jueves, 11 de diciembre de 2014

Colaboración: Austerlitz de G. W. Sebald

Idioma original: Alemán.
Título original: Austerlitz 
Traductor: Miguel Sáenz
Año de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable.

Con la fábula de Jaques Austerlitz, Sebald, nos habla de la búsqueda de la razón de ser del individuo en el siglo XX (extensible también al XXI), y al mismo tiempo intenta pagar su propio tributo como alemán al holocausto judío. Seguramente es sus obra más lograda.

G. W. Sebald, muerto en el 2001 en accidente de trafico, junto con Claudio Magris o Enrique Vila-Matas son representantes de un tipo de escritura que se formula con múltiples formas de expresiones literarias entrecruzadas: ensayo, novela, historia, dialogo, monólogo y cuantas otras se nos puedan ocurrir. Pero sin llegar a lo que podríamos denominar escritura experimental que convierta los textos en peligrosos juegos de palabras. Un universo literario arriesgado donde a veces los símbolos pueden esconder tanto a la creación como a la falta de ella. El lenguaje de Sebald, que era profesor de literatura, se basa en una realidad muy documentada desde donde la ficción busca todos los recovecos de esto que nos empeñamos en llamar realidad, un lenguaje preciso pero ameno. Lo único que podemos echar en falta es una vida psicológica en sus personajes.

Esta obra (Sebald decía que no era una novela) es casi un monólogo sobre el transcurrir de una vida dentro de la historia del siglo XX. «Solo lo supe años más tarde por alguien que sobrevivió, me dijo Vera, dijo Austerlitz». Un monólogo realizado en los encuentros casuales o acordados, íntimos o distantes, en terrazas o paseos entre el protagonista y el oyente que escribe para transmitírnoslo. Sebald es un walseriano, un paseante solitario que comenta todo lo que ve. El paseo como forma de deambular, de ver, de vagar, de viajar. El paseo de uno mismo o el de los demás, vistos desde la terraza de un bar. El itinerario de una ocupación perpetua; el estudio de la arquitectura de las estaciones de tren. Los paseos y el monólogo dan lugar a disquisiciones, y cuando la confianza se asienta el parloteo da lugar al recuerdo.

 El recuerdo y lo que queremos o no recordar. El recuerdo y el olvido. Sebald nos pasea por lugares y artistas de la vieja Europa, desde Turner a Marienbad, de Goethe a la costa de Gales o del observatorio de Greemwich a Balzac a través de las salas de las estaciones de tren; «había momentos sin comienzo ni fin…un punto ciego sin duración». El recuerdo siempre tiene algo de nostalgia, no de melancolía, y de perdida; no recordamos lo que tenemos. El recuerdo de lo pasado que jamás volverá y que lleva a la mayor perdida que es la muerte de uno y el olvido por parte de los demás, la disolución absoluta. Austerlitz a través de la historia de Europa llega al recuerdo personal que busca los orígenes; el origen para explicar nuestro ser. La búsqueda perpetua del ser humano: si no se quien soy, estoy solo, en mi soledad de búsqueda individual me incomunico, ¿la búsqueda del origen está en mis recuerdos de infancia? ¿si llego a encontrarme romperé el cerco de mi soledad? «En algún momento del pasado he cometido un error y ahora estoy en una vida falsa».

En esta búsqueda individual se tropieza con el mundo. Y aquí nos encontramos con un segundo hilo argumental por donde Sebald nos lleva de la mano. En esa búsqueda hacia el recuerdo encontramos la Alemania nazi y el holocausto judío, que en la historia del siglo pasado han quedado indisolublemente unidos. Alemanes, en este caso, pero que podrían ser, desgraciadamente, cualquier ciudadano civilizado del mundo; cada uno de nosotros embebido por el entusiasmo ante el resurgimiento nacional, olvidarnos de las humillaciones que no hemos sido capaces de superar, creernos los elegidos, afirmar que uno es él ser superior…

Austerlitz buscando sus orígenes llega a Praga y a Theresienstadt, la fortaleza con forma de estrella, campo de concentración, cárcel donde murió Gavrilo Princip; de quien dicen que cambio la historia de la Europa moderna. Sebald en sus libros no solo nos habla del holocausto, si no también de la destrucción de Alemania por parte de los aliados y de la literatura postbélica. Nos cuenta de ese miedo a hablar de determinados temas que han quedado impresos en el alma de su patria. Pero en todas las casas existe la palabra prohibida, el ser innombrable, o el recuerdo rigurosamente olvidado. Pero aquí el mundo da la vuelta a los conceptos y el mantenimiento de la memoria es una necesidad a falta de justicia. «Quien ha sufrido la tortura, ya no puede sentir el mundo como su hogar» nos recuerda Jean Amery.

La historia del hombre tal vez sea el moverse entre un individualismo que busca la identidad y un totalitarismo social que arrasa. El fin del milenio nos ha llevado a la verdad del ser humano; la soledad del individuo, la búsqueda quimérica y el horror inenarrable, y Sebald nos lo recuerda.

Firmado: Coro

2 comentarios:

Santi dijo...

Acabo de terminar "Austerlitz" y tengo una sensación contradictoria. La idea en conjunto es muy buena, tiene páginas verdaderamente brutales y el recurso de incluir fotografías para dar veracidad al relato sigue siendo chocante.

Pero hay un par de cosas que no me convencen: la primera es la tentativa (así lo veo yo, por lo menos) de transformar al personaje de Austerlitz en una especie de personificación de la Europa moderna, que va desde Napoleón al nazismo, pasando por los ferrocarriles, las fábricas y las fortalezas. Le da a la novela un tono de alegoría casi moral que me rechina ligeramente.

Y la otra cuestión es el estilo, que quizás venga condicionado por la lengua alemana original, no lo sé. Las frases son tan largas y tan enrevesadas, tan llenas de incisos y recovecos, que uno se pierde y los ojos hacen chiribitas. Claro, esto puede ser también un efecto estético buscado, pero personalmente me parece que oscurece innecesariamente el texto.

Dicho todo esto, es sin duda una gran novela; yo la habría dejado en "recomendable" :P

Mario dijo...

Coro, que el próximo libro que reseñes sea la Nueva gramática de la lengua española o algún libro de lengua española de la ESO. Tanta pedantería evanescente no consigue disimular lo atroz de la construcción de las frases y la puntuación. Casi me llego a creer que Vila-Matas y Magris iban en el coche con el que se mato Sebald.
Lástima. La obra maestra de Sebald se merecía algo mejor.