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lunes, 19 de enero de 2026

Albert Cohen: Bella del señor

Idioma original: francés
Título originalBelle du Seigneur
Año de publicación: 1968
TraducciónJavier Albiñana Serraín
Valoración: imprescindible

Celebremos el inicio del 2026 con un bombazo.

¿Cómo afrontar los monumentos? ¿Cómo afrontar una lectura que crece y crece con cada mes que transcurre? ¿Cómo dar cuenta de todo lo que contiene una novela que es la expresión misma de cierta forma de ver el mundo, del romanticismo más exacerbado, cínico, lleno de humor negro y a la vez conmovedor sobre dos personas que, en papel, son irredimibles y sin nada que nos pueda llegar a empatizar?

Vuelvo a la carga con Albert Cohen. Ya lo había avisado en la reseña de Solal: primero leí este libro, el tercero de una supuesta tetralogía. Digo supuesta porque, a pesar de que comparten personajes y temáticas, visto lo visto dudo que haya una historia que continúe lineal. A falta de leer los otros dos, Comeclavos Los Esforzados, me da la sensación de funcionar como Minimosca, tomando elementos e historias anteriores y reformulándolos a su antojo a pesar de lo ya establecido.

La novela es inmensa, colosal, inabarcable. Suma cum laude en el tratado del amor más cursi y del hastío ante la vida, de lo que sucede cuando nada te define salvo el aburrimiento por la humanidad, también es una denuncia ante la inoperancia de las instituciones políticas, sobre todo de aquellas que luchan, con "denuedo", por la paz mundial. Y colosal es no solo por los temas, que a fin de cuentas son universales, sino también por sus recursos literarios. Podemos encontrar monólogos sin puntos ni comas y extensivos por treinta o cuarenta páginas, un manejo del tiempo elástico, con diálogos circulares que repiten la noción sin llegar a un punto definido, solo para hacer patente la humillación de un personaje, una prosa entre cínica, entrometida y onírica para representar las inseguridades y arrogancias de los personajes, sobre todo de esa construcción suprema de la ironía que es Solal de los Solales, personaje maravilloso donde los haya. Si en Solal se nos revela como un imberbe que ya produce un efecto inverosímil en las mujeres. acá es un consumado galán que no tiene problemas en jugar con ellas de forma retorcida, con discursos que son mini pontificios de psicología inversa de la seducción. Apabullante ese capítulo donde conquista a Ariane, que está prometida con uno de sus empleados, relatándole las experiencias con las mujeres, burlándose de todas ellas e imitándolas en sus reacciones de acuerdo a lo que él dice, manifestándose harto por ese comportamiento y asegurando, con falsa timidez, que sabe que ella no es igual (a pesar de que Cohen, varias veces, ya nos ha mostrado que Ariane es de todo menos una persona valiosa en su corazón).

Si uno supera el inicio desconcertante, es decir, los primeros cuatro capítulos (que incluye una escena donde nunca se termina de saber lo que ocurre y un monólogo de Ariane sin ningún tipo de consideración hacia los puntos y coma que casi me hace abandonar el libro), y llega a la escena donde se nos presenta la vida diaria de Adrien Deume, prometido de Ariane y funcionario de la Sociedad de las Naciones, en su faceta de patético, lamebotas y ambicioso sin una pizca de vida interior, la novela despega y se presenta como un crisol de hipocresías del ambiente burocrático/político y a la vez del burgués, más preocupado por el qué dirán y las influencias de los poderosos que por sus cualidades morales. Cohen despliega toda su genialidad para mostrarnos, mediante frases filosas y escenas hilarantes, la frivolidad de un atrezzo cuyo supuesto objetivo primordial es trabajar por la paz mundial y cultivarse en el camino hacia el progreso. Podemos ver a Adrien (ridiculizado constantemente como Didi) insultando en secreto a Solal, su jefe, y a la vez rogando por un poco de atención que le permita presumir ante sus iguales del favoritismo que le otorga la alta jerarquía. Podemos verlo en una vomitiva escena donde intenta convencer a su esposa de que se deje ver más junto a él, y todos, salvo él, sabemos que Ariane no tiene ni el más mínimo respeto por su esposo y mucho menos lo ve como alguien digno de amor.

Pero esto es recién el inicio. Cuando empecé la lectura, en su momento pensaba que la historia trataría de Adrien y Ariane y de sus problemas para encajar con la burguesía y de cómo resolver su relación. Y eso es apenas el primer tercio del libro. Luego de una escena larguísima en donde esperamos, junto a Adrien, la llegada de Solal para cenar, sin que este se presente nunca, y viendo cómo Adrien inventa justificaciones a cada hora y luego hasta perdonándolo por no haber asistido, la novela toma otro cariz. Hay un evento, una fiesta que brinda Solal en su mansión, y Adrien y Ariane asisten. En un momento, Ariane se queda a solas con el galán irredento. Y es cuando se da ese discurso maravilloso que cité hace un par de párrafos. Y es entonces que el lector está perdido, entregado al juego de Cohen, reconociéndose en los problemas de Solal para encontrar una mujer que lo quiera y a la vez asqueado por la manipulación evidente y por que Ariane, que se jacta de no querer a nadie, termine cayendo en esa treta. A partir de ahí el foco es para ellos dos, qué es lo que pasa cuando el mayor objetivo se cumple, cuando los sueños más delirantes de tu niñez se ven cumplidos, cuando la persona que aparece todos los días a tu lado es la representación de ese ideal, para lo bueno y para lo malo.

No he mencionado otro grupo de personajes importantísimos: Los Esforzados, con Saltiel, el tío de Solal, como líder de cabecilla. Presentados en Solal, no haré desarrollo de ellos, ya que en esta novela aparecen más como un contrapunto cómico que como una parte esencial de la trama. Pero fungen como un ente colectivo, donde cada uno lleva su rol con una dignidad exasperante y a la vez de una conveniencia que te hace soltar un par de risas. Cómo olvidar la escena donde se esconden y tratan de ver qué hace Solal con Ariane, si se atreve a seducir a la esposa de uno de sus funcionarios y cómo afectará en ello a la reputación del susodicho y a la reputación judía en general. 

Porque ese es otro elemento importante en la obra de Cohen. Si bien existe una crítica feroz hacia ciertas personalidades del ámbito judío y de los estereotipos que a veces encarnan con placer, la novela transcurre en tiempos de entreguerras, y a lo largo de la trama, la mención de Hitler y el avance de todo lo que representa se hacen eco solapadamente a través de los protagonistas y de distintas maneras. Para Adrien es un suceso que le permitirá desempeñar un mejor trabajo y que, paradójicamente, es lo que permite el incipiente adulterio de su esposa, para Ariane una simple distracción que lo aleja de su verdadero amor (para entonces simbolizado en la figura de Solal), y para este último, una preocupación permanente que le hace atestiguar la desidia de la humanidad frente a una fuerza imparable que amenaza con llevarlo puesto. Y su reacción es la de esconderse, la de pensar que no le tocará a él, que le tocará a cualquier otro y que eso bastará para que la furia no lo toque. Eso desemboca, junto con la revelación de su aventura con la esposa de un funcionario, en una huida permanente de su trabajo como Subsecretario de la Sociedad de las Naciones y de su propia persona, escondiéndose con Ariane en varios hoteles y planificando su rutina todos los días con tal de no enfrentar lo que debe enfrentar.

Cohen da acá el golpe maestro. En las últimas dos partes, cuando el foco se centra en la relación de Solal y Ariane, y uno cree, ingenuamente, que son perfectos el uno para el otro (para Ariane por el deseo cumplido de una frivolidad eterna mediante un príncipe azul que le cumple todos los caprichos, para Solal por la belleza sin parangón y la potencia sexual que es Ariane) y que, retorcida y con todos los adjetivos que se puedan encontrar, encontrarán la redención, se muestra que el proyecto de mantener de mantener un amor cursi, adolescente, de renovar la sensación del primer enamoramiento todos los días y de enfrentar con terror cualquier rato de aburrimiento, de desgana, de odio hacia el otro, incluso del mínimo pensamiento de pasar un segundo a solas, es agotador, tanto para el personaje como para el lector. A Solal le ha ocurrido lo mismo que con las demás mujeres, a Ariane, la capa de su príncipe azul se le empieza a desteñir en una mezcla de gris y negro. En cada página leemos expresiones supremas del amor, de la ansiedad, de los celos, de la ira, del amor de nuevo. Vemos, de a poco, ideas cada vez más ridículas por parte de los dos, todo con el fin de mantener una sensación que hace mucho ha muerto. Se compran una casa, se proponen apodos todo el tiempo, hacen el amor cada vez que sus cuerpos se lo permiten pero de una forma mecánica, se amenazan con dejarse, inundan la casa con los llantos, todo esto mientras el mundo se incendia y la marea de la perdición llega hacia ellos. Cada uno consume al otro. La verdadera tragedia, parece decirnos Cohen, es aquel amor que cumple todo lo que pensabas que deseabas pero que nunca termina por satisfacerte, pues cada deseo y acto muere en su concepción.

Es imposible dar cuenta del efecto de una novela como esta. Revela zonas oscuras que uno no quiere pensar que las tiene, o que en algún momento ha pensado que las tiene, y a la vez, en pocos momentos, proporciona un momento de júbilo, un segundo de alegría tan puro como el de un niño, ya sea por la brillantez de un discurso como por las expresiones poéticas sobre el amor, un amor que no es el adecuado, es cierto, pero quién no se ha visto envuelto en uno de esos y ha pensado que se desintegraba en ese influjo. He olvidado muchas cosas (todas las escenas oníricas de Solal, los monólogos de la sirvienta de Adrien y otras cosas), pero meses después el recuerdo de una obra gigantesca, capaz de cambiar tus puntos de vista, de detectar aquello que quizás es intuitivo para todos y que nadie puede poner en palabras, crece y echa raíces en mi mente. Y aunque una de las etiquetas sea muy recomendable alto (porque ciertos monólogos, ciertos trucos, como representar la corrupción de una pareja, horadan el entusiasmo lector y provocan las ganas de tirarlo a la calle), el libro es inolvidable, una tempestad de la naturaleza que te deja temblando y anonadado ante la capacidad de la ficción para descubrirte y renovarte.

Más del inconmensurable Albert Cohen: Solal


domingo, 21 de diciembre de 2025

Albert Cohen: Solal

Idioma original: francés
Título original: Solal
Año de publicación: 1930
Traducción: Javier Albiñana Serraín
Valoración: entre recomendable y bastante recomendable

En principio, la reseña iba a tratar sobre Bella del señor, la obra cumbre de Albert Cohen, pero mientras pensaba en cómo encararla, me decidí a leer esta novela, la tercera obra del autor y la primera de una tetralogía donde aparecen sus personajes más famosos: Solal, el grupo de Los Esforzados, cinco tipos divertidísimos y patéticos y encabezados por el tío de Solal, Saltiel de los Solal (lo de los nombres en esta tetralogía es para enmarcar, dándole un tono que bordea lo épico y lo ridículo al mismo tiempo), la Sociedad de las Naciones como concepto de nido de hipocresías y luchas de poder para acceder a los rangos, etcétera. Curiosamente, la lectura me dejó la sensación de que es mejor atravesar esta novela con el conocimiento de Bella del señor, pero si hubiese sido al revés no hubiera cambiado en nada, incluso me hubiera generado dudas, lo cual es raro, porque primero se publicó esta novela y no aquella.

Parodia delirante y a la vez ataque cínico de cómo funciona el amor (o al menos el amor burgués), la novela trata sobre los años de formación de Solal de los Solales, un personaje del cual me costaría mencionar un solo atributo positivo, y aún así es uno de los personajes más fascinante de la literatura. Exagerado, rebelde, malicioso, cínico, nihilista, apasionado, aburrido, sádico, constantemente lúcido, constantemente loco, irritante, histérico, alienado. Lo vemos de chico, recibiendo las ¿enseñanzas?, ¿la ausencia?, de su padre/rabino Gamaliel, compadeciendo a su madre Rachel por la mísera participación en su vida (que explicaría parte de su actitud hacia las mujeres en la edad adulta) y lidiando con su tío, que cree que su sobrino es el elegido de su pueblo, que necesita hacer negocios a toda costa y que trata de mantener el liderazgo de Los Esforzados porque los considera unos atontados que no aprecian su labor (memorable el momento en que Comeclavos, uno del grupo, intenta crear un impuesto a la tos y Saltiel lo observa todo y se pone a filosofar sobre si la levita que viste es lo mejor para recibir a su sobrino y así enganchar una posición digna). Lo vemos de grande, cuando consigue puestos de poder por casualidad, por seducir a la mujer correspondiente. No importa si la mujer está casada o lo odia al principio, todas caen rendidas ante él por un misterioso influjo que a Solal lo hastía soberanamente, pues tan pronto cree amar a una se aburre de su necesidad de cariño y de sexo (de estas quejas solo extraemos dudas; sus acciones son demasiadas claras como para no pensar que se reprocha a sí lo que hace). En fin, que su educación moral y amorosa se desarrolla a los tumbos, como si cada paso que da no terminase por concluirlo nunca, y mucho de eso tiene que ver con la prosa.

En esta novela aún se nota lo primerizo que es el autor. Todos los recursos expuestos con brillantez en Bella del señor aparecen acá, pero difuminados: el narrador entrometido, que nunca sabemos si es Cohen u otro y que opina salvajemente cuando le conviene, los monólogos y la adopción del habla de cada personaje, el paroxismo del amor ridículo en los primeros meses, añiñando a los personajes hasta el extremo (las mujeres se comen las letras, Solal exagera absolutamente lo que siente y se adelanta a cualquier gesto romántico, retorciéndolo para compadecerse), la crítica feroz hacia los modales burgueses para luego apuñalarse por la espalda; todo eso está en menor cantidad, como si aún le resultara un escándalo desarrollar esa manera de escribir. Muchas de las frases dan sensación de incompletitud y la acción se desarrolla con un ritmo irregular que no te deja imaginar con precisión; lo mismo te clava un capítulo espectacular y lleno de ironía a uno densísimo donde son largas disquisiciones no muy bien descriptas sobre la pertenencia del judío en la sociedad. Por otro lado, ciertas tramas no llevan a nada y carecen de esa comicidad y mala sangre espectacular de la que Cohen hará gala después (pienso, sobre todo, en la adquisición de un terreno en Palestina por parte de Saltiel y que no resulta en nada..., por no decir un spoiler que incurre en un hueco argumental tamaño planetario). A partir de cierto giro en la tercera parte (una gran escena), la novela desbarranca y no sabe para dónde seguir.

Por más que peque de esos defectos, su lectura es recomendable. No tiene la aridez de los primeros capítulos de Bella del señor ni los monólogos plomizos de veinte páginas sin puntuación, pero tampoco los momentazos estelares. Es mucho más accesible en forma y contenido y a la vez más incoherente con la trama. Aún así, las risas genuinas que te brindan los Esforzados y el cinismo y cansancio que te genera la actitud y análisis de Solal para con sí y con las mujeres es prueba suficiente de que Cohen era un distinto, capaz de lo mejor con solo unas pocas páginas.

Y espérense a la reseña de su obra cumbre...


domingo, 21 de enero de 2024

Giuliano da Empoli: El mago del Kremlin


Idioma original: francés.
Título original: Le mage du Kremlin    
Traducción: Adolfo García Ortega
Año de publicación: 2023
Valoración: recomendable

 Veamos: publicar en 2023 una novela que trata sobre Vladimir Putin no, es, digámoslo claro, el colmo de la audacia y la innovación, por no decir que pudiera considerarse un flagrante caso de oportunismo. Esta novela fue premiada con el Honoré de Balzac (no tengo el gusto) y su autor pasa por ser un conocedor de primera mano de ciertos entresijos de la política internacional contemporánea. Lo cual le da cierta ventaja, aparte de la obvia licencia literaria implícita que supone el absoluto misterio que rodea a la persona de Vladimir Putin, que, hace ya casi dos años, es visto como uno de los enemigos irreconciliables de Occidente, peor, como una de las mayores amenazas individuales para (las mayúsculas se imponen) la Paz en la Tierra

Vadim Baranov, protagonista interpuesto de la novela, ha sido su asesor. Un periodista ha acudido a visitarle y la narración cubre, como si obrasen de prólogo y epílogo el principio y el fin de la entrevista, la historia de su ascenso a la cúspide y relativa relegación dentro del entorno del líder ruso. De eso se trata, de especular, qué otro remedio parece quedar, con la figura de los pesos pesados en su ámbito de influencia, en especial de aquellos que acumularon fortuna y poder para perderlos de forma súbita y a veces trágica. No sé hasta qué punto lo que escribe Da Empoli es una especulación o si a través del sustancial reguero de nombres y hechos reales hemos de imaginar que esa figura, la de un intelectual de bajo perfil que se constituye en influencia en la sombra, no es en sí una réplica de la realidad o más bien una arriesgada apuesta de cómo pudo, o puede ser. Sí que diría, desde una dificil posición de objetividad, que el relato resulta acomodaticio con todos los prejuicios desde los cuales el mundo occidental observa a Putin: su pasado como funcionario gris y frío, con una implacable visión de qué partes del pasado soviético hay que preservar, su presente como, valga la redundancia, implacable líder impermeable a cualquier sombra de influencia que pueda ya no discutir sino atenúar un poder que el libro siempre muestra igual: firme, despótico, impertérrito. Lo cual no desmerece el mérito narrativo: las primeras doscientas páginas se devoran a medida que el desfile de celebridades, que incluyen personajes tan variopintos como Edward Limónov o los Jodorkovsky, magnates descabezados de Yukos, escenarios ahora tan denostados como el Londres convertido en el paráíso de las descomunales fortunas de aquellos que supieron reconvertirse tras la caído del muro. Todo ello, opino, quizás demasiado acomodaticio y adecuado a la idea central: Putin es un tirano que está dispuesto a todo con tal de mantener su país, como mínimo, en el añorado status de poder de la Guerra Fría. 

Cuando Da Empoli insiste en vender esa imagen tan cuadriculada, cuando le resulta tan conveniente preservar la fascinación por lo desconocido (no en vano ni se nombra a Gorbachov o Lenin, sí a Stalin y Yeltsin) la narración, sin perder calidad literaria, cae demasiado en el estereotipo. Podríamos decir que el juego de la ficción política busca demasiado esa explicación que tanto cuadra con nuestra escasa comprensión de una sociedad tan lejana. Putin es el demonio, tiene cuernos, es cruel y despótico y su aguijón está listo para clavarse en el lomo de la presa, que hoy en día es el planeta. Una definición que me da que tendría más lecturas que la algo unívoca que esta novela muestra.

 

martes, 5 de diciembre de 2023

NOVELAS PIRAÑA #2 : La promesa de Friedrich Dürrenmatt

Idioma original: alemán

Título original: Das Versprechen

Traducción: José María Valverde

Año de publicación: 1958

Valoración: Recomendable alto


El ritmo es, me parece a mí, un elemento esencial en una obra literaria. El ritmo debe adecuarse a lo que se cuenta y a cómo se cuenta, sincronizado con la prosa y marcando el paso al lector. Hay mil ejemplos de esa sintonía y otros tantos de su ausencia, y me da la impresión de que esta semana temática dedicada a textos más bien breves y contundentes está estrechamente relacionada con el ritmo, porque si un libro de pocas páginas no consigue atinar con el ritmo idóneo casi seguro que terminará siendo desechable aunque ofrezca otras virtudes.

Si ven la valoración que pongo arriba, habrán podido suponer con acierto que esta novela corta de Friedrich Dürrenmatt (cuya recomendación tengo que agradecer a Oriol) da en el clavo con el ritmo, y hasta se podría decir que es su mayor activo. Porque la historia en sí es más bien poco rompedora si consideramos los montones de películas y libros que llevamos en la mochila a estas alturas. Se trata de una serie de crímenes que tienen como víctimas a niñas que aparecen asesinadas y probablemente, no se dice de forma explícita, objeto de violencia sexual. A partir de ahí se desarrolla una trama policial encabezada por un inspector muy capacitado que se tomará el asunto como algo personal. A la dificultad de la investigación se suman factores que la hacen aún más ardua, como la absoluta ausencia de indicios, la presencia de alguien con toda la apariencia de culpabilidad, la furia de los vecinos de las víctimas o los intereses mezquinos de otros mandos policiales. Nada demasiado especial, como se ve.

Pero el talento para narrar algo puede convertir una historia más o menos convencional en algo mucho más valioso. Está el ritmo al que me refería al principio, la cadencia exacta para mantener la tensión sin abrumar al lector, pero hay más. Un relato construido a partir de niñas vestidas de forma similar que son asesinadas mientras deambulan por un bosque tiene el punto insano de una reinterpretación cruda del cuento de Caperucita, claro está, además de la sospecha que sobrevuela sobre los habitantes de las apacibles poblaciones suizas donde se desarrolla.  Y ciertas escenas (el disparatado desenlace de una larga vigilancia, la desesperante disertación de una anciana) recuerdan, con cuarenta años de antelación, a algunas extravagantes secuencias de Twin Peaks, donde también asistíamos a momentos disruptivos donde el absurdo surgía de improviso en un contexto de máximo dramatismo.

Pinceladas que dan al libro un aire moderno, novedoso, una forma de tratar la novela policiaca desde un ángulo diferente engrandeciendo así el relato. Como lo hace un ligero rasgo metaliterario que se queda en amago aunque sobrevuela suavemente todo el texto. Son virtudes que hacen muy atractiva la lectura y que nos hacen perdonar algún pequeño pecadillo, como recurrir a un relativo, aunque bien elaborado, deus ex machina para resolver alguna cuestión. 

Tratándose de un texto más o menos breve y que consigue captar toda la atención sin apenas momentos de relajación, me parece que encarna muy bien ese concepto de novela piraña, lo que quiera que eso sea, al que hemos querido dedicar estas entradas prenavideñas. Y oiga, para un regalito no muy caro y con garantía de éxito también es muy válido.


Otras obras de Friedrich Dürrenmatt reseñadas en ULADLa sospechaEl juez y su verdugoLa visita de la vieja damaEl túnel

domingo, 13 de agosto de 2023

Annemarie Schwarzenbach: Todos los caminos están abiertos


Idioma original:
alemán

Título original: Alle Wege sind offen

Año de publicación: 1941

Traducción:  María Esperanza Romero

Valoración: bastante recomendable


A medio camino entre el diario de bitácora y la crónica de viajes, uno podría quedarse en la superficie y recomendar Todos los caminos están abiertos como una especie de lectura algo ligera de verano. Dos escritoras  se aventuran al volante de un coche, a finales de los años 30, y visitan varios países asiáticos, Afganistán, Pakistán entre ellos. Cosa reveladora, porque en cierto sentido parece que hayamos ido hacia atrás. Dos mujeres solas en un coche adentrándose por esos parajes, hoy, es el terror de cualquier aseguradora, la pesadilla de cualquier núcleo familiar sobreprotector, cosa que pone en valor la expedición, con el pretexto de artículos literarios, de las dos mujeres (su acompañante es la también suiza Eva Maillart), más aún si evitamos esa ligereza y situamos la obra en su contexto. Un contexto plagado de solemnidad como la Europa Central de 1939, zona de origen de las dos escritoras, una situación que flota en los artículos y que casi obliga a consultar la fecha de estos para ver cuándo y cómo los hechos que discurren (en especial, esa fecha, 1 de septiembre de 1939, que parece marcar un antes y después en la historia del mundo occidental) influyen en la narración. Resulta curioso que estas situaciones no se perciban con claridad. Schwarzenbach y Maillart parecen haber parado el tiempo mientras recorren las precarias carreteras de esos países.

Lo que es realmente curioso al leer hoy estas crónicas, que  tampoco están tan distanciadas en el tiempo de las de, por ejemplo, Chatwin o Kapuscinski, es la dificultad de no situarse en el plano actual. Lo digo como, en lo personal, alérgico absoluto a las perturbaciones nostálgicas. Esas dos mujeres transitan ya no con absoluta seguridad sino hasta con cierto desparpajo centroeuropeo, y los poblados les muestran un absoluto respeto; los mandos locales que las acogen, esos pueblos que hoy vemos como campo de cultivo del radicalismo, del fanatismo religioso, de la justificación de las duras condiciones de vida para los mujeres, se muestran hospitalarios, amables, acogedores, y ni por asomo vemos condescendencia o paternalismo en esas actitudes. Schwarzenbach describe situaciones políticas complicadas, conflictos fronterizos, la dureza de las carreteras y los problemas mecánicos del vehículo en el que viajan, pero no hay pero alguno a las actitudes personales, a la tensión por el bagaje cultural opuesto entre huéspedes y anfitriones. Todo lo contrario: amabilidad, admiración mutua, casi en algunos casos agasajo. Como si los paisajes agrestes, las duras condiciones, la enorme humildad de las poblaciones locales, se transformaran no en inconvenientes sino en acicates para la visita. De esto hace ochenta años, de estas visitas rellenadas por el espíritu aventurero y una curiosidad mutua ajena a la desconfianza hasta hoy, en que la convivencia, por los factores que sean, parece más difícil e inconcebible que nunca. Así que ese texto liviano, a veces casi ingenuo (trágicamente: Schwarzenbach era adicta a la morfina y al poco tiempo acabó - como Nico - falleciendo en un  accidente de bicicleta) resulta ser una perfecta espoleta para muchas reflexiones de hoy en día.

También de Schwarzenbach en ULAD Con esta lluvia

lunes, 27 de febrero de 2023

Fleur Jaeggy: Proleterka

Idioma original: italiano
Título original: Proleterka
Traducción: Anna Casasas en catalán para Editorial Les Hores y María Ángeles Cabré en castellano para Tusquets Editores
Año de publicación: 2001
Valoración: está bien


Debo decir, que este libro estuvo en mi lista durante bastante tiempo, aunque por aquellas razones que ni los propios lectores asiduos conocemos, fue aletargando su permanencia en la lista de espera hasta que cayó en el olvido. Hasta que me lo recomendaron de nuevo hace poco. Y ni tan mal, pero tampoco tan bien. Veamos.

Escritora longeva aunque poco prolífica, Fleur Jaeggy ha escrito pocos libros a lo largo de una vida que, a pesar de ello, siempre ha ido ligada a la literatura, pues además de ser escritora de novelas también ha ejercido de traductora e incluso colaboró con el grandísimo Franco Battiato escribiendo las letras de algunas de sus canciones, pues aun siendo suiza, fue a vivir a Roma habiendo terminado los estudios para trabajar en la editorial Adelphi lo que le abrió las puertas al mundo cultural y donde conoció al que sería su marido, Roberto Calasso. Por tanto, su bagaje cultural queda fuera de toda duda aunque su estilo literario, duro, frío, la ubicaría más cercana a los países del este. Porque el estilo de la autora ya queda evidente en su primera página cuando, recordando su niñez, afirma que «por aquellos tiempos no pensaba en los muertos. Vienen a encontrarnos más tarde. Llaman cuando sienten que nos convertimos en presas y es hora de ir a cazar».

De esta manera, tras un inicio en el que la protagonista nos explica el fallecimiento de su padre Johannes, la narración hace un salto al pasado afirmando que «conocía poco a padre. En unas vacaciones de Pascua me llevo con él a hacer un crucero. La nave estaba atracada en Venecia. Se llamaba Proleterka. Proletaria». Así nos confiesa su poca relación con «Johannes, la persona que me es increíblemente desconocida. Padre». Así, argumentalmente, el libro se centra en los recuerdos de la protagonista quién, de adolescente, realiza un viaje con su padre a quien apenas veía, pues vivía separado de su madre. Un viaje que duraría un par de semanas, padre e hija, la perfecta situación para estrechar una relación demasiado distanciada y puede que su última oportunidad de compartir momentos juntos, pues el padre está enfermo y no se sabe cuánto tiempo le queda de vida, alguien a quien mira con inquietud y constatando como «el sol se le mete en el alma, en el corazón enfermo, en los ojos descoloridos, desteñidos desde hace generaciones». Pero el viaje la llevará también a conocerse a ella misma, a revivir su pasado y el de su padre y a adentrarse de manera ineludible en la vida iniciática de una adolescente que, en el pasado acelerado y arduo a la edad madura, deberá enfrentarse sola a un mundo lleno de hombres desconocidos de cuestionables intenciones en un viaje que no ofrece destellos de alegría, ni en ella ni para el resto, pues «hacia el final del viaje los pasajeros ya no sentían simpatía los unos con los otros. Las expresiones de las caras parecían cambiadas. Los había invadido un extraño vértigo, un pronto atávico y marcial de prepotencia hacia los compañeros».

Así, ya en el inicio del libro vemos el estilo de la autora, de frases cortas y frías, casi asépticas, como vemos la manera en la que retrata a su padre al embarcarse en el viaje: «Johannes viste ropas oscuras. Impecable. Casi no nos hemos dirigido la palabra». Ya en esa primera cena algo va mal, pues confiesa que «durante los postres la fuerza del mar aumenta (…) fuera, viento rabioso (…) Respiro la excelsa solitud nocturna. La intemperie. Y el peligro». Vemos también el ambiente recreado en la narración, un ambiente que ya en las primeras páginas intuimos opresivo, claustrofóbico y con una sensación de congoja pues nos acecha una sensación de intranquilidad, como un aura que la envuelve de misterios y peligros. Sabemos también, por las pinceladas del pasado que abundan en el relato, que madre e hija son pobres, «Johannes y yo no tenemos nada», «los padres de Johannes perdieron la fortuna y, por tanto, Johannes y su hija también». Johannes, a quien su mujer lo abandonó llevándose a la hija, pues «la mujer se lo llevó todo. Niña incluida. Desde entonces él la puede tener en préstamo. Poco después, Johannes también perdería el patrimonio familiar. (…) Cuando la hija sea mayor, a lo mejor podrá estar con ella. Pero cuando ella sea mayor, él ya no estará». Porque tras la separación, de vez en cuando la visita teniendo que pedirle permiso a la abuela con quien vive; una mujer viuda y con un hijo que reside en un sanatorio en Davos. Una abuela distante, poco cariñosa, quien «me trata como a una persona adulta. De igual a igual. Obediencia no significa subordinación».

Por todo ello constatamos la frialdad narrativa y argumentativa por parte de la protagonista, una sequedad heredada de una familia con problemas de salud y económicos, una familia relaciones complejas con la vida, pues tal y como afirma, «la nuestra es una familia de suicidas. De aspirantes a suicida. Las pocas veces en las que hemos tenido la ocasión de pasar un tiempo juntos (…) el único tema por el cual todos mostrábamos algún tipo de interés, era el suicidio». De esta manera vamos conociendo detalles de la familia, de la vida de sus padres y su abuela, de miserias y penurias mientras alterna la narración con el viaje en el que se embarca la protagonista; un viaje terriblemente solitario, en la que la separación existente con su padre sigue siendo la misma a pesar de compartir el trayecto, pues el espacio que comparten es puramente físico y material; a nivel emocional permanecen separados como antes de partir. No hay entre ellos puntos de conexión, lugares de encuentro en los que limar asperezas y cubrir los terribles huecos existentes entre los surcos creados a lo largo de los años. De esta manera, el viaje inicialmente planteado como un reencuentro ejerce como evidencia manifiesta de que no era únicamente los quilómetros lo que los separaban sino también sus sentimientos. Y en esa soledad, la protagonista va conociendo diferentes personajes, también solitarios, también poco comunicativos, también tristes, lúgubres, sombríos y distantes.

A nivel estructural y estilístico, la trama es compleja al combinar el presente con diferentes episodios del pasado inconexos y desordenados, a la vez que la narración que alterna primera y tercera persona no ayuda, como tampoco lo hace que la protagonista a veces se refiere a ella misma como «la hija de Johannes» cuando habla con tercera persona, como tomando distancia también a nivel narrativo. Por ello, cuesta empatizar con la protagonista, pues incluso la narradora parece tomar distancia hacia ella misma al referirse a ella misma en tercera persona, viéndose desde fuera, tratándose como si no fuera ella, como si la dureza y soledad con la que ha vivido haya calado en ella hasta el punto de disociarse de ella misma, experimentando un trastorno de despersonalización evidente. A esta falta de empatía se le une una trama argumental orientada tanto al pasado y a sus orígenes como al propio viaje, y uno desearía que se hubiera profundizado más en este último aspecto, pues particularmente lo encuentro bastante más interesante.

Resumiendo, este es un libro que no deja indiferente, pero que su narración a base de pinceladas y al distancia emocional con la que está narrado (incluso por parte de una narradora a menudo externa) hace que no sea una lectura fácil ni accesible. Tal y como afirma la protagonista: «a veces la vida de una persona empieza tarde». Es muy posible que así sea, y más aun si esta vida empieza tarde porque le han faltado los elementos necesarios para nutrirla, no únicamente en edades tempranas sino a lo largo de la misma. Y sí es cierto que esta falta de elementos que la protagonista sufre existen también en la novela y que al lector únicamente pueda aspirar a imaginarlas y, quizá como hace la propia autora, alejarlas incluso de uno mismo para que no duelan en exceso.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Paul Klee: Sobre el arte moderno

Idioma original: alemán

Título original: Über die moderne Kunst

Traducción: Alfredo y Clara Pastor

Año de publicación: 1924

Valoración: imprescindible


Uno de los libros (con permiso de DFW y de ese ingenuo y caducado panfleto llamado Indignaos) más cortos que se ha reseñado en este blog, y  un patético ejemplo del escaso margen temporal de este sufrido reseñista, ha ido a dar la casualidad de que las escasas sesenta páginas (como un tercio de ellas ocupadas por ilustraciones en blanco y negro con sencillos bocetos o trabajo en progreso del artista) es uno de esos textos que no solo se aúpa al Olimpo de los imprescindibles sino que es susceptible de citas, remarcados (por favor, no subrayéis los libros*), extractos o incorporación de sus conceptos a anuarios con voluntad de modernidad, y por supuesto lecturas sucesivas, no digamos ya inmediatas sino espaciadas en el tiempo. Casi un siglo tras su publicación, su vigencia es insultantemente absoluta, incluso diría que Klee (además de genio de la pintura, músico notable y muy digno lector) lo convierte en un impactante manifiesto cuyo cumplimiento a rajatabla le procuró persecución política e inclusión en las abyectas listas del arte degenerado, obligándole apenas una década después de su publicación, a poner el pellejo a salvo de la barbarie nazi.

¿Y qué tenemos en este texto, que creo que la traducción desde el alemán ha conseguido preservar de conceptos complejos o abigarrados en exceso? Pues basándose en una preparación para una conferencia, cuestión que permite sostener un tono incisivo, que combina cierta humildad como individuo con una implacable lógica, entreverada con alusiones a filosofía, música, incluso conceptos matemáticos, una defensa aguerrida y contundente del arte moderno. Sin contraponer ni enfrentar, la defensa y los ejemplos que la acompañan, podríamos decir que se centra en el arte abstracto, sí, aquel que los cortos de miras, pobres ellos, suelen soslayar con la frase de "estos garabatos los hace mi hijo" porque prefieren la depuración técnica del arte figurativo y suelen menospreciar todo lo demás. Y lo que Klee expone, frase tras frase de contundencia y tras un preámbulo exponiendo sus conceptos que cualquiera debería enmarcar antes de lanzarse a la creación, es el latido que marca su obra. Sin buscar la polémica, simplemente desgranando su intención sin mostrarse dogmático o presuntuoso, el texto, esquemático y huidizo de todo engolamiento, deja caer sus conceptos uno tras otro y los desgrana desde una perspectiva lógica y contundente, convirtiendo su declaración en una secuencia que equipara arte moderno y libertad individual, que acerca la expresión creativa a su receptor natural - el individuo que la contempla y es libre de limitarse a ello o pretender comprenderla o descodificarla - sin alejarlo de nadie, sin intención polémica o desacreditadora de otras corrientes, simplemente estableciendo ese punto como el final de un proceso.

La cuestión es que, al margen de la cuestión técnica implícita a la pintura, todo es aplicable a cualquier manifestación artística que opta por la evolución o la creatividad antes que el puro reflejo de la realidad y sus variaciones sobre ella. Leer a Klee en tales condiciones es prácticamente clave para entender las corrientes culturales de los últimos dos siglos, desde la perspectiva del artista protagonista en una de ellas y esquivando la argamasa conceptual que a veces los expertos amontonan sobre ella. Qué  más se puede pedir.

* Defensores del subrayado, podéis esgrimir vuestros argumentos en los comentarios

viernes, 8 de abril de 2022

Robert Walser: Los hermanos Tanner

Idioma original: alemán

Título original: Geschwister Tanner

Traducción: Juan José del Solar

Año de publicación: 1907

Valoración: Decepcionante


Si comenzamos una novela teniendo como protagonista a un joven de veinte años que rápidamente se presenta solo y errabundo por una ciudad, es fácil pensar que estamos ante eso que se viene a denominar novela de formación o de aprendizaje (chico que se busca la vida incorporándose al mundo adulto con sus consecuentes dificultades, que le hacen ir madurando, etc.). Si tenemos a la vista un título que hace referencia a hermanos, podemos pensar en una saga familiar (cada uno toma un rumbo y tal vez colisionan entre ellos, o con los padres) o en una interacción de algún tipo en base a sus personalidades, diversas pero con algo en común (los Karamazov). Ni una ni la otra. A Los hermanos Tanner le podría cuadrar mejor ese coso al que llamamos novela filosófica, es decir, algo que se presenta en formato narrativo pero cuyo objeto real es ahondar en una serie de cuestiones en torno a la vida, el ser humano, su posición como ente social, su perspectiva en relación con la existencia.

Aclarado esto, diremos que el joven se llama Simon Tanner, que no tiene oficio ni, que se sepa, estudios concretos, y se dedica a deambular sin más objetivo que recorrer, observar, sentir, e intentar disfrutar de todo lo que se le va presentando. Pero no piensen en alguien ansioso de experimentar, crear o conocer (desafíos, sexo, arte, relaciones). Simon se decide por algún trabajillo cuando se ve ya muy necesitado de fondos, toma contacto con desconocidos solo por pura casualidad, y el motor que le anima no es otro que avanzar de alguna forma hacia algo inconcreto, y mientras tanto ser capaz de sentir la nieve, una puesta de sol o una simple charla. Diríamos que no hace nada sino estar. ¿Simplemente un vago? Tampoco. Es un tipo ligeramente insolente a quien continuamente le están diciendo que nunca dejará huella en nadie, algo que parece bastante duro de tragar, pero que a él le resulta del todo indiferente, porque lo que valora es sentir la vida y prácticamente nada más. Un chico raro, realmente.

Sus hermanos, aunque comparten la gloria del título, apenas ocupan un pequeño puñado de páginas: Klaus, el mayor, científico, un tipo serio y responsable aunque en el fondo triste (o así lo ve Simon); Karl, el artista, involuntaria e irresistiblemente seductor; Hedwig, la única hermana, solitaria e incómoda en un papel de maestra rural que no cree que le corresponda; Emil, el hermano perdido, el más fascinante, que acabó en un manicomio. Al margen del tanto autobiográfico que pueda tener el relato (tengo la intuición de que muy elevado), esos hermanos ostentan un papel muy secundario y apenas representan distintos afluentes del río de la vida, caminos en direcciones diversas que contrastan con la actitud indolente y contemplativa que muestra Simon.

Por lo demás, en la novela no ocurre nada relevante, lo que tampoco es necesariamente un lastre, porque lo que le interesa a Walser parece ser solo profundizar en la posición de Simon, acomodaticia, de simple espectador que transita (nunca mejor dicho) por el mundo observando y nutriéndose de la contemplación de la naturaleza, de la comprensión de casi todo lo que le rodea, de las personas y sus circunstancias. Y, sobre todo, recreándose en las larguísimas parrafadas que intercambia con todo aquel que se encuentra. 

Porque (y ahí está el gran escollo del libro), el deambular de Simon no es más que una excusa para colocar interminables peroratas, ya sean de palabra o como monólogos reflexivos, explicando una y otra vez sus peculiares puntos de vista, o divagando sobre la amistad, la personalidad o las diferentes perspectivas de la vida en el campo y en la ciudad. Cualquier cosa le sirve para explayarse y llenar dos o tres páginas de soliloquio que, siendo sinceros, aburren a las ovejas. 

De forma que, por interesantes que puedan parecer las meditaciones de Simon-Walser (y a mí me lo parecen solo de forma muy limitada), al cabo de unas pocas sesiones de lectura es inevitable que el asunto nos pese mucho, demasiado, y uno esté ansioso de que ocurra algo, aunque no sea algo físico, que el personaje experimente algún desarrollo, que esos secundarios empiecen a aportar algo más que nuevas disertaciones o un dudoso papel de oyentes. En definitiva, que el relato arranque por alguna parte y se convierta, al ritmo que sea, en algo con una progresión aunque sea mínima. Porque ciertamente una novela puede servir muy bien para exponer cuestiones bien profundas sobre temas muy diversos, y hay montones de ejemplos excelentes. Pero si hablamos de narrativa, hay unos mecanismos para hacerla funcionar, y colocar un personaje que se limita a hablar o reflexionar bajo registros invariables no parece un sistema muy adecuado. Cierto que existe cierta tendencia de otros autores germánicos a eso que llanamente llamamos enrollarse, y más en esas épocas de arranque del siglo XX (Wassermann); pero tampoco me parece suficiente para exculpar a Walser, porque hay quien es capaz de bordar esas ensoñaciones del paseante en su periplo (Sebald).

No sé, puede que Walser sea de esos autores a los que se ama o se odia, y yo, sin llegar a tanto, y al menos a partir de este libro, tal vez me incline algo más por lo segundo que por lo primero.

P.D: Por destacar algo, aunque no sea del todo en el plano literario, hay una escena en la que Simon encuentra a un poeta conocido muerto en la nieve, seguramente agotado por una caminata. El joven admira la dignidad que envuelve el fin de ese hombre. Y es justamente la forma en que encontraron el cadáver del propio Walser medio siglo más tarde. 

Otras obras de Robert Walser en ULAD (y, en general, con mejores valoraciones): Jakob von GuntenVida de poetaEl ayudanteEl paseo

jueves, 25 de noviembre de 2021

Paul Klee: Sobre el arte moderno

Idioma original: Alemán
Título original: Über die moderne Kunst
Traducción: Alfredo y Clara Pastor
Año de publicación: 1924 (recitado en una exposición)
Valoración: Recomendable para interesados 

Paul Klee escribió un breve tratado como base para una conferencia. El tratado, tan pedagógico y claro como filosófico y abstracto, supone una inteligente síntesis de la estética del arte moderno (sobre todo de la vertiente pictórica del mismo). 

Bueno, más o menos. Pero no nos adelantemos. ¿Cual es el objetivo principal de susodicho tratado? Reconciliar al público con el arte moderno. «Trataré de darles un atisbo de cómo es el taller del pintor, y creo que entonces llegaremos a entendernos», afirma Klee en estas páginas.

La única pega que lo pondría a Sobre el arte moderno es que, a la postre, aquello que Klee pretende hacer pasar por generalista no es más que su propia experiencia personal. A fin de cuentas, este brevísimo ensayo parece en ocasiones, antes que una guía general para legos en los misterios del arte moderno, una ayuda para comprender los resortes ocultos tras la obra del suizo.

domingo, 14 de febrero de 2021

Charles-Ferdinand Ramuz: El Gran Miedo en la montaña

Idioma original: Francés
Título original: La grande peur dans la montagne
Año de publicación: 1925
Traducción: ¿?
Valoración: Recomendable (con matices)



El Gran Miedo en la montaña, de Charles-Ferdinand Ramuz, es una novela repleta de escenas inquietantes, empañada por una lograda atmósfera y relatada con una prosa formidable. No en balde, recuerda sobremanera a las ficciones de Algernon Blackwood o Robert Aickman. 

Su premisa es la siguiente: en una aldea suiza de alta montaña, el nuevo alcalde decide que durante el verano se lleve el ganado a los pastos de arriba, tras veinte años de no hacerlo a causa de algo que los viejos del lugar recuerdan con temor pero no nombran.

Debo decir que, aunque esta obra me ha gustado, le pondría algunas pegas. A saber: 


  • Su extensión. Ni siquiera llega a las doscientas páginas, pero a ratos da la impresión de ser un cuento estirado. 
  • Sus personajes. Entiendo que son bastante planos adrede, pero me hubiera sido más fácil empatizar con ellos en determinados pasajes si se le hubiera dado un mayor grado de complejidad a su caracterización.  
  • Su opacidad. El libro es tan inescrutable que uno lo termina con la certeza de que no lo ha entendido del todo.  

Tampoco quiero dejar de señalar las múltiples virtudes de este texto: 


  • Emplea acertadamente la primera persona del plural para configurar a su voz narradora.
  • Su prosa es simple (por momentos, incluso "naif") y reiterativa, pero su cadencia atrapa al lector, y estoy convencido de que una de tipo más convencional no hubiera tenido la misma efectividad expresiva. 
  • Su estructura se caracteriza por un angustioso crescendo argumental cuyo clímax deja sin aliento. 
  • Su fascinante ambientación nos cautiva a base de descripciones paisajísticas de una plasticidad increíble.  
  • Sus poderosas imágenes. Unas pocas irradian una belleza triste o melancólica, aunque la mayoría (las mejores) lograron darme escalofríos, transcurran de día y al aire libre o en el oscuro y claustrofóbico interior de una cabaña. 
  • Su desafiante ambigüedad. Gracias a la forma en que se exponen los acontecimientos, uno nunca puede afirmar si su naturaleza es sobrenatural o no. Ramuz retiene información, emborrona algún suceso o insinúa cosas que han quedado relegadas a la periferia del relato.  


En definitiva, El Gran Miedo en la montaña es una historia que me encantaría ver adaptada al cine por un director como Robert Eggers. Ya os digo yo que de este material puede salir una película de terror psicológico excelente.

Por cierto, la edición al español se la debemos a Montesinos. Tiene una cubierta espectacular, pero adolece de una traducción llena de erratas.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Annemarie Schwarzenbach: Con esta lluvia

Idioma original: Alemán
Título original: Bei diesem Regen
Traducción: Daniel Najmías
Año de publicación: 1989 (escritos en los años 30)
Valoración: Decepcionante

Tenía ganas de leer a Annemarie Schwarzenbach. Su aparición en dos ensayos recientemente reseñados en ULAD, “Eva en los mundos” y “Distraídos venceremos”, y una pequeña aproximación a su corta vida despertaron mi curiosidad. Para saciarla, qué mejor que ir a la biblioteca del barrio a ver qué encontraba. Así apareció “Con esta lluvia”, una colección de catorce breves relatos escritos alrededor del año 1934 y publicados años después del trágico fallecimiento de Schwarzenbach.

La propia autora llegó a decir de los textos de "Con esta lluvia" que podrían ser leídos como una “novela, aunque sin una estructura muy sólida”. Me vais a perdonar la osadía, pero yo no llegaría a decir tanto. Creo que el hilo narrativo que los une es demasiado tenue como para calificarlo de novela, aunque sí que es cierto que los relatos guardan entre sí ciertas similitudes en cuanto a escenario, temática e incluso personajes. 

Todos los relatos están ambientados en un Oriente Medio (Siria, Líbano, Palestina, Persia, etc) carente de todo el aura mítica que suelen otorgarle autores occidentales, están protagonizados  por occidentales que llegan a Oriente, ya sea en busca de algo o huyendo de algo (cuando no las dos cosas), y constituyen una alegoría sobre la soledad, la muerte y la búsqueda de sentido. También comparten, en su gran mayoría, un tono a mitad de camino entre lo poético y lo periodístico, una fuerte carga lírica en la que destaca la importancia del paisaje, un cierto contenido político (son los años del auge de fascismos varios) y  un alto grado de componente autobiográfico.

Dicho esto, he de confesar que “Con esta lluvia” me ha decepcionado. Quizá mis expectativas eran muy altas, quizá no acerté a la hora de elegir (parece que lo más destacado de su obra son sus diarios). No lo sé. Con excepción del relato que da título al conjunto y de los más potentes “Europa transfigurada”, “La despedida”, “Muchísima paciencia” y “La misión”, creo que los textos pecan de excesiva frialdad y de una importante ausencia de tensión narrativa. Da la impresión de que a los relatos les falta algo (ritmo, tensión, factor sorpresa) y que les pesa demasiado su tono periodístico. 

Esta es una opinión muy personal, pero creo que al relato hay que meterle, de alguna manera, intensidad. Ha de ser un texto que en apenas 10 páginas, por poner una extensión similar a la de los relatos de Schwarzenbach, te remueva, te agite, te divierta, te haga pensar (o todo a la vez) y eso es algo que la autora solo consigue en alguno de los 14 textos.

Pese a todo, me niego a que este sea mi primer y último Schwarzenbach. Probaré, tarde o temprano, con sus diarios. Ya os contaré.


También de Schwarzenbach en ULAD: Todos los caminos están abiertos

sábado, 9 de febrero de 2019

Jacques Chessex: El vampiro de Ropraz

Idioma original: francés
Título original: Le vampire de Ropraz
Año de publicación: 2007
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable

Curioso lo de este Jacques Chessex: durante años, uno de los más notorios escritores suizos, autor de un montón de libros, entre novelas, relatos, ensayos y poemarios, ganador del premio Goncourt en 1973 por El ogro (también el Goncourt de poesía) y de otros prestigiosos premios del ámbito francófono... Y además, pintor (relacionado en España con Antonio Saura). Sin embargo, hasta donde yo he encontrado, sólo se ha publicado en castellano aquella El ogro y esta otra novelita, El vampiro de Ropraz. Lo que no deja de sorprenderme porque tras leerla, me queda de lo más evidente que Chessex era un muy buen escritor (digo era, porque falleció en 2009 de una manera algo chocante: de un infarto, en una bibliotaca pública, en la que daba una conferencia, cuando alguien del público le recriminó su apoyo a Roman Polanski, arrestado entonces por la policía suiza).

El vampiro de Ropraz es, en efecto, una buena novela corta, a la que quizá se le puede hacer el reproche, preciamente de resultar demasiado corta-no llega a las 100 páginas- ; en realidad tampoco sé hasta qué punto se le puede considerar una novela, puesto que pertenece a ese género, tan en boga en los últimos años (y, aunque no sólo, con especial fruición entre escritores en lengua francesa, como Carrère, Echenoz, Binet o Deville) consistente en tomar un hecho, generalmente no demasiado conocido, o a un personaje real y novelar su peripecia. Supongo que habrá ya un término, a ser posible en francés...algo así como "roman verité" para esta tendencia, ya casi escuela, literaria, pero lo desconozco (se ruega a los filológos o historiadores de la literatura que se puedan dejar caer por este blog, si es que hay alguno, que me saquen de dudas). En este caso, el hecho real, más real que en un telefilme de Antena 3, ocurrió en 1903, en unos pueblos del cantón helvético de Vaud, cerca de Lausanne, aunque en lo que por entonces podríamos llamar la "Suiza profunda" -el primer capítulo del libro es bastante contundente, al respecto- sucedieron unos hechos de lo más escabroso y hasta horripilantes: las tumbas de unas jóvenes recién fallecidas fueron profanadas y sus cuerpos mancillados y mutilados de forma brutal. Abstenerse de esta lectura los espíritus sensibles, por cierto...

(Aviso: no sé si lo siguiente se puede considerar un "spoil... perdón, "estropeamiento", dado que se trata de hechos históricos, pero por si acaso lo comento). El primer villorrio donde sucedió fue Ropraz, de ahí el título, pero la cosa se repitió hasta que fue detenido un sospechoso bastante ad hoc y cuya figura despertó pasiones bastante extremadas -y en todos los sentidos-, así como el interés médico y, por supuesto, periodístico de la época. Un sospechoso de ser "el vampiro de Ropraz" que (y pido perdón por el nuevo "spoiler", si lo hubiera) tuvo además un fin bastante curioso, según sugiere el autor del libro. En fin, lo más interesante de la novela, amén de la muy buena prosa que gastaba el señor Chessex, es la incerticumbre en la que nos deja el escritor sobre el presunto culpable: ¿ha sido el autor de tan vomitivos hechos o no?, se pregunta el lector durante buena parte del libro. Pues cada cual ha de decidirlo y, sobre todo, asumir con responsabilidad la decisión tomada. Aplíquese esto a casos judiciales presentes, pasados o futuros que nos pillen más cerca.

Nota de ruego final: ya podía alguna editorial  recuperar para el lector en español la obra de este escritor. Si no Anagrama, quizás alguna de las muchas y buenas independientes (Impedimenta o Libros del Asteroide, por mencionar las más conocidas), pues creo que encajaría perfectamente en su catálogo. En fin, ahí lo dejo...

jueves, 31 de enero de 2019

Friedrich Dürrenmatt: El juez y su verdugo

Idioma original: Alemán
Título original: Der Richter und sein Henker
Año de publicación: 1950
Traductor: Juan José del Solar
Valoración: Se deja leer

El juez y su verdugo es la primera novela policial de Friedrich Dürrenmatt. En ella, el autor nos presenta al comisario Hans Bärlach, personaje al que recuperará cuando escriba La sospecha. Huelga decir que ambas historias son autoconclusivas, por lo que se pueden leer de forma autónoma. De las dos, me quedo con ésta: es sencilla en su presentación, pero en todo momento cumple con lo que promete. Las ínfulas de su continuación, en cambio, quedan en papel mojado.

Cuando digo que El juez y su verdugo cumple con lo que promete me refiero a que es un desprejuiciado pasatiempo pulp. No hay que esperar de este texto, pues, nada más que una trama repleta de golpes de efecto. Y ya. En serio, nada de buscarle un trasfondo profundo. Sí, sé que Dürrenmatt te intenta colar un discurso sobre la lucha entre el Bien y el Mal, pero ni caso. Éste es tan anacrónico para el siglo XX, además de escueto, que si le diéramos mucha importancia el libro pecaría de pretencioso.

Aunque estoy siendo algo injusto al insinuar que El juez y su verdugo es maniqueísta con su tratamiento de la lucha entre el Bien y el Mal. Para nada. Al fin y al cabo, uno de los grandes interrogantes que plantea esta pequeña ficción es el siguiente: ¿cualquier medio está justificado con tal de hacer prevalecer a la justicia? El comisario Bärlach encarna a la perfección esta problemática en cierta escena de lo más memorable. Y me callo para no chafaros nada. Sólo aprovecho para avisaros de que Bärlach, protagonista encubierto de esta novela coral, es más interesante que su insípida contraparte de La sospecha. Menos intachable desde el punto de vista ético, no sé si me explico.

A todo esto, todavía no he resumido el argumento de la novela. La cosa es tal que así: el teniente Schmied de la policía de Berna ha sido asesinado. Bärlach y el agente Tschanz serán los encargados de encontrar a su ejecutor. La investigación apuntará hacia un tal Gastmann, un hombre al que el comisario lleva intentando encarcelar casi veinte años. Esta será la última oportunidad de Bärlach, ya que padece una enfermedad estomacal que lo llevará a la tumba en meses.

Suena interesante, ¿no? Ah, pero mucho cuidado con el componente pulp del que os hablaba antes. Si no te van este tipo de cosas, El juez y su verdugo te hará levantar la ceja en más de una ocasión. Y es que, por más que quieras, no puedes tomarte en serio a esta novela. El villano principal, por ejemplo, suelta un monólogo pomposo digno de una de las películas más casposas de James Bond. Por medio tenemos a matones forzudos y una daga con forma de serpiente. Otra repercusión (no necesariamente negativa) que la identidad pulp de este relato ha tenido en él: la trama tiende hacia la acción, más que hacia la investigación.

De modo que, sin ser un libro extremadamente especial, recomiendo leer El juez y su verdugo por tener:

  • Un argumento lleno de giros y recontragiros (que diría Juan) para nada previsibles. 
  • Un mensaje simple pero más o menos conseguido sobre lo quebradiza que es la justicia.  
  • Elementos algo casposos, siempre simpáticos para los amantes de la pulp fiction como yo. 

Lástima, por otro lado, que la prosa de esta novela sea tan irregular. Sus capítulos iniciales, por ejemplo, no están muy bien escritos: diálogos poco naturales, estructuración del relato algo confusa... Y, por el contrario, más adelante hay escenas narradas con absoluta maestría. La del entierro de Schmied es cojonuda. Todavía mejor es, para mí, la que describe el asalto que el coronel Bärlach sufre en su casa. De hecho, tanto los sucesos narrados en la misma como el estilo literario de ese pasaje me recordaron al magistral relato “El corazón delator”, de Edgar Allan Poe.

Sospecho que esta fluctuación entre partes bien y mal escritas se debe a que El juez y su verdugo fue originalmente publicada por entregas. Seguramente su naturaleza de folletín también es la responsable de que el ritmo y la estructuración global de la novela sean algo irregulares. Pero sabiendo lo potente que puede ser Dürrenmatt como escritor, me fastidia que no puliera esta novela una vez iba a publicarse íntegramente. Hay subtramas, como la que explora las diferencias entre el comisario y la criminología moderna, que no aportan nada y bien podría haberse prescindido de ellas. Asimismo hay personajes, como el Dr. Lucius Lutz, a los que se intenta dar una relevancia que al final no acaban teniendo.

En definitiva, El juez y su verdugo no le llega ni a la suela de los zapatos a La promesa, novela policiaca de Dürrenmatt que, a mi juicio, consigue trascender al género en el que se adscribe. Sin embargo, es bastante más estable en su planteamiento que La sospecha. Carece de la ambición de esta última, no lo niego, pero como entretenimiento pulp cumple a la perfección.


Más de Friedrich Dürrenmatt en ULAD: El túnel, La visita de la vieja dama, La sospecha

viernes, 30 de noviembre de 2018

Friedrich Dürrenmatt: La sospecha

Idioma original: Alemán   
Título original: Der  Verdacht 
Año de publicación: 1985
Traductor: Juan José del Solar
Valoración: Se deja leer > Está bien

La sospecha no se conforma con ser una novela negra de manual, pese a contar con los ingredientes ideales para ello, pero tampoco consigue elevarse en demasía por encima de esta etiqueta. De modo que se podría decir que este libro es un producto fallido. 

Aunque, antes que nada, expliquemos de qué trata. Pues bien, va sobre el comisario Bärlach, quien descubre que un tal doctor Nehle, director de una clínica privada de Zurich, es en realidad el doctor Emmenberger, un antiguo médico nazi que practicaba operaciones sin anestesia en el campo de concentración de Stutthof. Bärlach, que está al borde de la jubilación y convalece en un hospital, decide dar caza al sanguinario Emmenberger por su cuenta. 

Proclamó Theodor Adorno que «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». Poesía no sé, pero narrativa sí se puede, sí. El imaginario del Holocausto es tan vasto, el trauma social que ha supuesto tan candente, que aún a día de hoy nos siguen fascinando los relatos, sean ficticios o no, que se nutren de él. Concretamente la premisa en que un participante de los campos de exterminio es descubierto es muy sugerente. Stephen King, en su Alumno aventajado, ya la abordó con relativo acierto. También Bernhard Schlink con El lector. El enfoque de La sospecha, aunque a priori algo menos interesante que los propuestos por King y Schlink, también tiene su gracia, no os penséis. El problema principal de este libro, pues, no es su idea, sino, más bien, la ejecución de esta misma. 

  • En primer lugar, muchas de las situaciones que Friedrich Dürrenmatt nos presenta no son creíbles. El caso más sangrante: Bärlach metiéndose en la boca del lobo temerariamente, pese a ser, supuestamente, un policía veterano. Tampoco ciertos monólogos alambicados, proclamados por diversos personajes, son verosímiles. Serán, a su manera, muy memorables, vale, pero su inclusión en las conversaciones es forzada. Por no hablar de que uno de ellos, relativamente extenso, nada tiene que ver con los temas que explora la obra.

  • La historia adolece de errores de principiante. El final, por ejemplo, es abrupto y se antoja conveniente (de hecho, es un deus ex machina en toda regla). Por no decir que el pulso narrativo es inexistente durante la mayor parte de la narración, y que Dürrenmatt divaga en algunas escenas aportando información decididamente superficial. 

  • Tampoco el manejo de personajes es muy acertado. No en balde se podría prescindir de la mitad. Hay algunos, como un enano, Pulgarcito, o la enfermera Kläri, que aparecen de forma anecdótica. Esta última, por ejemplo, se nos presenta como si pudiera ser relevante para la trama, y finalmente acaba por no hacer nada. Luego está la amante del doctor Emmenberger, la doctora Marlock; es con diferencia el personaje más desaprovechado de toda la novela. Ah, y no nos olvidemos de Bärlach. Nuestro protagonista es de lo más aburrido y plano. 

  • Las escenas de investigación son de una sencillez sonrojante. Apenas unos pocos elementos permiten al comisario sacar conclusiones y fundamentar su sospecha. He visto reseñas defendiendo que esta novela no debe leerse según los parámetros del género negro, por lo que esto no sería un defecto. No obstante, yo lo considero así, porque, si tan prescindibles son esas escenas, se me ocurren formas alternativas para eludirlas satisfactoriamente.

En cuanto a los aspectos positivos del libro, que los hay, destacaría estos: 

  • Se nota que Dürrenmatt tenía la voluntad de transmitir algo más que una historia entretenida. Los temas presentados por el escritor (la «lucha contra el mal», la «bestialidad humana») son correctamente ilustrados por los monólogos antes mencionados, y plasmados fielmente en el argumento de la novela. 

  • En cierto momento de La sospecha (quizás demasiado tarde, eso sí), la tensión se hace palpable. Lástima que para entonces cueste empatizar con Bärlach, que es un personaje bastante básico; de ser así, su penosa situación se nos haría casi insoportable. Lo que no asoma la cabeza en ningún momento es el suspenso, cosa imperdonable en una novela que debería derrocharlo.

  • Algunos personajes concebidos por Dürrenmatt son la leche. El doctor Emmenberger queda apenas esbozado, por desgracia, pero tiene un potencial enorme. Es un antagonista temible, permeado por un misterio que lo vuelve fascinante. Por otro lado está Gulliver, un judío que logró sobreponerse a la misma muerte; probablemente sea mi personaje favorito de la novela. 

  • Estoy dispuesto a admitir que la historia coge algo de vuelo más o menos a la mitad. Una vez Bärlach está en la clínica del doctor Emmenberger, las cosas empiezan a acelerar. Menos mal. 

  • El libro te lo ventilas en una tarde: menos de doscientas páginas de tipografía generosa que se leen de un tirón. 

En fin, que La sospecha es muy peculiar. Se nota que pretende ser más que una "simple" novela negra, pero, a la postre, no le hubiera ido mal decantarse hacia una dirección más humilde. A Dürrenmatt se le atraganta el proyecto, por no hablar de que hay momentos en que parece no haberlo planificado mucho, ni haberse tomado su tiempo al escribirlo o revisarlo. Lo que debería ser un lúcido comentario sobre la naturaleza humana y la infame bestialidad exhibida por nuestra especie durante la primera mitad del siglo XX acaba siendo un texto cortito que peca de ingenuo. Algo insultante, si te paras a pensarlo con detenimiento. 

PD: Debo decir que leer esta novela autónomamente, y no como parte de la saga protagonizada por Bärlach, me ha podido impedir disfrutar al completo algunos de sus aspectos. Sin ir más lejos, había personajes, deduzco que recurrentes en el universo de este comisario, que parecía que ya debía conocer de antemano. 


Más de Friedrich Dürrenmatt en ULAD: El túnel, La visita de la vieja dama, El juez y su verdugo

viernes, 3 de marzo de 2017

Semana del ULADiano pródigo: El paseo de Robert Walser

Nota explicativa: para conmemorar los ocho años de existencia del blog, hemos invitado a los antiguos miembros del equipo a colaborar de nuevo con nosotros con una reseña. Esta semana publicamos las contribuciones de los que han aceptado nuestra invitación.  

Idioma original: Alemán
Título original: Der Spaziergang
Año de publicación: 1917
Traducción: Carlos Fortea
Valoración: Imprescindible

Se ha comentado muchas veces en este blog. A menudo llegamos a ciertos escritores gracias a otros escritores que, normalmente para bien, los mencionan en sus libros, artículos o entrevistas. Yo llegué a Robert Walser (Biel, Suiza, 1878- Herisau, Suiza, 1956) a través de Enrique Vila-Matas. El autor catalán lo citaba muchas veces en una novela suya de cuya lectura disfruté mucho.
 
De esta primera toma de contacto con Walser hace ya mucho, pero de mi inmersión en la obra del escritor suizo no demasiado. Pesó mucho el pasar una temporada en Suiza y toparme varias veces con su nombre. La primera fue durante mi visita a Berna, ciudad donde el escritor pasó más de diez años. Era la mañana de un día laborable, nevaba sin parar y apenas había gente por la calle. Tanta nieve y la falta de transeúntes dotaban a aquel lugar de un encanto muy especial, y de repente, en mi deambular desorientado por los fríos soportales de la céntrica Marktgasse, pasado el intrigante Reloj Astronómico, me topé con un pulcro letrero que indicaba que allí se encontraba el Centro Robert Walser. Entonces, automáticamente, me entró una gran y extraña alegría: sentí que me reencontraba con cierto nombre del pasado, sumamente importante y admirable pero al que hasta entonces yo no había sabido apreciar como se merecía. Ni que decir tiene que lo solucioné al de poco.

¿Pero quién fue Robert Walser?

A Robert Walser tuvo una vida cuanto menos peculiar y cambiante, mostrándose siempre reacio a entregarse a cualquier tipo de rutina mundana a largo plazo y poco amigo de los bienes materiales. Hijo de una familia numerosa, desde la adolescencia Robert Walser trabajó en diversos oficios. No tenía domicilio fijo, económicamente vivía en un constante vaivén, y sus textos literarios, inspirados por sus experiencias y donatarios de un estilo en apariencia sencillo pero colmado de reflexiones irónicas y amargas, le hicieron ser moderadamente reconocido y admirado (se dice que influyó notablemente en Robert Musil, Elias Canetti o Frank Kafka). Víctima de una querencia insana por la soledad y de carácter depresivo, Walser acabó residiendo en dos instituciones mentales. Y no a la fuerza. En la última, la de Herisau, Walser viviría nada más ni nada menos que veintitrés años. En sus inmediaciones fue donde lo encontraron muerto un día de Navidad, postrado sobre una densa capa de nieve y tan bien vestido como siempre. La Parca le congeló el corazón durante uno de sus largos paseos.

Precisamente en el libro que he escogido para mi retorno fugaz a ULAD Walser relata lo que se le pasa por la cabeza durante uno de sus paseos. Y qué decir de El paseo sin destriparlo, sin desentrañar su encanto y las múltiples, si no todas, líneas que he llegado a anotar para degustarlas de vez en cuando. Digamos, para resumir y no estropear, que cierta mañana Robert Walser, como buen flâneur, sale a pasear por la ciudad y va relatando todo lo que ve y siente con un bucolismo aparente que en el fondo encierra desolación y amargura ante una realidad caracterizada por la avaricia, la mediocridad, la estupidez y otros vicios morales de los individuos que la pueblan, aunque su ruta también contenga ciertos momentos de belleza y sosiego. Adelantaré encuentros del narrador con un perro y unas golondrinas; con un panadero con ganas de aumentar la clientela, un librero, un mezquino empleado de banca y otro no menos patán de Hacienda; con un mendigo y la Belleza encarnada en muchacha de voz angelical, y hasta con unas hermosas flores salvajes que dudará si aprehender o no. Pero, al menos para quien termina ya esta reseña, la parte más lograda del libro es la carta censuradora que el protagonista decide enviarle a cierto abyecto individuo, un tipo de persona que, por lo visto, se repite en todas las épocas. Solo por ella merece leer el libro.         

«Sé que no es de esperar respeto de mí de usted y de los que son como usted; porque usted, y los que son como usted, tienen una desmedida opinión de sí mismos que les impide comportarse con inteligencia y consideración. Sé con certeza que usted forma parte de esas gentes que se creen grandes por ser irrespetuosas y descorteses, que se creen poderosas porque disfrutan de protección, y que se creen sabias porque se les ocurre la palabrita "sabio". La gente como usted se atreve a ser dura, descarada y grosera y violenta frente a la pobreza y frente a la desprotección. La gente como usted posee la extraordinaria sabiduría de creer que es necesario estar en lo más alto de todo, poseer un gran peso en todas las partes y triunfar a todas las horas del día. La gente como usted no se da cuenta de que es necio, de que ni entra dentro de lo posible ni puede ser deseable. La gente como usted es jactanciosa y está dispuesta en todo momento a servir celosamente a la brutalidad. La gente como usted es muy valiente para evitar con cuidado todo verdadero valor; porque sabe que todo verdadero valor promete perjuicios, y es muy valiente para presentarse siempre como buena y hermosa, testimoniando enorme placer y enorme celo. La gente como usted no respeta ni la edad ni el merito, ni sin duda el trabajo. La gente como usted respeta el dinero, y el respeto al dinero le impide respetar cualquier cosa».
Y me despido ya. 

 Un placer esta visita. Y recuerdos de Ian Grecco. Últimamente anda por la Bucovina.  
   
Firmado: Yemila

jueves, 5 de enero de 2017

Peter Stamm: Noche es el día

Idioma  original: alemán
Título original: Nacht ist der Tag
Año de publicación: 2013
Traducción: José Anibal Campos
Valoración: decepcionante


A menudo ocurre que uno se deja guiar por la intuición y por lo que ha leído acerca de un libro. En este caso, fue a raíz de una serie de entrevistas que hicieron al autor para promocionar este libro que provocaron que me atrajera la atención. El autor hablaba de una novela donde se pretendía reflejar cómo los cambios que experimentan las personas a nivel externo se traducen en un cambio también en la personalidad. El concepto de cómo está relacionado el exterior con el interior y la evolución de la identidad acorde con los cambios físicos (por motivos de la edad u otros) me interesó. Además, el hecho de ser  una novela escrita por Peter Stamm, autor finalista el 2013 del Man Booker International Prize, hizo que acabara de convencerme. ¿Valió la pena? Vamos a verlo.

Tenemos un personaje principal, Gillian, famosa presentadora de televisión que a raíz de un accidente de coche (no os desvelo nada, el libro empieza cuando el accidente ya ha ocurrido) sufre la muerte de su marido así como lesiones graves en su cara que alteran su parecido. A partir de aquí, el libro inicia una serie de flashbacks para ver la relación que tenía con su marido y cómo era su vida en las semanas anteriores al accidente cuando conoció a un artista que dedicaba su obra al retrato de mujeres desnudas. Hasta aquí, aunque la historia puede prometer, no es nada que no hayamos visto antes.

Sin querer revelar más acerca de la trama del libro, es sorprendente observar, a medida que avanzamos páginas, como un escritor tan altamente promocionado puede construir una novela tan vacía de contenido. Repleta de tópicos, de frases vacías sin sustancia ni relevancia y de párrafos que no aportan absolutamente nada, vamos avanzando en la lectura  de la novela esperando que algo nos sorprenda, no ya de la historia en sí (cosa harto difícil visto el argumento) sino al menos en su estilo. Lamentablemente no ocurre.

Las expectativas del escritor en lo referente a la motivación de la novela quedan claramente diluidas en una historia inverosímil, donde la transformación interna de la protagonista ya empieza antes del accidente con lo de que el cambio de identidad debido al accidente pierde su significado. Si hubiera seguido la trama argumental de la relación con el artista aún podría haber despertado algún interés pero justo cuando tiene definido el escenario de la trama, habiendo presentado los personajes, pega un salto temporal al futuro que acaba por echar por tierra cualquier atisbo de solidez. A modo de ejemplo, el autor opta porque el personaje de Gillian cambie de nombre para aumentar esta sensación de cambio como persona, en un intento que parece a la desesperada para conseguir credibilidad.

Si queremos historias donde se mezcle el arte, las relaciones y los deseos (correspondidos o no) entre artista y modelo, seguro que hay infinidad de libros netamente superiores (se me ocurre "Los ojos vendados" de Siri Hustvedt, por ejemplo). Si queremos historias sobre la capacidad de superación después de un hecho traumático, las hay a montones. Pero intentar mezclar las dos cosas, presentando primero a la protagonista en un primer tercio de libro, luego al artista en un segundo bloque y además jugar con dos momentos temporales en una novela de poco más de 160 páginas es harto complicado ya que se corre el riesgo de desdibujar la historia y no poder darle la solidez que requiere. O haces una novela extensa otorgando matices a los personajes y dándoles una personalidad definida y rica en detalles donde sí que la historia podría haber tenido margen de crecimiento, o te quedas en una novela corta que poco te aporta. De todos modos, no parece que una novela extensa hubiera sido mejor, visto el estilo de escritura del autor quien, además, declaró en una de las múltiples entrevistas promocionales que le hicieron, que el editor le pidió recortar algunas páginas. A saber qué contenían, visto lo visto.

Si los referentes de Peter Stamm son Hemingway, Scott Fitzgerald y John Williams como él mismo afirma, le queda aún mucho camino por recorrer. A menos que cambie mucho el estilo, no estaré pendiente de que esto ocurra.