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sábado, 23 de enero de 2021

Etgar Keret: Tuberías

Idioma original: hebreo
Título original: Tzinorot
Año de publicación: 1992
Traducción: Roser Lluch i Oms
Valoración: entre recomendable y está bien

Tuberías es o fue el primer libro de relatos publicado por el escritor, guionista y director de cine israelí Etgar Keret, allá por el fúlgido año de 1992. Escritor, guionista, etc. confieso que desconocido para mí hasta ahora, aunque sí que parece ser un personaje relevante del mundo de la cultura en su país. Los relatos, sin que puedan calificarse de "micro-" son en su mayoría cortitos: en este volumen encontramos más de cincuenta, de ehcho. Como característica común, casi todos tienen un aire o un trasfondo costumbrista (en general, también un toque "surrealista"... siempre entrecomillado, eso sí); en muchos casos se trata de historias de amor y desamor, relaciones familiares, situaciones que se dan entre los alumnos de un colegio o instituto, o en ambientes de cualquier barrio popular... es decir, situaciones que podrían transcurrir, cambiando ligeramente el contexto, casi en cualquier lugar del mundo.

Ahora bien, también hay bastantes de estos relatos que tienen como protagonistas a soldados, a veces en labores de patrulla o incluso en situación de combate abierto, otras, realizando la instrucción... Estos relatos digamos que bélicos, también se pueden calificar como "costumbristas", en realidad, pues no hará falta recordar la peculiar situación del estado de Israel y la aún más peculiar de los territorios palestinos ocupados por el estado de Israel -en 1992 aún daba coletazos la primera Intifada, a la espera de la segunda-; recordemos también que las y los jóvenes israelíes están obligados a servir en su ejército durante al menos dos años... excepto los llamados "ultraortodoxos", facción o grupo religiosos hacia el que Keret lanza más de uno de los dardos de su ironía.

Porque ésa es otra de las características -incluso más definitoria- de estos cuentos. la casi permanente presencia del humor, la ironía, el sarcasmo o lo que se tercie... Excepto en tres o cuatro de ellos -alguno de los mejores, como Terminal, sobre la relación entre dos enfermos con tumor cerebral-, este humor lo podemos encontrar, en mayor o menor medida, en todos, con alguna de sus variantes... Por mencionar sólo algunos de los mejores cuentos, tenemos desde la amable y sentimental ironía, aunque no poco absurda, de Pegamento loco o Tuberías -sobre un tipo que construye una tubería y llega al Paraíso-, a su revés sarcástico en Anette y yo follamos en el Infierno, que trata justamente de eso, un pareja que fornica en el Infierno como parte de su castigo eterno... Del costumbrista pero surreal humor (un poco "a lo Cortázar", para entendernos, de Sólo por 19'99 shekels (IVA y gastos de envío incluidos) al no menos divertido pero más exótico (para un israelí, se entiende) de Relato traducido: "El vampiro o el señor McTaggarth", uno de los pocos que no está ambientado en Israel o aledaños, sino en el Tennessee redneck... También encontramos el socorrido y socarrón humor de las historias de cuernos en el matrimonio, como en Búmeran y La plaga de los primogénitos (spoiler: no todos los  que se suponía eran primogénitos). El tema religioso lo encontramos de nuevo en Dios el enano...Y, por supuesto, los que tiene como protagonista a soldados, como los tres cuentos de humor absurdo de Koji y el  protagonizado por un nieto con una exigente abuela, que conocemos en Nísperos, uno de los mejores relatos, para mi gusto.

Entre los cuentos que no tienen esa vena humorística predominan, como es lógico, aquellos que hacen alusión a la situación político-bélica de la región o a la pérdida de seres queridos por culpa de la misma: Julia, Como murciélagos, Arcadi Hilweh coge el autobús 5, Un árabe bigotudo, No son personas...  Aunque también otros que tocan temas como el bullying -Shlomo homo cara de mono- o tienen un carácter más "metafísico", por decirlo así: El problema con la hybrys, Gulliver en islandés...

En suma, un libro de relatos bastante recomendable para hacer se una idea de lo que es y ha sido la vida en el reciente y conflictivo Israel (ya que estamos, recomiendo también el cómic Jamilti y otras historias, de Rutu Modan, que yo diría que tiene bastante en común con los cuentos de Keret). bastante más parecida a lo que ocurre en nuestros lares (y supongo que en cualquier otro) de lo que pensamos, por cierto...

viernes, 1 de mayo de 2020

Nora Ephron: Se acabó el pastel

Idioma original: Inglés
Título original: Heartburn
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
Año de publicación: 1983
Valoración: Recomendable

Hay libros de lectura intensa y libros de lectura ligera, y hay libros capaces de suscitar la reflexión tras su lectura y otros que no. La combinación de ambos parámetros genera un amplio espectro que abarca cualquier libro que hayamos leído:
  1. Intenso con reflexión
  2. Ligero con reflexión
  3. Intenso sin reflexión (*)
  4. Ligero sin reflexión
No estamos aquí para decir qué categoría es mejor que otra pero sí estamos aquí para confirmar que, sin ninguna duda, Se acabó el pastel pertenece a la última. Efectivamente, con sus apenas ciento cincuenta páginas que vuelan entre los dedos del lector, lo único que persiste tras la lectura es el recuerdo de la satisfacción vivida de la mano de esta autora irónica, vivaz y efectiva.

Resumen resumido: Rachel Samstat, judía, neoyorquina y cocinera mediática en la televisión pública de finales de los 80, descubre que su apuesto y exitoso marido mantiene una intensa aventura con una conocida común. Embarazada de siete meses, Rachel abandona su casa con su hijo de dos años e inicia un absurdo periplo que la preparará emocionalmente para afrontar el previsible desenlace.

El que no se anime a esta lectura por Nora Ephron —guionista de Cuando Harry encontró a Sally, comedia romántica por excelencia (inteligente, lúcida, entrañable, avanzada y divertidísima) a la que ya quisieran siquiera parecerse todos los subproductos mediocres que copan las carteleras desde hace décadas— o por la promesa de un divertido y efímero momento lector, tal vez lo haga por la de un aún más grato momento de cotilleo: efectivamente, la autoficción se inventó mucho antes de lo que algunos nos quieren hacer creer; los hechos que se relatan en Se acabó el pastel están basados en el episodio vital de la propia Nora Ephron cuando estuvo casada con Carl Bernstein, el pomposo periodista político que pasará a la historia por haber destapado la trama del Watergate y —muy a su pesar, gracias a esta novela— también por engañar a su mujer (embarazada de siete meses de su segundo hijo) con Margaret Jay, esposa del diplomático Peter Jay. Toma ya.

Se acabó el pastel es una narración en primera persona sobre los hechos acontecidos durante unas semanas cruciales en la vida de la protagonista. El tono es desenfadado e irónico y la narración adquiere los tintes de una oralidad errática que acaba llegando ahí donde se propone. Ese efecto no es fácil de conseguir, como tampoco lo es mantener al lector pegado al papel. El texto está plagado de frases ingeniosas a pesar de lo amargo de la situación y de pinceladas proféticas ya que la protagonista habla cuando los hechos ya han sucedido y ella ha podido gestionar la frustración y la pérdida. Y una se pregunta por qué, una vez ya ha quedado en el pasado, Nora Ephron decide rememorarlo. En vista de cómo quedan retratados su ex marido Carl (Mark en la novela) y el matrimonio Jay (Rice), parecería que no hay más motivación que la venganza cochina, pero no se puede elaborar una narración de este calibre eludiendo la responsabilidad propia en los hechos ni ocultando las miserias personales que se derivan. Es una cuestión tan evidente que la autora —muy lista— nos lo explica a través de su alter-ego (y auto-parodiada) Rachel Samstat:
«Porque si cuento la historia, domino la versión.
Porque si cuento la historia, puedo hacer reír; y prefiero que se rían a que tengan lástima de mí.
Porque si cuento la historia, no me duele tanto.
Porque si cuento la historia, puedo soportarla.»
Así que Recomendable porque es divertida, está muy bien escrita y disecciona con maestría las miserias de las relaciones entre los seres humanos. Diría, como hecho puntual, que es incluso Necesaria para la mente en estos tiempos que estamos viviendo.

Tal como puede deducirse de la (insulsa y facilona) cubierta de la edición en castellano, hay una adaptación cinematográfica de 1986, dirigida por Mike Nichols y protagonizada por Meryl Streep y Jack Nicholson. No os puedo dar mi opinión porque no la he visto pero una adaptación de una novela de Nora Ephron con el guión también de Nora Ephron, merece sin duda una oportunidad. Aprovechemos el humor y el disfrute que impregna toda su obra porque no hay más; Nora Ephron falleció en 2012 (71 años) a causa de una leucemia. Descanse en paz.

(*) emosido engañado

viernes, 27 de septiembre de 2019

Tom Perrotta: La señora Fletcher

Idioma original: inglés
Título original: Mrs. Fletcher
Año de publicación: 2017
Traducción: Mauricio Bach
Valoración: se deja leer

Tenía pensado empezar esta reseña con alguna chanza a cuenta de su título, sobre el posible equívoco al confundir a la protagonista de esta novela con la Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen, la célebre asesina en serie de Cabot Cove (allá donde iba mataba a alguien), interpretada en la pequeña pantalla por la simpar Angela Landsbury. En fin, alguna chorrada de ese estilo, de las que me gustan a mí... Pero no, me resulta imposible porque la lectura de este libro me ha conmovido en lo más hondo, ha tocado alguna fibra sensible de mi alma y me hecho reflexionar sobre la futilidad de la existencia como  ningún otro en los últimos tiempos...

Para nada, claro. Ahora sí que estoy de coña, si se me permite la expresión... Esta novela, no diré tanto como que es una chorrada, pero sí una muestra de que el talento se ve limitado en ocasiones por la falta de ambición (cuando suele suceder lo contrario). Me explico: todo el mundo conoce, o al menos ha oído mencionar la llamada "chick-lit", novelas que tratan de las cuitas de jóvenes mujeres profesionales y preparadas, enfrentadas a la complejidad del mundo moderno; no necesariamente por el amor y encontrar un novio, pero para las que, cosas de la casualidad, este factor suele formar parte de la trama. En fin, los diarios de Bridget Jones y todo eso... Pues bien, en la novela de Perrotta encontramos una variante que podríamos llamar "MILF-lit", esto es: los problemas de una mujer ya en la mediana edad, profesional, de buen ver, divorciada, etc... y que se enfrenta, en el caso de la protagonista, Eve Fletcher, al supuesto "síndrome del nido vacío", cuando su hijo Brendan se va a la universidad. Ella aprovecha entonces para "buscarse a sí misma", tanto en el aspecto formativo-intelectual como en el afectivo-sexual, y claro, ahí es donde comienza la peripecia, el drama, el jolgorio...

Pido disculpas, por cierto, por emplear el acróstico MILF, un tanto grosero, pero es que en el libro no paran de utilizarlo y la propia señora Fletcher se define a sí misma o acepta que la definan así. Una señora a la que no entiendo, por otra parte, de dónde le viene su inseguridad, siendo todavía joven (a los cuarenta y tantos hoy en día cualquier mujer es casi una chiquilla), estando como un queso, según se deja bien claro en la novela, y con una satisfactoria actividad laboral... ni siquiera se puede aducir que sea una reprimida en materia sexual: es usuaria habitual y desacomplejada de páginas porno y no le causa demasiado conflicto sentirse atraída por Amanda, su atractiva y tatuada subalterna en el trabajo. Resulta más comprensible, cierto es, que le cause algún desconcierto inicial quedarse sola en casa, pero no tanto cuando descubrimos que su adorado hijo en verdad es un poquito bastante gilipollas.

Este hijo, así como la joven subalterna de Eve, la profesora trans que imparte un curso sobre identidad de género o uno de sus compañeros de ese curso, Julian -que antes había sido compañero del insti de su hijo Brendan- componen un cuadro de personajes que ejemplifican, hasta cierto punto, las preocupaciones y anhelos de la clase media periurbana estadounidense de hoy en día, ese océano ignoto en el que, por lo visto, ningún otro autor ha tenido el valor de aventurarse hasta ahora (!). Por decirlo de otra forma y que se me entienda: tampoco es que sea Franzen, el tal Perrotta, a pesar de que sí plantea algunas líneas que podía haber seguido y hace alguna que otra observación interesante... pero prefiere no ahondar en el asunto y decantarse por un tono más banal (de ahí lo que comentaba antes de que su ambición parece ir por detrás de su talento). Lo mismo ocurre, no obstante, con la ironía que, en más de una ocasión, aplica a diversos aspectos de la sociedad norteamericana del siglo XXI: desde la corrección política o el activismo light de los jóvenes universitarios, a las relaciones intergeneracionales, interraciales o interidentitarias (si es que existe tal término); de hecho, si existe algún "tema" que pueda dar cierto poso a la novela, es la obsesión por el etiquetado y compartimentación en categorías que parece sufrir esa sociedad. Ahora bien, lo que podía haberse convertido en una inteligente sátira, se conforma con quedar en una especie de culebrón más o menos romántico y más o menos divertido, alrededor de una figura femenina con la que se puedan identificar muchos/as lectores y espectadoras de series de HBO o Netflix.

Porque esa es otra: sí, amigos, parece ser que de este libro TAMBIÉN VAN A HACER UNA PUTA SERIE (la maldición de nuestro tiempo). Algo que no es de extrañar, es cierto, dado el éxito que tuvo una anterior, basada en otro libro de Tom Perrotta: The Leftlovers. Yo no la he visto y dudo que vea la de La señora Fletcher. La de Angela Landsbury matando gente, sí, por supuesto.

domingo, 7 de julio de 2019

Semana de la arquitectura y el urbanismo #7: ¿Quién teme al Bauhaus feroz?, de Tom Wolfe

Idioma original: inglés
Título original: From Bauhaus to our house
Año de publicación: 1981
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Valoración: Muy interesante

La fiebre post-olímpica convirtió la Facultad de Arquitectura de Barcelona en una bomba de relojería. Por una parte, el alumnado estaba masificado y sujeto a un nuevo y leonino plan de estudios plagado de fases selectivas; por otra parte, la plantilla docente —compuesta en gran parte por arquitectos consagrados— era presa de una gravísima epidemia de egos (y bolsillos) inflamados. Tal era el grado de endiosamiento que muchos profesores decidieron poner en práctica un método pedagógico revolucionario: la enseñanza por osmosis. Efectivamente, consideraban que bastaba con verlos o tenerlos cerca para que uno, automáticamente, empezara a pensar y a proyectar como un arquitecto experimentado. Pero al constatar que la osmosis no daba los frutos que se esperaban, solo cabía suponer que los alumnos eran todos unos completos ignorantes y por ello, dos o tres veces al trimestre, se nos invitaba a tirar la toalla e irnos a estudiar Farmacia, entre otras muchas salidas de tono.

Cuando miro hacia atrás y reparo en alguna de aquellas situaciones, me pregunto cómo es posible que ningún estudiante sucumbiera al suicidio u homicidio, y más teniendo en cuenta que nos pasábamos las horas en la sala de maquetas manipulando cúteres, punzones y sierras. Otra cuestión es si sucumbimos o no a la enajenación mental. En mi caso, y dando por hecho que mi cordura —la que fuere— se mantuvo intacta, solo se me ocurren tres posibles motivos: que soy terca, que soy práctica y que siempre buscaba algún refugio para no sentirme como un pulpo en un garaje. La lectura de ¿Quién teme al Bauhaus feroz? fue uno de esos refugios. 

Resumen resumido: el nacimiento y evolución de la Arquitectura Moderna desde la Europa arrasada de finales de la Primera Guerra Mundial, hasta la fundación de la Bauhaus, su llegada —y colonización— de los Estados Unidos y todo lo que se derivó de ello y que todavía sigue en boga en pleno siglo XXI. 

Tom Wolfe escribió este ensayo después de La palabra pintada, otro de similares características pero centrado en el Arte Moderno. Existen ediciones en las que ambos ensayos se publican juntos ya que comparten tono y argumentario. No hay más que leer el primer párrafo de ¿Quién teme al Bauhaus feroz?:
«Oh, hermoso país, el de los horizontes espaciosos, el del ambarino oleaje del trigo, ¿existe otro lugar en el mundo donde tanta gente rica y poderosa haya costeado y soportado tal cantidad de arquitectura que detesta como el que abarcan nuestras benditas fronteras?» 
Así como en el ensayo sobre el Arte Moderno Wolfe explicaba cómo todo se había desarrollado alrededor de la premisa de huir de la letra (crear obras de arte sin una explicación al margen que las explicara) y cómo el arte había acabado siendo precisamente pura teoría. En este ensayo sobre la Arquitectura Moderna, Wolfe esgrime la tesis de que la premisa acuñada en Europa tras la Primera Guerra Mundial, que era huir de lo burgués, acaba convirtiéndose en puro estilismo costeado por las grandes fortunas estadounidenses. Y huir de lo burgués se traducía en la premisa empezar de cero, algo que todos los alumnos de la Bauhaus repetían sin cesar y que bebía de las mismas fuentes que el manifiesto Ornamento y delito de Adolf Loos. 
A partir de ese punto, Wolfe desarrolla su tesis sobre cómo la premisa se va viciando hasta llegar al punto actual en el que el formalismo y el discurso dejan a la Arquitectura al margen y tenemos varias generaciones de arquitectos que han proyectado sobre el terreno y enseñado en las aulas con ese único propósito. Porque la cuestión que subyace a lo largo de todo el texto es la siempre difícil situación en la que se halla la Arquitectura al ser considerada un arte pero con una clara vocación al servicio de las necesidades terrenales del ser humano. Al fin y al cabo, que cuatro pandillas de artistas plásticos se debatan sobre si el lienzo es material o inmaterial es una cuestión que no afecta a la calidad de vida de las personas. Que cuatro pandillas de arquitectos banalicen con la vivienda social (en la que solo van a poner los pies para hacerse la foto el día de la inauguración) para experimentar sus caprichos estéticos y confirmar sus teorías sobre cómo debe vivir la clase obrera, es otra cosa muy distinta. 

La primera vez que leí ¿Quién teme al Bauhaus feroz? me sentí reconfortada y vigorizada. Porque lo que descubrí en aquellas páginas ya rondaba de algún modo por mi cabeza aunque yo jamás hubiera sido capaz de expresarlo con tanto rigor y desparpajo. Y el modo en el que Wolfe despoja a Le Corbusier de su aura divina me pareció impagable —las teorías de Le Corbusier deben haber propiciado gran parte de los sueños húmedos de tantos profesores de proyectos...—. Wolfe lo baja, efectivamente, de su pedestal:
«Su Vers une architecture fue la Biblia. Hacia 1924 era uno de los genios imperantes de la nueva arquitectura. En su mundo era… ¡Corbu!, del mismo modo que Greta Garbo era ¡la Garbo! en el suyo; y todo por la energía de sus manifiestos, su fervor y un puñado de casitas (...)» 
para ponerlo en el lugar que le corresponde: el de un teórico y comunicador de excepción y ya está. Y lo mismo hacía con el Estilo Internacional, con la Bauhaus, con Gropius… Mi pobre cabecita no estaba acostumbrada a semejante raudal de sensatez e ironía juntas: 
«En Yale, después de una de las apabullantes intervenciones de Fuller, los estudiantes de arquitectura cayeron en un extático trance de acción rebelde y colectiva. Construyeron una enorme cúpula geodésica de riostras de cartón y la colocaron en lo alto de Weir Hall, el edificio neogótico de piedra gris de la escuela de arquitectura, mientras desafiaban al decano a que se atreviese a hacer algo al respecto. No lo hizo y la cúpula se fue pudriendo poco a poco.» 
Sé que llego tarde pero: muchas gracias señor Wolfe.

Otras reseñas sobre obras de Tom Wolfe publicadas en ULAD: aquí

miércoles, 27 de febrero de 2019

Santiago Gerchunoff: Ironía On

Idioma: español
Año de publicación: 2019
Valoración: interesante

Acierta de pleno, en mi opinión, la editorial Anagrama con su colección Nuevos Cuadernos Anagrama, un serie de libritos a un precio módico en donde disertan sobre temas diversos escritores como Houellebecq, Marta Sanz o Sara Mesa o filósofos: Marina Garcés, Zizek, Santiago Gerchunoff... Éste último, por si no lo conocen, es un filósofo argentino residente en España, librero y tuitero impenitente que dedica al análisis y reivindicación de la ironía este su ensayo, el número 13 de esta colección (no sé si la coincidencia con este número de nefasta fama se podrá considerar irónica o no).

Sí, lo sé... El combo argentino+filósofo sólo suena un punto menos temible que el de argentino+psicólogo o... glups, el de argentino+entrenador de fútbol (es broma; no se me enfaden, amigos de la orilla occidental del Río de la Plata... Bueno y tampoco los de la oriental, por si acaso). Pero Gerchunoff, con buen criterio e impelido por la brevedad del formato -unas 70 páginas- mantiene alejada la proverbial verborrea locuacidad y además, expresa sus reflexiones con un lenguaje claro y comprensible para cualquiera, sin caer en el abuso del metalenguaje que tan caro les es a los filósofos, puesto que constituye una buena parte -por no decir la mayor- de su materia.

He comentado que el autor del libro es un contumaz tuitero y eso es algo que, en este caso, trasciende la simple anécdota, puesto que, por una parte, el título del libro proviene del socorrido hashtag #IroniaOn, empleado para señalar que el tweet se debe interpretar como tal. Y por otro lado, a este título le sigue el epígrafe Una defensa de la conversación pública de masas, que para Gerchunoff es la que, hoy en día, se produce a través de las redes sociales y que por ello es de verdad democrática. Porque una de las características de la ironía, según Gerchunoff, es que tiene un carácter eminentemente político, al tratarse de una conversación permanente en la que toman parte todos los ciudadanos que lo deseen, no sólo una élite. Otra característica de la ironía, según el autor es la humildad, puesto que parte de una posición de debilidad frente al fuerte o el discurso del poder. La ironía, además, es reaccionaria -en el sentido de "reactiva"-; no puede fundar ni afirmar ningún mensaje, sólo teaccionar ante un poder ya fundado. En este sentido, Gerchunoff emparenta la ironía con el liberalismo -que según Carl Schmitt, es reaccionario-, la ideología fundamental en la representación política moderna, que tampoco afirma (como hacen otras ideologías), sino que limita.

En realidad, todo este discurso se entiende mejor atendiendo al origen del propio término "ironía": en la antigua comedia griega, era lo que hacía el eiron, un personaje que acompañaba al alazon, charlatán sabio y poderoso, y limitaba su fatuidad con comentarios mordaces. La alusión a la Grecia Antigua no es sólo etimológica, sino que también se toma como primera referencia la figura del ironista #1 de la filosofía, el socarrón hasta la muerte de Sócrates, pero también las obras de Kierkegaard -De los papeles de alguien que todavía vive. Sobre el concepto de ironía- y del sin par David Foster Wallace -en este caso, como representante egregio de los "nuevos conservadores" (la etiqueta no se refiere al posicionamiento político) que se quejan del exceso de ironía en el discurso público y en la sociedad contemporánea, en general-; asimismo, se hace mención a otros autores menos conocidos por el gran público (es decir, por mí), como Michael Oakeshott o Richard Rorty...

En cualquier caso, a pesar de tan sesudas referencias, ya digo que el librito se lee con facilidad y deja bastante clara la postura del autor -a favor de la ironía, en general, y sobre todo la inherente a la conversación en las redes sociales-; lo peor que se puede decir de él es que sabe a poco y, aunque hay un último capítulo, Antídoto y paradigma,  a modo de recapitulación, algunos conceptos y disquisiciones pedirían un mayor desarrollo. Quizás para cuando hagan Ironía On. La película... ; )

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Thomas de Quincey: Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes

Idioma original: Inglés
Título original: Of murder considered as one of the Fine Arts
Traductor: Diego Ruiz
Año de publicación: Entre 1827 y 1854
Valoración: Recomendable (o algo más)

Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes recopila tres textos salidos de la pluma de Thomas de Quincey: "Primera" y "Segunda memoria" (los cuales se publicaron originalmente por entregas), además de un "Post Scriptum". Las dos piezas iniciales, redactadas en formato conferencia, son una obra maestra del humor negro. La última, una crónica periodística de calidad excepcional.

“Primera memoria” fue publicada en 1827 en la revista Blakwood's Magazine. En ella se ficciona una conferencia impartida en la Asociación de Conocedores del Asesinato, asociación que reivindica el asesinato como forma de arte. El ponente asevera que todo asesinato puede (y debe) ser criticado y juzgado estéticamente. El asesinato es un acto reprobable, claro, pero una vez ya ha sido consumado, ¿por qué no admirarlo si así lo merece? Aspectos como el sujeto asesinado, los instrumentos, el tiempo o el lugar son los que determinarán la calidad de la obra. La “Segunda memoria”, publicada originalmente en la misma revista que su predecesora el año 1839*, viene a continuación. Es otra conferencia que ahonda todavía más en las peculiares inquietudes estéticas de la Asociación.

En ambos textos, escritos, por cierto, con precisión y elegancia, De Quincey hace gala de un exquisito humor inglés, permeado en todo momento por el sarcasmo y la ironía. El pasaje más conocido de este libro es una prueba indiscutible de ello: «Uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le dará importancia al robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente.»

Por último tenemos un “Post Scriptum”, fechado en 1854. Esta parte se añadió a posteriori, quizás porque el autor sentía remordimientos por la supuesta frivolidad que había mostrado en las dos "memorias". ¿Qué podíamos esperar? Ya en sus extraordinarias Confesiones de un inglés comedor de opio se acobardó, y en la versión revisada de las mismas añadió un fuerte componente de moralidad. Personalmente, considero que la broma Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes era más que tolerable dado el tono irónico de la misma, y que no hacía falta un cierre como éste. Sin embargo, hay que reconocer que “Post Scriptum” es el texto más bien escrito del libro, por lo que su lectura es una auténtica gozada. En él, el autor finalmente se posiciona abiertamente en el asunto, sin la máscara del humor o la crítica social. Mediante una crónica periodística, describe minuciosamente los asesinatos cometidos por John Williams en 1812 y por los hermanos M'Kean en las proximidades de Manchester, con crudo realismo.

El mensaje Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes es evidente. En primer lugar, De Quincey critica el morbo que ciertos sucesos sórdidos generan en la raza humana. Dejad que os cite un fragmento de la primera conferencia para avalar esta afirmación: «El mundo en general -señores- está sediento de sangre; todo lo que desea en un crimen es que la efusión de sangre sea copiosa (...). Pero el conocedor ilustrado tiene más refinado gusto, el resultado de nuestro arte, como el de todas las demás artes liberales, es humanizar el corazón (...).» El hecho de que el autor señale una flaqueza humana y haga que en una Sociedad de refinados caballeros la justifiquen dota a todo el relato de una aguda misantropía. Por otro lado, también ayuda el uso constante de citas en latín** o académicas. El aire culto que desprende el libro, que en ningún momento consigue camuflar las atrocidades que en él se dicen, actúa como crítica soterrada a los círculos elitistas que se dicen elevados. 

En resumen, Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes es un ejercicio de genialidad que ha influenciado sobremanera a multitud de creadores, desde Marcel Schwob hasta Jorge Luis Borges. Sienta como un soplo de aire fresco en tiempos tan políticamente correctos como los que vivimos hoy en día. Y por sí misma, la lectura de este libro es imaginativa y ociosa: presenta una fabulación totalmente creativa, como la Historia universal de la infamia, teñida por un tono deliciosamente cínico, como el de El diccionario del Diablo. Vamos, que mejor carta de presentación, imposible.



*En el libro se le atribuye dicha fecha a la “Segunda Memoria”, aunque en algunos sitios web consultados durante la gestación de esta reseña se afirma que esta data del 1829. 

**Jamás traducidas en anotaciones de pie de página en la edición de Renacimiento, supongo que para dotar de mayor pedantería todavía al texto.


También de Thomas De Quincey en ULAD: Confesiones de un inglés comedor de opio

miércoles, 17 de octubre de 2018

Semana del arte #3: Tom Wolfe: La palabra pintada

Idioma original: inglés
Título original: The painted word
Año de publicación: 1975
Traducción: Diego Medina
Valoración: Interesante


Tom Wolfe tenía mucha cultura, una aguda capacidad de observación y la habilidad para abordar cualquier tema con rigor. Así que cuando el Arte Moderno se cruzó en su punto de mira, él afiló el lápiz y alumbró La palabra pintada, un ensayo crítico/humorístico cuya argumentación será más o menos acertada (los expertos opinarán) pero es, desde luego, sólida, divertida y tan cáustica como toda la obra de este autor. No en vano el subtítulo es: El arte moderno alcanza su punto de fuga.

Resumen resumido: el Arte Moderno, nacido a finales del siglo XIX con el fin de romper con toda expresión artística anterior que necesitara de una «literatura» para poder ser contemplado, acaba siendo igual de literario y dependiente de una teoría que lo sostenga hasta el punto de que la expresión artística prácticamente desaparece y tan solo queda la teoría.
«Nada de “ver sea creer”, tonto de mí: “creer es ver”, porque el Arte Moderno se ha vuelto completamente literario: las pinturas y otras obras sólo existen para ilustrar el texto»
La palabra pintada es un ensayo corto (144 páginas) que se estructura mediante un prólogo y seis capítulos, cuyos títulos ya nos dan una idea del contenido y el tono: 1.La Danza de los Bohemios / 2. No se invita al público (Nunca se le ha invitado) / 3. El todo Nueva York montado en un caballo cubista / 4. Greenberg, Rosenberg & Lo Plano / 5. Hola, Steinberg (Adiós, Greenberg) (Tú también, Rosenberg) (La alegría vuelve a Culturburgo) / 6. He aquí el paso decisivo.

Los temas concretos que se abordan a lo largo de la argumentación propuesta por Wolfe, resultan bastante polémicos porque apuntan varias cuestiones que no pueden dejarnos impasibles:
  • Que el Arte Moderno, entendido como algo vivo, ya no está en manos de los artistas si no de los críticos (y pone un ejemplo muy interesante en relación a Jackson Pollock).
  • Que el Arte Moderno está secuestrado por el poder económico y depende absolutamente de él.
  • Que el Arte Moderno pereció auto fagocitado por sus propias teorías y por llevar demasiado lejos la máxima de «el arte por el arte».
  • Que así como en literatura, música y otras disciplinas del arte, el gran público forma parte del proceso y su opinión se valora, no sucede lo mismo con las artes plásticas modernas.
Wolfe cierra con un epílogo, clímax de todo lo expuesto, donde expresa de forma más directa su opinión al respecto. Y si Wolfe pensaba todo eso el año 1975, daría cualquier cosa por saber qué opina del Arte Moderno actual. A modo de muestra:
«(…) los científicos de mediados del siglo XX procedían a partir de los descubrimientos de sus predecesores para elevarse desde ellos hasta las alturas… mientras que los artistas, por su parte, ignoraban los hallazgos legados por sus maestros desde la época de Leonardo da Vinci y, aterrorizados, los reducían o desintegraban con el disolvente universal de la Palabra»
La palabra pintada ofrece una lectura amena, divertida y muy interesante en la que se disecciona la cuestión del Arte Moderno haciendo que parezca algo sencillo cuando en realidad no lo es. Se puede leer perfectamente sin tener grandes conocimientos sobre arte pero para que la lectura sea plenamente satisfactoria requiere —o al menos ha sido así en mi caso— de una relectura más atenta ya que aparecen muchas fechas, nombres propios y acontecimientos que pueden hacer que perdamos de vista el juguetón hilo argumental que Wolfe plantea. Porque es a lo largo de ese hilo argumental (perfectamente pautado) que Wolfe desmonta, desmiembra y deslegitima todo el artefacto teórico que llevó al Arte Moderno hasta lo que conocemos ahora. Un baño de ironía corrosiva.

Y lo mejor, como en cualquier lectura a mi parecer, es la reflexión posterior que suscita. Personalmente me ha hecho pensar en un texto de Ortega y Gasset que leí hace años, titulado La deshumanización del arte, en el que se lamenta de cómo el Arte Moderno ha perdido el contacto con la gente para convertirse en algo minoritario... tal vez sea la consecuencia natural de retorcer y encorsetar las pulsiones artísticas que antes eran mejor recibidas. O no. En todo caso, me ha parecido muy plausible que alguien se atreva a bajar al Arte Moderno de su pedestal, con argumentos y con rigor. Así que si es cierto eso de que cada civilización/sociedad necesita sus propios narradores, no hay duda de que Tom Wolfe lo fue de la suya y que los ecos de muchas de sus crónicas aún resuenan con autoridad.

Ya para acabar, decir que no contento con desposeer a la pintura moderna de su halo de magia y exclusividad, Wolfe hizo lo mismo con la arquitectura moderna en otro ensayo de similares características titulado ¿Quién teme al Bauhaus feroz? del que os hablaré en otra ocasión.

Otras reseñas sobre obras de Tom Wolfe publicadas en ULAD: aquí

lunes, 16 de abril de 2018

Fannie Flagg: Tomates verdes fritos


Idioma original: inglés
Título original: Fried green tomatoes at the Whistle Stop Cafe
Año de publicación: 1987
Traducción: Víctor Pozanco Villalba
Valoración: Muy recomendable



Etiquetada en su momento —qué sorpresa— como «literatura para mujeres», esta obra candidata al Pulitzer alcanzó el éxito en nuestro país gracias a la adaptación cinematográfica de Jon Avnet en 1991. El guion, coescrito por la propia Fannie Flagg, recibió una nominación al Oscar al mejor guion adaptado.

Da igual el ñoño póster con las cuatro mujeres sonrientes o la estampa de alborotada decadencia sureña que podáis haber retenido en vuestra retina. Dejad a un lado las primeras impresiones, las etiquetas y los prejuicios porque esta novela no tiene NADA de inocente.

Resumen resumido: Evelyn Coach realiza una de sus penosas visitas a su suegra en la residencia Rose Terrace cuando conoce a la locuaz y encantadora Ninny Threadgoode, otra residente con la que traba una sincera amistad. El cariño de Ninny y su relato por entregas sobre las aventuras de los habitantes de un pueblecito llamado Whistle Stop, en el marco de la Gran Depresión, inspirarán a Evelyn para decidirse a tomar las riendas de su vida.

Se trata de una narración dentro de una narración donde buena parte del peso recae en las vivencias de los habitantes de Whistle Stop y, especialmente, las de Idgie Threadgoode y Ruth Jamison; su trama y su conflicto son los que vertebran la novela. La trama de Evelyn y Ninny tiene un papel más secundario siendo igualmente sólida e interesante. A estas dos tramas se les unen multitud de pequeñas sub tramas relacionadas con el raudal de personajes que aparecen en las narraciones de Ninny. 

Los que hayan visto la película y crean que ya lo saben todo deberían atenerse a lo siguiente: en primer lugar, la película (mucho más puritana) omite cuestiones y personajes de sumo interés al tiempo que «carameliza» los hechos con algunos detalles, en mi opinión, innecesarios. En segundo lugar, se estarán perdiendo la experiencia de leer una obra muy muy especial que engancha y satisface a partes iguales. ¿Qué tendrá Tomates verdes fritos que seduce a todo el que la lee?

1. Estrategia narrativa dinámica y bien pautada; capítulos cortos con diferentes narradores, por lo que la narración adquiere una cualidad envolvente, con muchos puntos de vista. El narrador principal, en tercera persona omnisciente, narra el pasado en Whistle Stop así como la trama presente de Evelyn y Ninny; pero cuando Ninny empieza a hablar del pasado, ella misma se convierte en narradora en primera persona dotando a su relato de emoción y cercanía. Otros recursos narrativos son el Semanario de Dot Weems u otras gacetas locales mediante las cuales vamos obteniendo información sobre los personajes y las diversas tramas y sub tramas. Las voces están muy conseguidas: Ninny es adorable sin caer en el cliché de la anciana charlatana; lo mismo sucede con Dot Weems, una cotilla de pueblo institucionalizada y alegre.

2. El humor fluye en toda la narración y genera complicidad con el lector, al tiempo que contribuye a la atmósfera luminosa que impregna hasta los momentos más dramáticos. La autora esgrime la ironía a la menor ocasión, como en este fragmento del Semanario de Dot Weems:

«El Club Teatral de Whistle Stop hizo su representación anual el viernes por la noche, y yo tengo que decir: ¡Muy bien, chicas! El título de la obra es Hamlet, del dramaturgo inglés Mr. William Shakespeare, que no es desconocido en Whistle Stop porque escribió también la obra del año pasado»

3. La galería de personajes es impresionante, un riquísimo tapiz de diversidad en el que hasta el menos decisivo para la trama está definido con sus conflictos y sus antecedentes siempre al servicio de la acción. 

4. El compromiso de la novela con cuestiones delicadas (y más en 1987) y el tratamiento naturalizado de las mismas con humor, reflexión y positivismo —que no buenismo—, y sin caer en los estereotipos:

  • El machismo y la violencia de género en todas sus escalas. El machismo cotidiano se extiende de forma natural en todo el texto:

«Hay muy buenas personas que son asesinos. (…) Sí señor. No daría un paso por ayudar a un ladrón. En cambio, un asesino lo es solo una vez, casi siempre por alguna mujer, y no reincide»

  • El racismo, también en todas sus magnitudes y como muestra de otros males menos perceptibles como el egoísmo o la falta de empatía.

«(…) al empezar los problemas en los años 60, tanto ella como la mayoría de los blancos de Birmingham se vieron sorprendidos por los acontecimientos. Y todos coincidían en lo mismo: “No son nuestros negros” los que provocan los disturbios. Lo achacaban a agitadores externos enviados desde el norte. También solían dar por sentado que sus negros “eran felices tal como estaban”. Años después, Evelyn se decía en qué habría estado pensando ella para no percatarse de lo que estaba sucediendo justo al otro lado de la ciudad»

  • El retrato de la menopausia a través del malestar de Evelyn, que incluso fantasea con el suicidio. La autora consigue que el lector deje atrás la idea simple y facilona de «aquí tenemos otra madurita depresiva».

«—Pero es que yo tengo la sensación de ser demasiado joven para pasar por eso —dijo Evelyn—. Sólo acabo de cumplir cuarenta y ocho.
—Qué va, encanto. Muchísimas mujeres lo pasan antes. Se dio un caso con una georgiana de sólo treinta y seis años, que cogió un día el coche y subió con él por la escalinata del Palacio de Justicia del condado, bajó la ventanilla y le tiró la cabeza de su madre, a quien acababa de cortársela en la cocina, a un policía, gritándole: “¡Hala, para ti!”, y volvió a bajar la escalinata con el coche. Así que, ojo, que en eso puede parar una menopausia precoz si no tienes cuidado»

  • El lesbianismo. La relación amorosa entre Idgie y Ruth es algo que la película pasa tan de puntillas que muchos espectadores ni siquiera la percibieron. Sin embargo, la novela da por hecho esa relación, sin caer en el morbo y con absoluta naturalidad, tal como se desprende del Semanario de Dot Weems: 

«Mi otra mitad regresó de la excursión de pesca organizada por el Club del Hinojo totalmente de vacío y con el trasero hecho un mapa de arañazos de ortigas. Dice que la culpa ha sido de Idgie, que le dijo que se sentase allí. Ruth dice que también Idgie tiene un mapa en el mismo sitio»

Al final del libro —anécdota muy comentada— se adjuntan varias de las recetas que Sipsey preparaba en el café de Idgie y Ruth. Resulta curioso y sobretodo oportuno por la enorme presencia de la gastronomía del sur a lo largo de toda la narración.
Así que muy recomendable porque es una novela audaz, divertida, comprometida, luminosa, emocionante y escrita y planteada con muchísima habilidad e ingenio. Casi me atrevería a decir que también la pueden leer los hombres y hasta llegar a disfrutarla y apreciarla pero, claro, qué sabré yo de etiquetas editoriales.

Ya para acabar, la edición de Tomates verdes fritos que he tenido ocasión de leer corresponde a la imagen que adjunto con la reseña. La descripción del café de Idgie y Ruth según la novela es:

«Era una pequeña construcción pintada de verde y con un toldo a franjas blancas y verdes bajo un anuncio de Coca-Cola que decía: THE WHISTLE STOP CAFÉ»

Sí, sí, no sigáis buscando el toldo o el anuncio de Coca-Cola la portada es esa como podría ser una foto del Zoo de Nueva York, otra muestra de la desidia editorial de la que ha sido objeto esta novela en nuestro país a lo que añado que Tomates verdes fritos está, a día de hoy, descatalogada. 

A veces sueño que ha sido re editada por Blackie Books...