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sábado, 14 de marzo de 2020

Pablo Silva Olazábal: Conversaciones con Mario Levrero

Idioma original: Español
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable para interesados

Conversaciones con Mario Levrero reivindica la figura de Mario Levrero, escritor que, pese a la originalidad y calidad de su obra (o quizás debido a ello), sigue siendo bastante desconocido para el gran público. Así pues, este volumen hará las delicias de los admiradores del uruguayo. Algunas de las cosas que aglutina son: las conversaciones mantenidas por correo electrónico entre Pablo Silva Olazábal y Levrero, dos artículos sobre el autor y las últimas entrevistas que se le hicieron antes de que muriera en el 2004.

Cabe destacar las mentadas conversaciones, germen del libro. Levrero impartió talleres de escritura, tanto presenciales como virtuales. Con uno de sus alumnos de la segunda modalidad, Olazábal, mantuvieron un fructífero diálogo "online". Un diálogo que me gusta por su clima de respeto no exento de confrontación. Queda claro desde el vamos que el alumno admira al maestro (y viceversa), pero esta veneración no impide a Olazábal señalar las contradicciones del discurso de Levrero.

Amén de algunas opiniones bastante discutibles pero tremendamente ocurrentes, a Levrero hay que admirarle por defender (sin ensalzarlos en el proceso) los gustos perversos. Es decir, aquello que yo conozco como placeres culpables. A Levrero hay que admirarle, también, por su generosidad, por ejercer de guía en esto tan complicado que es la creación, por regalarnos sus valiosos consejos de veterano curtido en mil batallas. Qué diantres, a Levrero hay que admirable por haber escrito tan buena literatura. El lugar es fácilmente una de las mejores novelas que he leído nunca, por más que él diga que no le acaba de convencer. ¡Gracias por tanto, Jorge Mario Varlotta Levrero! Y gracias a ti, Olazábal, por contribuir a rescatar a este genio inimitable del olvido. De corazón te lo digo.


Obras de Mario Levrero reseñadas en ULAD: Trilogía involuntaria, La banda del Ciempiés

martes, 19 de marzo de 2019

Mario Levrero: Trilogía involuntaria

A Mario Levrero no le gustaba que hubiera intermediarios entre su trabajo y los lectores. Y aquí estoy yo, escribiendo sobre la Trilogía involuntaria. Pero bueno, tomad esta reseña como un mero reflejo de mi experiencia personal (¡faltaría más!), y no como la única aproximación posible a estas novelas. O mejor: leedlas a ellas antes que a mí. En cuanto a ti, Mario, perdóname; sólo quiero compartir mi admiración por este fascinante retablo con el que te diste a conocer. 

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La Trilogía involuntaria está compuesta por La ciudad (1966), El lugar (1969) y París (1970), las primeras novelas de Mario Levrero. Novelas que gravitan alrededor del individuo, de su percepción del mundo y, sobre todo, de su percepción de sí mismo. Es por ello que, pese a los elementos aparentemente fantásticos que las engalanan, no hay que encajonarlas en ese género. Si acaso, estaríamos hablando de «realismo introspectivo». Y es que, a la postre, el escritor no inventa nuevos mundos; más bien, filtra la realidad a través de sus personajes. Los cuales son poco fiables, por otra parte. 

Todos los protagonistas de estas ficciones son varones innominados que narran su historia en primera persona. Historia que, por cierto, es un viaje. Uno que deja en pañales a la literatura de autoayuda. En Levrero no encontrarás el componente edulcorante que tanto predomina en ese tipo de productos. El viaje en el que se embarcan los protagonistas no les cambiará, y menos todavía para bien; la anagnórisis ansiada jamás llega a cristalizar. Además, dicho viaje es siempre una frustrante imposición, no una oportunidad. 

Estos narradores están de paso en un sitio que les es ajeno, en el que se sienten asfixiados, desamparados y alineados. A eso hay que sumarle que, para la visión posmoderna de Levrero, el mundo es algo incierto, y el individuo carece de referentes estables a los que asirse para abordarlo. Para colmo, las tres novelas cierran con un final abierto, normalmente negativo. De hecho, sólo La ciudad finaliza con una nota vagamente positiva, o, al menos, optimista, pero en ningún momento da por sentado que nada se vaya a solucionar. En otras palabras: cada uno de los tres viajes que propone esta trilogía es una odisea de pesadilla. O sea, que si la lees, prepárate para experimentar desasosiego

Porque desasosiego es lo que te va a reportar esta lectura, créeme. Y no se marchará en unos días, te lo aseguro. Estas novelas son, ya lo he adelantado, una especie de pesadilla. Una pesadilla vigil con su hermetismo intrínseco, y a su vez, con su coherencia interna. Para mí, lo más fascinante de Levrero es que no se abandona a la asociación de ideas arbitrarias o inconexas. En los libros del escritor existe una coherencia interna, a menudo difícil de aprehender, de atisbar siquiera (como viene siendo el caso de París), pero presente a fin de cuentas, como en un sueño febril.

Un elemento recurrente en esta trilogía son los espacios. No digo que sea el elemento aglutinador, porque creo que la relación que existe entre estas novelas va más allá de que aparezcan en ellas espacios vagos y abstractos. Pero bueno, éstos siguen teniendo un interés primordial. No es para menos: la portentosa imaginación de Levrero le granjea un hueco en la tradición de arquitectos soñadores de la talla de Piranesi o Calvino.

Personalmente, sugiero el siguiente orden de lectura: empezad por La ciudad El lugar, ambas novelas que tienen mucho en común tanto en forma como en fondo, y pasad luego a París, sensiblemente distinta de sus predecesoras.

Ah, que no os engañe mi entusiasta reseña, ni la valoración extremadamente positiva que le doy a esta trilogía. No pienso que estas piezas de Levrero estén libres de defectos. Sin embargo, creo que éstos palidecen frente a los aciertos. Y, la verdad, la mayoría son bastante insignificantes, como el uso caprichoso de ciertos recursos tipográficos, o alguna voz puntual que no acaba de cuajar. Lo dicho: una lectura muy recomendable de un autor al que hay que descubrir.


Idioma original: Español
Año de publicación: 1970
Valoración: Recomendable

La ciudad sienta la tónica general de la trilogía: el protagonista perdido en un sitio extraño, asediado por una sensación de pérdida, desamparo, incomprensión, y hasta de amenaza latente; la atmósfera extraña de tintes surrealistas; el subtexto kafkiano...

A mi juicio, lo mejor de esta novela es la originalidad de su planteamiento. Es algo lenta, sobre todo en su primera mitad, y hay algunos detalles que no me acaban de convencer. Pero vale la pena en su conjunto, y sólo como umbral de la Trilogía involuntaria ya habría que leerla sí o sí.

Idioma original: Español
Año de publicación: 1982
Valoración: Casi imprescindible

En este libro hallamos las descripciones arquitectónicas más ambiciosas. También hay un manejo del misterio muy trabajado. Éste no pretende ser desentrañado en ningún momento. Llegados a cierto punto, de hecho, se acaba desistiendo a buscar un sentido, una lógica, para focalizarse en el mensaje.

Decididamente, mi pieza favorita de esta maravillosa trilogía. Si alguien no fuera a leerla íntegramente, que al menos le de una oportunidad a El lugar.

Idioma original: Español
Año de publicación: 1980
Valoración: Muy recomendable

París es, probablemente, la pieza más compleja de la trilogía. En primer lugar, porque la prosa alterna constantemente dos tiempos verbales, pasado y presente. También, porque en ella se solapan la vigilia y el sueño, los cuales conviven como dos realidades igual de tangibles. Y, sobre todo, porque los simbolismos que la recorren son más crípticos aún que en sus predecesoras. Asimismo, es un bloque monolítico de texto que no está dividido en varios capítulos que permitan al lector descansar, al contrario que La ciudad y El lugar.

Pero creedme cuando os digo que el esfuerzo de leer esta obra es recompensado con creces. No en vano, esta es la novela de la Trilogía involuntaria con las imágenes más poderosas y el lenguaje más rico. De igual forma, es aquélla en la que aflora libremente el gusto de Levrero por la serie B, guiño que sin duda apreciarán los mitómanos del autor.


También de Mario Levrero en ULAD: La Banda del Ciempiés 

lunes, 4 de enero de 2016

Mario Levrero: La Banda del Ciempiés

Idioma original: español
Año de publicación: 1988
Valoración: recomendable

Debo llevar ya un tiempecito por aquí. Porque ni recordaba que, a cuenta de cierta reseña de Pynchon, mencioné a Levrero y me pareció haber establecido un vínculo algo forzado. Pero no. La lectura de La banda del ciempiés me hace incidir en esa relación, y cada detalle lo confirma. Levrero ubica su narración (no lo sabemos hasta casi el último momento, pero los nombres de los personajes hacen que pronto lo intuyamos) en la anónima ubicuidad de una ciudad estadounidense. Levrero combina nombres para sus personajes que son a la vez cercanos y ajenos. Levrero juega con el tiempo. Proyecta futuro, planea, describe destinos reales e imaginarios. Va hacia atrás y hacia adelante con la única limitación de lo que le exige su intuición.
La Banda del Ciempiés es un grupo de personas que periódicamente, toma cuerpo en algún lugar público y perpetra crueles fechorías al amparo del azar. Pero nadie investigará quiénes son si no hay un encargo explícito para ello. El encargo se produce. Molly, joven vendedora de violetas, se muestra dispuesta a ello, lo que pone en marcha a la agencia Trailler de detectives.
Hasta aquí la premisa de esta novela que podemos considerar una "trama" en el sentido convencional. Porque es solo un punto de partida para que Levrero someta al lector a una desquiciada carrera de obstáculos donde va a encontrarse de todo. Y todo es todo. Secuestros, torturas, desapariciones, crueldad, intriga política, persecuciones, sexo correcto y sexo muy incorrecto, conflictos diplomáticos resueltos a base de mutilaciones, operaciones para alterar los rasgos, nuevas identidades, corrupción, manipulación de los media, inacción policial. Las 190 páginas dan para eso y bastante más, pero, recordad que mencioné a Pynchon, no exijamos que ese tour de force (relativo: la prosa de Levrero es fluida, asequible, poco amiga de andarse por las ramas) sea marcado por la coherencia. Los saltos en el tiempo y el cierre abrupto de alguna historia pueden acabar trastocando a más de uno. En un brillante juego metaliterario, Levrero dedica un último capítulo a autorecriminarse de alguna forma los asuntos que no han quedado cerrados. Pero la sensación de redondez persiste dentro de su disparidad. La Banda del Ciempiés reúne en su dispersión la condición de un trip alucinado que puede leerse en diferentes niveles. Podría situarse la obra en su espacio físico. Un escritor uruguayo escribiendo en Argentina en 1988, ambos países convalecientes de recientes períodos dictatoriales que debieron contar con pasajes evocadores de algunas de las escenas del libro. Tipos que desaparecen tras ser metidos en coches. Caos callejero, revuelta. Podría, cuestión ligeramente tratada en La ciudad, y confirmando la influencia de Kafka en la obra de Levrero, interpretarse en clave de una figura que se repite en muchas situaciones: el individuo solo, agobiado, en peligro, aplastado por una maquinaria o por un colectivo e incapaz de llegar a buen término sin ayudas externas. Son varios los personajes que parecen querer optar por la reinvención.
Levrero ha conseguido suscitar mi interés por su obra. Una obra que ha de ser extraña y difícil, a tenor de lo que leo y en función de los curiosos títulos de algunas de sus novelas. Espero sugerencias de quienes le conozcan.


También de Mario Levrero en ULAD: Trilogía involuntaria

lunes, 16 de diciembre de 2019

ULAD adoctrina sobre el 2019: nuestros libros del año

Mirad: si este blog pretendiera ser solo leído por familiares de colaboradores ávidos de localizar ideas para regalar a la prima que lee, no nos veríamos obligados a esto. Pero hace tiempo que esto no es así. Es una verdad como un puño que la comunidad lectora global espera ver hacia dónde señalan nuestros dedos, cada año, por estas fechas. Aunque pueda darse el caso que los que aquí escribimos no acabemos de ponernos de acuerdo.

Palabra de Juan G. B. :
- Novela acojonante del año (en todos los sentidos): Mandíbula, de Mónica Ojeda.
- Novela pasmante del año: Vivir abajo de Gustavo Faverón Patriau.
- Novela chanante del año: El aliado, de Iván Repila.
- Novela gráfica más turbadora del año: Bezimena, de Nina Bunjevac
- Libro de no ficción (o sí ficción, según se mire): Thomas Quick. Cómo se hace un asesino en serie de Hannes Råstam.
- Autovivisecciones en canal: Mientras escribo, de Stephen King y Mis rincones oscuros, de James Ellroy.
- Ligeras decepciones: Traición, de Walter Mosley y La Señora Caliban, de Rachel Ingalls.
- Sorpresa agradable del año: La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla.
- Libro que no me atreví a reseñar: Tsunami. Miradas feministas (V.V.A.A. con edición y prólogo de Marta Sanz)
- Descubrimientos del año: Mónica OjedaImogen Hermes Gowar, Gustavo Faverón.

Palabra de Koldo CF:
- No ficción (hispanoamericana): Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
- No ficción (resto de mundo): Contra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam
- Novela (hispanoamericana): El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza
- Novela (resto del mundo): La suerte de Omensetter, de William H. Gass
- Relatos (hispanoamericana): La furia y otros cuentos, de Silvina Ocampo
- Relatos (resto del año): Historias tardías, de Stephen Dixon
- Tocho del año: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo
- Relectura del año: Los siete locos, de Roberto Arlt (habrá reseña en breve)
- Peor libro con diferencia: Vox, de Nicholson Baker

Palabra de Oriol Vigil:
- Mejor novela: El lugar, de Mario Levrero
- Otras novelas destacables: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, La mujer de la arena, de Kôbô Abe, El gusano máximo de la vida misma, de Alberto Laiseca, El proceso, de Franz Kafka, Tango Satánico, de László Krasznahorkai
- Mejor antología: Bestiario, de Julio Cortázar
- Lo mejor en género negro: La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
- Lo mejor en terror: Los sauces, de Algernon Blackwood, Uzumaki, de Junji Ito
- Mejor cómic: Vinland Saga, de Makoto Yukimura (aunque se desinfla un poco)
- Vicio literario del año: Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (aunque también se desinfla un poco)
- Lo mejor en no ficción: La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti, El discurso vacío, de Mario Levrero, ¡Escríbelo, Kisch!, de Egon Erwin Kisch
- Libros decepcionantes: Cartero, de Charles Bukowski, Buick 8, un coche perverso, de Stephen King
- Libros aburridos: El vestido azul, de Michèle Desbordes, En el jardín del ogro, de Leila Slimani
- Autores descubiertos: Mario Levrero, Alberto Laiseca, Kôbô Abe, László Krasznahorkai
- Empacho de: Literatura nipona, fatalismo, "bildungsroman" y "pulp"

Palabra de Marc Peig:
- Libro del año: «Cárdeno adorno», de Katharina Winkler.
- Lo mejor del año (autores): Elizabeth Hardwick, Siri HustvedtIrene Solà, Tatiana Ţîbuleac
- Mejor libro de relatos del año: «No importa», de Agota Kristof
- Tochonovela del año: «Fin», de Karl Ove Knausgard
- Ensayo políticosocial del año: «Ante el dolor de los demás», de Susan Sontag, y «El ojo y la navaja», de Ingrid Guardiola
- Librodenuncia del año:  «Tú, ¡cállate!», de Laura Huerga y Blanca Busquets.
 -Autobiografía del año: «Noches insomnes», de Elizabeth Hardwick y «Los años», de Annie Ernaux
- Experimento metaliterario del año: «Novel·la», de Pol Beckmann
- Decepción del año: «Devastación», de Tom Kristensen
- Autores clásicos que ya debería haber leído y que no tardaré en ponerme a ello: Henrik Ibsen
- Autores que debo recuperar porque llevan tiempo olvidados (injustamente): Ngũgĩ wa Thiong'o, Paul Auster
- Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Olga Tokarczuk, Agota Kristof
- Propósitos para el 2020: más teatro, más ensayo e intentar evadirme de novedades y volver a los clásicos (veremos si lo consigo)

Palabra de Montuenga:
- Mejor clásico leído este año: Bel Ami, de Guy de Maupassant
- Mejor novela española: El novio del mundo, de Felipe Benitez Reyes
- Mejor novela extranjera: Los colores del incendio, de Pierre Lemaître
- Obra maestra polémica donde las haya: El desembarco, de Jean Raspail
- Mejor novela negra: El último barco, de Domingo Villar
- Relectura que nunca defrauda: La saga fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester
- Mejor western: Warlock, de Oakley Hall
- Mejor ensayo: La edad de la ira, de Pankaj Mishra.
- Distopía más esperada aunque algo fallida: Los testamentos, de Margaret Atwood.
- Peor novela con diferencia: Juego de mentiras, de Ruth Ware.

Palabra de Francesc Bon
- Propósitos para 2020: Conseguir que el tsundoku rebaje sus proporciones amenazadoras, o se fusione con el cajón de los cables. Salir de la zona de confort. Y plantear, quizás, si la próxima ya debería ser la última oportunidad para Pynchon.
- Mejor novela leída en el año: Por el regusto tras los meses, cualquiera de las tres de Zuckerman desencadenado, de Philip Roth
- Novedad tolerada: El colgajo, de Philippe Lançon, por cruda y por ver cómo nos transforma experimentar la violencia
- Me lo imaginaba más grande: Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy
- Satisfyer literario: Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago
- Toque de atención: a Michel Houellebecq, por los momentos autoparódicos en Serotonina

Palabra de Carlos Andia:
- Mejor novela en castellano: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, y Prins, de César Aira (próxima reseña)
- Mejor novela en otros idiomas: Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani, , y Vértigo, de W.G. Sebald
- Tocho anual (para no perder músculo, pero nada más): La muerte de Arturo, de Thomas Malory
- Una incursión en el microrrelato: Ojos de aguja (recopilación)
- Relectura del año: El unicornio, de Manuel Mujica Laínez
- Mejor ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki
- Ensayo científico: El jinete pálido, de Laura Spinney
- Mejor libro de relatos: El ídolo caído, de Graham Greene
- Mejor obra de teatro (aunque tampoco había mucho donde elegir): El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal
- Peligro de agotamiento inminente: Enrique Vila-Matas (Esta bruma insensata, y quizá no más)
- Decepciones: varias, puede que más de lo normal, pero para qué les vamos a dar más cancha.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Semana da literatura mexicana: Mario Bellatín: Damas chinas

Idioma de publicación: Español
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable

Un extraño libro, este Damas chinas. Una primera parte, sobria, concreta y precisa. Un ginecólogo que transita por la vida con un pragmatismo y una frialdad casi escalofriante. Cuya relación con sus semejantes es de una pulcritud clínica, tan gélida que cualquier asomo de sentimiento o de pasión se nos muestra como una impureza que desbarata su perfección. Cualquier persona que le rodea obtendrá de él exactamente lo que él pueda ofrecerle dentro de un estricto acuerdo casi mercantil. Trata con profesionalidad a sus pacientes, mantiene y cuida con su dinero y con esmero a su familia, paga a las prostitutas a las que se ha aficionado, las solicita de una manera u otra, trata con la madame sobre su gusto por la variación, deriva a las pacientes que se complican a sus colegas. Una vida dominada por lo aséptico, por lo sometido a un procedimiento que él procura seguir a rajatabla.

La segunda parte es difusa, dinámica, y, en su constante trasiego de un escenario a otro, desordenada con voluntad de serlo. Uno de los niños, hijo de una de las mujeres que se trata en su consulta, le ha descrito una historia, que el ginecólogo recuerda y evoca, y que surge de manera casual y va adquiriendo ramificaciones y tintes surrealistas, con frecuentes alegorías al desamparo, al descuido de padres hacia hijos, a la soledad del niño que intenta desentrañar los misterios y los silencios del mundo adulto que le acoge y le rodea.

Literatura más convencional la primera parte (aunque las historias con ginecólogos siempre me remitan al viejo clásico film de Cronenberg, Inseparables), tono marcadamente surrealista la segunda, donde el niño traza una elipse que me recuerda a la del protagonista de La ciudad de Mario Levrero, una especie de itinerario casi completamente onírico donde intervienen toda clase de actores: lugares de veraneo, playas con marea, edificios oficiales, ancianos, pernoctas fuera de casa, padres ausentes, bicicletas abandonadas.

Original, escrita con oficio, estilo y soltura, a base de frases cortas y sencillas, aunque algo esquiva, algo poco amigable con el lector, en su parte final, Damas chinas es una historia original, sórdida y cruel a causa, o a pesar, de su frialdad. Una novela difícil de definir de un autor que no parece dado a otorgar facilidades.

Otras obras de Mario Bellatín en ULAD: Gallinas de madera

lunes, 6 de enero de 2020

Inés Bortagaray: Prontos, listos, ya

Idioma original: Español
Año de publicación: Ahora lo explico
Valoración: Entre recomendable y está bien

Este libro supone el "desembarco" en España de la uruguaya Inés Bortagaray. Es, además, un doble desembarco ya que incluye la nouvelle "Prontos, listos, ya", publicada en Uruguay en el año 2006, y la colección de microrrelatos "Ahora tendré que matarte", publicada allá por 2001 por la editorial uruguaya Cauce dentro de la colección los Flexes Terpines, dirigida por Don Mario Levrero. Explicado todo el embrollo de fechas, editoriales y demás, nos centramos en los dos breves libros que se reúnen en este volumen de la editorial sevillana Triskel.

El primero de ellos, "Prontos, listos, ya", es un hermoso texto con el que viajamos junto a (y nunca mejor dicho) una niña de 10 años, su padre, su madre y sus tres hermanos. El texto es un continuo monólogo interior y el mismo se mueve entre el interior y el exterior del núcleo familiar. Así, los pensamientos de la protagonista van de las relaciones familiares a los sueños, recuerdos o a las simples miradas sobre el paisaje, pasando por las simples "incidencias" que ocurren en el trayecto. Más allá del inevitable eco a viajes de infancia que traerá a quienes tengan más de 40 años (no hay Nintendos, Tablets, sillitas portabebés, alzadores, etc) y de la propia belleza del mismo, creo que lo más destacable del texto es su credibilidad. La voz que Bortagaray otorga a la narradora es una voz plenamente infantil y el texto es, por tanto, fragmentario. Los pensamientos se suceden y saltan de un tema a otro, pero siempre entre la inocencia y la extrañeza; inocencia que se observa, por ejemplo, en los párrafos en los que enumera su postre favorito, su helado favorito, etc y extrañeza en la visión del mundo adulto, con momentos de lo más divertido (aunque no siempre - me da miedo lo que lastima aunque uno no haya hecho nada malo - ), o en el descubrimiento de que lo bueno dura poco.

Por su parte, "Ahora tendré que matarte" es definido por la autora como una colección de impresiones sobre un mundo mutante y una edad mutante. Yo lo definiría como un álbum de 57 fotografías de infancia visto muchos años después. 57 microrrelatos que son más estampas, postales o fogonazos que historias en sí y en los que se abordan temas propiamente "infantiles", como miedos nocturnos, extrañas apariciones, y otros más "maduros" como la primera menstruación, la necesidad de reconocimiento, el miedo / atracción por la muerte o la violencia, etc. En cuanto al estilo, el empleo de la frase breve es predominante. Da la sensación de avanzar un poco "a machetazos", de forma más brusca o menos pulida que en "Prontos, listos, ya". Esto, unido al propio carácter del libro, hace de "Ahora tendré que matarte" un texto algo irregular.

Y de todo esto la valoración, mezcla de un está bien referido a las maneras que se apuntan en "Ahora tendré que matarte" y un recomendable (o algo más) para el buen "Prontos, listos, ya", un texto que por sí solo merece mucho la pena.

martes, 7 de mayo de 2019

Alberto Laiseca: El gusano máximo de la vida misma

Idioma original: Español  
Año de publicación: 1998
Valoración: Delirante


El gusano máximo de la vida misma es una auténtica locura. Pero, ¿de qué me sorprendo? Alberto Laiseca, su perpetrador, estaba mal de la cabeza. De verdad, lo que no se le ocurriera al Maestro, no se le ocurriría a nadie.

Una pregunta: ¿qué os sugiere el título de esta novela? A mí me hizo pensar en una obra delirante en fondo y desprejuiciada en forma. La ilustración de la cubierta escogida por Tuquets sólo ayudaba a cimentar esta idea. ¿Creéis que acerté? Huelga decir que sí. 

Al fin y al cabo, leyendo este libro, uno no sabe si le están tomando el pelo o si es cómplice de una broma épica. Así de mal escrito está. Su argumento, por otro lado, es un despropósito sin pies ni cabeza. 

Tampoco os penséis que me estoy quejando, ¿eh? Y es que El gusano máximo de la vida misma es, por decirlo de algún modo, una gamberrada entretenida. Una que en ningún momento intenta ocultar que lo es. De hecho, el mayor acierto de esta ficción es no tomarse en serio a sí misma; las cotas de auto-parodia que alcanza son altísimas. 

Además de ser “self-aware”, El gusano máximo de la vida misma reconoce su condición. Pide disculpas al lector por sus excesos, ya sea explícita o implícitamente; confiesa en múltiples ocasiones que está narrado de forma atroz; señala impúdicamente sus fallos... 

¿A qué fallos me refiero? Pues al escenario intercambiable, por ejemplo. En ningún momento queda claro si la acción transcurre en Nueva York o en Buenos Aires. Otro defecto que me viene a la cabeza: la puntual pereza de Laiseca, que le impide explayarse en asuntos de vital importancia para la coherencia o legibilidad de la trama. ¿Y qué hay de todos los detalles innecesarios que salpican estas páginas, metidos con calzador y a sabiendas de que son inútiles?

Por todo lo dicho, puede parecer que este es un libro pésimo. Sí y no. No voy a negar que una obra mal escrita, por más que lo sea de forma intencionada (como es el caso), está, a fin de cuentas, mal escrita. Pero, al mismo tiempo, me parece que El gusano máximo de la vida misma no carece de sustancia. En otras palabras: para mí, esta novela es un divertimento superficial que, asimismo, tiene cierto interés literario.

No en balde me recuerda a El alma de Gardel, de Mario Levrero. Ambos textos son, aparentemente, insulsos, pero es innegable que rebosan genio. Sus autores se nutren descaradamente de la literatura “pulp” más mediocre, de la serie B más infecta, para moldear a su antojo un descabellado argumento. Y dar, de paso, lecciones de escritura a quien sea capaz de cogerlas al vuelo. O lúcidas sentencias sobre el universo. Todo esto, repito, sin tomarse en serio a sí mismos en ningún momento. 

Llegados a este punto, quiero aclarar que El gusano máximo de la vida misma no es para todo el mundo. Si no te gusta la narrativa experimental y algo “pulp”, aléjate de él. Si te ofende el humor negro con ramalazos misóginos o racistas, pásalo de largo. Luego no digáis que no os lo he advertido.

Ahora, al argumento del libro. Bueno, bien mirado, aquí no vamos a encontrar un argumento. Al menos, uno al uso. Porque la trama principal es una excusa con la cual Laiseca pretende unir retazos de lo más dispares, cuyas junturas, muchas veces, ni siquiera se molesta en pulir. Esta es, por tanto, una historia fragmentaria, que se construye mediante el ensamblaje de trozos dispersos, no siempre emparentados entre ellos.

Por esta razón, uno tiene la sensación de que la novela va creciendo y creciendo de manera caótica. Improvisada, incluso. Tampoco es que Laiseca se abandone completamente al azar. El autor deja claro que planifica ciertos aspectos; no es casualidad que reincida en el uso de algunos recursos. Como resultado tenemos un texto aparentemente deslavazado pero compacto a su manera. 

El gusano al que hace referencia el título de esta ficción, guiño a las películas de monstruos más casposas imaginables, es el protagonista. O algo parecido. Este ser, antiguo, poderoso, consumado violador de mujeres, conocerá, a lo largo de estas páginas, a una galería de personajes la mar de pintoresca: un necrófilo escapado de otra novela, ex prostitutas, una Reina de las Cloacas que recita incansablemente a Shakespeare y capitanea a un ejército de ratas, un científico nazi que es racista hacia los blancos (sic)...

Así pues, de El gusano máximo de la vida misma resaltaría:  

  • Su planteamiento, ocioso pero no por ello exento de cierta profundidad. 
  • Su naturaleza de artefacto posmoderno. La experimentación en esta novela nos entrega: fluctuación de formatos narrativos, apropiación de personajes literarios ajenos, recuerdos del propio Laiseca, disertaciones de corte absurdo... 
  • El simpático acabado "naif" de toda la propuesta. 
  • Que todo el tiempo nos pilla por sorpresa, pues no deja de superarse, gamberrada tras gamberrada.
  • La prosa de Laiseca, que alterna el uso de argentinismos, onomatopeyas, muletillas y palabras inventadas con tiempos verbales en subjuntivo, tan carcas y pomposos. 
  • El narrador (que no deja de ser el propio escritor) y su tremendo carisma. Durante la mayoría del relato se muestra informal, juguetón, y rompe constantemente la cuarta pared. 
  • El humor chusco que asoma de tanto en tanto. Funciona prácticamente todo el tiempo. 
  • La erudición (nada jactanciosa) que demuestra el autor a través de estas páginas. Referencias literarias, mitológicas, culturales, históricas y filosóficas abundan en esta narración, pero como ésta no se toma en serio a sí misma, una pátina de intelectualidad sarcástica no desentona en absoluto. Lo mismo con las constantes citas a Shakespeare. La desmitificación a la que se somete al dramaturgo es tal que su presencia en un dislate como El gusano máximo de la vida misma no se antoja pretenciosa. Además, Shakespeare no podía quedar al margen. A fin de cuentas, «Hoy sólo los marginales citan al Bardo.» 

Como veis, hay muchos aspectos positivos a reivindicar en esta novela. Pero tampoco os penséis que está libre de defectos. A bote pronto, se me ocurre que: 

  • Algunos de sus pasajes son aburridos. Uno en que Laiseca habla de las cloacas de Nueva York y Buenos Aires, por ejemplo (aunque hay que reconocer que está plagado de chistes y de anécdotas la mar de curiosas). U otro en que divaga sobre gallos y gallinas.  
  • No todos los personajes son ni la mitad de interesantes que el protagonista o la Reina de las Cloacas, pese a que se les da un foco similar.

Todo esto en menos de ochenta páginas. Ochenta páginas que se leen en un santiamén y que, contra todo pronóstico, perduran en el lector. Eso sí: conseguir este libro no es nada fácil. Al menos, un ejemplar físico. Actualmente está descatalogado, y los especuladores han inflado su precio en el mercado de segunda mano, como viene siendo costumbre. Yo os recomiendo tirar de Lectulandia y leerlo en PDF. Con tal de poder comprarlo, no obstante, deberíamos montar un Change.org para que se reedite esta pequeña joyita. ¿Quién se apunta? 

lunes, 20 de mayo de 2013

Thomas Pynchon: La subasta del lote 49

Idioma original: inglés
Título original: The crying of lot 49
Año de publicación: 1965
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Valoración: intragable

Veamos. Si elijo una novela corta, de un autor de culto, es con buenas intenciones. Comprobar si su estilo me atrae hacia algunas de sus grandes obras. En el caso de Pynchon, a ese El arco iris de gravedad que parece ser, unánimemente, una de las obras magnas de la narrativa norteamericana del siglo XX. O sea, señor juez, mi intención era la mejor.
Qué culpa tengo, entonces, si La subasta del lote 49 quizás no sea una obra representativa del talento de Pynchon. Al que también, por cierto, acudo como consecuencia de la rendida admiración que por él sentía David Foster Wallace. 
No me hagáis justificarme más entonces, vamos.
Porque lo de Pynchon en esta novela no sé ni cómo abordarlo. Pero ya le puse un "no sé" a un libro hace unos días y ha habido alguna que otra etiqueta no homologada. Así que intragable. Lo cual define a esta novela.

Primero, por el engaño en la estructura: el libro empieza con, por lo menos, un pie en una cierta concreción y en una trama físicamente comprensible. Hasta el capítulo dos, aunque los desvaríos ahí ya empiezan a arreciar, quien lee es capaz de mantener un cierto seguimiento más o menos difícil. Claro que se vislumbra un crescendo, pero, digamos, el globo aún mantiene un vínculo con la superficie. Pero  es que son seis capítulos. Y en cada uno la maraña crece exponencialmente. 
Segundo, por las trampas cultas, o cultistas, intercaladas. Que aportan una desagradable sensación (unidas a mi pre-concepción particular de que cualquier Pynchon tenía que ser bueno) de que el libro no te gusta porque no eres capaz de entenderlo. Que te pierdes algo por carecer de referencias o de background cultural o lo que sea. La incrustación de una obra entera de teatro de corte clásico en, creo, el tercer capítulo, no hace más que agravar esa impresión, la de que ese es un nudo importante y que había que fijarse. Otras: las clásicas menciones a la Alemania nazi, a Freud, a ex-presidentes y otros iconos del imaginario USA.
Tercero, porque no me he enterado de nada. Así de sencillo. Lo del sexto capítulo, en el que, pobre de mí, albergaba la esperanza de encontrar alguna clave que desvelase ya no todo, sino alguna cosa. Madre mía, leído, para hacerlo despejado, a las ocho de la mañana de un día claro y fresco después de haber dormido profundamente. Imposible, sacar otra cosa que palabrería desmadejada y alucinada, acoplamientos inverosímiles de sustantivos y adjetivos, hastiado (que ya cuesta hastiarme) de ese marasmo de conceptos que no tienen explicación alguna ni apelando a lo onírico ni a lo lisérgico ni a ambas cosas a la vez.
Cuarto, porque si Pynchon quiere que su lector no se entere de nada, pues lo ha hecho muy bien, eso sería una atenuante, ¿no? Pues no: su prosa no es lo suficientemente brillante como para salir airosa del embrollo en que se (nos) mete. Aquí no hay forma a cambio de fondo.
Pocas veces (recuerdo La ciudad de Mario Levrero) me había sentido tan desesperantemente confuso leyendo una novela. Por añadidura es una confusión que no induce al caos, sino al bostezo.
A punto he estado de consultar en Wikipedia acerca de los primeros experimentos con LSD en relación a la fecha de su publicación. Quizás hubiera cuadrado algo. Me hubiera gustado.
Que a David Lynch no se le ocurra hacer una película sobre este libro. Por favor.

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