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lunes, 7 de diciembre de 2009

John Updike: Corre, Conejo

Idioma original: inglés
Título original: Rabbit, run
Año de publicación: 1960
Valoración: está bien

Corre, Conejo es un horrible título español para una buena novela del escritor estadounidense John Updike. Cuando murió a comienzos de este año, recuerdo haber leído en algún sitio que se iba uno de los grandes de la novela estadounidense del siglo XX, al que se echaría de menos a medida que pasase el tiempo. También recuerdo que leí alguna reseña elogiosa, pero que ponía alguna pega a su estilo realista y algo anticuado.

Corre, Conejo es, diría yo, una perfecta muestra de esto: la historia está bien contada, tiene momentos solemnes, ridículos, conmovedores. El personaje principal, Harry 'Rabbit' Armstrong (antes, un exitoso jugador de baloncesto juvenil; ahora, un fracasado vendedor de puerta en puerta casado con una mujer semi-alcohólica) es impactante, por su incapacidad para relacionarse, por su indiferencia y por su incoherencia, y pese a ello no resulta del todo odioso. La novela está bien escrita y es, como dice la contraportada de la edición que he leído, "sexy, de mal gusto, violenta y cínica; y que le aproveche".

Sin embargo, para mi gusto, a Corre, Conejo le falta algo: le falta imaginación, vuelo, originalidad, genialidad. Parece que John Updike está demasiado pegado al suelo, su narración es demasiado concisa, demasiado lineal, demasiado realista en el sentido tradicional. La vida del grupo de personajes que componen la novela está perfectamente enmarcada y descrita, pero no se logra con ello un gran efecto estético que perdure en el lector. No hay, por ejemplo, la complejidad y profundidad psicológica y narrativa de Philip Roth, el atrevimiento iconoclasta de Bret Easton Ellis ni por supuesto la explosiva exuberancia de Auster o el experimentalismo de Don DeLillo (por compararlo solo con sus compatriotas).

En definitiva, John Updike es un escritor competente, muy bueno, incluso, podríamos decir; pero Corre, Conejo no es una obra maestra: sólo una buena novela bien escrita y bien contada, que no es poco.

También de John Updike en ULAD: Terrorista

sábado, 15 de agosto de 2026

Colaboración: Gertrudis y Claudio, de John Updike

Idioma original: Inglés

Título original: Gertrude and Claudius

Traducción: Jordi Fibla

Año de publicación: 2000

Valoración: Está bien


Siempre tuve ganas de leer a John Updike, y por fin me he puesto a ello. Aunque no sé si he empezado por su mejor obra. ¡Y eso que la cosa prometía! Porque se trata nada menos que de la precuela de Hamlet, la celebérrima obra shakesperiana. Pero no consigue el autor que su propuesta despegue. 

(A continuación haré un resumen de la trama de la novela; si no conocen la obra de Shakespeare, aviso de que este resumen trae spoilers.)

Gertrudis y Claudio son, respectivamente, la madre del príncipe Hamlet y el hermano de su padre, y la novela que nos ocupa, como es de esperar, trata de ellos. La historia comienza con una Gertrudis muy joven a la que su padre, rey de Dinamarca, casa con un príncipe en un matrimonio claramente político. La unión es fructífera y la pareja tiene un hijo, Hamlet. Sin embargo, Gertrudis no ama a su marido. En realidad, durante buena parte del libro, Gertrudis no ama a nadie, ni siquiera a su pequeño. No obstante, su vida en el palacio de Elsinor transcurre de manera apacible, aunque monótona.   

Claudio es el cuñado de Gertrudis, y lleva una existencia opuesta: viaja constantemente por tierras lejanas, conociendo culturas exóticas, y volviendo a Dinamarca solo de vez en cuando para cumplir con sus obligaciones administrativas. En estos regresos suyos, comparte sus andanzas con la reina, que en su aislada soledad le escucha con avidez y curiosidad.

Poco a poco, como es previsible, Claudio y Gertrudis se van acercando, hasta el punto en que descubren que entre ellos hay amor. Los dos son cautelosos, conscientes de lo difícil de su situación, y no será hasta su madurez cuando se dejen llevar por sus sentimientos. A la vejez, viruelas. 

Después de un tiempo, el rey descubre que su esposa le es infiel con su hermano, lo cual lleva a que este decida asesinarle. La novela, en fin, termina con la boda de Gertrudis y Claudio, que es el punto de partida de la obra de Shakespeare. 

El libro, de poco más de 200 páginas, está estructurado en tres partes, correspondientes a distintas etapas de la vida de sus personajes. La primera se centra en el arreglo y el desarrollo del matrimonio de Gertrudis, y es bastante lenta. El ritmo cambia cuando aparece Claudio, en la segunda parte, y de repente es hasta precipitado. Y llegamos así a la tercera y última parte, que es muy corta, casi apresurada. 

En cada parte, los nombres de los protagonistas son diferentes: primero son arcaicos, luego se van modernizando, y finalmente se latinizan y coinciden con los del Hamlet de Shakespeare. Imagino que el autor pretende con esto (re)contextualizar la historia en la Escandinavia medieval, pero en mi opinión lo que consigue, aparte de parecer un poco pretencioso, es que el paso de una etapa a otra resulte poco fluido. Tampoco ayuda que el estilo narrativo sea algo ostentoso y con muchas florituras (lo que los anglosajones llaman “prosa violeta”; qué curioso el uso de colores en clasificaciones literarias, ¿no?). 

La narración, en tercera persona y por un narrador omnisciente, se ocupa sobre todo de Gertrudis y sus sentimientos: conoceremos sus dudas, sus anhelos y sus frustraciones. De otros personajes, especialmente de Claudio, conoceremos algo también; de los dos Hamlets, padre e hijo, sabremos muy poco, sorprendentemente. 

La idea de humanizar a estos personajes es interesante, pero los personajes en sí mismos no terminan de serlo: uno tiene la impresión de que son superficiales, gente rica que se aburre y se complica la vida. Pfff. A mí la novela me pareció un cruce entre El amante de Lady Chatterley y El león en invierno, pero sin alcanzar la profundidad de ninguna de las dos. 

Gertrudis y Claudio quiere ser demasiadas cosas a la vez – ejercicio académico, cuento erótico, revisión de un clásico, novela histórica – y al final no se sabe qué es. Con todo, diría que el libro vale la pena por lo curioso de la propuesta: después de leerlo, la historia contada por Shakespeare se ve con otros ojos. Por eso, está bien. Pero poco más.

Firmado: Yaiza P.


También de John Updike reseñado en ULAD: Corre, Conejo, Terrorista

viernes, 1 de octubre de 2010

John Updike: Terrorista


Idioma original: inglés
Título original: Terrorist
Año de publicación: 2006
Valoración: Se deja leer


Esta historia es, en realidad, de lo más pacífica. Encontramos a una madre y un hijo que conviven apaciblemente sin comunicarse demasiado. Se subraya, además, la figura del padre ausente, un no-personaje que parece ser la semilla del mal debido exclusivamente a su origen pues no se facilitan muchos más datos. En consecuencia, el mal se hereda. Éste parece ser el mensaje principal ya que no hay duda de que el chico está predestinado, y aunque no hay nada en su ambiente que le induzca a ello pues su madre es una americana de lo más progre y él parece bastante aislado del mundo circundante, acabará haciéndose musulmán por su cuenta y riesgo ¡¡¡a los once años!!! y, mucho más tarde, sucumbiendo a los planes maquiavélicos de su mentor.

Pero como la vida cotidiana de ambos personajes por sí misma aburriría a las ovejas, el novelista introduce a un viejo profesor de la escuela del chico cuyo repentino exceso de celo es la excusa para hacer que visite el hogar y así conozca a la extrovertida madre con la que ¡oh casualidad! simpatiza, y ya tenemos triángulo amoroso, pues el profesor está casado. Está situación se ha traído por los pelos para dar un poco de vidilla a la historia, pero ni así se consigue. La relación resulta bastante tediosa para ambos amantes y aún más para el lector. Aparece también el personaje de la esposa – una tópica ama de casa entrada en años y en carnes – aunque su presencia tampoco aporta nada, pero así se abulta un poco más el reparto. No hace falta decir que ninguno de ellos se salva del sopor general.

En definitiva, personajes planos, acción escasa, diálogos como ladrillos que no hay quien se crea, una arbitrariedad que lo invade todo, soberano aburrimiento. Y dolor. Gratuito y más absurdo, si cabe, al no concretarse la voluntad que lo produce: el imán y sus maquinaciones no convencen a nadie, debería haber algo más. Ni siquiera la multiplicación de trucos literarios – como prolongar escenas que no tienen ninguna relevancia para llenar páginas rápidamente – consiguen dar la impresión de que se nos está contando algo de interés.

No parece que Updike indagase demasiado para abordar un asunto como éste, de alcance universal, tan candente y que levanta tantas ampollas. Si alguien espera conocer los entresijos mentales, organizativos o de otro tipo que se encuentran detrás de esta clase de acciones se llevará un buen chasco. Ni se nos cuentan las motivaciones del protagonista ni existe grupo organizado ni apenas planificación previa en los escasos hechos cruciales que incluye. En general, el autor consigue irse por las ramas. Todo se resuelve de una forma tan simple que no sólo resulta increíble, es que podemos ver, detrás de bambalinas, a un narrador omnisciente algo despistado, nada documentado y con bastante poca imaginación moviendo los hilos de una trama sosa para lo cual se sirve exclusivamente de un tropel de prejuicios que se pueden rastrear fácilmente. Un desastre, ¡vamos!

Y encima acaba fatal.

También de John Updike en ULAD: Corre, Conejo

viernes, 25 de diciembre de 2020

Paul Auster: El cuento de Navidad de Auggie Wren

Idioma original: inglés
Título original: Auggie Wren's Christmas story
Traducción: Albert Nolla (ed. en catalán) y Ana Nuño López (ed. en castellano)
Año de publicación: 1990
Valoración: muy recomendable

Por motivos evidentes, el día de Navidad es un día especial en los corazones de muchos. Es un día de recogimiento, un día emotivo, familiar, …. Y, por todo ello, también es un día propicio para escribir historias que sucedan en esta señalada fecha. Lo hizo, entre otros, Charles Dickens con «Un cuento de Navidad», John Updike con sus cuentos agrupados en «Los doce terrores de la Navidad» y, más recientemente, también Ali Smith situó su última novela «Invierno» en la víspera de Navidad. Y, como no podía ser de otro modo, un autor de la calidad de Paul Auster también quiso añadirse a la lista con este cuento de Navidad publicado por primera vez en el New York Times en el día de Navidad de 1990; un cuento diferente, especial, pero un cuento de Navidad, al fin y al cabo. Porque, de hecho, la Navidad es diferente para cada uno, y también para Auggie Wren, el protagonista principal de este relato.

El cuento empieza, ya desde la primera página, a presentarnos a los personajes que participan en él y, a pesar de tratarse de un libro brevísimo de menos de cincuenta páginas y de formato pequeño, la habilidad de Paul Auster en transmitirnos sensaciones e introducir a los personajes hace que con cuatro pinceladas ya estemos situados: nos encontramos en los días previos a la Navidad en Brooklyn, el barrio admirado por el autor, un barrio que ya forma parte del paisaje literario de los seguidores de Auster hasta el punto de que a menudo se convierte en un personaje más de sus novelas. Y, en una esquina del barrio, nos encontramos con el estanco de Auggie Wren, «ese extraño hombrecillo que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas». Así es como el protagonista narrador (también de nombre Paul y también escritor) describe al propietario del estanco, ese «personaje pícaro y ocurrente que siempre decía algo gracioso sobre el tiempo».

La relación entre Auggie y Paul, iniciada hace años de manera algo distante cambia de golpe cuando Auggie se da cuenta de que Paul es escritor y le coge confianza, llegando a un punto de intimidad que propicia que el estanquero le muestre su proyecto personal, una colección de fotografías hechas por él de un modo algo particular: durante doce años, cada día, a la misma hora, hace una foto (en un proyecto que podría llamarse «una foto al día», por poner un ejemplo que nos suene), y la hace desde la misma ubicación y retratando la misma vista. Auggie recopila, con este proyecto, miles de fotografías muy parecidas en apariencia, pero diferentes en detalle; el mismo escenario con diferentes rostros, diferente luz, diferentes condiciones meteorológicas. Así, con esta aparente sencillez, Auggie «fotografiaba el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía colocándose en un rinconcito del mundo deseando que fuera suyo». De esta manera podría captar el paso del tiempo, percibir, en el día a día, la vida de la gente anónima, observar su evolución, ver cómo transcurre el curso del tiempo en sus rostros y en sus cuerpos, advertir cómo el día a día incide y deja una marca a su paso en cada uno de ellos y ser testigo de ello, hacer este cambio un poco suyo y formar parte de él. 

Paul queda fascinado por el proyecto, convirtiéndose en motivo de conversación habitual entre él Auggie, hasta que un día el periódico donde Paul trabaja le hace un encargo: escribir un cuento de Navidad para publicarlo en esa señalada fecha. Paul acepta con desgana y cierto bloqueo creativo, porque, siendo honestos, «¿qué sabía yo, de escribir cuentos por encargo?», «¿qué sabía yo, de la Navidad?». Sus dudas se desvanecen a los pocos días cuando, compartiendo sus preocupaciones con Auggie, este le indica que «si me invitas a comer, amigo mío, te explicaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca». 

Creo haber llegado a este punto de la reseña sin haber explicado demasiado, pues la brevísima extensión del cuento exige prudencia en revelar más detalles de esta destacable historia que, a pesar de su corta extensión contiene todos los elementos que hacen de Paul Auster un grandísimo escritor:
  • Un escenario reconocible: Auster sitúa la acción en el archiconocido barrio de Brooklyn, el escenario clave de gran parte de sus obras y el lugar donde reside desde hace años (como él mismo detalla en su libro autobiográfico «Diario de Invierno»). Para los que hemos leído gran parte de la obra del autor, uno reconoce perfectamente en sus libros las calles y el ambiente en el que transcurren sus historias. Y, en este caso, no sólo ubica la historia en él, sino que Auggie lo retrata, como queriendo captar su alma y trasladarla a las palabras.
  • El misterio: como todo cuento destacable, la narración empieza despertando un interés incuestionable. Ya en la primera frase el autor lo hace evidente al decir «Le oí contar este cuento a Auggie Wren». Así entra en juego el cuento dentro del cuento, la intriga en saber en qué consiste, qué fue lo que le contó un tal Auggie Wren del que todavía no conocemos quién es ni qué relación tiene con el narrador.
  • La atmósfera: Auster crea un mundo inmenso a partir de poquísimos detalles. Con pequeños aportes de información, uno tiene la sensación de que lleva muchas páginas leyendo sobre la historia y lo que ocurre. La familiaridad con ella es inexorable, es íntima, es envolvente.
  • Los personajes: retratados a la perfección, uno podría describir a Paul y Auggie sin equivocarse demasiado ni apartase mucho de la idea que el autor tenía al escribir el relato. Con la precisión cirujana de un escritor con mucho talento, el autor transmite la personalidad de ambos personajes sin excesivos adornos.
  • El azar: como en todo relato de Auster, el azar, la coincidencia o la aleatoriedad son elementos que inciden en la historia y le dan ese punto de posibilidad que hacen que sea algo que pueda suceder, que pueda ocurrir a cualquiera de sus personajes o a incluso los lectores.
  • El desarrollo: la historia avanza de manera rápida, sin respiro, se lee (y debe leerse) de una tacada, con aliento contenido y voracidad creciente, con el deseo inexorable de conocer lo que Auggie tiene que contar.
  • El desenlace: llegados al final, uno se percata que se ha dejado arrastrar por la historia como le ha ocurrido al propio Paul, en un cuento de Navidad diferente a los que estamos acostumbrados pero que contiene algunos de los elementos reconocibles en ellos: un punto de caridad humana, el recogimiento y la necesidad de afecto.

Por todo ello, y al igual que hace Auggie con las fotografías ubicándose en una esquina y dejando que las vidas de quienes transitan por delante pasen a formar parte de la suya, las novelas de Paul Auster dejan también su huella, página a página, en cada uno de los lectores que admiramos su obra, construyendo en nuestro interior un mundo cálido y humano. Dice el autor que «mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdadera». Y es posible que esa sea la magia, no únicamente de los libros, sino también de la Navidad.

Otras obras de Paul Auster en ULAD: aquí

jueves, 6 de febrero de 2025

Reseña + Entrevista: The Machine Stories, de Jared Roberts

Idioma original: Inglés
Año de publicación: 2024
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

Jared Roberts es uno de mis escritores de creepypastas favoritos. Su prosa no es la más cuidada, ni sus personajes los más complejos. Pero su obra, publicada originalmente en su mayoría en el foro nosleep de Reddit, es creativa y personal (pues mezcla elementos weird con terror y ciencia ficción), además de desconcertante y desasosegante de un modo único e inimitable. Ah, y tiene algunos planteamientos, ideas y giros extremadamente alocados. 

Así que, cuando supe que Roberts había publicado The Machine Stories, la compré sin pensarlo un segundo. Quería apoyar a tan talentoso autor, e incluso estaba dispuesto a hacerlo a pesar de que su antología la imprimiera y distribuyera Amazon, adoleciera de una cubierta horrenda hecha con IA y compilara algunos relatos que yo ya conocía, pues los había escuchado locutados en YouTube.

¡Y cuánto me alegro de haber adquirido The Machine Stories! Al fin y al cabo, es un festín para los incondicionales de Roberts; también es una toma de contacto inmejorable para todo aquel que quiera adentrarse en su universo surreal y enigmático, o una buena adquisición para los amantes de la literatura extraña que no le teman a la complejidad y la ambigüedad. 

Los doce textos compilados en The Machine Stories tienen una calidad bastante homogénea. El único que no me ha gustado, pues me ha parecido muy pobre en su simpleza y linealidad, ha sido "More Channels". "Push the Blue Botton", por su parte, tiene un planteamiento interesante, pero no lo desarrolla de forma convincente y recuerda vagamente a una parte de La ciudad de Mario Levrero mucho más lograda. "The Arkansas Sleep Experiments", la interpretación de Roberts de uno de los subgéneros fundacionales de los creepypastas, resulta efectivo, pero se queda corto en impronta autoral e intensidad argumental cuando lo comparamos con otras obras del escritor.

De los demás textos, insisto en que todos ellos muy dignos, destacaría si acaso, por su absoluta genialidad, la novela corta "The Hidden Webpage", por su protagonista, "The Trees Are Not What They Seem" y, por su atractivo formato (se concibió para ser narrado en un podcast) y sus giros, "Sunburn".

Los textos de The Machine Stories parten de la misma premisa: personas corrientes con vidas anodinas se ven súbitamente envueltas en una serie de eventos bizarros. En ellos hay también una serie de elementos recurrentes: memorias de las que no te puedes fiar o directamente alteradas, angustia existencial y universos paralelos. Además, todos desdibujan la realidad con tanto éxito (o quizá es que la percepción de los protagonistas es errónea) que, al terminarlos, resulta imposible saber qué ha sucedido realmente. 

Teniendo este contenido y estética unificadores en cuenta, uno podría pensar que, leídos de corrido, los textos de The Machine Stories se antojarían reiterativos. Sin embargo, la inagotable inventiva de su autor convierte a cada uno de ellos en una experiencia distinta.

Dejad que os hable un poco de mis favoritos: 

"The Hidden Webpage" inaugura el volumen. Es, sin duda, un clásico de los creepypastas. Uno extremadamente original, capaz de apilar detalles extraños (aparentemente interconectados pero cuya lógica interna somos incapaces de establecer) con suma facilidad, erigir una atmósfera muy lograda e incrementar la tensión paulatinamente. Uno que se apropia de una imagen tan ridícula como lo son dos hombres disfrazados de abeja y hace que ésta te provoque un escalofrío. 

"The Trees Are Not What They Seem" es creativo, intenso y atmosférico. Ciertamente, resulta menos original que "The Hidden Webpage", y su manera de amontonar detalles extraños sin dar tregua al lector o a los personajes no fluye tan orgánicamente como en esa genialidad inspirada. Aun así, me parece un relato muy recomendable, y tiene la particularidad de que su protagonista es más proactivo y tiene una personalidad más marcada de lo habitual en la obra de Roberts.

"Sunburn" cierra la antología. Y lo hace por todo lo alto, con una historia redactada a modo de guion que sabe llevar su premisa hasta límites insospechados. Roberts en estado puro, señores.

Ahora permitid que liste algunos pasajes del libro:

«If you've been on the internet long enough you learn that. There's evil out there. Not the child porn or torture videos. Something deeper. Something hidden in all the code and connections.» ("The Hidden Webpage", página 10)

«When something dies, (...) there’s just this emptiness there. I think sometimes that emptiness can get filled with something else. Maybe that might look to us like a ghost. It’s nothing we should have anything to do with.» ("An Old-Fashioned Ghost Story?", página 128)

«(...) natural selection has nothing to do with with truth and everything to do with survival. It’s as reasonable to think we survive by being constantly deceived as to belive we survive by knowing reality as it is. Maybe we were naturally selected to detect the world all wrong.» ("We Built a Machine that Told Us Everything We Wanted", página 137)

Poco más que añadir. The Machine Stories no gustará a todo el mundo. Al fin y al cabo, los textos que compila son, al igual que la mayoría de Roberts, sumamente desconcertantes (incluso diría que herméticos), y suelen cerrarse con finales abiertos que pueden frustrar a cierto tipo de lectores. 

Aun así, esta antología autopublicada hará las delicias a los amantes de la literatura de lo extraño. Porque Roberts es uno de sus mejores cultivadores, y no sabéis lo afortunados que somos de que mucha de su obra se pueda leer o escuchar en internet de manera totalmente gratuita. Ojalá saque otro libro pronto para poder seguir apoyando su carrera; evidentemente, lo compraré sin pensarlo dos veces, aunque me gustaría que en esta ocasión el autor cuidara la edición (¡si hace falta hago yo la ilustración de cubierta!), no se decantara tanto por los elementos de ciencia ficción e incluyera más textos inéditos.


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A continuación adjuntamos un pequeño cuestionario que Roberts ha respondido con suma amabilidad:

ULAD: ¡Hola, Jared! ¿Cómo estás? Soy un gran admirador de tu obra y me hace mucha ilusión poder entrevistarte. En primer lugar querría preguntarte cómo te definirías en tanto que autor. ¿A qué género te adscribes y a qué público quieres llegar?

J.R.: Definir mi obra me provoca ansiedad, pues al hacerlo corro el riesgo de gafarla. Como cuando notas que las cosas están yendo bien y luego dejan de hacerlo. O cuando descubres que eres un escritor de terror e inmediatamente no puedes escribir nada que dé miedo. Así que intento no darle muchas vueltas. 

Escribo situaciones que nacen de sentimientos, fantasías y percepeciones de experiencias propias. Quiero captar sentimientos para que podamos hablar sobre ellos. Creo que a todos nos interesa la vida interior, especialmente la oscura. Supongo que el éxito de A24 prueba que mi público no es tan de nicho como en un inicio llegué a pensar. La gente busca complejidad, honestidad y sombras.

ULAD: ¿Qué obras te inspiran? 

J.R.: Miro muchas películas. Sobre todo de terror. Y dramas lentos y sombríos, como Paterson y Manchester by the Sea. También me gusta la TV. Twin Peaks. Y esa serie de los 90 llamada Millennium.

En cuanto a literatura. Thomas Bernhard supuso una revelación la primera vez que lo leí. También me gusta mucho John Updike. Y esa novela extraña titulada A Voyage to Arcturus es una gran influencia.

El misticismo católico también me inspira. Estuve a punto de convertirme en un monje benedictino. Cuando tenía 18, leí a Teresa de Ávila, Teresa de Lisieux, Juan de la Cruz, Pseudo-Dionysus, Augustine, Evagrius Ponticus, Ángela de Foligno, etc... Ahora soy ateo, pero católico al mismo tiempo.

ULAD: ¿Cuál es tu trayectoria como escritor?

J.R.: No tengo mucho bagaje como escritor. Estudié filosofía. Dirijo una PMO (Oficina de Gestión de Proyectos). Escribo porque lo necesito, porque es una pasión, un propósito.

ULAD: ¿Qué ha supuesto autopublicar The Machine Stories, tu primer libro? ¿Tienes algún otro proyecto en mente, literario o de otra índole?

J.R.: No me ha gustado publicar The Machine Stories. Supuso una capitulación, porque nunca quise autopublicar. Sin embargo, suspendieron mi cuenta de Reddit por un tiempo (ya la he recuperado) y pensé que debía preservar de alguna manera las historias que subí ahí por si acaso. 

Estoy trabjando en múltiples proyectos. Es uno de mis defectos. Estoy enfangado con tres guiones. Uno de ellos, sobre "The Hidden Webpage". Un talent manager de Hollywood me lo pidió hace ocho años, pero la cagué. Por entonces no estaba preparado. También estoy escribiendo una novela, que ya tengo a medias. Y otra antología. ¡Eres el primero en saberlo, sin contar a mi mujer! Asimismo, querría montar un podcast con las últimas historias que he escrito. Y tengo listo un ensayo monstruoso basado la historia y cultura de una de mis pasiones, los estudios de internet.

ULAD: He visto que, entre tus referentes, citas a Robert Aickman, John Carpenter y David Lynch. ¿Puede que, en tu literatura, también haya algo de Philip K. Dick, y de escritores de terror contemporáneo (ya sea de otros cultivadores de nosleep y creepypastas o de autores como Thomas Ligotti o Michael Wehunt)?

J.R.: Realmente sólo he leído una novela de Philip K. Dick, Valis. Fue hace años, y me gustó mucho. En esa novela, Dick retrata eventos e ideas cósmicos al hacer que afecten la vida de un tipo corriente. Eso me impresionó sobremanera, aunque no lo consideraría una influencia. Pero corrígeme si me equivoco, ¡no dejes que me autoengañe! 

Sobre los otros autores. No he leído a Thomas Ligotti, y no conocía a Michael Wehunt. ¿Te suena el concepto alemán del zeitgeist? Quizá nuestras similitudes se deban a ello. Distintas personas llegarán a los mismos sentimientos e ideas, y acabarán reflejándolos en obras similares, pues la época y el contexto geográfico lo propician.

ULAD: Tus ficciones dejan entrever una visión del mundo y del hombre muy específicas. Hablan de universos incognoscibles y hostiles, llenos de eventos y conexiones que tus protagonistas apenas pueden asimilar o comprender, en los que gobiernan fuerzas aterradoramente poderosas. ¿Esta aproximación existencial es meramente literaria o, al igual que la de H. P. Lovecraft se nutría del materialismo y miedo a lo desconocido del autor, la tuya tiene raíces en creencias personales?

J.R.: Bueno, en la mayoría de mis historias abordo la memoria. A grandes rasgos, la memoria construye nuestro mundo. Si recuerdas a tus padres como abusivos, incluso si no lo eran, esto tendrá consecuencias en tu vida. Yo mismo he tenido memorias de cosas raras que otra gente niega que hayan sucedido. No sé. Todo esto se coló en mis historias. Algunas están más interesadas en plasmar la extrañeza y la liminalidad. Nada de lo que he escrito es puramente litetario.

ULAD: Ya que he mencionado a Lovecraft, me gustaría saber si te sientes influenciado por él de algún modo. Superficialmente, creo que vuestra obra no tiene nada que ver la una con la otra. Sin embargo, al menos en mi opinión, compartís temas y recursos narrativos. Uno de dichos temas sería la representación de un universo hostil hacia el ser humano repleto de fuerzas que escapan a nuestra comprensión. Y un recurso narrativo, el usar protagonistas con poca personalidad y proactividad para acentuar su universalidad e indefensión.

J.R.: Hmm, bueno, ciertamente disfruto sus historias. Me gusta bastante, por ejemplo, Dreams in the Witch House, donde los ángulos de la habitación no tienen sentido matemáticamente. ¿Qué es más inherente al orden del universo que las matemáticas? El protagonista atraviesa un mal ángulo o algo así, y luego se concatenan una serie de imágenes delirantes que te obligan a forcejear para darles sentido. Así que supongo que Lovecraft me influye en cierto modo. 

Me gusta cómo rompe las reglas. No le importa la narrativa convencional. Exploraba, ante todo, sus sentimientos. Antes de él, la gente ya sentía el horror cósmico. Más inmigrantes de lo habitual llegaban a ciudades históricamente insulares. Einstein nos descubría cosas nuevas sobre el universo. El universo devino enorme y complicado y abrumador. Las historias de Lovecraft transmutan los sentimientos de su mundo provinciano y de sus intereses siendo opacados por la inmensidad del universo. 

A pesar de que mucha gente a día de hoy la disfruta superficialmente, su obra nos permitió crear un vocabulario para un sentimiento concreto, el del horror cósmico. Y estoy seguro de que muchos de sus lectores identificarán sus propios sentimientos gracias a su obra. Esto es lo que pretendo lograr yo. Querría enriquecer el entendimiento de nuestra vida interior al imbuirlo en mis historias.

Y es cierto que mis protagonistas son poco proactivos (exceptuando el de "The Trees Are Not What They Seem", que tiene mucha personalidad). Quizá esto es algo en lo que emulo a Lovecraft. 

ULAD: He notado que muchas de tus historias están contextualizadas por una mitología propia y comparten elementos, aunque de una manera tan críptica que al lector le cuesta hacerse una visión panorámica nítida. ¿Tienes muy trabajado ese universo englobador, o te limitas a interconectar superficialmente tus ficciones?

J.R.: En la mayoría de casos, establezco esas conexiones según me parece. A veces tengo una noción más clara de cómo conectan las cosas, como en "The Trees Are Not What They Seem". Pero, al contrario que J. R. R. Tolkien, no dibujo mapas ni establezco genealogías antes de empezar a escribir. ¡Eso me volvería loco!

ULAD: Se puede extraer una lectura simbólica a tus textos. A "The Hidden Webpage", por ejemplo, el cómo internet puede absorver nuestra vida por completo; a "Remember that David Lynch movie, Dune? About that", "How to Lose Friends and Terrify People" o "Three Visits to a Hidden Tribe", el cómo familiares o amigos devienen irreconocibles. ¿Sueles tener en cuenta un núcleo temático alrededor del cual desarrollar tus historias?

J.R.: Yo forcejeo más bien con impresiones y sentimientos, que supongo que son similares a un tema. Pero señalar ese tema, o mejor dicho, buscar la palabra que lo defina, es trabajo de los críticos literarios. A ellos se les da bien. 

Mis temas provienen de la sección de mi paisaje interior que en ese momento quiera explorar. Me gusta pensar que otras personas tienen pensamientos y sentimientos similares a los míos, porque si no, todo es en vano. Todos tenemos pensamos y sentimos cosas que no sabemos cómo definir o expresar. 

O sea, ¿sabes lo que es el ASMR? Yo sentí eso toda mi vida, pero hasta que se popularizó en YouTube no fui capaz de ponerle un nombre. Durante dos décadas estuve intentando transmitir a otros ese cosquilleo placentero sin éxito alguno.

ULAD: Me ha parecido que tu antología The Machine Stories, aunque adscrita como la mayoría de tu obra dentro del género de terror, se decanta bastante hacia la ciencia ficción. En ella no hay solamente otras dimensiones y entidades cósmicas, sino que también tecnología futuristas y experimentos imposibles. ¿Fue el toque de ciencia ficción un criterio a la hora de seleccionar varios de los relatos que la compondrían? ¿Cómo decidiste qué historias la conformarían y en qué orden las situarías?

J.R.: No me gusta recurrir a lo sobrenatural en mis historias, quizá porque no creo en ello. Pero sí que creo que el mundo natural es inmensamente más complejo de lo que suponemos, y que el poder de la tecnología será cada vez más aterrador. Así que la tecnología misteriosa sustituye a demonios y fantasmas para mí. The Machine Stories agrupa historias con máquinas que distorsionan la realidad, nunca para bien. A veces de forma maliciosa, y otras no tanto, aunque siempre como las entidades amorales del Gran Colisionador de Hadrones de Lovecraft.

ULAD: Hay personas a las que tu literatura no les atrae. La consideran demasiado hermética. Tampoco les gusta que les obligue a estar atentos a múltiples pistas y detalles, ni que tenga finales abiertos y ambiguos. ¿Por qué decidiste abanderar este tipo de ficción? ¿Cómo la reivindicarías ante gente reticente?

J.R.: ¡Hermética! Me encanta esta palabra. 

A ver, ninguna obra de arte gustará a todo el mundo. Scorsese odia el cine de Marvel. A mí me encanta Deadpool y en cambio jamás miraré The Irishman. Mi película favorita del año pasado fue Hundreds of Beavers, pero poca gente se tragará  una comedia de dos horas grabada como una película muda.

Por mucho que disfruto las historias bien atadas y con un desenlace definido, no me siento cómodo escribiéndolas, porque al hacerlo siento como si estuviera jugando con figuras de acción. Movamos este juguete de plástico aquí y este otro allá y hagamos que peleen y fin. Cuando yo escribo historias misteriosas y ambiguas, me siento confiado en lo que hago. Estoy hablando de la realidad en toda su escurridiza gloria. No de plástico. Aunque entiendo que, a veces, demasiada vaguedad puede ser frustrante y pretenciosa. Yo mismo fui incapaz de terminar Skinamarink.


También de Jared Roberts en ULAD: Aquí