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martes, 11 de marzo de 2025

VV.AA.: El coleccionista de las últimas palabras

Idioma original: Rumano
Traducción: Rafael Pisot
Año de publicación del volumen (originalmente en Italia): 2008
Valoración: Recomendable

El coleccionista de las últimas palabras agrupa once relatos de tres escritores rumanos contemporáneos celebrados tanto en su país como en el extranjero. La antología, pues, resulta una buena puerta de acceso a la narrativa breve que se hace en Rumanía actualmente. También funciona por sí misma, pues la calidad intrínseca de las piezas que componen este volumen es notable.

Los cuatro relatos inaugurales pertenecen a Lucian Dan Teodorivici:

  • De "Para las manchas difíciles" y "Un hombre corriente" destacaría sus trasfondos emocionales. Me ha gustado cómo, pese a la sencillez de sus planteamientos, el autor se guarda un par de giros argumentales y permite al lector sacar sus propias conclusiones sobre ciertos acontecimientos. 
  • De "Moisés, el mendigo" y "Circle" he apreciado su sentido del humor, pero sobre todo resaltaría el retrato psicológico que hacen de sus tragicómicos protagonistas. Y es que el primero de los dos cuestiona obsesivamente su piedad, encadena pensamientos sobre la culpa, el pecado y la fe, y entabla un diálogo interior con Dios repleto de congoja y contradicciones. Por otra parte, el segundo, hastiado con su matrimonio, su mujer y su hijo, desciende a la locura después de que varias personas le ofrezcan un chicle, pues se imagina que su aliento huele mal.

Seguimos con cuatro relatos de Dan Lungu:

  • En "El domingo del señor Chichifoi", la metáfora de los conejos ayuda a articular la idea de que el protagonista es una especie de Dios todavía ahora que está jubilado, como ya lo fuera, en cierta manera, cuando era portero en un bloque de pisos para solteros.
  • "Cinco, cinco y media" impacta por su forma de narrar cómo un amor platónico lleva a su protagonista a acosar a su amada, sabotear su carrera académica, distanciarse de su padre y falsificar documentos. Algunos de sus pasajes me han parecido magistrales, como por ejemplo este: «¡Tampoco ella sabe cuánto la amé! Ni mi madre, ni mi padre, ni Ciolovecu entero; y es posible que ni siquiera yo mismo sepa todo. El pobre papá no ha sabido nunca nada sobre mí. Quiso de corazón que yo me hiciera médico, que volviera al pueblo y cuidara hasta la vejez de sus varices y sus riñones (...). Fui (...) la decepeción de su vida. (...) Toda la vida me ayudó y yo, en cambio, toda la vida le mentí, quizá porque siempre sentí que no quería ayudarme a mí, sino a su propia vejez; que no era a mí a quien quería, sino que temía a sus enfermedades. Dios lo tenga en su gloria, porque fue un padre como los otros quince millones de padres en Rumanía.» (79)
  • "Colecta de gargajos" muestra el durísimo proceso de maduración de un muchacho con una contundencia envidiable.
  • Aunque por momentos cuesta entender lo que tan sutilmente se nos está narrando en "Jugando a la oscuridad", merece la pena zambullirse en el microcosmos oblicuo y enigmático de una niña, porque nuestros esfuerzos interpretativos serán generosamente correspondidos.

Cierran la antología tres relatos de Florin Lăzărescu:
 
  • "El mono" y "La lámpara con sombrero" saben plasmar la voz infantil y tienen diálogos chispeantes. Cuentan historias muy humanas con gran ternura y delicadeza, y aunque ponen el foco en las relaciones familiares, abordan también otros muchos temas complementarios.
  • "El tío Mihai y Dios, el camarada" es el relato del conjunto que alude de forma más directa al comunismo (tema, al igual que la religión cristiana, menor pero recurrente en este volumen), al rol que el individuo juega en él y al papel del Estado al invertir en proyectos sociales.

Como he dicho antes, recomiendo El coleccionista de las últimas palabras para catar la literatura breve rumana contemporánea, pues nos permite iniciarnos con tres de sus más reivindicados cultivadores. 

Pero también insisto en que el volumen funciona por sí solo en tanto que compendio de relatos de una calidad nada desdeñable. Relatos todos ellos que tienen un registro eminentemente costumbrista (aunque un par se inclinen en su clímax hacia una deriva mística) y hablan de gente sencilla (tirando en muchos casos a marginal).

A título personal prefiero los relatos de Dan Lungu (sobre todo "Cinco, cinco y media", "Colecta de gargajos" y "Jugando a la oscuridad", cuya crudeza, sordidez y oscuridad encajan perfectamente con mi mi visión del mundo y mi gusto estético). Sin embargo, resulta innegable que tanto los de Lucian Dan Teodorivici como los de Florin Lăzărescu son igualmente competentes en lo estilísitco y sugerentes en lo temático.

sábado, 26 de agosto de 2023

Ion Minulescu: La casa de las ventanas de color naranja

Idioma original: Rumano
Traducción: Joaquín Garrigós
Año de publicación del volumen: 2022
Valoración: Recomendable

La casa de las ventanas de color naranja compila siete de los mejores relatos fantásticos del rumano Ion Minulescu, originalmente publicados entre 1908 y 1930. 

Aunque todos me han parecido sumamente eficaces, hay algunos, como "La corbata blanca" o "El hombre del corazón de oro", bastante formulaicos. El primero es un cuento de fantasmas canónico; el segundo, una historia tan conmovedora como previsible sobre un condenado a la inmortalidad.

Más originales y heterodoxas son, a mi juicio, la ficción que da nombre a la recopilación, "En el jardín de mi amigo", "La confesión de un desarraigado" o "De charla con el Maligno".

"La casa de las ventanas de color naranja" va de un presunto inglés que se muda a un barrio rumano. Me han encantado su toque gótico, los temas barajados (el miedo al cambio, la desconfianza a lo extranjero, las jerarquías vecinales...) y la lograda imagen de esas «hojas rojizas que se incrustaban en la tierra plateada como manchas de sangre coagulada...» (16)

"En el jardín de mi amigo" trata sobre un hombre que conoce a otro sumamente excéntrico. No desvelaré el final, pero sabed que me ha maravillado, al igual que los diálogos que mantienen los personajes o ciertas reflexiones en torno a la relación entre rareza y locura.

"La confesión de un desarraigado" reúne a dos viejos amigos cuyos caminos se bifurcaron en la infancia. Uno de ellos manifiesta que desearía suicidarse, y la atmósfera y tensión que ello provoca se espesa paulatinamente.

"De charla con el Maligno" sigue a un par de escritores y sus charlas con un misterioso contrabandista. Subvierte magistralmente ese subgénero costituido por apariciones y pactos con figuras mefistofélicas; a eso hay que añadir que su ambientación histórica, la antesala de la Primera Guerra Mundial, se exprime al máximo.

Por otra parte, también quiero reivindicar "Máscaras de bronce y farolillos de porcelana", un interesante aunque irregular retrato psicológico abordado desde el manuscrito encontrado. Presenta a un protagonista cuya caracterización es magnética, amén de pasajes introspectivos geniales. Como muestra de esto último, dejad que os copie un párrafo: «El cementerio parecía en verdad triste. Es cierto que no lo había visto nunca antes, pero en aquella ocasión me parecía más triste que de costumbre. El alma de la tarde (...) penetraba en lo más hondo de mi fatigado cuerpo como algo extraño, suave y perezoso, como la poesía de la tristeza sin motivo o como el estribillo lejano de una felicidad olvidada ante la cual el recuerdo aún se inclina, de vez en cuando, con la reverencia de un cortesano desprovisto de amor propio. Por un momento, olvidé incluso dónde me hallaba y me fui con el pensamiento lejos, muy lejos, hasta el profundo Oriente, a esos maravillosos países de los cuentos y sueños azules, a esos países embalsamados con el perfume de las flores y plantas aromáticas, a esos países que son los primeros en ver salir el sol...» (61)

A la mentada originalidad y heterodoxia de estos relatos hay que sumar dos virtudes adicionales. Primero, la erudición que desprenden, reflejada en su gusto por el simbolismo, en declamaciones de versos, en citaciones de Baudelaire, Mirbeau y otros decadentes franceses, o en la admiración de Minulescu por Gaspar de la Nuit

Segundo, la incuestionable sensibilidad de la pluma del autor, cuyas descripciones exhiben una plasticidad extraordinaria. Como muestra, un botón: «La neblina borrosa de la madrugada tiembla como una gota de leche que cae a un vaso de agua. En lontananza, las luces de los otros barcos anclados en la rada se apagan una tras otra. Comienza a distinguirse el color del mar y los rumores confusos de quienes se despiertan bullen como oraciones mañaneras en el oído de los que no se han acostado todavía.» (107)

Resumiendo: La casa de las ventanas de color naranja es una antología muy recomendable, especialmente para los amantes de la literatura fantástica. Además, sirve como puerta de acceso a la fascinante narrativa de Minulescu. Así que, si os llama la atención, haceos con ella; y no hagáis caso al autor cuando sugiere que para que os guste debéis leerla de noche, porque estas historias maravillan o estremecen, según se tercie, incluso a plena luz del día.

viernes, 30 de abril de 2021

Tatiana Țîbuleac: El jardín de vidrio

Idioma original: rumano
Título original: Grădina de sticlă
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Hay libros que despiertan interés ya antes de que sean publicados y es indudable que, tras el estelar debut de Tatiana Țîbuleac en «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes», uno estaba pendiente de su próxima publicación. Y me ha encantado encontrar en ella el estilo atrevido, punzante y poético de la autora rumana. Pero también he encontrado esta vez ciertas carencias y algunas notables diferencias entre ambos libros, especialmente en lo tocante a su estructura. Vayamos a ello.

El libro empieza de manera directa, con esa prosa poética, dura y contundente que nos deslumbró a muchos en la primera novela traducido de la autora moldava. Es fácil reconocer su estilo justo al leer la primera frase: «Nazco de noche, tengo siete años. Me llevaría en brazos, dice, pero tiene las manos ocupadas». Porque así empieza el libro, así describe Țîbuleac con perfecta precisión y desconsuelo como la huérfana Lastochka, protagonista de la historia, es recogida por la anciana Tamara Pavlovna de un orfanato en ese nuevo renacer, en esa puerta que se abre lejos del mundo sórdido y frío que conocía hasta la fecha. Pero hablamos de Țîbuleac, y la alegría de sus personajes es corta y efímera, porque quien la acoge en su regazo es esa anciana poco dada a cariños y afectos, alguien de quien afirma, cuando está enojada, que «sus ojos se entornaron, la boca se le achicó, y así, plegada sobre sí misma, parecía una habitación en la que se hubiera apagado la luz». Esa ausencia de luz, esa frialdad emocional, tan característica del estilo de la escritora, es constante a lo largo de la narración y es duro, pero a su vez es lo que buscamos en su obra. Porque es palpable ya desde un inicio la prosa poética y bella de Țîbuleac, es perfectamente reconocible su tacto en describir situaciones duras y tristes.

Con este inicio entramos en el mundo de Tamara, una mujer que se gana la vida, o la sobrelleva, recogiendo botellas de vidrio y vendiéndolas, a la vez que intenta instruir a Lastochka en el oficio, con su rigidez constante en trato y exigencias, porque Lastochka sufre la presión de comportarse de manera educada, de formarse, de ser culta porque, tal y como le inculca Tamara, «aprende ruso, sin él no tienes nada que hacer». Esa es su salida, su futuro, su porvenir. Porque el que no tiene nada ni modo de conseguirlo, solo puede conseguirlo a través de los otros, si logra que los otros se lo ofrezcan por lo que es, o por lo que aparenta. Esa exigencia envuelta de temor se mezcla con el agradecimiento, con cierta veneración inicial hacia Tamara a pesar de su dureza, porque «me habría aferrado a una cuchilla si me hubiera acariciado y me hubiera arrojado pan», porque era alguien que le permitía caramelos, pero «me dejaba coger dos, no uno como al resto de los niños, porque era huérfana y tenía en la boca un gusto mucho más amargo». Así, en esta dualidad emocional y afectiva se desarrolla la vida de Lastochka y se dirige en su narración en primera persona al lector que, en su deseo más íntimo, espera que sean sus padres, confesándonos la incomprensión ante su decisión abandonarla, cuestionándose desconsoladamente «¿En qué lengua debo buscaros? ¿En qué lengua debo perdonaros? ¿Por qué nadie dijo que era mejor que siguierais muertos? Muertos me habríais querido más. Muertos os habría querido más». Así, Lastochka nos confiesa la frustración y el odio que siente ante su pasado, basado en mentiras y falsedades, constatando que no fue sacada del orfanato para tener una mejor vida, sino «que me habían comprado», llegando a afirmar que «a veces pienso que, si os odio un centímetro más, mi odio formará un círculo completo y llegará el amor. Ese centímetro es lo que más miedo me da, por ese motivo lo aplazo todo». Porque si bien el odio y el asco es conocido, no lo es el amor, y ese desconocimiento es el peor de todos los miedos y temores.

De esta manera, Țîbuleac nos sitúa en un mundo poblado de la nada, de miserias y pocas alegrías que, como tesoros escondidos, se encontraban detrás de lo más nimio e impensable. Rodeada de niños en su misma condición, el día a día conforma su mundo de extrema austeridad, de trabajo físico interminable con el sustento como única paga. Y donde no llega más tampoco lo hace el cariño ni la ternura, no hay tiempo ni tampoco aptitudes para ello, porque «nosotros éramos botelleras. Nuestro trabajo consistía en reunir botellas y pagarlas al contado» en un mundo oscuro y sórdido en el que «belleza y luz veía raras veces. Respiraba todo el día alcohol, escuchaba juramentos y contaba monedas» y la constatación desoladora, con el paso del tiempo, de que «pasaban los meses y comprendía que, de un orfanato pequeño, había acabado en uno grande» en el que «las chicas se habían convertido en mujeres. Les habían crecido los pechos, pero no los corazones». 

Estructuralmente, la historia rompe de manera continua la narración en orden cronológico y es un constante salto temporal entre presente (con Lastochka ya mayor) y sus recuerdos del pasado, retazos de una vida que nos ofrece a modo de pinceladas con una estructura terriblemente fragmentada, con capítulos que la mayoría de las veces son una simple página o un par. Este hecho causa que el argumento sea difícil de seguir, con saltos constantes en el tiempo y sin referencias al mismo. Así, uno va recomponiendo la historia sin saber a ciencia cierta el orden en el que suceden los hechos, en ocasiones explicados como meros apuntes con hechos particulares que dan una visión de un mundo triste, aterrador, angustioso, penoso, pero sin saber poco de su evolución. Vemos el dolor y la angustia, pero no vemos de manera clara el camino seguido, aunque sí sus cicatrices y escollos, es ahí radica la magia del estilo de Țîbuleac, en el envoltorio que, brillante y atractivo, se va convirtiendo en arrugado, gastado, deshecho a medida que te acercas a él para encontrar, dentro de él, el más absoluto vacío.

Más allá del retrato emocional de su protagonista, Țîbuleac sitúa la historia en la República Socialista Soviética de Moldavia y, con ello, trata otros aspectos que inciden en la vida de la protagonista y conforman su evolución marcada por el conflicto ruso/moldavo, y la decisión de ir a la escuela moldava, para instruirse así en su lengua, a pesar de su irrelevancia, a pesar de que «lo más bonito en mi cabeza estaba en ruso. El ruso lo escuchaba en la televisión y en la radio. En las calles y en el patio». La lengua de imposición, que la lleva a creer que «pensaba que las palabras se inventaron en ruso y, solo más adelante, desde ahí pasaron a otras lenguas», constatando que la cultura imperante borra y erosiona todo lo que no es ruso; pero ella mantiene su lengua, a pesar de todo, porque es como ella siente; una lengua que en su fuero interno cree tan empobrecida que, al ver por primera vez un libro escrito en rumano la lleva a cuestionarse que «¿Cómo podía una lengua, que era la nuestra, estar escrita con otras letras? Y, sobre todo, ¿para qué?».  

La autora deja constancia también, de manera clara y evidente, de la necesidad de la sororidad en tiempos de dificultades, el soporte encontrado en sus amigas, compañeras, porque quizás es lo único a lo que aferrarse para sobrevivir en un mundo arduo, ingrato y detestable, porque «quería estar con Maricica, con Olia. Quería que vinierais a llevarme al fin del mundo». Unas amigas con similares futuros, a menudo atados a las voluntades de sus maridos, pero también a las luchas contra esos valores tan arraigados por una tradición que no tiene en cuenta sus voluntades y deseos. Querían sentirse vivas porque «sabíamos que éramos mujeres, tal y como lo entendíamos nosotras y como era en aquellos tiempos. Queríamos grandes preocupaciones y dolor de verdad. Que nos sucediera, que nos perturbara algo».

Lamentablemente, el libro va claramente de más a menos, pues partiendo de un tono y una prosa impactante y terriblemente reconocible, a medida que se avanza en la lectura, se va diluyendo el impacto, con menos frases que marcan al lector que, a su vez, va perdiendo el hilo en una narración con esos saltos continuos y fragmentos desubicados hasta el punto en que, superada la mitad, el libro entra en una cierta monotonía, sin un horizonte claro hacia el que un lector pueda vislumbrar claramente la trama de un relato en exceso fragmentado, repleto de breves anécdotas pero poco elementos decisivos; como las propias botellas que recuperan de entre los escombros, las piezas encajan pero es difícil su reconstrucción a partir de los añicos que nos dejan esas perlas escondidas entre un mar de soledad y miserias. Afortunadamente, en su tramo final recupera el tono del inicio y recobramos, parcialmente, la sensación que teníamos en un inicio.

De esta manera, la lectura del libro me deja el libro sensaciones encontradas, pues a pesar de su excesiva fragmentación y una bache hacia la mitad de la lectura en cuento a argumento e incluso impacto emocional donde uno cae en cierta apatía, hay pasajes donde Țîbuleac brilla con esa luz que la hace especial, como cuando la protagonista, dirigiéndose a sus desconocidos padres, confiesa que hubiera querido «preguntaros, por fin, por qué me visteis como una carga si habría cabido en una de vuestras manos». Es en esas frases donde lo hermoso y lo desgarrador se dan la mano, donde la belleza del estilo de la autora se funde y se empapa en la tristeza más absoluta; es en esos pasajes cuando nos conmueve y nos afecta del modo que solo un buen texto puede hacerlo. Porque es, en esos momentos, donde nos reencontramos con la belleza de la literatura.

También de Tatiana Țîbuleac en ULAD: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

jueves, 2 de abril de 2020

Mircea Cărtărescu: El cuerpo. Cegador, II

Idioma original: Rumano
Título original: Orbitor, Corpul
Año de publicación: 2002
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Valoración: Muy recomendable

Decíamos en la reseña de El ala izquierda, primera parte de la trilogía Cegador, que “el pasado lo es todo, el futuro no es nada". No existe otro sentido del tiempo”. Tiempo, memoria, recuerdos y sueños son también el centro de El cuerpo, ligados (cómo no!) al cambio, ya sea individual o colectivo, y representados por la omnipresente mariposa, clara metáfora del mismo.

Tiempo, memoria, recuerdos y sueños que nos unen a otros seres (conocidos o desconocidos), a otros lugares (Nueva Orleans, Amsterdam, Tántava…), a otros tiempos (cien años atrás, quince años atrás, ayer, hoy…) y que forman, de manera a veces incomprensible para nuestro entendimiento, las sucesivas capas de nácar que nos componen a través de sueños ya soñados, de vidas ya vividas.

Así como en El ala izquierda el viaje nos trasladaba (en términos generales, eso sí) a la prehistoria de Mircea, autor de este libro ilegible (o, en palabras del narrador, un embrión engendrado en el útero triste de mi cráneo y de mi habitación y de mi mundo), y se centraba en la figura materna, en Cegador el viaje nos traslada principalmente a la infancia de Mircisor, a finales de la década de los 50 y principios de los 60 (aunque también con un pie en los años 80) en Bucarest, la ciudad más triste del mundo.

Pese a que en la primera de las tres partes de este El cuerpo reconocemos a Vasile Badislav, protagonista de la semibíblica huida de El ala izquierda o a Maria, también miembro de la tribu “primigenia” y protagonista de una bella y feérica historia, el núcleo central de El cuerpo reside en un Bucarest gris, absurdo y brutal, que es al mismo tiempo la puerta hacia otros posibles mundos, reales o imaginarios. Jugaremos aquí con la imagen de las alfombras tejidas por Maria, madre de Mircea, cuya capacidad de penetración le llevarán a un incidente descabellado con la Securitate. Y es que El cuerpo es una de esas alfombras capaces de contener todos los mundos y todos los cuentos y de ser para quien las teje una vía de escape de una realidad gris y deprimente. Encontramos en el una serie de historias, costumbristas y/o oníricas, y de personajes unidos por hilos tan tenues como los de las telarañas que pueblan las páginas del libro. Historias a medio camino entre lo costumbrista y lo onírico como la del fascinante e incongruente Herman, vecino vagabundo y clarividente de Mircea, o la de la artista de circo rusa llamada Katarina; historias puramente oníricas como la de Soile, niña delicada y carente de voluntad que nació con una tarántula por corazón, o la del también circense Vanaprashta Sannyasa; historias costumbristas, y por ello a medio camino entre el absurdo, la tristeza y el deslumbramiento / descubrimiento, como la de la Maria tejedora de alfombras, la del Mircisor pionero o la del securista Stanila.

Se cierra El Cuerpo con la que será una historia clave para la comprensión de El ala izquierda y El cuerpo (y supongo que para El ala derecha), una historia en la que vuelven a unirse lo costumbrista y lo onírico (con mayor peso de esto último). No doy más pistas.

Dicho todo esto, creo que quien no consiguiera entrar en su momento por el aro de Solenoide o de El ala izquierda tampoco lo hará con El cuerpo. Se trata de un libro con muchísimos elementos comunes a los dos anteriores, con buena parte de sus virtudes y con alguno de sus posibles “defectos” acentuados.

En cuanto a las virtudes, destacaría por encima de todos las siguientes:
  • El ritmo. Pese a la densidad de la escritura de Cartarescu, la narración fluye a un ritmo vertiginoso. Creo que Cartarescu es un magnífico contador de historias. Pero el mérito también ha de recaer, al menos en parte, en Marian Ochoa de Eribe, traductora habitual del bucarestino .
  • La parte “costumbrista”, historias magníficamente narradas que reflejan de forma al mismo nostálgica y desmitificadora el mundo perdido de la infancia.
  • La parte “filosófica”, esa en la que Cartarescu indaga sobre lo humano y lo divino
Y en cuanto a sus defectos, esta vez me ha dado la impresión de que alguna de las historias puramente oníricas estaban demasiado estiradas, que pecaban en cierto modo de reiterativas y que no aportaban demasiado al conjunto. Quizá esto último sea producto de la situación en la que nos encontramos, que le impide a uno concentrarse como es debido; quizá sea que he cometido la temeridad de releer antes El ala izquierda y casi 1000 páginas de Cartarescu “del tirón” sean “demasiado”. No lo sé, pero quizá no le hubiera sentado mal una pequeña poda a esa parte.

Pese a esto, las virtudes superan con creces a los posibles defectos y El cuerpo no decepcionará a los seguidores de Mircea, quien para mi es el mejor escritor vivo del mundo. He dicho.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Tatiana Ţîbuleac: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

Idioma original: rumano
Título original: Vara în care mama a avut ochii verzi
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

La experiencia literaria que, como lectores, vamos adquiriendo a lo largo de nuestra vida nos permite conocer, de manera rápida, cuando el estilo de una autora toca esas fibras sensibles que nos alertan y nos ponen sobre aviso de que hay que considerarla muy en serio. Que la lectura sirve para entretener, también, pero que sirve especialmente para reflexionar, para sentir, para emocionarse y dejarse llevar. Y no cabe duda que Tatiana Țîbuleac lo consigue con esta primera novela. Sobradamente. Porque estamos delante de un auténtico librazo.

Ya de entrada, sorprende la narración en esta obra por su estilo, en el que la autora utiliza un tono directo, crudo, desacomplejado y cruel, con unas primeras frases que hieren al lector en su primer contacto con la novela: «Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás».  Así, directamente, sin preámbulos ni preparación para lo que nos viene, entramos en la historia. Y quien narra es el joven Aleksy, despiadado e inestable, con problemas mentales y de comportamiento, irascible y desalmado, recordándonos un pasado que permanece en su memoria de manera bien presente, con detallado realismo y autenticidad, y nos conduce a recordar su último día de curso, cuando aún era joven y lo esperaba su madre a la salida del centro, una madre con una vida difícil y abandonada por su marido; una madre para quien solo tiene reproches y malas palabras, y una pésima opinión por su aspecto desaliñado: «Mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo». No parece haber un solo indicio de amor en esa relación, nada de complicidad; una ausencia absoluta de ternura y sentimiento y cierta dosis de un humor negro, propio de quien no ve futuro y únicamente encuentra consuelo tratando la vida como si todo fuera una broma, la gran broma antes de que todo estalle y se lleve para siempre una vida miserable, vacía y perdida.

A partir de ese comienzo, la autora introduce pinceladas del pasado para ver qué ha llevado a una madre y a su hijo a tener una relación tan deteriorada, tan exenta de afecto, tan desgastada hasta el punto de acercarse a un odio latente en cada uno de sus recuerdos. Y la autora se encarga de reafirmarlo con unos separadores entre capítulos que nos recuerdan que su sentimiento es ese y no otro, que no hay lugar para el cariño, que no hay espacio para una tregua; que no puede ver a su madre de distinta forma, que todo lo que ve en ella le hace aborrecerla, afirmando incluso que «los ojos de mi madre fea eran los restos de una madre ajena muy guapa». Este estilo tan brusco, tan cruel, tan áspero, que nos recuerda, en parte, a Agota Kristof, pues no vemos en él signos de simpatía o amabilidad, únicamente frialdad. Y, a pesar de ello, la oscuridad de la historia queda deslumbrada por la gran exquisitez de su narración, pues todos los detalles están cuidados en una elección precisa de las palabras. Nada impostado en un perfecto encaje entre crueldad y belleza. Porque la hay, de ambas cosas. Y mucha.

La historia que Tatiana Țîbuleac nos narra es la historia de Aleksy y la difícil relación con su madre, una relación maternofilial de odio y menosprecio, pero también es, por encima de todo, la historia de una redención y de nostalgia a un pasado no vivido, aunque sí soñado; nostalgia a una época donde aún quedaba tiempo, nostalgia al afecto no percibido, al amor de una madre que no llegó nunca, por causa de él, o de ella, o del infortunio que trajo una muerte a la familia demasiado pronto. Partiendo de los recuerdos del verano en el que pasó en compañía de su madre en un pueblecito de Francia, la autora va introduciendo la historia sucedida, en breves pinceladas de colores oscuros y algo tenebrosos, pero con una claridad omnipresente. El estilo de Tatiana Țîbuleac destaca por su inmensa intensidad narrativa, dominando el lenguaje y el tempo narrativo a la perfección. Porque las palabras van surgiendo del texto y nos llegan de manera directa, poética y tremendamente visible sin necesidad de forzar el lenguaje ni romper las costuras de un vocabulario escogido con precisión.

Con una prosa estilísticamente envolvente y de poética visualidad, la autora nos va contando lo que sucedió ese verano, y cómo los sentimientos del joven Aleksy y el odio manifiesto hacia su madre tornaron hacia sentimientos más cálidos, más tiernos y sensibles. Porque hay una transformación evidente, porque empezamos a entender lo sucedido, y el lector acompaña a Aleksy en esa mudanza, una mudanza sentimental, en la que el protagonista se desprende de las capas más duras de una personalidad forjada a través de infortunios y un gran desamparo. Y, ese cambio en Aleksy se traslada también al estilo narrativo, y vemos más ternura, más belleza, más luz y cariño. La autora nos acompaña, también estilísticamente, en ese proceso, un proceso de comprensión de lo sucedido que lleva al joven a recomponer la relación con su madre y, a la postre, también a la reconstrucción de la propia vida, que reconduce a pesar de tortuosos caminos, accidentes, desgracias que le llevarán a un presente al que desafía y combate para no repetir errores del pasado.

De esta manera, con delicada belleza e irremediable encanto, somos testigos de una historia de amor entre madre e hijo, a pesar de los malos momentos, a pesar de las tragedias, a pesar de las fatalidades, a pesar del odio latente, a pesar de ella, a pesar de él. Y el relato nos recuerda que, en el fondo y al final de nuestros días, a veces nos tratamos mal aún sin quererlo, sin saber el porqué o, aun sabiéndolo, sin suficiente motivo. Porque a menudo nos damos cuenta tarde, demasiado tarde, que lo que nos separa es mucho menos de los que nos une, y las decisiones tomadas lo son en base a unas circunstancias no siempre existentes de alternativas, que nos arrastran sin remediarlo, sin darnos cuenta, a una espiral de resquemor y recelo, desconfianza e incomprensión. Porque necesitamos buscar culpables ante los infortunios, alguien sobre quién cargar las tintas del desenlace en el que un azar travieso ha decidido escoger para nuestro futuro, alguien a quien responsabilizar de una desdicha demasiado grande para ser sobrevivida sin cicatrices ni muescas emocionales.

La historia que narra Tatiana Țîbuleac es una historia dura, triste, pero también tremendamente bella, que, envuelta de un halo repleto de nostalgia, penetra en nuestros sentimientos a medida que avanzamos en la historia. Porque en la sencillez de su relato y en el hermosísimo estilo de la autora, su belleza disfraza, pero no oculta, una tristeza inmensa que nos devuelve recuerdos de un pasado que pudo haber sido diferente, pero que las vidas de unos personajes carentes de afecto fueron incapaces de domar y evitar de esa manera un descarrilamiento hacia precipicios solitarios y fríos. Como ocurre en ocasiones, solo cuando ya es tarde, cuando el fin de acerca y la noche nos invade, logramos evitar trágicamente caer en la profunda oscuridad de una vida sin amor, sin ilusiones, sin esperanza. Una vida que, tal como afirma la autora en otro excelente fragmento del libro, transcurrió «dejando a su paso un rastro de miguitas de felicidad y llevándose, a cambio, una vida casi sin usar».

Esta es la historia de una larga y sostenida soledad, de una amarga existencia basada en la desconfianza, la tristeza y la cerrazón. Pero es también una historia de amor y redención entre un hijo y una madre, de perdón y aceptación de una vida larga y dura que, aunque a veces odiamos y no comprendemos, es la que el azar o la fortuna nos ha deparado, y a la que hay que verle la parte menos oscura para dejar que la luz de unos ojos verdes, como el color de la esperanza, abra una rendija por donde dejar filtrar la vida deseada.

También de Tatiana Țîbuleac en ULAD: El jardín de vidrio

viernes, 16 de noviembre de 2018

Premiados con el NOVEL de ULAD, primer puesto: Mircea Cartarescu: Nimic

Idioma original: rumano
Idioma de la edición: Edición bilingüe rumano/catalán.
Título original: Nimic. Poeme
Traducción: Xavier Montoliu Pauli
Año de publicación: 2010
Valoración: muy recomendable

En esta recopilación de poesías del autor rumano, ganador del premio Novel de ULAD 2018 según votación de lectores y reseñistas, Cărtărescu destaca por hacer poesía de las pequeñas cosas, buscando el encanto de la cotidianidad, la belleza en esos pequeños detalles que abundan en la vida de cada uno, si se tienen los ojos preparados y receptivos para verlos. De igual manera que Williams Carlos Williams (por poner un ejemplo conocido, más aun después de la película Paterson), el autor rumano se centra en lo particular, en lo aparentemente común, para destacarlo y darle su justo valor, siempre bajo su mirada, interpretando y observando la vida bajo el prisma de su experiencia, sus miedos y sus deseos, realzando la realidad cotidiana con un estilo accesible para todos los lectores, aunque sin apartarse ni un milímetro de la alta calidad propia del autor.

Así, con esta intención, la poesía de Cărtărescu no está adornada en exceso de florituras, incluso diría que, a pesar de ser poesía, su estilo es incluso más accesible que su prosa, menos arriesgada, más sencilla en apariencia; tal es así, que encontramos a menudo referencias a marcas de ropa, de coches, o incluso centra un poema en torno a un amor imposible hacia Natalie Wood; también aparecen frecuentes referencias a la música, muy presente en la obra cuando menciona a The Beatles o a The Dire Straits, incluyendo en partes de sus poemas fragmentos de canciones, nutriéndolos de sus letras directamente en inglés. Así, acercando la poesía también al lector no acostumbrado a este estilo literario, el autor sabe crear el ambiente para sorprender con su poesía libre, trazando un esbozo de realidades escondidas tras los hábitos de la cotidianidad. Por eso su poesía es bella, pues no requiere de un esfuerzo para entenderla; en ella nos podemos sentir identificados y nos llega de manera natural, casi sin pretenderlo.

Además de lo expuesto, y ya entrando en profundidad y si se conoce la obra del autor, este libro se disfruta también a otro nivel, pues además de la belleza de sus poemas, uno goza enormemente viendo en él los rasgos del Cărtărescu que vendría después, pues ya asoman en sus poemas las tendencias hacia lo onírico y su interés por la anatomía, aspectos muy propios del autor. Así, vemos esos rasgos en algunos versos de sus poemas al decir «sol de invierno, aire limpio, nubes sin sistema nervioso» (siempre esas notas de anatomía, como canal a través del cual penetrar en los sentidos, como un camino que nos conduce a nuestro interior), en un fragmento que podemos encontrar en el poema «Sol de invierno». También aparecen los habituales insectos, como cuando dice «bajo el radiador, un gran escarabajo negro mueve la pata y una antena, como yace de espaldas, medio liquidado» (en «Me parece que vivo la vida») o también en «todo es romper el capullo, convirtiéndose en mariposa» en «Hacia el Mihai Viteazul», en una cita a Thomas Mann.

Viniendo del autor rumano, y como no puede ser de otro modo en él, las poesías giran, a menudo, en torno al amor y al desamor, y el autor nos las narra desde esos pequeños espacios en los que vive, y a los que nos tiene acostumbrados tras la lectura de Solenoide o Cegador. La tristeza que destila el estilo de Cărtărescu asoma en sus poemas, afirmando «Triste (porque ya no creo más en el amor, en la poesía…)» en «Hacia el Mihai Viteazul» o cuando afirma «enloquezco de tristeza, no hay nadie en mi vida» en «Hojas verdes, luces de tránsito»; y la habitual soledad que transmite la literatura del autor, al escribir «tanta soledad feliz me has dado, Dios mío», en el poema «Cuando nieva, cuando nieva y nieva...»), esa soledad que transmite encerrado en su diminuto hogar y, siempre, dirigiendo su poética mirada hacia las ventanas de su piso, esas ventanas a un mundo del que intenta atisbar su significado, buscando una salida, afirmando que «por la ventana veo otros bloques encogidos y mojados» (en «Estoy tan triste») o también «En la cortina de la ventana un rectángulo dorado — nada más que el sol al crepúsculo. Miro hacia fuera: el sol quema por encima de unos bloques…» (en «Impresión») o «he pegado la frente al cristal, como en la adolescencia, he mirado todo lo que podía ver desde aquí» (en «De repente el otoño»).

Así, desde esas ventanas, con sus vistas a Bucarest, entre la nostalgia y la esperanza, y cierta añoranza a una ciudad que le antoja triste, decadente, abatida, afirmando que «estoy desproveído del amor, de enamoramiento en las espléndida suciedad de la ciudad» (en «Tristeza idimenticable»), pero nunca olvidando su amada Bucarest, siempre presente en su obra, en una clara declaración de nostalgia al mencionar «agosto sobre Bucarest como la mantequilla sobre el pan, como el hombre encima de la mujer», en «Tristeza idimenticable».

En resumidas cuentas, un libro más que recomendable para los numerosos seguidores del autor rumano, pues en él verán muchos rasgos característicos de la obra del autor que potenciaría y sobre los que profundizaría en sus novelas posteriores; no en vano, fue después de los poemas incluidos en esta recopilación que el autor se volcaría definitivamente a la novela y a la prosa, con la publicación de Nostalgia en 1993, manteniendo en sus relatos prosísticos el tono poético que siempre le ha acompañado. Pero no se trata únicamente de un libro para los numerosos fans de Cărtărescu, sino también para aquellos que desconozcan la obra del autor, pues el libro también es recomendable por la calidad propia de su literatura, por la búsqueda y exploración de la proximidad de lo narrado, por la cercanía emocional que despiertan sus versos, y por la profundidad escondida bajo un manto de aparente sencillez. Un acierto de la pequeña editorial Lleonard Muntaner Editor que espero que tenga traducción al castellano algún día, pues los fans de Cărtărescu, y la literatura en general, se lo merecen.

También de Mircea Cărtărescu en ULADEl ojo castaño de nuestro amorSolenoideEl LevanteLas bellas extranjeras¿Por qué nos gustan las mujeres?LuluNostalgiaEl ruletista, El ala izquierda. Cegador I

jueves, 11 de octubre de 2018

Ioan T. Morar: Negro y rojo

Idioma original: rumano
Título original: Negru și Roșu
Año de publicación: 2013
Traducción: Joaquín Garrigós
Valoración: recomendable

A riesgo de que la literatura sobre la Segunda Guerra Mundial se considere a todos los efectos como un tema oficialmente agotado, he de decir que Negro y rojo me parece un libro relativamente original en su planteamiento sobre el tema. Entendámonos: no se trata de nada aparatoso,  no hay cambios de perspectiva ni experimentos proclives a herir susceptibilidades, pero sí hay un elemento que (y esto no tiene ningún deje recriminatorio) no siempre ha disfrutado del plano que merece, que es que el holocausto tuvo también a la etnia gitana como objetivo cruel e implacable, que su planificación y ejecución no contó con la repercusión merecida, y que sus circunstancias tienen entidad por sí mismas y no deberían considerarse únicamente como un “apéndice” o un “complemento” que añade cifras espeluznantes a otras que ya lo son.  
Negro y rojo novela la vida de un militar, Georgian Nicolau, que llega a cambiar su nombre para borrar su rastro de raza gitana. Lo hace porque el color de su piel y de sus ojos ayudan a que su raza no se manifieste y lo hace porque manifestar la verdad planteará un obstáculo insalvable al desarrollo de su carrera militar. Esa decisión pasará de ser un acto estímulo de cierta ambición a un acto producto del instinto de supervivencia, pero Georgian no solo efectúa un giro en ese sentido. Como si se tratara de un progresivo desencanto, Georgian lo pondrá todo en duda y esa duda se consolidarà de forma implacable. La primera y la tercera parte de la novela se llaman igual: La traición. Georgian se dará cuenta de que una cosa es pretender progresar en la sociedad y otra muy diferente, camino que  no tomarà, que ese progreso pase por encima de la desgracia y los cadáveres de sus semejantes más cercanos.
Telón de fondo, el obvio. La colaboración del gobierno rumano con los nazis, la masacre de Odessa, la deportación a Transnistria, todos los hechos reales los sitúa perfectamente el autor y coloca ahí a Nicolau, en esa difícil situación, nudo de la novela, de ser un represor y un cómplice en la represión y el exterminio de sus semejantes. Situación que derivará, cuestión muy visible desde las primeras páginas, en un conflicto moral que Nicolau habrá de resolver, rodeado de amigos que son enemigos y entorno que puede acabar siendo delator.
Puede que esta novela acuse cierto tono folletinesco y que ese personaje de ética y rectitud puesta en tela de juicio por propia voluntad resulte excesivamente estereotipado en ese equívoco saco del servidor incondicional a la sociedad y a la autoridad, hasta que se da cuenta que ésta se ha carcomido y ha dado la espalda a la justicia y a la propia condición humana. En este sentido, Negro y rojo puede resultar excesivamente tópica. Pero a veces el contenido de las  novelas ha de prevalecer. Más repercusión y más sensación de deja vu tuvo “La luz que no puedes  ver” y Morar no ha tenido ni el Booker ni la promoción propia: al contrario, esta novela es traducida (con cierto aire algo anacrónico) y publicada por una pequeña editorial lejos del ruido mediático del mundo indie literario, con lo que, dentro de los parámetros del género y consciente de la enorme sombra que Cartarescu proyecta sobre la literatura rumana, no puedo dejar de recomendar echarle un vistazo.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Mircea Cărtărescu: El ala izquierda. Cegador, I

Idioma original: Rumano
Título original: Orbitor. Aripa stângă
Año de publicación: 1996 (Rumanía) - 2018 (edición de esta reseña)
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Valoración: Imprescindible


La imagen de un adolescente enfermizo y ojeroso contemplando, "como un sarcopto que excava canales en su piel de luz antigua", su propio reflejo y la ciudad de Bucarest desde la ventana de su habitación abre este primer volumen de la monumental trilogía “Cegador” y da una idea general de lo que en el encontraremos.

Porque “El ala izquierda” es un libro que parte del extrañamiento de uno mismo, una especie de autobiografía mítica, una profunda indagación en la propia identidad en la que memoria, recuerdo y nostalgia juegan un papel fundamental. Es, además, un paseo por un laberinto de espejos en un continuo realidad-alucinación-sueño separadas por membranas permeables, un libro tremendamente metafórico, plagado de imágenes y símbolos, de miedos atávicos y ritos ancestrales.

También podríamos definir “El ala izquierda” como el intento desesperado de responder a una pregunta tan sencilla y tantas veces planteada como “¿qué demonios sucede?”. Para averiguar qué sucede, quiénes somos o cómo hemos llegado hasta aquí, se hace necesario excavar en el pasado porque “el pasado lo es todo, el futuro no es nada. No existe otro sentido del tiempo”.

En esta excavación (utilizo excavación porque me recuerda a esos insectos tan recurrentes en la narrativa de Cărtărescu), el autor se remonta a los orígenes familiares casi míticos, con la huida (con tintes bíblicos) de sus antepasados desde Bulgaria a Rumanía.

Esta crónica familiar se detiene, en la segunda parte del volumen, en la figura materna. Esta parte de la narración es, digamos, la más convencional. Estamos en la sombría Bucarest de la Segunda Guerra Mundial y de posguerra y podría leerse como una novela de formación en la que asistimos a episodios clave de la juventud de la madre; episodios marcados por la guerra (bombardeos), la muerte, la devastación y el sexo. No obstante, también esta parte tiene sus momentos oníricos, como la historia del negro Cedric en Nueva Orleans o el turbador encuentro con una mujer encerrada durante años en una cabina de ascensor (y hasta aquí puedo leer).

La tercera y última parte de “El ala izquierda” parte de un recorrido por la Bucarest de los años 80, un Bucarest que se asemeja por momentos a míticos territorios literarios, y se centra en la figura del solitario y melancólico Cărtărescu, quien vuelve a sus recuerdos de infancia y adolescencia, recuerdos marcados por el descubrimiento del sexo y de mundos ocultos y desconocidos, como el de la azotea de la casa de Stefan cel Mare, en permanente metamorfosis. 

Estamos, en resumen, ante un libro crepuscular, grotesco y fascinante como el universo y como la mente humana, a medio camino entre la lucidez y la perversidad, con terribles analogías entre lo individual y lo total. Como decía al comienzo de la reseña, se trata de un libro muy metafórico (mucho),  que deja abiertas multitud de preguntas, multitud de dudas, y que, pese a todo, se lee con "relativa" facilidad. Porque si algo caracteriza la prosa de Cartarescu, además de su capacidad para reflejar los miedos y deseos más profundos e inconfesables del ser humano de cualquier época y lugar (y aquí vienen a la mente nombres como el de Kafka, Borges o Proust), es el ritmo. Creo que Cartarescu es un autor muy marcado por el fondo de sus textos y se nos olvida valorar que, pese a la complejidad de los mismos, su escritura resulta terriblemente absorbente y ágil.

Un único pero: ¡tenemos que esperar un año y medio para la segunda parte de "Cegador"!

P.S.: Lo dije en la reseña de "Solenoide" y lo vuelvo a decir: es algo totalmente subjetivo, pero el trabajo de Marian Ochoa de Eribe me parece complicadísimo e impecable.

viernes, 9 de marzo de 2018

Mircea Cărtărescu: El ojo castaño de nuestro amor

Idioma original: Rumano
Título original: Ochiul căprui al dragostei noastre
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2015
Valoración: Bastante recomendable

Leo en una web científica que en el cerebro humano hay más de cien mil millones de neuronas, que todas están conectadas entre sí a través de una compleja red de procesos nerviosos, que el mensaje de una neurona a otra es transmitido a través de diferentes transmisores químicos y que la entrega de mensajes tiene lugar en puntos de contacto especiales entre neuronas, llamados sinapsis.

No sé, pero esto me trae a la cabeza la obra de Mircea Cărtărescu. Me resulta, después de haber leído ya unos cuantos libros del rumano, una imagen muy acertada para definirla. Y es que su obra, o buena parte de ella, podría ser un conjunto de neuronas interconectadas, con páginas o capítulos que vendrían a ser "sinapsis literarias". Me ocurrió cuando leí "Solenoide" y "Nostalgia", cuando leí "Lulu" y "Nostalgia" y lo mismo después de leer "El ojo castaño de nuestro amor", que vendría a ofrecer llaves de acceso a un mayor "uso y disfrute" de toda la obra cartaresquiana. 

Se trata éste de un libro en el que Cărtărescu reúne una veintena de textos, a medio camino entre el diario, el ensayo o el relato puro y duro, que muestran algunas de las claves o de los orígenes de las ya citadas obras.

Abre el libro "Ada-Kaleh", especie de paraíso perdido, que constituye uno de los más hermosos textos del volumen y uno de los más puramente "relatísticos". Pero, a medida que avanzamos en los textos, el tono de estos cambia, pasa a ser más "ensayístico", y Cărtărescu disecciona, entre otros temas, la literatura, la cultura o el pueblo rumano y la influencia que estos han ejercido sobre su tarea de escritor.
"He madurado entre ruinas, he estudiado entre ruinas, he amado entre ruinas, soy un constructor de ruinas"
Dentro de estas reflexiones acerca de la cultura rumana, llama especialmente la atención la desmitificación del desierto cultural de la Rumanía comunista, pese a dibujar una Rumanía lastrada por una violencia y una tristeza sin límites en los años 70 y 80. Nos cuenta Cărtărescu que la literatura de esa Rumanía que a él le tocó vivir estaba impregnada de todas las modernidades de su tiempo, influenciadas por la gran tradición europea, lo cual se puede apreciar en la obra del bueno de Mircea. Interesantes son también, en esta vertiente ensayística, las aportaciones del autor a la idea de Europa y el repaso que da al arte en general y a la literatura en particular.

En la parte más "personal" del libro, Cărtărescu vuelve sobre sus obsesiones personales, sobre los sueños que tanto le han marcado (buena muestra de ello son "Nostalgia" o "Solenoide"), nos recuerda sus inicios en la literatura, sus influencias (Proust, Kafka, Nabokov...), etc. Pero sobre todo, vuelve a mostrarnos potentes imágenes que poblarán toda su obra, con mención especial a esa primera infancia marcada por la relación con su madre y hermano (ay, ese situs inversus especular!).

Por todo lo anterior, creo que se trata de un libro que disfrutarán en mayor medida quienes ya se hayan acercado a la obra del rumano, lo que no quita que sea también una buena opción para quien quiera entrar en el universo de Cărtărescu, ya que este "El ojo castaño de nuestro amor" puede y ha de ser leído tanto como una pequeña mitología personal como un mapa de un tesoro aún por descubrir.

Muchos más libros de Mircea Cărtărescu en ULAD AQUÍ

martes, 21 de noviembre de 2017

Mircea Cărtărescu: Solenoide

Título original: Solenoid
Idioma original: Rumano
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2015
Valoración: (Casi) imprescindible

Dice la crítica seria y especializada que esta es la obra cumbre de Cartarescu. A ver. Igual es algo aventurado, sobre todo si tenemos en cuenta que Cartarescu tiene unos 60 años y aún le quedan unos cuantos libros por delante, ¿no? Lo que sí que puedo decir es que se trata de su obra más ambiciosa hasta el momento (o, al menos, de lo que yo he leído), un compendio de todo su universo literario en versión extendida. 

Es un libro que no me atrevería a recomendar a nadie como punto de partida para adentrarse en la obra del rumano. Sus casi 800 páginas y su peculiar mundo hacen aconsejable acercarse a "Solenoide" tras alguna que otra experiencia en el mundo cartaresquiano. 

Pero vayamos al grano. Creo que estamos ante uno de los libros del año. Sin más. Por su originalidad, por su atrevimiento y por llevar casi al límite aquella frase de Pío Baroja, extraída de sus "Páginas de autocrítica", en la que decía que la novela es un saco donde cabe todo. 

A grandes rasgos, podríamos decir que "Solenoide" es una novela sobre el extrañamiento de uno mismo y del mundo que le rodea, una novela dual, realista y onírica a partes iguales. Y es que su protagonista es, así mismo, un ser dual; de día es un gris profesor de Lengua Rumana es un no menos gris colegio del extrarradio de la ya de por sí gris Bucarest, ciudad museo de la melancolía y de la ruina, y de noche es "simplemente" un hombre asediado por miedos, sueños y alucinaciones.

El libro son los cuadernos que va escribiendo su protagonista a lo largo del tiempo, en los que hace un repaso a toda su vida, determinada siempre por decisiones (propias o de terceros) conscientes e inconscientes, desde la infancia a la madurez, pasando por una adolescencia marcada por su estancia en un terrible sanatorio para tuberculosos, por su compulsiva afición a la lectura y por un doloroso rechazo a su primera obra literaria. Tal y como dice el propio escritor-lector-personaje de los cuadernos, estos son informes sobre sus propias anomalías escritos con el único objetivo de intentar comprender.

Como comentaba anteriormente, los cuadernos tienen dos vertientes. Una de ellas es diurna y correspondería a su monótona vida como profesor en un colegio de primaria, lleno de piojos y liendres; bichos reales y presentes en las primeras páginas del libro, metafóricos y terribles más adelante. El retrato de la Rumanía de los años 60-70 y 80 es devastador. Es el retrato de una soledad sin esperanza, de una vida con miedo, de una realidad que se ha convertido en la más abrumadora de las prisiones, en la que "todos somos ácaros ciegos pululando en nuestra mota de polvo en un infinito desconocido". Esta parte más realista me parece, sencillamente, brutal. Las páginas que reflejan la soledad, el dolor, el absurdo y el vacío son de lo mejor de la obra de Cartarescu.

La otra vertiente, llamémosla nocturna, es fruto de los miedos, sueños y alucinaciones de su protagonista. Pese a estar íntimamente relacionada con la parte realista, ya que procede del dolor "del día", podría leerse como una novela diferente. Sería, en este caso, una novela onírica, con una potente carga alegórica y metafórica, en la que los sueños del protagonista no constituyen otra cosa que planes de huída de la realidad. Esta parte es más compleja para el lector. Los extraños y terribles sueños están narrados con gran detalle, sobre todo en su aspecto más "técnico", y, en mi opinión, entorpecen un tanto la agilidad de la lectura.

En cualquier caso, se trata de un grandísimo libro, que trae a la mente, además de obras anteriores de Cartarescu (Lulú, Nostalgia...), a Kafka, con millones de insectos y parásitos como metáfora del mundo, a Borges o al Sábato de "Sobre héroes y tumbas". Palabras mayores, oigan.

P.S.: No quisiera acabar la reseña sin destacar el trabajo de Marian Ochoa de Eribe, traductora habitual de Cartarescu. El texto, sobre todo en su parte más onírica, está plagado de tecnicismos y de detalles e imagino que el esfuerzo debe haber sido ímprobo.

Otras obras de Cartarescu en ULAD AQUÍ

lunes, 13 de junio de 2016

Constantin Virgil Gheorghiu: La hora 25

Idioma original: rumano (o francés)
Título original: Ora 25 (La vingt-cinquième heure)
Año de publicación: 1949
Valoración: Muy recomendable


La hora 25 (novela escrita originalmente en rumano, pero publicada por primera vez en traducción francesa) es una novela épica y trágica, autobiográfica y filosófica. Es un retrato de un tiempo (los años 40 del siglo XX) en que el hombre, el individuo, parecía destinado a desaparecer sepultado por las grandes ideologías y por la evolución técnica. Esa es, al menos, la tesis del libro, que se centra en el sufrimiento de los inocentes, para intentar demostrar que nos encontramos en la "hora 25" de la Humanidad, la hora en la que se ha perdido toda esperanza.

Los protagonistas de la novela son tres personajes de una pequeña localidad rumana. Uno de ellos, Iohann Moritz, es denunciado como judío por un comisario que quiere seducir a su mujer, y comienza así un calvario (la palabra no es casual, porque Johann Moritz es el símbolo del mártir en sentido absoluto) que lo lleva a un campo de concentración en Rumanía; después a Hungría y a Alemania, adonde es llevado como "trabajador extranjero voluntario", y donde posteriormente es apresado por los soldados estadounidenses después de la liberación por considerarlo colaboracionista del régimen nazi. Por su parte, Alexandre y Traian Koruga representan respectivamente al clero, preocupado por el bienestar de su pueblo, y al intelectual humanista, que también sufren la persecución de un sistema burocrático y mecanicista.

Hay mucho en la novela de autobiográfico; de hecho, Traian Koruga es hasta cierto punto un alter ego del escritor, con quien comparte no solo parte de la biografía (attaché cultural de la embajada rumana en Zagreb, Gheorgiu se exilió tras la llegada del ejército ruso, fue detenido por los estadounidenses y confinado en un campo durante dos años) sino sobre todo la visión trágica de la historia. Según esta visión, el avance de la sociedad mecánica occidental, y las ideologías nazi, comunista y liberal-capitalista (aunque Gheorgiu no las nombre así) ha llevado a la humanidad a un punto sin retorno, a una "hora 25" en la que los inocentes han sido aniquilados y ya no existe esperanza de salvación.

No hay, de hecho, en la novela, una visión dualista de la Segunda Guerra Mundial: se muestra, sí, la deportación de los judíos, la brutalidad de los campos, el exterminio nazi y su imperialismo belicista. Pero también la violencia del ejército rojo, especialmente contra las mujeres; el egoísmo de algunos judíos, capaces de abandonar a otras posibles víctimas por su salvación personal; y la ceguera de los vencedores, que declaran culpable a la población de países enteros y actúan con ellos con la misma inhumanidad de los vencidos. Hay a lo largo de la novela varias escenas kafkianas (y al mismo tiempo de una gran crudeza realista) en la que el poder, representado por burócratas, militares o médicos, se muestra incapaz de comprender o dar respuesta al individuo, al que no siquiera consigue ver, como si fuera algo demasiado pequeño para ser captado: un engranaje sustituible de una máquina enorme.

Solo los tres protagonistas, víctimas aplastadas por la historia, se comportan de una forma ética y hasta heroica, dentro de las circunstancias a las que la vida les conduce. Quizás el propio Gheorgiu no fuese siempre tan heroico ni tan ético en su propia vida (en los años 50 salieron a la luz unos artículos antisemitas escritos en la época del colaboracionismo rumano con los nazis), pero con su obra, y sobre todo con el personaje de Johann Moritz, creó un símbolo del ser humano inocente aplastado por un poder implacable. La hora 25 merece ser leída, por eso, no solo como un reflejo de una época oscura, sino como una advertencia contra la deshumanización de una sociedad burocratizada y tecnificada. Aunque solo fuese por eso, merece seguir siendo leída ya en este siglo XXI en el que nos encontramos.

sábado, 11 de julio de 2015

Mircea Cărtărescu: El Levante

Idioma original: rumano
Título original: Levantul
Año de publicación: 1990
Valoración: Raro

Como llevo en este blog desde el principio, y ya debo de haber publicado algunos centenares de reseñas, me puedo permitir usar valoraciones que se salen de la escala "Imprescindible - Muy recomendable - Recomendable", etc. Porque, la verdad, El Levante de Mircea Cărtărescu me ha dejado una sensación parecida a la de algunas novelas de Pynchon: la de que he asistido a una broma privada que no he terminado de entender del todo, y puedo o bien quedarme sonriendo como un tonto, como si la hubiera entendido, o bien decir: "pues no lo pillo" y arriesgarme al ridículo y la humillación.

En realidad, no es que no entienda de qué va El Levante: es una especie de recreación posmoderna de las epopeyas clásicas, de las novelas bizantinas de aventuras o de los poemas épicos románticos, aplicados a la nación rumana en un momento en el que esta estaba todavía bajo el régimen de Ceaucescu y en la que una épica de liberación nacional tenía por lo tanto un significado añadido. Así, en El Levante tenemos un héroe, Manoil, que busca regresar a su patria, y que en el camino se encuentra con piratas, ladrones, gitanos, diosas aladas, esferas mágicas y multitud de aventuras contadas en prosa y en verso (al menos en la versión ahora publicada, en traducción de Marian Ochoa de Eribe, por Impedimenta).

Mi problema es que este argumento de aventuras bizantinas no ha conseguido atraparme, me ha resultado completamente ajeno, y aunque sé reconocer lo que tiene de magnífico ejercicio de libertad creativa y de imaginación deslumbrante, no le he terminado de entender la gracia. Quizás existan juegos literarios, poéticos, históricos que a mí se me escapan; tal y como está, confieso que algunas páginas las he leído por encima, y muchos de los poemas no he sabido apreciarlos, ni siquiera como posible parodia del estilo ampuloso de las épicas nacionales.

Así, las partes del libro que más me han gustado, y con las que me he sentido más identificado, han sido las más posmodernas: aquellas en las que el autor habla al lector, muestra la tramoya del proceso de escritura (su máquina de escribir Erika en la cocina del pequeño apartamento que comparte con su mujer); aquellas partes en las que juega con las referencias anacrónicas o hace que los propios personajes sean conscientes de su carácter ficticio... Toda esa autoconsciencia del texto, que está, claro, ausente de los modelos literarios que El Levante parodia, es lo que la hacen más valiosa a mi parecer.

En fin, no sé si recomendaría este libro. Es una rareza, una de las creaciones más originales que he leído en mucho tiempo, y estoy casi seguro de que nunca habría llegado a traducirse al español si no llega a ser por el éxito del resto de las obras de Cartarescu. Sugiero que lo compren los que ya hayan leído y admirado otras obras del autor rumano (como Las bellas extranjeras o Nostalgia, por ejemplo); o aquellos que aprecien las bromas literarias ligeramente pedantes, aunque no terminen de entenderlas.

Más de Mircea Cartarescu en ULAD: Aquí

jueves, 3 de julio de 2014

Mircea Cărtărescu: Las bellas extranjeras

Idioma original: rumano
Título original: Frumoasele străine
Año de publicación: 2010
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Valoración: muy recomendable

No puedo evitar entrar un poco en terrenos, erm, pantanosos. Me pilla la lectura de este libro en plena publicación de los datos de desempleo concernientes al primer trimestre en el estado español. Con un crecimiento del empleo que, calculadora en mano, viene a representar que se tardarían unos cinco siglos en recuperar los cinco millones largos de empleos que hacen falta. 

Y las series españolas más rancias siguen riéndose de los rumanos que acuden a España a por trabajo.

Mircea Cărtărescu usa un espléndido sentido del humor para reflejar esa especie de acomplejamiento al que ciertos estados han sumido a los ciudadanos rumanos, y yo empiezo a albergar el convencimiento de que pronto serán los españoles los que acudan a Rumanía a emplearse en aquello que a los rumanos no les apetezca hacer. 

Pero centremos la cuestión. 

Si Las bellas extranjeras se separara de los otros dos relatos que le acompañan aquí, tendría, quizás, no una entidad de novela primordial, pero ahí andaría. Indudablemente Ántrax, primer relato, y El viaje del hambre, tercero y último, parecen hacer las veces de prólogo y epílogo de la prolongada pieza principal, que es la que titula el libro: 180 páginas de experiencias en París (con oportunas e inspiradas divagaciones por la rememoración de otras situaciones) en las que el escritor rumano se muestra en plenitud de forma. Lo cual es mucho decir: lo que manifiesta Cărtărescu a través de su escritura me resulta difícil definirlo como otra cosa que, parafraseando a Calamaro, Honestidad brutal. Es un escritor consciente de pertenecer a un mundo literario casi desconocido. De no ser retribuído como las grandes firmas que menciona como referencias. De ser juzgado por su aspecto: escasa estatura, frondosa melena negra en la que las canas no afloran, lo cual le frustra. Puesto en duda incluso por sus compatriotas. Pero su respuesta como escritor es: seguir escribiendo, con tesón, con convicción, sin recato ni pudor alguno (salvo la curiosa costumbre de no usar malsonancias, o disimularlas con el uso de los puntos suspensivos). Y esta condición se filtra en su obra, y no sé a qué lector no le producirá empatía esa manera jocosa de referirse a ella, de lamentarse de sus precarias condiciones económicas, de la escasa asistencia a esos actos que Las bellas extranjeras (engañoso nombre atribuido al grupo de doce escritores rumanos que se pasean por París, entre eventos literarios de poco renombre) protagonizan. A sus pírricos y platónicos triunfos con las contadas admiradoras femeninas. Cada uno de sus párrafos, cómo enumera sus andanzas, cómo se regodea en su insignificancia, solamente agranda su condición de brillante cronista. Muy a tener en cuenta.

Más de Mircea Cartarescu en ULAD: Aquí

jueves, 5 de junio de 2014

Mircea Eliade: Tiempo de un centenario

Título original: Tinereţe fără de tinereţe
Idioma original: rumano
Año de publicación: 1976
Valoración: Muy recomendable







Puede decirse que Mircea Eliade habitó el siglo XX casi de principio a fin. Nacido durante la primera década, estuvo muy cerca de alcanzar la última.

Estudioso de mitos y religiones, apasionado por la filosofía, encontró en el género fantástico la forma de satisfacer y expresar su inquietud por lo trascendente. Esta novela corta fue escrita cuando rondaba los setenta años, la misma edad que otorga a su protagonista en el instante que inicia su epopeya. Al misterio que envuelve el argumento, se añade el que deriva de la parquedad con que este se trasmite. En la primera escena, Dominic Matei es alcanzado por un rayo, a continuación debe permanecer algún tiempo en la unidad de quemados de un hospital. Está en coma, aparentemente no ve ni oye, pero pronto eso deja de ser cierto y comienza a ser consciente de todo cuanto ocurre a su alrededor. Llega un momento en que incluso es capaz de comunicarlo mediante sutiles movimientos que los médicos reciben con entusiasmo y sorpresa.

A medida que conocemos sus andanzas, nos vamos dando cuenta de que el accidente, no solo ha respetado su vida, también le ha beneficiado hasta límites increíbles. En dos aspectos concretos, el vigor físico y la apariencia –propios de alguien mucho más joven, que darán lugar a una longevidad considerable– y la sabiduría, que aumentará casi alarmantemente. Empieza a comprender en profundidad todas aquellas materias que le habían interesado hasta el momento y a dominar idiomas que antes solo conocía de forma superficial.

Este arranque promete una divertida trama de ciencia ficción repleta de aventuras y da a entender que el personaje sacará provecho de sus privilegios pues el autor forzará las posibilidades que estos prometen e indagará hasta el límite en sus causas y consecuencias. Pero en manos de Mircea Eliade estas expectativas no tienen mucho sentido pues lo que realmente le interesa no es construir un artefacto trepidante con el objetivo de entretener a los lectores, sino introducirnos en su particular universo, investigar sobre la materia de que estamos hechos, profundizar en nuestra naturaleza personal y social colocando en el microscopio la personalidad que el mismo ha creado, permitiendo que se desarrolle en el tiempo sin forzar conductas ni interesarse por aspectos que considera irrelevantes.

Desembocamos así en situaciones mucho más sencillas de lo que imaginábamos, guiados por una sobriedad argumental que, siendo la del personaje, no es más que un reflejo de la del novelista. Y, sin embargo, no se pierde el factor sorpresa, al contrario, lo que recibimos es, sin duda, más jugoso de lo que podríamos esperar y de lo que hubiésemos encontrado tras un desarrollo convencional del planteamiento. A través de las vicisitudes de Matei –incluso de las peripecias más novelescas, de los escarceos persecutorios y los remedos de espionaje– comprenderemos que la gran bicoca no es tal, de que, por desgracia, se ve obligado a ocultar su situación, de que la longevidad conlleva una soledad monstruosa pues los científicos, únicos cómplices de su forzosa aventura, van desapareciendo, de que la eterna juventud acaba siendo tediosa y la mayor de las sabidurías aleja a quien la posee de sus semejantes ofreciendo, como contrapartida, escasos efectos prácticos.

En resumen, un conglomerado de elementos hábilmente integrados para componer un volumen que, bajo el aspecto de ciencia ficción, realiza un compendio de los principales mitos que han sobrevolado las civilizaciones humanas y muestra con bastante claridad las preocupaciones filosóficas, y hasta humanas, de Eliade. Francis Ford-Coppola rodó en 2007 su versión cinematográfica, distribuida en España en formato DVD bajo el título de El hombre sin edad.


Del mismo autor: Lo sagrado y lo profano

domingo, 6 de abril de 2014

Zoom: El Ruletista de Mircea Cărtărescu

Idioma original: rumano
Título original: Ruletistul
Año de publicación: 1993
Valoración: Muy recomendable

En realidad, con esta reseña estoy haciendo ligeramente trampa, porque Izas ya reseñó Nostalgia, el volumen de relatos en el que está incluido este del que vengo a hablar hoy; pero me decido a escribir este zoom por dos motivos: primero porque la reseña de Izas no hablaba en concreto sobre este cuento, que me ha parecido más que notable; y además porque Impedimenta, por motivos literarios y también quizás comerciales, ha decidido publicar "El Ruletista" separadamente, con un breve prefacio de la traductora, Marian Ochoa de Eribe. (Se puede alegar, en defensa de esta decisión mía y de Impedimenta, el que de hecho El Ruletista fue censurado por el régimen de Ceaucescu en la primera edición de Nostalgia, inicialmente titulado El Sueño, lo que hace que el relato gane una vida propia diferente de la del resto del volumen).

Confieso que en las primeras páginas del relato pensaba que me iba a decepcionar: el texto comienza con la presentador del narrador, un anciano amargado que reflexiona sobre la vida, la muerte, la vejez y la escritura. "Vaya", he pensado, "si esto es Memorias del subsuelo..." Estas primeras páginas incluyen también la transcripción de un sueño del narrador, algo que, según me entero gracias a la introducción del libro, es algo característico de Cărtărescu y de otros escritores de su generación. Vamos, que no me estaba enganchando demasiado, aunque se veía que lo mejor estaba por llegar

Y efectivamente el relato cambia radicalmente cuando entra en escena el Ruletista: un despojo más que un hombre, dispuesto a arriesgarse a perderlo todo cada noche, y capaz de ganar, siempre, cada noche, en su apuesta con el azar y el destino. A partir del momento en que se nos presenta el personaje principal, el relato se convierte en un crescendo magníficamente llevado, que atrapa y cautiva hasta el desenlace, tan inesperado como necesario, y que hace que las 56 páginas que tiene este librito se hagan cortas.

El narrador vuelve a primer plano en las últimas páginas, para dar todavía una vuelta de tuerca a sus reflexiones iniciales sobre la vida, la muerte, la vejez y la escritura, pero esta vez ya no resulta cansino sino pertinente. No sé si el relato habría sido mejor o peor con un narrador menos intrusivo que este; lo que sí sé es que tal y como está, el cuento resulta redondo.

Vamos, que los lectores tienen dos opciones: o comprarse este relato publicado independientemente, o, por un poco más, comprarse Nostalgia y leer todo el volumen; lo que está claro es que, de una forma o de otra, no deberían dejar de leer a Cărtărescu.
 
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