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viernes, 16 de octubre de 2020

Mónica Ojeda: Las voladoras

 Idioma: español

Año de publicación: 2020

Valoración: sin duda, recomendable

Esperado libro de relatos (al menos para sus admiradores, entre los que me cuento), de esta joven escritora ecuatoriana en la que muchos tenemos puestos nuestras mayores esperanzas; esperanzas que ya son realidades, en verdad, como atestiguan sus libros publicados hasta la fecha. En este caso, se trata, ya digo, de un breve volumen de relatos encuadrados en lo que alguien ha dado en llamar "gótico andino". No seré yo quien lo desmienta, pese a que estas etiquetas siempre resultan algo desconcertantes, amén de reduccionistas... En fin, más discutible aún resulta lo de "gótico sureño" y bien de éxito que ha tenido el "conceto" que decía aquel...

Pero al lío: Las voladoras está compuesto por ocho relatos (me resisto a llamarlos "cuentos", pese a que alguno pueda recordar los más terribles cuentos de los hermanos Grimm, por ejemplo) de extensión variable, aunque la mayoría oscilan entre las diez y veinte páginas. Son todos relatos que podríamos adscribir al género de horror o, mejor aún, "malrollero", si me permite el término, sin que siempre esté presente el elemento fantástico o sobrenatural. En varios no es así, de hecho, y justamente es esa conciencia de que lo que sucede en ellos podría pasar en nuestra ciudad o pueblo, en la casa de al lado, en nuestro entorno más próximo, es lo que genera, tal vez, mayor desasosiego. Aunque difieren de unos a otros en cuanto a su trama y circunstancias, hay elementos comunes a todos los relatos, o casi, además de la excelencia de la prosa de esta autora, una auténtica malabarista a la hora de utilizar ciertos registros, como el uso del narrador en primera persona. Éste, por cierto, es el primero de los rasgos comunes a todo el libro: 

  • El uso de la primera persona y, en casi todos los relatos -excepto el último, en realidad-, por parte de narradoras femeninas, ya sean adolescentes o mujeres adultas. A las que les pasan cosas muy chungas, por cierto...
  • La familia y las relaciones, en general, tortuosas entre sus miembros como ámbito en el que se desarrollan las historias o que al menos las condiciona de una manera determinante. El único relato donde no sucede esto, Soroche, tiene lugar entre un grupo de amigas que se conocen desde niñas, casi como hermanas... (las hermanas auténticas y sus no menos peculiares relaciones parecen en algunos de los otros relatos, por cierto).
  • El cuerpo humano o partes de él (la cabeza, los dientes, la sangre, el oído, la lengua) y sus pegajosa materialidad, su degradación, nuestra esclavitud inevitable a sus límites. Esta presencia de lo orgánico, de la crudeza inexorable de la biología, me parece un rasgo propio, casi definitorio, de la literatura de Mónica Ojeda, hasta donde yo conozco...
  • La raigambre andina o ecuatoriana de estos relatos. Cierto es que sólo algunos de ellos, como el que da título al volumen, Las voladoras -una especie de harpías, para entendernos-, el último, El mundo de arriba y el mundo de abajo y también Cabeza voladora están inequívocamente basados en las leyendas o religión propia del país de la escritora, mientras que Terremoto hace alusión a sus características geomorfológicas; los demás podrían desarrollarse lo mismo en Ecuador que en España, Estados Unidos o, yo qué sé, Escocia... Ahora bien, Ojeda se ha preocupado de poner algunas referencias a localidades u otros lugares de Ecuador para que situemos geográficamente sus relatos.
  • En muchos casos, las protagonistas/narradoras muestran un grado mayor o menor, pero siempre evidente, de obsesión, que puede centrarse en algún suceso o elemento de su vida, presente o pasado, así como en acontecimientos que ocurran fuera de ellas pero que les afecte de forma decisiva, .
Ahora bien, que nadie entienda que por compartir estos elementos comunes, los relatos del libro están cortados por el mismo patrón o son variaciones de un mismo tema. Nada de eso; de hecho, incluso estilísticamente hay diferencias entre ellos. Desde el surrealismo lírico -o lirismo surrealista- de los citados Las voladoras, Terremoto, o El mundo de arriba... al tono más estándar, dentro de una mirada subjetiva, de Cabeza voladora y Saroche, pasando por el subjetivismo en apariencia más confuso, de Sangre coagulada y Caninos. Y destacando sobre todos ellos, en mi opinión, la contundencia, el dominio del ritmo y del crescendo narrativo de Slasher, para mí el relato más redondo de todos -quizás junto al primero, Las voladoras-, de una rotundidad implacable y una ferocidad que recuerda a la de la anterior novela de esta autora, Mandíbula. Ya digo que creo que éste es el mejor relato, aunque también Las voladoras, Sangre coagulada, Caninos o Saroche me parecen de un nivel muy notable. Los demás también resultan muy interesantes, pero tal vez no alcanzan esa redondez de que he mencionado; en alguno de ellos, por ejemplo, la adición/ revelación de elementos, que van saliendo a la luz como capas de pintura de un mueble viejo, funciona de maravilla, como es el caso de Caninos, mientras que en otros, como Cabeza voladora, el resultado parece más forzado.

Por último, tendríamos el asunto de la inserción de este libro y esta autora dentro de ese ¿movimiento? ¿Generación? ¿Boom? de escritoras latinoamericanas de lo más "cañeras" al que estamos asistiendo en este siglo XXI y de las que hemos hablado ya muchas veces en este blog, así como, por supuesto, lo han hecho los medios literarios en general... Me parece apreciar que Ojeda, una de las más jóvenes representantes de este grupo quizás informe pero evidente, es bastante consciente de quiénes son sus compañeras literarias y así, aún sin perder su personalidad propia, algunos cuentos nos remiten o recuerdan a la narrativa de otras escritoras; desde el ¿gótico argentino? de Mariana Enriquez, cuyo regusto yo encuentro presente en Cabeza voladora y El mundo de arriba... (aunque en este caso, el relato también se diría, un poco, un hijo andino del Pet Sematery de King), a la bizarría sexual de Temporada de Huracanes, de Fernanda Melchor, que encontramos en Caninos, o a la sevicia de la sociedad reflejada en Soroche, que recuerda un tanto a los relatos de una compatriota de Ojeda, María Fernanda Ampuero. Por supuesto, esto no significa que haya algún tipo de seguidismo por parte de Ojeda; al contrario, repito que ella es una de las escritoraas más destacadas de todo este conjunto. Pero es obvio que van todas en la misma dirección y es emocionante, como lector, estar asistiendo a la eclosión  de tantas autoras que están escribiendo lo mejor que se hace en español, ahora mismo. En mi humilde opinión.


Otros libros de Mónica Ojeda reseñados en Un Libro Al Día: Nefando, Mandíbula

jueves, 9 de mayo de 2024

Mónica Ojeda: Chamanes eléctricos en la fiesta del sol

Idioma: español

Año de publicación: 2024

Valoración: no sé qué decir

No me digáis que Chamanes eléctricos en la fiesta del sol no suena a nombre de una banda de neo-rock progresivo, al estilo de Derbi Motoreta Burrito Cachimba, aunque en plan andino. Pero no lo es... aunque bien podría serlo, porque la primera parte de esta novela se desarrolla durante un festival musical semiclandestino, en la falda del volcán Chimborazo, llamado Ruido Solar, en la que se mezclan el rock, el punk, el neochamanismo, las músicas tradicionales indígenas (o que las imitan), las tecnocumbias y yo qué sé que cosas más, y entre las que se cuentan, precisamente, las actuaciones de un grupo llamado Chamanes Eléctricos... Un grupo de chicas y chicos participantes en este festival deciden, en vez de regresar a sus hogares y a una realidad marcada por la violencia de las bandas de narcotraficantes, de la policía y el ejército y de los propios cataclismos naturales, proseguir su viaje y subir hasta un volcán lleno de agua para celebrar allí la fiesta andina del Inti Raymi (la "Fiesta del Sol" en quechua, precisamente). Aunque una de las chicas, Noa, tiene además el objetivo de encontrarse con su padre, que la abandonó cuando era pequeña para recluirse en un hacienda en medio del bosque alto de la zona.

Alrededor de Noa gira, precisamente, toda la novela, aunque sea el único personaje que no tiene voz en la misma, a diferencia de sus compañeros/as de aventura y de su padre, cuyos pensamientos conocemos a través de una suerte de diarios. La susodicha Noa se nos presenta a los lectores tanto como una especie de taumaturga o catalizadora de las fuerzas de la naturaleza, como un personaje con cierto aire de tragedia griega, el de una hija abandonada que acude en busca de su padre (auto) exiliado no tanto para pedir explicaciones como para provocar una catarsis con su presencia. un padre que, a su vez, se nos muestra como una mezcla de filósofo ermitaño, como un Diógenes, y de Norman Bates (que, en verdad, también era un ermitaño), un modelo, en todo caso, de la vida contemplativa, de la introspección autoindagadora, siendo los amigos de Noa  (y por seguir con las referencias helénicas), la representación del pathos primigenio, de la espiritualidad panteísta y la conexión con la Pacha Mama a través de la música y el baile... Y desde luego, esto te queda claro desde el principio, porque menuda turra la que dan los chavales, amigos y amigas lectores/as...

Porque ahí está la gran pega que se le puede poner a esta novela: que los personajes -cierto que cada uno con sus propias voces, algunas más exaltadas, por no decir flipadas, que otras- insisten una y otra vez sobre los mismos temas: la conexión espiritual con el padre Sol y la madre Tierra y sobre todo, con sus hijos los volcanes; la búsqueda de la misma a través del desenfreno músico-danzante, como modernas -o antiguas, dado que se trata también de recuperar la intuitiva sabiduría atribuida los pueblos indígenas- bacantes que adorasen de esta forma a todo lo que haya que adorar; el parloteo chamánico-psicodélico y sus derivadas poéticas, filosóficas e incluso religiosas... En fin, mucha, mucha cháchara que acaba convirtiéndose en la corteza más o menos dura de una burbuja de pretenciosidad y humo que el lector o lectora deben decidir si prefieren o no pinchar (cierto es que hay un par de voces, la de Nicole, mejor amiga de Noa y, hasta cierto punto, la de Pedro, que se salen de esa dialéctica y suponen un alivio entre tanta monserga ¿new-wave? ¿neoindigenista? ¿intoxicada, sin más?). El discurso del padre de Noa, por su parte, también agobia un poco, pero en otro sentido, el del ensimismamiento místico-polvoriento que, por supuesto, también puede ser bastante insufrible. Al final, uno tiene ganas de que el Chimborazo pete de una vez y sepulte de una p*** vez a toda esta gente... (Es broma. Peace & Love, mis panas).

Supongo que no es necesario, pero me gustaría dejar claro que esa pretenciosidad a la que aludo se refiere al discurso de los personajes de la novela, no a la labor de la autora de la misma (aunque ya me doy cuenta de que ella es la responsable tanto de elegir dichos personajes como su discurso, es obvio); muy al contrario, la prosa de Ojeda me parece excelente y perfectamente adecuada para caracterizar a cada uno de los personajes -algo de especial relevancia puesto que los conocemos, salvo a Noa, a través de sus monólogos-; si la idea es que uno u otro nos resulten unos cansinos o unas petardas de cuidado, la autora es consecuente con sus respectivas idiosincrasias y les hace soltar a cada uno el speech correspondiente. No hay problema, en principio, pero llega un momento en que, por acumulación, la cosa se te hace  (se me hace) bola. Y eso que, por momentos y merced a la persuasión de un estilo y una destreza literaria sin duda más que notables, a uno (a mí) se le olvida aquello que no le acaba de convencer de la novela y se deja atrapar por la magia (lo siento, no hay otra forma de decirlo) de unas palabras hábilmente elegidas y ordenadas, de un ritmo y una tensión narrativa bien conseguidas y de una historia que, al menos por lo que respecta a su argumento, no carece de interés. De ahí mi valoración, que es posible que decepcione a quienes buscan un dictamen rápido e inequívoco para saber si acercarse o no a un libro: en este caso, no sé muy bien qué pensar. De verdad lo digo...

(La cubierta del libro, eso sí, es magnífica).

Otros (y estupendos libros de Mónica Ojeda reseñados en este blog: Nefando, Mandíbula, Las voladoras

martes, 25 de abril de 2017

Mónica Ojeda: Nefando

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

El panorama de la literatura en español está generando una situación que empieza a resultar desagradable. Por los motivos que sean, el conjunto de la opinión parece incapaz de evitar una constante polarización, y ello se traduce en que nadie puede irrumpir de manera discreta sin estar expuesto a un juicio visceral, a esa especie de ruleta rusa que consiste en ser apoyado o rechazado en función de ciertas opiniones de peso que se enmarcan, que alguien me confirme que no es así, en redes de intercambios de favores de las cuales solo sale perjudicado el lector, al que se le niegan opiniones intermedias y matizadas. No moderadas, que eso es como el cava tibio, sino aquello que los anglófilos llamarían mixed. Y Nefando es un libro que, particularmente, encuentro injusto valorar en esa escala tan simplista que solo conoce obras maestras o rollos infumables. Nefando es una buena novela que revela que la autora es capaz de hacerlo mejor en un futuro no demasiado lejano.
Ese mejor no tiene un tono detractor. Nefando, en su afán de golpear al lector, se disgrega en algún punto hacia demasiados lugares a la vez, como queriendo cerrar todos los conductos de salida, y es innegable que sus partes más brillantes cuentan con aspectos perturbadores, y que es una novela que no tendría sentido en una sola línea, pero Mónica Ojeda ha apostado por combinarlas.
Seis jóvenes de distintos orígenes coinciden en un piso de estudiantes en Barcelona. Tres de ellos son hermanos. Otro de ellos, un joven mexicano que se autolesiona con fruición. Y el creador de un juego alojado en la deep-web. Los tres hermanos arrastran un terrible pasado de abusos. Está claro que la pólvora de ese ambiente ha estallado. La narración pasa por los testimonios de cada uno de los ocupantes de la casa. En pasado, y una de las  voces dice haber respondido a los policías. Diversos narradores, saltando en el tiempo, párrafo presentando nombre, fecha, ubicación: la deuda con el Bolaño de la segunda parte de Los detectives salvajes es clara, y aún se rendirá otro homenaje. La fría relación de abusos pederastas, dos incómodas páginas, es un guiño a La parte de los crímenes de 2666.
Nefando hubiera sido mejor enfocada en una sola de sus historias. Resulta interesante pero desprende cierta sensación de urgencia, de premura por abarcar situaciones potencialmente incómodas para el lector, como si la perturbación fuera uno de sus objetivos preferentes. Lo cual es loable, aunque algo visto en estos tiempos.

lunes, 16 de diciembre de 2019

ULAD adoctrina sobre el 2019: nuestros libros del año

Mirad: si este blog pretendiera ser solo leído por familiares de colaboradores ávidos de localizar ideas para regalar a la prima que lee, no nos veríamos obligados a esto. Pero hace tiempo que esto no es así. Es una verdad como un puño que la comunidad lectora global espera ver hacia dónde señalan nuestros dedos, cada año, por estas fechas. Aunque pueda darse el caso que los que aquí escribimos no acabemos de ponernos de acuerdo.

Palabra de Juan G. B. :
- Novela acojonante del año (en todos los sentidos): Mandíbula, de Mónica Ojeda.
- Novela pasmante del año: Vivir abajo de Gustavo Faverón Patriau.
- Novela chanante del año: El aliado, de Iván Repila.
- Novela gráfica más turbadora del año: Bezimena, de Nina Bunjevac
- Libro de no ficción (o sí ficción, según se mire): Thomas Quick. Cómo se hace un asesino en serie de Hannes Råstam.
- Autovivisecciones en canal: Mientras escribo, de Stephen King y Mis rincones oscuros, de James Ellroy.
- Ligeras decepciones: Traición, de Walter Mosley y La Señora Caliban, de Rachel Ingalls.
- Sorpresa agradable del año: La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla.
- Libro que no me atreví a reseñar: Tsunami. Miradas feministas (V.V.A.A. con edición y prólogo de Marta Sanz)
- Descubrimientos del año: Mónica Ojeda, Imogen Hermes Gowar, Gustavo Faverón.

Palabra de Koldo CF:
- No ficción (hispanoamericana): Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
- No ficción (resto de mundo): Contra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam
- Novela (hispanoamericana): El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza
- Novela (resto del mundo): La suerte de Omensetter, de William H. Gass
- Relatos (hispanoamericana): La furia y otros cuentos, de Silvina Ocampo
- Relatos (resto del año): Historias tardías, de Stephen Dixon
- Tocho del año: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo
- Relectura del año: Los siete locos, de Roberto Arlt (habrá reseña en breve)
- Peor libro con diferencia: Vox, de Nicholson Baker

Palabra de Oriol Vigil:
- Mejor novela: El lugar, de Mario Levrero
- Otras novelas destacables: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, La mujer de la arena, de Kôbô Abe, El gusano máximo de la vida misma, de Alberto Laiseca, El proceso, de Franz Kafka, Tango Satánico, de László Krasznahorkai
- Mejor antología: Bestiario, de Julio Cortázar
- Lo mejor en género negro: La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
- Lo mejor en terror: Los sauces, de Algernon Blackwood, Uzumaki, de Junji Ito
- Mejor cómic: Vinland Saga, de Makoto Yukimura (aunque se desinfla un poco)
- Vicio literario del año: Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (aunque también se desinfla un poco)
- Lo mejor en no ficción: La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti, El discurso vacío, de Mario Levrero, ¡Escríbelo, Kisch!, de Egon Erwin Kisch
- Libros decepcionantes: Cartero, de Charles Bukowski, Buick 8, un coche perverso, de Stephen King
- Libros aburridos: El vestido azul, de Michèle Desbordes, En el jardín del ogro, de Leila Slimani
- Autores descubiertos: Mario Levrero, Alberto Laiseca, Kôbô Abe, László Krasznahorkai
- Empacho de: Literatura nipona, fatalismo, "bildungsroman" y "pulp"

Palabra de Marc Peig:
- Libro del año: «Cárdeno adorno», de Katharina Winkler.
- Lo mejor del año (autores): Elizabeth Hardwick, Siri Hustvedt, Irene Solà, Tatiana Ţîbuleac
- Mejor libro de relatos del año: «No importa», de Agota Kristof
- Tochonovela del año: «Fin», de Karl Ove Knausgard
- Ensayo políticosocial del año: «Ante el dolor de los demás», de Susan Sontag, y «El ojo y la navaja», de Ingrid Guardiola
- Librodenuncia del año:  «Tú, ¡cállate!», de Laura Huerga y Blanca Busquets.
 -Autobiografía del año: «Noches insomnes», de Elizabeth Hardwick y «Los años», de Annie Ernaux
- Experimento metaliterario del año: «Novel·la», de Pol Beckmann
- Decepción del año: «Devastación», de Tom Kristensen
- Autores clásicos que ya debería haber leído y que no tardaré en ponerme a ello: Henrik Ibsen
- Autores que debo recuperar porque llevan tiempo olvidados (injustamente): Ngũgĩ wa Thiong'o, Paul Auster
- Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Olga Tokarczuk, Agota Kristof
- Propósitos para el 2020: más teatro, más ensayo e intentar evadirme de novedades y volver a los clásicos (veremos si lo consigo)

Palabra de Montuenga:
- Mejor clásico leído este año: Bel Ami, de Guy de Maupassant
- Mejor novela española: El novio del mundo, de Felipe Benitez Reyes
- Mejor novela extranjera: Los colores del incendio, de Pierre Lemaître
- Obra maestra polémica donde las haya: El desembarco, de Jean Raspail
- Mejor novela negra: El último barco, de Domingo Villar
- Relectura que nunca defrauda: La saga fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester
- Mejor western: Warlock, de Oakley Hall
- Mejor ensayo: La edad de la ira, de Pankaj Mishra.
- Distopía más esperada aunque algo fallida: Los testamentos, de Margaret Atwood.
- Peor novela con diferencia: Juego de mentiras, de Ruth Ware.

Palabra de Francesc Bon
- Propósitos para 2020: Conseguir que el tsundoku rebaje sus proporciones amenazadoras, o se fusione con el cajón de los cables. Salir de la zona de confort. Y plantear, quizás, si la próxima ya debería ser la última oportunidad para Pynchon.
- Mejor novela leída en el año: Por el regusto tras los meses, cualquiera de las tres de Zuckerman desencadenado, de Philip Roth
- Novedad tolerada: El colgajo, de Philippe Lançon, por cruda y por ver cómo nos transforma experimentar la violencia
- Me lo imaginaba más grande: Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy
- Satisfyer literario: Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago
- Toque de atención: a Michel Houellebecq, por los momentos autoparódicos en Serotonina

Palabra de Carlos Andia:
- Mejor novela en castellano: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, y Prins, de César Aira (próxima reseña)
- Mejor novela en otros idiomas: Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani, , y Vértigo, de W.G. Sebald
- Tocho anual (para no perder músculo, pero nada más): La muerte de Arturo, de Thomas Malory
- Una incursión en el microrrelato: Ojos de aguja (recopilación)
- Relectura del año: El unicornio, de Manuel Mujica Laínez
- Mejor ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki
- Ensayo científico: El jinete pálido, de Laura Spinney
- Mejor libro de relatos: El ídolo caído, de Graham Greene
- Mejor obra de teatro (aunque tampoco había mucho donde elegir): El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal
- Peligro de agotamiento inminente: Enrique Vila-Matas (Esta bruma insensata, y quizá no más)
- Decepciones: varias, puede que más de lo normal, pero para qué les vamos a dar más cancha.

lunes, 15 de abril de 2019

Mónica Ojeda: Mandíbula

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: más que recomendable (bajo propia responsabilidad)



No leáis este libro.

Padres de hijas adolescentes, de hijas prepúberes o de niñas pequeñas que pronto llegarán a esa edad: no leáis este libro si no queréis vislumbrar lo que pueden hacer vuestras hijas cuando no las veis, cuando se reúnen con sus amigas y juegan a dejarse atraer por el abismo.

Madres de hijas adolescentes, prepúberes o de niñas pequeñas que pronto llegarán a esa edad (o de mujeres jóvenes que ya la han pasado): no leáis este libro si no queréis conocer los secretos a voces de vuestras hijas, sus terrosos deseos y el ansia por devoraros o dejarse devorar por vosotras. No lo leáis si no queréis recordar como fuisteis.

Hijas adolescentes: no leáis este libro si no queréis confirmar lo que ya sabéis, que vuestras madres son -pueden ser- como cocodrilos que protegen a sus crías dentro de sus mandíbulas, pero también las pueden devorar en cualquier momento; que vuestras amigas pueden ser tus cómplices, tus amantes, pero también quienes propicien vuestra ruina, os desmenucen con sus dientes aún inmaculados.

Maestras, docentes: no leáis el libro si no queréis intuir lo que se fragua entre susurros a vuestras espaldas, las risitas que vosotros creéis de burla y pueden ser presagio de conjuras más oscuras, de peligrosas fascinaciones.

Alumnas: no leáis el libro para no saber que vuestras maestras, las profesoras y profesores que pensáis ridículos, débiles, pueden ocultar turbiedades inesperadas, peligros que duermen en el fondo de un manglar.

Devotos y devotas de cualquier culto religioso: no leáis el libro si no queréis que os sea revelado que cualquier creencia no es sino una ficción inventada por un delirio, que la médula de cualquier religión es el miedo y que el miedo se esconde incluso en los lugares más insospechados y banales.

Aficionados a la literatura, al terror: no leáis este libro si no queréis que vuestras certezas acerca del género se vean trastocados, que lo que os parecía frívolo, desdeñable, simple entretenimiento de chiquillas, puede ser más pavoroso que cualquier otra narración, que el verdadero terror anida ante todo en la consciencia de la rareza de uno mismo, en el propio cuerpo que reconocemos como extraño y que por eso las adolescentes, prepúberes, niñas que llegarán pronto a esa edad, están siempre en el filo de la navaja, en el borde del abismo que las atrae, sin remedio.

Escritores, autores que tratáis de abriros paso en la marisma que es la literatura actual, sobre todo si escribís en español, sobre todo si aún se os puede considerar "jóvenes": no leáis este libro si no os veis capaces de llegar a su altura, a la tensión que es capaz de crear y mantener, a la soltura con los diferentes registros en que está escrita la novela, a la fascinación de contemplar cómo se crea un mundo cerrado, asfixiante y enfermizo, pero adictivo como el veneno de las serpientes, como la crueldad de los creyentes en dioses ignotos... O si os atrevéis, leedlo. Leed y temblad.


Otras novelas de Mónica Ojeda reseñadas en Un Libro Al Día: Nefando

martes, 13 de abril de 2021

VV.AA.: Cuadernos hispanoamericanos (Cuento)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Bastante recomendable

Que el "cuento latinoamericano" goza de una salud excelente es algo que creo que poca gente pondrá en duda. Una muestra significativa de ello son las múltiples reseñas que hemos publicado en este blog en los últimos años y que dejan un buen reguero de nombres: Mariana Enríquez, Vera Giaconi, Magela Baudoin, Mónica Ojeda, Samantha Schweblin, Rodrigo Blanco, Edmundo Paz Soldán, etc., algunos de los cuales aparecen en este número dedicado al género breve de la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" con el que podemos corroborar la afirmación inicial.

18 autores (12 hombres y 6 mujeres, lo cual  - aunque aquí habría que valorar los entresijos de la selección - me parece injusto dada la calidad de alguna autora que no aparece por aquí), 18 países (solo falta, si no me equivoco, una representación de República Dominicana y El Salvador) y 18 relatos con un nivel medio bastante alto.

Curiosamente, este elevado nivel medio no viene siempre de la mano de los autores más consagrados o reconocidos a este lado del Océano. Por poner un par de ejemplos, el relato de Halfon (escritor que me encanta) parece hecho con el piloto automático puesto y el relato metaliterario de Fernanda Trías deja al lector algo frío porque puede funcionar bien como juego pero se echa en falta algo más. Por su parte, otros autores TOP, como Mariana Enríquez, Liliana Colanzi o Mónica Ojeda, aportan relatos que serán fácilmente identificables para sus lectores habituales y servirán como interesante carta de presentación para los no iniciados.

Por el lado de los autores más desconocidos (o menos leídos) para mi vienen alguna de las sorpresas más agradables. Destacan especialmente 4/5 relatos:

  • "La cinta roja" de la hondureña María Eugenia Ramos, un relato brutal cargado de simbología.
  • "El río, una pasta espesa que no hace olas" de Jon Bilbao, relato carveriano de parejas y amistades, mentiras o medias verdades y tensión "subterránea" algo alejado en lo estilístico de lo que yo he podio leer de su obra.
  • "Marginalia" del costarricense Carlos Fonseca, un relato en el que se juega con la literatura como forma de huida o de entrada a otras vidas posibles.
  • "El barbero de Hialeah" del cubano Carlos Manuel Álvarez y su impactante final.
  • "Serenatas" del venezolano Juan Carlos Méndez Guedez, quizá el relato más arriesgado en lo estilístico, con sus diferentes voces y tiempos y su aire de "culebrón"

En definitiva, 18 más que interesantes relatos que beben de múltiples influencias, tanto del propio Sur como del Norte, que poseen una serie de elementos comunes (la emigración, la violencia, el desarraigo, la propia literatura) y que demuestran que la cantera de "cuentistas" latinoamericanos está muy pero que muy viva. ¡Y que dure!.

viernes, 10 de junio de 2022

Reseña a seis manos (+ entrevista): Carcoma de Layla Martínez

Idioma: Español
Año de publicación: 2021
Valoración: Bastante recomendable

 

Carcoma, de la ensayista, traductora y editora Layla Martínez, es una de las novelas que más parabienes ha recibido en los últimos meses, y también se puede decir que ha tenido un notable éxito editorial, a pesar de haber sido publicada en un sello independiente como Amor de Madre. Es también una de las obras más sorprendentes que podemos encontrar en la literatura española actual, y pese a su brevedad, una de las más complejas por la cantidad de planos -quizás sería mejor decir aristas- que posee. 

Para facilitarnos la tarea, los reseñistas hemos decidido abordarla a la manera más clásica, distinguiendo entre idea, forma y estilo (pero sin perder de vista que tal división no deja de ser más que una convención, pues cada uno de estos elementos resulta, en verdad, indistinguible de los otros):
 
-Idea: la novela trata de combinar, por medio de una historia de terror, el tema de la opresión y violencia hacia las mujeres, con el del conflicto de clases y el rencor derivado de la Guerra Civil española y la dictadura franquista, y que ha pervivido hasta hoy. También la marginalidad de ciertas personas dentro de las comunidades ​y la crueldad e hipocresía de que es capaz el ser humano, sin importar de dónde provenga y el estrato social que pertenezca. 
 
-Forma: una novela breve, de terror -un tanto sui géneris-, perteneciente al subgénero de "casa encantada", bastante en boga en los últimos tiempos en cine, series y literatura, así como el de las "brujas" (ídem). Quizás no sea descabellado decir que enlaza, aunque sólo sea en su adscripción a estas temáticas, con el "gótico latinoamericano" de escritoras actuales como Mariana Enriquez, Fernanda Melchor o Mónica Ojeda, o con Cometierra de Dolores Reyes, recientemente reseñada por aquí. La diferencia es que esta novela ambientada en un pueblo de Cuenca y en una casa de clase trabajadora. Esta aportación al género puede que sea lo más logrado del conjunto, al huir del tópico de la casa encantada como mansión señorial de una familia adinerada. Aunque, por otro lado, la estructura de la novela la lastra un tanto, ya que se muestra reiterativa en ciertos pasajes, dispersa en otros y no enfoca del todo bien algunas de las ideas más interesantes.
 
-Estilo: la obra está escrita en un estilo más o menos coloquial y en primera persona, pues se alternan los testimonios de la abuela y la nieta que viven en esa casa (aunque sin diferenciarlas de forma muy clara, lo que podría considerarse una limitación). Trata de expresar el habla de un pueblo castellano-manchego (los lectores de la zona sabrán si con suficiente verosimilitud), aunque resulta algo sorprendente que algunas veces se usen recursos para marcar el habla coloquial (como la abreviatura "p'a"), pero sin que sea un recurso constante o coherente. Aún así, expresan de manera excepcional la rabia, el odio y el rencor que envenena a las protagonistas. El aspecto fantástico de la narración oscila entre lo terrorífico y una suerte de realismo mágico. A destacar también el humor negro que rezuma el texto; que nadie se extrañe o se sienta impropio si hay páginas que le arrancan alguna sonrisa o incluso una carcajada...


Se trata en definitiva de una novela que tiene claros aspectos positivos y originales, como la combinación de conflictos de género y de clase con una trama fantástica o de terror, mostrando así la capacidad del género para ir más allá de los clichés. También es notable la capacidad para generar una cierta ambigüedad en la respuesta del lector, puesto que, si por una parte claramente empatizamos con las narradoras, víctimas de diversas opresiones, por otra parte tienen también aspectos desagradables, chocantes o incluso repulsivos. Se le podría reprochar, por otra parte, el que no haya ido más allá en la representación de la oralidad de los personajes, o en la diferenciación de las dos voces que alternan en el texto; o que deje algunas preguntas aparentemente sin respuesta (por ejemplo, ¿de dónde proviene ese oscuro poder o maldición de la casa, que parece ser anterior a los conflictos en los que se centra la novela?). Es, en todo caso, una aportación valiosa al género y a la narrativa española contemporánea que vale la pena tener en cuenta.

Firmado: Oriol, Santi y Juan


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A continuación adjuntamos un pequeño cuestionario que Layla ha respondido con suma amabilidad:

ULAD: Buenas, Layla. Carcoma ha tenido bastante éxito entre crítica y público. Sobre todo teniendo en cuenta que es tu primera novela, que se aleja de temáticas excesivamente comerciales y que ha sido publicada por una editorial independiente de aún corta trayectoria. ¿Esperabas tanta repercusión?

L.M.: Para nada (risas). Ha sido una sorpresa; cada reimpresión o traducción siguen siendo una sorpresa. ¡Nunca hubiera imaginado que me leerían en, no sé, Grecia o Polonia!

ULAD: Tenemos entendido que el germen inicial de Carcoma es un relato, también tuyo, compilado en la antología Cuadernos de Medusa vol.III. ¿Qué te empujó a realizar este cambio de formato, a dilatar una narración originalmente breve?

L.M.: En efecto, Carcoma sale de un relato de unas diez páginas que se publicó en una antología de Amor de Madre, la misma editorial que después publicaría la novela. Cuando terminé de escribirlo me quedó la impresión de que muchas de sus ideas se podían desarrollar. Aun así, siempre tuve claro que la novela resultante debía ser cortita.

ULAD: El aspecto político de la novela tiene casi tanta importancia como el sobrenatural y, sobre todo, le proporciona un interesante transfondo a éste. ¿Esta era tu idea ya desde el primer momento de su concepción o fue cristalizando a medida que la escribías?

L.M.: La verdad es que el aspecto político de la novela no estuvo planificado. Yo no me había planteado, al escribir la novela o el relato, que hablaría de la opresión de clases o de las mujeres. Simplemente quería contar una historia atravesada por lo terrorífico, y como para mí la violencia de clases y la de género son algo terrorífico, surgió naturalmente. Además, el terror se presta a codificaciones y subtextos de este tipo.

ULAD: ¿Qué referentes, sobre todo literarios, aunque también del mundo de las ciencias sociales, has tenido presentes para Carcoma?

L.M.: Entre los literarios destacaría el terror anglosajón pero, sobre todo, el latinoamericano. Del mundo de las ciencias sociales, el catolicismo o las creencias y el culto a la muerte de la zona de Castilla-La Mancha.

ULAD: Parece que la ficción oscura está cogiendo fuerzas últimamente. ¿Nos recomiendas algún libro de este estilo que te gusten?

L.M.: Las voladoras, de Mónica Ojeda; Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi; Sacrificios humanos, de María Fernanda Ampuero; Cometierra, de Dolores Reyes...

ULAD: Si se puede preguntar...¿Estás trabajando en algún otro libro? En caso afirmativo, ¿nos puedes dar detalles?

L.M.: Actualmente trabajo en dos proyectos: otra novela de terror (en fase de documentación) y un ensayo a cuatro manos con José Luis Rodríguez (que está a la espera de que le concedan una beca).

jueves, 11 de febrero de 2021

Reseña + Entrevista: La sed, de Marina Yuszczuk

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Bastante recomendable

El paseo de una mujer con su hijo de 5 años por el cementerio de la Recoleta tratando de conjurar un recuerdo perturbador y su posterior encuentro con alguien que, en vez de salir del cementerio, se gira y camina hacia las tumbas es el pórtico de entrada a una novela en la que Yuszczuk combina géneros y tiempos para hablar, fundamentalmente (aunque no solo), de nuestra relación con la muerte. Y si bien el texto se divide en dos partes perfectamente separadas en lo temporal, en lo que respecta a lo "genérico" las fronteras son mucho más porosas. 

Así, en la primera mitad de la novela, ambientada en el Buenos Aires del XIX al que la llega la protagonista huyendo de la persecución que los vampiros sufren en Europa, predomina lo que podríamos llamar "terror gótico" y los clichés asociados al mismo (fantasía, (homo)erotismo, violencia, enfermedad, sexo...). Pero esta primer mitad tiene un importante componente "costumbrista", especialmente en lo que se refiere a la recreación de un mundo salvaje en formación y/o cambio en el que la vida apenas vale nada.

Por su parte, la segunda mitad de la novela transcurre en el Buenos Aires del siglo XXI y tiene, en su mayor parte, un componente intimista. En este caso, la protagonista es Alma, la mujer que comentaba en el primer párrafo de la reseña, y la narración, en forma de diario, se centra en la enfermedad incurable que padece su madre. El progresivo deterioro físico de esta será paralelo al progresivo alejamiento del mundo de Alma y al descenso a un mundo ajeno entre la angustia y la locura. Esta segunda parte, por lo tanto, podría definirse, sin miedo a equivocarme demasiado, como "novela psicológica" (y aquí me ha recordado por momentos a "Sobre héroes y tumbas", con su descenso a los infiernos y su paseo por el Parque Lezama incluidos. Cosas mías, supongo). Como es de prever, ambas historias acaban confluyendo y dando pie a un final de lo más potente.

En cuanto al "tema" de la novela, decía inicialmente que este sería el de nuestra relación con la muerte (quizá la perfección para ocultar la muerte sea la victoria más contundente de este siglo), a medio camino entre la fascinación y la repugnancia, que nos lleva a visitar cementerios dentro del city tour al tiempo que optamos por asépticos tanatorios para despedir a nuestros muertos. Pero además de esa relación con la muerte, "La sed" nos habla de relaciones materno-filiales, del ser humano ante la enfermedad, el dolor y la soledad, de mundo extraños, de lo más oscuro del alma humana. 

Para terminar, quisiera mencionar los aspectos positivos del libro, entre los que destacan la ya citada recreación del sórdido ambiente de una Buenos Aires asolada por la peste, la potencia de algunas de las imágenes de la primera parte de la novela (hay una escena que transcurre en una iglesia que...) y la solidez de la narración de una vida en derrumbe que ofrece en la segunda mitad del texto. En el lado menos positivo, únicamente alguna que otra reiteración que hace que el ritmo se resienta un poco y que podría haberse solucionado con una pequeña "poda".

En resumen, "La sed" es una novela situada en la línea de otras narradoras como Mariana Enriquez o Mónica Ojeda, que aúna entretenimiento y profundidad y que resulta altamente recomendable para todo tipo de lector. Y es que, como suelo decir por ahí, el "nuevo boom latinoamericano" será femenino o no será.

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Una vez comentado el libro, y gracias a la amabilidad de Paula (prensa Blatt & Ríos España) y de la propia Marina Yuszczuk, reproducimos una breve charla que mantuvimos vía mail con la autora de "La sed".

ULAD: Encontramos en “La sed” dos tiempos perfectamente separados y diferentes “géneros” en cada uno de esos tiempos. ¿La novela fue así desde un comienzo o se fue convirtiendo en algo diferente a medida que ibas escribiéndola? ¿Cómo fue el proceso de creación de “La sed”?

M.Y.: La idea inicial era que toda la novela fuera narrada por la vampira y que ella fuera atravesando el tiempo hasta la actualidad. Me imaginaba que finalmente se encontraba, sí, con la protagonista de la segunda parte, pero el punto de vista seguía siendo el de ella. Después escribí algunos fragmentos de la segunda parte con la voz de la narradora contemporánea y me gustó mucho, así que decidí darle lugar a esa voz. Es un experimento muy interesante probar qué cosas se pueden decir con cierto tipo de voz y cuáles no; en este caso me gustó mucho escribir una experiencia de la muerte más bien macabra a través de la vampira, pero a eso quise contrastarle el costado humano y la ternura de la hija que está por perder a la madre. Me resultó más potente que cada una de las dos mitades modificara y tensara a la otra.

ULAD: Más allá de los tiempos y los “subgéneros” que encontramos en la novela, el núcleo principal de la misma son las diferentes formas de relacionarnos con la muerte, la enfermedad, el dolor, etc. ¿Crees que nuestra relación con estos hechos es diferente a la que podía ser, por ejemplo, a finales del XIX?

M.Y.: Sí, por supuesto, me parece que en esa época la gente sabía que iba a morir, no sé si nosotros lo sabemos (por eso esta pandemia fue un golpe tan fuerte). Hay una relación muy distanciada con la muerte, a diferencia de una época en que muchas veces las personas eran veladas en sus propias casas, era probable ver o acompañar a morir a alguien, preparar el cuerpo, y también había todo un sistema de creencias cristiano muy vivo que demandaba cuidar cada paso del velorio y entierro porque se trataba de asegurar el mejor paso posible al otro mundo. En nuestra época, más bien laica, los criterios son prácticos, por algo se está difundiendo tanto la cremación, pero me pregunto qué efectos tiene todo esto sobre nuestra idea de la muerte y cómo nos prepara para morir. En general siento que no nos prepara, que todo es pura negación. Y las ficciones de terror son un lugar posible para enfrentarnos con eso que no queremos ver pero está ahí.

ULAD: Hay una frase en el libro que dice algo así como “quizá la perfección para ocultar la muerte sea la victoria más contundente de este siglo”. En este sentido, ¿cómo ves esa contraposición entre los cementerios como lugares de atracción turística y los modernos tanatorios que más parecen tener por objetivo esconder la muerte?

M.Y.: No creo que se pueda volver atrás ni que sea deseable, pero me impresiona mucho visitar un cementerio del siglo XIX y notar cómo se trataba de dejar un testimonio imborrable —esculpido en piedra, de hecho— del paso de una persona por la vida, y que el arte tuviera un papel tan importante en ese deseo. Yo creo que los escritores también queremos dejar algo, con poca esperanza pero queremos. Y en ese sentido pienso que la literatura conecta necesariamente con un mundo bastante perimido, ahora que todo es más volátil, más efímero. Pero eso me encanta, me parece romántico.

ULAD: También la relación materno-filial y la relación de Alma con su propio cuerpo son parte fundamental de la novela. Anteriormente ya habías explorado estos temas a través de la poesía (igual también desde otras ópticas, pero yo solo he leído los poemas de “Madre soltera”). ¿Cuáles son las principales diferencias a la hora de reflexionar sobre estos asuntos según una óptica u otra?

M.Y.: No es tan diferente. De hecho en Madre soltera, que es un libro de poemas sobre mi maternidad, recurrí a la ficción en algún punto; hay un texto en prosa por ejemplo donde para explicar el dolor y el estado salvaje del amamantamiento se habla de una mujer que tiene un hijo lobo. Es que decir de manera directa no funciona, ni en narrativa ni en poesía, y yo veo en ese libro el germen de lo que serían mis intereses mucho tiempo después al escribir novelas. Creo que en una obra hay una continuidad, temas y formas que se ensayan, se prueban y se transforman. También me parece que mi manera de escribir narrativa es muy de poeta; privilegio lo sensorial, las imágenes, por sobre las acciones. En La sed, más que narrar las peripecias de los personajes, me interesaba que los lectores pudieran estar ahí, en el mundo que cada una de ellas convoca.

ULAD: La novela, sobre todo en su primera mitad, me parece tremendamente sensorial (huele a muerte, a sexo, a opio, presenta imágenes de una fuerza tremenda,…), pero, al mismo tiempo, tiene una parte “costumbrista” más que interesante. ¿Cómo fue ese proceso de documentación sobre la epidemia de cólera de fines del XIX?

M.Y.: Sobre la epidemia, que fue de fiebre amarilla y fue realmente impactante, hay bastante información, así que no fue tan difícil documentarme. Sí fue difícil investigar sobre el Cementerio de la Recoleta; yo buscaba detalles muy específicos y a muchos los encontré en artículos académicos de urbanismo, sociología, costumbres funerarias del siglo XIX, etc. En cuanto a la ambientación de Buenos Aires, usé relatos de viajeros y de narradores argentinos de la segunda mitad del siglo XIX como Eugenio Cambaceres, Lucio V. López, Eduarda Mansilla.

ULAD:  Por último, y es pregunta obligada en vista del auge de las narradoras latinoamericanas en estos últimos tiempos. Aunque pueda sonar a “meter todo en un mismo saco”, cosa que no sería del todo cierta, sí que se observan una serie de rasgos comunes en textos de autoras como Mariana Enríquez, Mónica Ojeda, Liliana Colanzi o tu misma. ¿Se puede hablar de una “generación interconectada” con un imaginario y unas inquietudes comunes o puede ser fruto de la casualidad?

M.Y.: Sí, por supuesto, no sé si es una generación pero en literatura los fenómenos no vienen de a uno (supongo que en ninguna disciplina artística), y nos nutrimos de lecturas de contemporáneos. En mi país es muy importante la figura de Mariana Enriquez y el papel que ella cumple con respecto a la literatura de terror porque, si bien hay una tradición de fantástico y algunos relatos de terror más bien aislados, con Mariana es la primera vez quizás que el terror es tanto prestigioso como masivo. También es cierto que mi generación, y tantas generaciones de mujeres antes que yo, crecimos leyendo literatura gótica o con fuerte presencia del gótico. Jane Eyre, por ejemplo, es un libro de cabecera. Sin embargo se nos hizo sentir de diversos modos que esas lecturas eran “femeninas” (usando el término para restarle importancia), cosas de chicas, de segundo orden. Yo por lo menos siento que al escribir un relato de vampiros en el siglo XIX aparece la niña y adolescente lectora que fui, también espectadora de cine, por supuesto.

ULAD: “Bonus track” (y esto es mera curiosidad): ¿De dónde viene ese Yuszczuk? ¿Tiene su origen en los territorios en los que se sitúa el comienzo de la novela? ¿Hay entonces algo de “vampírico” en Marina Yuszczuk y algo de memoria familiar en “La sed”?

M.Y.: No, ¡ojalá! Tiene más que ver con corrientes inmigratorias de Europa del Este que llegaron a Argentina entre fines del siglo XIX y primeras décadas del XX. Mis abuelos y abuelas llegaron en barco desde Europa, igual que mi vampira. Mi abuelo, Fiodor Yuszczuk, vino de Bielorrusia. Y siempre me fascinaron las historias de inmigrantes, por eso algunos personajes de la novela lo son. Ellos iban a otro mundo de verdad, a lo desconocido.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

ULAD: Lo mejor que nos dejaron leer en 2020

Hagamos como en el popular juego de mesa: a ver si conseguimos omitir ciertas palabras que van a definir el 2020. Pero primero, una escueta explicación del título de nuestra entrada. "Nos dejaron" se refiere a las circunstancias: a las generales y a las de cada uno. Porque nos afectó de formas distintas. Algunos leyeron como nunca y a otros lo que sucedía (perdón: lo que aún está sucediendo, en un presente continuo que se transforma en futuro condicional) les impedía concentrarse, les acaparaba la atención hasta situarse en un primer plano incómodo y fascinante. Pero "nos dejaron" también puede interpretarse de otra manera: cuando se han necesitado vías de escape, se ha podido ir a cortarse el pelo, pero no a ver una obra de teatro, se ha podido adquirir tabaco, pero no trastear estantes de libros en librerías o bibliotecas. Y, sin negar lo demagógico de estas afirmaciones, sí que esos hechos son representativos de la sociedad en que vivimos y de sus prioridades. La cultura, en la cola de espera. Aquí no podemos, no debemos estar de acuerdo.

 

Beatriz Garza

Libro/ autora del año: El quinto hijo de Doris Lessing

Lectura revelación: Lectura fácil de Cristina Morales

Relectura provechosa del año: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

Lecturas "gallina de piel" del año: El color púrpura de Alice Walker y Las malas de Camila Sosa

Lectura sanadora del año: La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix

Formato revelación: "miniensayo" o "minicrónica" como Un miércoles de enero de Bob Pop, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer y Contarlo para no olvidar de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

Buenos propósitos para el 2021: llegar cuerda al 2022

 

Carlos Andia

Mejor novela (2x1): Siglo XX: El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Siglo XXI: Corazón giratorio, de Donal Ryan

Microrrelato: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto Monterroso 

Clásico: Tiempos difíciles, de Charles Dickens 

Teatro (ex-aequo): Aquí no paga nadie, de Dario Fo, y Anillos para una dama, de Antonio Gala 

Ensayo histórico-político: La estirpe del camaleón, de Julio Gil Pecharromán  

Un tocho interesante, de toda la vida: La democracia en América, de Alexis de Tocqueville

Un monstruo ingobernable (pero una lectura que nunca se olvidará): Finnegans Wake, de James Joyce

Libro de viajes: En las antípodas, de Bill Bryson

Relectura del año: El templo del alba, de Yukio Mishima

Diario de guerra: El abrazo de los muertos, de José de Arteche (en enlace no sale bien)

Y dejamos para el final lo más flojito:

Libro de relatos: Ninguno convincente, o sea, premio desierto

Y ni con un palo: nada de David Foenkinos (pongo el enlace de Hacia la belleza por si alguien quiere saber por qué)

 

Francesc Bon

Otro año más bien desastroso: escarbando en el baúl de los grandes clásicos del siglo, tras comprobar demasiado a menudo que las grandes novedades me siguen dando disgustos y pereza a partes iguales. Es mi culpa, seguro. Bueno, casi seguro.

Propósitos de año nuevo: encontrar algún nuevo autor de ficción que me deje patidifuso (habiéndolo buscado previamente), aunque me veo probando otra vez con la obra de Philip Roth o William Faulkner, que me han dado grandes satisfacciones, de nuevo, y a lo mejor de eso se trata

Libro del año: Falso espejo, de Jia Tolentino (sin negar lo fresco y reciente de la sensación, una autora que no desperdicia palabrería en conceptos vacíos)

Tiempo desperdiciado: segundas oportunidades a quienes no lo merecen, como el plasta de Vilas o algunos que no merecen ser mencionados (Vilas sí, por prolongar su impostura)

Me lo imaginaba más grande: Exhalación, de Ted Chiang, al que encontré sobrevalorado.

Un poco hartito: de la literatura queer et al hacinándose en un rincón, refractaria a ser evaluada objetivamente.


Juan G. B.

Ensayo del año: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

Mejor novela histórica de Ciencia-Ficción: Proletkult, de Wu Ming.

Novela negra de fantasmas: La apariencia de las cosas, de Elizabeth Brundage.

Latinas Power: Ladrilleros, de Selva Almada; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las voladoras, de Mónica Ojeda.

Agradables sorpresas: La voz y la espada, de Vic Echegoyen y Matèria de Bretanya de Carmelina Sánchez-Cutillas.

Cierta decepción: El olor del bosque, de Hélène Gestern.

Aún no lo tengo claro: Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; Noche y océano, de Raquel Taranilla.

Libro que no me atreví a reseñar: Apocalipsis, de Stephen King.

Leeré en 2021: Algo de José Luís Peixoto, si encuentro una buena traducción, que es difícil...


Koldo CF

Relecturas: Los pasos perdidos, La marcha Radetzky o Nieve de primavera (3 libros imprescindibles).

Autoras rescatadas, ya sea para el público en general, como Sara Gallardo y sus magníficas Eisejuaz o Enero, o para mi en particular, como Svetlana Alexievich (no la había leído hasta este 2020) y el terrible Voces de Chernóbil. 

Novedades del año: Un debut, el de Ce Santiago con El mar indemostrable, y una novela "autobiográfica", el Porque ya no queda tiempo de Rafa Cervera

Año balcánico: Destacan Ismail Kadaré como "autor más leído este año" y la lectura de Un puente sobre el Drina de Ivo Andric.

Decepciones:  Tan malos que no merecieron ni reseña destroyer han sido "Sueños de trenes" de Denis Johnson y "Los cuadernos de Don Rigoberto" del amigo Vargas Llosa.


Marc Peig

Libro del año: «No digas nada», de Patrick Radden Keefe.

Ensayo políticosocial del año: «Como ser antirracista», de Ibram X. Kendi.

Librodenuncia del año:  «Sin más amigos que las montañas», de Behrouz Boochani.

Grandes debuts en narrativa: Xavier Mas Craviotto por «La mort lenta» y Carlota Gurt por «Cabalgar toda la noche».

Descubrimientos del año (autores): Saša Stanišić por «Los orígenes», Eduardo Lalo por «Simone»,  Claudia Rankine por «Ciudadana» e Ignacy Karpowicz por «Sońka».

Consagraciones del año: Eva Baltasar con «Boulder» y Han Kang con «Blanco».

Experimento exitoso del año: «El càstig», de Guillem Sala.

Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Stefan Zweig, Rebecca Solnit y Per Petterson.

Propósitos para el 2021: intentar evadirme de tanta novedad y volver a los clásicos (segundo intento). También hacer reseñas más breves ;-)


Montuenga

LO +

Ficción:

·       Una joya olvidada: La vagabunda de Sidonie-Gabrielle Colette.

·       Un clásico indiscutible: El color púrpura de Alice Walker.

·       Una maravilla más en la extensa obra de una autora excepcional (y cuyo premio Nobel la humanidad se va a perder por culpa de esos suecos imprevisibles): Qué fue de los Mulvaney de Joyce Carol Oates.

·    Un clásico revisitado (y convertido en thriller por obra de un maestro del género negro): Macbeth de Jo Nesbo.

·        La mejor novela histórica leída (y publicada) este año: Ni siquiera los muertos de Juan Gómez Bárcena.

·     La mejor primera novela que he leído en muchísimo tiempo: La vida verdadera de Adeline Dieudonné. (Aunque se trate de un texto intimista se lee como si fuera un thriller).

                                                                                                                                                No Ficción:

·       El mejor ensayo filosófico leído este año, riguroso, documentado y repleto de humanidad: La mujer molesta de Rosa María Rodríguez Magda. (Y con entrevista añadida).

·     Un ensayo científico muy adecuado para reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb. (Hay sucesos que la ciencia puede prever y al ciudadano medio ni se nos pasa por la cabeza).

·     Un texto didáctico, elemental para según quién pero muy instructivo y necesario en los tiempos que corren: Querida Ijeawele de Chimamanda Ngozi Adichie. (Aunque dedicado a las jóvenes, lo deberían leer muchos/as adultos/as).

LO –

Ficción:

·       Sin comentarios: La hija de la española de Karina Sainz Borgo

·     El testamento, poco afortunado, de un clásico indiscutible del género negro (pero a él se le perdona todo): Km 123 de Andrea Camilleri

·       Una novela que aburre a las ovejas (en mi opinión, naturalmente): El verano sin hombres de Siri Hustvedt.


Oriol Vigil

-Mejor novela: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

-Otras novelas destacables (por citar sólo unas cuantas): Personajes desesperados, de Paula Fox, Tennessee, de Luis Gusmán, El quimérico inquilino, de Roland Topor, El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin, Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Phillipe, Ethan Frome, de Edith Wharton

-Mejores antologías: La condena, de Franz Kafka, El séptimo caballo, de Leonora Carrington, Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor

-Lo mejor en no ficción: La canción de las máquinas, de Sherwood Anderson, El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro 

-Tochazos: Sexual Personae, de Camille Paglia, Los mandarines, de Simone de Beauvoir 

-Libros decepcionantes: El lado de la sombra, de Adolfo Bioy Casares, Barbazul, de Kurt Vonnegut, The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson, Reinas del abismo, de varias autoras

-Autores descubiertos: Isaac Asimov, Roland Topor, Mijaíl Bulgákov, Ursula K. Le Guin

-Empacho de: Literatura decimonónica, narrativa juvenil y fatalismo

 

Santi 

Dentro de lo poco que he conseguido leer este año, por falta de tiempo y de ánimo, afortunadamente ha habido algunas grandes lecturas que me han salvado el año:

  • Panza de burro de Andrea Abreu: creo que es para mí la lectura del año, por sorprendente y rompedor, este relato canario (muy canario) del proceso de crecimiento de dos niñas;
  • Basilisco de Jon Bilbao: esta no es una sorpresa, porque Jon Bilbao es un escritor consolidado, pero esta es probablemente su mejor obra. Y ni siquiera sé en qué género se clasifica;
  • Casas vacías de Brenda Navarro: una dura aproximación a la (no) maternidad, algo tremendista pero muy poderosa también.
  • La cresta de Ilión: un acierto más de la editorial Tránsito, esta reedición o revisión de un texto de la mexicana Cristina Rivera Garza sobre la identidad, los desaparecidos, el lenguaje....
  • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţîbuleac, una historia cruda y poética, otra aproximación diferente a la relación entre un hijo y su madre;
  • Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: la madre francesa de la autoficción (el padre francés sería Carrére) ofrece un relato autobiográfico centrado en la relación de la autora con su madre

Otras lecturas interesantes (ya digo que este año no han sido muchas) incluyen géneros como la crónica (El peón de Paco Cerdá), la ciencia ficción nacional e internacional (36 de Nieves Delgado, Bionautas de Cristina Jurado o El apagón de Connie Willis, aunque esta última la dejé a medias), el cómic (Los puentes de Moscú de Zapico), y cómo no, algo de literatura portuguesa, como El retorno de Dulce Maria Cardoso o De la naturaleza de los dioses, del "inevitable" Lobo Antunes. También di mi opinión sobre el "fenómeno Sally Rooney", y me hizo especial ilusión reseñar la primera novela de una buena amiga, Penínsulas rotas de Magdalena López.

Hubo otras lecturas incompletas o que me gustaron menos, pero bastantes cosas malas ha tenido ya 2020 como para terminarlo recordando lecturas decepcionantes...