domingo, 21 de diciembre de 2014

Horacio Castellanos Moya: Insensatez

Idioma original: español
Año de publicación: 2004
Valoración: Muy recomendable

Van ya unas cuantas novelas de Horacio Castellanos Moya reseñadas en este blog, y a juzgar por las que he leído yo, y por las que han comentado otros compañeros, casi todas tienen algo en común: violencia, humor, sexo y mucha mala leche con la situación política de Centroamérica. Todos estos elementos están también presentes en Insensatez, y quizás de una forma todavía más acentuada.

El protagonista de Insensatez ha sido contratado por un país centroamericano (no es difícil reconocer Guatemala, aunque no se mencione en el texto) en el que se ha producido un genocidio de la población indígena. Y está en ese país por dos motivos: primero, porque ha tenido que salir huyendo del propio país por problemas con el poder; y en segundo lugar, porque le han propuesto que revise las cien mil páginas del manuscrito del informe sobre el genocidio, preparado por la Iglesia y compuesto fundamentalmente por los testimonios de los supervivientes del genocidio.

Lo más chocante de la novela es la forma en la que Castellanos Moya combina dos planos de acción: en uno de ellos, el narrador corrige el manuscrito en el que se cuentan todas las atrocidades de la matanza, incluidas violaciones, torturas, asesinatos a sangre fría, mutilaciones o desapariciones, contadas por las víctimas en un español deformado por la influencia de sus propias lenguas indígenas y por la imposibilidad de narrar el trauma; en otro plano que discurre paralelo, el mismo protagonista hace todo lo posible por follar con todas las mujeres que se le ponen a tiro, incluidas una cooperante española de pies apestosos que le transmite una enfermedad venérea y un miedo paranoico a la venganza de su novio militar uruguayo.

Este contraste entre la brutalidad de la violencia genocida, que atraviesa el texto de forma obsesiva (porque el narrador repite durante varias páginas aquellas frases que le resultan más impactantes), y la frivolidad de las aventuras eróticas del narrador, es lo más llamativo de la novela. La labor que le han propuesto al narrador (contribuir a la memoria del horror) no puede ser más digna, pero el propio narrador es al mismo tiempo despojado de cualquier halo heroico: es cobarde, egoísta, machista e insensible, en gran medida, al dolor de las víctimas. Y sin embargo, este contraste funciona, como una especie de estrategia brechtiana de distanciamiento: las masacres cometidas contra las comunidades indígenas no son menores, ni menos incomunicables, por estar en manos de un imbécil.


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