jueves, 13 de mayo de 2021

Usumaru Furuya: El club del suicidio

Idioma original: japonés

Título original: Jisatsu Sākuru 自殺サークル

Traducción: Marc Bernabé

Año de publicación: 2001

Valoración: Turbio


No sé si alguien se ha dado cuenta, pero en cuestión de libros disfruto bastante metiéndome en terrenos que no conozco. Si además tengo que escribir una reseña sobre algo que para mí es totalmente nuevo me siento flotar en una atmósfera de libertad absoluta, como un recién nacido que pudiese opinar sobre el mundo que acaba de descubrir. Pienso que los lectores serán indulgentes con mis tonterías, que mi inocencia será salvoconducto suficiente para que todos rían mis ingenuidades y toleren de buen grado cualquier cosa que diga. Luego quizá no sea así, pero esa es mi disposición inicial, y las posibles críticas las aceptaré de buen grado (como siempre) y me afectarán poquito o nada. Esta vez he descubierto algo que nunca había tenido entre manos y puede que nunca vuelva a catar: el manga.

El club del suicidio, como su propio título parece indicar, no es precisamente un manga para niños, tal vez ni siquiera para adolescentes, aunque por el carácter fantasioso que se descubre poco a poco puede que tampoco tenga la carga peligrosa que en principio anuncia. Al parecer, se trata de una versión libre de la película del mismo título, o más bien una recreación a partir de su primera escena: el suicidio colectivo de cincuenta y tantas chicas lanzándose bajo las ruedas del tren en la famosa estación de Shinjuku. La historia se desarrolla en torno a Saya Kôda, que milagrosamente sobrevive a la masacre y que iniciará (o continuará) lo que parece un extraño proceso autodestructivo. Para asombro y rabia de su mejor amiga, Saya transita, de momento, por distintos niveles de los trastornos de comportamiento más escabrosos, como las autolesiones o la prostitución como forma de obtener la mayor degradación personal.

El relato resulta desasosegante, mezclando en proporciones cambiantes elementos realistas y otros algo más fantasiosos. Desde la primera de las perspectivas, nos sumergimos en ese mundo complicado de la psicología adolescente: amistades que ocultan rencores insospechados, grupos inquietantemente uniformes, relaciones tóxicas. En fin, que tampoco nos vamos a poner demasiado graves, estamos en esa etapa complicada en la que se asienta la personalidad y donde, como ya sabemos, algunos caminos llevan a terrenos bastante peligrosos, no digamos en la era de internet.

Sin embargo, la historia gira lentamente hacia terrenos todavía más problemáticos y de mayor confusión, partiendo del control mental y el vaciamiento de la personalidad para llegar, de forma muy gradual y tampoco muy clara, a lo que más parece algún tipo de posesión paranormal (por lo que he podido ver en otros productos japoneses, esto de los intercambios y alteraciones de la personalidad parece que por allí gusta bastante). Curiosamente, este giro le resta dramatismo al relato porque lo descarga de aquellas terribles tendencias de adolescentes reales para acercarnos al campo de lo inverosímil, y está claro que resulta menos perturbador presenciar actos movidos por los hilos de fuerzas sobrenaturales que si responden a situaciones potencialmente reales.


En el aspecto gráfico (que sé que es algo que siempre valoran mis compañeros en este tipo de textos) la verdad es que no veo mucho que decir. He visto en este blog libros con ilustraciones realmente llamativas, a veces por su belleza, otras por su sordidez o su creatividad. En el caso de este manga no detecto nada digno de mención, el dibujo es bastante simple y apenas transmite un halo de frialdad, nada adicional al propio relato, si acaso en la última parte parece moverse hacia imágenes algo más simbólicas.

Como decía al principio, reconozco que no me muevo con comodidad en este terreno. A veces me parece estar buscándole cualidades narrativas o fundamentos filosóficos a Zipi y Zape. Un libro como este no deja de ser una opción más, tiene su punto curioso, es cómodo y rápido de digerir, y en este caso plantea algunas cuestiones bastante delicadas. Quizá habría que conformarse con eso y disfrutarlo en lo que se pueda. Porque, oiga, de todo se puede sacar algún partido.


miércoles, 12 de mayo de 2021

Natalia Ginzburg: Me casé por alegría

Idioma original: Italiano
Título original: Ti ho sposato per allegria
Año de publicación: 1966
Traducción: Andrés Barba Muñiz
Valoración: Recomendable


Que la voz narrativa de Natalia Ginzburg es poderosa no es algo nuevo en este blog aunque sí lo fuera para mí y por eso no era la primera vez que alguien me la recomendaba encarecidamente. Así que aprovechando mi inclinación por la dramaturgia —entiéndase como leer teatro— decidí acercarme a ella a través de su primera pieza del género que además ha resultado ser la más aclamada.

Resumen resumido: Giuliana y Pietro se conocieron hace un mes y ya están casados sin que nadie (ni tan solo ellos) pueda dar una explicación lógica que justifique tal premura. Giuliana, de origen humilde y temperamento volátil e impulsivo no parece a todas luces la pareja ideal para el templado y prometedor abogado. La madre y la hermana de Pietro les harán una visita que puede ser la prueba de fuego para el peculiar matrimonio.

En poco más de cien páginas la autora nos sumerge en el micro universo de la burguesía italiana a través, sobre todo, de la mirada de Giuliana que es (como poco) excéntrica. Ella y su cháchara casi incesante con Pietro o con su criada, Vittoria, es como un arroyo cantarín que despierta la curiosidad del lector para seguirlo a lo largo de su curso errático e impredecible.
«(…) Estuvimos viviendo juntos diez días, hasta que volvió Elena. En esos diez días no paré de preguntarle todo tipo de cosas: “¿Te parece que tengo estilo?”. Y él me decía: “No”. Él tampoco creía que yo tuviera estilo, pero con él no me importaba. Le decía todo lo que se me pasaba por la cabeza, no callaba ni un minuto, y él de vez en cuando me decía: “¿Pero no te vas a callar ni un minuto? ¡Tengo la cabeza como un bombo!”».
Me casé por alegría es una obra que no deja indiferente aunque parezca que todo lo que se pueda decir de ella ya está dicho: la maestría en la construcción de los personajes (sobre todo los femeninos), la viveza e hilaridad de los diálogos o la reflexión que suscita acerca de los mecanismos de la felicidad y las convenciones sociales impuestas. Por no hablar de cómo la autora se centra en un micro universo cotidiano para referirse a las grandes cuestiones humanas, cosa que me fascina siempre. 

Pero todo esto ya se ha dicho.

Sin embargo, cuando Me casé por alegría se publicó hace cincuenta y cinco años, ¿cómo fue recibida entre la burguesía provinciana italiana? Probablemente muchos la vieran como una obrita ligera y sin más pretensiones que escandalizar y hacer reír pero, desde mi punto de vista, es un torpedo a la línea de flotación de todo lo que en aquel momento se consideraba lo correcto. Solo que Natalia Ginzburg, que es muy lista y juguetona, le dio esa pátina de superficialidad para que su crítica más que mordaz pudiera pasar por un simple divertimento a pesar de que estaba tratando cuestiones como la pobreza, el suicidio, la locura, el aborto, el maltrato psicológico y el abandono, el clasismo, la decadencia de la burguesía, etc. Y ahí está, desde mi punto de vista, su interés.

¿Y hoy? ¿Creemos de verdad que estamos lo bastante avanzados y evolucionados, y que tenemos una mente lo suficientemente abierta como para no sentirnos apelados por la desfachatez con la que esta obra se burla de las convenciones? ¿Acaso no estamos nosotros también obsesionados por adaptarnos a ciertos cánones auto impuestos que nos hacen infelices? Sin embargo Giuliana y Pietro rompen con todo y no parecen necesariamente abocados al desastre o a la exclusión social. Por eso creo que lo que Natalia Ginzburg trataba de decirnos es que no está todo perdido.

martes, 11 de mayo de 2021

Ngũgĩ Wa Thiong'o: Luchar con el diablo

Idioma original: inglés
Título original: Wrestling with the Devil
Traducción: Josefina Caball (ed. en catalán). Sin traducción al castellano de momento.
Año de publicación: 2017
Valoración: entre recomendable y está bien

Considerado uno de los grandes escritores africanos actuales, la obra de Ngũgĩ wa Thiong’o se desarrolla principalmente en torno a la denuncia sobre la falta de libertades, a la crítica del sistema opresor contra las minorías y a la defensa de unos ideales enraizados en la defensa de las lenguas oprimidas por el ansia de las culturas colonizadoras que someten y ejercen presión sobre territorios ajenos.

El libro que nos ocupa es un ejemplo de la literatura de Thiong’o, pues ya desde las primeras páginas denuncia la situación en la que se encuentra, indicando su estancia en una prisión, el 12 de diciembre de 1978, combatiendo el insomnio recostado en la incomodidad de un colchón, escribiendo en una hoja de papel higiénico y afirmando que «ocupo la celda 16 de un bloque donde hay dieciocho presos políticos más. Aquí no tengo nombre. Sólo soy un numero en un expediente: K6,77».

Así, desde el presidio de máxima seguridad de Camita, una de las mayores de África, Thingo’o nos narra el motivo de su encarcelamiento en una prisión que le demuestra «aquello que tendría que haber sido obvio: que el sistema carcelario es un instrumento represivo en manos de una minoría que gobierna para garantizar la máxima seguridad para su dictadura de clase por encima del resto de la población». Thiong’o es consciente del poder de la prisión y de su cultura represiva, porque «no necesito mirar por la puerta para saber que el guardia me vigila. Lo noto en los huesos» en una brutal invasión del espacio íntimo, vigilado 24h al día por un guardia que le sigue a todas partes, con la luz de la habitación siempre encendida incluso de noche para poder ser vigilado. Un lugar lúgubre del que afirma que «el estado me ha enviado aquí para que mi cerebro se me derrita y se me pudra» en su intento de conseguir que ceda de sus ideales políticos, tras haber sido secuestrado y detenido por parte de la policía por haber escrito una obra de teatro. Y, como ya hacía también Erri De Luca en «Imposible», Boochani Behrouz en «Sin más amigos que las montañas» o incluso el gran Victor Hugo en su «Último día de un condenado a muerte», nos relata la dureza emocional y anímica que supone estar encerrado, pues «en el silencio de la celda, tenías que luchar, completamente solo, contra mil demonios que querían hacerse amos de tu alma». 

En esta obra autobiográfica, Thiong’o nos narra la presión política y la represión contra los disidentes, encarcelando activistas, porque «se hace imprescindible educar al pueblo en la cultura del miedo y el silencio», porque «el objetivo de la prisión y las condiciones dentro de la misma, así como el recordatorio constate de que estás solo, es conseguir que los patriotas sientan que los han olvidado completamente, que todas sus palabras y acciones relacionadas con las luchas del pueblo han estado gestos inútiles» en un relato que evoca de manera ineludible a la represión sufrida por todos aquellos que de manera legítima y pacífica han defendido sus ideales y luchado por los derechos civiles.

El libro se estructura, en forma y enfoque, en dos ejes principales relacionados aunque distintos: por un lado, nos narra su experiencia como preso, dirigiendo el relato en torno a la necesidad de luchar por los derechos civiles a pesar de la represión; por otro lado, el libro nos narra la colonización del ejército británico contra el pueblo keniata. Así, el libro se abre en dos frentes con resultado, a mi juicio, muy irregular, pues mientras que la experiencia personal es potente, emocional, de alto ritmo narrativo y que posibilita una conexión inexorable en aquellos que compartimos con el autor ciertos ideales, la parte centrada en la historia de Kenia y su colonización es más distante, analítica y ensayística, con un exceso de casos en los que el colonialismo británico abusa de su poder y somete a los que puedan suponer un peligro por sus actos o por sus ideales. Así, el autor nos pone ejemplos de lucha anticolonizadora contra los británicos, en las figuras de Barbara Castle, Marcus Garvey, Harry Thuku entre otros y es interesante a nivel histórico pues permite constatar cómo el estado encarcela y detiene todo aquel que puede suponer una amenaza.

Thiong’o defiende la necesidad de la lucha en todos los frentes, también desde la cultura, y pone como ejemplo el teatro popular de Kenia, amenazado por el Teatro de Kenia impulsado el 1951 por el gobierno británico para colonizar a la población, pues es en las escuelas y en los campos de concentración donde «intentaban organizar grupos de teatro entre los presos políticos para que representaran obras cristianas amables». Pero el teatro popular sobrevivió a partir de aquello que prohibían los británicos, haciendo obras de teatro en kikuyu e incluso en algunas escuelas se rebelaron contra el culto a Shakespeare y empezaron a escribir obras en Swahili representándolas en territorio colonizado, en Nairobi y Nakuru. Así, nos narra de la creación de un comité cultural y el logro de que en 1976 una clase de más de cincuenta obreros y campesinos supieran leer y escribir en kikuyu. A partir de ese hecho afirma que «ahora ya estamos preparados para aventurarnos en actividades culturales». Lamentablemente, en 1977 se retira el permiso para las funciones teatrales, una injusticia que Thiong’o expone afirmando que «la burguesía vendida podía tener su golf, polo, críquet (…) carreras de cabellos y coches, cacerías reales (…), ¿pero los payeses? Sucios de tierra no podían tener un teatro que reflejara sus vidas, miedos, esperanzas y sueños y la historia de su lucha». Y ese sueño parece llegar a su fin el 1977, el 30 de diciembre, con su detención en un acto que sentencia afirmando que «habían resucitado el lázaro colonial de entre los muertos. ¿Quién lo volvería a enterrar?» evidenciando una lucha constante y desigual, en la que el autor constata con pesar que «el Sísifo africano empujaba con gran esfuerzo la roca de la opresión hacia arriba y cómo la roca se precipitaba, pendiente abajo, hacia donde estaba antes».  

De esta manera, el autor alterna su relato y crónicas desde la cárcel con las memorias de su pasado y la lucha contra la colonización de su tierra. Y la prohibición de su libro, pues no criticaba el papel colonizador británico, sino que también podía alimentar una lucha de clases, y como siempre ocurre, «la élite keniana que gobernaba creía en la mágica omnipotencia de una cultura colonial imperialista» y se encontraba cómoda entre los colonizadores. Mucho más interesante en los capítulos en los que habla de su detención o su reclusión que cuando detalla la historia del pasado de Kenia, pues, aunque sea interesante y añada contexto, pierde intensidad emocional al centrarse más en datos y hechos históricos y, a menos que uno sea un conocedor del tema, se puede hacer cuesta arriba. 

En esta obra desigual, Thiong’o narra en este libro los abusos de los colonizadores, su afán por someter y castigar, haciendo que sirva como ejemplo, a los disidentes políticos, a quienes cuestionan el poder, a quienes se resisten a la opresión. En un canto a favor de las minorías oprimidas y a la necesidad vital de luchar por aquello que creemos, este libro cobra especial importancia por ofrecernos, con su propio testimonio, la fuerza necesaria para no desfallecer en la lucha, a menudo desigual, de nuestra cultura y nuestras ideas políticas, porque «frente a la brutalidad, la inocencia siempre pierde». Una prohibición y espíritu de venganza de los británicos hacia el pueblo keniano que, como ocurre a menudo, solo se entiende por un sentimiento: el miedo, el miedo a la cultura del heroísmo y el coraje del pueblo.

Con este relato, y desde la prisión, Thiong’o nos habla de la necesidad de buscar en pequeños detalles aquellos motivos para no caer en la depresión ni el abandono, pues señala que uno de los principales problemas que sufren los presos políticos sin juicio ni condena es no saber cuánto tiempo durará su castigo. Y eso es una forma de tortura, tanto para los que están dentro de los muros como los que están fuera. Para vencer esa tortura, el autor confiesa que «no pretendo escribir una historia de heroísmo. Solo soy un letraherido que utiliza las palabras», pues «tenía que encontrar maneras de no perder el sentido común. Escribir una novela era una de ellas»; la lucha, los ideales, como puntal anímico y soporte, como punto de agarre, porque «sabía que, si no quería perder el sentido común, especialmente debía ser capaz de continuar diciendo ‘no’ a cualquier manifestación de injusticia y a cualquier falta de respeto a mis derechos humanos y democráticos».

Por todo ello, el libro que ha escrito Thiong’o es interesante por su canto a favor de la lucha, de las convicciones, de los derechos humanos y políticos, de la férrea voluntad de defender la identidad y la cultura de un pueblo pese a la opresión del gobierno colonizador y el beneplácito de las clases más altas en favor del ocupante porque «los que están en el otro lado de la alambrada de pinchos y de los muros de piedra tienen que poden hacer preguntas y exigir respuestas. Es la única manera de derrotar la cultura del miedo y del silencio. Si una comunidad con millones de personas hiciera preguntas y exigieran respuestas, ¿quien se las podría negar?». Lamentablemente, y a pesar de lo irrefutable de este argumento, muchos países actuales demuestran que, a veces, el poder no entiende de derechos, sino únicamente de poder.

lunes, 10 de mayo de 2021

Robert Penn Warren: Todos los hombres del rey

Idioma original: inglés

Título original: All the King`s Men

Año de publicación: 1946

Valoración: Imprescindible



A punto de cerrar el libro, y todavía levitando por lo que acabo de leer, me tropiezo con la foto del escritor encabezando una corta biografía y no tengo más remedio que emocionarme, no solo por la huella que han dejado en mí sus más de siete centenares de páginas sino porque nunca tendré ocasión de abrazar a un autor (norteamericano, fallecido en 1989) cuya fisonomía puede parecer anodina, pero solo a quien no le haya acompañado a lo largo de esta travesía maravillosa. (Y eso que mi primer impulso al ver el bulto fue arrinconarlo por tiempo indefinido). Digo más, obras como esta no solo deberían recomendarse, tendrían que recetarlas los farmacéuticos (¡ejem! esto se llama hipérbole), porque pueden gustar a todo el mundo (con cierta paciencia lectora), porque la crítica ha derrochado alabanzas desde que se publicó hasta hoy mismo y porque ofrece un pedazo de vida auténtica, un retrato de las sociedades humanas en todos sus aspectos, sin olvidar lo peor ni lo mejor de ellas.

Su autor ganó el Pulitzer por esta novela (y otros dos como poeta), y, ya convertida en película, obtuvo varios oscars en su versión de 1949, la clásica. Parece que Warren, aunque nunca lo reconoció abiertamente, tomó como modelo a Huey Long (gobernador de Luisiana de 1928 a 1932 y senador de 1932 a 1935 por el Partido Demócrata). Imposible saber si los rasgos de Willie Talos, aparte de la coincidencia del apodo, traducido aquí como el Jefe, se ajustan al original, pero su  política populista y rasgos de personalidad están perfectamente descritos. De todas formas, el argumento rebasa los límites de una biografía novelada ya que Jack Burden, el narrador, posee protagonismo y personalidad propios, hasta tal punto que su figura resulta todavía más relevante si cabe. Desfila también por allí un puñado de personajes, llenando el escenario de luces y sombras y trazando un microcosmos que se parece mucho a lo que podemos observar, tanto en nuestros días como, probablemente, en cualquier época histórica. Se trata, pues, de una novela política, pero tan humana y universal que, nos interesen o no ese tipo de cuestiones, nunca nos va a dejar indiferentes.

Desde ese primer capítulo –en el que con el pretexto de un viaje por carretera se incluyen los recuerdos del momento en que ambos personajes se conocieron en el bar de Slade– nos sentiremos atrapados por unos tipos y un ambiente muy particulares, así como por las metáforas y los sarcásticos y cínicos comentarios del tal Burden. Una escena memorable que, además de presentar a todos ellos, subraya cómo se han ido transformando con el tiempo y en función de las circunstancias. Este capítulo fue entregado al editor cuando la novela era solo un proyecto y devuelto con una serie de recomendaciones que acabarían transformándolo de forma apreciable. La primera versión se incluye al final del volumen y, desde luego, vemos que ha mejorado con el cambio, sobre todo porque el autor no lo reescribió hasta que la novela estuvo acabada. No ocurre lo mismo con el resto de objeciones que el equipo editorial puso al primer borrador. La edición que he leído traduce la versión restaurada, que –tal como se indica en el Apéndice final – está basada en varios manuscritos conservados y no solo en el texto publicado en 1946, ya que considera que gran parte de esas correcciones rebajan la calidad de la obra o diluyen su auténtica esencia.

Las incidencias que determinan la vida de estas personas a lo largo de décadas muy significativas en la historia de Estados Unidos, -marcadas por la Gran Depresión del 29, la Ley Seca, la corrupción política, los padecimientos europeos, la mentalidad de la época etc.– traza un panorama social fácilmente identificable y un análisis de las relaciones familiares y de todo tipo tan realista como descarnado y, no obstante, lleno de esperanza. Jack es observador y errático, el testigo ideal para trasladarnos lo que ocurre. Conoceremos también a Lucy, la maestra casada con Talos, a Sadie Burke y el encanto de su inteligencia, a Anne y Adam Stanton, amigos de Jack desde la infancia y pertenecientes, como él mismo, a una de las familias más influyentes del lugar, al Juez Irwin, al Niño de Azucar, al Pequeño Duffy y al resto de los chicos que acompañan siempre a Talos y cuya actitud recuerda a esas figuras del hampa que hemos visto en el cine en blanco y negro. Se nos mostrarán las difíciles relaciones que mantiene Jack con sus padres, cada uno por separado, y sus personalidades respectivas, tan atípicas como opuestas.  Pero, sobre todo, vamos a acompañar al gran Willie Talos, el Jefe. Talos, procedente de una familia humilde, logra graduarse en Derecho a base de robar horas al sueño. Su talante, idealista y algo ingenuo, lo impulsa a procurar el bien común. Pero las buenas intenciones no triunfan, el electorado no quiere que le hablen de proyectos ni estadísticas, y se inclina más bien por los candidatos que les seduzcan con buenas palabras. (“Tu misión es ofrecerles algo que los saque de su marasmo y les haga recuperar las ganas de vivir. Aunque solo sea durante media hora. Por eso acuden a los mítines. ¡Diles lo primero que se te ocurra, pero, por el amor de Dios, no intentes conseguir que piensen!”). Esto, unido al hecho de que el panorama político esté copado por facciones enemigas que luchan a brazo partido por hacerse con el poder a costa de lo que sea, acabará abriendo los ojos a Talos que se convertirá en el oponente más populista y astuto, imposible de vencer por los retorcidos procedimientos habituales pues, una vez asimilados, es el que mejor los domina. El relativismo moral es una constante en todas las etapas y en todos y cada uno de los personajes (que abarcan toda la gama: del amoral absoluto, el que admite componendas para conseguir un fin más elevado hasta el idealista sin mácula que caerá en un inevitable fanatismo, pasando por la abnegada que  vive al margen de lo que se cuece pero se aprovecha de los réditos o la ingenua en apariencia que sufre pero también se beneficia). Aquí abundan los matices aunque la degradación va aumentando con el tiempo, a veces de forma imperceptible. Pero es Jack, el independiente, pragmático, indeciso, escéptico Jack, quien nos informa de los hechos y nos mueve a reflexionar sobre lo que estos significan.

Los años pasan y nunca dejarán de sorprendernos, pues Warren desarrolla un argumento tan complejo como dinámico: siempre ocurre algo, y es tan determinante que dislocará una y otra vez cada estado de cosas. Hay que tener en cuenta que los acontecimientos se narran desde el futuro, y que lo que se nos muestra es un presente que desconoce lo que va a ocurrir, por eso hay comentarios o destellos fugaces de lo que ocurrirá luego que pasarán desapercibidos al lector porque quien los hace es el Jack más maduro y no el joven que los está viviendo. Alarde metaliterario que, junto a dos investigaciones acerca de la historia familiar de Jack, integran en el argumento algunos interesantes procedimientos de construcción narrativa que resultan la mar de sugestivos. También hay mucho lirismo, recreación de paisajes y sentimientos que nos acercarán al narrador hasta convertirnos en poco menos que sus cómplices. Todo encaja tan perfectamente como el mecanismo de un reloj, pero las piezas están desperdigadas y no ocuparán su sitio, para gran satisfacción del lector, hasta que lleguemos al punto final.

domingo, 9 de mayo de 2021

Colaboración: Gloria Fuertes: Garra de la guerra

Idioma original: español
Año de publicación: 2002
Valoración: Muy recomendable
(Imprescindible para gloristas)

Selección de textos: Herrín Hidalgo
Collages e ilustraciones: Sean Mackaoui
Número de páginas:106; 57 ilustraciones.








 

“Con un sello a fuego
en mis ancas adolescentes
me marcó la guerra civil,
-la más incivil-.”

Qué ilusión siento al presentar en esta reseña un libro de Gloria Fuertes, esa poeta enorme, extravagante, inclasificable y “estajanovista” del verso. A pesar de contar con un entorno familiar muy poco propicio, empezó a escribir cuentos con cinco años y con catorce se interesó por la poesía. Se hizo poeta definitivamente al vivir la guerra civil porque, como decía ella: “sin la tragedia de la guerra quizá nunca hubiera escrito poesía”. Escribiendo “como se habla”, alternó la poesía infantil con otra más adulta, según el momento en el que se encontrase. Ambas son únicas en sí mismas, “gloristas”.

La antología Garra de la guerra contiene algunos de sus poemas sobre la guerra y fue publicada en 2002 por la editorial Media vaca, que realiza “obras muy ilustradas, relacionadas con la poesía, el humor y el misterio”. Es este un libro para disfrutar con todos los sentidos, puesto que, a la cuidada edición en tapa dura y sobrecubierta, le acompañan un interior plagado por las obras del collagista Sean Mackaoui y una variada tipografía. Todo en él es negro y rojo, negro del dolor y rojo de la sangre, los colores de la guerra. Los collages traen una sorpresa tras otra, dotando a cada poema de un marco estético y simbólico donde se enfrentan vida y muerte, con niños, calaveras, animales, soldados y armas en siniestra armonía.

Los poemas seleccionados muestran a la Gloria pacifista, que escribe para el ser humano y denuncia el dolor y el sufrimiento. El título lo tenía ella escogido, y atesora mucha fuerza, tanto por la sonoridad de la G y la R, que se acercan a la onomatopeya de un rugido, como por su contundencia. Los títulos en toda su obra están seleccionados con gran acierto, algo que también se observa en los de este libro: Cuando Madrid era Sarajevo, De guerra en guerra y matar les toca o Tengo metralla en la cadera son algunos ejemplos.
En cuanto al contenido escrito, si nos atenemos a la temática, se hace un recorrido por la trayectoria poética de la autora y sus vivencias. Comienza con un poema, de 1937, en plena Guerra civil, en el que describe con tono triste y melancólico, muy juvenil, un paisaje humano de despedida.
“Se marchan a la guerra
nuevos soldados.
Madres, novias y hermanas,
quedan llorando.” […]
Le siguen al anterior otros poemas centrados en las vivencias de la Guerra civil, en los que habla del hambre, del sufrimiento, del frío, del dolor, de la culpa, del olvido y de los niños, siempre hay niños, así como muchos animales.

Con verso sencillo y rotundo, desgrana la vida cotidiana en una ciudad en guerra, no olvidando el humor que tanto le caracterizó, como podemos ver en Autobio:
“[--]Yo entonces me peinaba hacia atrás
y pasó una bala que me hizo raya en medio,
del susto me caí de culo
y con aquel humor que aún tenía
pregunté a mi hermano: ¿Me he muerto?”
Avanza el libro con poemas sobre esta y otras guerras, las armas, la muerte, la pérdida de la juventud y la sinrazón, hasta que llegamos a El robot nazi, y los poemas inspirados en la bomba atómica. Los bombardeos sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki debieron impactar hondamente en Gloria, no obstante, Bomba es el poema más largo del libro. Comienza de este modo explosivo:
“Bomba,
estertor,
vergüenza;
monstruo de medusa cruzada con sabio,
parida de un hombre
sin pecho, anormal [..]”
El horror de la bomba atómica está presente en su memoria cuando, al marchar Gloria en 1961 a EEUU con una beca Fullbright para impartir clases de literatura española, observa que en dicho país se venden objetos como este:
Otro a EEUU
“Aquí donde la atómica,
¡se venden gafas para picar cebolla!”
Allí también conoce el movimiento hippie, que entiende a la perfección (ella se considera un poco hippie) al conectar este con sus ideas de paz y libertad. Decía que en sus clases hacía romper a sus alumnos las hojas de reclutamiento, animándolos a rebelarse. En un poema del libro insta a un joven a que no se haga soldado: “[…]Ven a jugar al no me da la gana. Sé valiente, ven a que te llamen diferente”

Los poemas que restan hasta el final hablan de paz y antimilitarismo, cerrando el libro con estos versos:
“Que todo el que nos escucha abra sus brazos
que todo el que nos escucha abra sus brazos
para abrazar la paz
para abrazar la paz
¡ni un muerto más!
¡ni un muerto más!”
En cuanto a la versificación, y la rima, presentan una rima variada, que fluctúa entre la asonante, la consonante y el verso libre, y distinta extensión en los versos, desde los de cinco sílabas hasta uno que mide veinte.

Estilísticamente, se engalanan con pocas florituras formales, usando, sobre todo, los recursos fónicos o sintácticos (juegos de palabras, paralelismos, etc.) y los semánticos (ironía, hipérbole, antítesis, etc). También hallamos personificaciones, así como una cosificación en el poema El robot nazi, donde convierte a cada soldado en una máquina asesina totalmente deshumanizada

Por último, queda hablar del tono de los poemas, que transitan entre el espanto, la compasión, la rabia y la esperanza. Evidenciando el dolor y la muerte, se recuerda al lector que el odio nunca es el camino para la paz. La paz es fin y medio.

Por todo lo expuesto, considero que es un libro muy recomendable, con una poesía social conmovedora, cuyo mayor mérito está en aunar lo autobiográfico con lo universal trascendiendo al individualismo. Además, es accesible, nada críptica ni excesiva en lo simbólico, quiere llegar a todos y pellizcarnos el alma, añadiendo a la receta humor y amor, tan importantes. Una poesía que Gloria consideraba necesaria, y que escribía porque no sabía hacer otra cosa.

Estimado lector, soñemos lo imposible, como la poeta:
¡OJALÁ CONOZCAMOS EL DÍA EN QUE NO SE OIGAN MÁS DISPAROS
QUE LOS EL CORCHO DE LA BOTELLA DE CHAMPÁN”
P.D: Parte de los datos y citas proceden de la obra de Jorge de Cascante, El libro de Gloria Fuertes, de Blackie books.


Fdo: Guadalupe Gómez

sábado, 8 de mayo de 2021

Gonzalo Fernández de la Mora: La envidia igualitaria

Idioma original: Español
Año de publicación: 1984
Valoración: Interesante


Gonzalo Fernández de la Mora (1924-2002) es uno de esos intelectuales españoles cuyo pensamiento resulta algo antipático para el público general. A fin de cuentas, el proyecto cultural y político por el que abogaba, de claro sesgo conservador, se distancia de las democracias liberales. Las cuales, a su juicio, están repletas de fracasos y limitaciones, tanto en la práctica como en la teoría. Y ya se sabe que, hoy día, cuestionar a la democracia, sea de forma legítima o no, sale caro. 

En unos tiempos tan radicalizados como los que vivimos, a muchos les gustaría que un servidor, un joven de sensibilidad izquierdista, dijera que Gonzalo Fernández de la Mora (GFM en adelante) es un facha cuyo discurso ha quedado completamente desfasado y no tiene nada aprovechable. Por desgracia para ellos, eso sería faltar a la verdad. 

De hecho, debo admitir que ahora que las conozco (que las conozco sin distorsiones académicas o mediáticas), las ideas de GFM me suscitan bastante respeto. Con esto no quiero decir que coincidamos al cien por cien; nada más lejos de la realidad. Pero el autor, igual que yo, rechazaba tajantemente la partitocracia de nuestro país y se negaba a conformarse con la Constitución del 78. Ya me gustaría que gente de mi propia cuerda opinara así. 

También me parecen correctas, e incluso preclaras, gran parte de las reflexiones desplegadas en las 260 páginas de La envidia igualitaria. GFM arremete en este ensayo contra la envidia (sentimiento universal al que todos somos proclives) y el igualitarismo (doctrina política y social que, según él, nace de la envidia). 

De las muchas virtudes que le he encontrado a esta obra, destacaría las siguientes: 

  • Está redactada con amenidad pero, al mismo tiempo, derrocha erudición. 
  • Casi medio siglo después sigue vigente. En determinados pasajes, incluso, devino profética.
  • Intenta alejarse, mal que bien, de la ideología. Para ello, se apoya en razonamientos lógicos y datos.
  • Se muestra rotunda al desplegar sus tesis sin caer jamás en el dogmatismo.
  • Delimita con suma precisión los conceptos abordados y los afianza a través de toda clase de fuentes y citas.  
  • Su estructura gradual y escalonada ayuda a que las ideas tratadas calen perfectamente. 
  • Ilustra sus nociones más abstractas mediante ejemplos, metáforas o paralelismos históricos.
  • No se conforma con problematizar la envidia y el igualitarismo, sino que ofrece alternativas y soluciones constructivas.
  • En ocasiones logró que mis convicciones democráticas e igualitarias se tambalearan un poquito. Y creedme cuando os digo que esto tiene mucho mérito.

¿Qué pegas le pondría? 

  • Su manera de exponer la información es tan exhaustiva que puede antojarse algo repetitiva. 
  • Parte de premisas cuanto menos cuestionables. Si te adhieres, como es mi caso, a escuelas filosóficas vinculadas con el pesimismo, la supervivencia y el perfeccionamiento de la especie no te parecen, ni de lejos, imperativos morales, ni tienes la impresión de que el ser humano esté motivado por instinto de realización alguno. Tampoco me convencen ni su claudicación biologicista ni sus alabanzas a la especialización vocacional. 
  • Sus conclusiones no tienen el mismo rigor que sus diagnósticos, aunque hay que admitir que, dentro de lo que cabe, surgen gracias a un proceso de deducción. 
  • Critica al comunismo por depender de hombres genéricos pero su paradigma hace precisamente eso, depender de un molde de hombre determinado (de una minoría egregia y una masa satisfecha con el "statu quo").
  • Suelta unos cuantos comentarios lamentables. Por ejemplo, que la homosexualidad es una deficiencia funcional hereditaria, que hay poblaciones mentalmente inferiores (refiriéndose a los negros) o que «lo que la mujer superior admira más en el varón es el talento».
  • Tiene tics castizos involuntariamente cómicos. Por ejemplo, traducir los nombres de personajes históricos (Renato Descartes, Manuel Kant, Federico Nietzsche...).

Listemos ahora varios desacuerdos que tengo con GFM. No haré mucho hincapié en ellos, empero, ya que mis limitadas capacidades culturales y retóricas no me permitirían rebatirlos de forma convincente. Algunos de estos desacuerdos, de hecho, los tengo sólo intuitivamente.

  • Acelerar la Historia no tiene por qué ser positivo. La Modernidad colapsó, precisamente, por esa confianza ciega en el progreso y, aunque éste nos ha garantizado un gran confort, hay que sopesar si merece la pena perseguirlo en la actualidad, especialmente en determinados sectores.
  • El modelo norteamericano no me parece, ni de lejos, deseable, si bien admito que tiene sus puntos fuertes.
  • La emulación es beneficiosa sólo dependiendo del contexto. Y para nada la considero la actitud que solventará todos los contratiempos de la Humanidad y empujará a la especie hacia cotas insospechadas. 
  • El instinto de realización del individuo no es intrínseco a nuestra naturaleza. Para colmo, es un arma de doble filo, algo de lo que hay desconfiar. Y es muy fácil de instrumentalizar, por cierto.
  • Los "self made man" no son tal. Alguien que dota a la genética de una importancia capital debería saberlo.
  • Si el liberalismo excusa la desigualdad alegando que se pueden dar casos de movilidad social bajo su paraguas, GFM asume que ésta no sólo es inevitable, sino que es deseable. Es decir, GFM no sólo justifica la desigualdad, como los liberales, sino que la legitima y propugna la perpetuación de la misma. Lo cual es, a mi entender, algo escalofriante, por más que su desigualdad ideal, al basarse casi exclusivamente en la meritocracia, sea más justa que la de la actualidad. 
  • La meritocracia defendida por GFM sigue presentando problemas, igual que lo hace la de hoy día. Pero bueno, el autor los asume hasta cierto punto.  

En fin: pese a las discrepancias de fondo que tengamos con La envidia igualitaria, y aunque ciertas declaraciones de su autor puedan atragantársenos un poco, recomiendo la lectura de esta obra. Especialmente a muchos tuiteros: a aquéllos cuyo único argumento ante la crítica de alguien relevante (Felipe VI, Amancio Ortega, Florentino Pérez, Pablo Motos...) es que le tienes envidia, cuando en realidad lo que te mueve es la indignación, y a aquéllos que defienden el igualitarismo y la justicia social hasta sus últimas consecuencias, sin tener en cuenta sus ramificaciones menos fotogénicas.

viernes, 7 de mayo de 2021

Emma Cline: Harvey


Idioma original: inglés

Título original: Harvey

Año de publicación: 2021

Traducción (edición leída en catalán, disponible igualmente en español):

Ferran Ràfols

Valoración: bastante recomendable


Cuando leí Las chicas, anterior novela de Cline, alegué cierta falta de valentía por parte de la autora a la hora de tomar decididamente el papel de un personaje malvado, un criminal desacomplejado, y, habiéndome gustado la novela, opiné que ese aspecto me decepcionaba.

Cline vuelve a tomar riesgo en esta Harvey, quizás no un riesgo comercial pues está claro que tanto el tema de la anterior novela (los crímenes del clan Manson) como el de esta (Harvey Weinstein) disponen de cierto atractivo donde el morbo pesa, pero en todo caso uno puede pillarse los dedos cuando acomete obras que puedan olisquear a humanizar monstruos y no voy a recriminarle reiteración en el recurso pues ambas novelas tienen poco que ver. Harvey nos sitúa en la mansión del productor en las veinticuatro horas anteriores a la emisión del veredicto sobre su caso, detonador del movimiento #MeToo y primera piedra al agua cuya onda expansiva no hace más que generar círculos concéntricos. Weinstein coaccionó a multitud de actrices para obtener favores sexuales a cambio de incluirlas en las películas que produjo. Lo hizo con plena consciencia y convencido de que ese intercambio era algo normal y aceptable, pero ese convencimiento no contemplaba escrúpulo alguno. Otro hombre imponiendo poder e influencia. Cline no narra en primera persona y no se mete en la piel del agresor. No juega a eso sino que es más sutil. Weinstein está en su casa expectante, inquieto ante la incerteza pero seguro de que será absuelto porque su dinero paga los mejores abogados y también de que será perdonado porque no comprende que la sociedad ha cambiado y su conducta no tiene posibilidad alguna de ser tolerada. Piensa de sí mismo que es un genio y que todo ha valido con tal de producir películas, que lo suyo era eso y todo lo demás es accesorio o casi complementario. Se equivoca, por supuesto. Pero Cline traza esa cotidianeidad y lo hace con enorme eficacia narrativa. Por la casa de Connecticut desfilarán, físicamente o por teléfono, personajes de importancia: su hija, conocidos, su abogado. Weinstein quiere aparentar normalidad y confianza en sí mismo, pero su comportamiento es extraño y errático: cuando se da cuenta de que Don DeLillo es su vecino su cabeza se resetea y, como si al día siguiente todo vaya a seguir como si nada, decide enfrascarse en la descabellada idea de proponerle rodar una película sobre Ruido de fondo. Se entrega a esa obsesión como tabla de salvación a medida que las horas pasan y las incertezas ganan terreno.

Pues bien: Cline ha creado un efectivo ejercicio de estilo en este breve texto, una especie de monólogo para un solo personaje donde todos los demás son figurantes. No se ha convertido en Weinstein ni ha blanqueado su figura. Lo ha dejado como un criminal enajenado, egocéntrico y estúpido que cree que su poder es capaz de comprarlo todo. No hay un recodo en ese camino donde no le contemplemos como un miserable indigno de compasión. Puede haber sarcasmo, ironía e incluso cierto humor macabro, pero el mensaje es directo y nada ambiguo. Para mí, paso adelante de Cline.

jueves, 6 de mayo de 2021

Flavia Company: Dame placer

Idioma original: Español
Año de publicación: 1998
Valoración: Está bien

La importancia de las primeras frases, esas que dan el tono, que prefiguran lo que está por venir.
Llego aquí con una historia de carne pegada a la memoria igual que vendría con las manos untadas de grasa si hubiese estado explorando con ellas los adentros de un coche. He intentado limpiármela con todo: (...). Inútil. Sólo queda hablar. Y el tiempo.

Pocas primeras frases habré encontrado que definan tan bien lo que se va a leer después en la novela y que dejen entrever (claro que a toro pasado todo es más fácil) lo bueno y lo no tan bueno del texto. 

En las citadas líneas ya vemos que estamos ante una historia carnal que ha dejado cicatrices en el alma (¡toma cliché! lo sé) de una protagonista que se servirá de la palabra para, en un largo y a veces deslavazado monólogo interior,  narrar la historia de una pasión arrasadora. Pasión y dolor que convierten la vida de la protagonista en una mezcla de hipótesis y recuerdos en la que la memoria juega un doble papel, anestesiante y desgarrador. 

Puestos a citar alguno de los aspectos positivos del libro, destacaría:

  • La fuerza de algunas de las imágenes.
  • La presentación de los mecanismos de la pasión y el amor. Mecanismos diferentes, ojo, por tratarse de cosas no siempre coincidentes.
  • El recorrido por las diversas etapas - antes, durante y después - de la relación: el deslumbramiento, el vértigo, el despecho, la nostalgia, los "¿qué hubiera pasado si..?, etc.
En el lado menos positivos, un par de apuntes:
  • Vuelvo a la primera frase. ¿No os "sobra" ese igual que vendría con las manos untadas de grasa si hubiese estado explorando con ellas los adentros de un coche?  La frase tendría la misma potencia evocadora, en mi opinión. Bien, pues lo mismo ocurre a lo largo del texto. Me parece que hay momentos un tanto reiterativos
  • Me hubiera gustado un mayor desarrollo de alguno de los mecanismos y etapas que se mencionan con anterioridad, aunque para ello quizá hubiese sido conveniente la ruptura del monólogo interior. 
Por último, mencionar que la novela data de 1998, aunque yo he leído la reciente reedición de la misma por parte de la Editorial Comba. Si bien en su momento el texto pudo tener un alto componente transgresor / rompedor (relación homosexual, escenas de "alto voltaje", etc.), los años trascurridos rebajan, para bien y para mal (y no destripo nada más), en parte ese componente. Aunque lo importante en el texto no sea tanto eso como lo que hay detrás de todo ello: las "simples" pasiones humanas.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Evelio Rosero: Los almuerzos

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2009

Valoración: Entre recomendable y Está bien


Tengo sensaciones contradictorias con este libro. Me cautivó completamente al principio, y algo más adelante, tras algunos altibajos, noté que se me desinflaba (si es que un libro se puede desinflar), que algo estaba ocurriendo para que esas expectativas quedaran digamos a medio camino. Puede que no fuese para tanto aquella impresión inicial, o puede que tampoco mereciese después mi decepción, que a veces ocurre que uno se entusiasma demasiado con una idea y acaba juzgando con demasiada severidad lo que no alcanza lo esperado. También es cierto que todo esto correspondía más bien decirlo al final de la reseña, pero permítanme la licencia por esta vez. (Y olvídense por favor de la absurda cubierta, que tiene muy poco que ver con el contenido)

Tenemos un escenario claro y definido, una parroquia creo recordar que situada en Bogotá, y unos personajes de indudable aroma clásico: el cura, claro está, un señor que parece bastante riguroso y dedicado por entero a su oficio. Un sacristán huraño ('un círculo negro, un pozo') que vive en las dependencias eclesiásticas con su ahijada Sabina. Tres mujeres de personalidad intercambiable, sobre las que no tenemos siquiera una descripción vaga, las típicas meapilas, solteronas o viudas, no se sabe y tanto da. Y lo mejor de todo, Tancredo, un jorobado que hace labores de intendencia a cambio de cobijo y una promesa siempre incumplida de financiarle los estudios. El jorobado en la iglesia, claro, personaje con algo de gótico, imprescindible para servir a un relato oscuro, sobre todo cuando hay alguna mujer joven en las cercanías. Aunque en este caso, lejos de Quasimodo, se trata de un joven musculoso para quien la tarea más penosa es atender los almuerzos de caridad que el páter organiza a diario.

Vamos, un reparto que nos retrotrae a viejas historias que conmovieron a nuestros abuelos (y a algunos guionistas de cine), y que Evelio Rosero hace funcionar con soltura en los primeros compases del libro. En un entorno por sí mismo muy asfixiante, Tancredo muestra síntomas de una confusa pulsión homicida (o suicida); la pobre Sabina, de momento en un segundo plano, tiene todos los boletos para ganar un protagonismo que puede ser esplendoroso o espantoso; y las viejas por supuesto tendrán también mucho que decir o hacer para provocar algún desaguisado. Los personajes están muy bien definidos (o sabiamente indefinidos), y tenemos suficientes atisbos de cosas que pueden ocurrir, y zonas de sombra que anuncian posibles desarrollos. Pero lo mejor de todo es que el ambiente y la propia prosa de Rosero nos llevan sin remedio a pensar en García Márquez, con situaciones que bordean los límites de lo verosímil, la tragedia agazapada en las esquinas de un escenario popular, el absurdo cruzándose con lo cotidiano. Es una delicia, un descubrimiento.

Ocurre que de golpe surgen varias líneas argumentales y aquí parece que perdemos un poco el norte. Tampoco es nada raro jugar un poco a desorientar al lector, pero tras algunas escenas francamente llamativas (y divertidas) y otras injustificadamente largas, esos hilos no terminan de entretejerse de forma convincente. Y claro, estamos hablando de una novela que no llega a las 150 páginas, lo que indica que, o las distintas trayectorias engarzan rápido y con todo el sentido, o es inevitable la sensación de relato fallido. Y nada impide tampoco que se dejen a propósito cabos sueltos, pero igualmente deben estar al servicio de un tronco que los justifique. Si todo esto no se consigue, o no del todo, queda la sensación de relato deshilachado, irregular, de algo sin rematar que en este caso contrasta demasiado con ese excelente arranque al que me refería antes.

Claro está que aunque uno sea lector habitual y constante, eso no le hace infalible, y es perfectamente posible que lo que a mí me han parecido espacios vacíos o rellenos gratuitos haya lectores que lo sepan apreciar mejor. El libro se lee con agrado y tiene varios momentos memorables (la misa cantada, el episodio de los gatos), así que me encantaría que haya quien se decida y nos dejase una opinión mejor fundada y más favorable que la mía.

También de Evelio Rosero en ULAD: La carroza de Bolívar

martes, 4 de mayo de 2021

Reseña + entrevista: Los ojos cerrados de Edurne Portela

Idioma original: español 
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable

Los ojos cerrados no parece una novela de Edurne Portela. Y sin embargo, es inequívocamente una novela de Edurne Portela.

Empecemos por lo que la diferencia de las anteriores, que es lo más obvio y lo primero que el lector notará. Mientras que Mejor la ausencia y Formas de estar lejos estaban dominadas por la voz y la visión de sus protagonistas y narradoras (Amaia y Alicia), en este caso el texto es coral: se nos presentan las voces y pensamientos de los personajes de Pueblo Chico, una aldea perdida en medio de la sierra (no sabemos cuál). Son las voces del presente, pero también las del pasado, un pasado traumático de guerra, desigualdad y represión, que sigue provocando ecos y consecuencias en el presente y condicionando la vida del pueblo. Esta estructura coral se relaciona también con una variedad de estilos y técnicas, de la narración en tercera persona al monólogo interior, o incluso a capítulos entre lo lírico y lo mitológico, en los que se incluyen algunas leyendas de Pueblo Chico sobre lobos, nieblas, lindes y bosques amenazantes.
 
Es cierto que aquí también hay una protagonista femenina, Ariadna, una joven que va (o vuelve) a Pueblo Chico buscando la calma, o quizás todo lo contrario, pero su papel es secundario en relación con otros personajes, y no tiene la misión de ser la narradora principal de la historia. De hecho, el personaje principal, el que une (casi) todos los hilos de la trama sería Pedro, el anciano (en el plano del presente) marcado por una historia de violencia cuyas ramificaciones vienen a ser la trama principal del libro. La muerte violenta de sus padres, en la represión de la (de una) posguerra, su supervivencia en un mundo dominado por los asesinos de sus padres, su intento de reencontrar la empatía, la solidaridad, el amor en los márgenes de la sociedad, son el alimento fundamental de la trama, en la que también asistimos al intento de Ariadna de encontrarse a sí misma (en el pasado y en el presente).
 
Se podría decir que Edurne Portela ha corrido dos riesgos con esta novela. El primero es abandonar la técnica que había desarrollado en sus dos novelas anteriores y optar por una estructura más fragmentaria y descentrada, y una visión más poliédrica y menos focalizada. El segundo riesgo consiste en alejarse del eje más o menos autobiográfico de sus dos anteriores novelas (la primera centrada en su infancia y adolescencia "vasca", la segunda en su periodo de estancia en Estados Unidos) para enfocarse en otros tiempos y en otros espacios más alejados de su propia vivencia (relativamente, porque Edurne Portela también, como Ariadna, se ha mudado a una aldea perdida en no sé sabe qué sierra), abordando el tema de la guerra, la posguerra y la pervivencia de su resaca hasta nuestros días. Dicho con otras palabras, escribir, a estas alturas, "otra maldita novela sobre la guerra civil", como diría Isaac Rosa, es siempre un riesgo, después de la saturación del género y del mercado que el título de Rosa parecía denunciar hace casi quince años.

Aunque en realidad, al leer Los ojos cerrados se produce un fenómeno semejante a lo que en términos visuales se conoce como "pareidolia": eso que nos hace ver conejitos en las nubes, caras en las paredes de Vélmez o a Jesucristo en una tostada. Porque en el texto de esta novela no aparecen las palabras "Guerra Civil", "posguerra", "Franquismo", "falangistas" o "maquis", y la historia no se ubica ni geográfica ni cronológicamente. Y sin embargo, creo que cualquier lector español proyectará esas palabras sobre el texto, hasta el punto de estar convencido de que sí aparecen, cuando lea sobre una "guerra", sobre los soldados que llegan al pueblo para buscar a los rebeldes, sobre los huidos que se emboscan en la sierra o sobre las fosas en las que caen los cadáveres para nunca ser encontrados. Proyectamos, sobre la novela, como siempre hacemos al leer, no solo nuestra memoria individual o colectiva, sino también nuestra cultura literaria o fílmica, que va de Luna de lobos o La lluvia amarilla de Llamazares a El laberinto del fauno de Guillermo del Toro, de La higuera de Ramiro Pinilla a Pa negre de Agustí Villaronga (o de Emili Teixidor), entre muchas otras referencias.

En cualquier caso, aunque la estructura y la trama de esta novela se aparten de las dos anteriores de Edurne Portela, esta sigue siendo sin duda una novela de Edurne Portela. Porque el tema central de Los ojos cerrados, como de Mejor la ausencia y de Formas de estar lejos, es la violencia y su memoria; la violencia y la forma de hablar de ella. En este caso se trata de una violencia histórica y política, pero que, como cualquier otra, penetra en las familias, en las casas y en las personas, estallando y dejando las astillas del trauma por todas partes. Y ante esas astillas, esos traumas, caben dos actitudes: o cerrar los ojos y fingir que no ha pasado nada, o que lo pasado está superado y olvidado, o mirar de frente al dolor causado y sufrido, y exigir respuestas (y el texto está lleno de ojos que se cierran o se abren, dolorosamente).
 
Así, frente a narrativas que proponen la primera vía, aunque suponga cerrar las heridas sin curarlas y las fosas sin desenterrarlas (y Soldados de Salamina se ha convertido en una especie de epítome de esta propuesta), Los ojos cerrados parece mostrarnos una narrativa alternativa, la que exige una confrontación dolorosa con el pasado, que evite una tabula rasa falsa e inmoral. Todas las relaciones entre los personajes, de hecho, siguen marcadas por lo que pasó y lo que fue, aquello de lo que no se habla, y no hablar de ello solo prolonga las reverberaciones del dolor. No se trata de perdonar (como explica Edurne Portela en la entrevista que se incluye a continuación de esta reseña) sino de afrontar la verdad y reparar a las víctimas, si no se quiere que las víctimas sigan siendo victimizadas una y otra vez, en el presente como en el pasado.
 
Hay una escena probablemente marginal en la novela, pero que creo que sirve para representar esta continuidad de la violencia y del poder que a través de ella se sigue ejerciendo: unos cazadores llegan a Pueblo Chico después de una batida, con sus coches y sus escopetas, arrastrando el botín de su cacería; los habitantes del pueblo, que ya los conocen, se esconden en sus casas. Al marcharse, el pueblo queda manchado con la sangre de los animales. No es difícil identificar a esos cazadores como los descendientes o continuadores de la labor de los soldados que, muchos años antes, arrastraban otro tipo de cadáveres por el pueblo, dejándolo también inundado de sangre y miedo. Y a buen entendedor...

Entrevista con Edurne Portela:

Pregunta: Esta novela es diferente de las anteriores, en cuanto a la técnica y el estilo. ¿A qué se debe este cambio? ¿Fue la propia historia que querías contar la que te llevó a ello, o lo tenías claro desde el principio?

Edurne Portela: No, no lo tenía nada claro. Las voces fueron creciendo según crecía la historia. Comencé con la voz de Pedro, con su voz de anciano y al ir indagando en esa voz, sentí la necesidad de crear otras que ampliaran la perspectiva, que me permitieran contar otras cosas fuera de la subjetividad de Pedro.


P.: También llama la atención que la acción no se sitúe geográfica ni cronológicamente - y sin embargo cualquier lector español identifica la Guerra Civil y la represión franquista en algún lugar indeterminado de la España vaciada… ¿Por qué en este caso preferiste no dar coordenadas concretas y reales a la narración?

E.: No quería que la novela estuviera anclada a unas coordenadas específicas, no me interesaba escribir una novela sobre la "guerra civil" o el franquismo. De hecho, no es tanto una novela sobre la guerra del 36, sino sobre la continuidad de la violencia en tiempos de una supuesta paz. Y creo que las situaciones que se narran pueden extrapolarse a otros contextos en los que la población civil ha sufrido ese tipo de represión.
 
 
P.: Debido a estas diferencias, esta novela parece algo separada de las anteriores, a pesar de que comparten temas comunes. ¿Tú las ves como una “trilogía de la violencia”, por llamarlo de alguna forma? ¿Te lo planteaste así en algún momento? (Una continuidad curiosa es que las tres protagonistas femeninas tengan nombres semejantes: Amaia, Alicia, Ariadna).

E.: Sí, lo de las protagonistas con nombres A-a debe ser algún tipo de TOC mío. Pero no, nunca he pensado en clave de "trilogía", entre otros motivos porque nunca sé lo que voy a escribir cuando me pongo a escribir. Sería incapaz de planear algo así. En realidad llevo escribiendo sobre la violencia toda mi vida y me temo que es un tema del que no me puedo despegar porque con cada intento me quedo con la sensación de que no he encontrado respuestas ni resuelto dudas, de hecho con cada libro se me acumulan más. No tengo ni idea de qué haré después, pero seguramente seguiré en esta línea. Por muy diferentes que sean los libros (y este, estoy de acuerdo, es muy diferente a los anteriores), la indagación y la obsesión será parecida. Eso sí, la próxima protagonista no se llamará Azucena, lo prometo.
 
 
P.: Una imagen que se repite a lo largo de todo el texto es la de los ojos cerrados del título, y también las miradas (que se encuentran, se evitan, acusan, se dirigen). Abrir los ojos es en muchos casos un gesto doloroso, la luz ciega y hiere. ¿Es posible vivir con los ojos cerrados?
 
E.: Sí, es una imagen constante que puede tener varias interpretaciones. Una es, como dices, cerrar los ojos ante lo que nos duele, nos incomoda, nos hace sentirnos responsables. Porque si eres testigo de una violencia o de un abuso, si lo ves, te tienes que posicionar, tienes que tomar partido porque incluso no hacer nada es tomar partido. Sin embargo, si no lo ves o haces como que no lo has visto, es más fácil relajar la conciencia, pensar que no tienes nada que ver con lo ocurrido.  ¿Es posible vivir así? Nuestra historia demuestra que, por desgracia, sí es posible. Pero el hecho de que sea posible no significa que esté bien, que sea la mejor opción. Y tampoco significa que por cerrar los ojos no sepas o dejes de ser responsable. 


P.: Un tema de fondo de la novela es el perdón, o su ausencia. ¿Crees que el perdón es posible? ¿En qué circunstancias o con qué condiciones? (Pienso en el contexto de la novela, pero también, en un cierto offtopic, en el País Vasco…)

E.: Creo que sobrevaloramos el perdón. El perdón favorece sobre todo al verdugo que, una vez perdonado, puede seguir adelante, tal vez incluso sin pagar por lo que ha hecho y sin un proceso de reparación con la víctima. Y otorgar el perdón pone en una posición difícil a la víctima. Si la víctima quiere perdonar, estupendo, pero nunca deberíamos exigir que perdone. Hay daños, violencias, que son irreparables y en las que el perdón no debería ser siquiera tema de discusión. ¿Por qué nos preocupamos tanto del perdón y tan poco de la reparación, de la justicia, de la verdad? ¿Por qué exigimos siempre que se perdone y que se pase página y exigimos tan poca justicia? 


P.: En cierto modo, se podría decir que la tuya es una novela crítica con la idea de “reconciliación”, al menos si esta reconciliación no cumple ciertas condiciones, o si es una reconciliación forzada y no sentida… Si te dijeran que tu novela reabre heridas, ¿te lo tomarías como algo negativo?

E.: Es que en este país se entiende por "reconciliación" que unos callen (si es necesario por la fuerza) y otros sigan defendiendo el mismo discurso de no reabrir heridas de que eso fue "guerra entre hermanos" y que "la España cainita" y que si la tercera España y que si los extremos se tocan. ¿Cómo se puede hablar de reconciliación después de 40 años de dictadura? ¿Reconciliarse quién con quién? Después de una dictadura asesina y represiva lo que toca es un proceso de justicia, de verdad y de reparación. Estoy harta de la carga católica del perdón y la reconciliación que diluye responsabilidades, que despolitiza, que pone el foco en los sentimientos y esas mierdas cuando lo que se necesitan son procesos judiciales, investigación y depuración de responsabilidades. Y si me dijeran que la novela abre heridas preguntaría que a quién se las abre. Porque en este país hay familias con heridas abiertas desde hace 80 años y otras a las que apenas se les notan las cicatrices porque se encargaron de cerrárselas muy bien durante todos los años del franquismo. Así que me digan a quién se le abren las heridas cuando hablamos de memoria democrática. Se les abrirán a los que entienden bien poco de democracia.

 
P.: El reverso del perdón sería, quizás, la culpa. Aquí es donde algunos lectores (entre los que me incluyo) pueden vincular Los ojos cerrados con La higuera de Ramiro Pinilla. ¿Qué lugar ocupa la culpa, en tu opinión, en el proceso de la memoria individual y colectiva? ¿Puede en algún caso ser positiva, o es un sentimiento solipsista, autocomplaciente o autodestructivo?

E.: Pues mira, la culpa va con el perdón y la reconciliación, al saco de palabras inútiles cuando hablamos de justicia. La culpa no sirve para nada, lo que sirve es la responsabilidad, tanto a nivel personal como colectivo. La responsabilidad exige una acción, te sitúa ante el hecho en el presente. Te haces responsable. La culpa se queda en sí misma, te regodeas en ella, te sientes culpable.
 
 
P.: Hay una escena que me parece muy significativa: en un momento de la novela unos cazadores vienen con sus escopetas y sus presas, llenándolo todo de sangre. ¿Intenta esta escena simbolizar que la violencia pasada (de la Guerra Civil o el Franquismo) sigue perpetuándose en el presente, aunque transformada?

E.: Pues no lo sé. La escena surgió y me pareció que tenía sentido, pero no intentaba hacer nada con ella. Simplemente la escribí. Pero sí creo que hay algo de lo que comentas. Al fin y al cabo en la novela hay una continuidad de esa violencia del pasado que se refleja en el mismo espacio de Pueblo Chico pero tomando otras formas, son como ecos.
 
 
P.: En general, ¿crees que hemos avanzado algo en el tema de la memoria histórica en España (política, social, culturalmente), o seguimos estancados en medio de la ceguera? ¿Crees que la literatura tiene poder para cambiar esto?

E.: Hay olas de interés por el tema de la memoria democrática y justo antes de la pandemia estábamos en un momento muy rico, pero ahora ha vuelto a pasar todo a segundo plano. Estuvo muy bien sacar a la momia de Cuelgamuros, expropiar el Pazo de Mierás, ahora a ver si los familiares pueden sacar a sus seres queridos de Cuelgamuros también. Pero queda mucho por hacer, queda mucho por investigar, queda mucha pedagogía sobre memoria democrática por hacer, no sólo de la guerra, sino de lo que supuso el franquismo para muchas comunidades. La literatura contribuye a su manera al debate público, de una manera tangencial y humilde con sus propias herramientas: provocando conversaciones, despertando memorias, usando la ficción y el lenguaje imaginativo para ensanchar la forma de pensar el pasado. Pero cambiar, cambiar, la literatura cambia poco.

lunes, 3 de mayo de 2021

Mary Shelley: El mortal inmortal

Idioma original: inglés

Título original: The mortal immortal

Año de publicación: 1833

Valoración: Está bastante bien


Observo a veces alguna hostilidad hacia la ciencia ficción y casi siempre se debe a una confusión entre literatura y cine de género. Productos nefastos los hay en cualquier formato, pero a la narrativa –que fue la que inventó este tipo de argumentos– le permite plantear grandes cuestiones que afectan a todos los humanos. Mary Shelley fue una pionera, el célebre y espectacular Frankenstein le dio la fama pero con él no se agotaron ni su talento ni sus preocupaciones humanistas. Esta novela corta a veces se cataloga como de terror pero yo no percibo este componente, ni siquiera para la mentalidad de la época y menos aún para la nuestra.

De cualquier forma, Shelley consigue crear un personaje con el que empatizamos fácilmente, una atmósfera novelesca que recoge los tópicos narrativos de siempre (muchacho pobre, chica huérfana recogida por una déspota podridita de dinero, el inevitable castillo, que actúa según el mito de la jaula de oro, un bucólico paisaje que sirve de marco para los encuentros, la poción mágica que cambiará el curso de los acontecimientos y la súbita fortuna del pretendiente tras aliarse con las fuerzas del malpuestos al servicio de las especulaciones más inverosímiles. Pero una cosa es la verosimilitud de la vida real y otra la literaria, y en el marco establecido de antemano lo que se nos muestra es perfectamente creíble.

Uno de los grandes mitos de todos los tiempos es, sin duda, el de la eterna juventud, por otra parte, nadie duda de que la naturaleza necesita renovarse. Según esto, se diría que esta aspiración tan humana se opone a las leyes del universo. A no ser que nuestro deseo de permanencia no sea tan real como pensamos, que en realidad hablemos por hablar, convencidos de que no hay la mínima posibilidad de que algo así ocurra en nuestro mundo. ¿O el conflicto se presenta cuando alguien está solo viviendo una experiencia semejante, tiene que disimular para evitar habladurías y vivir sin rumbo fijo al carecer de precedentes?

Esto de los bebedizos y estratagemas varias para contradecir las leyes naturales tenía su tradición en el terreno de lo mágico, dentro del género especulativo acabaría dando mucho juego en el futuro y como punto de partida se ha usado (y abusado) de él, pero era una novedad por entonces. Nuestro protagonista ha cumplido trescientos veintitrés años y aparenta la misma edad que cuando bebió la pócima de su maestro. Lo hizo confundido respecto a sus propiedades y sin pensárselo mucho. En un primer momento todo son ventajas pero, conforme su amada va envejeciendo, comienza a desesperarse.

Pero –y aquí viene la gran simplificación– el superviviente, por definición, no solo pierde a su pareja, también al resto de sus contemporáneos, tiene además que adaptarse a constantes cambios de todo tipo y, sobre todo, su naturaleza no está preparada para tanta longevidad, lo que acarreará, sospecho, sorpresas imprevisibles. Sin embargo, tras un planteamiento tan audaz que, precisamente en sus manos, podría haber dado mucho juego, Shelley pierde fuelle, de modo que su personaje no encuentra más desventaja que un aburrimiento terrible. ¿Significa eso que tenía la vida solucionada? Da la impresión de que sí. Pero, una vez transcurrido el período previsto, no tiene nada que contarnos, solo que quiere acabar con su vida y no sabe cómo hacerlo. Dos siglos y medio de más es mucho tiempo para dedicarlo solo a lamentarse. ¿Se estaba auto censurando la autora tras plantear una realidad inconcebible para ella e imposible de aceptar en ese momento?

Muchos siglos pero pocas páginas –unas cuantas decenas nada más– que garantizan entretenimiento e intriga y que se pueden leer en una tarde.


También de Mary Shelley: Frankestein o el moderno Prometeo

domingo, 2 de mayo de 2021

Eva Appel: Vida y contexto de Franz Kafka

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable para interesados


Eva Appel ha escrito una cronología vital y cultural de Franz Kafka que, pese a su brevedad (apenas alcanza las doscientas páginas), consigue entregar la información básica acerca de su objeto de estudio, cuestionar obras afines más extensas y actualizar ciertos datos. 

De Vida y contexto de Franz Kafka destacaría especialmente el atinado análisis que hace de la enigmática literatura del autor checo, así como el fiel retrato que dibuja de la época en la que éste se movió.

Por ponerle pegas al libro, diría que su faceta biográfica presenta algunas omisiones y que no acabó de persuadirme su forma de relacionar a Kafka con otros intelectuales (Nietzsche, Einstein, Freud....). En todo caso, lo recomiendo a todo aquel interesado en el tema abordado, tan fascinante como abrumador, tan visitado como inagotable, tan influyente como irrepetible.

sábado, 1 de mayo de 2021

Mónica G. Prieto / Javier Espinosa: La semilla del odio

Idioma original: español

Año de publicación: 2017

Valoración: muy recomendable

Mencionada con entusiasmo en Una dacha en el Golfo, esta recopilación de artículos a cargo de dos periodistas españoles (justo en la semana que hemos de lamentar el asesinato en Burkina Fasso de dos reporteros) es uno de esos libros que confirma lo que mucho, y muchos, nos tememos: que ciertos conflictos bélicos ineludibles para ciertos políticos (ejem, la famosa foto de los Azores con Ansar despeinado) son solo el resultado de una búsqueda desesperada de pretextos para intervenir en algún punto del globo donde hacer prevalecer sus intereses que, lejos de la preservación de las libertades de los oprimidos o el restablecimiento de la justicia social, suelen ser económicos o geoestratégicos. 

Y, tal como su subtítulo indica (De la invasión de Irak al surgimiento del ISIS) ese proceso se corta en un punto que dista mucho de ser el final. O vamos a ser tan ingenuos, desde nuestros cómodos sofás occidentales, y pensaremos que todo ha acabado porque lo de Siria parece más o menos encarrilado y la pandemia ha distraído al planeta de sus quehaceres bélicos. Nada de eso, me temo. El germen, la semilla de ese radicalismo, su crecimiento, queda descrita aquí en decenas de episodios relatados por estos dos periodistas, muchos, demasiados pero así es la realidad, truculentos, detallados, crueles, pero necesarios para integrar el nudo argumental de la tragedia humanitaria resultado, directo o indirecto tras decisiones torpes que se suceden, de la gran tomadura de pelo de las armas de destrucción masiva y la intervención en Irak, un país al que USA le debía unas cuantas tras lo de Kuwait y la operación Tormenta del Desierto, un gran país y cuna de civilizaciones que tiene la desgracia de estar asentado sobre un territorio rico en petróleo. Así que el ejército USA invade el país y protege desvergonzadamente lo que le interesa, el Ministerio del Petróleo, y siembra el caos, divide a la población, entrega mazos de cartas con los líderes a los que quiere detener, da una demostración de no comprender nada de lo que ahí ocurre (las facciones religiosas, las etnias, el conflicto kurdo, la influencia de Irán) y abraza de forma atolondrada ahora un aliado ahora otro, intenta situar un gobierno títere, actúa de forma histérica y precipitada creando mitos de represión (después de Guantánamo, Abu Ghraib) detiene y masacra a cualquiera que le parece un enemigo y lo único que consigue es crear cárceles que son universidades de radicalismo, cambiar la mentalidad de quienes esperaban que se les liberara del yugo de Saddam Husein y acaban, prácticamente, echándole de menos.

La semilla del odio es, diría, un reverso de una serie como Generation Kill con sus soldados aburridos por la burocracia entusiasmados por entrar en combate. Aquí se habla de una población hastiada y manipulada por sus líderes antiguos y nuevos, de una desesperación en que cualquier ilusión de futuro arraiga, de la fácil penetración del sentimiento religioso (el opio del pueblo de Marx) como contrapartida para un presente funesto y un futuro de muy mal presagio. Una magnífica obra en la que sus autores no usan guisa alguna de héroes sino puro uniforme de reportero entregado a su profesión, sin ínfulas ni compromiso con otra cosa que contar lo que ve. Una lectura que dista mucho de ser gratificante, ligera o incluso agradable, pero es que así son las cosas.

viernes, 30 de abril de 2021

Tatiana Țîbuleac: El jardín de vidrio

Idioma original: rumano
Título original: Grădina de sticlă
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Hay libros que despiertan interés ya antes de que sean publicados y es indudable que, tras el estelar debut de Tatiana Țîbuleac en «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes», uno estaba pendiente de su próxima publicación. Y me ha encantado encontrar en ella el estilo atrevido, punzante y poético de la autora rumana. Pero también he encontrado esta vez ciertas carencias y algunas notables diferencias entre ambos libros, especialmente en lo tocante a su estructura. Vayamos a ello.

El libro empieza de manera directa, con esa prosa poética, dura y contundente que nos deslumbró a muchos en la primera novela traducido de la autora moldava. Es fácil reconocer su estilo justo al leer la primera frase: «Nazco de noche, tengo siete años. Me llevaría en brazos, dice, pero tiene las manos ocupadas». Porque así empieza el libro, así describe Țîbuleac con perfecta precisión y desconsuelo como la huérfana Lastochka, protagonista de la historia, es recogida por la anciana Tamara Pavlovna de un orfanato en ese nuevo renacer, en esa puerta que se abre lejos del mundo sórdido y frío que conocía hasta la fecha. Pero hablamos de Țîbuleac, y la alegría de sus personajes es corta y efímera, porque quien la acoge en su regazo es esa anciana poco dada a cariños y afectos, alguien de quien afirma, cuando está enojada, que «sus ojos se entornaron, la boca se le achicó, y así, plegada sobre sí misma, parecía una habitación en la que se hubiera apagado la luz». Esa ausencia de luz, esa frialdad emocional, tan característica del estilo de la escritora, es constante a lo largo de la narración y es duro, pero a su vez es lo que buscamos en su obra. Porque es palpable ya desde un inicio la prosa poética y bella de Țîbuleac, es perfectamente reconocible su tacto en describir situaciones duras y tristes.

Con este inicio entramos en el mundo de Tamara, una mujer que se gana la vida, o la sobrelleva, recogiendo botellas de vidrio y vendiéndolas, a la vez que intenta instruir a Lastochka en el oficio, con su rigidez constante en trato y exigencias, porque Lastochka sufre la presión de comportarse de manera educada, de formarse, de ser culta porque, tal y como le inculca Tamara, «aprende ruso, sin él no tienes nada que hacer». Esa es su salida, su futuro, su porvenir. Porque el que no tiene nada ni modo de conseguirlo, solo puede conseguirlo a través de los otros, si logra que los otros se lo ofrezcan por lo que es, o por lo que aparenta. Esa exigencia envuelta de temor se mezcla con el agradecimiento, con cierta veneración inicial hacia Tamara a pesar de su dureza, porque «me habría aferrado a una cuchilla si me hubiera acariciado y me hubiera arrojado pan», porque era alguien que le permitía caramelos, pero «me dejaba coger dos, no uno como al resto de los niños, porque era huérfana y tenía en la boca un gusto mucho más amargo». Así, en esta dualidad emocional y afectiva se desarrolla la vida de Lastochka y se dirige en su narración en primera persona al lector que, en su deseo más íntimo, espera que sean sus padres, confesándonos la incomprensión ante su decisión abandonarla, cuestionándose desconsoladamente «¿En qué lengua debo buscaros? ¿En qué lengua debo perdonaros? ¿Por qué nadie dijo que era mejor que siguierais muertos? Muertos me habríais querido más. Muertos os habría querido más». Así, Lastochka nos confiesa la frustración y el odio que siente ante su pasado, basado en mentiras y falsedades, constatando que no fue sacada del orfanato para tener una mejor vida, sino «que me habían comprado», llegando a afirmar que «a veces pienso que, si os odio un centímetro más, mi odio formará un círculo completo y llegará el amor. Ese centímetro es lo que más miedo me da, por ese motivo lo aplazo todo». Porque si bien el odio y el asco es conocido, no lo es el amor, y ese desconocimiento es el peor de todos los miedos y temores.

De esta manera, Țîbuleac nos sitúa en un mundo poblado de la nada, de miserias y pocas alegrías que, como tesoros escondidos, se encontraban detrás de lo más nimio e impensable. Rodeada de niños en su misma condición, el día a día conforma su mundo de extrema austeridad, de trabajo físico interminable con el sustento como única paga. Y donde no llega más tampoco lo hace el cariño ni la ternura, no hay tiempo ni tampoco aptitudes para ello, porque «nosotros éramos botelleras. Nuestro trabajo consistía en reunir botellas y pagarlas al contado» en un mundo oscuro y sórdido en el que «belleza y luz veía raras veces. Respiraba todo el día alcohol, escuchaba juramentos y contaba monedas» y la constatación desoladora, con el paso del tiempo, de que «pasaban los meses y comprendía que, de un orfanato pequeño, había acabado en uno grande» en el que «las chicas se habían convertido en mujeres. Les habían crecido los pechos, pero no los corazones». 

Estructuralmente, la historia rompe de manera continua la narración en orden cronológico y es un constante salto temporal entre presente (con Lastochka ya mayor) y sus recuerdos del pasado, retazos de una vida que nos ofrece a modo de pinceladas con una estructura terriblemente fragmentada, con capítulos que la mayoría de las veces son una simple página o un par. Este hecho causa que el argumento sea difícil de seguir, con saltos constantes en el tiempo y sin referencias al mismo. Así, uno va recomponiendo la historia sin saber a ciencia cierta el orden en el que suceden los hechos, en ocasiones explicados como meros apuntes con hechos particulares que dan una visión de un mundo triste, aterrador, angustioso, penoso, pero sin saber poco de su evolución. Vemos el dolor y la angustia, pero no vemos de manera clara el camino seguido, aunque sí sus cicatrices y escollos, es ahí radica la magia del estilo de Țîbuleac, en el envoltorio que, brillante y atractivo, se va convirtiendo en arrugado, gastado, deshecho a medida que te acercas a él para encontrar, dentro de él, el más absoluto vacío.

Más allá del retrato emocional de su protagonista, Țîbuleac sitúa la historia en la República Socialista Soviética de Moldavia y, con ello, trata otros aspectos que inciden en la vida de la protagonista y conforman su evolución marcada por el conflicto ruso/moldavo, y la decisión de ir a la escuela moldava, para instruirse así en su lengua, a pesar de su irrelevancia, a pesar de que «lo más bonito en mi cabeza estaba en ruso. El ruso lo escuchaba en la televisión y en la radio. En las calles y en el patio». La lengua de imposición, que la lleva a creer que «pensaba que las palabras se inventaron en ruso y, solo más adelante, desde ahí pasaron a otras lenguas», constatando que la cultura imperante borra y erosiona todo lo que no es ruso; pero ella mantiene su lengua, a pesar de todo, porque es como ella siente; una lengua que en su fuero interno cree tan empobrecida que, al ver por primera vez un libro escrito en rumano la lleva a cuestionarse que «¿Cómo podía una lengua, que era la nuestra, estar escrita con otras letras? Y, sobre todo, ¿para qué?».  

La autora deja constancia también, de manera clara y evidente, de la necesidad de la sororidad en tiempos de dificultades, el soporte encontrado en sus amigas, compañeras, porque quizás es lo único a lo que aferrarse para sobrevivir en un mundo arduo, ingrato y detestable, porque «quería estar con Maricica, con Olia. Quería que vinierais a llevarme al fin del mundo». Unas amigas con similares futuros, a menudo atados a las voluntades de sus maridos, pero también a las luchas contra esos valores tan arraigados por una tradición que no tiene en cuenta sus voluntades y deseos. Querían sentirse vivas porque «sabíamos que éramos mujeres, tal y como lo entendíamos nosotras y como era en aquellos tiempos. Queríamos grandes preocupaciones y dolor de verdad. Que nos sucediera, que nos perturbara algo».

Lamentablemente, el libro va claramente de más a menos, pues partiendo de un tono y una prosa impactante y terriblemente reconocible, a medida que se avanza en la lectura, se va diluyendo el impacto, con menos frases que marcan al lector que, a su vez, va perdiendo el hilo en una narración con esos saltos continuos y fragmentos desubicados hasta el punto en que, superada la mitad, el libro entra en una cierta monotonía, sin un horizonte claro hacia el que un lector pueda vislumbrar claramente la trama de un relato en exceso fragmentado, repleto de breves anécdotas pero poco elementos decisivos; como las propias botellas que recuperan de entre los escombros, las piezas encajan pero es difícil su reconstrucción a partir de los añicos que nos dejan esas perlas escondidas entre un mar de soledad y miserias. Afortunadamente, en su tramo final recupera el tono del inicio y recobramos, parcialmente, la sensación que teníamos en un inicio.

De esta manera, la lectura del libro me deja el libro sensaciones encontradas, pues a pesar de su excesiva fragmentación y una bache hacia la mitad de la lectura en cuento a argumento e incluso impacto emocional donde uno cae en cierta apatía, hay pasajes donde Țîbuleac brilla con esa luz que la hace especial, como cuando la protagonista, dirigiéndose a sus desconocidos padres, confiesa que hubiera querido «preguntaros, por fin, por qué me visteis como una carga si habría cabido en una de vuestras manos». Es en esas frases donde lo hermoso y lo desgarrador se dan la mano, donde la belleza del estilo de la autora se funde y se empapa en la tristeza más absoluta; es en esos pasajes cuando nos conmueve y nos afecta del modo que solo un buen texto puede hacerlo. Porque es, en esos momentos, donde nos reencontramos con la belleza de la literatura.

También de Tatiana Țîbuleac en ULAD: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes