Idioma original: inglés
Título original: Moon Tiger
Año de publicación: 1987
Traducción: Pepa Linares
Valoración: recomendable
Esta novela, ganadora del Premio Booker, me dejó un regusto extraño, una mezcla de tristeza con ciertos prejuicios éticos (manía de lector) ante la idiotez de la narradora, para terminar cobrando una empatía macerada con un poco de lástima. Ciertamente, es un libro difícil de catalogar, tanto en su valoración como en el impacto del mismo.
Para empezar, la estructura es original. Valiéndose de la excusa de escribir una historia del mundo, y del cual Claudia, la protagonista, se ve capacitada ya que es una historiadora polémica, a la que no le importa tanto el academicismo como las emociones latentes de una guerra cualquiera, de una estadística que contenga la vida y la muerte, la narradora va enlazando gran parte del siglo XX con su historia personal. Lo curioso es que todo esto lo hace desde una cama de hospital, a las puertas de la muerte; entonces, cada capítulo empieza con alguna escena de la actualidad, luego una reflexión de Claudia que va asociando con las personas que se cruzaron en su camino, un recuerdo de alguna escena junto con alguien en específico, para trasladarnos a la escena en sí, que suele concluir con Claudia, la de años atrás, reflexionando sobre lo sucedido y, ocasionalmente, también el punto de la otra persona sobre ella, que oscila entre la exasperación, la diversión y el anhelo por su cuerpo (es una mujer muy bella) y su intelecto (extremadamente perspicaz, consciente de sí y de los demás y, por eso mismo, alienada respecto a la mayoría de las convenciones sociales).
Es así que la novela va dando saltos temporales, no siempre funcionando como una cronología a la inversa, sino más bien la reconstrucción de una vida en base a distintos fragmentos, como una ópera en donde el leitmotiv es circular y se repite en varios pasajes. Todas las personas cercanas a Claudia aparecen repetidamente, tanto en su plenitud física y mental como en su decadencia, y se van revelando en su completitud a medida que Claudia analiza los aspectos de cada relación. Así, Gordon, su hermano, aparece como un rival de pequeño, como un amante que no tiene parangón respecto a otros hombres en su adolescencia, como alguien que, de adulto, está subsumido por sus obligaciones y apenas alcanza a contemplar a Claudia como su compañera intelectual. O Jasper, su novio/padre de su hija/amante ocasional/relación de compañía sardónica, al cual vemos su evolución de niño rico a empresario de televisión.
Al principio, o al menos es lo que me ocurrió, se ve a Claudia como una idiota en relación a sus amistades. A la esposa de su hermano la basurea constantemente por no estar a su altura y nunca se toma en serio a nadie, quizás por una autodefensa o simplemente porque la arrogancia y la necesidad de hacer la suya la sobrepasa. A medida que la trama avanza y la contemplamos en su estancia en El Cairo como corresponsal de guerra, nos enteramos de la existencia del amor de su vida, Tom Southern, y de cómo, por esa relación, jamás pudo olvidarlo y jamás se lo contó a nadie. Es ese suceso lo que la impulsa a reflexionar sobre la historia, sobre cómo sus pensamientos acerca de un hecho histórico, de lo que vivió, difiere enormemente de los libros, de lo contado por los expertos, y de cómo en ella vive gran parte del siglo XX de una manera que ni ella logra entender, causándole rabia y luego, cuando la vejez la alcanza, resignación al comprender que el pasado está a sus pies y que depende de él para redefinirse como persona.
Aprehendida la estructura (es fácil seguirle el ritmo a pesar de los continuos saltos), lo que puedo criticar es la aparición de ciertos personajes o recursos (la carta de Tom, por ejemplo) muy al final de la novela, cuando la vida de Claudia ya está definida y no representa un cambio sustancial en la rutina, por lo que no se observa la necesidad de incluir esos capítulos (sobre todo Lazslo, el chico al que medio adopta y del cual apenas leemos unas páginas antes de que termine el libro). Lo mismo que la prosa, poética y cínica al mismo tiempo, esforzada en demasía a la hora de elaborar descripciones del paisaje. Muchas veces perdía el hilo de lo descrito porque no lograba imaginarlo; en cambio, unos pocos diálogos pintaban el paisaje exterior e interior. Pero Claudia es un muy buen personaje, expresada en todas sus aristas, y el final alcanza esa potencia lírica buscada en todo el libro. Un libro raro en tono y estructura, lo cual es bueno, porque destaca de los demás y llega a dejar cierto poso.
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