miércoles, 25 de marzo de 2020

Reseña + Entrevista: Enero, de Sara Gallardo

Idioma original: Español
Año de publicación: 1958
Valoración: Muy recomendable

Siempre que se habla de “Mejores novelas escritas con menos de 30 años” aparece “El corazón es un cazador solitario” de Carson McCullers, que cuenta, a su vez, con una de las mejores primeras frases de novela. Pues bien, “Enero” fue publicada en 1958, cuando Sara Gallardo contaba con 26-27 años y cuenta también con una primera frase de una contundencia tal que constituye un llamado a la lectura inmediata de la novela.

“Hablan de la cosecha y no saben que para entonces y no habrá remedio –piensa Nefer-; todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar”

Con esta primera frase podemos adivinar la ubicación espacial de la novela (resulta curiosa la elección del campo como escenario tanto de Enero como de Eisejuaz, siendo Gallardo una autora bonaerense y siendo buena parte de la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX eminentemente urbana), que Nefer será la absoluta protagonista de la novela, que algo se cierne sobre ella y que este algo, irremediable y oscuro, tendrá terribles consecuencias.

Pero Sara Gallardo juega con el lector y en la misma primera página desvela el misterio (el embarazo de Nefer, de apenas 16 años, producto de una violación). “Enero” pasa a ser una novela diferente a la que podía parecer y su centro se desplaza del misterio, de la violación, apenas dibujada, y del embarazo, al que apenas se hace referencia, a los efectos que estos dos últimos provocan en Nefer y en la comunidad que la rodea.

Es precisamente ese giro lo que confiere a las apenas 100 páginas de “Enero” una carga y una intensidad brutal. La elección de Nefer y de los sentimientos y pensamientos que la atraviesan como núcleo del relato permiten a Gallardo combinar inocencia y madurez, mezclar el lenguaje coloquial / popular de los diálogos con el lenguaje poético de las descripciones y transiciones (casi siempre con frases que son como latigazos en la espalda) y construir la novela en base a una serie de contraposiciones y contradicciones que la dotan de variadas capas y lecturas.

En cuanto a las capas que podemos encontrar en "Enero", podemos citar:

  • La contraposición entre espacios “abiertos” y “cerrados”: la casa y la iglesia como prisiones o como espacios asfixiantes frente a un campo de horizontes infinitos que ofrece una libertad apenas entrevista. Así, paisaje y clima ser convierten en otros personajes de la novela
  • Como también ocurriera en "Eisejuaz", la contraposición entre Iglesia y creencias “indígenas”. Frente a aquella, una sensación de inferioridad y temor; frente a estas, mayor proximidad y confianza.
  • La relación entre patronos y trabajadores de la estancia. La sumisión de estos a aquellos es total y no solo en el aspecto económico.
  • Los roles que juegan Doña María y Don Pedro, madre y padre de Nefer, y por extensión el resto de personajes masculinos y femeninos
Y en cuanto a las posibles lecturas, no excluyentes entre sí, que ofrecen las apenas cien páginas de “Enero”, se me ocurren las siguientes:
  • Novela de formación o novela sobre el fin de la inocencia.
  • Novela folletinesca, con su amor no correspondido, su embarazo no deseado, etc. En este sentido, podría ligarse en cierto modo a “Boquitas pintadas” y a su contraste brutal entre fondo y forma.
  • Novela social, con su lado de denuncia de la situación de la mujer en general y de la mujer pobre en particular y con su lado de crítica a una sociedad pacata y timorata que conduce a Nefer a un final terrible
Para no extenderme más, y tal y como he dicho al principio, “Enero” es una magnífica primera novela, breve, emocionante e intensa, aunque quizá ligeramente inferior a “Eisejuaz”, que me parece mucho más ambiciosa, arriesgada y atrevida (aunque también exigente para el lector) en el aspecto formal. Eso sí, no debemos olvidar la edad a la que “Enero” fue escrita.

También de Sara Gallardo en ULAD: Eisejuaz

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En los comentarios a la reseña de Eisejuaz hizo su aparición (cosa que me hizo mucha ilusión) Paula Pico Estrada, responsable de la Editorial Winograd e hija de Sara Gallardo. Contactamos con ella vía Twitter y muy amablemente se presta a responder a nuestras preguntas. De nuevo, muchas gracias, Paula

Pese a sus escasas 100 páginas, creo que “Enero” puede ofrecer diversas lecturas no necesariamente excluyentes: novela romántica, folletín (no lo digo, ni mucho menos, en sentido peyorativo), denuncia social… ¿Con cuál te quedas tu?

Buena pregunta. Yo creo que es una novela realista social, pero sin un propósito extraliterario de denuncia. Es decir: explora mucho de los temas de las novelas sociales; en el caso de Enero podríamos hablar de la relación de poder entre las clases, entre los géneros, y entre la Iglesia y sus fieles. También podríamos hablar de las alianzas entre los poderosos, por ejemplo, entre la patrona, el violador y, de nuevo, la Iglesia. ¡Y la cuestión del aborto! Pero te puedo asegurar, también de modo extraliterario, que nada de eso pasó en términos teóricos por la cabeza de mi madre. A ella se le presentó u ocurrió una historia a partir del mundo social que conocía, y todo el resto es fruto de su sensibilidad, de su imaginación y de su amor a la lengua castellana. Es decir, de la necesidad inútil de escribir.

Solo he podido leer “Enero” y “Eisejuaz”, pero resulta curiosa la elección del campo como escenario de ambas novelas, teniendo en cuenta tanto su origen bonaerense como que la mayor parte de la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX (al menos, la que llega a Europa) es fundamentalmente urbana. ¿A qué puede deberse?

Creo que a su origen social. Por el lado materno, mi madre pertenecía a una familia afrancesada y liberal; por el paterno a una familia hispanista y nacionalista. Ambas familias estaban vinculadas con las letras, la historia, el periodismo y ninguna era terrateniente. Son familias burguesas ilustradas urbanas. En ambas familias había una percepción de que la biografía personal y la historia de la Argentina se entretejían, pero esa percepción tomaba formas diferentes. Mi abuela materna tenía horror por el campo y por los animales y un enorme orgullo por su abuelo escritor (Miguel Cané) y su bisabuelo presidente y traductor de la Divina commedia (Bartolomé Mitre). Mi abuelo paterno, en cambio, tenía una visión nacionalista de cuyo imaginario formaba parte constitutiva el campo. De nuevo: no era una familia terrateniente. Cuando mi abuelo heredó a sus padres, se compró 300 hectáreas (para la Argentina de aquella época, nada de nada, un campito) en un bajo, porque al agua atraía a los pájaros. Le gustaba salir a caballo vestido de gaucho, rodeado de perros, y salir a caminar, rezando el rosario. Más allá de la ideología, su amor por la naturaleza era profundo, real y artístico, y mi madre se embebió de él.

Pregunta quizá ligada a lo anterior: El boom obvió a buena parte de los narradores que ofrecían una visión nada condescendiente de la realidad rural o indígena (Vamos, que en Europa preferíamos una visión edulcorada de la realidad). Si a eso le unimos el hecho de que fue un “movimiento” eminentemente masculino, la obra de Sara Gallardo parecía condenada de antemano. ¿Pueden haber sido esos los motivos de su olvido o puede haber algo más?

Es que hay algo que precede a su ausencia del grupo del boom, y esto es su ausencia de cualquier círculo literario en la Argentina. Yo creo que esos círculos son siempre políticos, de una u otra manera, y la idea que mi madre tenía de la literatura estaba completamente fuera de cualquier mundillo: concebía el valor del arte por el arte mismo. Ni se le ocurría pensar al arte como un producto superestructural de condiciones materiales: para ella existía el eidos platónico de la Belleza y su vocación era acercarse a él. Escribía en una soledad muy grande.
Por otro lado, no hay que minimizar el hecho de que fuera mujer, y, para colmo, muy hermosa y de clase media alta. Siempre existió (o ella lo sufrió) la idea de que era una señora que escribía para entretenerse y para entretener. Yo creo que sus pares no la leyeron, directamente. Excepto el adorable Manucho Mujica Lainez, de quien se hizo muy amiga a fines de los años 70.

Pese a ese olvido y haber transcurrido más de 60 años de la publicación de “Enero”, todavía quedamos lectores (y editores como Nicolás) que en 2020 descubrimos a Sara Gallardo y encontramos a una autora moderna y atemporal al mismo tiempo. ¿A qué crees que puede deberse esa conexión?

¡Ay, en cualquier momento me remito yo también al eidos platónico para contestarte! Porque, ¿qué es lo que vuelve clásica a una novela? Yo creo que hay cosas que son buenas independientemente del contexto; novelas que, en cada época en que las leas, te van a develar una perspectiva que parece actual sobre la naturaleza humana, donde vas a leer descripciones de la sociedad o del mundo natural que te los harán ver con ojos nuevos.

Tambien me llama la atención en “Enero” y “Eisejuaz” el contraste entre “lo culto y lo popular”, entre la experimentación formal o estilística (más en “Eisejuaz”) y el lenguaje popular o el lado “folletinesco”. Aquí tiro de “Las tres vanguardias: Saer, Puig y Walsh” de Ricardo Piglia y a su tesis sobre el uso del fondo y la forma en estos autores para preguntarte: ¿en qué espacio podríamos situar a Sara Gallardo?

¡Me mataste! No leí el ensayo y no te puedo contestar.

Entre la publicación de “Enero” y la publicación de “Eisejuaz” transcurren 13 años en los que se observa un gran salto en lo que a riesgo a nivel formal se refiere. Podríamos decir que “Enero” es una gran novela de juventud y “Eisejuaz” la gran novela de madurez de Sara Gallardo. De no haber sido por su temprano fallecimiento, ¿qué camino habría seguido su narrativa?

Lo que decís con respecto a Enero y Eisejuaz es exactamente así, son sus dos grandes novelas, y las dos que ella prefería. A Enero la siguieron dos novelas sociales más, Pantalones azules y Los galgos, los galgos. A Eisejuaz, dos libros de cuentos, El país del humo y La rosa en el viento, en los cuales priman la imaginación y la experimentación formal. Yo creo que estaba en una etapa de transición, y que si hubiera podido superar la depresión que tuvo en sus últimos años, que la tenía muy dispersa, se
hubiera volcado a una forma directa y sencilla de narrativa, al estilo de su ídolo Robert Louis Stevenson o de Herodoto. De hecho, esto te lo digo porque ella misma, en sus últimos años, me dijo “Hay que escribir como Herodoto”, a quien recién leía. (Recordemos que murió muy joven, al menos, joven para morir: a los 56 años).

Por ir terminando. Asistimos en los últimos años a la recuperación de la obra de Sara y otras autoras de su generación, al auge de nuevas narradoras argentinas y latinoamericanas como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Mónica Ojeda, etc, pero seguro que continúan existiendo autoras olvidadas y/o ninguneadas. ¿Cuáles son, en tu opinión, los secretos mejor guardados de la literatura argentina y que no debemos dejar pasar bajo ningún concepto?

¡Uy! Me agarraste con las manos fuera de la masa. Leo casi exclusivamente en inglés, porque mi locura son los escritores ingleses de mediados del siglo XIX y la lista es infinita. Estoy con George Eliot ahora, después de haber pasado por un romance con Trollope, al que tengo que volver. En fin… Solo te puedo hablar de tres escritores argentinos que me han gustado muchísimo en los últimos tiempos y creo que los tres son muy buenos. Mariana Enríquez, a quien nombraste; Hugo Salas y Miguel Vitagliano. Pero repito que hay demasiados autores que no he leído y que quizás por eso no pueda nombrarlos. Volviendo a tu pregunta: no hay que dejar pasar ni a Salas ni a Vitagliano, eso por cierto. (A Enríquez tampoco, pero ya lo han dicho otros antes que yo.)

La última pregunta será puramente mitómana. En la contraportada de la edición de Malas Tierras de “Eisejuaz” aparece un texto de mi adorado Mujica Lainez en el que alaba de forma entusiasta la novela de Sara (me choca mucho porque parecen dos narradores absolutamente antagónicos en lo estilístico). ¿Pudiste conocer a Manucho? ¿Qué nos puedes contar de él?

¡Qué bueno que lo adores! ¡Era adorable! Él y su mujer, Ana de Alvear, fueron buenísimos con mi madre, que acababa de enviudar, se había mudado a la provincia argentina de Córdoba, a la localidad en la que él vivía (Cruz Chica) y andaba como bola sin manija, con dos hijos adolescentes y un niño de 5 ó 6 años. Manucho le ofreció una casita dentro de su propiedad, la integró a su vida social y familiar, leyó sus textos, se los comentó con cariño y con generosidad. Fue un gran, gran amigo y protector. Él es un autor argentino que quiero leer; tengo varias novelas suyas acumuladas en casa. Quizás con este nuevo raro mundo de aislamiento en que estamos viviendo logre ponerme al día.

9 comentarios:

Beatriz Garza dijo...

Qué maravilla leer esta reseña y entrevista, Koldo! Entradas como esta brillan con luz propia. Muchas gracias por el esfuerzo, compañero.

Koldo CF dijo...

Gracias, compañera! Algo hay que hacer para sobrellevar todo esto

Marc Peig dijo...

¡Muy buena reseña, Koldo, y magnífica entrevista!
Felicidades, compañero.
Saludos
Marc

irati dijo...

Me uno a las alabanzas del resto, Koldo! Gracias por traernos tanto de esta autora que me enamoró con sus Galgos. Belleza absoluta. Y una maravilla poder leer a Paula.

Koldo CF dijo...

Gracias, Marc e Irati!
Algo hay que hacer para sobrellevar esto!

Anónimo dijo...

Gracias a todos. ¡ Mayor Thompson

El Puma dijo...

Hoy se publica en el diario La Nación, de Buenos Aires, lo que para mí es una pequeña joyita.

https://www.lanacion.com.ar/cultura/viaje-a-berlin-veinte-anos-despues-del-nazismo-nid2357852

Disfrútenlo!

Koldo CF dijo...

Qué bueno, amigo! Muchas gracias

El Puma dijo...

No hay porqué, Koldo! El relato me trajo muchas reminiscencias. Mi padre viajó a la Unión Soviética a visitar a nuestros parientes en 1964. Fue una aventura inolvidable para él y también para nosotros, sus hijos.

Y qué lindo escribía Sara Gallardo! El epígrafe explica porqué fue elegido su texto para ser publicado hoy.