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domingo, 6 de septiembre de 2026

Indio Solari: Recuerdos que mienten un poco

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: imprescindible para fans

Este es uno de los libros de mi vida. Lo compré apenas salió y lo he leído mil veces. Me lo sé de memoria, lo he admirado, luego peleado con algunas cosas y vuelto a admirar, y, si alguien me nombrara una pregunta a lo largo de las casi novecientas páginas, podría citar casi con exacta precisión la respuesta del Indio. Para que vean por dónde va la mano.

El Indio Solari es una figura gigantesca en Argentina. Su muerte, acontecida el 5 de julio de este año, se convirtió en un shock para al menos la mitad del país, y es probable que su funeral haya sido uno de los más convocantes de la historia. Es complicado, desde el puro desapego, analizar este libro y, sobre todo, a este ser humano de características únicas y que, en la balanza del bien y el mal, ha prácticamente cambiado la vida de muchas personas. Por eso este libro es la mejor forma de descubrir su personalidad y su música, tanto con la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota como su carrera solista.

Es también un libro de cultura general, no solo la (auto)biografía de un rockero y letrista excepcional (esto último equiparable a Spinetta, Cohen y Dylan y muy pocos más), por lo que se convierte en uno de los mejores libros sobre un músico y su vida que me he encontrado, en donde el rock funge como un mapa que linkea a vastos territorios. Por lo general la biografía consiste en un paneo de sus inicios, sus influencias y de un capítulo por cada álbum grabado más algunas polémicas seleccionadas de antemano y todos contentos. Algo de eso se encuentra acá, con la diferencia de que, en realidad, son puras entrevistas (o más bien una larga charla), y, lo mejor de todo, no hay apenas intervención del entrevistador (Marcelo Figueras, un escritor de vasta trayectoria y amigo personal del entrevistado, y del cual no puede evitar robarle varias frases y hasta actitudes), ya que las respuestas del Indio (seguramente con mucha edición) son verdaderas cátedras de cómo tener un discurso y pensamiento articulado. No es filosofía hegeliana o wittgensteiniana, pero la mayoría de sus respuestas encierran un nivel de sabiduría y experiencias de la vida, de influencias variopintas totalmente asimiladas, de reflexiones sobre hechos más o menos actuales, tanto de la política argentina (de la cual se sigue aplicando como si fuera ayer) como de lo ocurrido en la historia universal, de expresiones graciosas que uno termina apropiándose, de inevitables patinadas respecto a sus contradicciones, que uno, siendo ya fan del músico, termina enamorado de la persona, más allá de lo que se le pueda creer o descreer con respecto a Los Redondos, por ejemplo. Probablemente, y con esto no espero lograr ni un ápice de objetividad, es quien más se adecúa a mi propio pensamiento artístico, por su practicidad a la hora de desenvolverse en el mundo como por el idealismo (sosteniendo esa contradicción) en el que lo sustentaba o, al menos, esperaba insuflar en la sociedad, en el oyente.

Entonces, a través de un recorrido cronológico, vemos su infancia, su adolescencia, sus años de madurez en Brasil pintando y vendiendo cuadros y sintiéndose perdido en general. Luego la vuelta, la veta cinematográfica a desarrollar y cómo la necesidad de musicalizar las pelis termina derivando en el "caldo prebiótico" de lo que vendrían a ser Los Redondos, una especie de happening con monólogos, sucesos bizarros y, como un simple agregado, la música, que es la que terminará convocando a la multitud. De ahí, la historia de la banda, su separación, las conjeturas, los reproches, los silencios, las persecuciones políticas a su nombre, su carrera solista, sus recitales definitorios, el último de ellos, el de Olavarría, donde murieron dos personas (estuve ahí, y la marea de quinientas mil personas no se puede explicar en palabras) y quedó en el aire la sospecha de una opereta para ensuciarlo.

El Indio no se quita responsabilidades sobre lo correcto o incorrecto de sus actos. Hasta diría que Figueras lo quiere ensalzar varias veces y él se ocupa de bajarle de un hondazo la intención. Pero tampoco niega la necesidad de seguir su camino artístico por encima de todo, lo agradecido que está con su público, lo que le debe a su esposa e hijo, el amor por la pintura y la música, entre otras cosas. Cada tema deja sentado un mapa de referencias, del que podemos extraer nombres tan disímiles como Cohen, Alfred Jarry, Mailer, Steinbeck, Billie Holiday, etcétera, a la vez que profundiza en lo que vendrá luego de su vida, en esa terra incognita que es la muerte y de la cual esperaba llegar a ella como un jugador de póker con una buena mano. Más que detallar el libro, para quienes conozcan al personaje, aunque sea por arriba, insisto en esta lectura. Si uno entiende el poder del arte, de la cultura, entiende también cómo, de muchas maneras, este cantante tocó la vida de millones y la transformó en algo mejor. 


miércoles, 29 de julio de 2026

Martín Caparrós: Horror de Buenos Aires

Idioma original: español 
Año de publicación: 2024
Valoración: entre recomendable y está bien

Recién me enteré de su carácter de libro que forma parte de una serie con el mismo personaje cuando lo terminé. Es decir, esta novela es la segunda de Los tanguitos de Rivarola y, por lo visto, todas comparten la misma premisa: partir de lo policial para que el protagonista, Andrés Rivarola, un porteño cachivache que constantemente piensa en versos de tango (está ambientada en 1934) y a al vez analiza al mundo desde un costado muy exagerado, dramático (como todo tango) y que resuelve las investigaciones mediante una considerable dosis de suerte, lamentos, casualidades, relaciones surrealistas con los demás personajes, amores que son un sí pero a la vez no, ascensos en el diario donde trabajo según cómo sepa interpretar los pedidos y lecciones de su jefe, entre otras cosas.

Por suerte no hace falta haber leído el primero para entender la trama de este. Se mencionan particularidades anteriores (supongo que la relación intermitente que tiene con Raquel, de la que ni él cree ser merecedor de ese beneficio, viene del primer libro, lo mismo que la entrada al diario y la relación entre pipiolo/subordinado/chico para todo que tiene con su jefe Galuzzi, un tipo bastante práctico, que no tiene drama en desmontar cualquier idea berreta de su discípulo y al mismo tiempo de alentarla si considera que será un golpe de efecto para el diario) y algo del caso anterior, pero nada que nos imposibilite seguir esta historia.

Y esta es la de una prostituta (Dorita, de profesión, y polaquita de apodo) que un buen día deja de ir a trabajar al prostíbulo y nadie sabe por qué. Rivarola, en los primeros capítulos, la llega a conocer para una entrevista, pero no logra sacarle nada en claro debido a su reticencia, y por esa falta de datos se quedará obsesionado con el caso, más aún cuando se percata de que a nadie le importa la suerte de una prostituta. A partir de ahí emprende una travesía entrevistando a: 1) Proxenetas (entre mafiosos que al menos no pretenden ser otra cosa y mafiosos que se hacen pasar por nenes mimados); 2) amigos de Dorita (prostitutas, empleados de hoteles); 3) comisarios retirados, pero con hambre de gloria, que un día tratan bien a Rivarola y al otro lo desconocen. En cada una de las interacciones Rivarola demuestra una sorprendente inocencia a la hora de hacer las preguntas, más en un ambiente peligroso, y el lector constantemente se pregunta por qué un tipo así está de periodista y sobrevive en todas las ocasiones. Se le puede achacar a la suerte enorme, pero pienso que es tal lo inofensivo de su persona, lo volado en sus expresiones y sus preguntas sin filtros, que los demás personajes lo toman a la chacota y lo dejan ir con una palmadita. Por supuesto que varios de sus conocidos le dicen que se ponga las pilas, pero de ahí a hacerlo hay una Muralla China de distancia...Si no, esta historia no sería sobre un tanguero en permanente crisis existencia.

En fin, que Caparrós trabaja sobre ese tono entre bien argentino y lo clásico de cualquier novela policial. El problema es que a veces se pasa de mambo y utiliza demasiadas expresiones que terminan por restarle algo de dramatismo a la ocasión, como una película donde empiezan a putearse al mismo tiempo y están dos o tres minutos así sin que lleve a nada. Da la sensación de que midió mal su intento de lograr esa melancolía tanguera, y en algunos puntos la novela amenaza en convertirse chabacana. Supongo que la inocencia (en realidad es ingenuidad) irá redefiniéndose a medida que pasan los libros; en esta ocasión, se hace muy fuerte el contraste entre Rivarola y los bajos fondos, con resultados no muy verosímiles. Y la conclusión del caso, si bien es un giro algo original, no termina de justificarse porque no hubo una construcción previa, y me refiero más a la crítica o enfoque que realiza Caparrós sobre la comprensión de la sociedad sobre las prostitutas que a la identidad del asesino, que bien podría haber sido cualquiera. Pero es una novela que se lee rápido, que te hace sonreír unas cuantas veces y exasperarte con otras y en la que uno puede notar ese aire de Buenos Aires señorial e hipócrita al mismo tiempo.


Muchas reseñas de Caparrós acá

martes, 30 de junio de 2026

Tochoweek VI #2: Martín Caparrós y Eduardo Anguita: La voluntad: Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina (1966-1978)

Idioma original: español
Año de publicación: 1997-1998
Valoración: monumental

Uno elige lecturas de acuerdo a parámetros insólitos. En este caso, mi pensamiento fue así: estos cinco tomos hace mucho que los veo rondando en las librerías, tienen pintas de ser mamotretos áridos (cada uno ronda entre las quinientas y seiscientas páginas), pero como el tema me interesa, hagamos una prueba. Y me encontré con una crónica que bordea el thriller y el horror y una escritura que, a fuerza de contenerse para respetar los testimonios de los involucrados, y de no basar la historia en los datos puros, se desboca en los hechos narrados. Entonces, para tocholibros, tochoreseñas.

Esta crónica, como dice el título, abarca desde el año 1966 hasta 1978, años movidos en Argentina, como mínimo, años trágicos en su verdadera acepción de la palabra. años donde, subterráneamente, tanto en la calle como en los despachos, se construyeron ilusiones y se traicionaron principios de la forma más cruel. Caparrós y Anguita tomaron una gran decisión narrativa, artística e histórica a la hora de retratar estos años, la de evitar un paneo general (superficial) de la época, sino una serie de entrevistas a distintos actores, toda gente que estuvo involucrada realmente en el devenir político de la Argentina, y es por eso que no hay testimonios de grandes peces (por ejemplo Firmenich, líder de los Montoneros), lo que evita, por un lado, el juicio rápido que uno pueda llegar a tener acerca de esos tótems de la escena argentina, y, por el otro lado, asegura, por lo menos, una simpatía hacia las personas que aparecen. 

Dentro de la militancia revolucionaria de esos años, que surgiría primero como un sueño dorado (sustentado por las drogas, el hippismo, el rock y otras situaciones típicas) y (¿degeneraría?), (¿se volvería más práctica y, por ende, cruel?) terminaría en la guerrilla armada, el espectro político cubre el peronismo clásico, el peronismo revolucionario, el socialismo y el comunismo. Cada vertiente se ve representada por diversas personas que van recorriendo los cinco tomos, por lo que podemos leer estas historias como una novela, con sus desarrollos de personaje, sus dudas, sus puntos de quiebre, sus valentías y cobardías y tantos otros factores humanos.

El primer tomo, que se llama El valor del cambio, cubre de 1966 (iniciando con el golpe de Estado a Illia por parte de Onganía) y termina con el Cordobazo de 1969. Es, seguramente, el tomo más difícil de entrarle, porque la estructura es algo insólita (la interrupción de las historias de un párrafo al otro, la profusión de datos técnicos en dos páginas y luego otras dos páginas de diálogos propias de la ficción) y el tono se esfuerza en ser neutro todo el tiempo. En realidad es de admirar que Caparrós y Anguita, siendo partícipes de vez en cuando de la época que están cubriendo, no hayan tenido el afán de insertarse en alguna escena a pesar de poseer méritos para ello. Como tal, apenas aparecen un par de veces a lo largo de tres mil quinientas páginas, por lo que no se les puede acusar de un exceso de protagonismo ni nada por el estilo. A la vez, mientras el capítulo se explaya, de vez en cuando nos cuentan qué ocurría en las demás latitudes del mundo, como para ponernos en contexto y ver la trama de las relaciones a un nivel mundial, para darse cuenta de que nada fue casualidad.

El primer tomo sirve de entrada a todos los personajes. Tenemos, por ejemplo (y quizás, dentro de lo coral de la crónica, uno de los grandes protagonistas), a ese colosal representante del peronismo, Cacho El Kadri, un tipo que es imposible que no despierte simpatía al lector, por lo humano, lo sincero y cálido de sus relaciones, sus dudas constantes, lo mal que la pasa todo el tiempo (encerrado, torturado, exiliado) y su valentía a pesar de todo. No ha sido muy reconocido en nuestra historia y es una gran pena. Otro ejemplo es Graciela Daleo, que empieza como una chica de dieciséis años, con todo lo que conlleva, y va atestiguando la conversión de sus sueños (de la volanteada de sus reclamos a pertenecer, con nombre de guerra y todo, a los Montoneros) a un frente de violencia, paranoia y dolor. Podría detallar a cada personaje (algunos siguen vivos en la actualidad), pero creo que es mejor descubrirlo por cuenta propia, ver cómo, en cualquier ámbito, ya sea en lo legal, en lo universitario, en lo laboral, etcétera, contribuía a cierto ideal hacia un mundo mejor, más allá de las diferencias claves (y que, muchas veces, terminaron siendo el desencadenante de una tragedia).

El segundo tomo se titula El cielo por asalto. Para un gran título corresponde un gran tomo, el mejor de los cinco. Es acá donde Caparrós y Anguita se desatan y empiezan a tejer las vidas de los que aparecen, de encadenar relato por relato con una precisión que asusta, cómo las piezas van encajando en ese mosaico de la historia argentina, entendiendo, de repente, por qué las cosas ocurrieron de esa manera. Es también, y esto es muy importante para el tono que se establece en los demás tomso, el libro más épico. Hay literalmente un rescate en la cárcel de Rawson y una huida por avión hacia Chile, donde gobernaba Allende en su momento y podían esperar una recibida amable. A lo largo de esta crónica hay latente un componente de majestuosidad, de creer que, aunque las cosas se recrudecieran, si uno ponía el cuerpo y la voluntad se podían mejorar las cosas, se podía salvar al otro, se podían arruinar los planes de los asesinos en los altos cargos, parafraseando a Cohen. Pero también, latente, se empieza a entrever la traición de Perón. El ochenta por ciento de los personajes, más o menos, trabaja por y para la vuelta de Perón, y las respuestas de este último, las medidas que toma, la demora, la ausencia incluso, permite intuir que nada será un campo de rosas, y uno se da cuenta (empieza a darse cuenta) de que no quiere que a estos personajes les pase algo, no quiere ir a Google para ver qué fue de sus vidas (como hice yo, un trago amargo que no aconsejo), porque a partir de este punto es que los militares empiezan a asesinar indiscriminadamente, sin juicio previo, tanto en cárceles como secuestrando gente. 

Pero todavía no está la sensación de ambiente en la derrota, y de hecho la presión hace que el gobierno de Onganía se debilite y pase primero por Levingston y luego por Lanusse, que terminará llegando a un arreglo para la rehabilitación del peronismo como partido y la asunción de Cámpora como resultado de ello. Así llegamos al tercer tomo, La patria socialista, que cubre desde 1973 hasta 1974 con la muerte de Perón. Se podría decir que es la parte más triste de todas; al menos es donde a uno le agarra profundo asco al ver cómo se ven pisoteados los sueños de la juventud. El culmen de este desagravio se ve representado en dos momentos: la masacre de Ezeiza, con la disputa entre el peronismo de izquierda y el peronismo de derecha, y sin que nadie hiciera nada por evitarlo, y la participación de uno de los personajes más turbios de nuestra historia, José López Rega (no tienen más que mirar su foto para que les entre un escalofrío), gran responsable (pero no del todo: demasiado lúcido era Perón para esas cosas) del aumento de la violencia, con la formación de la Triple A para perseguir a sus mismos compañeros ideológicos, incluso gente como Julio Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de León Suárez (es decir, Operación Masacre...) y asesinado por un gobierno que defendía. Nada más triste que eso.

La muerte de Perón es apenas un epitafio anunciado en el tomo 4, La patria peronista: al dolor de la despedida, al dolor de alguien que irrevocablemente cambió el destino de muchos, llega la oscuridad, la desidia, la moral profanada, la desconfianza entre grupos, el paso renovado hacia la clandestinidad de los movimientos armados (Montoneros, ERP, FAR, FAP y mil divisiones más que demuestran que ya no hay lugar para los debates interminables, no hay lugar para el todos somos hermanos y all you need is love; se empieza a estilar el o sos vos o soy yo, los sindicatos vuelven a lavarse las manos en muchas ocasiones, arranca la (des)valorización financiera y la podredumbre económica y empiezan a morir, como puñaladas en el corazón, personajes que uno ya internalizó y hasta admiró, como Agustín Tosco, baluartes inamovibles de sus principios. También es cierto que es el libro más complicado de leer y en algunas partes se pone árido, espeso, no tanto por lo emocional, sino por el estancamiento de los personajes, producto mismo de la época que transitan. Nadie es capaz de moverse, nadie es capaz de encontrar respuesta a lo ocurrido, nadie dilucida qué tiene que hacer, si seguir resistiendo o irse del país, y pareciera que la única resistencia la ofrecen los grupos más o menos armados y jerarquizados (en demasía, en una cerrazón ideológica y moral que los termina por deshumanizar y emprender acciones aún más delirantes).

Y llegamos al último tomo, La caída. Desde entrada el título lo anuncia. También es donde uno se da cuenta (o al menos yo, porque lo leí más como una novela que como un ensayo cargado de subjetividad por parte de los autores y, por ende, de ideas preconcebidas por mi parte) que el título de los cinco tomos es certero, Se trata de la voluntad de un grupo de gente que peleó y fracasó. Esa voluntad se ve aplastada desde todos los frentes (hasta el día de hoy se sigue viendo aplastada). No solo asume la dictadura más sangrienta, sino que estos dos años que cubre (1976-1978) son de una crueldad arrolladora. Todos los días ocurre una desaparición, un asesinato, se esparcen los rumores (algo habrán hecho, dirán algunos, es imposible que pase eso, dirán otros) de las torturas más sádicas, mueren personajes a mansalva, personajes que uno conocía desde el primer tomo, y cada uno de ellos duele, es un shock, incluso cuando ya se conoce la historia. El tono es desolador. Aunque Caparrós y Anguita mantengan lo aséptico de la narración, la depresión se cuela por las venas narrativas, y poco a poco vemos a los personajes aceptar sus derrotas, llorarlas, intentar escaparse por todas las vías del país o kamikazearse la vida y quedarse por la pertenencia, por el sentido del deber, incluso cuando al día siguiente mueran. Entonces el título se revela luminoso. Es verdaderamente una historia de la militancia revolucionaria, porque difícilmente, luego de ese período, se volvió a ver una aglomeración de personas excepcionales trabajando en pos de un mundo mejor (todo esto sin olvidar los signos de cada época: la esperanza alfonsinista, la murga farsesca de Menem). El final del tomo incluye entrevistas a los sobrevivientes de esos años (bosquejos, en realidad, de lo que les significó la militancia en su vida); dejo a los futuros lectores las conclusiones que se puedan sacar a raíz de sus voces.

He hecho un recorrido por los cinco libros. Se puede hablar de muchas cosas. La ternura de los cánticos revolucionarios, dichos casi siempre en el momento menos oportuno (y mucho de ellos se te pegan sin querer), el recorrido vital de los personajes, los diálogos, típicamente argentinos pero vivos como en la mejor ficción, escenas de acción, de asesinatos, de persecuciones, de paranoias y esperanzas, de operativos imposibles, de debates interminables donde la línea del partido se aclara por quincuagésima vez y de grandes proclamas. De la recurrente aparición de gente histórica, como Rodolfo Walsh, al que lo seguimos en ese registro periodístico inmortal, más incisivo que una bomba atómica, o de un jovencito Menem, que ya presagiaba su personalidad presidencial, de escritores como Puig, Borges, Cortázar, todos opinando de lo que ocurría, y todo esto sirve para verlos como personas que realmente existieron y no solo en sus papeles, lo que le otorga a los volúmenes una irrevocable sensación de nostalgia y cercanía por los conocidos.

Se acaba exhausto de la lectura, pero con la sensación de haber aprehendido, de forma significativa, una porción de la historia argentina, que visto desde lejos son apenas doce años, pero fueron el universo entero para un puñado de gente. Se acaba perteneciendo a una familia, con todo lo que conlleva, admiración, enojos hacia las decisiones y pensamientos, asco por las traiciones, alegría por los que lo siguieron intentando, y al final, luego de todo esto, una profunda melancolía. Melancolía no por el pasado, pues es un pasado teñido de sangre, pero sí por las actitudes, las creencias, valores que parecen novedad en este mundo inhóspito. Se puede discutir si tenían razón. Se puede discutir si no eran más que un puñado de imberbes que creyeron que enfrentarse al poder eran pan comido. Se puede discutir si no se mandaron calamidades y empezaron a creer que la milicia armada era la respuesta a todo, sin ver a largo plazo en un determinado contexto, sin pensar en la reacción de la sociedad argentina, sin hacer caso a otro camino. También se puede discutir si realmente había otra manera, si ante toda la desesperación y sadismo uno podía creer que no había forma de escapar, y esa desesperación impulsaba a las pésimas decisiones dentro de un grupo y a combatir a un monstruo mucho peor convirtiéndose en uno. Habrá frases, párrafos, capítulos, personajes, que a muchos les parezcan deleznables de acuerdo a su historia personal, y habrá frases de esta reseña por las que me ligaré alguna bronca. Ni Caparrós o Anguita pretenden responder a esos debates (y en eso reside la grandeza de esta crónica), solo exponer los hechos de lo que fue una batalla por los ideales, una batalla por la interpretación (errónea a veces, llena de bondad en su mayoría) de ciertas ideas y el abandono y la traición de muchas otras. 

Más de Caparrós acá

jueves, 5 de febrero de 2026

Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López: El Eternauta

Idioma original: español
Año de publicación: 1957-1959 por entregas en Hora Cero Semanal
Valoración: muy recomendable 

Hablando con mi estimado Oriol me di cuenta de que El Eternauta aún no estaba reseñado. Primero pensé en la locura que suponía eso, luego presupuse cierta integridad de no querer reseñarla luego de la popularidad inmediata y mundial que tuvo la serie, y por último pensé: "bue, tocará que el argentino del grupo reseñe las obras de su país". Por suerte, soy un tipo puramente objetivo, que jamás incurre en lo banal ni en lo puntilloso y todas esas monsergas.

Voy avisando, de antemano, que no tengo ni idea de dibujo, por lo que no podré comentar, como hacen mis demás compañeros, la calidad de los trazos de Solano López ni su estilo opresivo. Lo único que puedo mencionar es que esa aura de guerra fría (y a la vez el inicio del desarrollismo en Argentina), donde todo se veía apagado y reticente, se logra perfectamente en la historieta. Muchas veces los personajes o monstruos no están del todo bien definidos (la contraposición entre blanco y negro, sobre todo considerando que gran parte de la historia transcurre en la noche y bajo un manto de "nieve" tóxica, ayuda lo suyo) y sin embargo, con pocos trazos, se reconoce a cada uno de ellos. Realmente da esa sensación de que, en el desconocimiento, somos todos extraños, pero apenas nos identificamos con unos mínimos rasgos las caras se vuelven humanas. Por ejemplo, el protagonista, Juan Salvo, pareciera cambiar constantemente de estructura facial, y aún así permanece como el mismo. En cambio, el que vendría a ser el Sancho Panza de esta historia, Favalli, un físico sumamente lógico y encargado de que no se mueran los personajes en cada panel, tiene un dibujo sólido, casi como el único vestigio de la racionalidad. Es difícil de explicar, pero ese trazo que envejece a los personajes funciona muy bien en la historia: cada paso que dan son mil años de estrés y miedo no solo hacia la invasión, sino al otro humano, al que se supone que te tiene que dar la mano. Por otro lado, cuando la esperanza refresca las caras, el cambio es abrupto; la más mínima sonrisa, aunque sea de resignación, nos trasmite todo lo bueno que podemos dejar en este mundo. No pondré paneles para no arruinar la historia, porque considero que vale mucho la pena, pero dejo uno cerca del principio como muestra:

La historia en sí arranca a finales de los años cincuenta en Vicente López, perteneciente al Gran Buenos Aires. Salvo, Favalli y un par de amigos más se encuentran jugando truco cuando de repente se corta la luz y se ve, en el exterior, una tormenta de nieve que demostrará ser mortal al instante, pues las ventanas de los vecinos se abren y la sustancia los mata con el mínimo roce. A partir de ahí surgen las preguntas lógicas: cómo llegó, quién más queda aparte del grupo, cómo pertrecharse y sobrevivir, etc. Fabrican los icónicos trajes que aíslan la piel y salen en búsqueda de recursos y personas.

Luego de constatar que hay sobrevivientes y que no todos son buena onda (magistral Favalli exponiendo la idea de que cada uno se cuida solo como puede, lo que genera una incomodidad patente ante el hecho de prepararse para matar a tus vecinos), se descubre, mediante trasmisión de radio, que el ejército está reuniendo a los que escaparon de la nieve para reacomodarse. Cuando se reúnen y empiezan a discutir el origen de la nieve, se cruzan con una especie de bichos (Los Cascarudos) que manejan cañones láseres muy efectivos, por lo que rápidamente se da la primera batalla, resultando vencedor el bando humano. Esto genera un sentimiento de superioridad no compartido por Salvo y Favalli, que creen que los bichos son apenas la primera línea de fuego. A esa dupla se le suma Pablo, un nene de once, doce años, que se anima a enfrentar lo que ocurre, y Franco, un joven dispuesto a todo y con una valentía superadora; siempre sabe qué hacer, no pierde la cabeza y se le ocurren las soluciones más ingeniosas para escapar de situaciones límites.

A partir de ahí la trama se acelera y mejora: hay una consecución de ataques por parte de los invasores, que deja en evidencia la escasez de los recursos militares de los humanos, y una serie de escenas épicas: la batalla en la cancha de River, la aparición de Los Manos, la especie que lidera a los bichos y se muestra dotada de una inteligencia y propósito superior, de quien nosotros pensamos que son los villanos para terminar descubriendo, mediante un monólogo sobrecogedor por parte de uno de ellos (que es lo que empieza a distinguir la obra como algo genuino) que los verdaderos invasores son Los Ellos. Ese monólogo justifica por sí el libro. Es de una potencia sublime en términos argumentales como emocionales. Contiene tanta tristeza en los cambios de los rasgos de El Mano y en sus palabras que inmediatamente sentimos empatía por quien era el peligro hasta hace un momento. Una de las fortalezas de El Eternauta es que jamás se describe ni se revela el aspecto de Los Ellos, jamás los vemos hablar o tomar una acción indirectamente, y sin embargo, el terror que ocasionan a las especies subordinadas es suficiente para que al lector lo invada la misma sensación.

La historieta trasmite muy bien ese sentimiento de desolación, de pérdida de solidaridad entre los humanos cuando las cosas se ven imposibles de enfrentar y a la vez del arrojo, valentía y bondad que alcanza nuestra especie si tenemos alguien a quien apoyar y proteger. Las reflexiones de Salvo, ante la acción de cada personaje en un momento crítico, barnizan la necesidad de seguir resistiendo. La idea del héroe común, muy señalada (incluso entronizada) por todos los críticos (aunque no es novedosa; El señor de los anillos parte de la misma idea), es efectiva, ya que Salvo no tiene habilidades especiales, más allá de cierta integridad que lo hace dar siempre un paso al frente, pero en cada panel su destino se salva por la fuerza y la protección de otros personajes más capacitados. La desolación mencionada se aligera de vez en cuando por la ironía de los personajes, muy nuestra, ante cada proposición ilógica o simplemente exhibida por las ganas de romper las bolas un rato. Por otro lado, también está marcada la presencia del invasor, que en Argentina/América Latina es un concepto muy presente debido a las distintas intervenciones ideológicas/económicas/armadas cada vez que algo se corría del patrón. Oesterheld lo encara por el lado de que buscan mano de obra para convertirlos en Hombres-Robot y mandarlos a trabajas a las inframinas de su planeta. Los Ellos funcionan como ese ente indefinible, dueño de un poder difícil de contrarrestar, y no es sorprendente que Oesterheld haya cambiado la idea (e incluso de estilo gráfico) de El Eternauta a lo largo de la historia (real); en la nueva versión de la década de los 60, las potencias entregan a América del Sur a los invasores para salvarse (aunque prefiero la idea original, la de un remoto país que tiene que hacerse cargo de la salvación de la humanidad, sobre todo porque la abstracción de Los Ellos funciona incluso mejor ahora, donde hay muchas trampas dispuestas y la mano de quien las coloca se difumina).
 
Lo que me impide darle un imprescindible (aunque en términos históricos lo sea) es el principio y final de la historieta. En las primeras páginas aparece el Eternauta frente a Oesterheld, y en una jugada metaliteraria (que se refuerza con la aparición de Mosca, un historiador medio cobarde, medio alocado, que registra todo para contarlo en un futuro), le relata la historia que se narra a lo largo del libro. El problema es que la elección del narrador (en primera persona) elimina toda sorpresa de quién será el Eternauta. Entiendo que muchos también se dieron cuenta (es imposible no hacerlo) y que la curiosidad pasaba por ver cómo se había convertido en el Eternauta, pero esa cuestión se entronca con el problema del final, un final algo dudoso en términos de conveniencia. No lo voy a explicitar, pero que al Eternauta le suceda lo que le sucede en las últimas páginas, y que se convierta en un ciclo sin fin (o no, se sugiere una posible acción) da cuenta de un terror infinito, es cierto, pero también resta muchísimo a la potencia y desesperación de las escenas finales. Me recuerdo leyéndolo emocionado y bajonéandome ante la resolución. Pareciera que Oesterheld no se animó a ir al fondo con la historia (o no quiso que la desolación fuera total) y termina utilizando conceptos, muy novedosos para la época, como la cuestión de los múltiples universos, que deshilvanan la emoción de la historia. Pero es de las pocas apreciaciones con las que me siento inseguro, porque entiendo lo que quiso hacer y es una lástima que no me causara el efecto deseado. De todas maneras, es una historieta clave en la ficción argentina y propulsora de la ciencia ficción latinoamericana, con ideas relevantes para el momento, muchas de ellas planteadas anteriormente por encima, y, sobre todo, con una calidez humana hacia el grupo que acompañamos que hace que la leamos con el miedo a que termine y se acabe una gran historia.

La edición que leí pertenece a una colección de la Biblioteca Clarín. Prefiero mil veces la portada de las nuevas ediciones, más elegante y contenida (aunque la mirada toda pixelada de Juan Salvo de mi ejemplar me perturba un poco), pero el formato libro de esta colección gana mucho respecto a la horizontalidad de leerlo como historieta. Lo malo es que tiene una letra tan diminuta que te revienta la cabeza en varias ocasiones por la ingente cantidad de bloques de texto con muchos diálogos y reflexiones.