martes, 26 de octubre de 2021

Lucia Berlin: Bienvenida a casa


Idioma original: inglés

Título original: Welcome home

Año de publicación: 2019

Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino

Valoración: recomendable

Es lógico que del gran éxito que tuvo, ya hace cierto tiempo, la brillante colección de relatos titulada Manual para mujeres de la limpieza surgiera un interés sobre la obra de Lucia Berlin. Lamentablemente, no fue muy prolífica y de hecho ni siquiera llegó al tan socorrido bautismo de la novela. Así que la única manera de atenuar el ansia surgida en el aficionado fue a) completar la publicación de su obra con una segunda colección de cuentos irremisiblemente condenada a ser algo inferior y b) organizar este Bienvenida a casa. 

Se trata de una obra interesante, pero siempre es un complemento a la lectura de su obra narrativa. Sin llegar a ser (no tendría sentido) un estudio a fondo, en el sentido académico, de sus textos, como si sus relatos no fueran claros y diáfanos en retratarla a través de sus innegables rastros biográficos, aquí nos encontramos material que rehúye la mitificación pero que asienta la figura. Berlin escribió montones de cartas, se mudó un montón de veces (por motivos laborales de su padre o de alguno de sus maridos), se hizo un montón de fotos - apoyo gráfico que hace aún más amena la lectura - y todo ese conjunto define no solo a la escritora en su modo de relacionarse con el mundo, sino hasta cierto punto a la sociedad de la época.

Evidentemente el nudo más propiamente narrativo del libro lo constituyen sus cartas, situadas en la segunda mitad del libro. Antes hemos leído cosas acerca de su vida y sus continuas mudanzas que incluyen varios estados USA (nació en Alaska, pero llegó a desplazarse a Chile), pero las cartas que envía a amigos, familiares, incluso a alguno de los editores que le pagaban por sus textos, empieza a mostrar detalles. Su minuciosidad en la descripción de los lugares que habitaba, la vegetación, los olores, el trasiego de sucesivas parejas e hijos, las adicciones como telón de fondo en algún caso. Una vida que por momentos parece frívola y desahogada tanto como precaria y apurada. Su tesón en la escritura y una cierta manía perfeccionista, el goteo de influencias.

A pesar de la entidad propia de algunos de estos textos, el proceso es claro: uno lee esta especie de memorias exógenas antes o después de leer sus relatos, un ciclo tan inexorable como placentero.

lunes, 25 de octubre de 2021

Manuele Fior: La entrevista

 Idioma original: italiano

Título original: L'intervista, L'entrevue? *

Año de publicación: 2013 (recientemente reeditado en bolsillo)

Valoración: Está bien


Hacía años que no me acercaba a la novela gráfica, aunque lo empecé a remediar hace unos meses, y es de esos proyectos que siempre planeas y nunca acaban de concretarse, básicamente porque se interponían otros, más parecidos a lo que suelo leer, y eso les convertía, sin ningún otro motivo, en prioritarios. También tengo cierta reserva hacia esos volúmenes inmensos, de tapa gruesa, que pesan un quintal, no caben en ninguna estantería y te los acabas en menos de una hora. Confieso, pues, cierto desfase respecto a este género, que siempre me ha apasionado y que en otro momento consumía con relativa frecuencia.

¿Se puede tener telepatía con un libro? No creo, pero como en ficción cabe casi todo  y la cosa hoy va de leer mentes ajenas, les cuento. Encontré mi ejemplar en una librería que no había visitado nunca, simplemente entrando y parándome delante de él, sin poder quitar los ojos de la portada, como si me estuviera llamando desde que iba andando por la calle. Me pareció una buena ocasión para reanudar antiguos hábitos, porque siempre me han interesado el dibujo de los historietistas como una rama a destacar del dibujo y las historietas gráficas no infantiles por su extraordinaria síntesis de argumentos complejos, también para ponerme al día sobre las nuevas corrientes conociendo a autores nuevos para mí.

Manuele Fior es un ilustrador italiano que lleva casi dos décadas viviendo en París, fue ganador en el festival de Angulema en 2011 etc. Esta es su tercera novela gráfica. Cinco mil kilómetros por segundo, la novela premiada, es como la que comentamos una historia de amores imposibles y su primer argumento original. Antes había publicado La señorita Else, adaptación de una novela convencional ambientada en los años veinte del siglo pasado, y aunque su estilo como dibujante es inconfundible, la estética, casi decimonónica, es radicalmente distinta a esta novela que, utilizando exclusivamente el blanco del papel y el negro de la tinta, pretende situarse en un futuro próximo –y a veces no tan próximo– mediante rasgos, quizá, no demasiado relevantes. Aunque creo que el argumento, sin duda interesantísimo como premisa para un producto de ficción, es lo que más flojea, quizá por falta de experiencia en cuestiones narrativas. Pero el conjunto promete y habrá que dar tiempo al autor para que vaya evolucionando.

Como decía, el relato se sitúa en un futuro alcanzable, solo tres décadas y media después de la publicación original, y se desarrolla a varios niveles, de contenido tan ambiguo como las propias viñetas. En el ámbito privado, hay un matrimonio en crisis, una historia de amor inter-generacional y crisis existenciales diversas, entre ellas una posible patología psiquiátrica que resulta no ser tal. El aspecto social muestra un intento de renovar las relaciones amorosas aportando una solución poco original, algo así como el amor libre o el poli-amor, aquí concebido como movimiento organizado y llamado de otra manera. Por último, la capa que nos sitúa en el ámbito de la ciencia ficción (o novela especulativa) se reduce a ciertas alusiones a una ciencia algo más avanzada que la actual, a la intervención de un poder extraterrestre –consistente en la aparición de extrañas luces nocturnas y en un ocasional caos tecnológico– que, se adivina, interviene en los pensamientos de las personas y en la creciente facilidad de estas para adivinar los pensamientos ajenos. Sorprendente competencia humana que culminará varias generaciones más tarde.


Todo ello sugerido más que contado, un procedimiento que da buenos resultados cuando el autor se guarda parte de la información pero que chirría si esta no existe. E intuyo que este es el caso porque quedan demasiados hilos sin cerrar, en realidad todos. No sabemos cómo interactúan con los humanos los seres de otras galaxias, ni quiénes son, ni mucho menos sus motivos. Ignoramos si el movimiento erótico-amoroso triunfó a nivel general o se quedó en mera intentona. Ni siquiera la evolución de las historias particulares, agresión domiciliaria incluida, encuentra un desenlace aunque sea abierto. Del futuro, solo sabemos que la telepatía triunfó, que llegó a generalizarse y que esto se considera –en el siglo XXII– un gran avance, pues permite conocer completamente a los otros. ¿Avance? Me parece más que discutible, pero es mi opinión personal.

Faltaría hablar de la dichosa entrevista pero eso sucede en el futuro del futuro y tendría que adelantar demasiada información.

* (No me ha quedado claro en cual de los dos idiomas fue escrita la novela, me consta que apareció en ambos con pocos días de diferencia y que la traducción al castellano se ha hecho desde el francés).


Traducción: Regina López Muñoz 

domingo, 24 de octubre de 2021

Carlota Gurt: Sola

Idioma original: catalán
Título original: Sola
Traducción: Palmira Freixas
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Después de debutar en narrativa con el libro de cuentos «Cabalgar la noche», y hacerlo de manera bastante destacada, Carlota Gurt ha ampliado su campo de acción adentrándose en el mundo de la novela. Para hacerlo, la autora ha reformulado la novela «Solitud», de Victor Catalá, utilizándola únicamente a modo de base para, a partir de pequeños mimbres, desplegar una historia que sorprende por su ritmo, su calidad lingüística y una radicalidad en forma y fondo que desnuda y profundiza la condición humana en su estado más puro: la soledad.

Con un primer párrafo cautivador, la narración viene de mano de Mei, la protagonista, que tras un desengaño laboral en la editorial donde trabajaba, busca refugio en la casa de campo que fue su hogar en la infancia para escribir una novela; una llegada a su pasado algo atropellada, algo agitada, pues, «cuando el camino se ha adentrado en el bosque, el viento ha comenzado a empujarme como si tuviera prisa por hacerme llegar a casa». Esta premura, esta urgencia y la narración en primera persona sitúa al lector al lado de la protagonista y nos invita, o nos alienta, a entrar con ella en su antigua casa, un lugar lleno de recuerdos, de pasado y de experiencias; un lugar antiguo y conocido, pero al que se debe acostumbrar de nuevo y hacérselo suyo eliminando capas de polvo, limpiando muebles y muchos (y no siempre agradables) recuerdos que la autora sintetiza afirmando que «frotaba con pasión, a veces me daba un calambre en los dedos de agarrar el cepillo con tanta fuerza, sentía que me estaba limpiando la mugre de los pliegos mentales, como si me estuviera lustrando los recuerdos para hacerlos más bonitos». Con ello, la autora ya nos hace ver que no todo es placentero en su pasado, que no todo es agradable y que habrá que sacudir el polvo de unos recuerdos y añadir capas de olvido en otros.

Situados en escena, el libro no deja respiro. El ritmo de lectura es ágil, la escritora nos contagia su vitalidad y la de su protagonista, pues de la misma manera en la que empieza la novela al afirmar que «el viento ha comenzado a empujarme como si tuviera prisa por hacerme llegar a casa», la autora hace lo propio, y con su ritmo rápido (en claro contraste con la supuesta calma del pequeño pueblo en la montaña en el que se halla) nos empuja hacia la historia, nos mete en su casa con ella, y nos encontramos de golpe rodeados también de sus recuerdos y también de sus temores.

Mei habla en primera persona, y se convierte en narradora omnipresente y se nos muestra de manera espontánea en una cualidad que comparte con su autora, pues uno puede sentir en el desparpajo de Mei a Carlota Gurt, directa y visceral, mostrándose de manera franca, sin esconder sus debilidades ni sus miedos, dando la sensación de que ese tono desenfadado es pretendido, es buscado, es una extensión de ella misma. Ya la propia autora coquetea con ello al afirmar que «esta novela es un error; alguien me lo dirá en algún momento, y tendrá razón. Entonces, cuando las dudas se me arrapan a la piel, empiezo a picar más fuerte para que el terremoto continuo de las teclas desmorone mis inseguridades», o también «Mei, tendrías que haberlo revisado más. Qué te has creído, impostora, imbécil» o capitulando al afirmar «este cuento no va a ningún lugar, farsante». Gurt juega con el lector, y le hace confidente del propio relato, en un ejercicio metaliterario que sorprende y funciona perfectamente engrasado porque ese guiño al lector es una muestra más de la ironía y el sentido del humor de la autora, que retrata a su propio personaje como «la bobalicona de ciudad plantada en medio del camino» ejemplificando así la torpeza social de la protagonista, en una desubicación mental, vital, pero también física de la mujer de ciudad yendo al campo, como si la protagonista se hubiera extraído de su entorno acomodado y confortable para someterla a la transformación y adaptación a un entorno ajeno emocionalmente, laboralmente, vitalmente, luchando contra unos recuerdos que permanecen imborrables y contra novedades vitales que llegan de golpe y la inquietan, la turban, pues a pesar de los esfuerzos de Mei, «llevo dos días concentrándome para mantener las ilusiones fuera de las murallas y ya no puedo más. Hostia, es que yo no quiero imaginar porque las murallas son débiles y el ejército de la ilusión es invencible».

De esta manera, y evitando todo spoiler en esta reseña, a medida que avanza el libro vamos viendo que esa fina ironía que desprende el tono del libro en boca de Mei es una manera de captar al lector, es un anzuelo al que nos enganchamos de manera inevitable (y nos plegamos y disfrutamos con él) para entrar en una historia que no tiene nada de alegre, porque Gurt lo utiliza como un acto de la ilusionismo en el que nos envuelve para hacernos creer que lo que leemos es ligero, que lo devoraremos en unas pocas horas (aunque eso es cierto, pero tardaremos mucho más en olvidarlo), pero ella, hábil narradora de cuentos, sabe lo que es el impacto, sabe cómo causarlo y cuando hacerlo. Y sabe cómo sacudir de golpe la inocencia y la ligereza y abrir un surco profundo y oscuro, porque la grieta que abre en la narración a partir de cierto momento llega como un torrente, como un rio desbocado de caudal incontrolable. Y Mei lo confirma, afirmando que «he salido de la realidad y me he metido en un paréntesis lleno de ojos que no paran de chorrear», afirmando con pesar que «si estoy sola la tristeza la tengo confinada, pero si hay alguien más me desbordará».

Gurt es atrevida, de lengua rápida e inteligencia aguda, y estas cualidades hacen que el ritmo de lectura sea torrencial, pasional, casi visceral. Mei es contundente y sarcástica, con cierto punto de una mala leche que no esconde, como al afirmar, ante uno de los personajes que sufre osteoporosis, que «he pensado que esa enfermedad le encajaba perfectamente: es tan blanda que incluso su cuerpo le niega unos huesos como Dios manda». Esa vehemencia imprime un tono que atrapa, y que no da descanso al lector al igual que no se lo da a Mei, que parece perseguida por las circunstancias y por lo que sucede, siempre a remolque, siempre intentado comprender y adaptarse a un mundo que cambia de forma cada vez que parece que le tiene tomadas las medidas. Y, en el avance del día a día, en la soledad de una casa, de pocas personas apenas conocidas, va inundando de dudas e incertezas a Mei que se va recluyendo, se va cercando, se va aislando en un mundo que cada vez desconoce más, en una contienda entre presente y futuro, porque «el ejército de los recuerdos avanza, pero es necesario que los soldados de la supervivencia lo aniquilen sin piedad. Todo el día con esta batalla agotadora contra la memoria dentro de la cabeza, y mientras dominar el arte de la guerra, empujando las horas: desayunar, escribir, comer, dormir. ¿Para qué? La vida, qué etcétera más tedioso».

Es curioso que cuando uno de sus vecinos lee las primeras páginas de su novela y le da su opinión, ve en esa novela algo muy parecido a lo que podemos ver nosotros en esta: «la lengua está muy bien, trabajada sin empalagar, ni demasiado simple ni demasiado retorcida. La primera persona me gusta, siempre ayuda a estar más cerca de los personajes, a olerles la piel, pero tiene el peligro de caer demasiado en el yo, de revolcarse en él». Esas sensaciones se repiten exactamente en la lectura de este libro, y da una buena muestra de que la autora, que destila honestidad y espontaneidad, se conoce perfectamente y se muestra ante nosotros tal y como es. Y precisamente, y seguramente gracias a esto, su prosa fluye de manera vertiginosa, limpia, contundente y sin parecer que le importe mostrar ciertas imperfecciones, pues la acerca a una protagonista que las tiene y vive en ellas y contra ellas. 

Gurt sobresale cuando da rienda suelta a su desenfreno, cuando narra escenas de deseo incontrolable, cuando deja salir toda la pasión que su imaginación es capaz de poner y se deja llevar, sin contención, sin cortapisas, sin obstáculos que, de haberlos, los barrería y los engulliría, los arrasaría y los quemaría con el ardor y la pasión que irradia el relato. Rabia y deseo se unen, y de la unión nace una ira incontrolable que todo lo barre, incluso su vergüenza, sus recelos, ella misma, porque «la vergüenza y la rabia pueden con todo». Porque ahí es donde más me gusta Gurt, en la visceralidad, en el descaro, en el atrevimiento, en la valentía… mejor transmitiendo sensaciones que historias largas, mejor buscando el impacto que tramas de fondo y me gustaría verla en un registro de relaciones incendiarias, de claroscuros amorosos, donde la fuerza del relato resida en la duda y la incertidumbre, y la pasión, siempre necesaria, en la vida y en el amor. Hay mucha corporalidad en la narración, la protagonista es mujer y su personaje así lo muestra hablándonos de menstruaciones, orgasmos o masturbaciones. Ese es otro ejemplo del desparpajo de la autora, que no se esconde en clichés o en metáforas para narrar lo que considera, lo expone directamente, abiertamente, de manera natural y sin nada que esconder. 

Asimismo, la cuenta atrás que pone nombre a cada capítulos funciona a modo de McGuffin que empuja al lector, insuflando un aliento adicional por si el ritmo vertiginoso de la narración no fuera suficiente. Esta es la crónica de un delirio, de una vida que se tuerce a cada esquina, a cada bifurcación del camino que trazamos a nuestro paso pero que parece ya predeterminado de antemano porque Gurt coge su personaje y lo despedaza, se mete dentro de él como un Caballo de Troya y desde dentro lo desmenuza y lo destripa, mostrando ante el mundo sus virtudes y sus crecientes defectos, alimentados por una soledad que la envuelve y la rodea de miedos y temores y que la lleva a firmar que «y entonces he visto todo aquello, como un relámpago que lo ilumina todo un instante y después la oscuridad no puede volver a ser negra como antes porque ya sabes qué se esconde en ella».


Dice la autora, en boca de Mei, «¿Qué narices te creías? ¿Que vendría aquí y te diría que habías escrito una puta obra maestra?». Pues diría que no, claro, que la autora no iba a escribir una obra maestra en su primera novela, pero que sí muestra unos dotes que hacen que creamos que algún día pueda escribirla porque, con «Sola», Carlota Gurt demuestra un gran talento a la hora (y especialmente) de narrar las pulsiones vitales de una persona que se encierra en una soledad buscada en un inicio, para tratar a partir de ella la psicología humana de quien se consume, a medida que se adentra, en su propia espiral de emociones. Por ello, y destacando especialmente su gran primer tercio y un final que brilla por su radicalidad, la autora ha escrito un libro que por su historia y visceralidad es de los que se quedan dentro una vez terminado, y queman, y carcomen y nos arrastran hacia unos delirios y unos demonios interiores que únicamente la soledad puede crear, o callar.

También de Carlota Gurt en ULAD: Cabalgar toda la noche

sábado, 23 de octubre de 2021

Maggie O'Farrell: Hamnet


Idioma original: inglés
Título original: Hamnet
Año de publicación: 2020
Traducción: Concha Cardeñoso
Valoración: muy recomendable

Recuerdo que picueto me quedé cuando me enteré de que el Inmortal Bardo de Stratford-Upon-Avon, antes de convertirse en el Inmortal Bardo, pero todavía viviendo en Stratford-Upon-Avon, había tenido un hijo llamado Hamnet que había perdido siendo pequeño, para luego, unos años más tarde, escribir un drama titulado Hamlet -parece que eran el mismo nombre, en aquella época-, sobre un hijo que pierde a su padre... bueno, digamos que "se lo pierden", en este caso... "¡Oyes, casualidad, también!", que diría Koldo (no el nuestro, sino el de la pelíc... bah, dejémoslo. Y casualidad, ninguna, claro). El caso es, entonces, no pude evitar la curiosidad por esta novela de Maggie O'Farrell al ver que había sido publicada en español, más aún cuando parece que se ha convertido en uno de los "libros del año" o, al menos, una acertada campaña de promoción así nos lo ha hecho ver. Y basta ya de rollo autorreferencial, que sé que no os gusta,  y vayamos al lío:

La novela trata, como cabe suponer, de las circunstancias alrededor de la muerte del hijo de Shakespeare a la temprana edad de once años; de cómo afecta a toda la familia del Inmortal Bardo etc., con especial atención a su esposa y madre del pequeño, Anne Hathaway, en el libro llamada Agnes, la verdadera protagonista de la novela, y que es presentada como una mujer fuera de lo común, conocedora de los secretos de la Naturaleza, curandera y con cierta capacidad premonitoria (no sé hasta qué punto esta semblanza corresponde con la realidad). Pero todos los miembros de la familia tienen su momento en la novela, incluyendo, claro está, al propio Bardo etc. La historia está ambientada, por tanto en el Stratford de finales del siglo XVI, cuando muere el chiquillo, aunque en su primera parte se alterna con analepsis que nos cuentan cómo, unos años antes, sus padres se conocieron, se casaron, acabó yendo Shakespeare a Londres... En todo caso, todo no es sino un marco alrededor del cuadro principal, del núcleo central que supone el fallecimiento de Hamnet.

Para despejar cuanto antes posibles dudas, lo diré sin ambages: esta novela está magníficamente escrita; cada uno de sus párrafos, páginas o pasajes -no se puede hablar de capítulos, propiamente dichos- muestran una excelencia literaria difícil de mejorar y una ambientación histórica de lo más eficaz y sugerente, basada sobre todo en la evocación sensorial, no en una retahíla enciclopédica (o wikipédica) de datos sobre el s. XVI inglés, y en una estupenda recreación -y tal vez reivindicación- del espacio doméstico como escenario en el que transcurren este tipo de novelas. Sin olvidar, además de la profundidad psicológica y la empatía con que se retrata a los personajes, la desgarradora exposición que nos ofrece de la enfermedad y la muerte, la pérdida y el duelo. Por resumir: una novela sobresaliente en todos los sentidos.

Ahora bien (y, en este caso, debo pedir perdón por poner un "pero"), he de confesar que, pese a sus muchas cualidades, a mí me ha costado un poco centrarme en su lectura, meterme en la historia que nos cuenta, al menos hasta que había transcurrido una buena parte de la misma... Sin embargo, partir de un cierto momento, ya no; de hecho, todo lo contrario. Con toda probabilidad esta dispersión lectora se debe más a mi incapacidad que a la posible incompetencia narrativa de la autora (que ya digo que no), dificultad de su estilo o algo similar. Aunque tal vez sí que en los primeros compases de la historia cueste un poco cogerle el tranquillo a una narración con continuos flashbacks o no se perciba con claridad adónde se dirige, no sé... En todo caso, debo pediros que, si os pasa lo mismo que a mí, no dejéis en el empeño de su lectura, porque al final os encontraréis con una gran novela, quizás (o sin quizás) una de las mejores de los últimos años.


Otros títulos de esta escritora reseñados en Un Libro Al Día: Tiene que ser aquí, La primera mano que sostuvo la mía

viernes, 22 de octubre de 2021

Bayard Taylor: Joseph y su amigo

Idioma original: Inglés
Título original: Joseph and His Friend. A Story of Pennsylvania
Año de publicación: 1870
Traducción: ¿?
Valoración: Recomendable    

Joseph y su amigo, de Bayard Taylor, es la primera novela gay publicada en Estados Unidos. Más que mostrar explícitamente una relación homosexual, la sugiere, aunque hay quien cree que ésta no es sino una amistad viril. 

Joseph Asten es un apuesto muchacho, solitario y retraído, que vive en una granja con la única compañía de su tía. Ansía encontrar el amor, aunque no sabe bien de qué tipo. Un día conoce a Julia Blessing, una mujer ambiciosa y manipuladora, mayor que él, llegada de la ciudad, que lo seduce y se convierte en su esposa. Pero justo antes de la boda, Joseph coincide en el mismo vagón de tren con Philip Held, por quien se sentirá perturbadoramente atraído. 

A continuación me gustaría destacar algunas de las virtudes de esta obra: 

  • Es, como ya he anticipado, un clásico fundacional. 
  • La componen registros muy variados, pues aúna, entre otros, el "bildungsroman", el drama doméstico y el romance.
  • Está redactada con un estilo decimonónico exquisito.
  • Tiene buen ritmo.
  • Los personajes que la transitan son sumamente complejos. 

De modo que recomiendo Joseph y su amigo, en especial a los amantes de la literatura del siglo XIX o a los interesados en temática LGTB. 

jueves, 21 de octubre de 2021

Hiroko Oyamada: Agujero

Idioma original: japonés

Título original: Ana (穴)

Traducción: Tana Oshima

Año de publicación: 2021

Valoración: Recomendable alto


Hiroko Oyamada es una escritora japonesa relativamente joven con tres o cuatro obras ya publicadas. Creo que Agujero es la única o última editada en castellano, y reúne tres (en realidad, dos) relatos de extensión media bajo el título del más significativo y amplio de ellos.

Los textos tienen un tono similar, presentando un momento algo especial en una vida cotidiana, como puede ser una mudanza (Agujero) o el reencuentro con un amigo (Sin comadrejas). En especial en el primer relato hay algo muy peculiar y que resultará familiar a quienes estén habituados a los animes de Miyazaki: en un entorno de absoluta normalidad, situaciones y personajes en apariencia corrientes lucen con una extraña aura de misterio. El narrador, que será uno de esos personajes, va dejando apuntado, como de pasada, algún detalle minúsculo: alguien que lleva la misma ropa del día anterior, la aparición de un número de niños o ancianos que parece desproporcionado a la situación, un animal al que no se acaba de identificar, un episodio que se supone debía ser conocido o que sorprende por algún motivo. Solo ese detalle es suficiente para sembrar la inquietud, la sospecha de que hay algo que se sale de lo normal, que en algún momento encontraremos el motivo y no será del todo pacífico. 

Oyamada domina de maravilla esta forma de narrar, y se diría que esos pequeños puntos oscuros, insignificantes por sí mismos pero perturbadores por el solo hecho de contarlos, surgen con naturalidad, como si en realidad, si observásemos las cosas con suficiente atención y objetividad, detectarlos no fuese nada excepcional. La sensación se acentúa si consideramos que los personajes que protagonizan estas situaciones son absolutamente corrientes (recién casados, familiares, amigos cercanos), de quienes nunca se esperaría nada extraño. Igualmente contribuye a esas dudas el entorno rural en que se sitúa la acción que, de forma más o menos explícita, parece mostrarse como un escenario extraño a sus protagonistas y acentuar una vaga sensación de aislamiento (Dicho sea entre paréntesis, es curiosa cierta querencia de autores japoneses a colocar sus relatos lejos de las enormes aglomeraciones urbanas con que en Occidente identificamos a aquel peculiar país)

La narración tiene un marcado matiz sensual, insistiendo en los colores, los sonidos (el atronador de las cigarras, voces lejanas difíciles de identificar, el llanto de un bebé), la meteorología extrema (calor abrasador, nieve, lluvia incesante) o cenas en las que los alimentos (y también el alcohol) desfilan en abundancia. Son percepciones que calan en el narrador y enmarcan la escena en un ambiente potente, no excepcional pero sí quizá con un punto hostil, tal vez por excesivo. Un elemento más con el que incomodar al lector sugiriéndole que algo no funciona como sería esperable, que discurre bordeando o desbordando los márgenes de lo cotidiano.

Toda esta sutileza está al servicio de relatos de apariencia muy simple, que ya va siendo hora de presentar: en Agujero unos recién casados se mudan a una casa familiar en el campo y, mientras el marido está ausente haciendo horas extras (otra cosa muy japonesa, aunque no solo), la mujer explora el entorno descubriendo a un pariente olvidado y a un anciano que se dedica a regar permanentemente el jardín, entre otros elementos algo insólitos. Otra pareja contacta con antiguos amigos cuya casa se ve invadida por las comadrejas, y posteriormente (Una noche en la nieve, con los mismos protagonistas) comparten una velada en la que se entrecruzan las renovadas relaciones con instintos maternales soterrados solo a medias. Contado todo ello con la precisión y la sensibilidad siempre contenida que muestra la autora, el resultado es una lectura para disfrutar con calma, dejándonos envolver por ese tenue misterio que quizá contienen las cosas habituales, o es al menos lo que parece transmitir Hiroko.

Le buscaríamos, claro está, las esquinas a estos relatos, porque uno no puede sustraerse a la tentación. Para no desvelar nada que no se deba, me conformaré con decir que la autora parece complacida con emular esa moda, que por estos lares apareció hace unos años, del relato abierto, sin un final preciso, algo que, pensándolo bien, también observamos en algunos otros textos del lejano Oriente. El efecto resulta más patente en unos relatos que en otros y personalmente, experimentos aparte, es algo que no me acaba de seducir del todo. Bien están las sensaciones, los indicios y las atmósferas, pero la obra, quizá más un relato no muy extenso, luciría más contundente (al menos para el lector europeo y un poco convencional) conduciendo todo ese material a algún tipo de desenlace.

Lo anterior no desmerece sin embargo el conjunto del libro, que apunta muy buenas maneras en una autora a la que es obligado seguir la pista.

miércoles, 20 de octubre de 2021

José Antonio Ramos Sucre: Insomnio

Idioma original: Español
Año de publicación: 2021 (recopilación de textos publicados originalmente entre 1925 y 1929)
Valoración: Muy recomendable

Pese a la brevedad de su obra, José Antonio Ramos Sucre (1890 – 1930) es, junto a Rómulo Gallegos, Julio Garmendia o Arturo Úslar Pietri, uno de los clásicos del siglo XX de las letras venezolanas. Apenas cinco libros - Trizas de papel (1921), Sobre las huellas de Humboldt (1923), La torre de timón (1925), El cielo de esmalte (1929) y Las formas del fuego (1929) - conforman la totalidad de la obra del cumanés, pero son más que suficientes para justificar tan alta consideración del autor.

Pero si son cinco los libros de Ramos Sucre y ninguno se titula "Insomnio", ¿ante qué carajo estamos?. Bien, pues es la recopilación de una serie de textos recogidos en sus tres obras finales y vinculados de forma más o menos directa con el insomnio que padeció el autor y que llevó a su suicidio. Abreviando, se trata de textos situados a medio camino entre la vigilia y el sueño, entre lo autobiográfico y lo onírico, pero siempre dotados de una oscura belleza amplificada por las imágenes y atmósferas creadas por el autor.

Ya la primera frase de Preludio, texto que abre la antología, da el tono general que encontraremos el “Insomnio”, que posteriormente se puede corroborar, por ejemplo, en los siguientes extractos de La nave de las almas o El desesperado:

Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras

Recuerdo apenas el lugar de mi ausencia. Una columna de fuego iluminaba el clima boreal. Yo me había perdido en un desierto de nieve.

He sentido el estupor y la felicidad de la muerte. Un aura deliciosa, viajera de otros mundos, solazaba mi frente e invitaba al canto de los cisnes del alba.

Por lo tanto, la escritura de Ramos Sucre nace de la experiencia personal y adopta un tono entre confesional y exorcizador que se va volviendo más angustioso, oscuro y críptico conforme avanza el tiempo. Así, en algunos de los poemas en prosa / microrrelatos / apuntes de diario / estampas (la frontera es difusa)  de La torre de Timón se puede apreciar una leve esperanza o un ligero toque de humor que desaparecen en El cielo de esmalte y Las formas de fuego.  

En cuanto a posibles referencias, pese a que en lo espaciotemporal la obra de Ramos Sucre podría ligarse a corrientes de vanguardia de la época, a mi me vienen a la cabeza un Isidore Ducasse (conde de Lautreamont) menos "bestia" o poetas románticos del siglo XIX. El tono tenue e irreal de sus textos, sus atmósferas cargadas de niebla, jinetes en la oscuridad, muerte y ensoñaciones que lo acercan a los "cuentos góticos", la infancia como momento clave, las referencias clásicas, etc sitúan a Ramos Sucre por encima de modas y experimentos más o menos efímeros y confieren a su obra una atemporalidad de la que es muestra evidente la influencia que puede observarse en autores de décadas posteriores. Igual es cosa mía, pero algo de Ramos Sucre hay en Silvina Ocampo, en Mariana Enríquez, etc.

Resumiendo: interesantísima y arriesgada (en los términos a los que me refería en la reciente reseña de Una novela que comienza de Macedonio Fernández) recuperación de un autor capital en las letras venezolanas que espero tenga los lectores y el reconocimiento que debería a este lado del charco. Sus textos lo merecen.

martes, 19 de octubre de 2021

Jorge Amado: Tereza Batista cansada de guerra

 Idioma original: portugués

Título original: Tereza Batista Cansada de Guerra

Año de publicación: 1972

Valoración: Imprescindible



Antes de entrar en materia enfocando al personaje –grandísimo personaje, por cierto– su carácter, vida y milagros, no me resisto a hablarles de su creador, a quien admiro hasta el infinito y más allá desde la primera novela suya que leí, y ya van unas cuantas. Jorge Amado (1912-2001) fue un escritor brasileño que no pueden ignorar si aman las emociones fuertes, los contenidos de gran crudeza transmitidos de forma amable, los textos sólidos literariamente hablando, si aprecian el humanismo de quien nos habla a través de la ficción –un humanismo perfectamente identificable que recurre a artimañas como  socarronería, ironía, cambios de opinión según el dueño de los pensamientos que muestra, y otras muchas formas de manifestar su postura sin incordiar demasiado a los lectores. También si disfrutan con las historias complejas, repletas de personajes de diferente relevancia –muchísimos secundarios, por cierto– que se retratan tanto a ellos mismos como a la sociedad de la que forman parte. Hablo de esos novelones, casi inacabables, que nos parecen eternos al principio y, tras varios centenares de páginas, no querríamos abandonar nunca, que finalmente  nos dejan un gusto agridulce y que quizá recordemos y recomendemos durante años y años.

Habitualmente, cuando nos preguntamos qué es lo que importa, si el autor o las obras que ha dejado, nos referimos a esas personalidades poco atractivas, que nos decepcionan cuando conocemos sus hazañas, ideología o temperamento. En este caso ocurre lo contrario: encontramos unidas la excelencia personal y la literaria, y esto no es nada frecuente. Amado dejó un legado extenso, coherente y magnífico protagonizado por antihéroes, marginados, expulsados de la sociedad, pasto de maltratos e injusticias a cargo de prebostes y sinvergüenzas de medio pelo, con frecuencia, pícaros ellos mismos. Sus historias se leen con pasión, como si las estuviéramos viviendo en carne propia ya que, aparte de su interés, están narradas con gracia, con una prosa sencilla y juguetona que cambia de enfoque y de sintaxis a cada momento, evitando la monotonía y con un desenfado tal que parece estarnos hablando al oído. Por tanto, dificultad de lenguaje ninguna, la alteración de la cronología se subsana con información suficiente; sus explicaciones nunca abruman debido a la variedad de recursos que saca de la chistera continuamente para divertirnos. Lo curioso es que sabemos cómo piensa Amado en cada momento, aunque no dé su opinión, solo con mostrarnos la realidad en todas sus facetas o los pensamientos de unos y de otros ante los diversos conflictos éticos que plantea, y aún así no nos condiciona, él solo muestra, luego cada uno es muy libre. Por eso, su forma tan personal de presentar los hechos puede confundir a algún lector. En otras palabras, quien no esté de acuerdo con él se va a sentir reforzado pues, igual que en la vida real, encontrará argumentos a favor. Todo tiene doble cara, este narrador es un mero intermediario que, por mucho que muestre sus cartas, siempre deja elegir.

No es difícil ponerse en el lugar de Tereza Batista, a quien conocemos con trece años y  abandonamos otros tantos más tarde. Sus desventuras nos sobrecogen, su fuerza y resistencia nos fuerzan a admirarla. No pienso relatar aquí esas vivencias, que son las de las mujeres en general, sobre todo las de clases no favorecidas en nada, básicamente lo que tiene que pasar la gente de segunda para que los de primera vivan como príncipes. A Tereza la vendieron con trece años los familiares que la cuidaban porque era huérfana y bonita, una conducta que no puede sorprendernos porque está ocurriendo en todo el mundo, y cada día más. Pero la novela comienza in media res, con ella bailando en un cabaret y defendiendo a quien está peor aún. Antes y después de eso le ocurren muchas cosas, unas muy malas y otras no tan buenas como ella creía, pero por comparación con lo anterior debió pensar que vivía en un paraíso. El tono del relato va variando. Es cierto que la mayor parte del tiempo todo gira en torno a su figura. Hasta ese último capítulo, tan lleno de sabor local, de ambiente festivo, heroísmo, lucha contra la injusticia y, sobre todo, repleto de magia, de dioses engendrados en la tierra, de personalidades místicas y hasta de milagros producidos a la vista de todos. En este punto, sin dejar de centrarse en Tereza, el argumento ha adquirido un tono mucho más coral y una dimensión cercana a la épica. Queda por saber (y sabremos) si en algún momento llegó a ser libre.

Se preguntarán quién es ella, por qué es interesante su vida. He visto –y durante muchas páginas lo he creído un fallo– que la protagonista reúne muchas cualidades, demasiadas para tratarse de una obra realista.  Es guapísima, trabajadora, honrada, valiente, inteligente, simpática, educada, con una personalidad a prueba de bombas, solidaria etc. Esto no parece muy verosímil. Pero es que la novela no es realista en absoluto, lo puede parecer al principio, y desde luego pinta una realidad crudísima que no tiene nada de fantástico, pero según vamos avanzando encontramos elementos de otra índole. En primer lugar, el personaje ya no vive, aquello sucedió años ha, y desde entonces se ha ido fabricando un mito a la medida de las necesidades de la gente. Esta elemento mítico aparece también de forma expresa: en cancioncillas o rimas, en los títulos de las secciones, en sobrenombres que Tereza ha ido recibiendo con el tiempo, en el triunfo de su sola persona contra la epidemia más mortífera del siglo y, más directamente, en esos capítulos en cursiva donde alguien  que está investigando (¿el autor?) hace preguntas a algún testigo, no de primera mano, claro, sino receptáculo de versiones recogidas aquí y allá. Mítica es la identificación explícita de Tereza con el pueblo brasileño y mítico es también, sin duda, ese final que, por supuesto, no pienso adelantarles.

Otras obras de Jorge Amado: Capitanes de la arena,

lunes, 18 de octubre de 2021

Rafa Lahuerta Yúfera: Noruega


Idioma original:
valenciano

Año de publicación: 2021

Valoración: muy recomendable alto

No voy a entrar en ningún tipo de polémicas. Rafa Lahuerta recalca en una entrevista (y menciona en muchas ocasiones en el libro) que decidió que este libro había de escribirlo en valenciano. Y yo, catalanoparlante, he entendido (y cuando alguna palabra no me ha sonado el contexto me la ha aclarado sin acudir a consulta alguna) cada una de las frases de esta novela. Así que las etiquetas reflejan mi intención y hasta aquí mi pronunciamiento.

Eso sí: Lahuerta ejerce una cierta opción al emplearlo. Al margen de cómo quiera denominarse, el idioma cooficial en la Comunitat Valenciana, el que no es el castellano, sufre una obvia situación de debilidad allí. Dos personas (del mismo partido, sorpresa) que presidieron el Govern ni siquiera hicieron el esfuerzo de hablarlo. Reivindicarlo me parece una acción magnífica y osada y es un enorme hito que Noruega sea un (odio la palabra, aviso) fenómeno editorial de tal envergadura. La traducción al castellano, por eso, está al caer, y espero y deseo que Lahuerta participe activamente en ella y sepa encontrar el justo equivalente y nada se pierda. 

Porque esta es una gran novela, y habrá que considerarla así por encima del idioma en que se escriba y de la situación de sus escenarios. Mucho se perderá el lector que opine que no merece la pena porque no conoce esos barrios y esas calles. Yo estuve en algunos de ellos hace muchos años y me han dado ganas de volver, más por curiosidad o por evocación que por nostalgia. Lahuerta ha escrito una bildungsroman cuya aparente modestia es una poderosa baza. La historia de Albert Sanchis, hijo de comerciantes que han tirado adelante, una salazonería ubicada en el barrio de Velluters, no es una mera historia de localismo y costumbrismo de barrio. Es prácticamente un golpe de puño generacional en esa mesa de Monopoly de las grandes urbes. Valencia es una ciudad no muy grande. Otra ciudad que ha experimentado un crecimiento, una reconversión en dos fases. La reubicación del cauce del río Turia tras las inundaciones de 1957, en pleno franquismo, fue una. La otra, más sutil, con severo endeudamiento por medio, cuando en la última década del siglo XX entró en una espiral de proyectos inmobiliarios y promociones con objeto de hacer de la ciudad un atractivo turístico más para la pléyade de viajeros que antes optaban por Barcelona, Mallorca o Benidorm. Ya sabemos lo que sucede en las ciudades cuando los gobiernos prefieren congraciarse con el visitante ocasional (el de calidad, que gasta a espuertas y se aloja en hoteles caros) que con su habitante. 

Pero Lahuerta no incide directamente en ello. Noruega es un testimonio de esa generación que se ha beneficiado de la digna lucha de la generación de la postguerra española. Los hijos de los nacidos en los años 20 y 30, los llamados boomers. Una generación a la que pertenece Sanchis, que es escritor (sus proyectos de novela cierran cada una de las partes del libro, en un sutil juego metaliterario) y puede permitirse una vida de pocos aprietos ya que sus padres, que han muerto apenas él ha cumplido la veintena, le han dejado una herencia con la que ir tirando. Su juventud se ha vivido en esas calles, en ese Barrio Chino que tantas ciudades comparten, con maleantes, prostitutas, gente que pasa su día en la barra de los bares, alcohol, drogas, etc. Es la España de los 80, la de la transición o el espejismo de la libertad sobrevenida y mal administrada. En Noruega Sanchis nos cuenta su vida, sus relaciones con las mujeres, su tendencia a estropearlo todo y a desaprovechar las ocasiones que se le brindan.

Y Lahuerta ha rehuido la nostalgia y el lagrimeo y la condescendencia. Es una novela brillante y vitalista, con un uso magistral del lenguaje y con pasajes literarios, uno tras otro, de una calidad sublime y juguetona. No es solo su prodigioso uso de un idioma cercano y puntilloso. Es cómo consigue aportar una visión nueva a muchos lugares comunes. Por favor, no comparemos eso con otros fenómenos. Ésta es una obra ejemplar que toma referencias universales en su temática, pero que no tiene miedo ni pudor en asimilar lo más cercano como primer punto de apoyo. Se nota que Lahuerta ha leído más a muchos que a sí mismo. Pla, Cercas (el mejor, no el que descubrió la novela negra), y Marsé, cuántas y cuán acertadas las referencias a Juan Marsé. Pero ahí se queda. Rinde pleitesía y ejecuta una novela dura, hay muchas muertes aquí y la gran mayoría son muertes crueles e injustas, una novela carnal, Sanchis parece responder al estereotipo del canalla con labia que embauca a las mujeres, y una novela social tras muchos biombos, llena de calles que se han transformado o desaparecido, de locales derribados y de comercios cerrados, de clases sociales que han surgido y se han hundido, de nuevos barrios diseñados a los que los gobernantes han olvidado insuflar vida. Qué gran novela, en el idioma que sea, qué gran hallazgo.


domingo, 17 de octubre de 2021

Patrisse Khan-Cullors & asha bandele: Cuando te llaman terrorista

Idioma original: inglés
Título original: When They Call You a Terrorist: A Black Lives Matter Memoir
Traducción: Clara Ministral
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Los que me venís leyendo desde hace un tiempo, sabéis de mi interés por los libros que tratan sobre el racismo, para entenderlo, para conocerlo y, especialmente, para combatirlo. Y leer la historia de una de las tres fundadoras del movimiento Black Lives Matter (junto con Opal Tometi y Alicia Garza) parecía una excelente oportunidad para descubrir los orígenes de un movimiento potente, necesario, amplio e imprescindible. Este ensayo cumple con su cometido, aunque parcialmente, pues analiza menos el movimiento de lo que me gustaría y se centra especialmente en las vidas de quienes este defiende. Que tampoco es poco; vamos a ello.

Indica la autora en la introducción que tras la respuesta al asesinato de un chaval de diecisiete años a manos de la policía y que originó el movimiento Black Lives Matter «se redactó y difundió una petición que llegó hasta La Casa Blanca. Decía que éramos terroristas». Una dura acusación hacia quien lucha por las igualdades y combate el racismo (también el policial) de manera pacífica y organizada porque tras años (décadas, siglos) de una situación insostenible de desigualdad había que cambiar la realidad, porque «como la de muchas de las personas que encarnan nuestro movimiento, mi vida ha transcurrido entre dos miedos que siempre van unidos, la pobreza y la policía».

A partir de esta introducción, Patrisse Khan-Cullors basa gran parte de su ensayo en narrar la vida de ella y de su familia formada por su madre, dos hermanos mayores y una hermana pequeña, viviendo de alquiler en un piso de protección oficial en un barrio multirracial aunque predominantemente mexicano del que afirma que «nuestro barrio está pensado para ser un lugar de paso». Su padre, mecánico en una cadena de montaje de General Motors, se va de casa al perder el trabajo cuando ella tiene seis años pero su ausencia es sólo física, «su cariño no desaparecerá en absoluto. Ese cariño de Alton Cullors permanece dentro de mí, a mi lado, hasta hoy mismo». Con ello nos hace el retrato de un entorno familiar donde salir adelante era su principal propósito, con una madre que «trabajaba dieciséis horas diarias» para combatir las grandes dificultades económicas por las que pasaban y poder alimentar a la familia. La autora reconoce el gran esfuerzo de su madre así cómo afirma que «todavía hoy en mis oraciones doy gracias a los Panteras Negras por haber convertido el programa de desayunos gratuitos para niños en un servicio que debían ofrecer los colegios». Y, en ausencia de sus padres, el clan familiar con unos hermanos que se cuidan y donde el mayor coge las riendas del padre ausente y también cuando no está la madre porque se halla en unos de sus interminables turnos para poder mantener a la familia, porque «desde el primer día nos educan para que cuidemos los unos de los otros».

La autora nos narra esos años preadolescentes y su incomodidad en el instituto Millikan, pues no encaja ni con los blancos ni con los negros, pues ella pertenece a una clase pobre en la que «simplemente me siento como lo que soy: una chica de Van Nuys a la que le encanta la poesía, leer y, por encima de todo, bailar». Pero, a pesar de desconveniencia, su etapa escolar le sirve para constatar la diferencia entre tasas de expulsión de chicas blancas y negras en EE. UU., porque «habiendo estudiado en centros con alumnas blancas y negras, una cosa que aprendí enseguida es que, aunque nuestro comportamiento puede ser igual o parecido, los castigos que recibimos casi nunca lo son».

De esta manera, la autora afirma con pesar que «con doce años estoy sola, el lugar que me corresponde en el mundo ya no es el de una niña, el de un pequeño ser humano que necesita apoyo. Lo había visto con mis hermanos y ahora me estaba ocurriendo a mí, la llegada de ese momento en que nos convertimos en eso que ya no es adorable ni apreciado. El año en que nos convertimos en algo de lo que deshacerse». Con estas duras palabras expone lo que supone ser un ciudadano negro de clase baja, en “algo de lo que deshacerse” y confiesa que a los doce años «aprendí que el hecho de ser negra y pobre me definía más que mi inteligencia, mi optimismo o mi entusiasmo».

Situado el entorno en el que vivió la autora, en este libro de memorias nos cuenta sus raíces, su familia y la manera de relacionarse a nivel emocional, los problemas de su clase y su comunidad, y el espíritu crítico de la autora ya desde pequeña. Y en cómo conocer a su padre biológico la cambió, alguien que «les anima a perdonar, a hacer que prevalezca el amor» en clara contraposición con su familia y sus hermanos donde no se habla de los problemas ni menos aún los sentimientos, únicamente de salir adelante. Porque con el conocimiento de la existencia de Gabriel y su personalidad, su acogida, porque «yo, una niña de una familia poco dada a expresar las cosas verbalmente y menos aun físicamente, empiezo a conocer una libertad que no le había dado cuenta de que necesitaba. Empiezo a experimentar algo parecido a un hogar en mi propia piel y en mis propios músculos, en los huesos, en las venas».

La autora carga fuerte contra la administración y la política y la dejadez en solucionar los problemas que tenían, pues «sin un plan educativo y sin ninguna opción de convertirnos en dueños de nuestro propio destino o en personas con poder de decisión que contribuyeran a una economía diseñada para recompensar solo a unos pocos, lo único que nos quedaba era la cárcel o la muerte». «Para nosotros, para la población negra, el encarcelamiento masivo de nuestros padres y más tarde de nuestras madres hizo que nuestra vida fuera de todo menos segura. Casi no había adultos presentes en nuestras vidas para amarnos, criarnos, defendernos, protegernos. Casi no había nadie que nos dijera que nuestros sueños, nuestras vidas y nuestras esperanzas importaban. Así que lo hicimos nosotros mismos, como mejor supimos» porque «la educación a la que tuvo acceso la generación de mis padres no los animó a desarrollar la creatividad, a regar las semillas de la esperanza. Solo a servir».

De esta manera, el ensayo que ha escrito la autora parte de la narración de su infancia, de la infancia propia de tantas personas de la comunidad negra en EE.UU., una infancia profundamente marcada por padres ausentes, por programas sociales ausentes, por una diversidad en estudios y formación ausentes… el entorno que describe la autora es un entorno aferrado completamente al presente, al día a día, a hacer lo posible por mantener económicamente la familia, pero que también la empobrece afectuosamente entre grandes jornadas laborales y carencia de cuidados que la debilita ante la sospecha, siempre presente, de parte de la sociedad sobre la comunidad negra de clase baja y la presencia policial siempre dispuesta (y predispuesta) a detener y encarcelar a los miembros de su comunidad. Y la salvación que aparece de la mano de la familia, de la comunidad, de las asociaciones, de los movimientos como los Black Panters pero también Strategy Center, Brotherhood Sisterhood, y gracias también a la formación, siempre necesaria, de mano de autores como Emma Goldman, bell hooks, Audre Lorde, Marx…

La autora, a través de la narración de la vida de su hermano Monte y sus detenciones y condenas y la relación familiar con él y su trastorno mental, pone en evidencia todas las injusticias, todo el olvido gubernamental y el maltrato del sistema policial y penitenciario, las limitaciones, los sesgos raciales existentes en todas las esferas. Y la dejadez, el olvido, al abandono de sus derechos como persona, que expresa cuestionándose «¿Cómo se mide la pérdida de aquello que un ser humano no recibe?» Porque «una alternativa más barata que dar tratamiento a Monte es tenerlo en una habitación solo y atado (…) se reducen los costes no solo de la propia medicación, sino de vigilantes y seguramente de alimentos». La autora relata el miedo sufrido ante el abuso de la policía al entrar en su casa con el solo pretexto de una sospecha, sin pruebas, sin testigos, sin justificación. Una docena de policías apuntando con sus armas, y con su ideología. Porque cuando en una redada te esposan y detienen cuando su único argumento es que «coincides con la descripción», uno de puede olvidar las palabras de Claudia Rankine cuando afirma «no eres ese tipo y aun así encajas con la descripción porque solo hay un tipo que siempre es el tipo que encaja con la descripción». Pero la autora, ante la búsqueda de un abogado para su hermano, afirma que «me niego a dejarme intimidar. Llevo siendo activista desde los dieciséis años». (…) «En Cleveland nos enseñaron, me enseñaron, que convertirnos en líderes era nuestra responsabilidad».

Así como gran parte del libro versa sobre el sentimiento de la autora como persona negra de clase baja y oprimida a través de la experiencia sufrida por su el hermano y que, en mi opinión y a pesar de su evidente interés, no es lo que esperaba de este libro, ya en el último tramo expone los orígenes del movimiento y una lista de casos en los que ha habido abusos policiales: Ferguson, Garner… y la creación del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de Trayvon Martin y la absolución de su asesino. Un movimiento forjado gracias a aglutinar diferentes asociaciones que se estaban organizando a lo largo del país. Un movimiento que no se focaliza únicamente en proteger las personas negras sino también crear «un espacio en el que se potencie a las mujeres negras y donde no tengan cabida el machismo, la misoginia y el androcentrismo» así como «potenciar a las personas trans y queer». 

Este libro, más allá de las denuncias y críticas, y de la exposición clara y precisa sobre cómo se siente una persona de clase baja negra en EE. UU., es también un canto profundo a la hermandad, a la sororidad, a la red tejida entre muchísimas mujeres, personas trans y también algunos hombres en pro de una vida rodeada de solidaridad y cuidados. Y es, también y como no puede ser de otra manera, una protesta, un grito al inconformismo y no únicamente una voluntad sino también una necesidad de cambiar las cosas, porque debe cambiar, porque no hay otra, porque tal y como afirma la autora en uno de los párrafos finales del libro que sintetiza perfectamente el malestar y su reivindicación, «terrorismo es que te acosen y te vigilen simplemente por estar vivo. Y terrorismo es que te metan en una celda de aislamiento, que te tengan sin comer y que te den palizas. Y terrorismo es no poder dar de comer a tus hijos aun teniendo tres trabajos. Y terrorismo es no tener un colegio decente en el que estudiar ni un sitio adonde ir a jugar. Les diré que la verdadera libertad, la verdadera democracia, es reivindicar y alcanzar la justicia, la dignidad y la paz».


sábado, 16 de octubre de 2021

Manuel Vázquez Montalbán: O César o nada

Idioma: español
Año de publicación: 1998
Valoración: recomendable

Amén de pergeñador de los libros del detective Pepe Carvalho, que le reportaron justa fama (y además de ser también otras cosas, como miembro del PCE, gourmet, periodista o redactor de la enciclopedia Larousse), Manuel Vázquez Montalbán escribió varios libros, tanto novelas y poemarios como de no ficción (aunque habría que ver hasta qué punto no lo era la Autobiografía del general Franco) basándose en diversos personajes históricos. Es el caso de este O César o nada, novela articulada en torno a la figura del casi mítico César Borja o Borgia, aunque en realidad la narración atañe a toda su no menos célebre familia, desde su tío abuelo Calixto II o, claro está, su padre y también Papa Alejandro VI, hasta el descendiente que más lejos llegó, al menos ante los ojos de la Iglesia Católica, su sobrino-nieto Francesc de Borja, duque de Gandía, general de la Compañía de Jesús y que fue proclamado santo.

De hecho, el lema que da título a la novela, "Aut Caesar aut nihil", a pesar de ser, en principio, la divisa del protagonista, se puede considerar pues, aplicable a toda la familia, poco proclive a andarse con medias tintas desde que salieran de su Xátiva de origen. La ambición de Alejandro VI era forjar una posición para todos ellos semejante a la que ostentaban otras familias italianas: los Colonna, Orsini, Farnesio, Sforza.. (con la oposición de todas éstas, que veían a los catalani como arribistas extranjeros) y convertir así a los Borja en una dinastía de poder en Italia y España. La ambición de César posiblemente era más personal y pasaba también por demostrar sus habilidades como caudillo militar; por eso se rebeló contra el destino dentro de la Iglesia que le había reservado su padre al nombrarle cardenal. Al mismo tiempo, también era irónicamente consciente, o al menos dentro de la novela de MVM, de que su lema "O César o nada" no sólo hacía referencia a sus propias intenciones, sino también a a resignación de su padre tras el asesinato -del que César siempre fue sospechoso- de su hermano mayor, el duque de Gandía. 

De todos modos, ya digo que, aunque parezca en principio el protagonista de la novela, MVM no se centra en César y en ocasiones éste representa más una figura de referencia -aunque sea oscura- o en la que se miran los demás personajes, que el protagonista central de la novela. Es lo que ocurre por ejemplo, respecto a Maquiavelo, figura que también adquiere gran relevancia en la trama como testigo e incluso urdidor teórico de lo ocurrido -César le llega a decir si no será él mismo una invención suya-; también hay que mencionar como testigo de todas las intimidades e intrigas de la familia Borja al cardenal Bucardo -Burkhard- encargado del protocolo papal y figura en contrapuesto, pues su aparente rectitud sirve de referencia para la iniquidad ajena. Iniquidad brutal pero no exenta de sensibilidad, como en el caso de uno de los personajes más interesantes, Miquel o Micheletto Corella, asesino, poeta y enamorado de Lucrecia...

En fin, una novela escrita con la prestancia habitual en este escritor que fue tan emblemático en una época en España, tal vez más basada en lo literario que en hechos históricos comprobados (incluso algunos distorsionados seguramente adrede)... pero qué más da: si hay unos personajes, una familia, que se han convertido en leyenda, ésos son los Borja, símbolos de la ambición y el orgullo, pero también de la perdición, desde hace más de quinientos años.


Otros títulos de Manuel Vázquez Montalbán reseñados en Un Libro Al Día: Autobiografía del general Franco, Galíndez

viernes, 15 de octubre de 2021

Nicholas Evans: El hombre que susurraba a los caballos

Idioma original: Inglés
Título original: The horse whisperer
Traducción: Luis Murillo Fort
Año de publicación: 1995
Valoración: Decepcionante



Amparándome en la máxima que promulga que el libro suele ser mejor que la película, abordé la lectura de este best-seller de los noventa con bastantes expectativas. Pensé que el tono excesivamente romanticón del film —dirigido y protagonizado por Robert Redford— era un peaje necesario para su comercialización y que el libro se centraría más en otras cuestiones mucho más interesantes que en la película quedaban tan solo apuntadas. 

Pues me equivoqué; en este caso la película es mejor que el libro ya solo porque prescinde con acierto —sobre todo al principio y al final— de aquellos tramos que debilitan la narración tanto desde un punto de vista técnico como en el tema central y los conflictos planteados. Y entonces ¿por qué no abandoné la lectura? buena pregunta. Algo tendrán que ver las 24 horas en observación que tuve que pasar en un box de urgencias mientras la yaya del box contiguo cantaba salmos; mi móvil se estaba cargando y lo único que tenía a mano para distraerme era este libro. Era leer o pedir morfina.

Resumen resumido: la joven Grace McLean sufre un trágico accidente a lomos de su caballo Pilgrim con gravísimas secuelas físicas y emocionales para ambos. La madre de Grace (Annie), una despiadada ejecutiva del mundillo editorial neoyorquino, percibe que la recuperación de su hija está vinculada de algún modo a la recuperación del caballo, por lo que arrastrará a ambos hasta el rancho de Tom Booker, en Montana. Los meses que pasarán junto a Tom y su familia en ese entorno natural y liberador, marcará un antes y un después no solo para Grace y Pilgrim, si no para la propia Annie.

El hombre que susurraba a los caballos tiene un planteamiento muy atractivo. La restitución del vínculo entre un caballo y su joven jinete como excusa para indagar en la superación de los traumas, tanto físicos como emocionales de los personajes es un detonador potentísimo; y si además eso se produce dentro de un universo tan particular como el del mundo del caballo y el arte ancestral de los «susurradores de caballos» pues puede salir un novelón impresionante. Y con esto quiero decir que los mimbres de la novela son muy prometedores, el problema llega cuando hay que desarrollarla y el resultado no está a la altura. Los/as que habitualmente leéis mis reseñas habréis observado lo mucho que me gusta introducir citas que ilustren el tejido, la textura, la calidad del texto, eso es porque cuando leo voy subrayando aquellos pasajes que me resultan interesantes o especialmente bien escritos. Pues bien, es la primera vez que leo una obra para reseñar en el blog y no subrayo absolutamente nada.

Parte del problema con esta novela está, en mi opinión, en el hecho de que cuando la empiezas a leer crees que el tema central es, efectivamente, cómo un horse whisperer ayuda a una niña y a su caballo a restablecer su vínculo y su confianza mutua y, de manera secundaria, su madre tiene un romance con el susurrador. Sin embargo es justo al revés: la trama se vuelca en el romance y en la evolución de la madre (Annie) empleando a la niña y al caballo como excusa. Y es un pastel. Por no hablar del final —doble final con coletilla— que a medida que avanza da más vergüenza ajena y que no hay por donde cogerlo.

Eso en cuanto a la trama. Si nos centramos en la técnica, como decía, no hay ni un pasaje con un mínimo de brillo, ni un párrafo en el que el autor se halla dignado a sacar un poquito de punta al lápiz para hacer aflorar algún tipo de emoción, ni tan siquiera en los momentos más álgidos de la historia, que los hay. Muchas descripciones del paisaje de Montana, mucho estilo indirecto que mata la acción, diálogos poco naturales, mucha información para el lector y, sobre todo, mucho decir y poco mostrar. A los diez minutos el lector ya ha renunciado a emplear la inteligencia y se limita a leer en modo automático. Por no hablar de lo mal parados que salen algunos personajes por falta de matices: el susurrador (Tom Booker) es poco más que un santo y Annie responde al tan recurrido cliché de mujer acorazada.

Y de ahí mi valoración de Decepcionante, la primera en los más de cuatro años que llevo colaborando en el blog.

jueves, 14 de octubre de 2021

Edith Wharton: Ethan Frome

Idioma original: Inglés
Título original: Ethan Frome
Año de publicación: 1911
Traducción (al catalán): Xavier Pàmies
Valoración: Muy recomendable

Ethan Frome, de Edith Wharton, es una novela extraordinaria. Una novela que, en menos de ciento setenta páginas y pese al minimalismo de su puesta de escena, logra conmover al lector. Una novela que narra una historia de fatalidad. 

El protagonista, condenado a vivir en un pueblo pequeño de Nueva Inglaterra junto a su esposa, mayor que él y propensa a la enfermedad, se enamora de una muchacha que viene a ayudarles con las labores domésticas. 

El tema principal de Ethan Frome no es, como puede parecer a primera vista, el amor imposible. Lo que en realidad se explora aquí es que el libre albedrío es algo quimérico. En ese sentido, una genial reflexión de Mario Levrero vendría a ilustrar perfectamente el núcleo conceptual de la obra de Wharton: 

«Cuando se llega a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores. Lo que uno ha sembrado fue creciendo subrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van en nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva; pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la idea misma de «salida» es incorrecta: no podemos salir porque no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde salir, porque la selva es uno mismo, y una salida implicaría alguna clase de muerte o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de muerte de apariencia inofensiva, hoy sabemos que aquellas muertes eran las semillas que sembramos de esta muerte que hoy somos.»

Muchos factores condicionan al protagonista de la novela de Wharton y le impiden tomar las decisiones que le gustaría. Esto queda simbólicamente plasmado en cierto momento, a través de un trineo y un olmo. ¡Evocar ese pasaje me pone los pelos como escarpias!

En tanto que novela romántica, Ethan Frome recuerda a otras tragedias que han sido edulcoradas por y para el gran público con el paso del tiempo, pero que tienen raíces sumamente amargas. A saber: Romeo y Julieta o El gran Gatsby. Y es que en la ficción de Wharton hay dicha, belleza y compasión, pero también, y sobre todo, obsesión, egoísmo, crueldad y mucha infelicidad. 

Hablando de infelicidad: este texto elude la tentación del final feliz o, en su defecto, la complacencia de la moraleja. Seguro que Wharton ni se planteó esas direcciones. A fin de cuentas, el arte está demasiado ocupado plasmando las cosas tal cual son, con su grisalla intrínseca. 

Existe una adaptación cinematográfica de esta novela. Sin embargo, el material original es tan bueno que uno termina este libro con ganas de releerlo, no de ver su trasunto audiovisual. Wharton sabía escribir literatura con mayúsculas, señores.


También de Edith Wharton en ULAD: Aquí

miércoles, 13 de octubre de 2021

Macedonio Fernández: Una novela que comienza

Idioma original: Español
Año de publicación: 1941
Valoración: ¡La concha de tu madre, Macedonio!

Dice Gastón Segura en el epílogo de este "Una novela que comienza" que "Ante el actual panorama literario, publicar a Macedonio es una absoluta provocación (...) o un esnobismo casi pedantesco". Yo diría, además de lo citado por Segura, que publicar a Macedonio es una decisión arriesgada que se justifica mucho más en criterios "artístico - culturales" que "económicos". Por suerte, aún quedan lugares en los que no siempre priman estos últimos.

¿Y por qué todo lo anterior? Pues porque se trata de un texto, al igual que el resto de la obra macedoniana, alejado de los estándares habituales, un texto mucho más recomendable para un "lector-cómplice" que para un "lector-hembra" (que diría Cortázar), ya que como dice el propio Macedonio no son páginas estas para convencionalismos.

Así, "Una novela que comienza" forma parte de una obra en constante revisión / reelaboración / reescritura que tiene su principal valor en su capacidad  para suscitar experiencia artística y en su "corpus teórico" en cuanto a Estética macedoniana de la Novela. En sus páginas, siempre impregnadas de ironía y juego, encontraremos algo parecido a esbozos de tramas con posibles personajes (Una novela que comienza), a relatos (Tantalia. El mundo es de inspiración tantálica), pero cuando todo parece "normal", irrumpe Macedonio con sus teorías y digresiones contra la novela psicológica y/o realista, contra la solemnidad o el pedestal del Arte, sobre el papel del Lector y del Autor, sobre la función del propio texto, etc.

Estas teorías y digresiones ligan a Macedonio con corrientes literarias que tuvieron  su punto álgido en los 60. Borges lo admiraba, al parecer, pero a mi me recuerda mucho a Cortázar y a la parte morelliana de Rayuela, a 62 Modelo para armar o a sus Historias de Cronopios y Famas (sobre todo en ese final "Poema de trabajos de estudio de las Estéticas de la Siesta"). Y si nos vamos a la actualidad, Katchadjian o Chejfec son dos los autores en los que la influencia macedoniana está más presente (o eso me parece).

Creo que esa influencia en generaciones posteriores es el principal motivo de su publicación y el principal punto a favor de un texto irregular pero ligeramente más accesible y humorístico que el más "crítptico" Museo de la Novela y de un autor genial e incomprensible a partes iguales. Todo un personaje. 

También de Macedonio Fernández en ULAD: Museo de la Novela de la Eterna

martes, 12 de octubre de 2021

Juan García Hortelano: Gramática parda

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1982

Valoración: Recomendable alto


La literatura, como extensión del lenguaje, es de alguna manera una herramienta, un vehículo que nos transporta a mundos diferentes, no sé, las interioridades del ser humano, un trozo de Historia, una aventura, el mundo del delito, una exhibición de formas buscando la belleza. Gusto por la forma hay en parte en Gramática parda, como también hay mucho de eso tan manido del acto de escribir, pero yo diría que este libro es sobre todo una fiesta, un desparrame de tramas muy locas que se entrelazan sin tregua, un frenesí más o menos disparatado inserto en un relato parisino. Vean.

Duvet es una niña de cuatro años que, aunque obviamente no sabe leer ni escribir, tiene la firme voluntad de ser Flaubert. Su obsesión le lleva a pasarse buena parte del día castigada por su madre, pero nada de esto le arredra. Su compañera de fatigas es Venus Carolina Paula, la asistenta extremeña con quien mantiene densas charlas en torno a la literatura y el oficio de escritor. Los padres de la niña, Georges y Paulette Dupont, se dedican sobre todo a sus enredos amorosos con amantes ocasionales, y su promiscuidad (que se extiende como mancha de aceite entre casi todos los personajes) se enredará a su vez con otras historias paralelas. ¿Cuáles? Pues por ejemplo, la del hermano de Duvet, llamado La Foudre ('relámpago'), que capitanea un grupo terrorista adolescente que perpetra (o lo intenta) atentados para sembrar la confusión en Paris, con Notre Dame como uno de sus objetivos. ¿Seguimos? Un octogenario español es recibido en la casa de los Dupont, y en el anciano se despertarán (bien que de forma algo forzada) instintos sexuales que creía olvidados. A los cuales responderá una extraña y obesa mujer, espía doble al servicio de cierta condesa… En fin, que esto es solo una sinopsis velocísima para hacernos una idea del calibre del relato.

Duvet es la cara metaliteraria de la historia. Como decía antes, encarna las dudas y contradicciones del escritor, el horror a la página en blanco, las ideas que revolotean sin orden y que es necesario encauzar y traducir en palabras, el vértigo de no poder vivir de tan elevada profesión; pero también el ansia de belleza, la entelequia del libro definitivo. Desde ese punto de vista de creadora cuyas ideas se alimentan del entorno, la posición de la niña es de espectadora, receptora de los disparates que se suceden a su alrededor, de los que bien pudiera nacer una ficción (quizá el propio libro que estamos leyendo, como en algún momento se insinúa, aunque todo sea muy poco flaubertiano, al menos en su aspecto exterior). A nivel personal Duvet es también algo así como el colmo de la repipi, o más bien de la revieja que parece situarse un palmo por encima de los demás, a quienes apenas se molesta en juzgar, con su prosopopeya algo contestataria. Una especie de híbrido entre Lisa Simpson y la Zazie de Raymond Queneau.

Digo prosopopeya porque el lenguaje es la gran arma con la que García Hortelano construye esta enorme parodia (del vodevil, de la novela negra). Siempre tenemos la palabra exacta, a veces culta y a veces coloquial, el ritmo es cambiante y se acomoda a los cambios que el autor impone al lector, y la mayoría de los personajes se expresan con un refinamiento y cierto aire clásico que, por contraste con su edad o extracción social, subrayan el carácter sarcástico de todo el relato. Y de verdad que resulta divertido escucharles con esa cháchara impostada que recuerda a ciertas comedias o a algunas traducciones forzadas.  Quizá los únicos personajes que se ven privados de ese atributo son los padres Dupont, curiosamente quienes parecerían más aptos para exhibirlo. En realidad, se podría decir que García Hortelano los margina, tal vez como adultos aburridos solo preocupados por sus miserables pequeños placeres.

Porque lo demás es todo un festival de disfraces y simulaciones, personajes hiperbólicos y situaciones absurdas (algo hay de Boris Vian en todo esto), desenfreno erótico y, sobre todo, una carga interminable de humor que recorre el texto de arriba abajo, sin perder en ningún momento la potencia de una prosa afilada y certera, brillante pero no barroca. Todo lo cual explica muy bien que Guelbenzu cuente en el prólogo cómo tenía la sensación de que García Hortelano estaba disfrutando de lo lindo escribiendo este libro. 

¿Qué le falta? Pues quizá algo de peso, un hilo narrativo algo más compacto y menos arborescente, algo que trascienda más allá de la mera diversión, del juego de un autor inteligente y con muchos recursos. Puede que por eso mismo impresione tanto esa última escena en un tren en la que, sin perder el tono irónico, se muestran registros dramáticos que dejan claro que García Hortelano es un buen ejemplo de novelista infravalorado al que convendría prestar mucha más atención. Y es que no estamos como para olvidarnos de nadie con auténtico talento.  


lunes, 11 de octubre de 2021

Stephen Crane: Maggie: una chica de la calle


Idioma original: inglés

Título original: Maggie, A girl of the streets</i>

Año de publicación: 1898

Traducción: Carme Font

Valoración: recomendable


Reconozco desconocerlo todo sobre la figura de Stephen Crane hasta saber que Paul Auster le ha dedicado las mil páginas de su última obra. Que podrían parecer excesivas aunque por el momento no me planteo leer el libro de Auster, dado que Stephen Crane falleció a los 28 años, justo seis después de publicar esta que reseñamos, su primera novela. 

Queda por ver si el autor hubiera seguido con su estilo naturalista a lo Emile Zola o se hubiera acabado alineando en el gótico sureño, que por edad le podría haber cuadrado perfectamente, aunque la ubicación de esta novela (el Bowery, barrio extremo del Nueva York de la época) resultara algo ajena a las llanuras y los humedales de Steinbeck, Faulkner o Caldwell. 

Maggie: una chica de la calle cuenta con un título que casi podría decirse que es lo más descriptivo y directo de la novela. Me explico: es una novela publicada en Estados Unidos en el siglo XIX y ahí la moralidad y la obscenidad eran poderosos condicionantes. No vamos a discutir si incide en ello más el puritanismo imperante o la hipocresía de una gran nación emergente en la que las diferencias de clase empezaban a surgir de forma cruel y descarnada. Pero Crane, por convicción o por contención, no es demasiado dado a la descripción de los detalles en lo concerniente a las personas. Pudiera interpretarse si no es una cuestión de establecer una moral implícita. Sí que lo es en lo que al entorno se refiere. Las calles y los rincones, la miseria imperante, la precariedad y desestructura de los núcleos familiares. Maggie es la hermana de Johnnie, un niño que se pasa el día en la calle incordiando a otros niños o siendo incordiado. La violencia pende en el aire, como el alcoholismo, como la falta de recursos. La madre ha sido abandonada con sus hijos y usa el alcohol como vía de escape, pero bajo sus efectos su crueldad se eleva y todo su rencor se vierte en sus hijos. Maggie es un estorbo para ella, pero a la vez es una adolescente que ha empezado a desarrollarse y es pasto de las miradas de los hombres. Es solo cuestión de tiempo que en ese entorno de precariedad y desarraigo su único destino posible sean las adicciones, la indigencia o la prostitución. Y Crane es hábil en conducir el relato hacia esa convicción, pero también esquivo en concretar los detalles. Insisto que es posible que sea un resorte de prudencia ante una sociedad como la de la época. Pero esas elipsis pudieron no ser siempre fácilmente descifrables. Quizás, pero habría que profundizar más en su obra posterior, en eso se basa su valor literario. En mostrar bien claramente qué ocultan sus silencios y sus omisiones. Unas décadas más tarde, escritores como Joseph Mitchell, en la gloriosa El secreto de Joe Gould, en situaciones de otro aspecto de aridez, o incluso Truman Capote, situaron sus obras en ese entorno de miseria. Crane seguramente fue un pionero, y habrá que ver si su escasa obra muestra indicios de superar esas precauciones. Esta breve novela, en cualquier caso y con las pequeñas condiciones anotadas, merece una lectura.

domingo, 10 de octubre de 2021

Ian McGuire: La sangre helada

Idioma original: inglés

Título original: The North Water

Año de publicación: 2016

Traducción: Santiago del Rey

Valoración: recomendable

Una de las gracias de esto de los libros es que si bien es relativamente fácil, deducir a posteriori las razones por las que una novela, por ejemplo, triunfa entre el público lector, mucho más difícil resulta saber por qué otras muchas pasan más o menos desapercibidas; sobre todo cuando vienen avaladas por el éxito en su país de origen e incluso prestigiosos premios y reconocimientos... Este es el caso, creo, de esta La sangre helada -mucho menor el título en inglés, por cierto- de Ian McGuire, una novela "histórico-criminal" que se desarrolla en el original escenario de un barco ballenero de mediado del siglo XIX, en latitudes árticas, y de la que, hasta donde yo sé (ojo que igual estoy metiendo la pata, puesto que, como es obvio, no dispongo de las cifras de venta) no llamó demasiado la atención su publicación en español, pese, ya lo digo desde ahora, a su excelente factura (*).

Quizás una de las razones sea que, aunque en ella encontremos varios crímenes, no estamos ante una novela "policiaca" o "de misterio" -en todo caso, un noir victoriano-; al contrario, conocemos la identidad del asesino desde el primer capítulo, sin que haya -o casi- una investigación propiamente dicha para atraparlo. El protagonista -tampoco "detective", en verdad- es el médico irlandés Patrick Sumner, que tras su paso por el ejército imperial británico en la India, durante la célebre insurrección de los cipayos, se enrola en un ballenero de Hull para cambiar de aires, digamos... En su aventura conocerá a tipos peculiares como el veterano capitán Brownlee, el visionario arponero Otto, el taimado armador Baxler, el taimado segundo Cavendish, el muy taimado y también arponero Henry Drax... Pues sí, en esta novela hay mucho personaje taimado, no te puedes fiar de -casi- nadie...

El caso es que ya digo (más que nada, por avisar a los amantes del género) que el libro no va por los derroteros habituales de una historia de misterio, pero eso no significa que no sea una novela de lo más recomendable para casi todo el mundo, sobre todo porque está magníficamente escrita, con una ambientación basada más en lo sensorial que en lo descriptivo que resulta convincente y subyugante. Tal vez (y por eso he puesto lo de "casi todo el mundo", y también por eso puede que no haya tenido en España el éxito que cabría esperar) sea una novela demasiado áspera y dura apara algunos lectores, pues cuenta una historia y, sobre todo, la cuenta de una manera, llena de desesperanza, que no deja demasiados resquicios para el optimismo, a modo de respiraderos en la banquisa como las que usan las focas para asomarse a la superficie... Es, además, una novela muy masculina, que exuda testosterona; no sólo apenas encontramos en ella figuras femeninas, que son, además, muy secundarias, sino que los temas que trata se engloban en la categoría de lo que solemos calificar como "masculino": el respeto o el desafío a la jerarquía, la camaradería más o menos agresiva, los usos "adecuados" -o no- de la violencia, la supuesta -o no- virilidad, la obsesión por elegir el propio destino (o el espejismo que supone).... Temas que se tratan con mayor o menos profundidad, a veces simplemente de pasada, pero que están en el transfondo de esta notable, aunque no demasiado complaciente. novela.


(*) Puede ser que esta situación cambie y el libro vuelva a las mesas de novedades a partir del inminente estreno en no sé qué plataforma de la serie televisiva que se ha hecho adaptando la novela y que, por lo que he podido ver en el tráiler, tiene muy buena pinta.