Año de publicación: 1999
Valoración: Muy recomendable
Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, es una novela intensa, fragmentaria y profundamente inquietante sobre la memoria, la locura y las formas en que una sociedad decide quién merece ser escuchado y quién debe ser encerrado. A través de la relación entre Matilda Burgos, interna del manicomio de La Castañeda, y Joaquín Buitrago, fotógrafo marcado por sus propias ruinas, Rivera Garza reconstruye un México lleno de violencia, deseo, enfermedad y exclusión. La novela no avanza como una narración convencional, sino como un expediente roto, una serie de imágenes, voces y documentos que intentan rescatar del olvido una vida marcada por la explotación y la rebeldía. Su mayor fuerza está en la manera en que convierte la historia clínica en literatura y la marginalidad en una forma de resistencia. No es una novela fácil ni complaciente, pero sí una obra poderosa, de enorme ambición estética y política, que confirma a Cristina Rivera Garza como una de las voces más importantes de la literatura mexicana contemporánea.
Ahhh, ¿qué dijeron? Esta mierda la escribió una IA. ¡Ni madres! Ahora sí, ahí les va la de hacer hijos:
Si yo fuera uno de esos conservadores rancios, quizá la época en la que me habría gustado vivir habría sido la última década del Porfiriato, antes de que estallara la Revolución mexicana. Mi posición acomodada me habría permitido vivir en los barrios ricos del Valle de México, entre edificios de arquitectura colonial intercalados con relucientes construcciones art nouveau. Si se me hubiese antojado ir de vacaciones al campo, habría podido tomar el nuevo ferrocarril a Querétaro; o, si hubiese tenido ganas de playita, viajar a Veracruz o Manzanillo. Mejor aún: a los jóvenes revolucionarios, incluso desde una mirada condescendiente, los habría considerado poco más que bohemios románticos. Y claro, habría podido despreciar a todos los indios, mugrosos, putas, obreros, etcétera, etcétera. ¡Ah, qué añoranza del paraíso porfirista!
En ese mundo se sitúa Nadie me verá llorar, donde, como bien nos cuenta la IA, Joaquín, un joven fotógrafo, vive sus tribulaciones en busca del ideal femenino, el cual se esconde entre hospitales, manicomios y vecindades.
Como bien se intuye por el escenario, esta es una novela muy mexicana (IYKYK). Me parece que tiene influencias de Fuentes, Castellanos, Pacheco, entre otros. Usa un narrador en tercera persona, pero casi pegándole a la segunda: por momentos se siente que el narrador nos interpela, que el protagonista se usa de pretexto para que podamos recorrer esa vecindades Aurescas, los barrios marginales sin pavimentar y llenos de teporochos, y las residencias vetustas ambientadas con notas de piano. Uno puede sentir los aires de cambio: los estudiantes hablando de anarquismo, las banderas rojas y negras, los periódicos independientes y el ideal de arte a ultranza, que es lo que obsesiona al protagonista. Claro, todo esto de la mano de la mujer fatal mexicana de principios de siglo XX, a medio camino entre el convento y el prostíbulo.
Además, tiene un intermedio muy interesante sobre los antepasados de Modesta (no Matilda), indígena de Papantla, Veracruz. Se nos habla de su historia y microhistoria posterior a la independencia de México. En particular, me encantó el cultivo de la vainilla. ¿Sabían que es una orquídea?
A veces su estructura puede sentirse fragmentaria o distante. Sin embargo, eso es parte de su encanto: podemos decir que es una reconstrucción incompleta de una vida y de una época, un México que se moderniza mientras sigue siendo profundamente injusto. Es una novela exigente. Quizá lo más interesante de Nadie me verá llorar es que Rivera Garza logra retratar una época sin caer en la nostalgia ni en el folclorismo, construyendo una historia íntima y llena de humanidad, con sus luces y sombras.
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