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martes, 7 de julio de 2020

VV.AA.: Esterhazy

Idioma original: Alemán
Título original: Esterhazy. Eine Hasengeschichte 
Año de publicación: 1993
Traducción: Consuelo Rubio Alcover
Valoración: Está bien (recomendable para niños)

Esterhazy es una fábula infantil coescrita entre Hans Magnus Enzensberger (premio Príncipe de Asturias) e Irene Dische. Trata sobre un lebratito austriaco de alta cuna que viaja a Berlín en busca de una esposa que le proporcione una descendencia lo menos canija posible. Una vez en la capital alemana, trabajará como liebre de Pascua, hará de animal de compañía y se enamorará.

El derribo del muro de Berlín ejerce de telón de fondo en este cuento. Gracias a ello, los adultos tienen la excusa perfecta con la que instruir sobre Historia a sus retoños durante la lectura del libro. Aunque también pueden obviar la ambientación y quedarse en la interpretación más literal de Esterhazy; profundizar en lo que significa visitar una gran ciudad, tan hostil como cándidos son algunos de sus habitantes.

Debo señalar que el argumento de Esterhazy, quizás por ir dirigido a niños, se relaja un poco. Nada que insulte a la inteligencia, pero no se puede negar que hay lagunas que lo atraviesan. El reencuentro del protagonista con Mimi, por ejemplo, es muy forzado. Ni siquiera se nos explica cómo es posible que ella quedara en libertad y llegara al prado, en primer lugar. 

Las ilustraciones que complementan al relato, a cargo de Michael Sowa, son deliciosas. De factura clásica en su acabado, composición y cromatismo, entregan al espectador que las contempla una miríada de simpáticos detalles en los que perderse. Quizás criticaría, eso sí, que alguna (acompañada por un extracto del texto, por cierto), se adelante varias páginas a los acontecimientos de la narración.




También de Hans Magnus Enzensberger en ULAD: Tumulto, Hammerstein o el tesón, En el laberinto de la inteligencia

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Nina Bunjevac: Bezimena

Idioma original: inglés
Título original: Bezimena
Año de publicación: 2019
Traducción: Montse Meneses Vilar
Valoración: inquietante y bastante recomendable (o bastante inquietante y recomendable)

Lo reconozco: hasta donde recuerdo, puede que sea ésta la reseña más complicada, o una de las que más, a la que nme he enfrentado; la de una novela gráfica-fábula para adultos-delicia estética no poco turbadora... y peligrosa. Como la historia me parece un campo de minas y por follonero que sea uno, me gustaría sobrevivir aquí en este vuestro blog amigo, me voy a limitar a enumerar cosas que se pueden encontrar en este libro, y luego cada cual que decida si le interesa o no... o si se atreve: 

-Una diosa vengativa.
-Una sacerdotisa quejica.
-Una anciana poco paciente.
-Un niño perturbado por la sensualidad femenina.
-Unos padres amantísimos.
-Unas pesadillas mitológicas.
-Unos osos polares.
-Un ciervo perseguido por los perros.
-Un búho fisgón.

-Unas fases de la luna.
-Unos dibujos pornográficos.
-Unas paredes llenas de ojos.
-Una vulva por ventana.
-Una mansión en el bosque.
-Una carbonera recóndita
-Una escalera contra un balcón.
-Una cabaña llena de secretos.
-Un sombrero acusador.
-Unas fotos implacables.
-Una lección impartida.
-Un trazo vigoroso pero exquisito.
-Una riqueza gráfica indiscutible.
-Un prodigio de tramas, luces y sombras.
-Una historia complicada.
-Un problema para el reseñista.



Tampoco os quiero dejar así: me doy cuenta de que esta lista de elementos lo mismo podría servir para un novela basada en los cuentos de los hermanos Grimm que para una distopía ciberpunk con toques surreales; así que quizás deba explicar un poco lo del campo de minas, etc... Pues bien, la intención de esta autora serbio-canadiense (o viceversa) fue, además de llevar a cabo una curiosa inversión del mito de Artemisia y Siprestes, a quien la diosa conviritó en mujer como castigo por haber intentado violarla, realizar un inmersión en la mente, precisamente de un obseso sexual, un voyeur, acosador y, a la postre, violador -como poco-... Es decir, meternos en sus fantasías, en su distorsión de la realidad, aunque al hacerlo, también nos convirtamos en partícipes de ella, asistentes fascinados a un despliegue de un erotismo que, guste más o menos (hay un juego equívoco también en todo esto), seguro que no deja indiferente a nadie... ¿Nos hace cómplices de la perversión, por tanto, el hecho de ser lectores de la misma, y en consecuencia, también voyeurs? ¿En qué punto el juego de cajas chinas o de matrioshkas en el que aceptamos participar al ser lectores o espectadores de una ficción nos convierte también en creadores y no meros espectadores o lectores, y por ellos coresponsables de lo que leemos u observamos? ¿Y en la ficción existe alguna obligación de guardar esa responsabilidad? ¿Se trata, por ejemplo, esta obra de una apología de la violación o de todo lo contrario? ¿Somos nosotros cómplices de esa apología o precisamente todo lo contrario, al leerla? ¿Son todo esto elucubraciones absurdas, pajas mentales que se le ocurren a un reseñista cuando no sabe como acabar una reseña incómoda? Yo digo: SÍ, SIN DUDA.

Pero cuidadín, que os estaré vigilando...



Otros títulos de Nina Bunjevac reseñados en Un Libro Al Día: Patria

domingo, 21 de abril de 2019

Nikos Kazantzakis: Cristo de nuevo crucificado


Idioma original: Griego
Título original: Ο Χριστός Ξανασταυρώνεται
Año de publicación: 1950
Traducción: Selma Ancira
Valoración: Está bien

Nikos Kazantzakis fue un escritor obsesionado y tenaz. Su empeño era que su escritura influyese, empujase y transformara a sus coetáneos y especialmente a sus compatriotas, los griegos de la primera mitad del siglo XX. Así que buena parte de sus novelas desprenden un afán evidente de servir de espejo, de reflejar la realidad social y moral a la vez que pretenden alentar la toma de conciencia individual para empujar a la acción colectiva. Desde luego, la figura de Nikos Kazantzakis (Heraclion, Creta, 1883 / Friburgo de Brisgovia, Alemania, 1957) se mantiene muy viva en la sociedad griega actual, aunque quizás sus anhelos e ideales de fraternidad, ambición humanística y pureza espiritual no parezcan disfrutar de tanta consideración.

Concebida después de su libro más recordado, Zorba el Griego, Kazantzakis redactó Cristo de nuevo crucificado entre 1948 y 1949, ya instalado en Antibes, en la Provenza francesa, y la novela se publicó primeramente en Suecia y después en Holanda. Una vez derrotada la Alemania nazi en la II Guerra Mundial -y por tanto expulsada también de Grecia, donde dejó un rastro especialmente cruento- los griegos se enzarzaron a su vez en una demoledora Guerra Civil y según explica su esposa Eleni en sus memorias El disidente, Nikos Kazantzakis dudaba en cómo implicarse pues “no sabía que proponer a ese pueblo que ama y que una clase corrompida y rapaz va de nuevo a explotar sin decoro”. Enfebrecido y con un raro proceso de hinchamiento del labio y el rostro, episodio que también le acontece al protagonista de la novela, esas fueron las circunstancias que acompañaron a Nikos Kazantzakis en la redacción de la novela, que tiene mucho de fábula ejemplarizante.

Cristo de nuevo crucificado está ambientada en 1922 en una aldea griega de la Anatolia otomana, poco antes en términos históricos del desenlace de la enésima guerra entre griegos y turcos que acabó en la diáspora de millón y medio de griegos que durante siglos habían tenido su hogar en el Asia Menor. Sin embargo, la novela no recoge este encontronazo, o apenas lo hace como un runrún de fondo. Kazantzakis pone el foco no en el enfrentamiento entre unos y otros si no en el conflicto interno que estalla dentro de la propia comunidad helena y cristiana. La trama echa a andar cuando cuatro jóvenes vecinos del pueblo son escogidos como de costumbre para las representaciones de Pascua. Movidos por idealismo o por la pureza de sus creencias, deciden transformar su elección en acicate para exigirse un mayor nivel de cumplimiento de su fe religiosa. Por supuesto, el conflicto con las rutina social, con el devenir cotidiano de la comunidad y con los intereses de los más poderosos de la aldea –el poder político y el económico, aunque también claro está el religioso- estalla de inmediato, que una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo, como todos sabemos. La llegada de un grupo de refugiados –tan griegos y cristianos como ellos- desalojados de su comunidad y en un estado material deplorable, radicalizará las posiciones y el enfrentamiento. Y se hace inevitable mientras van cayendo estas páginas pensar en los refugiados sirios que –casi cien años después- han vuelto a verse obligados a huir por estos mismos caminos. 

Así que en la aldea de Likóvrisi vuelven a verse las caras y a medir sus fuerzas dos maneras de ver el cristianismo y, por extensión, la vida. Una, sustentada en cuatro pilares sagrados; la fe, la patria, el honor y el patrimonio. Otra, que se identifica con un Cristo pobre y perseguido, que llama a las puertas y no encuentra quien le abra. Un Cristo descalzo que mira los cuerpos hambrientos, las almas oprimidas y alza su voz clamando justicia. Obviamente, a la cúpula de la Iglesia Ortodoxa Griega no le complació en absoluto la novela, y la publicación poco después de La última tentación de Cristo le deparó a Nikos Kazantzakis la excomunión de por vida. Por cierto, al igual que Martin Scorsese llevó al cine en 1988 La última tentación…, también hay versión cinematográfica de Cristo de nuevo crucificado, dirigida por Jules Dassin en 1957 con Melina Mercuri en el reparto y rebautizada como El que debe morir



La novela, reeditada recientemente en castellano con traducción de la mexicana Selma Ancira, que es garantía de rigor y pulcritud, adolece para mi gusto de aristas, de profundidad, de veracidad en definitiva, pues los personajes y sus posicionamientos se me antojan demasiado previsibles y maniqueos, a veces cayendo incluso en la caricaturización. Quizás el autor buscaba en su momento calar en los lectores más sencillos y seguramente lo consiguió, aunque este tono de fábula moralista hace que la historia no haya envejecido demasiado bien; desde luego, la displicencia con la que Kazantzakis trata (o maltrata) a las mujeres tampoco ayuda. Al final queda esa manera tan personal y persistente en el autor de describir y ahondar en el desgarro espiritual y metafísico por entender qué hacemos aquí y cómo deberíamos comportarnos: “pero el cielo le pareció muy alto esa noche, muy alejado del hombre, mudo, indiferente, ni amigo ni enemigo, y se aterró”. Nikos Kazantzakis sigue reposando hoy en una humilde tumba en uno de los bastiones de la muralla que rodea Heraclion, la capital de Creta, en la que se puede leer este epitafio: "No espero nada, no temo nada. Soy libre”. 

Otros libros de Nikos Kazantzakis (también transcrito como Nicos Casandsakis) en Un libro al día: Zorba el Griego, El capitán Mijalis

domingo, 14 de abril de 2019

Andrea Camilleri: El beso de la sirena

Idioma original: italiano
Título original: Maruzza Musumeci
Año de publicación: 2010
Traducción: Juan Carlos Gentile Vitale
Valoración: Muy recomendable

Para la mayoría de lectores, el nombre de Andrea Camilleri está indisolublemente asociado al género policiaco y al comisario Montalbano. Pero este autor también ha demostrado su versatilidad con géneros como la sátira, tal como sucede en La ópera de Vigàta. Yo descubrí a Camilleri por casualidad y a través esta pequeña fábula que no es nada representativa del resto de su obra pero que sí dice mucho de su sólida voz narrativa; y es que, aunque las comparaciones sean odiosas, Andrea Camilleri me recuerda por momentos al grandísimo José Luis Sampedro, solo que un poco más juguetón.

Resumen resumido: Gnazio regresa de América, tras más de veinticinco años, a su aldea natal en la costa del sur de Italia. A pesar de su aversión al mar, compra unas hectáreas en la península de Ninfa con el fin de cultivarla, casarse y formar un hogar. Para ello decide pedirle ayuda a la alcahueta del pueblo, la señora Pina, que acabará presentándole a la bella y enigmática Maruzza.

El beso de la sirena es una fábula en forma de relato largo que, a lo largo de sus ciento cincuenta páginas, nos transporta a la cultura rural del sur de Italia, justo antes de la Segunda Guerra Mundial. En ella se mezcla lo cotidiano con lo mágico y lo mitológico mientras el lector se sumerge en las tradiciones, en las tareas del campo y en las convenciones sociales de la época, todo envuelto en una atmósfera naturalizada de amor y humor. Y como parece que esta es la reseña de las comparaciones odiosas, mientras lo leía no me sacaba de la cabeza La acabadora de Michela Murguia; quizá porque también se sitúa en el sur rural de Italia y hace también mucho hincapié en la atmósfera y las costumbres. Sin embargo y, a pesar del enorme calado del tema central de La acabadora, es una obra que no logra sacarle brillo a todos los elementos a su disposición cosa que sí sucede en El beso de la sirena. Al fin y al cabo, Camilleri es un autor con mucho oficio y eso se nota.

La historia se narra con una voz en tercera persona focalizada en Gnazio que transmite muy bien la maravillosa sencillez y sensibilidad del personaje protagonista:
Estuvo caminando de la mañana a la tarde, porque la fragancia de la tierra cambiaba a medida que pasaban las horas; por la mañana, a las siete, parecía tener el mismo olor de cuando uno mete la cabeza en un pozo y siente el perfume de agua y de musgo; a mediodía, bajo el sol, comenzaba a coger el mismo olor del pan recién salido del horno; al anochecer, la tierra se perfumaba de jazmín y de azahar, aunque en las inmediaciones no había plantas de jazmín ni naranjos ni limoneros.
Los diálogos son otra de las grandes bazas de El beso de la sirena. El lenguaje es llano y directo y desborda frescura, ironía y sorna: 
—Estaría Caterina Tumminello— ¿Qué edad tiene?—Treinta y dos.—¿Y cómo es que aún no se ha casado?—Cojea.—¿Ella también?—Sí señor—¿Se cayó?—Nació así. Pero cojea de la misma pierna que usted. Y eso es bueno.—¿Por qué?—Porque así, cuando caminen el uno junto al otro, no se darán cornadas, ni golpes con la cabeza. Y ¿sabe qué suele decirse? “Mujer lisiada / la mejor follada”
La trama está llena de guiños históricos y detalles interesantes como, por ejemplo, la manera en que Gnazio diseña, construye y amplía su casa, ahí lo dejo. 

Es un cuento precioso y tal vez por eso la única pega que le encuentro me moleste tanto. Y es que lo peor de El beso de la sirena es precisamente El beso de la sirena, su título. Porque, como ya se menciona en la cabecera de la reseña, el título original es Maruzza Musumeci, el nombre de la que va a convertirse en la esposa de Gnazio y va a proporcionarle una experiencia vital única. Y para que el lector vaya asumiendo poco a poco, al igual que Gnazio, la particular naturaleza de Maruzza, Camilleri va desgranando pequeños detalles en sus páginas sin abordar jamás la cuestión directamente. Pero entonces llega la edición en castellano y manda a la porra toda la magia y la sorpresa y el encanto que el autor nos había reservado. Gracias señor/a editor/a por robarnos a los lectores esos detalles maravillosos que nos depara la buena literatura. Total, venimos a un valle de lágrimas y nacemos para morir. 

Leí El beso de la sirena hará cosa de siete años y me llenó de paz y ternura pero ya sabemos lo que sucede con las lecturas, uno olvida los detalles y tan sólo queda el poso de una sensación en la cual, con el tiempo, dejamos de confiar. Pues bien, su relectura ha sido tan satisfactoria como la primera y espero esta vez no olvidar los detalles gracias a esta reseña. Así que, a pesar de los pormenores de su edición en castellano, muy recomendable.

También de Andrea Camilleri en ULAD: Aquí

jueves, 21 de febrero de 2019

Andrus Kivirähk: El hombre que hablaba serpiente

Idioma original: estonio
Título original: Mees, kes teadis ussisõnu
Traductor: Consuelo Rubio Alcover
Año de publicación: 2007 (en castellano, 2017)
Valoración: Recomendable


No hace falta jurar que la literatura estonia es algo que nos pilla un poquito lejos, aunque compartamos bandera estrellada sobre fondo azul. Pero oiga, esto es ULAD, llevamos casi diez años publicando reseñas y, sí, para mi propia sorpresa, ya había en nuestro catálogo no una sino dos obras bajo la etiqueta escritores estonios. Así que adoptaremos la pose de intelectual sobrado y lo tomaremos como algo de lo más normal. Pero, eso sí, aunque el origen nacional ya no nos pille de nuevas, el libro que comentamos sí que es bastante peculiar.

Nuestro amigo Kivirähk nos sitúa en una época indeterminada, tal vez en la Edad Media, en los bosques de Estonia. Por allí viven grupos de personas que continúan en fase cazadora-recolectora, se comunican con los animales mediante la lengua de las serpientes, se visten con pieles y solo comen carne. Sus vecinos son amistosas culebras que les invitan a su madriguera, osos que seducen a muchachas humanas, una especie de primates que crían piojos gigantes, o un exguerrero alcohólico que se va fundiendo con la capa vegetal. En ese bucólico ambiente se mueve Leemet, un niño a quien su tío le enseñará el serpéntico, idioma que poco a poco ha ido desapareciendo de la cultura de los bosques. Aquí tenemos ya los elementos que dan pie a que en la contracubierta la cosa se catalogue como ‘literatura fantástica’, es decir, seres extravagantes y situaciones inverosímiles, un híbrido entre la fábula clásica y Harry Potter pero, eso sí, un poco en plan bruto.

El problema es que aquel hábitat ancestral está claramente languideciendo: la gente se va largando a la aldea, donde aprenden las tareas agrícolas y se empapan de costumbres y religión extranjeras. Como buenos advenedizos, abominan de su pasado y se apuntan con entusiasmo a la modernidad. Segundo ingrediente: el choque entre lo arcaico y los nuevos tiempos resulta inevitable, las gentes que han asumido la civilización a duras penas intentan absorber a sus vecinos más recalcitrantes, y los últimos resistentes desprecian a los conversos. La interacción entre los dos mundos apunta a catástrofe.

A ese fuego se encargan de echar gasolina las respectivas creencias religiosas o espirituales. Entre las gentes del bosque, el druida Ülgas (que mira que tiene nombre de malo) deriva hacia un integrismo que le aproxima a la locura, y en el pueblo el afable Johannes encarna el buenismo cristiano, sí, pero empapado de patrañas que hacen ver la mano del Diablo en todas partes. Entre ambos bandos, Leemet, que ya ha abandonado la infancia, enarbola un rechazo radical hacia todo lo sobrenatural. Es en mi opinión el nudo fundamental del libro: la rebelión absoluta del descreído Leemet frente a lo irracional que le rodea desde los dos frentes, dos concepciones atrozmente radicalizadas que darán lugar a la barbarie más desatada, y entre ambas, un individuo que defenderá, también con la misma saña, el derecho a vivir alejado de toda creencia.

Semejante panorama no puede más que desembocar en una especie de apocalipsis que revienta en la última parte del libro, una orgía de salvajadas que termina de cuajo con la aparente atmósfera de fábula ecológica que en la que podríamos pensar al inicio, y acerca el relato a un ambiente punk que ya no abandonará. El autor no se ha posicionado en la disyuntiva entre lo tradicional y lo moderno,  pero sí se moja, y mucho, en esta batalla de Leemet contra los integrismos: a través de su personaje, Kivirähk destila desprecio sin límites hacia los santones y sus seguidores, y no le tiembla el pulso -vamos, se diría que disfruta de verdad- con las escenas más bestias.

El autor maneja abundantes referencias a los mitos y tradiciones de su país, cosas que se nos escaparían de no ser por el interesante posfacio de la traductora Consuelo Rubio Alcover. Pero si decidimos ver el texto desde la óptica cultural, tampoco esto quiere decir que Kivirähk tome partido por las esencias nacionales. No hay una defensa de un mundo frente al otro, sino esa opción que decía, muy contundente y sin matices, por lo racional. Lo que cuadra muy bien con la fama de iconoclasta que por lo visto arrastra Andrus, siempre presto a fustigar tanto a la complacencia con lo foráneo como al fundamentalismo étnico. Ni siquiera ese idioma de las serpientes –que perfectamente se podría identificar con su minorizada lengua estonia- recibe del todo la bendición del autor, que parece plegarse sin mucho dolor a su colapso definitivo.

Advertida la originalidad del argumento y lo atrayente de las distintas capas en que puede leerse el libro, tampoco se puede dejar de valorar la forma en que todo esto se transmite. La prosa de Kivirähk es sumamente sencilla, pero peca quizá de superabundante, incluso de redundante. Hasta en los diálogos –de hombres y de animales- le cuesta demasiado esfuerzo exponer las cosas de un solo trazo, necesita decirlo del derecho y del revés, repetir las ideas y alargarse sin necesidad (bueno, un poco lo que también le pasa al reseñista, para qué engañarnos). Con lo cual, la lectura puede hacerse algo lenta, pesada, en especial en su primera mitad, cuando no sabemos el rumbo que van a tomar las cosas. Le falta agilidad y concisión, cualidades que le hubieran quitado lastre a una narración que ya de por sí aglutina muchos elementos -que no obstante están muy bien integrados- y habrían agradecido un tratamiento más resuelto.

Vaya lo uno por lo otro, con lo que esta especie de cuento de hadas extremo me parece en definitiva un libro atrevido, desbordante y fresco, que no estará de más en nuestro curriculum lector.

viernes, 26 de noviembre de 2010

William Goldman: Los gondoleros silenciosos


Idioma original: inglés
Título original: The Silent Gondoliers
Año de publicación: 1983
Valoración: Recomendable

Aunque la mayoría de nosotros conoce a William Goldman como el autor de La princesa prometida (que él mismo se encargó de adaptar al cine), la verdad es que lleva más de cincuenta años escribiendo novelas y guiones cinematógraficos, y recibiendo un merecido reconocimiento por todos ellos (especialmente, por Dos hombres y un destino y Todos los hombres del presidente, trabajos por los que fue galardonado con un Oscar).

La novela que reseño hoy, Los gondoleros silenciosos, sigue la estela de la ya mítica La princesa prometida. En ella Goldman recupera a S. Morgenstern, su alter ego, para explicarnos cómo son y dónde están la taberna de los gondoleros, la Iglesia de las almas de los que murieron por el mar y otros muchos lugares mágicos que esconde Venecia. Pero también nos cuenta la historia de Luigi, un hombre sencillo que se dedica a llevar en su góndola a muchos de los turistas que llegan a Venecia. Luigi, como buen soñador, tiene secretos. Y entre sus secretos se esconde un sueño por el cual vivirá Luigi una maravillosa aventura, que nos llevará además a descubrir por qué hubo un tiempo en que los gondoleros venecianos fueron los mejores cantantes del mundo y por qué llegó un día en que dejaron de cantar.

Es ésta una fábula amable, un cuento de hadas en el que Goldman retrata una Venecia mágica, un escenario onírico en el que todo sueño es posible y que consigue dibujar una sonrisa en el rostro del lector en cada página. Comentario aparte merecen también las ilustraciones que acompañan la narración, fruto del talento del pintor Paul Giovanopoulos, que fueron realizadas para la edición original del libro y que acertadamente se han recuperado para ésta.