martes, 3 de noviembre de 2026

Agustín De Luca: El gesto final

Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: entre se deja leer y está bien

Un hombre, Gonzalo Rojas, arroja a una mujer, Lucía Cruz, a las vías de un subte; a primera vista, no hay nada que lo motive a hacerlo: no existe relación entre ellos, las cámaras no captan su conversación, solo algunos gestos a los que no se les otorga mucha relevancia luego del inevitable suceder mediático. Pero un juez, Andrés Olavarría, obsesionado con esa trama, con el accionar aparentemente azaroso del culpable, que en ningún momento niega su autoría, se dedica a investigar, por fuera de sus funciones, los motivos de ese crimen, arrastrando, con ello, a su esposa casi en proceso de divorcio, a su hijo, a su suegro, eminencia judicial y bastante sorete con su yerno, y a él mismo y su trabajo.

Visto el primer párrafo, me ha salido una sinopsis bastante exacta y hasta con un tono aséptico. Creo, también, que empezar de esa manera muestra el poco entusiasmo que me despertó la novela. Desarrollemos un poquito más.

En principio, una novela policial. Quizás la variación que la hace destacar es que sabemos desde el inicio el culpable, por lo que el autor debe sostener el interés buscando la vertiente psicológica del asunto y eliminando las escenas trepidantes de rigor. En principio, nada que objetar. Se agradece la intención de dotar de profundidad a unos personajes de género que, en manos de otro, serían ideas diseñadas para la función de la trama. Pero el problema, o mejor dicho los problemas, es que la escritura es demasiada formulaica, preocupada más por cumplir con la estructura y preceptos del policial, amén de recubrir las frases de una indolencia exasperante. Esto no es tanto la culpa de De Luca sino más bien de una influencia común a muchas novelas actuales: narrador en primera persona, aquejado por una angustia más o menos común (disfunción familiar, problemas con la bebida, drogas, un trauma), cuya narración es apática, sin una sola floritura estilística o tonal (ni siquiera un exabrupto o una contemplación de la naturaleza) y que tampoco desarrolla del todo sus creencias (se identifica como un retribucionista moderado, pero sacando un par de diálogos, casi no piensa en eso); todo está dedicado a la trama y no hay siquiera una mínima elaboración del lenguaje. Lo más grave es que las consecuencias, que se repiten a lo largo del libro, apenas afectan a los personajes, todos enfermos de esa indolencia mencionada, como si dijeran "y bueno, así son las cosas". Se echa en falta una mirada personal del mundo, no solo una transcripción de la realidad.

Para hacer esto y aun así mantener el interés, la historia debe contar con unos personajes interesantes y diálogos y escenas potentes. Pero el autor vuelve a caer en errores típicos de la narración: conversaciones que te explican lo que los personajes ya saben (e incluso la manera de alcanzar el clímax es fácil, sin realmente una labor detectivesca por parte del protagonista), pensamientos reiterativos (y no de una manera circular, sino la recuperación de información por miedo al olvido del lector), resoluciones de tramas vistas en mil libros, en fin, lo que se puede achacar a más de la mitad de la literatura. Se puede decir que está bien escrito, que parece haberse aprendido a la perfección el libreto de un taller de escritura, que la construcción del giro va escalando, que las subtramas familiares y románticas (pongámoslo entre comillas, porque la subtrama del hijo queda en nada y la romántica tampoco avanza) potencian y desarrollan al protagonista, pero no hay nada que salga del carril, nada que permita entrever una imaginación portentosa, nada que nos haga siquiera arquear una ceja. De lo poco que rescato es que no se preocupa tanto por explicar conceptos del derecho, y menos mal, porque hubiera sido enfangar la novela de manera injustificable. Por otro lado, quizás siento una influencia muy marcada respecto al lenguaje cinematográfico. Me daba la sensación, muchas veces, de que sus referencias eran películas más que libros (de hecho se citan puras películas en el libro), sobre todo de El Secreto de sus ojos, lo que empobrece la lectura.

Cierto es que en un policial sorprender es más complicado, pero justamente, si se elimina la intriga del culpable, uno espera un examen psicológico, no digo dostoievskiano, pero sí que revele varias capas de complejidad. Es una novela que se lee en busca de un entretenimiento rápido, sin que despierte algún tipo de pasión. Hay veces en las que tu pericia sobre ciertos campos de conocimiento no basta para construir una historia. Salir de la zona de confort, de las reglas de un género, también es necesario, aunque más no sea para ejecutar de manera impecable una trama de estas características.

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