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domingo, 20 de septiembre de 2009

Paul Auster: El cuaderno rojo

Idioma original: inglés
Título original: The Red Notebook
Año de publicación: 1992
Valoración: recomendable

El cuaderno rojo es un librito de relatos de apenas 100 páginas, que forma parte de una serie de libros de relatos escritos por el prolífico escritor Paul Auster (del que ya hemos reseñado Un hombre en la oscuridad). Es una recopilación de "historias mínimas", supuestamente reales, recogidas por el escritor en su "cuaderno rojo" -aunque con Auster uno nunca debe fiarse sobre lo que es real y lo que es ficticio.

Todas las historias tienen algo en común: narran coincidencias asombrosas que conectan a las personas a través del tiempo y el espacio: alguien que llega en el momento adecuado, cuando sus amigos están a punto de desfallecer de hambre y desesperación; alguien que conoce en un país lejano a quien resulta ser el vecino de su hermana; alguien que siempre que se sube a un coche con el autor, sufre un pinchazo en una rueda... Son anécdotas sencillas, contadas sencillamente en pocas páginas, que ponen de manifiesto la fuerza poderosa del azar.

La más interesante de estas pequeñas anécdotas -real como las demás, si nos fiamos de Auster- es la que narra cómo se gestó Ciudad de cristal, la primera de las novelas de su Trilogía de Nueva York: dos noches seguidas, una persona desconocida llamó por error a su número de teléfono, preguntando por la agencia de detectives Pinkerton; después de la segunda llamada, Auster se planteó hacerse pasar por Pinkerton si esa persona volvía a llamar, pero no hubo tal tercera llamada. En la novela, el desconocido llama por error al protagonista -un tal Quinn- preguntando por el detective Paul Auster; Quinn le dice que se ha confundido, las dos primeras veces; a la tercera, contesta: "yo soy Paul Auster". Años después, continúa Auster (el autor de El cuaderno rojo), una persona marcó por error el número de su casa en Brooklyn: "¿El señor Quinn?", preguntó... Otra coincidencia más.

En la edición española de Quinteto, las historias de Auster vienen precedidas por un prólogo del traductor, pero no un prólogo al uso (académico, descriptivo, laudatorio), sino un pequeño ensayo sobre la vida del propio Auster, y cómo se convirtió en estudiante, traductor, novelista o cazador de coincidencias...

Otras obras de Paul Auster en ULAD: Aquí

martes, 15 de mayo de 2012

Paul Auster: Diario de invierno

Idioma original: inglés
Título original: Winter Journal
Año de publicación: 2012
Valoración: Se deja leer

Reconozco que empecé a leer este libro ya algo condicionado, porque dos lectoras conocidas, pero que no se conocen entre sí, me habían dicho algo parecido: que era un ejercicio de exhibicionismo con poca profundidad. Y después de leerlo tengo que concordar con ellas: Diario de invierno da la impresión de contar mucho sobre Paul Auster (cosas que realmente no necesitábamos saber, como que tuvo ladillas una vez o que casi se peleó con un taxista parisino) pero no llegar a descubrir ningún centro explicativo, ninguna razón de ser, ningún esqueleto que lo sustente.

Es verdad que hay un tema genérico que une la mayoría de las anécdotas que se reúnen en Diario de invierno: la enfermedad, el dolor o la muerte, del propio Paul Auster o de sus personas cercanas. Enfrentado con la vejez, el escritor hace inventario de sus cicatrices, internas y externas, y los modos en que se produjeron, sin orden cronológico ni lógico apreciable a primera vista. La muerte de sus padres, de sus abuelos; accidentes de coche, deportivos, domésticos; fracasos amorosos, personales y profesionales; todo lo que puede ha llevado a Paul Auster a ser el Paul Auster de 65 años, casado y famoso que todos conocemos.

El conjunto, como ya he dicho, es una lectura fácil, sembrada con historias curiosas, divertidas o conmovedoras, pero es también una lectura poco profunda: no deja huella. Algunas partes parecen fuera de lugar, como ese largo catálogo de viviendas o el largo resumen de la película D.O.A. (Con las horas contadas) que no parecía precisamente imprescindible -aunque se entienda que su tema, el de un hombre que ha sido envenenado y al que le quedan pocos días de vida, a un Auster en edad de jubilarse le resulte atractivo-.

Que conste que Paul Auster ha sido uno de mis escritores favoritos durante mucho tiempo. Ahora ya lo es menos, porque casi nada de lo que ha escrito desde La noche del oráculo me ha terminado de convencer. Sea como sea, en todo caso, leer Diario de invierno no me ha dicho sobre él gran cosa que no pudiera saber o suponer ya, gracias a obras como La invención de la soledad, o a través de sus mejores novelas. Probablemente, Diario de invierno es un libro que Auster necesitaba escribir, pero probablemente también sus lectores no necesitábamos leerlo.



También de Paul Auster en ULAD: Aquí

domingo, 16 de julio de 2017

Paul Auster: Brooklyn Follies

Idioma original: inglés
Título original: The Brooklyn Follies
Año de publicación: 2006
Valoración: Muy recomendable

Después de cierto tiempo sin leer a Paul Auster, uno de mis autores favoritos, caí en la cuenta que faltaba por reseñar este libro en ULAD (cosa atípica, hay mucha obra del autor ya reseñada). Con alguna duda acerca de si mis recuerdos sobre sus obras estarían mitificados por el paso del tiempo, este temor se desvanece ya en las primeras líneas. Y es que Auster siempre aporta algo, siempre mantiene unos mínimos y muy a menudo los supera con creces, como en este caso.

La novela empieza con un protagonista principal, Nathan Glass, a la edad de sesenta años. Ya de entrada, el autor nos sitúa en contexto poniendo todas las cartas sobre la mesa: Nathan habla directamente al lector y se dirige a él, cosa que en manos de otros autores podría incomodar e incluso alejarnos ante tal osadía, pero Auster saber hacerlo de forma que, acortando la distancia entre narrador y lector, consigue que el lector empatice directamente con Nathan y le coja cariño desde un inicio. Así, el protagonista nos cuenta en primera persona cómo busca un piso de alquiler en Brooklyn, lugar donde pasó su infancia, con el objetivo de vivir sus últimos días después de haber sufrido un cáncer que teme que acabe con él. En seguida nos pone en antecedentes contándonos que se dedicaba a vender seguros de vida, que estuvo casado durante más de treinta años, que ha tenido una hija y se culpa a sí mismo del divorcio. Para ocupar los días, tiene pensado ocupar su tiempo escribiendo "El libro de la estupidez humana", un libro sobre anécdotas curiosas de la gente que ha ido conociendo a lo largo de su vida. Pero el encuentro con su sobrino Tom, quien trabaja en una librería y por quien sentía una gran admiración, cambia sus planes; el propietario de la librería resulta ser todo un personaje cargado de anécdotas: mercader de arte, ex marine, ex presidiario, ex millonario... La personalidad enigmática de Harry se añade a la historia y toma posesión de ella, creando un aura de misterio que hace crecer la historia, generando un envoltorio que engloba los personajes y amplía su perspectiva, mientras los llena de historias sobre su pasado y les aporta la dosis de distracción que sus tristes y agotadas y perdidas almas necesitan. La historia se ensancha, abre el abanico de las posibilidades narrativas y en medio de ello aparece Lucy, sobrina de Tom, con sus problemas e inquietudes. Esta aparición crea una situación anómala que deberán resolver.

Hay grandes momentos que nos deja la narración. Las disertaciones sobre literatura entre Tom y Nathan nos llevan al mejor Auster, cogiendo ritmo a una velocidad abismal. A medida que avanzamos en la lectura se añaden piezas a la historia hasta conformar un puzle completo, con un alto ritmo narrativo, y con un Auster que se crece y nos proporciona páginas memorables donde la velocidad de lectura no da abasto.

Más allá de las vicisitudes de los protagonistas, Auster nutre esta historia de pequeñas pinceladas de cotidianidad, añade anécdotas de los diferentes personajes que se encuentran, componiendo una amalgama de personajes que completan una historia llena de realidad. La habilidad de Auster se pone claramente de manifiesto en esta espléndida novela, detallando perfectamente los diferentes personajes e involucrándolos en una historia conjunta que, más allá de las ramificaciones que puedan desencadenarse en cada uno de ellos, consigue mantener la cohesión del relato y encajar todas las piezas en una única historia coral. Auster es hábil en la construcción de los caracteres que conforman sus personajes y en establecer una historia de fondo, bien estructurada y narrada, con un ritmo constante y que favorece que, una vez empiezas la lectura, no puedes apartar los ojos de las páginas que te mantienen atrapado.

A través de las pequeñas historias que contiene el libro, Auster nos habla de la familia, de la calidez transmitida y sus problemas, de las relaciones satisfactorias y de las que no fructifican, de los deseos de conseguir un futuro mejor, aun y a pesar de uno mismo. Hablando directamente al lector, dirigiéndose a él, Auster se acerca a nosotros y nos hace copartícipes de las historias de sus personajes hasta el punto que, no sólo llegamos a entenderlos, sino que les cogemos cariño. Auster nos vence en la proximidad que hábilmente manifiesta en esta historia, y consigue que sus personajes pasen a un lugar siempre presente de nuestros recuerdos.

Un gran libro sin ninguna duda, lleno de suficientes matices para enriquecer el universo literario de la obra de Auster y hacer disfrutar mucho de su lectura. Por más libros que uno haya leído del autor, siempre consigue acercarse un poco más a esa íntima parte de uno donde sitúa a los escritores de referencia. Y ya queda poco para la publicación de la que puede ser su obra cumbre: "4 3 2 1". Aunque no falta mucho, la espera se hace larga, aunque siempre nos quedará la presencia de Nathan en nuestros recuerdos.

Encontraréis más reseñas de Paul Auster en ULAD aquí

jueves, 6 de septiembre de 2012

Paul Auster: Leviatán

Título original: Leviathan
Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 1992
Valoración: Recomendable

5 razones para leer a Paul Auster (y de paso hacer una pseudo reseña de Leviatán, al más puro estilo Ian Grecco):

1- Con Paul Auster es como con Amélie Nothomb (aunque ya sé que tienen estilos bastante diferentes, ¿eh?): cuando uno coge una de sus novelas nunca demasiado extensas, ya sabe con qué va a encontrarse.

 2- Hay un amplísimo abanico de opciones para comenzar, proseguir o terminar con su bibliografía. En cualquier momento, a cualquier hora, Auster es recomendable y nunca pretencioso.

3- En la obra del de Nueva Jersey, hay recurrentes obsesiones literarias y existenciales, y si uno no les tiene fobia, puede disfrutar enormemente de un universo particularísimo y enriquecido a base de jugarretas del azar, personajes reales de la vida de Auster reconvertidos en seres literarios con nombres similares, metaliteratura ingeniosa y tramas paralelas.

4- No sé cómo, pero todas sus historias acaban entrecruzándose y encajando de forma prodigiosa, como si se tratara de la maquinaria perfecta de un reloj encantado. Y mientras tanto, los lectores nos divertimos al mismo tiempo que nos morimos de curiosidad y nos preguntamos "¿Y cómo demonios acabará todo esto?".

5- Y bueno, que Leviatán no decepcionará ni a los habituales de Auster ni a los que recién empiecen con su obra. Con los que tienen bien clarito que no le soportan, no me meto... Y, ¿algo de su argumento? Pues esta novela que se devora en unas cuantas tardes está protagonizada por el escritor Benjamín Sachs, que muere en extrañas circunstancias (le estalla una bomba en las manos, ni más ni menos) al principio del libro y cuya peculiar vida conoceremos  por medio de su amigo, también escritor, Peter Aaron (¿nos suena a algo este nombre?), y al que el FBI busca por todo el país... La historia va hacia atrás y en ella nos encontramos con una trouppe de personajes peculiares, especialmente el de María Turner, trasunto de la polifacética (y real) artista Sophie Calle.

PD: ya está. Si doy un motivo más o extiendo el último, haría trampas. Sólo decir que Leviatán es una interesante, divertida y peculiar travesura seria de Auster, un canto a la amistad, un mal gesto a las estúpidas guerras y al paleto patriotismo americanoide, y una reivindicación juguetona del oficio de escribir y sobrevivir al éxito y al fracaso.

También de Paul Auster en ULAD: Aquí

viernes, 27 de julio de 2012

Colaboración: El palacio de la luna de Paul Auster

Título original: Moon Palace 
Idioma original: Inglés
Año de publicación: 1989
Valoración: muy recomendable

Paul Auster es un escritor bastante prolífico. Parece que ello sea un problema. O sea, cuesta seguir su ritmo de publicación, casi anual, y cuesta también creer que ello no repercuta en la calidad de sus novelas. Algo parecido a lo que pasa con otro célebre new-yorker, Woody Allen. Una obra al año, una actitud profesional y amante de su profesión, pero la eterna pose de escepticismo de las audiencias, como si fuera imposible mantener cotas óptimas de calidad.

Así que hablemos claro: ésta es una de las mejores novelas de Paul Auster. Mucha gente piensa que la mejor. Algunos se inclinan por otra también excelente, Leviatán.

Se hace difícil hablar de El palacio de la Luna sin mencionar cajas chinas o muñecas rusas. Pues es esta una novela, casi, biográfica que contiene otra biografía en clave, casi, de novela de misterio, que contiene otra corta novela, casi, del oeste. Todo ello en medio de relaciones paterno-filiales y con el aderezo de historias cruzadas marcadas por coincidencias fruto, parece, del azar (o no: esto es Auster). La trama es tratada de una manera casi matemática: las andanzas del protagonista parecen trazar ondas, golpes de suerte y puestas a cero, descensos a los abismos y súbitas pujanzas, en una especie de juego con un leve tono mágico, como si ángeles de la guardia velasen por él cuando parece precipitarse al vacío.

La prosa de Auster es directa y certera. No hay frases largas, no abusa de las subordinadas. Siguiendo con ese rigor matemático, cada palabra y cada frase parecen no poder estar nunca en un mejor lugar. Solo un afán perfeccionista puede estimar que, hacia el final, la historia de Solomon Effing resulta algo forzada y esas últimas 50 páginas, en las que deben resolverse algunos enigmas, son quizás la parte menos brillante de la novela. Pero antes nos hemos dado un festín de más de 250 páginas rayanas con la perfección, tanto en estilo y en resultado literario como en originalidad de la historia.

Sólo he leído cinco novelas de Auster, de entre su veintena. Supongo que en alguna de ellas bajó el listón o se equivocó. Pero no en El palacio de la Luna. Esta es una gran novela, una de las que justifican plenamente su status de autor de culto.

Firmado: Francesc Bon

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miércoles, 25 de marzo de 2009

Paul Auster: Un hombre en la oscuridad

Fecha de publicación: 2008
Idioma original: inglés
Título original: Man in the dark
Valoración: Se deja leer

Hace ya años que todo lo que escribe Paul Auster se convierte en un éxito de ventas inmediato, y hace también tiempo que la crítica ha abandonado, aparentemente, sus recelos hacia un enfant terrible como Auster. Y sin embargo, el último libro publicado por el escritor de Brooklyn no hace justicia ni a sus seguidores ni a su elevada consideración crítica.

He leído por ahí que Un hombre en la oscuridad es una reescritura de Viajes por el Scriptorium, una novela que no he leído, y a juzgar por las críticas no me pierdo mucho. En cambio, sí que puedo compararla con las mejores novelas de Auster, la Trilogía de Nueva York o La noche del Oráculo, y decidir que es evidentemente inferior a ellas: en profundidad, en humanidad, en originalidad.

Un hombre en la oscuridad contiene algunos de los habituales trucos narrativos de Auster: mezcla de varias narraciones, confusiones de realidad y ficción, escritura dentro de la escritura. El mundo real de August Brill se mezcla con el mundo imaginario (imaginado por Brill, por cierto) de Owen Brick, quien recibe la misión de matar a Brill para que deje de imaginar un mundo en el que ha estallado una guerra civil en los Estados Unidos.

Hay varios motivos por los que esta novela es inferior a otras anteriores de Auster. En primer lugar, los juegos narrativos, normalmente sugerentes, posmodernos, cautivadores, son aquí obvios, trillados (nada que Borges no haya inventado cincuenta años antes). La historia imaginaria no pasa de ser una distopía bastate manida; la parte real (Brill tendido en la cama por un accidente de coche, junto a su hija y a su nieta) no emociona, no cautiva, no sorprende como sorprendía la parte final de La noche del Oráculo: simplemente, aburre.

Me parece que sólo los muy fans de Auster disfrutarán de esta novela; los demás, se sentirán probablemente decepcionados. Como yo.

Otras obras de Paul Auster en ULADAquí

martes, 12 de septiembre de 2017

Paul Auster: 4 3 2 1

Idioma original: inglés
Título original: 4 3 2 1
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

«Siento que me he estado preparando durante toda la vida para escribir esta novela»

De esta manera tan contundente nos presenta Auster su último libro, después de siete años sin publicar novelas de ficción. Con esta declaración, las expectativas de quién afronta la lectura de un libro que se acerca a las mil páginas son elevadas, o incluso muy elevadas. Y, aun así, el libro no defrauda, sino todo lo contrario.

Para empezar, la estructura del libro facilita su lectura, partiendo de un capítulo común a todos los personajes: el capítulo «1.0». En él conoceremos los orígenes de la familia donde nacerá Archie Ferguson, protagonista de la historia. A partir de su nacimiento, la novela se compone de capítulos con una numeración algo particular: «1.1» correspondiente al capítulo 1 de la «versión» 1 de Archie, «1.2» al capítulo 1 de la «versión» 2, y así sucesivamente. Además, en cada uno de ellos, el autor introduce hábilmente pinceladas que nos hacen recordar lo sucedido a ese Archie en cuestión. Este aspecto ayuda al seguimiento de la evolución del personaje (o personajes).

Explicado este aspecto más formal, creo que útil para orientar al lector, el libro nos explica cómo, partiendo de un mismo punto, un mismo momento y una misma persona, las cuestiones del azar pueden afectar a la vida de cada uno. No el azar relacionado con la suerte, sino con las casualidades, los sucesos espontáneos, aquellos acontecimientos que ocurren en la vida de una persona de forma fortuita, incontrolada. Las circunstancias que rodean la vida de cada uno afectan no únicamente al presente, sino también a aquello que nos ocurrirá; las decisiones tomadas por cada uno y por su entorno afectan a nuestro desarrollo como personas y a nuestras vidas. Este aspecto es el eje en torno al cual gira la novela y Auster utiliza hábilmente esta idea llevándola al extremo, ramificando la vida de una persona en cuatro; cuatro versiones, cuatro caminos, cuatro vidas que parten de en una sola.

De esta manera, la declaración del autor en la primera frase de esta reseña encaja perfectamente con lo que nos ofrece el libro, puesto que en él encontramos todos los puntos característicos de su obra: las cuestiones del azar, la familia y la relación con los padres, las relaciones sentimentales, la siempre incierta edad adolescente y la revisión del pasado (no es casual que Archie nazca en el mismo año que lo hizo el autor, que viva en los lugares donde también vivió él, ni que comparta sus aficiones como el deporte o la afición por escribir). Auster ha cogido todo aquello que aparece en sus novelas para tejer una obra magnífica, completa, probablemente su gran obra si tenemos en cuenta todo lo que en ella expone.

No es casualidad que gran parte del libro, y la más interesante, se desarrolle entre los seis años de Archie y su adolescencia. Ya en las últimas novelas de Auster nos encontramos una mirada al pasado, como vimos en «Diario de invierno» e «Informe del interior», ambas autobiográficas. También es habitual ver cómo la edad adolescente es tratada por el autor en muchas de sus obras; puede ser un síntoma de empezar ya a notar el paso de los años (curiosamente cuando uno va distanciándose de la adolescencia es cuando uno recuerda los momentos en los que la vida cambió, o pudo haber cambiado), puede que sea porque es en esas edades cuando uno traza el camino principal que le llevará donde se encuentra ahora. Auster lo sabe y juega con eso, y sus últimas novelas suponen echar la vista atrás para ver de dónde venimos y conseguir explicar, de esta manera, aquello que ahora somos.

Empezando la historia con un joven Archie, el autor demuestra una gran destreza al ponerse en la piel y la mentalidad de un niño; con maestría nos sumerge en su mundo lleno de ilusiones y sueños, aunque lleno también de dudas e incertezas. Auster sabe gestionar el ritmo narrativo, sabe introducir anécdotas y detalles sin que uno se dé cuenta, y las páginas pasan volando ante los ojos del ávido lector que quiere, casi necesita, saber más sobre Archie Ferguson. Así, sembrada la semilla de la curiosidad, se aprovecha la evolución del personaje a través de cada una de sus versiones, para potenciar más una parte de su carácter u otra. A pesar de que las diferentes versiones comparten elementos comunes (la familia, la afición al deporte, las ganas de escribir, y el sexo), así como también muchos de los personajes de su entorno, cada una de ellas difiere en parte de las demás ya que opta por una vertiente literaria diferente (periodismo, crítica, literatura) y cada uno de ellos experimenta una vida sentimental propia y distinta. Esta diferenciación de personalidades sirve para hablar de diferentes sucesos importantes que afectaron a la sociedad norteamericana del momento: retrata E.E.U.U. en clave política (la guerra del Vietnam, la lucha por derechos civiles, el asesinato de Kennedy, la lucha contra el racismo), el mundo literario (con referencias a múltiples escritores, no sólo americanos) y su pasión por el cine. Este hecho contribuye a engrandecer y ampliar la novela, dotándola de un fondo social y cultural que añade interés a la propia historia narrada.

De esta manera, la novela nos retrata un mundo de posibles, donde aquellas decisiones propias o ajenas marcan nuestro futuro, potenciando unos aspectos de nuestro carácter por encima de otros en función de lo que hemos vivido, experimentado, sufrido y soportado. La vida y los sucesos (fortuitos o no) dirigen nuestra vida hacia un camino u otro y es todo aquello que envuelve nuestro mundo el que conformará nuestra forma de ser y nuestro devenir. Juntando elementos relacionados con la familia y las aficiones con las consecuencias del azar, Auster elabora una novela ambiciosa, compleja, enredada en sí misma y, a través de ella, conforma un mapa vital donde cada una de las ramificaciones puede desembocar en las diferentes vidas posibles pero, siempre, en todas ellas, con un rasgo común que no varía en exceso: aquello que conforma nuestro núcleo más genuino de nuestra personalidad, manteniendo aquello con lo que hemos nacido, lo modificamos acorde a la vida que hemos tenido.

Sin embargo, siendo honesto, cabe decir que el último tercio del libro se hace algo denso, menos ágil y más reiterativo. En esta última parte abundan los párrafos largos y con exceso de detalle, algo que lastra el desarrollo del libro, haciéndose cuesta arriba en su último tramo. Quizá, siendo escrupuloso, con unas cien o doscientas páginas menos el resultado hubiera sido mejor. De todos modos, cuando uno ha disfrutado de más de setecientas páginas y nota que, aunque flojee algo la última parte, necesita saber cómo termina el libro y no puede parar de leerlo, es porque éste vale la pena, porque su recorrido por las casi mil páginas te dejan con ganas de más y porque el final, ¡qué gran final!, pone la mejor rúbrica posible a esta colosal obra.

En resumen, grandes sensaciones las que deja el libro. No aconsejaría a lectores que no conozcan al autor que empiecen por este libro. No porque no valga la pena, no porque no sea bueno (o muy bueno), no porque uno no goce leyéndolo, sino todo lo contrario. Es un libro tan completo que se disfruta especialmente cuando se reconoce en él aquello que Auster ha estado escribiendo a lo largo de su existencia. Es su mayor obra, es el resultado de todo aquello que ha estado creciendo interiormente a lo largo de su vida literaria, la culminación de su creación. Es puro Auster y eso, ya de por sí, es su mejor aval.

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viernes, 24 de marzo de 2017

Paul Auster: La música del azar

Resultado de imagen de la musica del azarIdioma original : inglés
Título original: The Music of Chance
Año de publicación: 1990
Valoración: Recomendable


Reconozco que esta novela me ha reconciliado un poco con Auster, un escritor –en mi opinión– amante de pirotecnias argumentales que parecen apuntar a algún propósito filosófico o simbólico y suelen quedarse en mera anécdota. Tampoco he visto por su parte (reconozco que no lo he leído todo) ningún alarde estructural ni estilístico. Hasta donde sé, se limita a presentarnos a tipos ensimismados y aturdidos que se aferran a una obsesión, con todas las consecuencias que esta le puede acarrear, tanto individualmente como en su interacción con otras personas. Sí, son planteamientos con gancho: atrapan, pero al no tener más que una cáscara –si no vacía del todo con muy poco contenido –se van desinflando a medida que avanza la trama dejando un regusto a desencanto, a posibilidades echadas a perder.
En esta ocasión, no obstante, los personajes que aborda son realmente multifacéticos y llenos de aristas, tan contradictorios como fieles a sí mismos, tan imprevisibles como fáciles de reconocer en su individualidad; la intriga  –excepto en algún punto concreto algo más allá de la mitad, donde parece encallarse en los detalles– no nos da tregua: si ha sido fácil empatizar con esos seres, si seguimos sus incidencias con verdadero interés, necesitamos que el desastre no llegue a producirse o, de hacerlo, no les provoque un gran daño. Empezando por Nashe, el protagonista, bombero por más señas y uno de los individuos perdidos de Auster, de él se vale para poner en marcha otro de sus peculiares tinglados, que lo sacará indemne de su particular atolladero o bien lo envolverá cada vez más en su propia madeja. En este caso, se trata de una herencia inesperada y con ella la ocasión de lograr una vida más holgada y libre. Pero ya sabemos que previsiones como esa no aciertan casi nunca y, por si no fuera suficiente con su propia torpeza, Nashe tiene la buena –o mala– suerte de tropezar con las dos caras de su espejo: el lado perdedor, Pozzi, que vive a salto de mata fiándolo todo al azar –un azar que se acaba convirtiendo en otro personaje– y el ganador, encarnado en el tándem Flower-Stone (reforzado con un par de secundarios que cobrarán progresiva importancia) que han sido capaces de adueñarse por completo de él.
Solo con esto, podemos intuir que lo que se narra va más allá de lo aparente, reconoceremos muchas actitudes y encrucijadas vitales en la trayectoria de cada uno de ellos y, si no nos sorprende el efecto acumulativo de las constantes meteduras de pata, lo harán las demenciales circunstancias que han de atravesar los personajes. Y, sin embargo, todo ello tiene un aire familiar, porque así es la vida, así es el ser humano, no lo podemos negar. Aquí va una muestra:
“… En lugar de intentar reconstruir el castillo, vamos a convertirlo en una obra de arte. En mi opinión, no hay nada más misterioso ni bello que un muro. Ya lo estoy viendo levantándose como una enorme barrera contra el tiempo. Será un monumento conmemorativo de sí mismo, caballeros, una sinfonía de piedras resucitadas, que cada día cantará una endecha por el pasado que llevamos en nuestro interior.“ *
Encontramos un poso de superstición implícito en cada personaje, incluso en cada pieza del juego de azar que es la novela. Sin él lo que se nos cuenta no tendría ningún sentido. Es lo que permite al autor presentar toda esa gama de estados de ánimo, lo que hace posible cada forma de evolucionar y superarse, la que da lugar a las relaciones de poder y dominación –incluso a la amistad estrecha–y el origen de esa radical soledad que envuelve a cada uno de los sujetos incluso cuando están acompañados.
Pero el resultado sigue siendo bastante más plano de lo que permitiría un argumento tan sugerente. Esto es así, supongo, porque Auster abusa del razonamiento, agota las explicaciones hasta eliminar gran parte del misterio, y esto hace perder al relato esa especie de magia que involucra al lector cuando se ha recreado un ambiente que le permite hacerse sus propias preguntas.

(*) Traducción: Maribel de Juan

Otras obras de Paul Auster en ULADAquí

miércoles, 27 de julio de 2011

Enrique Vila-Matas: Exploradores del abismo


Idioma original: español
Fecha de publicación: 2007
Valoración: Recomendable

He estado a punto de no escribir esta reseña, si es que se le puede llamar así... Pero al final me he animado. Todo sea por recomendar una obra que me ha gustado bastante y que se sitúa en las antípodas de lo que se conoce por "literatura de verano". Digamos que el libro de relatos Exploradores del abismo es literatura más bien invernal, de invierno nuclear y absoluto con algunos rasguños de sol ocasionales por los que se deslizan la dicha y la esperanza de sus peculiares personajes.

Estas dieciocho historias + epílogo son obra del gran escritor Enrique Vila-Matas. Y digo "gran" porque para mí lo es: un gran escritor que tiene en su originalidad y en su obsesión por indagar hasta el infinito en eso que llaman metaliteratura sus mejores bazas. Soy de los que mantienen que en este país, al menos, nadie se le parece, y supongo que no tiene imitadores porque debe de ser una misión imposible tratar de acariciar siquiera su inigualable estilo, con trazos quizás de Kafka o de Paul Auster, por decir algo...

¿Y los argumentos de las dieciocho historias? No sé ni por dónde empezar. Tenemos, por ejemplo, a un hombre de mediana edad que da un giro de 180 grados a su vida, y también a un niño con nombre de iluminado y madre hiper-moderna y, por supuesto, a la excéntrica artista Sophie Calle (personaje real y amiga de Paul Auster, todo hay que decirlo), a la que el escritor dedica su cuento más largo, laberíntico y extrañamente tierno, mezclando como nadie realidad y ficción, casi hasta volver loco al lector. Pero ahí es donde está la magia de Vila-Matas: escribe tan bien que no sólo consigue que le perdonemos estas locuras mareantes entre lo que es y lo que no es real, sino que hace que disfrutemos con ellas.

Pero tampoco sé muy bien cómo explicar cuáles son los mayores logros y los pequeños fallos de este compendio de historias protagonizadas por seres que indagan con valentía en sus abismos personales. Dice el propio Vila-Matas que sacó el título del libro gracias a una equivocación que tuvo con ciertas palabras de Kafka, pero qué más da eso: le viene de perlas a esta obra de un creador con un mundo literario peculiar y dueño y señor de capas y más capas cuajadas de ángeles y demonios menos desorientados de lo que parecen.

Mucho Vila-Matas ya en UnLibroAlDía: aquí

lunes, 13 de junio de 2011

Don DeLillo: Punto omega

Idioma original: inglés
Título original: Point Omega
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

Si me preguntasen quiénes son los grandes nombres de la novela norteamericana actual, me vendrían a la cabeza Philip Roth, Paul Auster, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Roth es el más "clásico" de todos en cuanto a las técnicas y a los asuntos de sus obras; quizás sea también el más denso, el más académico de todos. Paul Auster es un torrente de imaginación, aunque ya se nota cierto agotamiento y cierta repetición de temas y trucos. Thomas Pynchon es un mundo aparte, una revolución literaria en sí mismo, desconectado de este universo en el que vivimos el resto de los mortales. ¿Y DeLillo? Pues es una mezcla de todos los demás, aunque está más cerca de Thomas Pynchon que de Philip Roth; con la diferencia de que él no rehuye los problemas contemporáneos (guerra, terrorismo, pensamiento único, maquinización, aislamiento).

Punto omega es una novela de lo que los críticos (que lo han leído mucho más que yo) han llamado late DeLillo: tramas más sencillas, un estilo entrecortado y minimalista, personajes esquemáticos... También han dicho los críticos (que son mucho más perspicaces que yo) que la novela tiene forma de haiku: empieza y termina con una escena en la que los personakes observan en el MoMA la instalación 24 Hour Psycho, del británico Douglas Gordon, en la que la película original de Hitchcock se ralentiza hasta durar, en su proyección total, 24 horas. Esta lentitud permite percibir detalles que en la versión original pasan desaperibidos. Y esta misma ralentización es la que (dicen los críticos) ha llevado a cabo DeLillo con su narrativa, sin apenas acción.

La recepción de la novela ha sido generalmente positiva, con algunos reproches. Yo me sumo a quienes han alabado la técnica y la personalidad del autor. Los personajes son, verdaderamente, mínimos y casi abstractos, irreales: Richard Elster un oscuro asesor filosófico-militar del Pentágono, retirado después de la Guerra de Iraq; el cineasta Jim Finley, cuyo único producto hasta la fecha es una película hecha con recortes de Jerry Lewis y que ahora quiere filmar una novela de Richard Elster en un único plano-secuencia; y Jessie, la hija del primero, misteriosa y traumatizada, detonante de los únicos atisbos de verdadera intriga de la novela. Los tres conviven en una perdida cabaña en el desierto, viendo, sintiendo y pensando el paso del tiempo a través de sí mismos y de la realidad.

Pero más importante que la historia o los personajes es la prosa de DeLillo, clara pero casi inconexa, "beckettiana" (han dicho los críticos). O la sensación de incomunicación y de inseguridad que transmite la novela. Es corta y no especialmente rebuscada; pero no resulta una lectura fácil: es desconcertante, desasosegante, y no se sabría decir si es meditadamente superficial o infantilmente profunda. Al final, la sensación (más que el mensaje) que transmite la novela es que todos, los personajes y los lectores (y Don DeLillo) estamos solos delante de nosotros mismos, en la vorágine del tiempo que nos ha tocado vivir.

También de Don DeLillo en ULAD: Aquí

domingo, 10 de julio de 2011

Libros para el verano: La trilogía de Nueva York, de Paul Auster


Idioma original: inglés
Título original: The New York Trilogy
Año de publicación: 1987
Valoración: Recomendable



Fábula sobre la vida en las grandes ciudades, vía de escape para las obsesiones de su autor, pirueta literaria, obra temprana y preludio de lo que será su posterior obra narrativa, La trilogía de Nueva York agrupa tres novelas cortas que antes se habían publicado de forma independiente. Tanto el personaje central, común a las tres y alter ego del novelista, como su hilo conductor son similares sobre todo en las dos primeras, aunque se trate de historias distintas. En ellas se indaga sobre las consecuencias del azar en la vida de las personas, las interferencias entre casualidad y causalidad y se traza un paralelismo entre la indagación literaria y la detectivesca.

Ciudad de cristal, conquista desde el principio gracias a ese guiño que convierte al autor en personaje y con sólo unos pocos recursos bien manejados mantiene el interés hasta el final. En Fantasmas, repite el esquema: detective recibe el encargo de seguir a alguien y con el hallazgo de los nombres-colores genera un ambiente de misterio que se hace cada vez más asfixiante a medida que el argumento avanza, pero cae en cierta monotonía y nunca acaba de arrancar del todo. Por último, La habitación cerrada es, en mi opinión, la que da al conjunto el nivel que tiene. Mucho más compleja y realista, con personajes llenos de matices y contradicciones que les aportan humanidad, es la única que parece tener un propósito concreto y no prolonga artificialmente las situaciones en espera de que aparezca la ansiada inspiración.

En esta obra, Auster consigue reflejar la insatisfacción y el desconcierto del hombre de hoy. Mediante una serie de episodios que nos inquietan y mantienen en tensión porque parecen aludir a algo que tenemos muy oculto plantea cuestiones tan relevantes como la identidad del individuo, el determinismo de nuestros actos, la manipulación de unas personas por otras o las posibilidades de la ficción. Pero promete más de lo que cumple. A veces da la impresión de que sus argumentos no contienen más que un simbolismo aparente, que no son otra cosa que un pretexto para escribir de forma original. Reconozco que es magnífico creando intriga (también divagando, no siempre con acierto, para alargar la trama innecesariamente) pero flaquea en los finales. Siembra demasiadas expectativas y no es capaz de satisfacerlas. Incluso el final abierto tiene sus propias reglas y los de esta trilogía me han parecido algo endebles.

Desde luego, para unas vacaciones al sol es la compañía perfecta: amable pero no frívola, con una prosa clara y cuidada, intrigante, divertida con pequeñas dosis dramáticas pero, sobre todo, sorprendente. Al que tenga la suerte de no haber leído todavía nada de Auster, le conquistará la excentricidad de los personajes y lo insólito de las situaciones; en caso contrario, encontrarse con viejos conocidos siempre será un placer.

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lunes, 14 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (1)

Las postales de mis libros por Rubén Darío Rodríguez 


Pronto le pedirá que le compre un archivador, dirá que él también quiere tener uno, no como el suyo, sino uno más pequeño para empezar, con otro dibujo en el cartón. Entonces le dará dinero para que escoja el que más le guste, el primero de muchos tesoros que irá guardando a lo largo de su vida.

Anoche le pidió a su madre que le enseñase aquel cuaderno grande, el del estante más alto. Es un archivador, o un álbum, le dijo, lo que tú prefieras, pero no un cuaderno. Y ella lo bajó, se lo abrió ante sus ojos, sentados juntos en el sofá. Tiene anillas y láminas con cuatro agujeros para encajar y espacio plastificado para ajustar cuatro imágenes por cada cara, ¿ves? Como los álbumes, como los archivadores.

Está lleno de fotos, se asombró el niño. Cuántas… Son postales, le corrigió la madre. Dejó que las tocara, que las deslizara con cuidado bajo el fino plástico transparente para acercarlas a la vista y recrearse en las imágenes y las ilustraciones. Les dio la vuelta y pudo leer en qué libro habían descansado de un día para otro mientras duró su lectura. “El adversario, Emmanuel Carrère, Saint Malo, junio 2013”, escrito en negro con el trazo firme sobre el blanco impoluto del reverso de una postal de un cuadro de Edward Hopper. Cogió otra de una de las primeras láminas. “Bajo las ruedas, Herman Hesse, Madrid, febrero 1995”, la tinta azul gastada, los rasgos curvados de una escritura más descuidada, por detrás de un tranvía en color sepia que se adentra en una avenida ajardinada.

Su padre empezó a guardar hace mucho tiempo, tendría 15 o 16 años, las postales con las que marcaba hasta donde avanzaba cada día en el grueso o delgado canto de un libro. No usaba marcapáginas ni separadores rectangulares que tuvieran más o menos el mismo largo que el volumen, y le parecía feo, ordinario e irrespetuoso, recurrir a la factura de una compra o a la servilleta de papel de un bar para indicar el lugar en que se interrumpía la lectura hasta el día siguiente. Se prohibía doblar unos milímetros las esquinas de la página, eso nunca, tampoco se permitía escribir en ella con bolígrafo o lápiz ideas o palabras, ni un miserable punto. La imagen de una postal que después conservaría con el rigor y la delicadeza con que se protege una reliquia quedaría unida para siempre al recuerdo de un libro.

Cada libro con su postal.

Al abrir el archivador la primera que se ve revive su ciudad en aquellos días, las olas enfurecidas golpeando un espigón que ya no existe. “Octubre de 1988”, indica detrás el rojo de un bolígrafo. “El árbol de la ciencia, Pío Baroja”. La primera lectura obligada por don Gregorio en clase de Literatura española. Qué malvado aquel profesor, con qué poca pasión impartía sus enseñanzas. Pensó que aquel era un libro serio, algo muy diferente a lo que había leído antes, los misterios que resolver de Los Tres Investigadores y las páginas animosas de los ejemplares de bolsillo de la colección Elige tu propia aventura, los diez o doce que descansan olvidados en el desván de casa de sus padres. El médico de aquella novela le hizo pensar en las penurias de la gente, en la ignorancia, la mezquindad, la vida como era hacía un siglo y cómo era en aquel momento, pensamientos inquietantes que se llevó a la almohada. Al terminar la última página escribió el título del libro, el nombre del autor y la fecha en la espalda de la postal que lo acompañó y la guardó en un cajón.

La colmena también estaba bien, el enjambre miserable que pasaba las horas en aquel café marrón y frío de un Madrid que no conocía pero le asustaba; Cela, qué bien escribía y qué mal le caía. Garcilaso no le gustó, Quevedo sí. Lope por supuesto, Calderón pues no. ¿Quién se acuerda de ellos? Los libros no eran suyos, los tenía su padre o su tío, que habían estudiado en el mismo colegio y guardaban ediciones muy viejas, o los tomaba prestados de la biblioteca. Cada postal fue a un cajón, siempre al mismo, hasta que todas las de aquel curso y las que le siguieron en la playa, el dique y el campamento durante el verano (La importancia de llamarse Ernesto y Servidumbre humana fueron sus preferidas) formaron un buen montón que prefirió sacar de la guarida. Compró un archivador en la papelería del barrio, láminas de álbumes fotográficos y las encajó según el orden en que las había leído.

Doña Rita era mejor maestra, escritora frustrada, devota de sus autores de cabecera. Transmitió a sus alumnos el entusiasmo por Tiempo de silencio, que a él le costó atrapar. Dos gatos haciéndose carantoñas en la postal de enero de 1990. Se perdió en Lorca y detestó Poeta en Nueva York, inspiración rencorosa para un poema de tres folios premiado en un certamen escolar con un accésit que leyó en el teatro del colegio frente a una audiencia despistada. Se emocionó con Gil de Biedma, del desencanto que irradiaba una antología que leyó poco después de su muerte, dos macetas en un balcón de Lisboa delante de la fecha.

Aquel curso y el verano que le sucedió empezó a leer libros de cine, revistas y estudios sobre música pop y rock. Porque le gustaban tanto las películas y el rock and roll como las novelas. No volvió a ellas hasta un par de años después, cuando ya solo regresaba a su entrañable ciudad de provincias en las vacaciones que interrumpían sus clases en la Universidad.

En Madrid descubrió el polvo cálido de las librerías de viejo y el orden distante con que las grandes superficies distribuían sus novedades editoriales. Y la biblioteca de la residencia de estudiantes en la que vivía tenía una nutrida oferta de ejemplares. Podía llevarse hasta un par por dos semanas a su habitación. Destacaban entre libros de todos los colores, tamaños y grosores los cantos amarillos pálido de la colección de una editorial nacional para narrativa contemporánea. Una buena parte de esas obras tenían su edición de bolsillo en variados colores que cada semana inspeccionaba en aquella librería en la que entrase. Compraba un libro por semana, después dos. Y otras tantas postales, cualquier ilustración o retrato que le llamase la atención entre postales de lugares comunes y motivos convencionales. Un día le dijo un compañero con el que se cruzó en una acera que tuviera cuidado, que le iba a atropellar un coche si no levantaba la vista del libro mientras caminaba por la calle. Estoy acostumbrado, sé cuando debo pararme y cuando cruzar con el semáforo en verde, respondió. Llevaba Casa de muñecas en las manos. ¿O era un García Márquez? ¿O un Hemingway? Ninguno de los dos le gustó.

Hesse, Kundera, Carver, Chesterton, Joyce, Fitzgerald, Luis Landero, Stephen King… lecturas de domingos grises de resaca. Como algún compañero de clase, tuvo su fiebre juvenil por los relatos y novelas de Bukowski, un adictivo impulso por conocer a sus mujeres, apostar en el hipódromo y perderse en colillas mojadas en alcohol, personajes y escenarios que años más tarde perdieron todo su sórdido encanto al releerlos. Probó con Thomas Mann y no pasó de la página 80 de La montaña mágica, que superaba las mil, y se decantó por Muerte en Venecia, que le pareció conmovedora, postal de la playa de Lido entre las palabras (regresó al balneario con Hans Castorp años después, 1.048 páginas de una edición que le esperó paciente cada día en el cuarto de baño y tardó un año en leer mientras alternó con otros libros).

Leía lo que fuera: obras que escogían los profesores, que le sugería una chica, que le prestaba un amigo, que recomendaba un periódico. Descubrió las comedias desmadradas de Tom Sharpe, que le rompían de risa en la cama de madrugada, mientras aún estudiaba algún residente al que convenía no molestar con las carcajadas. Luego le asombró el relato criminal que Capote reportajeó en A sangre fría, ese hijo de puta que entonces le hizo glorificar el periodismo, antes de darse cuenta de que el periodismo es un trabajo más sin días de gloria. Y un día empezó con Lolita, qué orgásmico aquel desfile de devotas palabras, y unos meses después había comprado toda la obra de Nabokov que tenían las librerías. También releyó algunas de sus obras pasados los años, unas le desquiciaban con sus retorcidos juegos de palabras, tan lejos del alcance del entendimiento de los simples mortales, otros le intimidaban con la perfección de su lenguaje, culmen de un arte inalcanzable. Libros, muchos libros, y sus postales escritas hasta el verano de 1997. Y ensayos de cine y biografías musicales. Y películas en VHS y discos en vinilo y CD. Todo lo que fue guardando en cajas de cartón precintadas para llevarse a casa al terminar la carrera.

Su primer viaje largo lo hizo sobre la letra pequeña de una edición de bolsillo de En el camino, los Estados Unidos de su imaginación. No tenía mucho en común con aquellos ‘beatniks’ antipáticos, pero a aquella vida sin rumbo fijo sobre el asfalto le agradece hoy que lo arrojase a la carretera. Los viajes siguientes fueron en carne viva y en todas direcciones, cada uno con un par de libros en la mochila, experiencias dispares que guarda en la tinta escrita de postales que compraba en museos o tiendas de regalos: las Crónicas de motel de Sam Shepard, las anécdotas de Bolaño, las fantasías extraordinarias de Roald Dahl, la ruina cotidiana de Cheever, los relatos agradables de Nick Hornby, las intrigas perturbadoras de Patricia Highsmith, la desesperación de Zweig… aquella madrugada de verano aparcado ante el portal y Carta de una desconocida en la voz afectada de un amigo fascinado con aquella confesión de amor…

…Y Paul Auster. Primero Mr. Vértigo, una tierna ilusión; luego Leviatán, o quedarse sin palabras; después El palacio de la luna camino de Amsterdam y en Brujas, que le hizo llorar. Y cada año tocaban dos libros de Auster, en Dublin (El país de las últimas cosas), en Praga (El libro de las ilusiones), en casa. Se fue sintiendo entonces un personaje de sus novelas al que el azar maneja a su antojo y gracia. Un hombre cuyo destino lo convierte en escritor de lo que ocurre a su alrededor, de cuanto pasa primero en el deporte de su ciudad, en las empresas, negocios, instituciones, asociaciones y gobiernos locales después, historias reales de las que se evade luego al abrir un libro en Chesil Beach, episodios que le enseñan a protestar y a denunciar, también a querer y a amar, a conocer a la mujer con quien va a crear un hogar. Se sintió Auster mismo: yo veo las cosas como las ve él, se dijo, así me fijo en las personas y retengo lo que les ocurre, si fuera novelista mis obras contarían historias como las cuenta Paul Auster.

El niño pasa las láminas, las postales de ocho en ocho. Alguna que le llama la atención se la lleva a las manos para detenerse en las líneas y detalles del dibujo o la fotografía y lee la cara posterior, aunque no sepa nada de los libros que recuerdan. Entre 2010 y 2014 son más numerosas. Fue cuando su padre volvió a dejarse la vista en los libros, a caminar por la calle con los ojos en el papel: 59 un año, 72 al siguiente, 88 un año después, 95 al otro, más de uno por semana. Cortos, largos, medios, colecciones de relatos, ensayos, estudios, tomos. Leería mucho más si no durmiese, si no trabajase, si no le dedicase tiempo a las películas o a la música, si no tuviese que encargarse de las cosas que todo el mundo hace como conducir o comprarle un archivador a su hijo. Pero la vida es también un libro y todavía lo está escribiendo mientras no deja de leer.

martes, 17 de diciembre de 2013

Un libro al día: Nuestros libros del año

Un año más (o sea, por segundo año, porque solo lo hicimos el año pasado), aquí va nuestra selección con lo mejor y lo peor del año, en cuanto a nuestras lecturas. Como se verá en las listas, no se trata necesariamente de obras publicadas en 2013, sino leídas en 2013; y como se verá también, cada colaborador ha escogido las categorías que le ha apetecido, que para algo el garito es nuestro...

Como siempre, os invitamos a que comentéis nuestras listas, o a que nos mandéis las vuestras, en los comentarios del blog, o a través de Twitter y Facebook.

Francesc Bon


Mejor libro de 2013: Así es cómo la pierdes, de Junot Díaz, casi ex aequo con Esquirlas, de Ismet Prcic
Decepción más absoluta: que La Sociedad Juliette de Sasha Grey no tuviera nada aprovechable
Leeré en 2014: La broma infinita, de David Foster Wallace
Releeré en 2014: Thomas Pynchon
Ojalá hubiera leído antes: a Kurt Vonnegut
Un autor a seguir: Mohsin Hamid

Montuenga


Mejor libro de autor revelación 2013: Intemperie de Jesús Carrasco
Mejor ensayo español 2013: Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina
Mejor ensayo extranjero leído: Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo de Barbara Ehrenreich
Mejor novela histórica leída: El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura
Me decepcionó: El proyecto Lázaro de Aleksandar Hemon
Me ha encantado: Henderson, el rey de la lluvia de Saul Bellow

Santi


Mejor lectura de 2013: José Saramago: El año de la muerte de Ricardo Reis
Mejor relectura de 2013: Nieve, de Ohram Pamuk 
Un clásico contemporáneo: El almuerzo desnudo de William S. Burroughs
Y un clásico contemporáneo en español: Las virtudes del pájaro solitario de Juan Goytisolo
Autor descubierto este año: Ramon Saizarbitoria
Lectura más divertida del año: La boca pobre de Flann O'Brien

Uxue


Mejor libro del año 2013: difícil elección. Me decanto entre:
  • Cuatro por cuatro de Sara Mesa. Narrativa, poética, engancha y acabas racionando la lectura para que el libro no se acabe.
  • El niño que robó el caballo de Atila de Iván Repila, obra que podría recomendar porque conozcoalautoryesoestrampa, pero que recomiendo realmente por tratarse una de las mejores novelas breves que haya leído hasta el momento.
  • Geografías de Niebla de Valerie Mejer. Un poemario que debería estar en boca de todos, pero que, incomprensiblemente, no se reedita en España. Valerie Mejer es LA POETA. Pronto, una reseña. 
Mejor libro-álbum: Yo quiero mi gorro de Jon Klassen. 
Decepción más absoluta: Dónde estás Bernadette de María Semple. Novela cursi e ingenua donde las haya. Sigo sin explicarme cómo Jonathan Franzen ha podido recomendarla. Muy mal, Johnny, muy mal, el público confiaba en ti...
Novela cutre que quiere vender un rollo burlesco-intelectualoide para hipsters que se dejan impresionar por nada:  Saliendo de la Estación de Atocha de Ben Lerner. Avalada por Paul Auster. ¿Qué os pasa, Johnny y Paul? Y no me vengáis con la respuesta fácil de paragustosestánloscolores.
Me ha encantado y está recibiendo muy buenas críticas: Por si se va la luz, de Lara Moreno.
Un buen libro de poesía (y vuelvo a la modalidad loestoyrecomendandoporqueesunabuenaamiga y porque si Franzen y Auster pueden yo también, pero, en mi caso, con un buen criterio): Artikoa/Ártica de Izaskun Gracia.
Releeré en 2014: Del crear y lo creado, poesía completa de Hugo Mujica.
Terminaré en 2014: Miniaturas de tiempos venideros. Amplia antología de poesía rumana editada por Vaso Roto. 
Libro en la mesilla de noche: Hordas de escritura seguido de Secesión de la poeta Chus Pato.   
Mejor labor editorial 2013: Destacan, ya sea por su diseño, como por su buen criterio de selección:
  1. En poesía: Vaso Roto Ediciones, La Garúa, Amargord y Kriller 71.
  2. En narrativa: Lumen, Automática, Sexto Piso y Libros del Silencio (desgraciadamente, desaparecida).
  3. En libro infantil ilustrado: Editorial Milrazones.
  4. En novela gráfica: Sins Entido.

 

 Pedro


Mejor lectura de 2013: Donde dejé mi alma, de Jerôme Ferrari (reseña pendiente).
Peor lectura de 2013: Brújulas que buscan sonA QUIÉN LE IMPORTA, de Albert Espinosa (leído para realizar una comprobación empírica a partir de la reseña uladiana).
No pude terminar (algo no necesariamente negativo): Karnaval, de Juan Francisco Ferré (no habrá reseña, al menos por mi parte)
Mejor libro reseñado en ULAD: El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago.

Mr Grecco


Mejor clásico que (al fin) ha caído en 2013: Madame Bovary, de Gustave Flaubert
El Horror, El Horror: Cada día, cada hora, de Natasa Dragnic
Al fin he terminado (y ha merecido la pena): Trilogía Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori
Una agradable sorpresa: La intrusa, de Éric Faye
Opinión de algunos libros reseñados por otros: Intemperie, de Jesús Carrasco (digno debut); Ciudad abierta, de Teju Cole (diferente, especial); El pan a secas, de Mohamed Chukri (léanlo, por Dios).
Gamberro/a del año: Socrates Adams por Todo va bien.


Izas


Mejor libro de 2013: no sé, hay muchos, decantarme por uno solo es imposible.
Leeré en 2014: a Danielewski, Cartarescu, O'Brien, Munro, Fitzek, Mitchell, Moreno, Sarrionandia, King, Pavic, Juárez y otros muchos más que esperan, recopilados en varios montones, que les llegue el turno
Releeré en 2014: nada, hay demasiado por descubrir
Una agradable sorpresa: Jean Malaquais por Los javaneses
Un autor a seguir: Stéphane Chaumet

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard