jueves, 22 de octubre de 2026

Tatiana Țîbuleac: Cuando seas feliz, golpea tú primero

Idioma original: rumano
Título original: Când ești fericit, lovește primul
Traducción: Marian Ochoa de Eribe en castellano para Impedimenta y Corina Oproae en catalán para Amsterdam Llibres
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


Hay autores que tienen un mérito especial: que su prosa sea reconocible a pesar de cambiar el enfoque o el tono de la misma. Este es el caso de Țîbuleac y el de la novela en la que se basa esta reseña porque la autora deja de lado ese estilo poético que enamoró a muchos (entre los que me incluyo) para pasar a un estilo más seco, más duro, más crudo y, en cierto modo, más real. El cambio que se atisbaba ya en su anterior novela «El jardín de vidrio» lo culmina en este libro en el que la dureza que rezuma honestidad es su principal virtud y, a su vez, se erige como elemento de denuncia y lamento. 

Empieza el libro con una frase que es toda una muestra intenciones: «hoy se cumplen seis meses desde que juré que no volvería a beber» y la manera que tiene nuestra protagonista de espantar las ganas de beber es correr, aunque tiene claro que «el objetivo es el agotamiento. Escurrirte hasta la última gota, eliminar hasta la última pizca de placer y atormentarte tanto que llegues a asquearte a ti misma», aunque desgraciadamente, tal y como confiesa, «el problema es que yo no tengo nada que volver a ser. Yo ni siquiera tengo donde regresar».

Con esta introducción la autora nos presenta a Mila, la protagonista del relato, quien acude a la consulta de Benoît Gérard para superar su adicción al alcohol, y con ello encontrar la salida a una vida diferente de la que esperaba, pues ella ansía vivir la vida que cree que merece, una vida que le permita trabajar de lo que ha estudiado y comer bien y poder disfrutar de fines de semana largos y tener vacaciones, «pero, como no tengo nada de lo que debería ser mío, al menos tenía el alcohol, que me arrastraba a través de esa negrura, como por un puente largo». Así nos narra su situación actual, muy diferente a su pasado en el que vivían los tres juntos en un pequeño apartamento antes que muriera su madre; una madre cuya ausencia es nuclear, pues «mi padre solo pasaba por casa a cambiarse de ropa y descansar para las cosas verdaderamente importantes: el trabajo, en la redacción, los amigos, los viajes. Para mi madre, en cambio, el trabajo era yo, y lo verdaderamente importante era la emoción». Una madre con una vida frustrada en parte, como la de muchas mujeres de la época, pues «cuando hablaba de lo que habría podido llegar a ser, si no hubiera quedado embarazada, mi madre resplandecía». Una familia que se sostiene, pero la muerte de la madre lo cambia todo: ella la echa de menos, sus atenciones y su cariño; también su padre, pues echa de menos que alguien se ocupe de su hija porque, además, por tener que cuidar de ella «ya no podía viajar, y eso le sacaba de sus casillas». Combinando la narración en el presente (que ubicaríamos en nuestro tiempo actual) con recuerdos del pasado de Mila en Chisináu (que enlazaría perfectamente con la época narrada en «El jardín de vidrio») y con la independencia de Moldavia tras la desintegración de la Unión Soviética como gran telón de fondo, Țîbuleac ha escrito un libro plagado de tristeza y soledad; la soledad de una niña, sin madre, con un padre que, si bien no la trata mal, tampoco está mucho por ella. Así, la niña sobrevive entre sombras en un apartamento en el que, cuando se levanta, ya está vacío por la ausencia del padre y por la noche, a pesar de su presencia, sigue vacío en su interior. Por ello, su vida la ocupa principalmente la escuela y la amistad con el hijo de la vecina al que trata como a un hermano y, también, el permanente recuerdo de su madre. 

De esta manera, el relato que ha escrito Țîbuleac tiene evidentes rasgos de sus anteriores textos, pero en este caso deja de lado el encanto de su prosa para convertirla en algo más fría, más aséptica; sin el delicado sarcasmo que disimulaba el rencor (aunque también el cariño) en «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» en este caso la autora despoja el texto de calidez, de cercanía, y teje un texto en el que la distancia permite empatizar con la frialdad que rodea la vida de Mila aunque, más allá de los dramas individuales que atraviesan los personajes, la autora cuestiona, en boca de su protagonista, si su verdadero trauma no es causado por “su” vida, sino que se trata de un trauma común, «el de todos los que abandonaron su país en busca de una vida mejor, pero no la encontraron». Con ello, en este duro libro Țîbuleac retrata especialmente el infortunio de una generación de jóvenes de países del este y, a través de Mila, da voz a todos los emigrantes que dejaron sus países en busca de una vida mejor en una migración en búsqueda de nuevas tierras y nuevas oportunidades, en una época en la que abandonar el lugar de nacimiento parecía la única forma de labrarse un futuro, aunque la tierra de acogida fuera estéril, pues ofrecía únicamente (y con suerte) trabajos precarios y condiciones insuficientes. Y en esa migración la eterna pregunta de si la decisión fue correcta, de si la elección de la vida la escogemos nosotros o viene dada de antemano y nosotros somos tan solo sus testigos. Por todo ello, este es quizás su libro menos poético, menos agradable al lector, pero probablemente por ese motivo es quizá el que más abiertamente expone los problemas de la sociedad forzada a emigrar, pues esta es una novela sobre la lucha por seguir adelante cuando todas las cartas están marcadas desde un inicio, y quien reparte el juego en el azar de la vida no tiene buenas intenciones. Los pocos sueños que se atreven a tener son pesadillas vestidas de prosperidad, pero la imperiosa necesidad de salir de la vergüenza de la precariedad empuja a esos jóvenes a dejar la vida conocida y adentrarse al mundo frío inhóspito e interesado.

En el aspecto estructural, cabe decir que detecto últimamente en libros sobrecogedores (con experiencias en parte traumáticas) cierta tendencia al (ab)uso de la analepsis para relatar momentos del pasado que de una forma u otra afectan a la manera de ser o a la vida posterior de sus personajes; a menudo, estos episodios hacen referencia a momentos de la infancia o de la adolescencia, momentos vitales en las que somos más influenciables y, por tanto, cualquier situación comprometida puede incidir en nuestra formación como personas. Y, a pesar de que uno es más partidario de la narración diacrónica por aquello de la continuidad argumental, no me desagrada el uso de esos saltos para romper el relato e ir introduciendo pinceladas que permitan entender a sus personajes, pero (siempre hay un “pero”) hay que tener mesura en su uso porque de lo contrario puede tener como resultado un texto fragmentado en exceso, causando no la desconexión, pero sí una cierta desubicación en contexto y personajes. De todos modos y a pesar de la narración quizás excesivamente fragmentada y desordenada en el tiempo, el estilo de Țîbuleac cautiva y deslumbra en el último tercio del libro donde la autora parece encontrar finalmente, ella ya también, el lugar en el que pertenece. 

En esta novela con marcados tintes autobiográficos (su emigración a Francia y, con ella, el inicio de su dedicación a la escritura, la profesión del padre y el contexto socioeconómico), la autora hace una férrea defensa de una vida con la presencia constante y muy presente de los libros y Mila, de la misma manera y en parte por erigirse el alter ego de la autora, afirma sobre su padre que «había reunido varios miles de libros a lo largo de su vida; los apiló en la habitación, levantando con ellos, torres, muros, pirámides». Quizá simbológicamente esa sea la función de la literatura, levantar a través de los libros una barrera intelectual y emocional que nos permita lidiar con un mundo cada vez más hostil y donde la cultura parece perder importancia. 

También de Tatiana Țîbuleac en ULAD: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, El jardín de vidrio

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