sábado, 24 de octubre de 2026

Colaboración: Y Seiobo descendió a la Tierra, de László Krasznahorkai

Idioma original: húngaro 

Título original: Seiobo járt odalent

Traducción: Adan Kovacsics

Año de publicación: 2008 

Valoración: Muy recomendable 

 

Uno se siente tentado a abrir este libro bajo una falsa promesa: la de que Krasznahorkai ha escrito, por fin, al amparo de la belleza histórica, lejos de su habitual mundo nublado, entrópico y lleno de bajezas. Sin embargo, apenas se leen unas páginas de este libro de relatos-ensayos, la ilusión se rompe. Nos reencontramos con el mismo autor, su misma voz torrencial y su inconfundible visión del mundo. La belleza aparece, sí, pero es un destello fugaz, un segundo de luz que pronto se diluye en el gris de siempre. Al final, no hay mucha diferencia entre la angustia que sus personajes sienten frente a la majestuosidad de la Alhambra o la Acrópolis, y la que sufren en un pueblo perdido en la niebla de Hungría. 

Aparentemente, para Krasznahorkai la belleza ni siquiera salva a este mundo. A lo largo del libro, sus personajes conviven con diversas manifestaciones artísticas —la Acrópolis, la Venus de Milo o el teatro Noh—, pero no hallan consuelo en el arte. Lo irónico aquí (y a la vez escalofriante) es ver las razones de este fracaso: o no lo comprenden, o si lo comprenden les provoca náuseas, o es esquivo e indiferente, y si acaso es aprehensible, los hace odiar a los demás o exige disolver el propio ser para manifestarse plenamente. Un absoluto tormento. 

Pero a este drama existencial se suma un obstáculo mucho más simple: nuestra propia banalidad. Krasznahorkai es implacable al señalar que somos una sociedad de consumo que ha perdido la capacidad de disfrutar de lo bello. En el Louvre, fotografiamos a la Venus y nos vamos sin haberla observado, conformándonos con la postal de la tienda de regalos. En la Alhambra, consumimos la historia que venden los guías sin alzar la vista hacia los patrones infinitos del alfarje. Aunque lo divino hable en silencio, no somos lo suficientemente valientes para dejarnos tocar por él. Y es una lástima, porque a pesar del dolor de pies, del cuello cansado o del entumecimiento, la belleza se deja ver por unos segundos, como un quetzal en un bosque nuboso. Desgraciadamente, no lo miramos: queremos fotografiarlo, aunque eso signifique matarlo o matarnos. 

Si la belleza es dolorosa, esquiva o insoportable, ¿por qué nos afanamos en perseguirla? En este mundo, a simple vista, entrópico —aunque secretamente ordenado por una lógica matemática, como sugiere la numeración de los capítulos— no parece haber lugar para ella, pero su búsqueda logra, por instantes, detener el caos en el que estamos sumergidos. Al final, todo vuelve a ser igual, pero con más sudor y fatiga; un pequeño calmante que amenaza con dejarnos peor que antes. 

Afortunadamente, queda un ligero rayo de esperanza. El relato que da título al libro nos muestra un escenario diferente: la diosa Seiobo desciende a través del Noh y, con caminar pausado, viene a regalarnos melocotones de su jardín sagrado. Solo falta saber si no moriremos al probarlos. 

 Firmado: Arturo Jiménez Viveros

Otras obras de László Krasznahorkai reseñadas en ULAD: aquí

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