. Relatos que presentan argumentos manidos y personajes acartonados. Relatos que, pese a lo malos que son, recomiendo sin lugar a dudas a los amantes del desparpajo pulp. Recordad: no nos reímos de Wood, nos reímos con él.

Para mí, la mejor pieza de esta antología es "Cómo matar una noche de sábado", cuento que se podría emparentar fácilmente con el realismo sucio. Sus toques de humor funcionan tan bien como los de "La escena del crimen", sátira bastante lograda a la que solamente lastra la obviedad de su mensaje.

"Escena íntima / Despegue" y "Ninguna tonta" también son historias destacables. Wood caracteriza correctamente a las dos mujeres que las protagonizan, que ya es mucho. ¿Quizás las escribió estando sobrio, para variar?

Por su parte, "La sangre se esparce rápidamente", obra que da título al volumen que la compila, resulta entretenida. Igual que "Pechugas en bandeja" o "El prostíbulo del terror: una pizca de espanto". Buen trabajo, Wood.

Lo dicho: esta antología (la cual incluye, por cierto, varias de las ilustraciones que acompañaron a los textos originales) hará las delicias de los amantes del pulp. A ratos me encontraba exigiéndole más mala leche o excentricidades a estos relatos. Después recordaba que a las creaciones del bueno de Wood hay que disfrutarlas incondicionalmente. Y así lo hice.


*Debemos la traducción al español de Blood splatters quickly a la editorial Caja Negra. Dicha traducción, por tanto, presenta palabras, expresiones y modismos argentinos.

**Lo que sí recoge el biopic de Burton es la fascinación de Wood por el travestismo y los sweaters de angora. Fascinación que emerge, evidentemente, en su ficción literaria.

***Cuando Wood intenta manejar el pasado y el presente paralelamente, la narración queda confusa de narices.

****¿Acaso nadie avisó a Wood de que abusaba de los puntos suspensivos y de que, incluso, los empleaba en ocasiones contraproducentes? Adorable.

viernes, 21 de febrero de 2020

Han Kang: Blanco

Idioma original: coreano
Título original: 흰
Traducción: Sunme Yoon (ed. en castellano) / Alba Cunill (ed. en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

No negaré a estas alturas mi admiración por Han Kang, una autora que me sorprendió gratamente en «La vegetariana», pero que admiré aún más tras leer «Actos humanos». El estilo poético que inunda su prosa es fácilmente reconocible, y no por ello deja de sorprenderme y entusiasmarme cada vez que empiezo un nuevo libro suyo.

El inicio de «Blanco» ya transmite ese estilo profundo, reflexivo y poético propios de la autora. Porque Han Kang no rehúye hablar desde su experiencia, desnudando sus emociones con una contundencia impactante, pero con la suavidad de quien lo narra como un acto de necesidad, de confesión, casi buscando una redención hacia uno mismo. Lo vimos ya en «Actos humanos» donde esos remordimientos tomaban la apariencia de múltiples personajes para narrar de manera holística su pesar y tristeza. Y en esta novela incide en ese análisis existencial, esa tristeza que no oculta, pero sí envuelve de poéticas frases que llegan con suavidad pero que rozan hasta lacerar y herir las entrañas del lector por su mensaje.

Así, siguiendo la estela de sus anteriores libros, la autora comparte y confiesa el dolor, en este caso, por la pérdida de una hermana que no conoció, que murió poco después de nacer y antes de que naciera ella; una vida truncada justo al empezar, que dejó un pequeño cuerpo blanco envuelto en una infinita tristeza. El dolor desgarrador que emanan de las palabras de la autora cuando relata cómo su madre sintió, sufrió y padeció aquellos pocos instantes de vida conmueven inexorablemente al lector, que nunca está suficientemente preparado para soportar inalterable tal infortunio, tal desgracia. El ritmo pausado, poético y enternecedor que imprime autora invita, más aún, a sufrir con ella, a cobijarse en ese envoltorio que cubre la criatura y que buscamos como resguardo de nosotros mismos, para protegernos también de tanto dolor. Leyendo la historia, uno buscaría también ese consuelo, ese cobijo, en el que esconderse hasta que haya pasado todo, hasta que no quede tristeza, hasta que haya desaparecido la última lagrima.

De esta manera, partiendo de esta premisa, situando la muerte de la hermana como elemento nuclear, la autora construye un relato a partir de la pérdida, del sentimiento de añoranza y desolación hacia un ser no conocido: la hermana que con tan solo dos horas de vidas dejó un vacío tan inmenso que pervive durante toda la vida de la narradora. El blanco que la rodea es real y también metafórico, es un blanco de pureza e inocencia, de un lienzo que representa el inicio de todo, el amanecer de una vida, el punto de origen de los infinitos posibles caminos vitales a trazar, pero también simboliza la nada, el vacío y la inexistencia.

Estructuralmente, como en «Actos humanos» o «La vegetariana», el libro se divide en grandes capítulos donde el punto de vista del narrador varía, y en este caso pasa de la primera persona en la primera parte, a la tercera persona en la segunda para volver finalmente a la primera en su última parte. Este cambio cíclico desde el punto de vista del narrador, cobra sentido en la propia historia, más emocional cuando narra en primera persona, más distante u observadora en el segundo capítulo.

Así, mientras que la primera parte es potente, dura y triste, desgarradora y personal, la segunda adquiere un tono más poético y contemplativo, fragmentario y detallista, impulsando la narración de las emociones desde pequeños relatos o reflexiones en torno a objetos blancos que, de un modo u otro, evocan sensaciones de paz y tranquilidad, pero también de soledad y melancolía. Menos potente que la primera parte, contiene la belleza de las pequeñas cosas, de un pasar del tiempo que transcurre sin prisa, sin una urgencia que demande que intentemos detenerlo; son pequeños fragmentos de vida nutridos de escenarios que parecen inmóviles, con el blanco como elemento común de destellos de poéticas imágenes que evocan calma y tristeza, pero también la belleza de la nostalgia que, una vez nos invade, permanece y se ensancha hasta llenarnos de la nada. Esta segunda parte, más irregular, está escrita como un conjunto de reflexiones, breves, que llegan, nos golpean y se van antes que nos hayamos recuperado de la sacudida emocional. Son fragmentos, a veces de pocas líneas, a veces de pocas páginas que, acercándose a la poesía, se acercan a nosotros y rompen la estructura narrativa como nos rompen a nosotros mismos.

La tercera y última parte, mucho más breve, devuelve la narración a la primera persona, y se vuelve a la vez más personal, más emotiva, más triste, al dirigir de nuevo la mirada hacia la hermana, una hermana que, de no haber fallecido, hubiera imposibilitado que ella naciera. Así, en esta línea emocional trazada por un capricho del azar, se encuentran ambas hermanas en un punto de encuentro de confluencia imposible y es esa existencia débil y frágil la que une a ambas hermanas en la no coincidencia, estableciendo una conexión imposible en la vida, pero no en el recuerdo.

Por todo ello, estamos delante de un libro impactantemente bello y triste, con un estilo poético que llega y conmueve y nos invita a reflexionar sobre quiénes somos y qué ha marcado nuestro camino, pero también sobre cómo la pérdida de un ser querido deja un vacío que va incluso más allá de los que lo conocieron suscitando nostálgicos recuerdos que perviven, ellos sí, en los que nos preceden y en los que nos sucederán.

También de Han Kang en ULAD: Actos humanos, La vegetariana

jueves, 20 de febrero de 2020

David Foenkinos: Hacia la belleza

Idioma original: francés
Título original: Vers la beauté
Traducción: Regina López Muñoz
Año de publicación: 2018
Valoración: Decepcionante, por decir algo

Algunas veces me pregunto de dónde he sacado la idea de leer un libro concreto, en qué estaba pensando para llevarlo a la lista, esa lista de pendientes tan abigarrada, que lleva tanto retraso y para entrar en la cual debiera exigir por tanto un nivel de nota de corte de Medicina. Pero, como bien sabe cualquier controller, todo tiene sus grietas, y por alguna de ellas debió colarse Foenkinos.

Verán: Antoine es un brillante profesor de Bellas Artes, todavía treintañero. Algo ha ocurrido en su vida, por lo que abandona la docencia y se pone a trabajar de vigilante en el museo de Orsay. El mismo título sugiere que ese algo ha debido ser muy chungo, porque el hombre, guiado por su conocimiento del arte, busca rodearse físicamente de la belleza de las obras para descontaminarse del pasado, seguramente para emprender una nueva etapa. Foenkinos hace coincidir la llegada de Antoine al museo con una exposición monográfica sobre Modigliani, sobre quien, qué casualidad, Antoine había escrito su tesis doctoral. Nos seduce un poco el autor con la imagen del vigilante, absorto ante los misteriosos retratos del artista italiano, y en particular el de su esposa, Jeanne Hébuterne, con la que compartió (Modigliani, no Antoine) una vida tormentosa y un final trágico. La dicotomía entre la parte negra de la vida y el atractivo de la expresión artística parece que vaya a ser el motor del argumento. Pero no se profundiza nada por ese camino, más allá de vaguedades que podría escribir cualquiera. Así que todo esto no es más que un truco, porque acaba uno con la convicción de que Foenkinos no tiene ni idea de arte.

Más adelante encontramos la dura historia de Camille, que para nuestra sorpresa es una estudiante de Bellas Artes. Camille, que por lo visto es una artista en ciernes, pasa por un trance terrible, admito que bastante bien narrado, y naturalmente se cruzará tiempo después en la vida de Antoine. De nuevo hay una intención explícita (y reiterativa, ya lo ven) de mostrar el arte no ya como una simple escapatoria, sino como una alternativa por la que optar cuando el destino nos castiga con la desgracia y la injusticia. Tópico al canto.

Todo lo que leemos es tan previsible que me he planteado no arredrarme ante el spoiler, pero me contengo a pesar de todo. Pero no solo es previsible, sino de una simpleza aplastante, empezando por los personajes. Al margen de que todos hablan exactamente igual (expresión relamida con alguna gotita de incorrección de tanto en tanto, para dar color), son también equivalentes: lo mismo sean jóvenes o adultos, son discretamente humanos, comprensivos, prudentes, dubitativos, siempre respetuosos. Ninguno se sale del carril. Foenkinos es el campeón del buenismo del siglo XXI: si el mundo no es una Arcadia feliz, solo es por nuestras debilidades, porque la vida es complicada y no somos capaces de buscar las mejores soluciones, no porque haya perversidad en los corazones. Ese es nuestro panorama del tercer milenio según Foenkinos, aunque para que no quede demasiado pastelón lo acompaña de una cierta dosis de sexo, ni exagerada ni demasiado explícita, pero importante (incluye a casi todos sus personajes) porque, oiga, eso es una cosa natural y saludable que libera muchas tensiones. Sin ese componente sexual, el librito podría adaptarse sin ningún problema para un telefilm de sobremesa.

Se me olvidaba, claro. Hay también un malo, ese odioso culpable de hundir la vida de la joven Camille. Ahí a Foenkinos se le presentó la oportunidad de matizar un poco más, de dar relieve aunque fuese a un único personaje. Amaga con hacerlo, pero o no sabe o no quiere, y poco a poco lo va caricaturizando para que termine de encajar en ese mundillo imperfecto por tan humano, a veces duro pero en el fondo maravilloso. Se mire como se mire, el malo es el malo, mientras los demás, cada uno a su manera, solo pretenden vivir la vida, disfrutar la belleza. Oh!

Lo que son las cosas, resulta que este señor Foenkinos ha recibido un premio Goncourt des Lycéens, creo que por otra de sus obras. Si echamos un vistazo, vemos que este premio lo conceden escolares de los últimos cursos, o sea, entre quince y dieciocho años, en lo que por cierto, al margen del libro en sí, es una iniciativa bastante interesante. Ahí sí que encaja, sin duda. Con su corrección ética, su simpleza, su aire juvenil, ligero y solo superficialmente comprometido, y con sus inofensivas alusiones al mundo del arte, David es un autor quizá muy apropiado para el adolescente tardío, puede que más aún si es francés. Pero para cualquier otro lector algo más exigente, les garantizo que no. Son los riesgos de no prestar atención a las solapas del libro.

También de David Foenkinos en ULAD: Lennon

miércoles, 19 de febrero de 2020

Sherwood Anderson: La canción de las máquinas y otros artículos

Idioma original de los artículos: Inglés
Traducción: Alberto Haller
Año de publicación de este volumen: 2018
Valoración: Recomendable para interesados

La canción de las máquinas y otros artículos recopila doce textos del escritor y periodista Sherwood Anderson. Éstos son, como su autor afirma en la nota introductoria, «un intento de expresar, ya sea en forma de narración, verso u opinión, mi creciente convicción de que el hombre moderno está perdiendo poco a poco su masculinidad ante el imperio de las máquinas y el modo que tenemos hoy en día de utilizarlas». El propio Anderson reconoce que este libro no es más que «un esbozo», pero espera que «al menos genere cierto grado de interés y discusión». 

Tranquilo, Anderson, generaste interés y discusión en su momento, y sigues haciéndolo hoy día. Porque, un siglo después de que estos artículos se publicaran, tus reflexiones todavía animan a debatir. El paradigma en que yo vivo es distinto al que tú viste florecer, pero ni duda cabe de que está influenciado sobremanera por él. De manera que tus palabras reflejan perfectamente la época en que fueron concebidas, pero también funcionan en tanto que espejo involuntario de la mía.

El escepticismo por el progreso, la alineación laboral y la mitificación del trabajo son fenómenos que todavía arrastramos en el presente. Y déjame decirte que tu perspectiva acerca de estas cuestiones es muy interesante. Otras de las ideas que aparecen en este libro son más excéntricas. Me refiero al papel que deparas a la mujer y a la naturaleza en un mundo dominado por la industria moderna. Asimismo, te adelantas a tu tiempo en ocasiones, al señalar en cierta medida las implicaciones medioambientales que la producción masiva acarrea, o el mentado papel que otorgas al sexo femenino.

Me gusta tu posicionamiento. Eres crítico con el capitalismo y los empresarios, pero no los demonizas gratuitamente. Muestras empatía hacia los trabajadores, sin que ello te arrastre al sentimentalismo estéril. Propones un arte concienciado con lo social, aunque, por suerte, eludes la superioridad moral y los manifiestos dogmáticos.

Deja que alabe la factura de tus escritos. Tu prosa, sencilla y directa, se ve ocasionalmente interrumpida por ramalazos líricos de una espontaneidad y fuerza increíbles. No me extraña que un titán como William Faulkner te tomara como maestro y mentor, amén de otros tantos autores norteamericanos de principios del siglo XX.

Por todo lo dicho, La canción de las máquinas y otros artículos es una lectura que gustará a aquellas personas a las que interesen los temas tratados por Anderson. Hay que abordar este volumen de poco más de cien páginas, eso sí, conociendo sus defectillos. La mayoría de ellos los admite el propio autor: la falta de «continuidad» de los textos, lo esquemáticos que son sus argumentos, la ingenuidad de ciertos postulados, la reiteración de algunas ideas... Pero, insisto, este es un libro lleno de fuerza en la forma y astutas ocurrencias en el fondo. Valía mucho la pena antes, y sigue haciéndolo en la actualidad.


También de Sherwood Anderson en ULAD: Winesburg, Ohio

martes, 18 de febrero de 2020

Bob Pop: Un miércoles de enero

Idioma original: Español
Año de publicación: 2018
Valoración: Interesante

Estoy tomándoles el gusto a algunos personajes mediáticos que se han hecho tan accesibles gracias a internet y cuyo trabajo induce a pensar que aún queda alguna alternativa a la opinión genuina. Y Roberto Enríquez —AKA Bob Pop— está entre mis favoritos. Ya en su faceta televisiva, este hombre consigue llevarnos a la reflexión de la mano de la ironía, aunque el resultado de dicha reflexión siempre nos traiga un trago amargo. Diría que ese es su sello personal y que en estos tiempos en los que hablar es gratis se agradece que algunos se tomen en serio la tarea de explorar nuevas maneras de explicarnos a nosotros mismos, de ensartar la complejidad del mundo en el que vivimos y de encontrar nuevos lugares desde lo que poder alcanzar una óptica fidedigna. 

Resumen resumido: Bob Pop se levanta la mañana del miércoles 10 de enero de 2018, se dirige a uno de los kioscos de Las Ramblas y allí se hace con una muestra representativa de lo más florido de la prensa de nuestro país; tanto prensa generalista —El País, El Mundo, ABC, La Razón, La Vanguardia, El Periódico— como prensa deportiva —Mundo Deportivo, Sport, As, Marca— como prensa del corazón —¡Hola!, Lecturas, Diez Minutos, Semana, Love— como prensa económica —Expansión, El Economista y Cinco Días—. De la lectura, del análisis riguroso y también de su paranoica reducción al absurdo (por qué no), a lo largo de cuatro meses, surge este peculiar ensayo. 

Bob Pop nos anuncia sus intenciones nada más empezar: 
«Mi buena intención con este trabajo era ver la realidad desde ese pequeño hueco que supone un instante, un día en las portadas y páginas interiores de diarios y revistas. Detenerme un miércoles de enero en lo que contaban los papeles ese preciso día, como una muestra aleatoria y finita que, a la vez, me permitiría hacer una de las cosas que más me divierte: establecer un juego de relaciones entre los titulares, noticias y personajes que aparecían ahí como relevantes o dignos de atención. Esa breve muestra me serviría también como ejemplo de lo que interesa a la prensa en papel un día cualquiera, cómo lo cuenta, para quién y contra quiénes (…)» 
Me llamó mucho la atención lo original e interesante de la propuesta por lo que no dudé en embarcarme en las escasas 100 páginas. La singularidad de este ensayo ha suscitado diversas metáforas que suelen ir en la línea de la «radiografía» o de la «autopsia». Yo me inclino definitivamente por la «biopsia». Y los resultados son que en medio del jijí y del jajá nos la están colando por toda la escuadra, especialmente a esa inmensa mayoría que no encajamos en el perfil de hombre blanco, heterosexual, maduro y con poder. Y, sobretodo, lo siguiente: 
«Los periódicos no son para quienes los leen o los compran, los periódicos se escriben para quienes los pagan» 
Así que interesante, a menos que pertenezcas al grupo de los que pagan los periódicos y no al de los que los compran, claro. No voy a ahondar mucho más en el contenido del ensayo ya que, en primer lugar, su escasa extensión merece una reseña contenida que no exponga demasiado y, en segundo lugar porque, como todo buen ensayo, suscita la reflexión personal con la que cada lector completará o cerrará su proceso de lectura. Solo mencionaré alguno de los planteamientos que aparecen para dar una idea del tono y las intenciones: El «Hola» y el «Procés» o ¿A quién acusa realmente Rodrigo Rato?. Difícil resistirse. 

El propio autor reconoce que Un miércoles de enero ha quedado a caballo entre el ensayo corto y el monólogo largo, porque Bob Pop es muy listo y su afirmación se adelanta a posibles recelos en relación a la forma. Yo digo que si los tiempos cambian, también deberá evolucionar la manera de comunicarnos, y que para volver a la cueva a pintar las paredes con nuestras propias heces siempre se está a tiempo. De hecho, y visto el panorama, hay quien nunca salió de ella.

lunes, 17 de febrero de 2020

Ali Smith: La historia universal

Idioma original: inglés
Título original: The Whole Story and Other Stories
Año de publicación: 2003
Traducción: Magdalena Palmer
Valoración: entre recomendable y está bien

Ali Smith es una veterana escritora británica (no confundir con Zadie Smith, pese a que compartan tan exótico apellido) que en los últimos tiempos parece haber adquirido cierto predicamento en España, de resultas de lo cual se ha publicado recientemente un libro suyo de relatos que data del 2003 y que aquí ha sido titulado La historia universal, como el primero de los que consta: la peripecia de un ejemplar de El gran Gatsby, contada desde diferentes perspectivas (sus sucesivos poseedores, una mosca que se posa sobre él, el propio libro...). En este primer cuento o relato ya nos encontramos con dos elementos que aparecen, uno u otro, en casi todos los demás de este volumen: por una parte, los libros, muy presentes en Gótico -divertida y algo siniestra remembranza de los intríngulis de una venerable librería, por parte de una sus dependientas- y El club de lectura, los recuerdos, en este caso de sus primeras lecturas, entre otras cosas, de una mujer que bien podría ser la propia autora, durante un trayecto en taxi hacia su casa. En cierto sentido, también pertenece a este apartado de "relatos sobre literatura" el titulado Al calor de la historia, aunque aquí habría que hablar de literatura oral, la que entretiene a tres mujeres que se agarran una buena castaña en plena Nochebuena.

El otro vector que caracteriza a esta colección de relatos es la narración por medio de diferentes voces o desde varios puntos de vista. Casi todas son historias de pareja, aunque Paraíso lo protagonizan tres hermanas que viven en un pueblo junto al lago Ness. Pero Rápido, Mayo y El principio de las cosas sí que son historias de pareja -por cierto que Smith tiene mucho cuidado , utilizando la primera y la segunda persona, pero no la tercera, en que no sepamos el género de cada personaje, y pueden tratarse de hombres o mujeres, indistintamente-: el primer relato cuenta una especie de "epifanía" que vive una persona mientras vuelve a casa en tren; el segundo, más divertido, es sobre alguien que se enamora... de un árbol, para estupefacción de su pareja, como es de suponer. Y el tercero de estos relatos cuenta la ruptura de una pareja que llega a unos extremos de cutrez bastante remarcables... Créeme, por su parte, es un chispeante diálogo entre los miembros -o miembras- de una pareja, acerca de una supuesta vida secreta con un tal Eric. No pertenece exactamente a este apartado, pero quizás también podríamos incluir aquí Erosión, pues se trata de un relato que  tiene cierta relación con Mayo: nos cuenta el enamoramiento repentino de un tipo, aunque dislocando el orden tradicional de la narración.

Por último, un par de relatos que no siguen los vectores antes mencionados pero que son ambos de los más divertidos del libro: Una frase inacabada, narrada por una mujer (que también parece ser una trasunta de la autora) que acude a una exposición de arte moderno, y Canciones de amor escocesas, en mi opinión, uno de los mejores, más regocijantes y hasta tiernos del libro, protagonizado por una anciana de clase trabajadora y una joven de barrio pijo. Muy bueno.

En resumen, un libro de relatos de no poca calidad que tratan en gran medida sobre las dudas y arrepentimientos que nos aguardan en los vericuetos de la vida, aunque también sobre las decisiones que se toman para tratar de mejorarla. 

Notas: 
(*) No entiendo por qué la traduccción del título de este cuento -y que da su nombre a todo el libro- no es La historia entera, en vez de "universal", algo que me parece sería más correcto.
(**) No deja de ser curiosa la elección de la foto que aparece en la cubierta del libro, interpreto que como homenaje a un espacio en el que transcurren muchos momentos de lectura; eso sí, en este caso, más maqueado de lo que suele ser habitual y protagonizado por una bella señorita, que sin duda le aporta un toque de glamour a tan doméstica escena.

Otros títulos de Ali Smith reseñados en Un Libro Al Día: Otoño, Invierno

domingo, 16 de febrero de 2020

Gonzalo Maier: Hay un mundo en otra parte

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Una pequeña reflexión inicial sobre el relato como género o estilo o pretexto de introducción a la condición de autor a costa de una exposición de perfil bajo.
La solapa de este libro menciona libros anteriores de Maier, que no he tenido la oportunidad de leer. Es decir; no sé si son ficción ni de que tipo o ensayo. Hay uno que se llama Leyendo a Vila-Matas, que no voy a negar me despierta cierta simpatía simplemente por su título. Pero vayamos a lo que planteaba. El relato, más concretamente el recoger varios de éstos y empaquetarlos en un libro, empieza a resultar repetitivo como género de acceso a la obra de un autor, y también como instrumento del autor para acceder ("presentarse") al gran público.
Bueno, al público. Que somos cuatro gatos, córcholis.
Y habrá quien diga que no: que usar la imaginación para generar varios textos (aquí, ocho) es más complejo que ceder al tentador gancho de tomar una buena idea y alargarla noventa, cien páginas, llamarla nouvelle, compartirla con algún editor proclive a encontrar savia nueva. Perdonaréis que disienta, yo nunca llevo la contraria, pero empieza a resultarme demasiado repetitivo ese recurso (Maier no tiene la culpa de quienes le preceden ni de quienes le seguirán) de escoger textos de diversos tipos, buscar alguna argamasa unificadora y presentarse ante el mundo con algo que podemos llamar obra.
Todas las cursivas son mías.
Los personajes de Maier en Hay un mundo en otra parte son casi siempre seres solitarios o con relaciones de pareja en oscuros segundos planos. Pueblan esos cuentos que juguetean con estructuras clásicas y con alguna ligeramente más osada, curiosamente en experimentos ligeramente vanguardistas que son los que me parecen más discretos. Maier se ve más cómodo en textos que apuntan hacia lo ligeramente surrealista. En el relato inicial, el brillante Un año más o menos largo, un hombre se muda a un apartamento desde el que observa un patio con gallinas. Ahí Maier despliega influencias no suscritas al cosmos literario sudamericano, y cualquiera diría que ese observador desde la ventana podría ser un personaje de Auster desplazado del entorno urbano. Es el texto que da cuerpo al libro y quizás algún escritor más descarado lo hubiera alargado y aderezado, me refiero al párrafo anterior, y algún crítico de estómago agradecido lo hubiera colmado de elogios y hubiera convertido al grupo de gallinas observado en una especie de analogía social de aires kafkianos.
El profesor que se prenda de una activista en Dos o tres apuntes sobre el maoísmo está más cerca de otros universos literarios, algo más corpóreo y sensual e incluso con un cierto escoramiento hacia ciertos perfiles de personaje cercanos a lo obseso o a lo perverso.
Pero la cuestión es: los autores que optan por el relato corto saben que el lector les va a perdonar algún desliz, cuentan con comprensión o condescendencia y parece que a veces se conformen con mantener un promedio digno. Como los centrocampistas que no fallan un pase ni pierden una pelota, pero tampoco hacen gran cosa más. Comprended el símil algo ajeno. Maier escribe bien, sus buenos relatos se disfrutan, para aquellos que no nos gusten disponemos del skip, no hace falta abandonar sino que es suficiente con ver si el siguiente nos gusta. Quizás no sea el libro más apropiado para poner estos ejemplos. Pero las cosas son así.

sábado, 15 de febrero de 2020

Quim Monzó: El mejor de los mundos

Idioma original: catalán
Título original: El millor des mons
Traducción (versión) del autor
Año de publicación: 2001
Valoración: Bastante recomendable

Si ya es de por sí difícil valorar un libro con un único calificativo, tratándose de un conjunto de relatos se añade el problema de la heterogeneidad. Lo habitual es que el nivel sea más bien irregular, con lo que las sensaciones van cambiando según avanzamos y hay que acabar por refugiarse en una calificación algo gaseosa, como ese bastante recomendable que va aquí arriba.

Para alguien que, como yo, no ha leído nunca a Quim Monzó, quizá la primera impresión es de sorpresa. Una sorpresa favorable, la sensación de haber encontrado algo que se sale de lo habitual, tanto por estilo como por fondo. La prosa de Monzó se podría definir como desnuda, escueta, sin ningún artificio (seguramente no encontraremos una simple metáfora en todo el texto), ninguna voluntad de adornarse. No es algo forzado, parece surgir con toda naturalidad, y consigue un peculiar efecto al interactuar con el relato: como lo que cuenta Monzó se adentra con frecuencia en el terreno de lo extraordinario, contado de esa forma directa y casi coloquial, le confiere verosimilitud y aumenta la estupefacción del lector.

¿Y qué es lo que cuenta Monzó? Pues en general, pequeñas historias cotidianas de ambiente urbano en las que de una u otra forma se entrecruza algo imprevisto, una situación inhabitual pero todavía no extravagante, que poco a poco se interna en el mundo del absurdo diríamos por estiramiento. Una familia que se niega a aceptar la muerte repentina de uno de los hijos, un malentendido en una riña de chavales, pequeños detalles en la historia aparentemente plácida de una pareja. Ocurre algo inesperado y sus consecuencias se prolongan y se enredan, deslizándose a veces hacia lo disparatado (ese monterrosino Mi hermano), otras hacia secretos nunca descubiertos (Las cinco cuñas).

La referencia más obvia es la del humor negro, que efectivamente está presente, aunque no siempre. Es más bien una mirada irónica, que fluye bajo los relatos de forma más bien sutil, sin dejar de mostrarse porque sus protagonistas sean tan antitéticos como un tipo esencialmente afortunado (Dos ramos de rosas), o una familia marcada por la enfermedad (La vida perdurable). Este último campo, la enfermedad y la desgracia, lo sondea Monzó en varias ocasiones, y la verdad es que hay momentos en que resulta difícil de tragar, porque la broma no casa bien con ciertas situaciones, pero admito que eso ya depende de la sensibilidad de cada lector. También explora –y se le agradece la valentía- territorios algo más arriesgados, como el aire improvisado y abierto, como de relato en construcción, del excelente Fregando platos, o esa especie de cuento de Navidad titulado La cerillera, donde Monzó parece decidido a abandonar su zona de confort, con resultado interesante, tal vez un poco desigual.

En medio de los relatos breves se inserta una novela corta, A los pies del rey de Suecia, que me parece lo mejor del libro. En similares registros al resto, cuenta Monzó las vicisitudes de un poeta aspirante al Nobel, un tipo solitario pero –como casi todos los demás personajes- bastante normal. Sus rutinas, y las muy tímidas peripecias con una vecina que le atrae o con un obligado cambio de piso, narradas de forma ágil y transparente, hacen posible que el lector se identifique con Amargós (sin duda, uno de esos personajes difíciles de olvidar), y se interese por sus dificultades por muy banales que resulten. La narración me parece impecable, escrutando cada gesto, cada pequeño detalle, todo un repertorio de significados y actitudes extraídos de un señor vulgar y su entorno aún más corriente, al menos en apariencia. Una mirada aguda y certera realzada por la sencillez y la precisión de la prosa. 

Lástima que Monzó deje diluirse este sólido relato, bien por no tener claro cómo rematarlo, o por sucumbir al impulso de desviarlo hacia algo más extravagante. Esa sensación de cierre en falso es algo que le ocurre en alguna otra ocasión, cuando toma los mismos derroteros inverosímiles, o bien el cuento se apaga un poco sin pena ni gloria, aunque también los hay bien redondeados. De forma que la impresión final que queda es:
- Que hay material, que Monzó sabe bucear en lo cotidiano, quizá en sus límites y en sus posibles deformidades, y es capaz de extraer cosas que contar
- Que las sabe contar muy bien, en ese estilo llano pero fino, recurriendo a un presente histórico que maneja con solvencia, todo lo cual ayuda a poner en valor historias que por sí mismo parecerían irrelevantes
- Que, no faltando creatividad ni estilo, quizá se echa de menos algo que podríamos llamar empaque, capacidad literaria, el arte de edificar con todo eso una estructura poderosa. Un escalón más, podríamos decir.

Una carencia esta última que en parte -solo en parte- podría venir determinada por el formato del relato breve, y que por tanto desconozco si se encuentra también en otras obras del autor. Por el contrario, me atrevo a suponer que las virtudes que en este libro se aprecian (originalidad, capacidad para narrar, frescura, cierto atrevimiento) no faltarán en otras obras diríamos mayores.

También de Quim Monzó en ULAD: El porqué de las cosasMil cretinos

viernes, 14 de febrero de 2020

Sara Gallardo: Eisejuaz

Idioma original: Español
Año de publicación: 1971
Valoración: Imprescindible

¿Por dónde empezar a la hora de hablar de un libro como “Eisejuaz”: por lo sorprendente que resulta que una escritora de la alta sociedad bonaerense escribiera semejante novela, por su estilo, por sus influencias, por su fuerza?

Creo que lo mejor es empezar diciendo que Eisejuaz es una novela alucinada, alucinante y alucinógena, un texto marcado por la relación de Lisandro Vega / Eisejuaz con la divinidad y en el que las reminiscencias bíblicas ya desde los títulos de los diferentes capítulos (La peregrinación, Las tentaciones, El desierto o Las coronas) son enormes.

Podríamos resumir (resumen resumido, como dice la compañera Beatriz) el argumento de Eisejuaz en el camino de redención o liberación a través del sacrificio de Lisandro Vega / Eisejuaz, un mataco grande y fuerte de un paupérrimo norte argentino. Se trata de un hombre criado en las misiones establecidas por los gringos en la zona y, por tanto, marcado por diversas dualidades y por una peculiar relación con lo divino. Fruto de esa relación y de esas dualidades son las diversas revelaciones, premoniciones y presagios de los que es (¿o quizá cree ser?) testigo. Una de ellas, con la que arranca la novela, es el encuentro con Paqui, blanco enfermo, marginal y oportunista a quien Eisejuaz considera una señal enviada por el Señor para dar comienzo a la última fase de su vida, plena de entrega y obediencia ciega.

Los tres capítulos siguientes (Los trabajos, La peregrinación y Agua que corre) son la explicación del nacimiento de Eisejuaz, desde la primera aparición de su Dios cuando apenas era un crío, y de las diversas dualidades o choques que condicionan su carácter y su vida. Así, por ejemplo destacan el choque económico, cultural o racial entre el hombre blanco y el indígena, el cual provoca mutuas incomprensiones, desconfianzas, rencores, etc, el choque entre cristianismo y cosmovisión indígena, que provocará la expulsión de Eisejuaz de la misión en  la que vive y el inicio de su camino de redención, a medio camino entre los éxtasis místicos (sueños, apariciones, etc) y sus caídas en el alcohol o la locura.

A partir de ese momento, la narración vuelve al punto inicial y continúa por su senda más “bíblica”, con sus tentaciones, sus travesías por el desierto, su discurso en el “Monte de los Olivos”, sus bienaventuranzas, sus postreros intentos de redención, etc.

Claro que los tres párrafos anteriores son solo una de las posibles lecturas de Eisejuaz. Porque la novela admite otras interpretaciones, quizá más acertadas. Pero más allá de su argumento, sorprendente por proceder Gallardo de una familia de la alta sociedad bonaerense sin aparente contacto o interés por el mundo indígena, destaca el aspecto formal de la novela. En primer lugar, Gallardo crea un personaje escindido entre dos realidades y producto de esa escisión es la elección del lenguaje en el que se expresa Eisejuaz. Un castellano “contaminado”, plagado de frases cortas como latigazos, de elipsis, omisiones y errores gramaticales - no se comemos, no se trabaja bien, se es flojo -  , que liga a Eisejuaz y a Gallardo con autores mal llamados indigenistas, como José María Arguedas (aquí las reseñas de El sexto y El zorro de arriba y el zorro de abajo) o Manuel Scorza (aquó la reseña de La tumba del relámpago), aunque en el caso de Gallardo me parece una narración más oscura, más turbia, más sucia. En segundo lugar, la elección de la primera persona y de una visión entre desquiciada y desquiciante, que hace pensar inevitablemente en  Faulkner o en Rulfo. En tercer lugar, la penetración de la autora en una mente como la de Eisejuaz y su capacidad para extraer imágenes tan brutales y perturbadoras como  hermosas, aunque siempre desde un estilo sobrio y áspero, alejado de todo barroquismo.

No sigo. Creo que es más que suficiente como para que os hagáis una idea de lo que representa una novela tan exigente, compleja y salvaje como “Eisejuaz”, una novela con una potencia fuera de toda duda, una magnífica novela.

También de Sara Gallardo en ULAD: Enero

jueves, 13 de febrero de 2020

Hernán Díaz: A lo lejos

Idioma original: inglés
Título original: In the distance
Traducción: Jon Bilbao (ed. en castellano) / Josefina Caball (ed. en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: entre bastante recomendable y muy recomendable

Hay libros que deberían llevar una faja a modo de aviso, indicando algo parecido a «no empezar este libro a menos que haya tiempo suficiente para leerlo de un tirón». Porque hay novelas que te arrastran inexorablemente por su alto ritmo narrativo y te sumergen de lleno en la historia contada; relatos que rezuman majestuosidad y aires de grandeza; epopeyas que transcurren veloces por vastos y extensos parajes, con historias que crecen y se expanden, desbordando el propio personaje que la protagoniza. Y que son tremendamente adictivas, como es el caso del libro que nos ocupa.

El inicio del libro es trepidante, atrayente, totalmente cautivador. Porque conocemos a Håkan Söderström, protagonista único de la historia. Y la manera en la que el autor nos lo introduce lo envuelve de un aura de misterio que hace justicia a la leyenda del hombre que iremos conociendo. Esa breve introducción, ese prólogo de pocas páginas con las que empieza el libro da muestra evidente de un hábil manejo de la tensión narrativa, el suspense y el sostenimiento del clímax, consiguiendo que entremos de lleno en la historia, en ese barco encallado en la nieve con una tripulación aislada y alejada, con esa figura misteriosa y poderosa que emerge del agua en el nerviosismo emocional propio de una situación que está en vías de estallar. Hay misterio, hay incluso un halo tirando a sobrenatural, hay tensión. Y todo esto, en un inicio de un libro, es algo que se agradece y te empuja a seguir la lectura ávidamente.

De esta manera, con ese inicio arrebatador, la mano hábil de Díaz nos traslada desde ese barco al pasado de Håkan, a su infancia y posterior llegada accidental a California, tierra de ambiciosos y ávidos buscadores de oro donde desfilan caravanas de carros, salones, estafadores, delincuentes y malhechores. La narración nos lleva a esas tierras áridas, secas, de desiertos, hambruna y corruptelas. La tensión narrativa de este libro es brutal, porque te atrapa desde un inicio y la travesía hacia la costa este en busca de su hermano se convierte en un page-turning de manual, pero con un escenario diferente al habitual: la reformulación del típico western. Porque aunque es cierto que hay buscadores de oro, estafadores, delincuentes, carros y armas de fuego, travesías por el desierto y mil elementos más hartamente vistos, la novela se convierte en el antiwestern que  muchos afirman, y no porque no salgan en ella sus elementos típicos (y arquetípicos), sino porque Håkan es un elemento externo a todos ellos; él no busca ser un protagonista, él es una víctima colateral de unos desmitificados pilares sobre los que se construyó América durante la fiebre del oro. Con ello, el espíritu que le da al libro Hernán Díaz es inusual, convirtiendo estos elementos como algo accesorio, casi secundario, un escenario conocido para ubicar en él la verdadera intencionalidad del autor: construir una novela de formación y superación a la vez que sitúa el western en otra esfera. Porque la figura de Håkan crece y engrandece en cada nuevo paso, en cada nueva etapa del camino, en cada nuevo reto.

Así, esta novela somete al western clásico a una revisión, una revisión extensiva a la historia de los mitos fundacionales de los Estados Unidos de América, y a las dificultades y penurias de los inmigrantes para sobrevivir y hacer frente a maleantes, estafadores, sheriffs corruptos y arribistas. De manera parecida a como hizo Philipp Meyer en «El hijo», Hernán Díaz pone el acento y el protagonismo en la víctima, en el diferente y utiliza este enfoque para reprobar el comportamiento de los blancos para conseguir su propósito: enriquecerse. Pero mientras Meyer rompía la imagen históricamente impoluta de los blancos para criticar sus actos, Díaz utiliza el western no para únicamente objetar las prácticas poco éticas sobre las que reposa el mito fundacional estadounidense, sino también, y especialmente, para tratar sobre la no pertenencia; el autor utiliza estos elementos para construir un bildungsroman que se construye a partir de la soledad y el desarraigo como elemento nuclear. Y Díaz sabe de lo que habla, pues su biografía recorre la vivencia en diferentes ciudades sin sentirse parte de ninguna de ellas, y esa sensación de extranjero, casi intruso, se traslada de manera inexorable a este libro.

En la inmensa y colosal figura de Håkan, caben aquellas dificultades y contratiempos de quien se embarca en una aventura sin un claro final y lo hace solo, con el desamparo y el desarraigo del que se siente no únicamente lejos de su tierra, sino ajeno al territorio donde vive, ajeno a sí mismo y a su propio cuerpo y pensamiento. El castigo infringido por la desazón y el desaliento, por las inclemencias de una vida de desesperanza e incertidumbre. Hernán Díaz sabe cómo trasladar ese sentimiento a la novela y lo hace con un protagonista que desconoce el idioma de la tierra de acogida, que no sabe cómo integrarse ni hacerse comprender, que se siente extraño; el aislamiento que le provoca su majestuosa estatura la crea una barrera que le separa de la confianza y la empatía de sus prójimos; su dificultad dialéctica es a su vez otro elemento que genera distancia y el autor lo aprovecha para minimizar el diálogo en la narración, dejando a Håkan a su merced, incomunicado; un extranjero desconfiado en quien tampoco nadie confía. Así, en esa soledad que se percibe en el texto, Håkan nos coge de la mano y nos invita a su mundo, un mundo sin comunicación, sin entendimiento, sin comprensión, sin confianza y sin prácticamente esperanza. El hombre contra los elementos, el hombre contra sus semejantes, el hombre solitario e incomprendido. El extranjero.

Porque a pesar de esos aires de western que ostenta, la novela va más allá de la típica novela de aventuras que parece en su primera mitad, y es especialmente en su último tercio donde el tono oscurece, donde el brillo y ritmo rápido que nos ha acompañado hasta aquí cambia de velocidad, donde aquellas trepidantes peripecias por vastas tierras quedan atrás para pisar, abruptamente, terrenos más áridos: el terreno emocional, donde el sufrimiento y la desolación que han ido acompañando el periplo de Håkan afloran y dominan el escenario. En el sufrimiento de Håkan nos vemos reflejados, en su solitud encontramos compañía, sus temores se funden con los del lector que padece con él.

Bien es cierto que sobra algún discurso moral o científico del naturista Lorimer, algo repetitivo e innecesario, pero por suerte son pocas páginas donde también hay elementos de interés y donde cobran sentido esas páginas de enseñanza básica (y algo de mensaje moral) para ver poco después el porqué. Porque esas enseñanzas a Håkan lanzan a su vez un mensaje claro para todos nosotros: la tierra no existe para ser explotada o para ser un obstáculo para quién transita por ella. La tierra existía ya antes que nosotros. Así, hay en esta novela también cierto componente de denuncia, de intencionalidad en volver a valorar la tierra como parte de nuestro mundo y defender la idea de que debemos coexistir y respetarla, en un claro mensaje que evoca a un trascendentalismo al que quizá deberíamos volver o al menos tener en cuenta.

Este un relato que trata sobre la soledad, la confianza en uno mismo y la desconfianza hacia los demás, el auto conocimiento y la superación, el aprendizaje necesario para sobrevivir, no únicamente respecto al mundo sino también respecto a uno mismo, a tolerar los defectos y conocer las virtudes, a mirar el mundo con generosidad y abierto a un aprendizaje vital sin el cual la travesía es incompleta y a aceptarse y encontrar aquello que desconocíamos que buscábamos: nosotros mismos. Porque en todo este trayecto, lo que queda a lo lejos, en el horizonte, es únicamente un mero objetivo que perseguimos mientras conseguimos lo verdaderamente importante: formarnos como personas mientras buscamos nuestro lugar en el mundo.