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martes, 30 de junio de 2026

Tochoweek VI #2: Martín Caparrós y Eduardo Anguita: La voluntad: Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina (1966-1978)

Idioma original: español
Año de publicación: 1997-1998
Valoración: monumental

Uno elige lecturas de acuerdo a parámetros insólitos. En este caso, mi pensamiento fue así: estos cinco tomos hace mucho que los veo rondando en las librerías, tienen pintas de ser mamotretos áridos (cada uno ronda entre las quinientas y seiscientas páginas), pero como el tema me interesa, hagamos una prueba. Y me encontré con una crónica que bordea el thriller y el horror y una escritura que, a fuerza de contenerse para respetar los testimonios de los involucrados, y de no basar la historia en los datos puros, se desboca en los hechos narrados. Entonces, para tocholibros, tochoreseñas.

Esta crónica, como dice el título, abarca desde el año 1966 hasta 1978, años movidos en Argentina, como mínimo, años trágicos en su verdadera acepción de la palabra. años donde, subterráneamente, tanto en la calle como en los despachos, se construyeron ilusiones y se traicionaron principios de la forma más cruel. Caparrós y Anguita tomaron una gran decisión narrativa, artística e histórica a la hora de retratar estos años, la de evitar un paneo general (superficial) de la época, sino una serie de entrevistas a distintos actores, toda gente que estuvo involucrada realmente en el devenir político de la Argentina, y es por eso que no hay testimonios de grandes peces (por ejemplo Firmenich, líder de los Montoneros), lo que evita, por un lado, el juicio rápido que uno pueda llegar a tener acerca de esos tótems de la escena argentina, y, por el otro lado, asegura, por lo menos, una simpatía hacia las personas que aparecen. 

Dentro de la militancia revolucionaria de esos años, que surgiría primero como un sueño dorado (sustentado por las drogas, el hippismo, el rock y otras situaciones típicas) y (¿degeneraría?), (¿se volvería más práctica y, por ende, cruel?) terminaría en la guerrilla armada, el espectro político cubre el peronismo clásico, el peronismo revolucionario, el socialismo y el comunismo. Cada vertiente se ve representada por diversas personas que van recorriendo los cinco tomos, por lo que podemos leer estas historias como una novela, con sus desarrollos de personaje, sus dudas, sus puntos de quiebre, sus valentías y cobardías y tantos otros factores humanos.

El primer tomo, que se llama El valor del cambio, cubre de 1966 (iniciando con el golpe de Estado a Illia por parte de Onganía) y termina con el Cordobazo de 1969. Es, seguramente, el tomo más difícil de entrarle, porque la estructura es algo insólita (la interrupción de las historias de un párrafo al otro, la profusión de datos técnicos en dos páginas y luego otras dos páginas de diálogos propias de la ficción) y el tono se esfuerza en ser neutro todo el tiempo. En realidad es de admirar que Caparrós y Anguita, siendo partícipes de vez en cuando de la época que están cubriendo, no hayan tenido el afán de insertarse en alguna escena a pesar de poseer méritos para ello. Como tal, apenas aparecen un par de veces a lo largo de tres mil quinientas páginas, por lo que no se les puede acusar de un exceso de protagonismo ni nada por el estilo. A la vez, mientras el capítulo se explaya, de vez en cuando nos cuentan qué ocurría en las demás latitudes del mundo, como para ponernos en contexto y ver la trama de las relaciones a un nivel mundial, para darse cuenta de que nada fue casualidad.

El primer tomo sirve de entrada a todos los personajes. Tenemos, por ejemplo (y quizás, dentro de lo coral de la crónica, uno de los grandes protagonistas), a ese colosal representante del peronismo, Cacho El Kadri, un tipo que es imposible que no despierte simpatía al lector, por lo humano, lo sincero y cálido de sus relaciones, sus dudas constantes, lo mal que la pasa todo el tiempo (encerrado, torturado, exiliado) y su valentía a pesar de todo. No ha sido muy reconocido en nuestra historia y es una gran pena. Otro ejemplo es Graciela Daleo, que empieza como una chica de dieciséis años, con todo lo que conlleva, y va atestiguando la conversión de sus sueños (de la volanteada de sus reclamos a pertenecer, con nombre de guerra y todo, a los Montoneros) a un frente de violencia, paranoia y dolor. Podría detallar a cada personaje (algunos siguen vivos en la actualidad), pero creo que es mejor descubrirlo por cuenta propia, ver cómo, en cualquier ámbito, ya sea en lo legal, en lo universitario, en lo laboral, etcétera, contribuía a cierto ideal hacia un mundo mejor, más allá de las diferencias claves (y que, muchas veces, terminaron siendo el desencadenante de una tragedia).

El segundo tomo se titula El cielo por asalto. Para un gran título corresponde un gran tomo, el mejor de los cinco. Es acá donde Caparrós y Anguita se desatan y empiezan a tejer las vidas de los que aparecen, de encadenar relato por relato con una precisión que asusta, cómo las piezas van encajando en ese mosaico de la historia argentina, entendiendo, de repente, por qué las cosas ocurrieron de esa manera. Es también, y esto es muy importante para el tono que se establece en los demás tomso, el libro más épico. Hay literalmente un rescate en la cárcel de Rawson y una huida por avión hacia Chile, donde gobernaba Allende en su momento y podían esperar una recibida amable. A lo largo de esta crónica hay latente un componente de majestuosidad, de creer que, aunque las cosas se recrudecieran, si uno ponía el cuerpo y la voluntad se podían mejorar las cosas, se podía salvar al otro, se podían arruinar los planes de los asesinos en los altos cargos, parafraseando a Cohen. Pero también, latente, se empieza a entrever la traición de Perón. El ochenta por ciento de los personajes, más o menos, trabaja por y para la vuelta de Perón, y las respuestas de este último, las medidas que toma, la demora, la ausencia incluso, permite intuir que nada será un campo de rosas, y uno se da cuenta (empieza a darse cuenta) de que no quiere que a estos personajes les pase algo, no quiere ir a Google para ver qué fue de sus vidas (como hice yo, un trago amargo que no aconsejo), porque a partir de este punto es que los militares empiezan a asesinar indiscriminadamente, sin juicio previo, tanto en cárceles como secuestrando gente. 

Pero todavía no está la sensación de ambiente en la derrota, y de hecho la presión hace que el gobierno de Onganía se debilite y pase primero por Levingston y luego por Lanusse, que terminará llegando a un arreglo para la rehabilitación del peronismo como partido y la asunción de Cámpora como resultado de ello. Así llegamos al tercer tomo, La patria socialista, que cubre desde 1973 hasta 1974 con la muerte de Perón. Se podría decir que es la parte más triste de todas; al menos es donde a uno le agarra profundo asco al ver cómo se ven pisoteados los sueños de la juventud. El culmen de este desagravio se ve representado en dos momentos: la masacre de Ezeiza, con la disputa entre el peronismo de izquierda y el peronismo de derecha, y sin que nadie hiciera nada por evitarlo, y la participación de uno de los personajes más turbios de nuestra historia, José López Rega (no tienen más que mirar su foto para que les entre un escalofrío), gran responsable (pero no del todo: demasiado lúcido era Perón para esas cosas) del aumento de la violencia, con la formación de la Triple A para perseguir a sus mismos compañeros ideológicos, incluso gente como Julio Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de León Suárez (es decir, Operación Masacre...) y asesinado por un gobierno que defendía. Nada más triste que eso.

La muerte de Perón es apenas un epitafio anunciado en el tomo 4, La patria peronista: al dolor de la despedida, al dolor de alguien que irrevocablemente cambió el destino de muchos, llega la oscuridad, la desidia, la moral profanada, la desconfianza entre grupos, el paso renovado hacia la clandestinidad de los movimientos armados (Montoneros, ERP, FAR, FAP y mil divisiones más que demuestran que ya no hay lugar para los debates interminables, no hay lugar para el todos somos hermanos y all you need is love; se empieza a estilar el o sos vos o soy yo, los sindicatos vuelven a lavarse las manos en muchas ocasiones, arranca la (des)valorización financiera y la podredumbre económica y empiezan a morir, como puñaladas en el corazón, personajes que uno ya internalizó y hasta admiró, como Agustín Tosco, baluartes inamovibles de sus principios. También es cierto que es el libro más complicado de leer y en algunas partes se pone árido, espeso, no tanto por lo emocional, sino por el estancamiento de los personajes, producto mismo de la época que transitan. Nadie es capaz de moverse, nadie es capaz de encontrar respuesta a lo ocurrido, nadie dilucida qué tiene que hacer, si seguir resistiendo o irse del país, y pareciera que la única resistencia la ofrecen los grupos más o menos armados y jerarquizados (en demasía, en una cerrazón ideológica y moral que los termina por deshumanizar y emprender acciones aún más delirantes).

Y llegamos al último tomo, La caída. Desde entrada el título lo anuncia. También es donde uno se da cuenta (o al menos yo, porque lo leí más como una novela que como un ensayo cargado de subjetividad por parte de los autores y, por ende, de ideas preconcebidas por mi parte) que el título de los cinco tomos es certero, Se trata de la voluntad de un grupo de gente que peleó y fracasó. Esa voluntad se ve aplastada desde todos los frentes (hasta el día de hoy se sigue viendo aplastada). No solo asume la dictadura más sangrienta, sino que estos dos años que cubre (1976-1978) son de una crueldad arrolladora. Todos los días ocurre una desaparición, un asesinato, se esparcen los rumores (algo habrán hecho, dirán algunos, es imposible que pase eso, dirán otros) de las torturas más sádicas, mueren personajes a mansalva, personajes que uno conocía desde el primer tomo, y cada uno de ellos duele, es un shock, incluso cuando ya se conoce la historia. El tono es desolador. Aunque Caparrós y Anguita mantengan lo aséptico de la narración, la depresión se cuela por las venas narrativas, y poco a poco vemos a los personajes aceptar sus derrotas, llorarlas, intentar escaparse por todas las vías del país o kamikazearse la vida y quedarse por la pertenencia, por el sentido del deber, incluso cuando al día siguiente mueran. Entonces el título se revela luminoso. Es verdaderamente una historia de la militancia revolucionaria, porque difícilmente, luego de ese período, se volvió a ver una aglomeración de personas excepcionales trabajando en pos de un mundo mejor (todo esto sin olvidar los signos de cada época: la esperanza alfonsinista, la murga farsesca de Menem). El final del tomo incluye entrevistas a los sobrevivientes de esos años (bosquejos, en realidad, de lo que les significó la militancia en su vida); dejo a los futuros lectores las conclusiones que se puedan sacar a raíz de sus voces.

He hecho un recorrido por los cinco libros. Se puede hablar de muchas cosas. La ternura de los cánticos revolucionarios, dichos casi siempre en el momento menos oportuno (y mucho de ellos se te pegan sin querer), el recorrido vital de los personajes, los diálogos, típicamente argentinos pero vivos como en la mejor ficción, escenas de acción, de asesinatos, de persecuciones, de paranoias y esperanzas, de operativos imposibles, de debates interminables donde la línea del partido se aclara por quincuagésima vez y de grandes proclamas. De la recurrente aparición de gente histórica, como Rodolfo Walsh, al que lo seguimos en ese registro periodístico inmortal, más incisivo que una bomba atómica, o de un jovencito Menem, que ya presagiaba su personalidad presidencial, de escritores como Puig, Borges, Cortázar, todos opinando de lo que ocurría, y todo esto sirve para verlos como personas que realmente existieron y no solo en sus papeles, lo que le otorga a los volúmenes una irrevocable sensación de nostalgia y cercanía por los conocidos.

Se acaba exhausto de la lectura, pero con la sensación de haber aprehendido, de forma significativa, una porción de la historia argentina, que visto desde lejos son apenas doce años, pero fueron el universo entero para un puñado de gente. Se acaba perteneciendo a una familia, con todo lo que conlleva, admiración, enojos hacia las decisiones y pensamientos, asco por las traiciones, alegría por los que lo siguieron intentando, y al final, luego de todo esto, una profunda melancolía. Melancolía no por el pasado, pues es un pasado teñido de sangre, pero sí por las actitudes, las creencias, valores que parecen novedad en este mundo inhóspito. Se puede discutir si tenían razón. Se puede discutir si no eran más que un puñado de imberbes que creyeron que enfrentarse al poder eran pan comido. Se puede discutir si no se mandaron calamidades y empezaron a creer que la milicia armada era la respuesta a todo, sin ver a largo plazo en un determinado contexto, sin pensar en la reacción de la sociedad argentina, sin hacer caso a otro camino. También se puede discutir si realmente había otra manera, si ante toda la desesperación y sadismo uno podía creer que no había forma de escapar, y esa desesperación impulsaba a las pésimas decisiones dentro de un grupo y a combatir a un monstruo mucho peor convirtiéndose en uno. Habrá frases, párrafos, capítulos, personajes, que a muchos les parezcan deleznables de acuerdo a su historia personal, y habrá frases de esta reseña por las que me ligaré alguna bronca. Ni Caparrós o Anguita pretenden responder a esos debates (y en eso reside la grandeza de esta crónica), solo exponer los hechos de lo que fue una batalla por los ideales, una batalla por la interpretación (errónea a veces, llena de bondad en su mayoría) de ciertas ideas y el abandono y la traición de muchas otras. 

Más de Caparrós acá

viernes, 12 de junio de 2026

Rodolfo Walsh: ¿Quién mató a Rosendo?

Idioma original: español
Año de publicación: 1969
Valoración: recomendable alto

Hay, por supuesto, una correlación entre Operación Masacre y este libro. Los dos son investigaciones periodísticas políticas de alto calibre: nos debemos al perfeccionismo y compromiso de Walsh a la hora de develar lo ocurrido en una escena, tratando de que ningún elemento escapara al ojo del lector. No descubro nada con esto, pero viene bien para ponernos en contexto.

¿Quién mató a Rosendo? es el anudamiento de la trama que se desata cuando en La Real, una confitería de Avellaneda, un dirigente de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica, adherida a la Confederación General del Trabajo, la organización sindical más importante de Argentina), justamente Rosendo García, es baleado en un tiroteo entre dos bandos pertenecientes al peronismo: por un lado los vandoristas (su representante, Vandor, es una de las figuras centrales de este libro y participante activo del tiroteo), que pregonan un peronismo sin Perón (en ese momento exiliado a raíz de la proscripción y mil cosas más), es decir, dejar la conducción del movimiento en manos locales; por otro lado, el bando leal a la figura del líder, que apoyan su vuelta directa sin intermediarios.

Requeriría bastante tiempo explicar los tejemanejes de la interna peronista, pero por suerte Walsh no se detiene en esas cuestiones. Lo que a él le interesa es diseccionar un momento, una anécdota dentro de la situación general (otro golpe de Estado), tal como él la cataloga en el epílogo, para averiguar por qué los sindicatos han dejado de contar con la confianza de los obreros. Para ello, cita todos los datos habidos y por haber de la cantidad de afiliados a los sindicatos a lo largo de los años, haciendo hincapié en cómo disminuye cuando los sindicatos empiezan a arreglar la duración de los paros y qué puntos de las condiciones de los trabajadores se van a tocar, ignorando los despidos masivos por la militancia peronista y lavándose las manos en muchos de los casos más graves.

A raíz del tiroteo de La Real es que el grupo de Vandor empieza a tambalear, ya que hay una gran confusión acerca de quién pudo haber matado a Rosendo. Primero, con la prensa a favor, se echa el muerto al otro grupo, pero en la pericia balística (y Walsh dibuja un croquis muy preciso de la ubicación de cada integrante en la confitería) se determina que la bala salió de la mesa vandorista. Allí entra en juego la manipulación judicial, ralentizando la investigación y cometiendo errores inverosímiles para un juez, como no interrogar a los testigos la cantidad de participantes, las armas que llevaban, entre otras cosas.

Esa investigación, que se retrasa tres años, Walsh la resuelve en apenas un mes. Establece un sistema para determinar la dirección de la bala a raíz de los legajos, consigue entrevistas con gente arrepentida de trabajar con Vandor, y hace una hipótesis que (y no es muy sutil) señala de responsable directo a Vandor. Uno diría bueno, pero pasaron años del suceso, y un solo libro no cambia nada: sí, pero ese libro primero se publicó como varias notas en un semanario de la CGTA, y por lo tanto los obreros las leían enteritas e iban siguiendo el caso como una novela policial, género que Walsh conocía muy bien, pues lo primero que escribió se encasillaba en esa vertiente,  tocando con maestría todos los resortes propios de una historia detectivesca.

Lo que le resta (y con esto no quiero decir importancia a nivel histórico-político, solo artístico) es esa pretensión admitida de Walsh que mencioné al principio, la de tratar una anécdota para exponer algo más grave; además, Walsh también reconoce que en Operación Masacre quería denunciar y cambiar el rumbo del país. Acá, su tono es más desengañado, menos lírico; quizás por eso ciertas páginas, sobre todo al principio, cuestan asimilarlas, y el dato puro no se ve acompañado de la conmoción que sí representaba un fusilamiento sin ningún sustento (de por sí un asesinato se convierte en una masacre) y una prosa que lograba acongojar: es posible que el Walsh escritor se viera abrumado por la realidad y no confiara tanto en la literatura, es posible que el Walsh periodista necesitara, como una herida abierta, denunciar la irrealidad de la violencia y la mentira cotidiana en la que vivía. Fuese como fuese, este libro es una buena muestra de los sesenta argentinos, de las tramoyas políticas dentro de un mismo movimiento y del fracaso de los engaños para seguir manteniéndose en el poder a costa de traicionar todos los principios y personas que te llevaron a ese puesto.

Más de Rodolfo Walsh: Operación MasacreNota al pieLos irlandeses

jueves, 12 de marzo de 2026

Roberto Saviano: Grita

Idioma original: italiano
Título original: Gridalo
Año de publicación: 2020
Traducción: Juan Manuel Salmerón Arjona
Valoración: necesario

Este tipo de libros tocan, inevitablemente, mi idealismo. Valorarlo de esa manera, como necesario, es pura y exclusivamente porque me inclino hacia las obras que, de alguna forma, contengan ciertos preceptos morales (nada tan dogmático como un libro oficial, por supuesto, pero sí como para indicar un camino claro entre tanta niebla) que estén en consonancia con el espíritu de la esperanza.

Dicha esta declaración tan de los sesenta, me sumerjo en el libro. Saviano deja de lado (pero no tan de lado) las historias e investigaciones sobre la mafia y nos ofrece una colección de historias cuyo recorrido no es necesariamente cronológico y sí ocupa varias líneas históricas y filosóficas. Por ejemplo, utiliza a Carl Schmitt y su amigo/enemigo para explicar la necesidad de que alguien tome las decisiones por nosotros, que alguien señale a nuestros conocidos y a nuestros desconocidos; inventa una conversación entre dos empresarios que trabajan de generar una imagen corrupta o, cuanto menos, lo suficientemente dudosa y sin ningún tipo de escrúpulos éticos y legales, para manchar al objetivo señalado; se pone en la piel de aquellas víctimas que sufrieron, de cerca, lo que significa enfrentarse al poder, entre otros recursos literarios, todo ello aderezado de la bibliografía leída para escribir la historia, por lo que cualquiera puede acceder a las fuentes originales (el mismo Saviano nos insta a hacerlo) y sacar nuestras propias conclusiones.

Todas estas historias, que arrancan con un detonante como pregunta (¿sabes que tienes que defender tu privacidad, sabes que, cuantas más palabras conozcas, más libre serás?), entran en paralelo con un principio: qué es lo que sucede cuando alguien se atreve a gritar la verdad, a desenmascarar la prenda del emperador para revelar la desnudez abyecta, a señalar con puntos y comas lo que sucede realmente, por más que alrededor todos parezcan llevar el velo de la distorsión. Y el punto en común, y esto se entronca con el tono del libro, es un mensaje hacia un supuesto Saviano joven (colocado al inicio de libro, establece la trama y se sostiene a lo largo de las páginas, ya que el autor las va trufando de anécdotas personales), uno que hubiese agradecido todas las enseñanzas del futuro antes de embarcarse en una misión prácticamente suicida y que lo tiene huyendo de una muerte que lo persigue casi con GPS. 

Es verdad que, depende del tipo de lector, la calidez que trasmite, bordeando el paternalismo en varias ocasiones (y por eso creo que este libro funciona mejor entre los quince y los veinticinco años, como en mi caso, y aunque sea paradójico por el mismo rango etario), puede resultar cargante, como un mayor que nos advierte de los peligros y no queremos escucharlo para no agobiarnos más, porque muchas veces cuestiona lo que nos parece cómodo y otras veces deja pasar situaciones que a nosotros mismos no nos cierran por ningún lado. Quizás es una forma de decirnos que no puede hacer todo el trabajo, que nosotros no podemos ser un ente pasivo a la hora de buscar y recibir la información, pero eso ya es una posible interpretación. 

Una de las cosas que más me ha gustado es que reconoce que cae en la necesidad de educar al joven y a la vez de no tenerlas toda consigo a la hora de seguir su camino, y termina admitiendo que es lo máximo que puede hacer y que espera que sea suficiente para despertar a quien lo lea. También cuenta con un elevado ritmo literario; cada historia tiene su inicio, su nudo y desenlace, como un cuento breve o largo bien contado. Da placer (estético) leerlas y genera una desolación difícil de asimilar.

Como digo, la elección de algunas palabras (gritar, confrontar, despertar) resulta incisiva, redundante en ciertos puntos, y se hubiera agradecido no sentir al autor, todo el tiempo, con la guardia alta (aunque qué menos, siendo la persona que es), con el miedo a que la historia que narra pierda su significado, su tragedia, su horror, casi como si sostuviera el celular y nos pidiera ver un vídeo sin sacarle los ojos de encima y luego preguntándonos si captamos los mil simbolismos implícitos. Conmigo, al menos, y considerando que una colección de historias desgarradoras hacen que termine inmunizado, logró que siguiera leyendo y estremeciéndome ante los hechos, ante la crueldad manifiesta y ante ese residuo de esperanza que revienta cualquier plan.

Cada capítulo cierra con un precepto que encierra la idea de gritar. Pongo mis favoritos:
  • Grita que nunca han sido solo palabras
  • Grita que no quieres ser transformado en miliciano de ninguna guerra
  • Grita cuando veas que usan tecnicismos eruditos para ocultar la verdad
  • Grita que, para combatir, no tienes que por qué ser asceta
  • Grita que no es verdad que el mal siempre sea auténtico y el bien nunca lo sea
Bueno, se puede ver por dónde va la mano, ¿no? Es una buena forma de recordar aquellos que lucharon por levantar su voz. El mensaje es el mismo de hace mil años, simplemente se va renovando. Varios de los casos no son estrictamente famosos, lo cual le da un matiz de cercanía y verosimilitud, de compasión ante una persona cualquiera. Para cerrar la reseña, a mí, y con esto no me voy a comparar a Saviano, también me gustaría dejar una suerte de máxima, la de gritar que mañana es mejor cuando todo parezca perdido.

Más de Roberto Saviano acá

lunes, 25 de marzo de 2024

Jordi Amat: La conjura de los irresponsables

Idioma original: catalán
Título original: La confabulació dels irresponsables
Traducción: el propio autor.
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Difícil escribir una reseña sobre un libro así cuando incluso el momento de escribirla puede revelar las entretelas ideológicas, incluso la mera valoración puede ser interpretada, al margen de lo estrictamente literario, como un claro posicionamiento por uno u otro bando e inducir al lector a pensar "bah, éste que va a decir". Y el precalentamiento de los dos bandos antagonistas generados por el conflicto ya es una clara constatación de que el título es un acierto. Parece que hay una conjura a dos bandos que mojó pan en establecer una división y hacer de ella una especie de dilema irresoluble e irrenunciable, había que posicionarse y la posición debía ser nítida porque incluso la ambigüedad era un indicio que exponía a ataques a quién la pudiera sostener.

Contexto: España vs Catalunya en las primeras dos décadas del milenio. Consciente como soy de que el mero sujeto (España vs Catalunya, la mera elección de la grafía "ny" en vez de "ñ") ya puede excitar a los exaltados. Un conflicto político de un pequeño territorio al sur de Europa, poblado por apenas ocho millones de habitantes, que pasa a convertirse, para sorpresa de muchos, en una especie de ejemplo paradigmático, por un lado, de ejercicio de derechos fundamentales individuales, por el otro, de injustificable involución contra un inamovible orden legal. Otro contexto: la crisis del 2007-2008 que provoca que muchos políticos hayan de devanarse los sesos justificando medidas restrictivas y busquen muletas en qué excusarse si estas son excesivas o poco efectivas.

Jordi Amat simplemente expone hechos, lo hace de forma secuencial, metódica y fría, y enumera los pasos sucesivos del desencuentro. Uno podrá opinar si la magnitud de estos hechos justifica su repercusión, pero - una vez más el título - lo cierto es que los gobernantes de uno y otro bando van decantando el conflicto hacia la confrontación, dos palabras cercanas en el diccionario y seguro que etimológicamente vinculadas. Como los porcentajes de ambos bandos son parecidos, jugar con ese estrecho margen es sumamente estimulante, a los pertinaces decididos a cada lado no hay que seducirlos con nada. Aparte del excitante avance de los acontecimientos, para los que hemos vivido el tema de primera mano, esos helicópteros sobrevolando Barcelona en la última semana de septiembre de 2017 son un recuerdo imborrable, el mérito de Amat es culminar estas cien páginas (que no duda en calificar, en la primera frase del libro, como "panfleto") sin que uno pueda situarlo políticamente de forma clara en un bando. Y de eso debería tratarse: de mantener una objetividad inquebrantable y exponer los hechos conforme a lo que de ello se ha derivado. Irresponsables a mansalva en ambos lados, unos y otros sosteniendo especulaciones e interpretaciones propias de forma dogmática e interesada, sacando partido de la inflamación.

La cosa no ha acabado: sólo desear que Amat se anime a un relato similar de todo lo sucedido después: juicios, condenas, huidas o exilios o cómo demonios cada uno las llame, reacciones, mapa político post-crisis, indultos, amnistías. Resultará, como siempre, estimulante leerle.