viernes, 3 de agosto de 2018

George Saunders: Lincoln en el bardo

Idioma original: inglés
Título original: Lincoln in the  Bardo
Traducción: Yannick Garcia (edición en catalán), Javier Calvo Perales (edición en castellano)
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Leí, hace muchos años, «Pastoralia», de George Saunders, y aunque me pareció en ocasiones divertida, nunca me han atraído en exceso los libros que contengan altas dosis de humor; de ahí que postergara la lectura de algún otro libro del autor. Hasta ahora. Porque claro, aquí no se trata de un libro de relatos con personajes estrambóticos, aquí estamos hablando de la Guerra de Secesión de EE.UU. y en formato novela, algo totalmente nuevo en Saunders. La curiosidad pedía a gritos una lectura. Y el autor cumple, a pesar de una apuesta muy arriesgada. Allá vamos.

Febrero de 1862, en plena Guerra de Sucesión de los EE.UU. La población empieza a sufrir los estragos de la guerra, una guerra sin un rumbo muy claro. Y en esas, William, el tercer hijo del presidente Lincoln, contrae una grave enfermedad que le acarrearía la muerte en pocos días. El presidente Lincoln abatido, desolado, sumido en una profunda tristeza, visita en varias ocasiones la cripta donde descansa el cuerpo de su fallecido hijo.

A partir de estos hechos históricos, Saunders se embarca en un viaje al pasado, trasladando la historia a esos días críticos en la vida de Lincoln, para realizar un trabajo inmenso, no únicamente de documentación, sino también de complejidad estilística. Con un potente arranque, ya de entrada el autor despliega su potencial narrativo situándonos en la Casa Blanca, en medio de una recepción donde asiste la más variopinta multitud, animada por músicos que amenizan la velada de los asistentes al acto, obsequiados a su vez por suculentos manjares. Pero esta es la parte que ven los invitados, la de la celebración, porque en el piso de arriba el tercer hijo de los Lincoln se encuentra en su habitación, aquejado de la grave enfermedad que acabaría con su vida.

Este es el inicio del libro, donde ya de entrada Saunders da muestra de su valentía con un enfoque desestructurado, mezclando diálogos con frases que parecen flotar libres de cualquier atadura al texto. El autor arriesga más aun, sirviéndose de cortas citas de otros libros para describir las situaciones y los personajes; este hecho sorprende, pero no desagrada en absoluto, a pesar que supone un ligero esfuerzo entrar en la historia por su estructura algo caótica y casi rota, pero su potente narrativa elimina cualquier tentación de abandonar la lectura. Estamos delante de un librazo, altamente arriesgado, sí, pero un librazo, pues el trabajo de Saunders es mayúsculo: no únicamente por los múltiples personajes que nutren la historia de diferentes puntos de vista y contrapuestas voces, sino por el trabajo de documentación necesario para entremezclar diálogos con descripciones o frases sacadas de otros libros. Ahí se evidencia la gran labor de investigación del escritor y se pone de manifiesto que estamos delante un reto estilístico imponente.

Estilo aparte, el argumento se sustenta en los hechos históricos, pues hay constancia que Lincoln fue varias veces a la cripta donde yacía el cuerpo de su hijo para visitarlo, tal era la pena y desolación tras su muerte. Y Saunders utiliza este hecho histórico para arrancar su tour de force, porque es a partir de ahí, en el bardo, donde el autor libra su batalla. Es en el bardo, lugar situado entre la muerte y la reencarnación según la religión tibetana, donde el hijo recién fallecido espera la visita de su padre, quien, desconsolado, va a verle para despedirse por última vez, en cada una de las veces, pues el dolor de la pérdida le impide terminar de despedirse de él. Y el hijo espera, que vuelva, que le acaricie, que lo abrace. Pero el joven William no se encuentra solo en el bardo, pues en él habitan muchas más almas que esperan también su momento. Y es en este punto donde la novela aumenta en riqueza, en complejidad narrativa, pero también en riesgo, pues a veces no es fácil seguir la historia cuando el hilo argumental adelgaza hasta casi romperse. Pero no acaba de hacerlo, porque el autor siempre acaba nutriendo el relato de elementos que enlazan de nuevo los alocados diálogos a la historia narrada y en ellos encontramos las voces de los fantasmas o espíritus que habitan en el bardo; entre ellas destacan las de roger beviins iii y hans vollman como principales personajes conductores de la historia y también el pastor everly thomas, quienes ejercen de anfitriones de tan estrafalario mundo y suponen el nexo de unión con el resto de personajes, algunos tristes y abatidos, otros alcoholizados e histriónicos, otros perdidos y asustados. Porque nadie se encuentra a gusto en el bardo, por miedo a lo que ha dejado, o por la negación de haberlo hecho; y en medio de ellos el pobre Willy por quienes todos esperan de él que les dé ese contacto físico que han perdido para siempre en el irreversible trayecto de la vida a la muerte.

Con toques algo surrealistas y grotescos, uno ve en esos diálogos a Dogberry, Verges y Oatcake (los caballeros histriónicos de «Mucho ruido y pocas nueces» de Shakespeare), o personajes que perfectamente podrían encajar en una película de Tim Burton. Con un relato plagado de múltiples situaciones estrambóticas (divertidas en apariencia, tristes en realidad), Saunders despliega una complejidad narrativa rica en matices, donde sus personajes, perfectamente definidos, muestran sus características diferenciándose entre sí a través de su diferente ritmo narrativo y el lenguaje utilizado, rico y erudito en algunos de ellos, mal hablado y con faltas en otros.

La novela que ha escrito Saunders es de una tristeza extrema, que los variopintos y alocados personajes con sus diálogos que parecen sacados de un cuento fantasmagórico no logran ocultar la tragedia que se abalanza sobre Lincoln. Y en medio del desfile de personajes, el niño que se resiste a abandonar el bardo, a la espera de que venga de nuevo su padre a encontrarse con él. Quedarse en el bardo eternamente no sería aconsejable, pues en él habitan las almas perdidas. Y tienen una misión; esperan que, en una de las visitas de Lincoln a su hijo, su alma entre en contacto con la de él y pueda finalmente despedirse, pues en el bardo solo agrandará su tristeza y desolación.

Así, entre tonos sarcásticos, cómicos y cierto exceso estilístico donde el autor se gusta en la desmesura, el libro trata sobre la pérdida y la culpabilidad, sobre el sentimiento arraigado de no querer aceptar la muerte de alguien querido, de no querer dejar ir esa congoja que permanece dentro, que persiste, que perdura, que no permite un abandono final, que se agarra al sentimiento más profundo evitando que se vaya, de una vez por todas, allí donde ya quede lejos de cualquier atisbo de poder atarlo a un presente que se escapa, se difumina y se desvanece entre llantos y una tristeza insoportable. El bardo como espacio físico imaginario, pero también como espacio temporal, un lugar en el cual permanecen las almas que se niegan a aceptar la realidad que inunda su presente, un espacio en el cual poder despedirse del ser amado antes de que definitivamente pase a mejor vida, y finalmente toque aceptarlo y convivir con ello. Un lugar en el que permanecen las almas que no han aceptado aún su destino, y en el que habitan, en un estado de confusión y abatimiento, hasta que finalmente decidan dar el paso definitivo y alejarse de su extrañado mundo y sus seres más queridos. Un lugar donde despedirse de aquellos seres queridos, donde compartir el espacio en el que se encuentran los sentimientos del fallecido y los del que lo sobrevive, para poder dar finalmente el cálido abrazo que requiere esa última despedida.

A pesar de que no es un libro perfecto, pues particularmente echo de menos más situaciones con el presidente Lincoln y/o su hijo y me sobran algunos personajes (pues contiene unos ciento cincuenta), no cabe duda que estamos delante de un libro diferente, valiente, y con varias capas de profundidad, pues más allá de la historia de Lincoln, es probable que la intención del autor fuera engrandar la historia hacia el amplio espectro de personajes, como metáfora o ejemplo de las dudas y temores de la sociedad en medio del periodo de guerra, aunque pueda resultar excesivo; y es que, para mí, las mejores partes del libro son su inicio, su final, y esas situaciones más desoladoras y trágicas que inundan los diferentes personajes que deambulan por el bardo, desde los altos cargos hasta la clase más baja de la sociedad, negros y blancos, ricos y pobres, todos compartiendo un mismo lugar de desconcierto y desánimo, mientras aguardan a que un hombre simple, abatido y triste, consiga finalmente despedirse de su hijo y recobre el ánimo para erigirse, en medio de una nación rota y en guerra, en el padre de todos ellos.

6 comentarios:

Sol Elarien dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Marc Peig dijo...

A petición del autor del comentario anterior, lo he eliminado (gracias por el apunte). Coincido contigo, Sol, en que la historia del niño es triste, pero permite aportar ese punto de calidez y emotividad que la historia demanda.
Gracias por comentar la entrada; ya te echábamos de menos por aquí ;-)
Saludos
Marc

Gabriel Diz dijo...

Hola Marc,
Una reseña estimulante. Me parece que los libros que tienen humor, en las diferentes formas que utiliza cada autor, se convierten en entrañables. No tiene mucho que ver....o sí: ayer he terminado de leer Bajo el volcán y ha sido una lectura tan ardua, tan exigente que no da respiro y en donde he extrañado aunque sea unas líneas de humor o alguna situación divertida.

Saludos

Marc Peig dijo...

Hola, Gabriel. Gracias por el comentario. Sí, coincido en que a veces el toque de humor facilita que empaticemos con los personajes y se hagan entrañables. Bien visto.
Respecto a "Bajo el volcán", he oído cosas muy buenas de él, aunque también que no es un libro fácil. En cualquier caso, está reseñado por Santi en el blog y le puso un imprescindible, aunque también avisa que es un libro triste y pesimista por lo que coincide con esa sensación que te ha dejado.
Saludos, y gracias por comentar la entrada.
Marc

Jan Arimany dijo...

Com sempre, la teva ressenya completa, rodona i clara. Jo de Saunders no havia llegit res, així que no puc comparar amb res, però em va sorprendre tant!! L'únic en el que no estic d'acord amb tu és el punt final, on dius que has trobat a faltar que Lincoln estigués més present. A mi precisament això és el que m'encanta, que Lincoln sigui un personatge secundari, accessori, per centrar-se en la vida de fantasmes anònims, perduts, condemnats, sense ningú que els escolti... Jo l'únic defecte que hi veig en aquest llibre és un de forma (crec que el nom del fantasma que pren la paraula hauria de ser abans i no després del contingut) i un altre de fons (que s'acabi tan ràpid!).

Sempre és un plaer comparar opinions amb tu! :)

Una abraçada!

Marc Peig dijo...

Moltes gràcies, Jan, pels elogis!
Entiendo tu punto de vista, pues ciertamente Lincoln es un personaje más, aunque clave, claro está. Puede que me estuviera condicionado por la sinopsis en la contraportada, pues apuntaba más a centrar la historia en el hijo, pero sí, entiendo que te gustara la amplia variedad de personajes narradores. Y buen apunte, coincido contigo en el tema de la forma: el nombre del personaje debería ir antes de la narración que realiza. Quizá el escritor pone a prueba al lector (y también a sí mismo) confiando en que el tipo de lenguaje utilizado por cada uno de ellos debería ser suficente para diferenciarlos y, aunque a veces es así, la verdad es que es harto difícil y acaba siempre mirando quien dice que antes de leer lo que dice. Para mí hubiera estado mejor como indicas tu (en el modo tradicional, vaya).
Gracias por comentar la entrada.
Una abraçada, Jan.
Marc