domingo, 9 de febrero de 2020

Kenzaburo Oé: Cuadernos de Hiroshima

Idioma original: japonés
Título Original: Hiroshima Nôto
Año de publicación: 2011
Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Valoración: está bien

Kenzaburo Oé tenía menos de 30 años cuando efectuó una serie de visitas a Hiroshima. Habían pasado casi 20 años desde el lanzamiento de la bomba atómica y Oé, que pasó, impactado por la experiencia, a considerarse un ciudadano más de la célebre ciudad japonesa, aprovechó cada una de sus visitas para escribir cada uno de los ensayos que da forma a este libro, inicialmente publicado en 1965 y en el que Oé ya muestra algunos de los detalles presentes en su obra posterior, y por el total de esta Oé fue galardonado por el Nobel y es el último japonés (hay uno cruzando los dedos cada mes de octubre, pero no) en recibir tal premio.

Quede claro que si los libros se valoraran por sus intenciones uno no podría justificar (sin ser masacrado por doquier) una valoración tan tibia. No sé exactamente qué esperaba de esta obra cuando tomé el ejemplar del estante de la biblioteca. Quizás lo que me he encontrado, pero más rabioso, más militante, más ofuscado. No quiero decir que Oé haya de presentarse a hablar con toda esa gente que sufre con intención de profundizar en la desgracia y de que esa profundidad sea la espoleta de agrias polémicas. En ese sentido, perdonad que me embarre algo y diga que esos textos de más de medio siglo de antigüedad me han parecido demasiado proclives al tópico que asocia al individuo japonés como alguien extremadamente considerado, educado, digno y cauteloso e incluso con alguna tendencia a lo reverente. Incluso poniendo en contexto esa distancia temporal, el hecho de que en 1964 y como consecuencia del final de la guerra la influencia norteamericana era poderosa, me hubiera gustado una prosa no tan contenida, más sanguínea, porque a los que Oé visita son a víctimas del primer bombardeo atómico de la historia, bombardeo que se justificaría bajo la excusa del mal menor, pero bombardeo que ha acabado de forma cruel no solo con las vidas de sus seres queridos, sino que ha condicionado su existencia posterior por los efectos de la radiación sobre su salud y la de generaciones posteriores. Me ha pasmado ver que el único momento en que Oé se pone algo agrio es protestando porque uno de los militares estadounidenses involucrados en las decisiones sobre el bombardeo es condecorado por un organismo japonés, seguramente títere de los acuerdos post-capitulación. Es una protesta tibia y débil, apenas un párrafo, un balance muy exiguo cuando el libro ha relatado tanto sufrimiento y ha levantado testimonio de tantas situaciones crueles y sórdidas.
En este sentido y contrapesando libros sobre testimonios parecidos, como el excelso Voces de Chernobil de Svetlana Aleksiévich, el de Oé me ha parecido un libro contenido y tibio sobre una cuestión que, como otras, merece una oposición más frontal, que se incrementa en los últimos tiempos, en que la densidad de chalados con acceso al botón nuclear se ha elevado de forma espectacular. Como otro aniversario destacado este año, el de Auschwitz, conviene seguir asociando Hiroshima al de una sima de la historia de la humanidad de cuyos aledaños nunca estaremos suficientemente alejados.

3 comentarios:

1984 dijo...

A mí también me pareció algo insípido cuando lo leí. Demasiada contención emocional en un tema que exige una condena radical. Se dirá que lo que se cuenta es tan tremendo que cualquier arrebato melodramático resultaría contraproducente. Seguramente, pero es que Oe se nota desganado en estas crónicas, como si en el fondo no fueran con él, y se limitara a cubrir el expediente con unas cuantas observaciones generales y previsibles. No ofrece nada más. No entra a fondo en el tema. Se queda en el tópico. La época, 1964, en plena Guerra Fría, tampoco era propicia para poner pingando al amigo americano. Había que olvidar porque el enemigo de ayer es el aliado de hoy. Los bombardeos atómicos mejor ponerlos entre paréntesis. Desde luego, estas crónicas no son lo mejor del maestro japonés. Curiosamente, fue un periodista norteamericano, John Hersey, el que escribió quizá el mejor ensayo sobre la hecatombe atómica. Hersey fue a la raíz del genocidio, entrevistó a supervivientes y pasó revista a un mundo calcinado y envenenado; dejó claras las horrorosas consecuencias de la masacre. Y lo hizo en 1946. Sin propaganda, su libro está vivo porque transmite muerte. Oe en cambio se muestra soporífero.

Senyoreta Buncle dijo...

Es una lástima que alguien que emocionalmente pueda tener tan hondo este sentimiento de impotencia y de rabia no lo utilice para hacerlo patente en una novela. Y eso que Oe tiene recursos literarios de sobra para hacer una buena novela.
Saludos.

Anónimo dijo...

Lo leí hace años y me pareció un libro tipo periódico. Describiendo lo que veía no se regodea, en la desgracia tampoco insiste mucho pues su país tampoco fue una hermanita de la caridad... Gracias por su blog. Kempes 19