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domingo, 23 de marzo de 2025

Padres de libro: "Irene y el aire" de Alberto Olmos

Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: no está bien
 
Empiezo por un disclaimer: Alberto Olmos (o quizás debería decir: la "persona" pública de Alberto Olmos, construida a través de artículos, redes sociales, entrevistas, etc.) me cae mal. Siempre ha sido un escritor/articulista que ha jugado a ir de malote, de irreverente, de intelectual librepensador que dice lo que le da la gana - siendo que lo que le da la gana decir muchas veces incluye machistadas y boutades propias de lo que ha venido a conocerse irónicamente como "extremo centro". Tengo la sensación de que en los últimos años la cosa ha ido a más, con artículos que parecen escritos únicamente para provocar indignación y conseguir que se vuelvan virales, así que oír hablar de "Alberto Olmos" implica, para mí, torcer la boca inmediatamente y prepararme para leer algo que me indigna.

Sin embargo, como el tema de este libro me interesaba, decidí darle una oportunidad, y empecé a leerlo con ganas de que me gustase, para poder hacer honor a ese meme que dice "Heartbreaking: The worst person you know just made a great point". De hecho, uno de los escritores españoles con una "persona" pública más arisca ("Yo he venido aquí a hablar de mi libro"), Francisco Umbral, escribió uno de los más delicados y dolorosos libros sobre la paternidad, Mortal y rosa... Quizás podía volver a pasar... Infelizmente (para mí y para Olmos), no ha sido así...
 
Pero vayamos por partes, como diría Jack el Destripador.
 
El libro se divide en dos partes diferentes muy diferentes, que se sitúan, ambas, cronológicamente antes del momento del nacimiento de su hija. La primera parte son un conjunto de anotaciones autobiográficas o ensayísticas sobre el embarazo de la mujer del narrador, Eugenia. Esta primera parte me ha resultado bastante desagradable, porque en ella podemos ver al Alberto Olmos articulista, que intenta ser gracioso o provocador y acaba dando todo el cringe, como dice la chavalada. Por dar un ejemplo, en el primer capítulo describe cómo él y su mujer embarazada van a una fiesta, y nos explica que ante una mujer embarazada todos los hombres piensan que "alguien se le ha corrido dentro" o "Esa ha follado sin condón". Pues no, querido Alberto, eso lo debes pensar tú, no generalices. Por lo menos, el autor parece ser consciente de que está generalizando a partir de su propia forma de pensar, porque afirma: "Quizá era mi propia impresión del pasado frente a las embarazadas, proyectada en los demás varones ahora que yo había cruzado la línea". Efestiviwonder, Alberto.
 
El resto de capítulos de esta primera parte mantienen el tono de quien pretende ser el más listo de la clase, el más graciosillo, y acaba sonando pedante y antipático. El libro está lleno de frases que subrayaría, pero para indicar que son sentencias supuestamente profundas pero vacías, como por ejemplo  "No tener un hijo es el único fracaso definitivo" o "La paternidad siempre implica que alguien tiene que morir" (?). La escena en la que describe la primera visita al IKEA me resultó igualmente ridícula, como si estuviera descubriendo el secreto mejor guardado del capitalismo por hacer algo que la mayoría de nosotros hemos hecho sin tanto drama desde hace quince o veinte años (desde que IKEA llegó a España, vamos, que no sé exactamente cuándo fue y me da pereza ir a buscarlo a Google o preguntarle a ChatGPT para que se invente una fecha aleatoria).
 
La segunda parte del libro mejora (lo que no era difícil); de hecho, si todo el libro hubiera sido como esta segunda parte, la valoración habría sido más alta. En ella, el Alberto Olmos canallita parece cederle el mando a un Alberto Olmos escritor, que ya no se preocupa por dictar sentencia sobre lo que TODOS LOS HOMBRES (TM) sentimos al encontrarnos con una mujer embarazada, sino que narra, con un suspense digno de una novela, película o serie de acción, las horas inmediatamente anteriores al parto, a partir de las anotaciones que escribieron, tres o cuatro semanas después de los hechos, tanto él como su mujer (o al menos eso dice el narrador, pero puede ser un simple recurso retórico, el tópico del manuscrito encontrado). 
 
Después de un breve capítulo introductorio, esta segunda parte comienza cuando, en medio de la noche, Eugenia, que ese día sale de cuentas, nota que está sangrando y despierta a su marido. A partir de ahí, se narra con detalle y precisión el angustioso proceso de intentar llegar al hospital correcto, a las urgencias correctas, encontrar alguien que los acoja y les explique las cosas, que los tranquilice, que los acompañe durante el resto del proceso. En definitiva, que les ayude a tener un hijo vivo y saludable. Escrita con capítulos cortos (lo que contribuye para la sensación de urgencia), esta segunda parte consigue transmitir muy eficientemente la ansiedad, el miedo y la incertidumbre del matrimonio protagonista en los momentos inmediatamente anteriores al nacimiento de su hija. 
 
Aunque pueda haber algo tramposo también en esta segunda parte, porque el narrador constantemente juega a insinuar que su hija va a morir en el parto, transmitiendo (y quizás exagerando) las angustias de un padre primerizo, lo cierto es que esta parte del libro funciona muy bien, es mucho más humana y cercana, e incluso aquellos detalles más o menos escabrosos, como el hecho de que la madre se cague encima durante el parto, forman parte de una descripción realista y sin mitificaciones de un proceso natural, maravilloso y terrible al mismo tiempo.
 
Resumiendo: hay dos almas en este libro, como parece haber dos almas en Alberto Olmos: la del articulista canallita de extremo-centro, que parece escribir la primera parte; y la del escritor de ficción, que parece apropiarse de la segunda (aunque trabaje a partir de materiales de no ficción). Ojalá el segundo hubiera escrito la totalidad del libro, porque entonces podría haber empezado esta reseña diciendo: "Alberto Olmos no me cae bien, pero ha escrito un gran libro". Infelizmente, la sensación desagradable provocada por toda la primera mitad hace que la sensación general del libro sea de incomodidad, de rechazo. Una pena.

miércoles, 7 de julio de 2021

Ana Iris Simón: Feria

Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: está bien como autobiografía. No está bien como panfleto político.

Antecedentes
Una de las primeras veces que oí hablar de Feria fue a través de una reseña infame que Juan Soto Ivars escribió en El Confidencial (y que me niego a enlazar), en la que usaba el libro de Ana Iris Simón como ariete para ajustar cuentas con otra escritora (a la que cobardemente no mencionaba, pero describía de forma que todo el mundo la identificase). "Ana Iris Simón ha escrito una novela rojísima que le encanta a la derecha", venía a decir esa reseña, algo que como después se verá es una soberana estupidez. Pero pensé que la escritora no tenía la culpa de que le salieran defensores tan lamentables, así que me compré la novela para formarme mi propia opinión.

Después, mientras Feria ocupaba su lugar en mi tsundoku, pasaron otras cosas, que creo que muchos (al menos los que vivan en España y tengan Twitter) recordarán: la propia Ana Iris Simón escribió también en El Confidencial una crítica de El Madrileño, el disco de C. Tangana, que también me pareció bastante desafortunada; después vino aquella participación de la autora en un acto del Gobierno, en la que defendió la vuelta al campo, a la natalidad y a la españolidad (las mismas ideas, como veremos, que en Feria, y citando incluso varias frases textuales del libro); y el último antecedente, de la semana pasada, cuando yo ya estaba leyendo la obra, es que Santiago Abascal, el líder de VOX, subió al atril del Congreso llevando consigo una copia de Feria, aunque luego, por lo que sé,  no lo mencionó ni hizo ningún comentario al respecto.

Con estos antecedentes, era muy difícil que consiguiese hacer una lectura "exenta" o "desapasionada" de la novela. Ni falta que hace, claro. Creo, eso sí, haber conseguido leer Feria con ojos propios, teniendo en cuenta naturalmente todos los antecedentes y las opiniones (a favor y en contra), y sobre todo la repercusión política del libro, de la que el texto es solo uno de los elementos. Porque, efectivamente, Feria es ya, además de una obra literaria, un objeto político e ideológico, y como tal hay que leerlo.
 
 
Feria como novela de familia
Si lo leyésemos Feria de forma algo ingenua, y obviando los momentos en los que la autora desliza de forma más o menos sutil su mensaje ideológico, podríamos catalogarla como unas memorias familiares, un subgénero que ha tenido un cierto apogeo en los últimos años: una obra en la que el autor o autora cuenta la historia de sus antepasados cercanos o lejanos, y a través de ellos explica la construcción de su propia identidad. Se me ocurriría mencionar, por ejemplo, el Libro de familia de Galder Reguera o Ama de José Ignacio Carnero, con sus muchas diferencias, o algo más atrás, Lo que a nadie le importa de Sergio del Molino. Creo, de hecho, que es así como lo está leyendo la mayor parte de los lectores, los que, en palabras de la autora, se le acercan en las presentaciones del libro a decirle que se han sentido muy identificadas y a contarle las historias de sus propias madres, tías, abuelas, familias extendidas.

Porque, efectivamente, Feria es un viaje a la infancia, adolescencia y primera juventud de Ana Iris Simón, en el que un papel central lo ocupan sus padres (o mejor dicho, su padre y la Ana Mari, porque a su madre casi nunca la llama "madre"), y junto con ellos los abuelos de ambas ramas, los tíos, primos, toda la familia extendida de la escritora, en el manchego Campo de Criptana. Es un retrato de una familia rural y trabajadora, con una rama nómada (los feriantes de los que la autora inicialmente se avergonzaba, y ahora se enorgullece) y otra más sedentaria, los Simones; una de esas familias con decenas de miembros que de vez en cuando se reúnen a comer alrededor de una mesa descuadernada pero generosa. Una familia con sus conflictos (en los que la autora casi no se centra) y sobre todo con una especie de solidaridad primaria o esencial. 

Y para contar esta historia, Ana Iris Simón escoge un estilo rápido, que imita hasta cierto punto la oralidad con sus frases inacabables y retorcidas que amenazan con caer en el anacoluto, sus repeticiones, su ironía y su abundancia de nombres propios, que llegan a ser mareantes. Es un estilo que por momentos resulta ágil y otras veces, quizás por acumulación, me ha resultado cargante, pero que creo que intenta transmitir que "es así como habla la gente normal". De ahí también que abunden las referencias a la cultura popular (desde el "flamenquito" a Lina Morgan), y los referentes cotidianos como el supermercado Leclerc o la Thermomix, aunque mezclados, eso sí, con referencias de la "alta cultura" que van desde Machado a Ramiro Ledesma, y por supuesto al Quijote, inevitable en un texto situado en Campo de Criptana. Los capítulos, que no siguen un orden cronológico, presentan diferentes escenas de la vida de Ana Iris Simón o de su familia; algunas son muy divertidas, otras entrañables y emocionantes; otras parecen más prescindibles y algunas banales. El conjunto es algo irregular, aunque crea un universo de personajes a los que se acaba cogiendo cierto cariño.

Pero lo que Feria ofrece es también (y aquí ya nos deslizamos también hacia lo ideológico), un retrato cargado de nostalgia, de lamento por un mundo perdido, y que no tiene que ver solo con la idealización de la infancia (en la que casi todos podemos caer en algún momento) sino también con la nostalgia por un modo de vida que ya no existe: el de los feriantes que viajan de pueblo en pueblo con sus puestos y espectáculos, y en general el de la vida de rural, familiar, tradicional y también, sí, española y muy española. Por comparación, en los últimos meses he leído y reseñado otros dos libros protagonizados por niños (Panza de burro y El secreto de la hierba), y aunque en ambas se percibe y se transmite esa mirada alucinada y algo desenfocada del niño, que ve más de lo que entiende y entiende más de lo que sabe transmitir, en ninguna de las dos se ocultan los conflictos, las miserias, las rencillas o incluso los odios que pueden llegar a anidar en las familias y en los pueblos, y en ninguna de las dos se propone (casi todo lo contrario) una recuperación de esos modos de vida como solución a los problemas del presente. 
 
Y esta es una parte, pero solo una parte, de la carga ideológica del libro.
 
 
Feria como manifiesto ideológico (emboscado)
Decía antes que para leer Feria como "solo" unas memorias familiares había que leerlo de forma ingenua, y también pasar por alto varios pasajes y páginas. Porque hay capítulos que son puro discurso político (lo que en sí mismo no tiene nada de malo, que conste), por ejemplo el que abre el libro, "Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad", que ha sido muy comentado; u otro de título claramente provocador, "Toda mujer ama a un fascista" (cita de un ambiguo verso de Sylvia Plath). Pero es que incluso en los capítulos más narrativos y memorialísticos, aquí y allí se van dejando caer mensajes ideológicos más o menos evidentes, en incisos o escenas breves a las que un lector menos atento podría no dar importancia. Y en esa faceta política, aunque a Ana Iris Simón no parece gustarle que se lo digan, Feria es un libro netamente conservador (por mucho que Soto Ivars quiera hacernos creer lo contrario).

Y la verdad es que me sorprende que la autora no lo acepte, porque creo que es algo bastante evidente: todos sus mensajes transmiten la misma idea, la de que el "progreso" es pernicioso y ha arruinado la vida de varias generaciones (porque identifica progreso con neoliberalismo, individualismo y globalización, culpables de todos los problemas contemporáneos), y la de que el mundo de antes (y para ello, ese "antes" tiene que ser ambiguo e indefinido) era más semcillo, más limpio, mejor, y se está perdiendo de forma irreparable. Da igual de qué ámbito se hable: familia, urbanismo, entretenimiento, trabajo, feminismo, relaciones sentimentales o sexuales... El progreso, que asume muchas formas (urbanizaciones, rotondas, luces de neón, el satisfyer, los "hombres blandengues", el perreo, etc.) es siempre malo en comparación con el modelo tradicional (que vendrían a ser las casas de pueblo, ferias, familias extensas y bien avenidas, hombres y mujeres como dios manda y el flamenco/flamenquito). En algunos casos esto se dice de forma bastante diáfana, mientras que en otros la posición de la autora se diluye entre las voces de varios personajes, y aún hay casos en que esta defensa nostálgica se hace en base a lo que los clásicos llamaba exempla, esto es, la presentación de narraciones o modelos moralizantes, lo que podría ayudar a Ana Iris Simón a jugar al juego de decir que no defiende lo que defiende, como creo que en ocasiones hace. 
 
No me resisto a copiar un fragmento, en primer lugar porque es representativo del estilo del libro y de la idea general del "progreso" que lo impregna, pero también porque, en este caso concreto, Ana Iris Simón se está lamentando de que en las ferias y circos ya no se permita el maltrato animal (ni humano), algo de lo que, creo, cualquiera con un mínimo de empatía se alegraría:
 
En las ferias que yo conocí ya no había enanos recortadores ni zoos chicos y a mí ni siquiera me pusieron mi propio puesto, porque lo de hacer trabajar a los niños, como lo de la explotación animal o lo de los saltimbanquis con acondroplasia, empezaba ya a estar mal visto en los noventa. El progreso trajo consigo, además de rotondas y chalés adosados con las puertas de madera clarita y supermercados que ya no olían a animal muerto, una ola de crueldad, y la trajo no al mundo, sino a nuestros ojos, que de pronto empezaron a ver víctimas que antes no veían y dichosos los que sufren y Mateo 5,4.
 
Es verdad que Ana Iris Simón identifica los problemas esenciales de su generación (y de la mía, y de las posteriores), como los identifica cualquier persona con dos dedos de frente y ojos en la cara: precariedad, dependencia económica, precios prohibitivos de la vivienda, imposibilidad de planear un futuro (el que sea) en términos laborales o familiares... E incluso llega a identificar (sin nombrarlo muy explícitamente) al culpable: el sistema neoliberal amparado o apoyado por estados débiles o cómplices. Lo malo es que, ante estos problemas, la solución que parece ofrecer Ana Iris Simón es una vuelta al pasado, a un momento (por supuesto, mítico) en el que las cosas eran normales y funcionaban. Una vida sencilla, de pequeñas cosas e ideas firmes (nada líquido, nada fluido), que ve pasar las generaciones sin alterarse ni conmoverse.
 
Esta idea general tiene diversas aplicaciones, una de las cuales (y una de las más comentadas) se refiere al reparto de los roles de género. En Feria y en sus intervenciones posteriores, Ana Iris Simón defiende, al menos para sí misma, un retorno a los modelos de género tradicionales: dice que le gustaría ser "un poco mujer florero", o mejor dicho, "ama de casa", que querría ser madre y dedicarse al cuidado de los hijos; que los "hombres blandengues" son una plaga (y aunque su padre era muy niñero y cuidó de su hermano, ya se encarga ella de aclarar que a pesar de ello no era un blandengue sino un hombre de verdad), y que se debería fomentar la natalidad en vez de importarla (lo que es cuestionable también por otros motivos). Y aquí creo que hay que deshacer un equívoco, tal vez interesado: naturalmente que Ana Iris Simón tiene todo el derecho a querer ser madre y poder cuidar a sus hijos (de hecho esta es una demanda también de al menos una parte del feminismo actual), y claro que debería tener las condiciones sociales y materiales para poder desarrollar el modelo de vida que ella escoja. Lo problemático es proyectar, como se hace en Feria o en los discursos públicos posteriores, ese modelo como el ideal, el privilegiado o incluso el único válido, y el que debe ser protegido, alentado y estimulado por los poderes públicos, lo que se traduce, por ejemplo, en ayudas públicas a cierta natalidad, pero también en el retorno de la presión para que sea la mujer la que abandone (quiera o no) su carrera profesional para dedicarse a las tareas domésticas.

(Recordemos, por otra parte, algo evidente: que para muchas personas, en particular las que no se adaptan a modelos tradicionales, y significativamente para muchas mujeres, el pueblo y la familia pueden ser cárceles e infiernos, y no esa Arcadia feliz de la que Ana Iris Simón siente nostalgia. Recordemos también que en cierto momento el padre de la autora le dice que con diez años tuvo que ponerse a vendimiar, y que la autora lo minimiza con un "bueno, pero tú por lo menos pudiste tener hijos", porque no encaja con su discurso ni su idea motora. Recordemos, por último, que este idea de volver a la vida rural resistiendo el llamado de las grandes urbes y la globalización no coincide tampoco con la propia experiencia vital de la autora, pues ella sí salió del campo, estudió en la universidad, vivió en Madrid, y solo después de tener esas experiencias decidió que quería volver a Aranjuez, que tampoco es que sea Panzabajo del Archiduque).
 
Otra víctima del progreso (sic), además de los hombres-hombres y las mujeres-mujeres, es también España, o mejor dicho, la españolidad de España. Es muy significativo que una de las secciones del libro se titule "La pérdida de la excepcionalidad". Porque el progreso, en este caso sinónimo de europeización y globalización, ha traído consigo "el fin de España, del fin de la excepcionalidad", lo que viene a significar la aparición tanto de McDonalds como de autopistas y rotondas, que parecen ser igualmente despreciables. Y esa reflexión sobre España (sobre la necesidad de captar y recuperar su esencia, o también, metonímicamente, de "preservar la riqueza del castellano"), entronca con toda una línea de pensamiento nacionalista, uno de cuyos ejemplos, que ha dado lugar a muchos comentarios, es Ramiro Ledesma Ramos, que quería "quijotizar España" (como también lo quería Unamuno, pero la autora decidió no citarlo a él sino a un fascista redomado). Puede discutirse si la propia idea de España (o de nación, en general) es conservadora, y la figura del padre comunista de la narradora sirve para plantear esta pregunta; yo defiendo que si se basa en la identificación de esencias atemporales o en la defensa de la excepcionalidad frente al otro (o también en la promoción de la natalidad local en detrimento de la inmigración), sí lo es, como lo es la idea (que una vez más flota en el texto sin llegar a concretarse) de que la patria es una extensión de la familia, como elemento orgánico y vertebrador de la sociedad.

(El tema de la religión vamos a dejarlo, porque no todo cabe en una reseña; digamos simplemente que es otro de esos temas en los que Ana Iris Simón juega a la ambigüedad).


Feria más allá de Feria
Desde la publicación de Feria, el libro se ha convertido en centro de la polémica, en parte por el contenido del propio libro, pero más aún por la campaña promocional de un nutrido grupo de columnistas "de extremo centro", como el ya citado Juan Soto Ivars, pero también Daniel Bernabé, Víctor Lenore, Cristian Campos o Alberto Olmos (casi todos "señoros", por cierto), que la encumbraron como "aquella que dice las verdades incómodas", como Phoebe Buffay en un capítulo de Friends. Por contraposición, y como respuesta, una parte de la izquierda la identificó con el rojipardismo (una especie de obrerismo antiliberal) o incluso con un falangismo redivido. 
 
Creo, insisto, que tanto Feria como su autora son propagandistas de una visión conservadora del mundo, que identifica progreso con neoliberalismo y con individualismo, y por lo tanto con decadencia y pérdida de lazos sociales, y exige una vuelva a valores y formas de vida tradicionales, "naturales" (como si fueran orgánicas formas de vida que no pasan de ser construcciones sociales). Partiendo de los evidentes problemas actuales de la juventud, en vez de separar el grano de la paja e identificar los aspectos positivos de la ruptura con modelos sociales arcaicos (como la liberación de la mujer, la ruptura de estructuras sociales cerradas y patriarcales, la superación de la miseria material y cultural en la que vivía una buena parte de la sociedad española hasta hace dos días), Ana Iris Simón propone "tirar el bebé con el agua del baño" y volver precisamente a esos modelos, sin pensar (o sin importarle) en todos aquellos, y sobre todo aquellas, a los que esos mismos modelos oprimían y reprimían, y que en la mayoría de los casos no tuvieron, como ella, la oportunidad de experimentar lo que significa vivir una vida cool de chica universitaria joven en piso compartido en Malasaña. 
 
No sé si es prematuro acusar a Ana Iris Simón de rojipardismo, aunque la inconfundible mezcla de crítica social y discurso antiliberal (incluidas muy veladas críticas a la democracia) está presente en Feria. Lo que está claro es que algunos de sus mensajes han sido fácil y felizmente adoptados por la derecha conservadora (como el caso del cheque bebé de Ayuso, dirigido a madres jóvenes residentes en Madrid desde al menos 10 años, o sea, a anairisimones) y por la extrema derecha, como demuestra el guiño de Santiago Abascal en el Congreso. Y que Ana Iris Simón ha estado muchísimo más preocupada por defenderse de las críticas de la izquierda, que en desmarcarse mínimamente de esos guiños de la (extrema) derecha. Y eso no puede ser casualidad.

sábado, 23 de febrero de 2019

Ruth Ware: Juego de mentiras

Resultado de imagen de juego de mentirasIdioma original: inglés
Título original: The Lying Game
Año de publicación: 2017
Valoración: Está bien (si tienes 15 años)



No me ocurre a menudo, porque sé de sobra que no hay que fiarse del marketing, pero esta vez siento que me han tomado el pelo. Nadie en particular, pero a veces te dejas llevar por la confianza en un sello concreto, y las señales –deliberadamente ambiguas– pueden acabar engañando al más escéptico. Hacía mucho que no me enfrentaba a un thriller de los buenos, con una trama llena de recovecos, hilos que se cruzan y entrecruzan, personajes atormentados, situaciones más o menos espeluznantes, un buen reflejo del momento y lugar que se nos muestra y un argumento convincente. Y eso no es, precisamente, lo que he encontrado en esta novela. No sabía quién era Ruth Ware,  pero tenía anotados desde hace tiempo este y otro título de acción a los que nunca les tocaba el turno y como no tenía ganas de elegir ni creía asumir ningún riesgo, salí de la librería con uno en cada brazo. Otro día les comentaré cómo me ha ido con el que todavía espera en el estante.

Claro que, desde la primera página, supe a qué atenerme: volví a mis trece años, a esas escenas de internado, las mellizas de Santa Clara o algo parecido (ustedes saben a qué relatos de aventuras me refiero), con contenidos algo más subidos de tono pero la misma mentalidad ñoña y, sobre todo –y esto es lo peor– con una forma de narrar que emplea párrafos y más párrafos en registrar detalles completamente anodinos de forma que parezca que nos están contando algo y, de paso, ocupar el mayor número de páginas posible. Y no es que el argumento en bruto, sin ningún tipo de desarrollo, estuviese abocado al desastre. La verdad es que cualquier idea –o casi– desarrollada por alguien con talento y ganas de romperse la pestaña puede convertirse en una obra maestra. Pero, como les decía, las cuatro adolescentes encontrándose en el tren que les conduce al nuevo internado y convirtiéndose ipso facto en íntimas no podía presagiar nada bueno.

Y mira que había tela que cortar. Además del inevitable cadáver y de un secretismo de pareja insostenible que se resuelve como por arte de magia, una familia destrozada por la tragedia, padres ausentes requeridos por su compromiso social, una hija prácticamente abandonada y sumida en el alcoholismo, un colegio victoriano que se aferra a sus rígidas normas y no dialoga con las alumnas. Pero nada de esto pasa de un simple esbozo. y aquí podemos ver ya una de sus muchas inconsistencias, porque esa disciplina férrea no se ve por ninguna parte, las cuatro chicas se pasan las noches por ahí, bebiendo y haciendo su vida. No hay ni que decir que los pocos personajes que aparecen en primer plano son un mero conjunto de tópicos cuya conducta podemos adelantar casi al cien por cien: el artista bohemio y conciliador, la amiga sensata, la rebelde autodestructiva, la vecina malvada y chismosa…

A pesar de toda la miseria moral que se describe, o precisamente con esa finalidad, no se puede eludir un fuerte tufo a moralina. Otro elemento que nos devuelve a los tiempos del instituto. Y, sin embargo, no lo recomendaría para jóvenes. Primero, por lo que apuntaba antes: no llega a la raíz de los problemas, pero también porque, aun así, resulta demasiado escabroso y, fundamentalmente, porque no hay que insultar la inteligencia de nadie tenga la edad que tenga. Y es que no faltan inconsistencias argumentales, una evidente falta de documentación y/o experiencia de lo que se narra y auténticos errores de bulto. Por poner solo un par de ejemplos, ¿alguien puede creer que una licenciada en derecho no se haya molestado en averiguar en casi dos décadas cuáles son las consecuencias penales de enterrar en secreto a un supuesto suicida? ¿Qué una madre supuestamente sensata camine durante kilómetros, una y otra vez, por las marismas, de noche y con su hija de seis meses en brazos? Y es que, como la intriga derivada del argumento no daba mucho de sí había que buscarla en situaciones inverosímiles.

¿Algo positivo? Pues… quizá la situación en bruto. Ya he dicho que el argumento prometía, pero habría que eliminar todo lo trivial. profundizar en los personajes y, desde luego, permitir que se relacionen entre sí sin cortarles previamente las alas para ajustarlos al guión. Una tarea nada fácil que supondría darle la vuelta a la historia como si fuera un calcetín.