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jueves, 21 de febrero de 2019

Andrus Kivirähk: El hombre que hablaba serpiente

Idioma original: estonio
Título original: Mees, kes teadis ussisõnu
Traductor: Consuelo Rubio Alcover
Año de publicación: 2007 (en castellano, 2017)
Valoración: Recomendable


No hace falta jurar que la literatura estonia es algo que nos pilla un poquito lejos, aunque compartamos bandera estrellada sobre fondo azul. Pero oiga, esto es ULAD, llevamos casi diez años publicando reseñas y, sí, para mi propia sorpresa, ya había en nuestro catálogo no una sino dos obras bajo la etiqueta escritores estonios. Así que adoptaremos la pose de intelectual sobrado y lo tomaremos como algo de lo más normal. Pero, eso sí, aunque el origen nacional ya no nos pille de nuevas, el libro que comentamos sí que es bastante peculiar.

Nuestro amigo Kivirähk nos sitúa en una época indeterminada, tal vez en la Edad Media, en los bosques de Estonia. Por allí viven grupos de personas que continúan en fase cazadora-recolectora, se comunican con los animales mediante la lengua de las serpientes, se visten con pieles y solo comen carne. Sus vecinos son amistosas culebras que les invitan a su madriguera, osos que seducen a muchachas humanas, una especie de primates que crían piojos gigantes, o un exguerrero alcohólico que se va fundiendo con la capa vegetal. En ese bucólico ambiente se mueve Leemet, un niño a quien su tío le enseñará el serpéntico, idioma que poco a poco ha ido desapareciendo de la cultura de los bosques. Aquí tenemos ya los elementos que dan pie a que en la contracubierta la cosa se catalogue como ‘literatura fantástica’, es decir, seres extravagantes y situaciones inverosímiles, un híbrido entre la fábula clásica y Harry Potter pero, eso sí, un poco en plan bruto.

El problema es que aquel hábitat ancestral está claramente languideciendo: la gente se va largando a la aldea, donde aprenden las tareas agrícolas y se empapan de costumbres y religión extranjeras. Como buenos advenedizos, abominan de su pasado y se apuntan con entusiasmo a la modernidad. Segundo ingrediente: el choque entre lo arcaico y los nuevos tiempos resulta inevitable, las gentes que han asumido la civilización a duras penas intentan absorber a sus vecinos más recalcitrantes, y los últimos resistentes desprecian a los conversos. La interacción entre los dos mundos apunta a catástrofe.

A ese fuego se encargan de echar gasolina las respectivas creencias religiosas o espirituales. Entre las gentes del bosque, el druida Ülgas (que mira que tiene nombre de malo) deriva hacia un integrismo que le aproxima a la locura, y en el pueblo el afable Johannes encarna el buenismo cristiano, sí, pero empapado de patrañas que hacen ver la mano del Diablo en todas partes. Entre ambos bandos, Leemet, que ya ha abandonado la infancia, enarbola un rechazo radical hacia todo lo sobrenatural. Es en mi opinión el nudo fundamental del libro: la rebelión absoluta del descreído Leemet frente a lo irracional que le rodea desde los dos frentes, dos concepciones atrozmente radicalizadas que darán lugar a la barbarie más desatada, y entre ambas, un individuo que defenderá, también con la misma saña, el derecho a vivir alejado de toda creencia.

Semejante panorama no puede más que desembocar en una especie de apocalipsis que revienta en la última parte del libro, una orgía de salvajadas que termina de cuajo con la aparente atmósfera de fábula ecológica que en la que podríamos pensar al inicio, y acerca el relato a un ambiente punk que ya no abandonará. El autor no se ha posicionado en la disyuntiva entre lo tradicional y lo moderno,  pero sí se moja, y mucho, en esta batalla de Leemet contra los integrismos: a través de su personaje, Kivirähk destila desprecio sin límites hacia los santones y sus seguidores, y no le tiembla el pulso -vamos, se diría que disfruta de verdad- con las escenas más bestias.

El autor maneja abundantes referencias a los mitos y tradiciones de su país, cosas que se nos escaparían de no ser por el interesante posfacio de la traductora Consuelo Rubio Alcover. Pero si decidimos ver el texto desde la óptica cultural, tampoco esto quiere decir que Kivirähk tome partido por las esencias nacionales. No hay una defensa de un mundo frente al otro, sino esa opción que decía, muy contundente y sin matices, por lo racional. Lo que cuadra muy bien con la fama de iconoclasta que por lo visto arrastra Andrus, siempre presto a fustigar tanto a la complacencia con lo foráneo como al fundamentalismo étnico. Ni siquiera ese idioma de las serpientes –que perfectamente se podría identificar con su minorizada lengua estonia- recibe del todo la bendición del autor, que parece plegarse sin mucho dolor a su colapso definitivo.

Advertida la originalidad del argumento y lo atrayente de las distintas capas en que puede leerse el libro, tampoco se puede dejar de valorar la forma en que todo esto se transmite. La prosa de Kivirähk es sumamente sencilla, pero peca quizá de superabundante, incluso de redundante. Hasta en los diálogos –de hombres y de animales- le cuesta demasiado esfuerzo exponer las cosas de un solo trazo, necesita decirlo del derecho y del revés, repetir las ideas y alargarse sin necesidad (bueno, un poco lo que también le pasa al reseñista, para qué engañarnos). Con lo cual, la lectura puede hacerse algo lenta, pesada, en especial en su primera mitad, cuando no sabemos el rumbo que van a tomar las cosas. Le falta agilidad y concisión, cualidades que le hubieran quitado lastre a una narración que ya de por sí aglutina muchos elementos -que no obstante están muy bien integrados- y habrían agradecido un tratamiento más resuelto.

Vaya lo uno por lo otro, con lo que esta especie de cuento de hadas extremo me parece en definitiva un libro atrevido, desbordante y fresco, que no estará de más en nuestro curriculum lector.

domingo, 27 de febrero de 2011

Jaan Kaplinski: El mismo río


Idioma original: estonio
Título original: Seesama jõgi
Año de publicación: 2007
Valoración: Está bien

Antes de empezar, vamos a situarnos. Estamos en Estonia en los años 60 y el protagonista de esta novela es un joven filólogo que necesita desesperadamente un modelo a seguir que lo introduzca en la vida adulta (pues, como él mismo cuenta, al haber crecido sin apenas amigos, con la nariz continuamente metida en los libros, no sabe desenvolverse en sociedad). Así encuenta al Maestro, un hombre sabio de aspecto enclenque, depresivo y pesimista, que lo educará y le hará plantearse más preguntas de las que, seguramente, está preparado para contestar.

Testigo de una revolución sexual que se extiende por Europa, el protagonista avanza hacia su madurez intentando perder de una vez la virginidad, algo que, como su novia no se lo pone nada fácil, le da más de un quebradero de cabeza. A esto se une, a medida que pasa el tiempo y que se estrecha la relación entre el Maestro y el personaje principal, la vida en Estonia, la gran sombra que proyecta la URSS, los interrogatorios de la KGB, el comunismo...

Es ésta una novela que habla del despertar a la vida, de crecimiento y, sobre todo, de dirigirse siempre hacia adelante aun cuando las condiciones no sean las más propicias. El libro es interesante, sin duda, y el autor desarrolla un estilo ameno y sobrio, aunque también con ciertas dosis de humor. Sin embargo, he de reconocer el trabajo que me ha costado terminarlo, debido no a la obra sino a una cuestión editorial. Serán gajes del oficio, pero no he podido pasar por alto el gran número de erratas y de fallos que se han escapado a la corrección (en ocasiones, parece que a algunas frases les faltan palabras), lo cual entorpece mucho la lectura. Esperemos que lo arreglen en la siguiente edición.