domingo, 18 de octubre de 2026

Guillem López: La polilla en la casa de humo

Idioma original: Español
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

En el pozo, una caverna con incontables túneles, galerías y pasadizos, hay pocas opciones para los más desfavorecidos: entregar su cuerpo al dios de la mecánica y ser útil en una excavación sin fin o convertirse en un paria desempleado. El joven Veintiuno, adicto a sustancias con las que evadirse de su despiadada realidad, fantasea con medrar en su entorno o incluso con abandonarlo en pos de la superficie. Un día, deja su precario trabajo sin avisar a su una familia y emprende un periplo de mentiras, engaños y traiciones, con el que pretende hacerse un hueco en los bajos fondos. Pero el embrollo en el que él solito se ha metido le obligará a abandonar cualquier atisbo de ética y damnificará tanto a conocidos como desconocidos.

Esta es la premisa de La polilla en la casa de humo, cruda, incómoda y desgarradora novela de apenas ciento setenta páginas. En ella, Guillem López nos sitúa ante una sociedad distópica, sucia, degradada y violenta, que no es sino un reflejo de la nuestra, pues ambas comparten una obsesión casi religiosa por el trabajo, la explotación y deshumanización laboral, la atomización del individuo incluso en el núcleo familiar, la obscena desigualdad de clases o la imposibilidad de prosperar sin caer en la amoralidad.

Es precisamente la sociedad creada por López, así como el mundo alrededor del cual ésta se articula, una de las principales virtudes de La polilla en la casa de humo. A fin de cuentas, el pozo no sólo funciona a modo de espejo para hacer crítica social, como ya he adelantado antes, sino que es también un escenario imaginativo y detallado, con sus nombres propios, su terminología, sus expresiones coloquiales, su fauna y flora, sus rígidas jerarquías, su ley (o leyes, más bien, porque cada una de las facciones dominantes, és decir los sacerdotes del dios mecánico, el prefecto y su guardias o el hampa, impone la suya propia), su religión, su gastronomía, su moneda, sus drogas y un largo etcétera.

Otra de las virtudes de La polilla en la casa de humo es su protagonista. Veintiuno no está hecho para que simpatizes con él, pues es completamente despreciable: un muerto de hambre egoísta, mentiroso, ruin, rencoroso y dispuesto a todo con tal de mejorar su situación. Aún así, López consigue que entendamos que es víctima de un entorno miserable e injusto, y logra que comprendamos por qué llega a los reprobables extremos a los que llega. Además, no es ajeno a sentir culpa y remordimientos, y tras las racionalizaciones y justificaciones  con que escuda su forma de obrar se intuye un cariño genuino por su una familia (sobre todo hacia su difunta una madre y su una hermana, Ancas) y por sus amigos  y conocidos (especialmente hacia Ñam).

La narración en primera persona de Veintiuno está, por cierto, muy lograda. Nihilista, soez y petulante por lo general, refleja perfectamente la psicología del personaje. Además, integra adecuadamente los destellos de lucidez que le abruman momentáneamente y le hacen comprender su insignificante lugar en el gran orden de cosas, horrorizarse ante las decisiones irremediables que ha tomado y entender que, por cómo funciona realmente el sistema, él jamás saldrá beneficiado.

Podría seguir resaltando otros aspectos de La polilla en la casa de humo igualmente atractivos: su fascinante mezcla de géneros (que va desde la fantasía oscura y la distopía hasta la novela de formación y negra); su ritmo, ágil y absorbente; las pinceladas que da sobre la superficie; sus secundarios, algo esquemáticos pero imprescindibles para avanzar la trama o funcionar como contrapunto de Veintiuno. Sin embargo, me limitaré a decir que, dada su originalidad, calidad y mensaje, no me extraña que fuera ganadora del premio Ignotus 2017.

Eso sí: no la recomiendo a moralistas que crean en el virtuosismo del ser humano, ni a lectores a quienes les espante la crueldad, la escatología, el sexo, la mala leche o el humor negro en la ficción que consumen. En cambio, creo que la disfrutarán sobremanera aquellos que gusten de narraciones deprimentes, pesimistas y desagradables, y sepan tolerar (que no perdonar, ojo) a protagonistas despreciables.

Avisados estáis, pues. La escasa luz que pudiera llegar a filtrarse en las profundidades de un lugar como el pozo se encarga de apagarla Veintiuno con su egoísmo y ambición. Sea como sea, La polilla en la casa de humo es un novelón, aunque comprendo que resultará insalubre para más de uno. Sumergios en él sólo si os veis capaces de soportar una historia donde «un famélico desharrapado, cubierto de mugre, medio calvo y con dos dientes menos» (página 67) intenta combatir el destino que su hogar de nacimiento y su condición le imponen: convertirse «en algo útil» (página 29) como el resto de mineros adultos, «parcheados y descompuestos, recosidos y llenos de modificaciones y complementos»  (página 83) mecánicos.


También de Guillem López en ULAD: Aquí

No hay comentarios: