viernes, 12 de junio de 2026
Rodolfo Walsh: ¿Quién mató a Rosendo?
jueves, 14 de mayo de 2026
Luis Martín-Santos: Novelas inéditas
Año de publicación: 2024
Valoración: Recomendable alto
Seguramente Tiempo de silencio es el libro que más veces he releído (tampoco muchas, no se vayan a creer), quizá porque, aparte de la inacabada Tiempo de destrucción, tampoco había mucho más que leer de este autor, fallecido joven como muchos grandes genios. Galaxia Gutenberg rescata desde hace poco todo lo editable de Martín-Santos, ya saben, esas cosas encontradas en los cajones, que incluyen algo de poesía, teatro, algunos relatos cortos, junto a un libro de carácter técnico del psiquiatra afincado en San Sebastián. Material para completistas, del que me interesa por encima de lo demás el tomo III de la serie, eso que se llama Novelas inéditas, y que son dos narraciones más bien breves de época juvenil en las que vamos a ver si brilla ya el talento de Martín-Santos que se manifestaría algo más adelante.
La verdad es que estos dos relatos se parecen bien poco a lo que vendría después. Lo cual, dicho sea entre paréntesis, me parece que deja ver una característica interesante, la capacidad de un autor para construir obras de diferente factura, estilo y contenido. Martín-Santos apenas despliega los recursos que más tarde utilizará en Tiempo de silencio, pero parece ir madurando una forma de narrar algo especial, modulándose hacia la introspección y marcando un ritmo extremadamente lento con el que provoca cierta angustia y la sensación de verse uno atrapado en los escenarios asfixiantes que diseña. Apunta maneras, muestra su talento para narrar pero todavía no ha explotado.
Son también dos relatos bastante diferentes entre sí. El vientre hinchado es en todos sus aspectos un drama rural, una narración endogámica que no se mueve del entorno de una casucha de labranza, entre campos resecos bajo un sol aplastante. Tres personajes que, si se me permite tomar el giro precisamente de Tiempo de silencio, son ‘tierra apenas removida’, individuos que superan por poco el umbral de lo humano, van conformando algo parecido a una tragedia que sin embargo es la vida misma, el destino de existencias que dan miedo de puro básicas. Lo más primario del ser humano mostrado con toda la crudeza, solo viéndoles desenvolverse y sondeando en lo posible (poco) sus emociones, más bien sus reacciones. Aunque el estilo es netamente realista, el contenido lo aproxima de forma decidida hacia el tremendismo que estuvo de moda unos años atrás.
El Saco es una novela que podríamos encuadrar en el género carcelario, y podría muy bien exportarse a un medio audiovisual. El relato, con el mismo ritmo lento y algo obsesivo, resulta más convencional que el anterior y, dentro de lo que representa como thriller, va descubriendo perfiles de personajes llenos de matices en una trama que parece a veces oscura y otras sumamente sencilla. Es una historia muy bien narrada aunque no se puede decir que su argumento ni su desarrollo sean demasiado originales. Más parece un ejercicio o un divertimento de autor todavía no decidido a tomar un camino concreto, pero se lee con interés y muestra la versatilidad de Martín-Santos para construir historias diferentes, y permitiéndose esconder de principio a fin el personaje que le da título.
El primero de los relatos da la impresión de mejor trabajado y con mayor riesgo, y en mi opinión resulta más valioso desde el punto de vista literario. Aun así, no siendo fácil identificar aquí al autor con sus obras mayores, todo desprende sensaciones de estar ante un talento literario todavía embrionario que despertaría muy pronto, cargado con todo un arsenal de recursos que todavía ni siquiera asoman.
También de Luis Martín-Santos reseñado en ULAD: Tiempo de silencio
domingo, 15 de febrero de 2026
H.G. Wells: La isla del doctor Moreau
sábado, 18 de octubre de 2025
Flann O´Brien: Crónica de Dalkey
Título original: The Dalkey Archive
Traducción: Mª José Chuliá García
Año de publicación: 1964
Valoración: Recomendable alto
Flann O´Brien es uno de los autores más originales que he podido leer, con una asombrosa capacidad para la digresión (inevitable buscar referencias en Laurence Stern), manejo del humor, a veces sutilísimo y a veces absurdamente grotesco, y sin límites aparentes para internarse en el disparate, rozando lo alucinatorio (El tercer policía, que me sigue pareciendo que trasciende con mucho la simple floritura imaginativa) o lo metaliterario (En Nadar-Dos-pájaros). O sea, creatividad por los cuatros costados, aunque siempre teniendo delante las peculiaridades de esa Irlanda que parece marcar de forma decisiva la literatura de la isla.
En Crónica de Dalkey nos encontramos a aquella especie de científico-filósofo llamado De Selby, cuya desternillante bibliografía salpicaba de tanto en tanto El tercer policía. Ahora lo encontramos en persona, un tipo con economía en apariencia bien saneada (recuerda al Canterel de Roussel) que vive aislado en un caserón junto al mar y atesora importantes secretos. El tipo es capaz de gobernar de alguna manera el tiempo para, en una cueva submarina, comunicarse con personajes del pasado (cómo le hubiera gustado esto a Papini), encuentros en la práctica limitados a ciertos padres de la Iglesia católica con quienes discute bastante acaloradamente. Y dispone además De Selby de cierta sustancia con la que se plantea seriamente acabar con la Humanidad al completo.
También filosofan o exponen ideas extravagantes otros personajes, como cierto policía que insiste en cierta transmutación entre hombres y bicicletas, e incluso los dos jóvenes que rulan entre tan peculiares personajes, todos ellos bien abastecidos de whiskey, cervezas o lo que se tercie, porque el alcohol fluye sin tregua a lo largo de todo el libro. Diálogos absurdos, o mejor dicho incrustados de todo tipo de desatinos, formulados con total seriedad, y cuajados de giros repentinos a otras digresiones (la práctica de la natación, el carácter supuestamente mendicante de los jesuitas, opiniones sobre Jonás el de la ballena), el universo infinitamente enredado y loquísimo que acostumbra a mostrarnos el gran O´Brien.
Pero no para ahí la cosa, porque un poco casualmente encontramos a un James Joyce al que se suponía muerto, que sin embargo ejerce de camarero en un pub y solo recuerda haber escrito Dublineses y un borrador del Ulises que aborrece y que, según asegura, utilizó sin consentimiento su editora Sylvia Beach (ésta es auténtica). Con lo cual ya tenemos medio completo el panteón irlandés, porque Joyce por una parte y la Iglesia católica por otra, y también ambos entremezclados y sazonados en alcohol, sostienen la estructura del libro en la que, como en otras ocasiones, el autor no se corta en absoluto a la hora de dejar cabos sueltos o subtramas abandonadas, o poco menos.
Todo es un desparrame de creatividad empapada de humor que podría extenderse sin medida si O´Brien lo quisiera así, porque se diría que el libro termina cuando el autor simplemente se cansa de sus monstruitos y le coloca un final que apenas tiene que ver (¿o sí?) con todo lo que hemos leído hasta entonces. Y sin embargo, se le nota una tonalidad algo diferente a algunas de sus otras obras, como capas teñidas de un poco más de seriedad, quizá algo más intimista o reflexivo, como si estuviese planteando al lector, vale, te he sorprendido, te has reído y hemos puesto a prueba el ingenio, pero también te he dejado pistas sobre las que, despejando un poco el humo del sarcasmo y el malabarismo, puedes detenerte un momento. Esto no era una simple diversión, descubre tú mismo lo que está debajo: Irlanda con sus pubs, sus pequeños pueblos y su vida provinciana, impregnada por un catolicismo al que se puede poner a prueba o someter a un tercer grado, con su más ilustre personaje volteado y proletarizado. Así de complejo, sorprendente e inclasificable.
miércoles, 15 de enero de 2025
Thomas Mann: Viaje por mar con Don Quijote
Título original: Meerfahrt mit Don Quijote
Traducción: Genoveva Dieterich
Año de publicación: 1945 (escrito en 1934)
Valoración: Recomendable alto
Se podría reflexionar sobre el peso que en un libro puede llegar a tener el talento del autor, quiero decir, hasta qué punto una mano diestra es capaz de levantar cualquier texto, se trate de lo que se trate. No es sólo la prosa, el estilo o la elegancia, es la cadencia, la sabiduría para contar cosas con el tono exacto, hacer que el libro interese y tenerlo controlado, equilibrado y en el punto que pide el texto. Eso se hace con técnica, con trabajo, claro, pero me sigue pareciendo que la materia prima es insustituible, y es lo que hace que el libro rezume naturalidad y parezca escrito sin esfuerzo. Con todo esto no puedo ya ocultar que me encanta Thomas Mann, en especial el de Muerte en Venecia, aunque de vez en cuando se deje llevar por la frase excesivamente rizada o las digresiones se le vayan a veces de las manos.
Esas cualidades que apuntaba me atrevería a decir que se dejan ver especialmente en obritas menores, cuando el escritor no se está planteando crear algo importante y parece dejar fluir el texto como un mero entretenimiento. Viaje por mar con Don Quijote es una especie de pequeño diario, unos pocos días, escrito en una de las varias travesías marítimas que Mann realizó con su esposa Katia entre Europa y Nueva York. Podríamos pensar en algo parecido al crucero que David Foster Wallace contó en aquel corrosivo librito, pero las similitudes se reducen a la presencia en un barco surcando la inmensidad del mar (cómo se puede escribir dos cosas tan diferentes, e igualmente atinadas, a partir de un mismo motivo).
Thomas Mann no se propone nada concreto relatando su experiencia oceánica. Se limita a contar pequeñas anécdotas, a describir de pasada el ambiente de los salones o la cubierta, o apuntes rápidos sobre la meteorología cambiante. Lo demás son reflexiones que se van encadenando sin más planificación que lo que surge espontáneamente sobre el papel en blanco, y donde queda un papel importante para su lectura de cabecera, que naturalmente es el Don Quijote que luce en el título.
Tampoco es un ensayo sobre el libro de Cervantes, sino comentarios que brotan al hilo de la lectura. Mann se admira no solo de la personalidad de Don Quijote, sino de cómo evoluciona, cómo trata el autor a su personaje, se extiende algo más en torno a la viva defensa que Cervantes hace de su obra frente a la impostura del libro de Avellaneda, o el peso del personaje original frente a la caricatura de loco divertido que todos, en alguna medida, tenemos interiorizado. Las opiniones del autor alemán son de tal finura y profundidad que uno es consciente de que ha conectado por completo con el clásico. Todo ello, expresado en pequeñas píldoras y sin orden aparente lleva a sentir que está uno embarcado con el propio Mann, compartiendo con él un café y cambiando impresiones sobre el Quijote o, mejor dicho, escuchando embelesado sus reflexiones.
No todo se reduce a Cervantes. El pequeño diario incluye comentarios, siempre relajados y elegantes, sobre la propia singladura, sensaciones sobre la sobrecogedora pequeñez frente al océano inmenso, la distorsión de la perspectiva producto del aislamiento y la lejanía, o curiosidades como la llamada diaria a un progresivo cambio de hora y el equívoco de vivir dos veces el mismo tramo horario. El relato se extiende en ocasiones hacia asuntos aparentemente banales, como el contenido deliberadamente amable de la información que se hace circular en la nave (el crucero como mundo independiente de la realidad exterior), y en otras se adentra en reflexiones de calado que sin problema alguno podrían aplicarse a nuestro siglo XXI, como cuando apunta “¡Ah, la humanidad! Su progreso espiritual-moral queda detrás de su progreso técnico, anda muy rezagado”.
Pero ni en esos momentos toca el autor asuntos especialmente sensibles, lo que resulta llamativo en el complicado contexto de los años 30. Se diría que Mann esquiva cuestiones espinosas que sí tocará en otras obras, ahora es como quien, al igual que esas hojas informativas del crucero, al sentirse en un medio hostil, intenta centrarse en asuntos amables o al menos inofensivos. De esta forma, el libro transmite al mismo tiempo agudeza y relajación, y permite disfrutar de un autor que sea en el formato que sea, siempre parece capaz de escribir bien.
Otras obras de Thomas Mann reseñadas en ULAD: La muerte en Venecia, La montaña mágica
sábado, 14 de diciembre de 2024
Abel Amutxategi: El puente de los perros suicidas
Año de publicación: 2023
Valoración: Recomendable alto
Por lo general no suelo leer libros de esos que se exhiben en la sección ‘Humor’. Aunque entiendo que haya quien busque un libro con la única intención de reírse y pasar un rato divertido, yo lo veo de otra forma, creo que el humor tiene que estar presente en un relato cuando debe, solo en ciertos momentos y en alguna proporción, que será mayor o menor según los casos, pero nunca todo el tiempo. No me parece razonable que uno tenga por delante doscientas páginas, por poner el caso, en las que cada línea y cada párrafo tengan que llevar dentro un chiste, una ocurrencia o una ironía. Eso tiene que cansar mucho. O no.
El puente de los perros suicidas es la nueva novela que John Kennedy Toole escribe cuando reaparece en Nueva Orleans, medio siglo después de haberse suicidado inhalando los gases del tubo de escape de su coche. En realidad parece que ha pasado todo ese tiempo atrapado en el Guinee, lo que llamaríamos el Purgatorio, una especie de estación intermedia hacia la muerte, de la que por alguna razón ha regresado (o de donde ha sido expulsado). Ken despierta, relativamente perplejo, entre cubos de basura, habiéndose mimetizado de alguna manera con el famoso Ignatius Reilly, el protagonista de su novela La conjura de los necios. Aunque pronto es consciente de que su libro finalmente se publicó, además con gran éxito, no será fácil que alguien le reconozca como el verdadero autor redivivo. Las peripecias más o menos cómicas o absurdas en las que se ve envuelto constituyen el grueso del relato, implicando a personajes caricaturescos, como la dueña de un restaurante para turistas donde tiene como pinche a un licenciado de Harvard, el Club de Adoradores de John Kennedy Toole, disimulado en la trastienda de un taller, la bibliotecaria que secretamente escribe novelas, o la sargento Mancuso, hija del patrullero que tan mala vida llevó en la popular novela de Toole.
El humor, efectivamente, está presente en cada página, pero no de manera gratuita sino replicando de forma bastante asombrosa el estilo de aquel viejo best-seller, su prosa, el tipo de gags, la naturalidad y brusquedad infantil de su protagonista, hasta la forma de conectar las secuencias, o el papel indirecto pero relevante de la ciudad de Nueva Orleans como un personaje más, sus barrios, sus bandas de metal, la santería o los aromas. Amutxategi recrea todo ello con aparente facilidad y, lo que es más importante, sin altibajos, manteniendo el tono y el ritmo desde la primera a la última página. Algo difícil de conseguir, una narración siempre centrada en lo que quiere ser, una parodia tan bien construida que se puede ver como una recreación.
Igual que en La conjura… también aquí el relato presenta bajo el envoltorio humorístico otras capas interesantes, en especial la terrible sátira dirigida hacia el mundo editorial. Como es sabido, Toole se suicidó sin que ninguna editorial hubiese querido publicar su libro (quizá porque ‘no creían que hubiese suficientes lectores interesados en lo que tenía que ofrecer’), y solo después de su muerte su madre consiguió que viera la luz. Tomando esto como punto de partida, y puede que también alguna experiencia más personal, Amutxategi vuelve a colocar al autor norteamericano en una situación similar, y aprovecha para repartir cera contra las editoriales que desprecian todo lo que no sea rentabilidad inmediata o despachan manuscritos sin leerlos, o contra los promotores de autoedición que exprimen al pobre autor, que hace lo que sea para ver su nombre en algo con forma de libro. Aunque un poco de pasada, se toca también el viejo dilema de la propiedad del texto, hasta dónde sigue siendo del autor o dónde empieza a pertenecer al lector, como individuo o como colectivo. No se ahorra sarcasmo, pero siempre pertinente y medido, sin dejar que se le descontrole o se le deforme la narración.
Todo parece perfectamente combinado y ajustado, sin baches ni vacíos, un hilo narrativo equilibrado que en ocasiones hace reír, sin perder el paso, quedando la sensación de que su autor es muy consciente de lo que quiere conseguir y cómo hacerlo para que todo, la historia, los chistes, la crítica, y lo que tiene de homenaje, que también, funcionen como un mecanismo idóneo para este fin.
Si John Kennedy Toole volviera efectivamente a levantar la cabeza, casi seguro escribiría algo muy parecido a El puente de los perros suicidas, fantaseando sobre su propia resurrección y su nueva novela, y así sucesivamente.
domingo, 28 de julio de 2024
Indro Montanelli: Historia de los griegos
Título original: Storia dei Greci
Traducción: Domingo Pruna
Año de publicación: 1959
Valoración: Recomendable alto
Aparte de los suculentos ingresos que nos reporta, que también hay que considerarlo, una de las cosas que más me gustan de este blog es que todos aprendemos de todos: los reseñistas, unos de otros (al menos yo quiero pensar que he aprendido cosas de los demás); nosotros, de los que nos leéis y comentáis; los lectores y comentaristas, de nosotros, aunque sea un poco; y todos, naturalmente, de los libros que leemos. Vamos, un win-win con solo dedicarle unos minutos cada día o de vez en cuando. Hecha sea esta almibarada introducción para subrayar que el libro que toca hoy fue, como otros antes, sugerido en uno de los comentarios, en este caso, si no me equivoco, por Beatriz Rodríguez Soto, compañera de viaje cuyas opiniones siempre valoramos mucho.
En el siglo pasado Indro Montanelli fue un periodista bastante conocido a nivel internacional. Fue una especie de verso suelto, que en su juventud tonteó con el fascismo aunque después apoyó a la República española, se rebeló contra la dirección del Corriere della Sera y fundó varios periódicos, se enfrentó con Berlusconi cuando este era una estrella emergente, y no sé cuántas cosas más. Pero en líneas generales era un tipo muy inteligente, de amplísima cultura y casi siempre escorado hacia lo que creo que llamaba anarco-liberalismo, que es algo que hoy suena verdaderamente mal, pibes. Y, añadiría yo, que con un sesgo bastante acentuado que encarna un poco los valores del conservadurismo de los años 70. Este señor escribe además un buen número de libros, entre los que destacan los dedicados a las civilizaciones romana y griega que, a fin de cuentas, es lo que hoy nos interesa.
Su historia del mundo griego es un libro que consigue algo bastante difícil: resultar ameno hablando de un tema y unos personajes que, hay que reconocerlo, se prestan un poco al bostezo en manos de historiadores y manuales de filosofía. La exposición arranca en la era minoica, centrada en Creta, y termina con la llegada del dominio romano, encontrando por el camino todos esos nombres que pueden sonarnos del ámbito de la filosofía, la geometría, la política o las artes. Atenas, Esparta, Tebas, Corinto, algunos mitos que se entrecruzan con la Historia, persas, macedonios y oleadas de pueblos que llegan del norte, las peleas entre las ciudades-Estado, algunas batallas, las primeras formas de democracia, asesinatos, destierros, escuelas, la influencia de las hetairas, las colonias mediterráneas. Asuntos todos ellos tocados con gracia y presentados a partir de un personaje de nombre sonoro y familiar que guía el relato de una época determinada.
Esta característica, la de una historia que siempre gira en torno a un personaje señero, puede ser un síntoma del deje liberal del autor, que puede dejar en segundo plano la influencia de la realidad social y económica, pero es también una de las razones que explican la vivacidad del relato, que siempre mantiene en primera línea un nombre que puede resultar atractivo, Arquímedes, Alejandro, Pericles, Sócrates, Platón, Temístocles o Aristóteles, entre otros muchos. Es desde luego un buen reclamo, aun a riesgo, en el que a veces puede caer, de convertir la exposición en un largo anecdotario.
Porque el otro rasgo dominante que define al libro es el tono desenfadado que impregna cada una de sus páginas. Montanelli huye de la gravedad que normalmente asociamos a la venerable civilización, y reviste de ligereza el tanto de erudición necesario para relatar algunos episodios. No creo que nadie haya conseguido exponer con tanta sencillez y claridad el mito del Minotauro como hace Montanelli nada más abrirse el libro. Agilidad, soltura, humor y una enorme capacidad para narrar sin aburrir dan lugar a una lectura agradable que podría resumirse en el clásico docere et delectare, enseñar y deleitar, esa combinación perfecta que todo divulgador busca, o debería (o quizá no tanto).
Es verdad que la dosificación puede ser a veces algo desequilibrada. Quizá su propio nivel intelectual o el excesivo interés en descargar de peso el relato (o la frivolidad de permitirse colocar ciertos mensajes) hacen que el autor pase demasiado deprisa por hechos o situaciones relevantes y muestre tendencia a irse enseguida al chascarrillo o la broma, no sea que el lector empiece a agobiarse. Así que el desenfado puede en ocasiones tomar un protagonismo exagerado, además de salpicarnos de comentarios de un inoportuno sesgo político o referencias irónicas a la actualidad italiana del momento que pocos conseguirán captar.
¿Se pasó de frenada don Indro a la hora de exponer la historia de la vieja civilización? Puede que un poco, quizá por subestimar a los potenciales lectores, porque a lo mejor quien se interesa por el tema no necesita de tanto chiste. Aun así ¿el libro es recomendable para quien busque conocer esos siglos que han dejado tanta huella en nuestro mundo europeo? Pues sin lugar a dudas, aseguraría que sí.
viernes, 12 de julio de 2024
José María Álvarez: Lawrence de Arabia. La corona de arena
Año de publicación: 1995
Valoración: Recomendable alto
Curioso personaje este Thomas Edward Lawrence, estudioso de las Cruzadas y aficionado a la arqueología, militar que terminó mezclado, un poco por casualidad, en la rebelión árabe contra el Imperio otomano, instigada a su vez por los británicos en el ámbito de la Primera Guerra mundial. Curioso también, y me parece gratificante por lo inusual, que un poeta y ensayista español haya dedicado su atención a un individuo en principio tan alejado de la historia patria. Bien por Jose María Álvarez (*), que nos conviene mucho mirar un poco más allá de las fronteras.
Álvarez nos coloca sin preludios en el buque Rajputana en el que Lawrence es conducido contra su voluntad de vuelta a Inglaterra, envuelto en un oscuro episodio de espionaje. Y ahí, en una mugrienta bodega, escribe las memorias que constituyen el relato. Diríamos que estamos ante una versión libre, personalísima y bastante cruda de Los sietes pilares de la sabiduría, que Lawrence escribió efectivamente en torno a su espectacular experiencia. Álvarez se atreve, y muestra una valentía muy estimable, a meterse en el personaje y conectar con su conciencia, la de un tipo indómito y contradictorio, ansioso de experiencias y fascinado por la grandeza de los guerreros árabes. La personalidad explosiva del militar galés desborda en cada página, satura de sinceridad el relato y le otorga el mismo grado de intensidad en la gloria que en la pesadumbre y la decepción. Obviamente no puedo valorar hasta qué punto el autor fantasea o se está ajustando a la realidad, pero la sensación que transmite es totalmente convincente. Y parece ser, obviamente tampoco puedo afirmarlo, que hay cierta dosis de experiencias personales del autor que se traslucen al protagonista del relato.
Como decía antes, y creo que es suficientemente sabido, Lawrence se enrola en el ejército británico y por su conocimiento del medio geográfico es destinado a contactar con los líderes árabes que se rebelaban contra el dominio turco. Termina por convertirse en uno de los líderes de la lucha, perfectamente identificado con los caudillos locales. Pero, a la vista del libro, aún resulta más fascinante la vertiente personal del galés, un tipo extremadamente intenso, diríamos inflamado, no tanto en el aspecto patriótico como en la vivencia de la heroicidad, la integridad y el aura gloriosa de la que considera revestidos a los árabes insurrectos. Lawrence es siempre consciente de que serán traicionados por los pactos secretos previamente suscritos entre ingleses y franceses, y eso le enerva aunque sin impedirle seguir adelante.
Es al mismo tiempo un individuo despiadado, que aborrece la mediocridad y el igualitarismo (la democracia) que considera castrante, hasta el punto de ser cortejado algo más tarde por cierto Partido fascista británico. Pero es también un hombre cultísimo, que nunca se separa de su lote de libros favoritos, traduce a Homero del griego clásico y domina la poesía árabe, entre otras muchas cosas. Y por ahí se deja ver también una personalidad enormemente compleja, en la que parecen combinarse una extraña asexualidad con el rescoldo de un amor romántico tradicional, fugaces experiencias homosexuales y cierta tendencia hacia algo que podríamos calificar como sado. No se ahorra Jose María Álvarez detalles que ilustran estas contradicciones, al contrario, es explícito y de una crudeza considerable que nos hace dudar de si, cuando este título se publicó en una colección histórica de Planeta, alguien de la casa se lo leyó realmente.
Tal vez no, quizá se habían quedado con la imagen bastante edulcorada de Peter O´Toole en la famosa película de 1962 una versión mucho más amable y cercana al héroe y libertador occidental que el consumidor podía asimilar sin problemas generando buena caja. Este Lawrence legendario fue al parecer un invento del periodista Lowell Thomas, que le transformó en una figura artificial que el protagonista odiaba a muerte. Nunca perdonó que se propagase esa imagen de rectitud y heroísmo que sabía que no era real, ni podía soportar la popularidad que provocaba, de forma que prefirió ocultarse en un desempeño anónimo en la RAF o en un lejano destino en Pakistán.
(*) Coincidencias del destino, acabo de enterarme de que Jose María Álvarez falleció la semana pasada. Por lo que he podido ver, puede que su valor como poeta no haya sido suficientemente reconocido, pero en cualquier caso, en la reseña de este libro queda nuestro modesto homenaje.
martes, 2 de enero de 2024
Angela Carter: La companyia dels llops
martes, 5 de diciembre de 2023
NOVELAS PIRAÑA #2 : La promesa de Friedrich Dürrenmatt
Título original: Das Versprechen
Traducción: José María Valverde
Año de publicación: 1958
Valoración: Recomendable alto
El ritmo es, me parece a mí, un elemento esencial en una obra literaria. El ritmo debe adecuarse a lo que se cuenta y a cómo se cuenta, sincronizado con la prosa y marcando el paso al lector. Hay mil ejemplos de esa sintonía y otros tantos de su ausencia, y me da la impresión de que esta semana temática dedicada a textos más bien breves y contundentes está estrechamente relacionada con el ritmo, porque si un libro de pocas páginas no consigue atinar con el ritmo idóneo casi seguro que terminará siendo desechable aunque ofrezca otras virtudes.
Si ven la valoración que pongo arriba, habrán podido suponer con acierto que esta novela corta de Friedrich Dürrenmatt (cuya recomendación tengo que agradecer a Oriol) da en el clavo con el ritmo, y hasta se podría decir que es su mayor activo. Porque la historia en sí es más bien poco rompedora si consideramos los montones de películas y libros que llevamos en la mochila a estas alturas. Se trata de una serie de crímenes que tienen como víctimas a niñas que aparecen asesinadas y probablemente, no se dice de forma explícita, objeto de violencia sexual. A partir de ahí se desarrolla una trama policial encabezada por un inspector muy capacitado que se tomará el asunto como algo personal. A la dificultad de la investigación se suman factores que la hacen aún más ardua, como la absoluta ausencia de indicios, la presencia de alguien con toda la apariencia de culpabilidad, la furia de los vecinos de las víctimas o los intereses mezquinos de otros mandos policiales. Nada demasiado especial, como se ve.
Pero el talento para narrar algo puede convertir una historia más o menos convencional en algo mucho más valioso. Está el ritmo al que me refería al principio, la cadencia exacta para mantener la tensión sin abrumar al lector, pero hay más. Un relato construido a partir de niñas vestidas de forma similar que son asesinadas mientras deambulan por un bosque tiene el punto insano de una reinterpretación cruda del cuento de Caperucita, claro está, además de la sospecha que sobrevuela sobre los habitantes de las apacibles poblaciones suizas donde se desarrolla. Y ciertas escenas (el disparatado desenlace de una larga vigilancia, la desesperante disertación de una anciana) recuerdan, con cuarenta años de antelación, a algunas extravagantes secuencias de Twin Peaks, donde también asistíamos a momentos disruptivos donde el absurdo surgía de improviso en un contexto de máximo dramatismo.
Pinceladas que dan al libro un aire moderno, novedoso, una forma de tratar la novela policiaca desde un ángulo diferente engrandeciendo así el relato. Como lo hace un ligero rasgo metaliterario que se queda en amago aunque sobrevuela suavemente todo el texto. Son virtudes que hacen muy atractiva la lectura y que nos hacen perdonar algún pequeño pecadillo, como recurrir a un relativo, aunque bien elaborado, deus ex machina para resolver alguna cuestión.
Tratándose de un texto más o menos breve y que consigue captar toda la atención sin apenas momentos de relajación, me parece que encarna muy bien ese concepto de novela piraña, lo que quiera que eso sea, al que hemos querido dedicar estas entradas prenavideñas. Y oiga, para un regalito no muy caro y con garantía de éxito también es muy válido.
miércoles, 27 de septiembre de 2023
Miguel Ángel Hernández: Anoxia
Año de publicación: 2003
Valoración: Recomendable alto
Según como consideremos el tema, la fotografía puede tener
un cierto punto inquietante: se captura una instante concreto, un momento que
nunca más se repetirá (ay, si la hubiese conocido Heráclito), la imagen de
personas que tampoco volverán a ser como entonces, o que simplemente ya no
estarán en el mundo. Se puede, con talento suficiente, plasmar una atmósfera,
como los grandes pintores figurativos, captar el ángulo insólito, presentar una
escena de una manera determinada transmitiendo unas sensaciones o las
contrarias. Muchas cosas, sin que sea necesario llegar a lo que, de una forma
casual, le toca vivir a Dolores.
Dolores, viuda madurita, compartía con su marido la pasión
por la fotografía, que fue también su medio de vida hasta que él murió en
un accidente de tráfico. Sola y cansada, ella intenta mantener el negocio
aunque sin la ilusión de los años jóvenes, cuando recibe un extraño encargo de
Clemente, un desconocido anciano que le convencerá para dedicarse a una actividad que
ya parecía extinguida: la fotografía post mortem, obtener la última imagen del
difunto poco antes de que su cuerpo desaparezca para siempre. Una moda que
ahora se antoja macabra pero que tenía su público unas cuantas décadas atrás,
tal vez hace un siglo. He visto fotos de ese tipo, y resulta de verdad tétrico
y poco agradable, pero llegó a tener cierta relevancia. Dolores, sin saber muy bien
por qué, acepta la oferta y se interna en esa peculiar actividad.
La foto del recién muerto tiene sus propias reglas, hay que
estudiar los encuadres y la luz, captar el gesto del cadáver, que debe aparecer
tal cual es, el ser que acaba de abandonar la vida, todavía presente, él mismo
pero también distinto del que era unas horas antes. También hay que extremar la
profesionalidad, ser rápido sin desatender los detalles, trabajar en la
atmósfera fría del tanatorio, compartir espacio con los familiares sin dejarse
arrastrar por las circunstancias porque ‘el dolor es de ellos’, ser capaz de
obtener la imagen perfecta del cuerpo inmóvil (¿siempre inmóvil?). La experiencia le sirve a Dolores para
recuperar la pasión por su trabajo, hasta entonces adormecida, y descubrir cosas
desconocidas de ese mundo: viejos álbumes en blanco y negro, fotografías
insólitas, la antigua técnica del daguerrotipo que producía imágenes que no
captaban ya la ‘instantánea’, sino una breve secuencia de tiempo condensada en
una sola imagen. O ciertas prácticas relacionadas con la fotografía mortuoria
que se internan en el terreno de lo truculento, o directamente de lo criminal.
El relato es pausado, con un ritmo narrativo constante y
bien medido, como medido, pulido y elaborado con esmero parece cada párrafo,
cada descripción y cada personaje. En un presente histórico de frase corta, la
narración solo puede calificarse de eficiente: limpia, exacta y con la
información precisa para que en ningún momento decaiga la atención. Todo
transmite una sensación de inmediatez que hace de la lectura algo adictivo, aunque en ciertos momentos pueda echarse de menos algún espacio más amplio para
la imaginación.
Esto último, la imaginación, parece reservarla el autor para
esa capa del relato que amaga con algún misterio, algo oculto que
necesariamente debe esconderse entre secretos vinculados a técnicas
fotográficas extrañas, en los pliegues no desvelados en las vidas de Dolores o
de su cliente, en la turbiedad de esa afición a la fotografía mortuoria, o en
los vapores insanos de los compuestos utilizados en los viejos daguerrotipos. Esa
bruma amenazante que infecta todo el relato y mantiene la tensión se tiene que
materializar en algo, un acto antiguo o actual, algo que explique la anoxia,
esa falta de oxígeno que acaba con los miles de peces del Mar Menor, que
consume a Clemente mientras colecciona y clasifica fotos de muertos, o que
asfixia a Dolores cada noche mientras rememora su vida y su fracaso, y siente la presencia de un vacío casi tangible. Pudo
también ser un gesto, una decisión equivocada que muchos años después queda al
descubierto con la frase definitiva:
- Aquí, cerca. Y no al otro lado, lejos.
Enigmática frase a la que solo encontraremos sentido leyendo
el libro entero. Toda una declaración, la demostración de que las tragedias
proceden muchas veces de esos pequeños agujeros negros que van marcando nuestra
historia y solo somos capaces de verlos, mucho después, cuando los descubrimos en los demás, o en las proximidades de la muerte.
domingo, 3 de septiembre de 2023
Esther Tusquets: El mismo mar de todos los veranos
Año de publicación: 1978
Valoración: Recomendable alto
El esporádico hueco que de tanto en tanto dejo a una
relectura le corresponde en esta ocasión a la primera novela de
Esther Tusquets, quizá más conocida por su notable labor de editora, durante
tantos años al frente de Lumen, por ejemplo. Pero me parece algo injusto ese
segundo plano como escritora, porque al menos en la novela que traemos hoy aquí
hay mucho y muy valioso, cantidad y calidad que desconozco si después ha tenido
la continuidad que debía en sus no muy numerosas obras posteriores.
Qué maravilloso título El mismo mar de todos los veranos,
tan oportuno cuando rescaté el libro de la estantería el mes pasado, tan
evocador de vacaciones infantiles o adolescentes, y sin embargo con un
significado inmediato tan opuesto a todo ello, porque ni es verano ni hay mar,
solo una ventana de la vieja casa familiar, la ventana desde la que la
protagonista contempla una vida que llega a los cincuenta envuelta en fracasos,
desconfianza y abandono. Desde allí empieza una larga confesión, la de una
existencia abrumada por una madre de atractivo incomparable, que brillaba en
todo momento eclipsando todo a su alrededor, y una hija que por su parte
destaca por su nivel intelectual y triunfa en tierras lejanas.
La mujer queda por tanto atrapada entre quienes encarnan la
generación anterior y la siguiente, abuela y nieta que en modo tenaza comparten
cierto desdén hacia la hija y madre que colecciona decepciones y parece desde siempre incapaz
de estar a la altura, de encajar en la hipócrita sociedad burguesa donde ha ido
a nacer, el garbanzo negro que solo llegó a tener apoyo en alguna nodriza
también más tarde caída en desgracia. Tampoco con los hombres las cosas le han
ido mejor, con un dramático abandono y un matrimonio que siempre fue poco más que una
simulación.
Se diría que nunca ha conocido el amor, ni el infantil ni el
adulto, y ahora, cuando regresa a los escenarios familiares vacíos, surge algo
inesperado, algo que podría ser el clásico amor otoñal, pero que tiene un
ingrediente nuevo: es una mujer. Así que de momento hay que alabarle a la
autora la valentía de presentar con tanta claridad un amor lésbico en una época
(recordemos, 1978) que tampoco era muy propicia a exhibiciones de diversidad
sexual, y hacerlo además con escenas bastante explícitas hasta dejar en algunos momentos un aire de novela erótica, pero de las buenas, tan pocas. Lo cual tampoco es
obstáculo para que se pueda poner en cuestión otros aspectos de esa relación,
porque la pareja es una chica muy joven, alumna en un curso impartido por la
protagonista, lo que se ofrece a valorar otras perspectivas en las que no vamos a entrar.
El caso es que esa inesperada pareja abre un mundo
desconocido a esta mujer que parecía derrotada y que, ya enfilando la cuesta abajo,
definitivamente había dado por perdida la batalla o la vida misma. Parece ahora
capaz de dar y recibir amor, sin ofrecer ni pedir nada a cambio, aunque también
recluida voluntariamente, como refugiada, en aquellos viejos entornos
familiares que se niega a abandonar. Encontrarse entre aquellas paredes
conocidas y con esta insólita relación parece bastarle para encontrar
finalmente lo que siempre le fue hurtado.
Mujer sola, que acumula decepciones, dominada su juventud
por madre e hija triunfantes, perdedora y
zarandeada por el infortunio y quizá por los complejos. Tiene la protagonista
todo lo necesario para gozar de la empatía (o conmiseración) del lector, pero
puede que esa misma acumulación de insatisfacciones acabe por suscitar cierto
rechazo, porque a fin de cuentas lo que exhibe (y lo vemos muy claramente en una
de las secuencias finales) puede no ser otra cosa que una inseguridad algo
patológica, el complejo de patito feo que se alimenta de las desgracias y solo
consigue ser vencido a base de seducir a una jovencita.
Es una lectura de las varias posibles, claro está, pero aquí
hablamos de libros y no de consideraciones éticas o psicológicas y en ese sentido, y
ya es hora de decirlo, el relato está magníficamente escrito. Nos podrá costar
quizá unas pocas páginas cogerle el punto, pero es un relato fluido, sembrado
de saltos temporales muy medidos, cascada de reflexiones y sentimientos a flor
de piel, todo ello inmerso en un monólogo interior que consigue enseguida
empapar de sinceridad y transmitir justamente la desazón y la penumbra
permanente que han ahogado la vida completa de esa mujer que parece haber asumido su condición de derrotada. Todo un torrente guiado con elegancia por una prosa cuya riqueza se asimila con naturalidad y sin sensación de exceso.
Es una confesión en toda regla, una especie de testamento de
alguien que ha visto perdida la mayor parte de su vida, que se agarra a una
última opción con tanta entrega como falta de convicción y que, gracias a la habilidad de la autora, resulta brutalmente convincente y consigue impregnarnos en su fatalidad. Una
sensación tal vez no muy agradable desde la posición de lector, pero que hay
que valorar como se merece cuando un autor es capaz de trasladarlo con esa destreza y eficacia, sin más trucos que escribir bien.
lunes, 14 de agosto de 2023
James Alan McPherson: Espacio vital
- En "Por qué me gusta la música country", un hombre rememora un antiguo amor de la infancia. Da una forma y textura la mar de artísticas a una premisa simple.
- En "Historia de un hombre muerto", el protagonista, que ha prosperado, lamenta las decisiones de su primo. La crueldad y las tendencias autodestructivas del antagonista provocan escenas increíblemente tensas.
- En "La bala de plata", un joven cobarde quiere unirse a una banda, pero antes debe atracar un bar restaurante para demostrar de qué pasta está hecho. Resulta entretenido de leer, aunque palidece en relación con los demás, ya que presenta situaciones tarantinescas, personajes caricaturescos, un subtexto apenas esbozado y un humor algo burdo.
- En "Los fieles", el negocio de un barbero que se niega a modernizarse agoniza. Fascina su capacidad para cristalizar multitud de cosas en poquísimo espacio.
- En "Problemas de arte", un abogado blanco debe defender a una mujer de color acusada de conducir bajo los efectos del alcohol. Si bien el desarrollo y el clímax son relativamente planos, la manera en la que McPherson los comunica los dota de interés.
- En "Historia de una cicatriz", un hombre pregunta a una mujer por qué tiene el rostro marcado. Juega adecuadamente con las expecativas del lector pero prima siempre la calidad del texto al giro.
- En "Soy estadounidense", un turista descubre que un ladrón ha robado a los japoneses de la habitación contigua. Su sentido del humor es deliciosamente sutil.
- En "Viudas y huérfanas", un profesor asiste a una velada de ricachones donde una antigua alumna (y novia) recibe un premio. Cóctel melancólico y ácido.
- En "Una barra de pan", la comunidad se alza en contra de un comerciante que vende más caro en la tienda de su barrio. Un autor menos habilidoso jamás hubiera logrado desplegar el conflicto con tanta madurez, ni equilibrar las perspectivas y escoger imágenes simbólicas con idéntico acierto.
- En "Lo suficiente para la ciudad", un cínico permite que religiosos de diversos credos acudan a su casa e intenten captarlo con tal de poder burlarse de ellos. El formato y el sarcasmo que desprende me parecen magníficos.
- En "Una historia de fondo", un juez recapitula para concluir si un negro que ha disparado a su jefe es culpable. Su estructura fragmentaria y cierre circular son impecables.
- En "Espacio vital", un escritor habla sobre un matrimonio interracial. Joyita cuyos toques filosóficos y metaliterarios ensalzan un núcleo que ya era intrínsecamente potente.
sábado, 12 de agosto de 2023
Juan Marsé: El embrujo de Shanghai
Año de publicación: 1993
Valoración: Recomendable alto
Aunque confieso que le tenía un poquillo olvidado, siempre he pensado que Juan Marsé es un grandísimo narrador, en el sentido más literal, no solo que escribe bien, sino que cuenta muy bien, que quizá no es exactamente lo mismo. Se puede escribir bien de muchas maneras, con diferentes estilos o manejando recursos muy diversos; pero a la hora de narrar, yo creo que solo cabe hacerlo bien o mal en sus diversos grados, es decir, haciendo llegar el relato al lector y haciendo que le interese, que de alguna manera sienta que tiene entre manos algo importante, atrayente por alguna razón, algo bien hecho. Marsé construye buenos relatos y los cuenta con soltura y con la naturalidad de quien tiene talento para ello.
El escenario de El embrujo de Shaghai es el más habitual en la trayectoria de este autor, al menos en lo que yo conozco: Barcelona unos pocos años después de la guerra, cuando la sociedad ha empezado a reconstruirse bajo el nuevo Régimen, una ciudad gris y algo mugrienta, con algunas oleadas importantes de inmigrantes, donde el futuro de la mayoría se sitúa muy poco más allá de mañana, y los chavales se dedican a callejear o al menudeo, o sirven como aprendices de algún artesano o comerciante. Es seguramente el escenario de la adolescencia del propio Marsé, y observamos también, quizá de forma más solapada que en otras novelas, el contraste de las clases bajas con las familias algo más acomodadas.
En este escenario irrumpen algunos miembros del maquis, personajes que habitualmente cuentan con escasa presencia en la ficción, tipos que entran y salen de forma clandestina para preparar acciones, reclutar activistas o mantener contactos en el interior. Uno de ellos, el Kim, lleva tiempo medio desaparecido, sin más contacto con su familia que alguna pequeña carta. Su mujer y su hija adolescente y enferma de tuberculosis fantasean con el día en que el Kim vuelva para llevarles con él muy lejos. Entretanto, el chaval protagonista y parcialmente narrador entra por casualidad en contacto con la casa del ausente Kim, que visitará cada día durante un tiempo. La llegada coincide con la visita de un tal Forcat, compañero del combatiente desaparecido, que amenizará las tardes de los chavales contando las exóticas aventuras que han impedido al padre volver a encontrarse con su familia. Y bueno, ya he contado más de lo que acostumbro, creo.
La aparición del maquis, aunque sea meramente instrumental y ceñida a unos pocos personajes sueltos, acentúa la sensación de país sumido en la oscuridad del protofranquismo, porque la acción de estas guerrillas representaba una última opción de derribar al Régimen, opción sin embargo tan lejana e improbable que por el contrario parecía anunciar lo inevitable del destino de las próximas décadas. De esta forma, las estimulantes aventuras que con mucha destreza describe Forcat son una ventana a otros mundos, lejanos, excitantes, que sirven de bálsamo a la postración, el desánimo y la rebeldía infructuosa que, no sé si voluntariamente, pueden personificarse en la joven Susana, encamada, febril y rodeada de emanaciones de eucaliptos.
El contraste no es solo social, sino también individual. El fascinante relato del visitante, lleno de viajes y peligros, con el fondo de la eterna pugna entre el bien y el mal, se funde con las pequeñas miserias de lo cotidiano, celos, envidias, mentiras e ilusiones cutres que no hay forma de esconder. En esa mezcla de lo ilusionante y lo real surgen personajes de enorme atractivo, como el inolvidable capitán Blay, el viejo chiflado que detecta aires pútridos en las calles (algo que recuerda al Tibidabo de Gonzalo Suárez); Anita, la taquillera de cine, aficionada al vino y con fama de demasiado ligera; el propio Forcat, con un punto misterioso que nos sugiere respuestas sucesivas, ninguna convincente; o la tísica Susana, ya citada, todo un modelo de adolescente despótica y algo manipuladora. Un repertorio de personajes ricos y trazados con estilo.
Tampoco me parece que a Marsé se le pueda acusar de excesos formales. No tengo esa sensación de lecturas anteriores, y desde luego en el libro que ahora comentamos no cae en ese defecto en absoluto. Es una narración, mejor dicho, dos narraciones en formato de relato enmarcado, con un ritmo impecable y nítido, sin remansos, con algún recurso retórico muy esporádico, breve y pertinente, alguna prolepsis algo sorprendente, o un par de cambios repentinos de narrador, utilizados de forma tan contenida que se diría que el mismo autor se ha frenado en su uso. Marsé parece disfrutar jugando a autor de novela negra en esa narración subordinada, y también en ese aspecto consigue un resultado brillante, más incluso porque ese juego funciona muy bien como contrapunto de color a las vidas vulgares que desfilan por el relato principal.
Sí, bueno, quizá hay en la novela un par de cosas que me convencen algo menos, pero por una vez me las voy a callar. Lean ustedes el libro, que merece la pena, y descúbranlas por sí mismos.
Otras obras de Juan Marsé reseñadas en ULAD: Si te dicen que caí, Rabos de lagartija, La oscura historia de la prima Montse, Últimas tardes con Teresa
viernes, 12 de mayo de 2023
Rachel Cusk: Segunda casa
Título original: Second place
Traducción: Catalina Martínez Muñoz
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable (alto)
«En esa época de año —primavera— las patatas que guardamos en el cobertizo empiezan a echar brotes, aunque las conservemos completamente a oscuras. Les salen esos brazos blancos y carnosos porque saben que es primavera, y a veces me quedo mirando una patata y pienso que sabe más que la mayoría de la gente»
«Los dedos del pianista, rigurosamente entrenados, son más libres de lo que lo será jamás el corazón esclavizado del amante de la música. Supongo que esto explica por qué los grandes artistas pueden ser personas tan horribles y decepcionantes. La vida rara vez ofrece la oportunidad o el tiempo suficiente para ser libre en más de un sentido.»
- Sobre el menosprecio hacia nuestras necesidades más básicas cuya satisfacción siempre relegamos. La importancia de escucharse y de ser sincero con uno mismo, aunque sea hablando con un Jeffers imaginario.
- Sobre la complejidad y omnipresencia del sesgo patriarcal en la sociedad.
«(…) esa aura de libertad masculina está presente en la mayoría de las representaciones del mundo y de nuestra experiencia humana en él, y que como mujeres nos hemos acostumbrado a traducirla a un idioma que podamos reconocer (…) evitando algunas de las partes a las que no encontramos sentido o no entendemos, y otras a las que sabemos que no tenemos derecho, y voilà!: participamos. Es como llevar un traje elegante que nos han prestado, o a veces directamente una suplantación (…)»
- Sobre el arte en la vida del ser humano como faceta imprescindible para gozar de una vida plena.
viernes, 5 de mayo de 2023
Fight Combo: La condesa sangrienta.
Título original: Erzsébeth Bàthory. La Comtesse sanglante
Año de publicación: 1962
Traducción: M. Teresa Gallego Urrutia e Isabel Reverte
Valoración: más que recomendable
No sé hasta qué punto este libro se considerará canónico sobre el tema, en el ámbito historiográfico, pero, como digo, al menos sí que se considera una obra literaria importante, quizá la principal que ha dado lugar la historia/leyenda de Erzébet Báthory. Y eso se debe a que, si bien parece que Valentine perose buscó y utilizó toda la bibliografía y documentación que pudo encontrar sobre la figura de la condesa Báthory, al final no compuso una biografía al uso. o; mejor dicho, sí que lo hizo, pero no se limitó a eso: este libro es también la crónica de una época y un lugar en pleno cambio, la Hungría de alrededor de 1600, que estaba evolucionando desde la ferocidad -por no decir la barbarie- de una sociedad aún feudal y guerrera (ante la amenaza turca, principalmente), hacia la implantación de un estado fuerte, centrado en la figura del emperador y más orientado a los vientos provenientes de Europa occidental. Pero, sobre todo, es una orgía para los sentidos, un derroche de suntuosidad literaria, tanto en lo que respecta a los aspectos más "ambientales", digamos -las descripciones de fiestas y banquetes, de bosques y castillos, de elementos climáticos, de paisajes urbanos, las genealogías familiares-, como de aquellos otros inevitablemente horrendos, sanguinarios, morbosos... las torturas y los asesinatos, las masacres, incluso, que dejan tras de sí cadáveres, charcos de sangre y hedor.
"Como Sade en sus escritos, como Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa Báthory alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible."
No conozco lo suficiente la obra de Pizarnik como para explicar cómo encaja en ella su "condesa sangrienta" (si a alguien le interesa mucho saberlo, parece que César Aira tiene publicado un ensayo sobre esta escritora. Según él, por lo visto, Pizarnik no quiso seguir por este camino, que para ella quedaba agotado con este libro). Sin duda, su impronta poética ve reflejada en la belleza que consigue sacar de esa pesadilla splatterpunk que suponen los crímenes de la condesa y compañía, algo que se ve reforzado por las magníficas ilustraciones, entre góticas y simbolista, de Santiago Caruso para esta edición de Libros del Zorro Rojo (no es la única ocasión, por cierto, que este ilustrador argentino ha puesto imágenes a la obra de su compatriota). El libro, cierto es, no tiene la riqueza descriptiva ni la ambientación de que hace gala el de Valentine Penrose, pero gana en síntesis y en un esteticismo más depurado, así como en una mirada más "filosófica" (si se quiere decir así) sobre la atracción del abismo que conlleva asomarse a la figura de la condesa Báthory y a sus perturbados crímenes. Ambos libros, en cualquier caso, resultan recomendables, aunque quizá no muy digeribles para según que estómagos, yo aviso...


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