Año de publicación: 1969
Valoración: recomendable alto
Hay, por supuesto, una correlación entre Operación Masacre y este libro. Los dos son investigaciones periodísticas políticas de alto calibre: nos debemos al perfeccionismo y compromiso de Walsh a la hora de develar lo ocurrido en una escena, tratando de que ningún elemento escapara al ojo del lector. No descubro nada con esto, pero viene bien para ponernos en contexto.
¿Quién mató a Rosendo? es el anudamiento de la trama que se desata cuando en La Real, una confitería de Avellaneda, un dirigente de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica, adherida a la Confederación General del Trabajo, la organización sindical más importante de Argentina), justamente Rosendo García, es baleado en un tiroteo entre dos bandos pertenecientes al peronismo: por un lado los vandoristas (su representante, Vandor, es una de las figuras centrales de este libro y participante activo del tiroteo), que pregonan un peronismo sin Perón (en ese momento exiliado a raíz de la proscripción y mil cosas más), es decir, dejar la conducción del movimiento en manos locales; por otro lado, el bando leal a la figura del líder, que apoyan su vuelta directa sin intermediarios.
Requeriría bastante tiempo explicar los tejemanejes de la interna peronista, pero por suerte Walsh no se detiene en esas cuestiones. Lo que a él le interesa es diseccionar un momento, una anécdota dentro de la situación general (otro golpe de Estado), tal como él la cataloga en el epílogo, para averiguar por qué los sindicatos han dejado de contar con la confianza de los obreros. Para ello, cita todos los datos habidos y por haber de la cantidad de afiliados a los sindicatos a lo largo de los años, haciendo hincapié en cómo disminuye cuando los sindicatos empiezan a arreglar la duración de los paros y qué puntos de las condiciones de los trabajadores se van a tocar, ignorando los despidos masivos por la militancia peronista y lavándose las manos en muchos de los casos más graves.
A raíz del tiroteo de La Real es que el grupo de Vandor empieza a tambalear, ya que hay una gran confusión acerca de quién pudo haber matado a Rosendo. Primero, con la prensa a favor, se echa el muerto al otro grupo, pero en la pericia balística (y Walsh dibuja un croquis muy preciso de la ubicación de cada integrante en la confitería) se determina que la bala salió de la mesa vandorista. Allí entra en juego la manipulación judicial, ralentizando la investigación y cometiendo errores inverosímiles para un juez, como no interrogar a los testigos la cantidad de participantes, las armas que llevaban, entre otras cosas.
Esa investigación, que se retrasa tres años, Walsh la resuelve en apenas un mes. Establece un sistema para determinar la dirección de la bala a raíz de los legajos, consigue entrevistas con gente arrepentida de trabajar con Vandor, y hace una hipótesis que (y no es muy sutil) señala de responsable directo a Vandor. Uno diría bueno, pero pasaron años del suceso, y un solo libro no cambia nada: sí, pero ese libro primero se publicó como varias notas en un semanario de la CGTA, y por lo tanto los obreros las leían enteritas e iban siguiendo el caso como una novela policial, género que Walsh conocía muy bien, pues lo primero que escribió se encasillaba en esa vertiente, tocando con maestría todos los resortes propios de una historia detectivesca.
Lo que le resta (y con esto no quiero decir importancia a nivel histórico-político, solo artístico) es esa pretensión admitida de Walsh que mencioné al principio, la de tratar una anécdota para exponer algo más grave; además, Walsh también reconoce que en Operación Masacre quería denunciar y cambiar el rumbo del país. Acá, su tono es más desengañado, menos lírico; quizás por eso ciertas páginas, sobre todo al principio, cuestan asimilarlas, y el dato puro no se ve acompañado de la conmoción que sí representaba un fusilamiento sin ningún sustento (de por sí un asesinato se convierte en una masacre) y una prosa que lograba acongojar: es posible que el Walsh escritor se viera abrumado por la realidad y no confiara tanto en la literatura, es posible que el Walsh periodista necesitara, como una herida abierta, denunciar la irrealidad de la violencia y la mentira cotidiana en la que vivía. Fuese como fuese, este libro es una buena muestra de los sesenta argentinos, de las tramoyas políticas dentro de un mismo movimiento y del fracaso de los engaños para seguir manteniéndose en el poder a costa de traicionar todos los principios y personas que te llevaron a ese puesto.

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