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domingo, 26 de julio de 2026

Xavier Mas Craviotto: La llum subterrània

Idioma original: catalán
Título original: La llum subterrània
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar esta reseña
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


No es algo que creo que sorprenda al lector habitual de este blog si afirmo con rotundidad que, a mi parecer, Xavier Mas Cravitto es uno de los valores más prometedores que hay en la actual literatura catalana. Poseedor de una versatilidad creativa que le permite moverse perfectamente en diferentes formatos (poesía, novela o cuentos) su juventud le despoja de cualquier anquilosamiento y convierte cada libro en una oportunidad para llegar más lejos y mejor.

En este breve libro de poemas que le valió el premio de poesía Ausias March de Gandia en el año 2022, el autor trata sobre lo que vendría a ser el principal tema de su obra: las relaciones. Unas relaciones en sentido amplio: la relación entre personas, con el entorno o con uno mismo. Así podríamos, por extensión, hablar del encaje en la vida, en su más vasto sentido; un acoplamiento que (y como acostumbra a dejar entrever el autor) no parece fácil ni tampoco siempre placentero; por el contrario, uno lo vislumbra rocoso, astilloso, hasta incluso a veces árido y reseco; a veces esperanzador, también, pero en pocas ocasiones. Porque Mas Craviotto es muy hábil en explorar esos recovecos por donde la calma se escurre, esas grietas que filtran la paz interior y la vacían casi sin hacer ruido ni notarse su presencia o su ausencia, como cuando nos habla del silencio, que «llegó muy quieto, como cuando el cielo se nos vuelve blanco antes de la nevada y se nos confunde con el paisaje». Así, poco a poco, esa sensación de que falta algo, de que siempre falta algo va calando, de manera suave, con tono sedoso pero consistente, tejiendo como una especie de manto que nos envuelve y nos limita el movimiento. Por ello, en este poemario, el autor incide en los temas habituales: la no pertenencia, la eterna e infructuosa búsqueda de un lugar donde reposar los sentimientos, un sitio que pueda considerarse hogar, con la dificultad que eso conlleva pues habita en sus poemas una sensación de soledad y de cierto desánimo, aunque sin llegar a un abandono; hay indicios de tenue esperanza, tal vez aunque sea únicamente porque ya no queda nada más, quizá como ese último aliento, un último empeño para conseguir ver algo de luz en la oscuridad. Hay búsqueda, tal y como expone en uno de los poemas donde un personaje pide y reitera que «me gustaría tener un lugar donde volver». Esa es la idea que emana su texto, no solo la búsqueda de un lugar donde ir sino también de un lugar donde volver, expresando así una doble pérdida: la del pasado y la del futuro a la vez, un doble vacío que nos deja en la estrecha cornisa de un presente incierto.

Por todo ello, y siendo conocedor de la obra de Mas Craviotto, uno puede divisar y anticipar en este libro lo que vendría después en alguno de sus futuros textos, como cuando nos habla de «el cráneo inexpresivo de este mundo nuestro con los ojos llenos de no-mirar». Son esas caras inexpresivas que tan bien sabría transmitir después en su gran libro de relatos «Animals inexpressius», esos rostros casi inertes, de mirada vacía e indescifrable. O, también, cuando habla de relaciones y el sentimiento de soledad, de abandono, al afirmar que «como todo era tan lejano, no había distancias. Pero estábamos tú y yo, el barro en las uñas y en las manos, el batido que no para: y debajo, el mundo que callaba, el mundo que callaba y no sabíamos si aquel silencio era el silencio protector que hacen las madres o el mutismo sigiloso y traicionero que precede un disparo de bala», o cuando en una despedida triste y desolada, cuando ya no queda nada que decir, uno le dice al otro «márchate: las palabras renacerán cuando estés lejos». O también, cuando afirma con pesar y desespero, «que no es una cama, que es una fosa; que no es ciudad, que es cementerio; que no es un cubil, que es una gruta por debajo de los pies causándonos dolencia; que no es semilla, que es una larva anidándonos dentro con rabia muda (…) que es el ataúd, noche tras noche, haciéndonos de lecho».

También diré, y es algo que los que no estamos acostumbrados a leer poesía podemos agradecer, que en este libro el formato poético es libre, sin las constricciones típicas de las métricas; incluso en ocasiones se trata de prosa poética (o poesía novelada) por lo que, aunque sí encontramos las características de la poesía (sonoridad, exquisitez verbal, cuidada elección de las palabras, etc.) no nos topamos con el encorsetamiento ni las formalidades típicas de la poesía clásica. Aquí el estilo es más próximo a la poesía moderna, más libre, hasta el punto que incluso hay partes del texto en prosa y eso es algo que va en consonancia con lo que ha dicho el autor en alguna ocasión: que él parte de una idea en mente y es la idea la que elige la forma que debe tomar el texto (ya sea poesía, narrativa o cuento) porque, de algún modo, a pesar de que su obra está relacionada a nivel temático, emocional y estilístico, el cuerpo bajo la cual se nos aparece no siempre es el mismo, se adapta a lo que el texto demanda.

Dice Mas Cravitto en un fragmento de este libro que «de día ahuyentábamos los monstruos con rayos finos de tinta». Quizás en el fondo se trate de esto, de conseguir que las palabras expresen lo que llevamos dentro y expurguen los sedimentos del dolor como si fuera un exorcismo, para evitar que estratifiquen y nos aten a un fondo donde todo parece oscuro, inhóspito y solitario.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lenta, La gran nàusea, Animals inexpressius, La pell del món

jueves, 23 de julio de 2026

Andrea Genovart: Consumir preferentemente


Idioma original:
catalán

Título original: Consum preferent

Año de publicación: 2023

Valoración: muy recomendable

Alba Giraldo Doménech (la combinación de apellidos de origen castellano y catalán no es nada gratuito, me parece, para empezar), protagonista absoluta de la novela, vomitando pedazos de salmón ahumado, que ha  engullido de forma compulsiva, y que su cuerpo no ha tolerado, como una especie de metáfora de la falta de adaptación a un teórico pequeño lujo que se ha permitido para cenar. Una imagen potente, conforme esa modesta inversión (8,75 €) se va a ir por el inodoro tras dejar un poso agrio, de placer efímero que revierte en arrepentimiento, en culpabilidad, en sensación de desamparo, una metáfora de desencanto de generación Z que puede, a primeras, resultar algo familiar para el lector de hoy.

Uy; ya tenemos otro testimonio en persona interpuesta, otra también agria queja que acabará haciendo aflorar las consabidas reivindicaciones generacionales sobre la falta de oportunidades, lo precario de todo, lo caro de todo, lo injusto de todo, lo desigual de todo, la presión de la gran ciudad como puzzle en el que no encajas, ay qué digo, como Tetris en el que los bloques caen pero no para alinearse sino para aplastarte, no, como árido paisaje en el que las multitudes - en las calles, en el transporte público, en pisos de pequeña superficie con espacios compartidos - solo hacen que exacerbar esa angustia, esa soledad, esa percepción de ser únicos entre un océano de borregos que acuden (con suerte) a un puesto de trabajo alimenticio por el que hay que dar las gracias varias veces al día. Mientras se observa como otros (con más suerte) te adelantan por los dos flancos, casi seguro de que si cambias de carril para ir más rápido ése pasará a ser el carril más lento. Por no hablar (2023) de la IA, esa que (2026) ya pronto generará sus prompts en función de tus consultas anteriores y arrinconará a tu cerebro con sus predicciones y sabrá qué te apetecerá consumir y cómo te sentará y (last but not least) si puedes permitírtelo.

Pues no. Genovart (que trabaja para algunas editoriales, pero publica su primera novela en Anagrama) dinamita esas preconcepciones con una novela muy bien planificada y con ciertos hallazgos estilísticos que le aportan una cierta musicalidad, como un mantra que (he leído su original en catalán) ha traído algun quebradero de cabeza en su traducción al castellano. Texto en catalán, contrapuntos extraidos del rico refranero castellano, seguramente herencia de los orígenes del personaje, seguramente testigo subliminal de la absoluta impureza del menguante catalán callejero de Barcelona, aquel que interactúa con la inmigración, con los ascendentes de procedencias peninsulares, con los expat, con los Erasmus, con los compañeros de piso, de trabajo, de borrachera asequible con latas de cerveza del paki, y que, desde los primeros párrafos, intercala esos refranes con total naturalidad y desparpajo, con una sensación desinhibida de que el bilingüismo es un hecho que hay que asumir, incluso porque los pasajes (menos) en inglés siempre surgen de referentes universales como letras de clásicos pop. 

Y lo que le acontece a Alba sí que podemos encajarlo en cierto estereotipo: trabajos precarios insuficientes para acometer un proyecto vital ajustado a ciertos patrones - ahorro, apareamiento, estabilidad, rutina que no por ser rutina deja de ser anhelada, un techo en el que refugiarse a dormitar o follar o ver una serie o leer algo, esas cosas tan nimias para muy poca gente, tan difícil para la mayoría a pesar de la formación, a pesar de la firmeza de una voluntad que se resiste a esperar la benevolencia de la fortuna, que alarga la mano para asir algo que ineludiblemente se aleja. Detrás de eso, el monólogo que se extiende por las ciento ochenta páginas, salpicado muy ocasionalmente de diálogos siempre esquemáticos, siempre revestidos de cierto aire casual que explica cómo todo va por dentro, cómo Alba anhela una situación en que pueda resolver ese montón de inseguridades - trabajos que no cuajan, pseudonoviazgos que no se consolidan, amistades siempre al borde de la ruptura por nimiedades, una peca o mancha en su rostro que acapara puntualmente la atención, sobre todo en sus chispeantes conversaciones con su madre. Una escapada veraniega al pueblo, falso punto y aparte en que tiene que ordenar sus ideas y desurbanizarse.

A Genovart habrá que seguirla de cerca: aventuro que futuras obras representen cambios de registro y que sabrá esquivar con eficacia cualquier cosa parecida a convertirse en cronista de la generación Z. También que su trayectoria vital y artística se capilarizará en sus textos sin acapararlos y monopolizarlos. Impresión o hipótesis a la que llego a la vista de la habilidad con que ha convertido Consumir preferentemente en un sutil alegato que piensa localmente y actúa globalmente. Frase de la que ya me arrepiento, pero con algo hay que cerrar la reseña.

sábado, 27 de junio de 2026

Oriol Vlak: Soc un gat

Idioma original: Català
Año de publicación: 2026
Valoración: Entretenido

Soc un gat es la historia de un gato que trata de salvar a un amigo recién conocido. En su periplo, recorrerá paisajes fantásticos, se le unirán extraños compañeros de viaje y salvará el mundo.

El primer cómic en solitario de Oriol Vlak es una ida de olla. Y es que, pese a la simpleza de su premisa y argumento, lo salpican un tono delirante, lógica absurda, ideas surrealistas, referencias artísticas, humor bonachón, personajes extravagantes y escenas de acción deudoras del manga, que confieren al conjunto un acabado de lo más alocado y gamberro.

Ya digo que el argumento de Soc un gat es bastante simple. Sin embargo, la gracia de éste se halla en el ángulo excéntrico desde el que se abordan los archiconocidos ingredientes que lo componen. Asimismo, ninguno de los personajes de este cómic destaca por tener una caracterización compleja. No obstante, Vlak logra que el lector se encariñe con ellos. 

Por otra parte, el apartado artístico de Soc un gat es una auténtica gozada. Aunque realizado con medios digitales (incluso superpone fotografías reales a las ilustraciones para algunos escenarios), logra unas texturas y un uso del color reminiscentes a los conseguidos con la pintura analógica.

Llegados a este punto, debo admitir que, en algunos apartados, Soc un gat hubiera podido pulirse. Por ejemplo, creo que su ritmo, aunque satisfactoriamente ágil, es a veces demasiado acelerado, cosa que impide que el argumento respire, los personajes se desarrollen y las situaciones calen. Además, si bien la mayoría de referencias artísticas que aparecen en el cómic funcionan a modo de mero guiño visual (la Cabeza de esqueleto con cigarro de Van Gogh, La gran ola de Kanagawa de Hokusai, el Castell Cartoixa de Vallparadís o el Museu Nacional de la Ciència i la Tècnica de Catalunya), las que citan a La naranja mecánica de Kubrick son a mi juicio algo intrusivas.

En conclusión: disfrutad de Soc un gat. No os dejéis amedrentar por el hecho de que lo que cuenta ya se ha visto con anterioridad, por su ritmo, ágil aunque quizás algo acelerado, por su final, bastante anticlimático, por alguna de sus referencias, que es un tanto intrusiva, ni por su villano, que acaba por perder toda su aura de misterio y amenaza. Centraos, en cambio, en las virtudes de este meritorio cómic de Vlak: ese mensaje a favor de la amistad, esos protagonistas a los que es imposible no coger cariño y esas ilustraciones enérgicas y coloridas.



jueves, 30 de abril de 2026

Toni Sala: Escenaris

Idioma original: catalán
Título original: Escenaris
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar este reseña
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


Había oído hablar muy bien de Toni Sala (especialmente de sus últimas obras tras su salto a l’Altra Editorial) por el hecho de poseer un estilo sólido, firme y que le valió el Premi de la Crítica de narrativa catalana en 2015. Así que, después de años bajo mi radar, tenía curiosidad por conocer su obra y ver qué ofrecía su escritura.

En esta novela, Toni Sala nos presenta a su personaje principal y protagonista de la historia: un actor famoso por haber protagonizado otrora una serie de películas de terror, pero actualmente venido a menos de manera que se gana la vida haciendo monólogos que tiene la costumbre de preparar mientras conduce su coche, sin un rumbo fijo, a parajes lejanos, para así poder pensar, aislarse y calmar los nervios habituales antes del directo. Pero, en uno de esos viajes, sufre un accidente que le lleva a estar postrado un tiempo en el hospital; es en esa estancia donde se le presenta un joven que afirma conocerle del día del accidente. A partir de ahí, sus vidas convergen y juntamente con la aparición de otro personaje protagonista de la historia forman el entramado personal sobre el que gira el libro.

Así, a grandes rasgos, este vendría a ser el planteamiento de un libro que, justamente, destaca más por lo que cuenta y cómo lo hace que por lo que sucede. Porque ahí es donde entra en juego lo que intuyo que es la principal virtud de este autor: un estilo directo, coloquial, desenfadado y lleno de desparpajo que se ejemplifica de manera diáfana a través de unos personajes que hablan rápido (muy rápido a veces) con un discurso torrencial que expone sin tapujos los pensamientos que corren por sus cabezas. Esta característica se pone de manifiesto rápidamente en el accidente del protagonista, narrado por diferentes puntos de vista por una serie de personajes a caballo entre la lucidez y el delirio, perseguidos por sus propios fantasmas, inundados por sus propias inseguridades en una especie de carrera entre la suerte y el infortunio; unos personajes que el autor los dibuja como seres solitarios en su mayoría, a menudo no por propia elección sino por el azar, la adversidad o un destino mal buscado. De esta manera, y a partir de ello, en una mezcla de relato a caballo entre la narrativa, la reflexión, la crítica y la introspección, el autor lanza órdagos contra la sociedad capitalista, hedonista, o la que ansía la búsqueda del cuerpo perfecto o de la vida artificialmente soñada, la que se rige por la estética o la superficialidad. Con este propósito, el autor centra el peso del libro en gran parte en el mundo que rodea a sus personajes, trazando un hilo muy marcado entre los grandes y múltiples problemas de la sociedad: desde la época olímpica, pasando por la crisis inmobiliaria, el excesivo turismo, la frustración por el resultado del proceso independentista catalán, y los problemas actuales como el auge de las plataformas digitales y la decadencia de las salas de exhibición de películas. 

Estilísticamente, el autor combina diferentes formatos y enfoques pues, de manera similar a la profesión del protagonista, hay episodios de este libro que consiste en principalmente monólogos donde se despliega la verborrea del autor (que en ocasiones emparejaría con David Foster Wallace por el extremo detalle de lo que narra, así como cierto descontrol y caos expositivo sobre los temas que trata) pero en los que también encontramos un estilo más convencional superada la mitad del libro donde quizá hay más trama y se centra más el desarrollo de la misma. En cuanto al tono que transmite, los protagonistas (o participantes) de la novela son personas pesimistas respecto a la sociedad actual, a la economía de los jóvenes o a la independencia; son personajes deconstruidos y a los que les embarga una creciente pérdida de identidad donde la muerte (por presencia o pensamiento) sobrevuela de manera no constante, pero si subyacente, personajes a los que parece que el futuro les ha abandonado y no tienen nada por delante que les pueda llenar la vida llegando al punto de afirmar que, «el suicidio, pasa por la cabeza como un corriente de aire, entra por una oreja y sale por la otra, pero puede haber una obstrucción y que se encaje, y entonces es una serpiente venenosa encerrada dentro de la cabeza».

Por todo ello, se trata de un libro difícil de reseñar y valorar porque es indudable que en él hay fragmentos donde el autor demuestra su calidad estilística (como por ejemplo cuando habla del suicidio), pero su tendencia a alargar en exceso las reflexiones, los monólogos o incluso las metáforas hace que esa intensidad inicial pierda fuerza y se diluya entre tantas palabras y alegorías. Si el autor fuera más mesurado a la hora de elegir que metáforas utilizar o cuando poner la pausa y cuando acelerar el ritmo, el resultado sería mucho más satisfactorio o logrado porque da la impresión de que una vez el autor encuentra el filón a través del cual desplegar su calidad no sabe ponerle freno ni contener su exposición. Parece que le sobra talento y le falta contención y mesura.

De todos modos, libro interesante y recomendable por los múltiples temas que el autor trata y por un estilo desenfado y atrevido. Y es que Sala va con todo y contra todos: contra la clase política, contra la especulación inmobiliaria, contra los que no defienden la lengua catalana ni la cultura. Es contundente y lúcido en su denuncia, no se corta y expone las miserias de la clase política y dirigente sin rodeos, así como también habla sin tapujos sobre la vida, la muerte, la paternidad o el feminismo, denunciando así cada uno de los pilares sobre los que se construye la vida, y sobre los que también se destruye.

jueves, 2 de abril de 2026

Carlota Gurt: Els erms

Idioma original: catalán
Título original: Els erms
Traducción: traducción al castellano en proceso en el momento de escribir esta reseña
Año de publicación: 2026
Valoración: recomendable


Siempre he admirado de Carlota Gurt su carácter atrevido y su honestidad expositiva al hablar sobre el mundo de la literatura a través de sus incontables artículos en prensa. Y, también, su osadía al hacer el salto a la escritura después de décadas dedicada a la traducción (que no deja de ser también un tipo de trabajo como escritor). Y de ahí salieron sus cuentos (interesante primera incursión con “Cabalgar toda la noche”) y también su primera novela (“Sola”) que me sorprendió por su estilo.

En este libro, segunda novela de la autora, da la sensación de que deja algo de lado sus influencias literarias en cuanto estilo, pero sigue tratando los temas que acostumbra: las relaciones personales. Así, abandona levemente cierta crudeza expositiva, cierta tosquedad y aridez de sus anteriores obras, para pasar a una prosa más equilibrada, más accesible, más limpia, aunque sin que ello signifique que sea inferior, más bien al contrario: Gurt demuestra tener muchas tablas en el arte de narrar y es algo constatable ya desde sus primeras páginas en las que la autora consigue atraparte completamente en la historia a través de un tono desenfadado pero no desprovisto de calidad, tirando de socarronería pero a la vez de elaboradas metáforas con las que la autora demuestra poseer una gran variedad de recursos. Asimismo, el ritmo es alto, la tensión latente y la intriga mesurada. Pulso firme en la autora que parece tener claro dónde está, dónde quiere llegar y hasta dónde quiere narrar (y también qué quiere mantener oculto).

Argumentalmente, la autora nos presenta a los que serán sus dos personajes protagonistas, describiendo la relación que tienen entre ellas y situándolas en una fecha bastante emblemática (la Nochebuena) y un paraje de lo más particular: el pantano de Sau (cuya característica principal es que otrora se trataba de un pueblo que cubrieron para hacer el embalse y que, en los tiempos más secos, aun se puede observar con totalidad su iglesia que, por el contrario, se encuentra sumergida bajo el agua en tiempos lluviosos). Esta elección del escenario en el que arranca la narración no es casual, puesto que el entorno juega también un papel importante en el desarrollo de la trama, ya sea como ubicación donde trascurre parte de la historia, ya sea como también todo lo que conlleva a nivel metafórico y simbólico (lo que se muestra visible y lo que permanece oculto).

Así, los protagonistas de la historia son una pareja de adultos en su cincuentena: en primer lugar, Ramona que con su pelo negro, 1.83 de altura y elegancia natural llega al hotel del parador para pasar la Navidad. Y allí, en la entrada, topa con Faust, nuestro segundo protagonista, un hombre de elevado peso, baja estatura y que espera repantigado en un sofá de la entrada. El contraste en ambos es evidente, al menos a nivel físico, pues tal y como aprecia Faust, ella está «hecha de ángulos. Una escultura de Giacometti pintada por Picasso. No como él, que proviene salido de un cuadro de Botero. A Fausto no le gustan las mujeres de alambre». 

Establecida la premisa inicial, con un innegable gancho argumental tras el encuentro fortuito entre ambos, la historia traza dos narraciones paralelas para desgranar la vida de ambos personajes. Con ello, profundizamos en sus caracteres, sus pensamientos, sus pasados y sus inquietudes y desencantos, pero a la vez, a medida que avanza el libro, vamos despegándonos del engrudo que unía ambas historias y que contenía un innegable interés asociado por las discrepancias, las dicotomías, los márgenes del espectro a cada uno de los lados enfrentándose y encontrándose. El contraste entre ambos, tan evidente, tan preciso, servía de prometedor inicio para ver donde llevaba la historia, pero la autora lanza un salto temporal (algo abrupto en mi opinión) y establece una (des)conexión con cierto tiempo entre historias. Así, este libro es un libro que trata, más que de relaciones, de predicciones, de ilusiones, de conjeturas a partir de un encuentro fortuito y casual. Trata sobre como proyectamos en alguien a quién acabamos de conocer una idea de relación, una figura ficticia pero que, por contra (o precisamente gracias a ello) de apariencia muy real pues copa todo aquello que nos atrae y no damos la oportunidad a comprobar o rebatir. Así la autora construye ante los personajes un castillo de naipes aun dispuesto sobre un tapiz, una posibilidad infinita de ser aquello que queramos ser, aquello que buscamos. Porque en nuestra cabeza, todas las vidas imaginadas son posibles en ese momento inicial, todo lo que vivimos en ese instante no es el presente sino todos aquellos futuros que esperamos que surjan a partir de esa oportunidad. Y ese punto de partida, nos lleva a reflexiones sobre los comienzos (lo que me lleva al gran libro homónimo de Claire Marin): un momento donde existe todo, incluso lo malo, incluso lo que sí ya vemos, pero a lo que no le damos importancia porque en ese momento pensamos que probablemente quedará allí.

Por todo ello, y con todas las capas que la autora teje en este relato, se hace evidente que Carlota Gurt tiene oficio, tiene tablas a la hora de escribir; se nota y lo demuestra en la solidez de un estilo sin altibajos, con ritmo y calidad constante, manteniendo un equilibrio muy bien trabado entre alta literatura y una narrativa accesible, con el punto justo de metáforas sin excesos ni necesidad de demostrar nada. Pero, también es cierto, que la historia es muy irregular: de un arranque más que interesante, pasamos a una bifurcación en la que cuesta situarse al principio y la curiosidad despertada en cada una de las tramas se hace muy dispar lo que produce que el interés en el libro oscile de manera muy marcada entre ambas, haciendo que la irregularidad lastre la lectura y el lector se encuentre a medio camino entre el interés y la apatía, pues, a pesar de todos los temas que toca de manera tangencial (las parejas, el futuro, el trabajo, los móviles, la obsesión por el cuerpo, al sequía, los problemas de comunicación) al final parece que el argumento sea lo de menos y eso es algo, que al menos a mí, en este tipo de libros y especialmente por lo que el argumento apuntaba, sí es importante. Aún y así, este libro, con sus posibles puntos débiles, trata de manera bastante certera varios aspectos de la sociedad actual, especialmente la soledad y lo que hacemos para lidiar con ella. Y abre la puerta a creer que, a veces, es únicamente necesario un momento, un punto de enganche con una ilusión, para que nos llevemos esa relación con nosotros tanto tiempo como dejemos que nuestra imaginación nos conduzca hacia la búsqueda de una felicidad que puede que no encontremos en la realidad del día a día. 

Dice la autora que, «todo son ficciones dentro de nuestras cabezas, y el futuro también, una ficción más que nos contamos, las ficciones nos empujan adelante y nos permiten creer en lo que todavía no existe, y esta es la grandeza del ser humano», y es que, al fin y al cabo, lo que nos hace vivir y sentir son nuestros sueños e ilusiones. El resto, nos es ya conocido y no siempre ilusionante.

También de Carlota Gurt en ULAD: Cabalgar toda la nocheSolaBiografía del fuego

martes, 24 de marzo de 2026

Josep Pla: La calle estrecha

Idioma original: catalán
Título original: El carrer estret
Año de publicación: 1951
Valoración: está bien


A veces, em medio de la vorágine prolífica de novedades que inundan librerías, redes sociales y medios de comunicación, hay que saber tomar un respiro. Y volver a los clásicos. Y, entre ellos, uno de los que tenía pendientes era Josep Pla, autor referente de la literatura catalana y uno de sus más importantes representantes en el siglo XX.

El autor, hábil cronista de la sociedad y dotado de una fina ironía, empieza con una rotunda declaración de principios artísticos en este texto a caballo entre novela y crónica social, y que el propio autor reafirma al declarar que «el hecho de que el público crea que les novelas deban tener un argumento no significa que la vida tenga uno. Esta necesidad del público es la que demuestra que la vida transportada el plano literario es una segregación informe, caótica, de imágenes. La fatiga que produce este desbarajuste incesante e incomprensible es el que hace desear una ordenación y una coherencia, a pesar de que sea artificial y totalmente inverosímil». Así, el autor ya deja claro lo que nos encontraremos (y también lo que no) en este texto y establece su intencionalidad y propósito a la hora de escribir este libro.

Fiel a su estilo característico basado en el retrato de la sociedad catalana de su época, Josep Pla despliega sus recursos literarios consistentes en la simplicidad, accesibilidad y claridad, para mirar y narrar la sociedad con un punto de ironía, pues su prosa destaca por la aparente sencillez de un lenguaje que, si bien denota que es de otra época, consigue que fluya de manera natural para desarrollar un argumento que es en sí de una diáfana llaneza: un señor de mediana edad se traslada a vivir a una pequeña localidad para ejercer como veterinario del pueblo tras la defunción de su antiguo encargado. Para ello, se establece en primer lugar en una pequeña posada, pero tras hablar con la viuda del veterinario decide instalarse en un piso situado en una calle pequeña del pueblo. A partir de esta sencilla premisa, el protagonista (narrador en primera persona) nos relata su día a día, sus conversaciones con la gente del pueblo y sus reflexiones sobre los aspectos cotidianos. 

Con un lenguaje sencillo y afable, como si fuera nuestro abuelo el que nos contara la vida de tiempos pasados, el autor nos traslada el día a día de un pueblo y lo hace con mucha cercanía y altas dosis de cotidianidad en una lectura que se hace entrañable, amena y próxima, mientras a su vez hace un retrato de las clases sociales existentes: burguesía, payeses, clase obrera. Así, el libro refleja las costumbres de los pequeños pueblos y su día a día, ocupando el tiempo con sus habladurías, sus pequeños intereses, chismorreos y pequeños acontecimientos. La vida que refleja es la propia de esas pequeñas aldeas, donde el peso del relato recae más en los pequeños detalles del día a día y las conversaciones que suscitan que no en una historia de peso que sostenga la narración. A su vez, y a través de estas pequeñas situaciones cotidianas, el autor también refleja las costumbres propias de la época como, por ejemplo, el hecho de que se espere que las mujeres encuentren marido y formen una familia, algo que se evidencia cuando, ante una mujer joven, uno de los personajes» le comenta que «te conviene (…) es buen chico. Tiene un oficio. Es trabajador». Por contra, aquellas mujeres solteras parecen incomodar al resto del pueblo que las ve no sé si como una amenaza o como un elemento ajeno a la sociedad.

Así, con un ritmo pausado, contemplativo (aunque quizás demasiado rutinario), Josep Pla se entretiene en la vida de las personas, en sus movimientos, en sus idas y venidas en los que se percibe ese elemento de secreto y de misterio de los pequeños pueblos que se nutre de suspicacias y recelos,  algo que uno consigue ocultar con el más simulado interés en las grandes ciudades (porque la propia densidad humana hace que los misterios que arrastran las personas sean invisibles), pero que en los pueblos donde el mundo se conoce es más difícil pues las noticias reales (o especialmente las imaginadas) que uno tiene de la otra gente son abundantes, innumerables y causa que en la vida en un pueblo uno tenga la sensación de sentirse observado, de sentir que existen siempre unos ojos que nos miran diluyendo así la vida privada y generando una atmósfera que para algunos es motivo de distracción mientras para otras es de asfixia especialmente para los recién llegados, algo que el protagonista constata «cuando uno cae en un pueblo en una de estas reuniones formadas por vivos. La forastería queda muy remarcada. El forastero tiene un aire de intruso en los primeros días es aceptado porque la novedad que implica su presencia distrae» porque «no hay ningún ser humano no hay nada que esté totalmente desprovisto de interés el teatro del mundo tan basto y diverso, tan matizado y sorprendente que sacar un rato cada día la cabeza por la ventana constituye un inagotable divertimento».

Con todo ello, y a pesar de que no se trata del tipo de literatura que acostumbro a leer y no es de las que encajaría dentro de mis preferencias (de ahí la valoración), sí que destaco de esta lectura la ironía que despierta Josep Pla a la hora de retratar los diferentes personajes que pueden existir en un pueblo pequeño, pues el autor afina su crítica cuando la dirige a ciertos aspectos a la sociedad, ya sea los chismosos, los que van de sabios, los ricos, los que tienen aspiraciones. El actor es hábil en la crítica y tiene momentos realmente ácidos y punzantes cuando dirige su mirada a estos personajes en un texto que va de menos a más de manera análoga a lo que le sucede a su protagonista, y es que uno al leerlo tiene sensación de que primero tiene que tomar el pulso al pueblo y después, una vez ya entra en conocimiento de las diferentes circunstancias y situaciones, puede empezar a ver los matices de cada uno de los personajes. Por ello, la lectura se disfruta realmente cuando ya el lector se ha puesto en situación y puede ver con los ojos del mismo protagonista las diferentes tipologías de ciudadanos y sus puntos fuertes y, especialmente, los débiles.

También de Josep Pla en ULAD: Viaje en autobúsUn viaje frustrado / Contrabando

sábado, 14 de marzo de 2026

Eva Baltasar: Peces

Idioma original: catalán
Título original: Peixos
Traducción: Unai Velasco en castellano para Random House
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En poco tiempo, Eva Baltasar se ha erigido una de las figuras clave de la nueva generación de autores catalanes que, tras su paso por la poesía, han dado un salto a la novela. Ahí, en ese privilegiado grupo, encontramos también a Irene Solà, Pol Guasch y Xavier Mas Craviotto, un grupo selecto de quienes no acostumbro a perderme ni uno de sus libros. Y, en el caso de Baltasar, tenía interés para ver su evolución, tras unos dos primeros libros magníficos («Permafrost» y «Boulder») y otros dos algo más irregulares, aunque con notables destellos de calidad especialmente en «Ocaso y fascinación» (donde además hacia un paso adelante en cuanto a atrevimiento y riesgos tomados).

En el libro que nos ocupa, la autora empieza en una suerte de juego al despiste con su propia biografía, pues la protagonista, también escritora, narra en primera persona sus sensaciones a la hora de visitar pueblos y ciudades para presentar sus libros. Así, y sin saber hasta qué punto la novela revela visos autobiográficos, la historia arranca cuando la protagonista nos cuenta cómo, deambulando entre las pequeñas calles de un pueblo, se encuentra frente a una roulotte (en lo que parece un claro guiño a su anterior novela «Boulder») donde una mujer vende pescado frito y, sin más (como si realmente hiciera falta algo más), se enamora al instante de la dependienta. Un flechazo, un enamoramiento a primera vista, un amor de aquellos que «tanto da si es el más largo o el más breve, y tanto da si trae paz o trae guerra (…) puede ser el mejor. Puede ser el peor. Puede ser un amor correspondido o un amor solitario (…) eso da igual. Este amor empieza así, con una absoluta convicción», con la tremenda, rotunda y absoluta seguridad de que «es ella»; un impulso inexorable, implacable, irrebatible, irrenunciable, de aquellos que dejan huella porque «una vez has sentido algo así es igual si acabas solo, si el enamoramiento se va o eres tú quien te apartas de él. El amor que teníais pervive, son las raíces tozudas que se han quedado sin árbol». Pero ya se sabe que el enamoramiento no es siempre certero y no siempre es correspondido, porque en ocasiones uno yerra al confiar en la intuición y nuestra protagonista es víctima de ello pues rápidamente se percata de que Victoria es una persona seca, áspera, dura. Alguien que no da concesiones, es hermética y no da pistas ni lanza señuelos. Es directa. Y contundente. Es «una mujer a la que nunca le ha hecho falta seducir a nadie» y la protagonista es plenamente consciente de ello al reconocer que «había llegado a mi vida como una horda, para tomar y poseer».

Una vez analizado el arranque del libro, vemos que, estilísticamente, es innegable que Eva Baltasar es plenamente conocedora de sus grandes habilidades al tocar aquellos puntos de nuestra sensibilidad donde nos sentimos atraídos y cautivados, pero a su vez también inquietos, volátiles, frágiles y vulnerables. Su lenguaje y ritmo narrativo le permiten colocar al lector en el mismo plano que su protagonista, en esa relación desigual de clara desventaja emocional. Para ello, utiliza también un recurso útil al dirigirse en ocasiones directamente al lector en una narración en primera persona con aires de una misiva, que lo busca y lo tienta para explicarse, pero con un tono que pide comprensión, casi expresando una disculpa o un arrepentimiento, casi clamando una absolución por el error en la decisión. Así, el lector empatiza al instante con las sensaciones que emanan de su protagonista y percibe ciertas notas de continuidad respecto al final de su anterior libro («Ocaso y fascinación») por el tono, por lo que desprende y lo que apuntaba en esas pocas páginas finales sintiendo de manera orgánica, casi epidérmica, un aire de hostilidad, de rechazo, de dominio, de una brusquedad rozando el desprecio que, en esta ocasión, proviene no solo de la pareja protagonista sino también de su propio entorno ambiental: un lugar inhóspito que, análogamente, emana esas mismas sensaciones a través de los diferentes elementos que las rodean: los animales, la vegetación, la casa, la amante. De esta manera, la autora teje un claro paralelismo entre la casa y las sensaciones que desprende y las de su propietaria Victoria: ambas transmiten inquietud, frialdad, tosquedad y una extraña sensación de inquietud, tensión y un ambiente oprimido, cerrado y opresivo (que se evidencia cuando indica que el jardín está repleto de hierba alta, hiedras… que «suben enérgicas y gigantes»); también con la aparición de un perro, grande, misterioso, siempre inquietante, con una agresividad contenida, a la espera, latente, avizor, acechante. O, también, la presencia constante de la muerte, en los peces, en los animales. En todo ello, hay cierto aspecto en el tono utilizado por Baltasar que recuerda en parte a Carlota Gurt y su libro «Sola», por la visceralidad con la que narra la pasión desatada en la que aparecen los instintos más primarios en un desborde de sentimientos y emociones que irradia de manera orgánica, visceral, física y carnal. O también de Núria Bendicho y sus «Tierra muertas», por cómo se palpa la tierra, la naturaleza en su lado más seco, cruel y atemorizante. 

Con este texto, Eva Baltasar ha escrito una historia de amor. También una historia de abandono. O una historia de soledad. O quizás una historia de necesidades. Una historia de pasión. De lujuria. Pero también de invisibilidad. De silencios. De abusos. De toxicidad. De debilidades, pero también de atrevimientos. Esta es una novela que trata de pasiones, de límites entre el amor y el desamor, entre la voluntad de poseer y la dificultad de escapar, de arrebatos y de calma (que no tranquilidad), de deseos y temores. De la vida, en sus extremos más pasionales, más impulsivos.

Dice Eva Baltasar que «el cuerpo de un escritor solo conoce una emoción, la exaltación. Y ni tan siquiera es suya, pertenece a la escritura. Llega con ella, se va con ella y deja al escritor exhausto y con el trabajo por deshacer». Y, en este punto justo, es donde el lector le ofrece una continuidad, pues esta historia es de las que se queda dentro y nos hace reflexionar sobre si, en ocasiones, las pasiones se erigen como compañeras del alma o se convierten en sus implacables verdugos.

También de Eva Baltasar en ULAD: Permagel, BoulderMamutOcaso y fascinación

jueves, 29 de enero de 2026

Pol Guasch: Reliquia

Idioma original: catalán
Título original: Relíquia
Traducción: Unai Velasco, para Anagrama
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Como se dice en algunes ocasiones cuando se habla de grandes escritores, de Pol Guasch me leería hasta su lista de la compra. Su inmenso talento que exhibe en cada uno de sus poemas, artículos o libros, hace que para mí sea un autor de referencia y uno de los grandes talentos de la literatura catalana.

En esta ocasión, Guasch deja de lado la ficción para esgrimir un relato muy personal, muy íntimo, en el que narra un suceso que le ha marcado profundamente: el suicidio de su padre a los cuarenta y cuatro años cuando él tenía solo quince. Un suicidio que nadie previó, que nadie presagió y que les dejó un terrible vacío, más por lo que no rellenó en vida que por lo que se vislumbraba en el futuro. Una ausencia que abre el libro, de manera honesta y triste, cuando ya en su primera frase, el autor confiesa: «Habría agradecido una nota. Doblada en cuatro, con erratas y palabras borradas, en una hoja reciclada de otro día, en un pedazo cualquiera de papel, en una servilleta vieja, sobre una carta abierta, da igual, una nota antes de hacerlo», aunque reconoce, con cierta resignación, «que a veces no hay frases finales para cerrar nada, para terminar, que a veces no hay palabras acertadas para huir». Así, Pol Guasch escribe este libro diez años después del suicidio de su padre, diez años que dan para mucha reflexión y búsqueda de recuerdos, diez años para constatar «que amar consiste en acumular estratos que sedimentan uno tras otro y que cada amor nuevo descansa sobre las ruinas de uno antiguo. Diez años para reconocer que tú fuiste el primer estrato de todos. Diez años para asumir que tendremos que esforzarnos terriblemente para olvidar lo que hemos amado de alguien».

Con este estilo directo pero sentido, conmovedor y emotivo, Pol Guasch se nos abre en canal (o más bien en un torrente emocional) en el que narra la muerte de su padre desde el dolor del vacío que deja. Un suicidio que llena un futuro de lagunas, un paisaje por colorear, un sinfín de preguntas sin respuesta y de conversaciones no iniciadas. Y, en la búsqueda de motivos, un intento de acercamiento, de emular sus gestos o aficiones, porque «copiarte era una forma de acercarme a ti. También de admirarte. Un intento de entenderte, seguramente: pensaba que, si hacía lo mismo, podría llegar a sentir lo que sentías, que solo hacía falta esperar, repetir y esperar». Un intento infructuoso que le lleva a buscar nuevas vías, nuevas formas, para alcanzarlo, para comprenderlo, de manera que Guasch opta por buscar más allá de él y de ellos y, por ello, se encamina a mezclar reflexiones, notas biográficas de autores conocidos que travesaron circunstancias similares con retazos de su propio pasado. Unas memorias que le sirven para recordar no tanto a su padre sino a sí mismo; un tiempo pretérito que recuerda para traerlo nuevamente al presente, intentando encontrar en sí mismo respuestas y rellenar pasajes del pasado, para no olvidar, para retomar y para completar quien es hora con quién fue. De esta manera, el autor se escuda y se arropa en textos y biografías de autores que también se suicidaron para encontrar en ellos aquellas palabras que le faltan para explicar lo sucedido, para comprender a su padre y qué le llevó al suicidio y entender a la vez sus propios sentimientos y emociones, un amparo en su tristeza y dolor causado por la incapacidad en entender y de entenderse tras un suicidio que les deja sin, tan siquiera, una carta de despedida, quien sabe si porque aquello «significaba que el último pensamiento no había sido para nosotros», o quizás porque «ya debías de saber que un largo silencio, al final, también es un lugar donde descansar, una zona donde los demás escogen las palabras con las que querrían recordarte». Quizás este era el motivo, quizás.

De esta manera, Pol Guasch se adentra en la historia familiar de manera terriblemente íntima y personal para intentar comprender el suicidio de su padre, y lo hace con una aproximación que le surge de manera orgánica: a través de otros escritores que han pasado por lo mismo. Y esa es la magia de la historia: cómo la literatura, los libros, los autores que nos envuelven pueden ser de ayuda en ese difícil proceso de entender a los que ya no están, a nuestras personas más cercanas, a nosotros mismos. Ahí radica el submensaje de esta obra: cómo la literatura nos ayuda a lidiar con nuestras vidas, nuestros obstáculos, nuestros pensamientos y, a la postre, con nosotros mismos. Un texto a caballo entre la memoria y referencias de biografías de autores con el que Pol Guasch despliega su talento pero especialmente su sensibilidad para tejer un relato que conmueve, que nos hace reflexionar sobre la vida y su ausencia, porque la muerte no es nada en sí misma sino la carencia de momentos por vivir, de conversaciones pendientes, de intuiciones no corroboradas, de miradas que no encuentran réplica más allá de la que podamos darnos a nosotros mismos a sabiendas de que siempre nos quedaremos cortos en palabras y en afectos.

viernes, 28 de noviembre de 2025

Xavier Mas Craviotto: Animals inexpressius

Idioma original: catalán
Título original: Animals inexpressius
Traducción: sin traducción al castellano en el momento de publicar esta reseña
Año de publicación: 2025
Valoración: muy recomendable


Hay talentos que, ya de bien jóvenes, destacan por tener una sensibilidad especial a la hora de escribir, ya sea una novela, relatos cortos o poesía. Pero hay autores que justamente su paso por todas las disciplinas literarias (y especialmente la poesía) les otorga un valor adicional no siempre al alcance de todos. Porque es difícil destacar en cada una de esas facetas, pero Mas Craviotto lo consigue, pues este libro de relatos (su primer recopilatorio) se suma a los éxitos en clave de calidad literaria que consiguió con las novelas o sus poemas. Veamos lo que nos ofrece en esta antología.

El libro que nos ocupa nos presenta una recopilación de diez relatos, de duraciones entre las cincuenta páginas el más largo y catorce el más corto, escritos todos ellos en una misma época. Y, como en todo libro de relatos que se precie, todos ellos tienen algo en común, un hilo conductor que permite al lector hilvanar las diferentes historias para que, también en conjunto, tengan sentido, que a su manera se puedan entender como una continuación uno del otro, no ya a nivel argumental sino a nivel emocional, casi sensorial que los conecta de manera orgánica y natural. En este caso, el nexo común a todos ellos es la inercia, una inercia que empuja a los personajes a seguir con unas vidas que no perciben ya como propias, sometidas a una desconexión permanente ya sea de la pareja, del mundo, del futuro o incluso de su propia vida. Así, los personajes que protagonizan los relatos se ven arrastrados por una cotidianeidad de la que no saben cómo escapar, por unas expectativas que les empujan adelante sin ver (o pretendiendo no hacerlo) el abismo que se abre ante sus vidas; un abismo que sortean como pueden, empujando los días, uno a uno, intentando así salvar el escollo que les niega la felicidad, sin tener en cuenta que, en cada decisión, la cuerda que los sostiene es más débil, más fina, casi un hilillo en el que agarrarse justo antes de la caída final que no siempre se produce, aunque quizás paradójicamente sería esa su salvación.

Para no extenderme demasiado, no desgranaré cada uno de los relatos porque, además, con ello, hurtaría a los futuros lectores parte del encanto que tienen de manera intrínseca los relatos: la contundencia de esa ventana temporal que se abre in media res a una historia y que nos permite ser testigos por un corto espacio de tiempo de unas vidas que uno percibe más amplias de las que se nos refleja. Y es que, en parte, ese es uno de los puntos fuertes de las grandes narraciones en el genero de los cuentos: la capacidad del autor en dejarnos ver, a través de unas pocas páginas, unos personajes que por lo que se insinúa en el relato tienen vidas previas y posteriores al momento narrado, podemos intuir su pasado y su futuro fuera del cuento convirtiéndonos momentáneamente en testigos temporales de sus vivencias. A pesar de ello, sí diré que mis preferidos son el primero de ellos («La noche atrapada dentro del retrovisor») en la que el autor teje un relato duro, intenso, con una tensión palpable que se extiende como un manto a lo largo del relato. Una historia de vacíos, de silencios, pero sobre todo de una inercia que empuja a sus personajes hacia un abismo, cada uno el suyo, con su propio interminable fondo al que ni la oscuridad propia de los propios temores les hace apartarse de un borde que les tienta absorbiéndoles hacia un agujero existencial en sus vidas. También me ha parecido sublime el relato «El laberinto», sobre un niño prodigio, que conoce todas las banderas de los países del mundo, sus capitales y la forma de sus países. Un niño incomprendido por los padres porque ven que en su cerebro hay como una especie de laberinto donde se encuentra todo lo que recuerda y que, a diferencia de ellos que «sólo tenemos una calle», su hijo nació «con una ciudad en la cabeza». Un niño inteligente con unos ojos que «eran de alguien que había entendido la vida mucho mejor que los adultos. Alguien que había entendido el mundo y se aburría porque ya no había nada que hacer en el mundo, cuando lo has entendido». También resulta sobrecogedor el relato «El día que desapareció el Sol» o también triste y desesperanzador «El iceberg».

En esta recopilación, Mas Cravitto ha bordado un libro a través de un conjunto de textos enlazados, no solo simbólicamente sino también sutilmente a través de puntos de unión argumentales entre ellos, que desprenden violencia, alguna vez física, alguna vez psicológica pero siempre interior, por la frustración de no haber conseguido una vida mejor, por no haberse rebelado en los momentos en que la vida lo exigía o demandaba, por ser demasiado débil o demasiado fuerte, por una pérdida o por un exceso, por uno mismo o por los demás. Violencia contenida o explícita que rodea a sus personajes, así como lo hace también la desesperación o la tristeza, todas rodeadas en un abrazo letal que lo arrastra y los condena. No hay redención, no hay una brecha por lo que la luz pueda asomar y mostrar un nuevo camino, todos parecen perdidos y condenados a una vida que no quieren, pero de la que no consiguen encontrar escapatoria porque, tal y como dice el autor en uno de los cuentos, «es cabrona la inercia. Hace que dejes de entender cosas. Hace que dejes de entender las cosas porque antes ha hecho que dejes de hacerte preguntas. Dejas de preguntarte por qué haces lo que haces, qué sentido tiene todo lo que te envuelve. Entonces sí que estás muerto». Una muerte muy presente en los relatos, pues en uno de ellos afirma, sabiamente, que «las personas que amamos no se mueren solo una vez. Se mueren muchas veces. Cada vez que las recordamos vuelven a morirse. Una y otra vez. Infatigablemente. La muerte no se cansa nunca».

Para terminar, dijo el autor, en una charla en la que participé, que cuando empieza a escribir un nuevo texto no parte de un propósito sobre en qué campo situará el texto: deja que la idea le venga a la mente y luego busca qué cuerpo encaja mejor con la idea. Y, una vez leídas varias de sus obras, no me cabe duda de que todas ellas encajan como un guante, aunque no siempre de seda.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lentaLa gran nàusea, La pell del mónLa llum subterrània

viernes, 17 de octubre de 2025

Desirée de Fez: Reina del grito

Idioma: español

Año de publicación: 2020

Valoración: entre recomendable y está bien

Para quien no la conozca, Desirée de Fez es una crítica de cine especializada en los géneros fantástico y de terror, colaboradora de programas televisivos, miembro (¿al final se podía decir "miembra" o no?) del equipo del Festival de Sitges y conductora del recomendable podcast Marea Nocturna, además de, como queda hoy patente, escritora de libros sobre, como es fácil de adivinar, el cine fantástico y de terror. De eso mismo, de hecho, va este Reina del grito... o quizás no del todo. O no sólo, mejor dicho. Porque la clave de este ensayo la podemos encontrar en el subtítulo: Un viaje por los miedos femeninos. Un viaje, eso sí de la mano de, cómo no, el cine fantástico y, sobre todo, de terror. 

Porque, precisamente, lo que nos explica la autora, que se confiesa no ya asustadiza o timorata, sino directamente aterrada por las diferentes circunstancias que se encuentra y se ha ido encontrando por la vida, es cómo las películas de este género (aclaremos ya que no necesariamente se trata de películas que dan "mucho susto", sino, en general, películas que utilizan los diferentes elementos característicos y el lenguaje propio del género de terror para contarnos sus historias) le han ayudado de una u otra manera a identificar y enfrentarse con sus miedos e incluso, aunque parezca paradójico, a superarlos. Por citar solamente los ejemplos más obvios, la película Carrie le sirvió para asumir el paso de la infancia a la adolescencia (simbolizada en la primera regla, como es más que evidente); La posesión, la superación de una relación de pareja tóxica; Rosemary's Baby (me niego a repetir el título que se le dio en España a este film), los miedos inherentes al embarazo y El exorcista, el miedo a la posibilidad de fallar en su labor como madre... No son las únicas películas, que aparecen, claro, sino que muchas más son mencionadas y, en más de una ocasión, comentadas con cierta atención, a los largo de los diecinueve capítulos del libro. Desde clásicos setenteros como  La profecía o Halloween a títulos más recientes de lo que algunos llaman "terror elevado", como Babadook o Hereditary, pasando por The Conjuring, ¿Quién puede matar a un niño?, Amenaza en la sombra... en fin, que el libro puede ser una buena fuente para sacar una lista de títulos para quien quiera adentrarse en el género. pero no es, que quede claro, un ensayo cinematográfico sobre el mismo; que no busque nadie aquí un análisis de los subgéneros -aunque de alguno que otro sí se habla-, los directores/as -ídem-, interpretaciones -lo mismo-, recursos escénicos, técnicos y narrativos, y demás pormenores que se suelen detallar en los ensayos sobre cine. Anécdotas, que también es algo que aparece con frecuencia en esta clase de libros, sí que hay, a montones, de hecho. pero no son anécdotas referentes a rodajes, promociones de pelis, etc. -de festivales sí que hay alguna que otra-, sino que en su gran mayoría se refieren a la vida privada y laboral de la autora, a sus recuerdos de infancia y juventud, y a sus dificultades para desenvolverse con soltura en los entornos en los que ha ido transcurriendo su vida. Dificultades por cierto, que, en su aspecto profesional, se refieren principalmente al hecho de haber sido, hasta hace poco, una de las pocas mujeres y joven, por añadidura, que desempeñaba su labor en un entorno muy masculinizado... 

Así que sí: este libro se trata, más que de un ensayo sobre un tipo particular de cine, de una suerte de memorias de la autora, concretadas a través de esos dos vectores, sus miedos particulares (o generales, pues muchos de ellos seguramente sean compartidos por buena parte de sus congéneres) y las pelis de terror. Es decir, una piedra más en el muro de literatura autorreferencial o "literatura del yo" que se ha ido erigiendo (y cerrando) alrededor de los indefensos lectores/as a lo largo de este siglo XXI. Como, personalmente, odio casi toda turra ególatra que nos viene emparedando ya digo, en lo que va de siglo,  lo lógico, habrá quien piense, hubiera sido abandonar este Reina del grito en cuanto me olí la tostada o, en último caso, haberlo puesto a caer de un burro en esta reseña, lo que tampoco estoy haciendo (dejadme acabar); hay, sin embargo, ciertas particularidades del libro que han propiciado que mi parecer vaya por otros derroteros, más favorables. A saber: 

  • Que, si bien se trata de un ensayo que podemos considerar memorialístico, no es, en ningún caso, un libro de la llamada (y malhadada) autoficción; es cierto que en él la autora habla continuamente de si misma, de sus miedos y las circunstancias, reales o imaginadas, que los provocan, pero creo yo que cualquiera que escribe autoficción lo hace para poder mixtificarse a sí mismo/a y presentarse ante el mundo como más cool de lo que es realidad, ya sea embelleciendo o encanallando su vida, mientras que también estoy seguro de que Desirée de Fez es, en la realidad, más guay de lo que aparece en este libro.
  • Esta falta (sospecho que intencionada) de "guayotismo" se compensa con el sentido del humor, autoparódico, incluso, que muestra la autora en muchas partes del ensayo y que hacen que se la mire con inevitable simpatía. El devenir autobiográfico del libro, que refleja vivencias desde que la escritora y crítica era una niña hasta ser una profesional de prestigio y madre de familia, de la infancia a la mediana edad, pasando por todo el resto de etapas -adolescencia, juventud, primera madurez- está muy bien hilado a través del recurso a las diferentes películas y se lee con suficiente agrado, siendo un poco reiterativo, tal vez, pero no redicho.
  • Por último, aunque quizás debería ser el primer punto, el tema del libro me resulta muy interesante; cómo, ante la gran variedad de miedos que podemos sentir los seres humanos en la actualidad (es decir, más allá de morirse de hambre o en un bombardeo israelí. O ahogarse al cruzar el Mediterráneo en una patera, que esos son miedos mucho más reales y acuciantes) y, en especial, los miedos más atávicos que han agobiado siempre a las mujeres, me temo, el cine de terror, en este caso, sirva no ya de representación de los mismos, sino incluso como catarsis y, en cierto modo, remedio contra esos miedos, a modo de medicina homeopática, si se quiere (que ya sé que es un timo, pero esto es sólo una metáfora) o de terapia de choque. Pero el caso es que puede funcionar...
En fin, no me extiendo más; repito que me parece un libro sugerente, aunque también creo necesario advertir de que no se trata de un ensayo sobre cine al uso. Por eso, a pesar del cierto pudor que siempre me produce enterarme de detalles de la vida privada, los pensamientos, obsesiones y paranoias de quienes escriben, algo que resulta inevitable en el género memorialístico al que me he referido y que ha invadido las estanterías de librerías y bibliotecas, no dudo en recomendarlo a quienes estén interesados, como yo, en el tema. Y no dudéis, sobre todo, en ver las películas de las que habla su autora en él; yo no las he visto todas (en ello estoy) pero sí unas cuantas y son todas excelentes. Después de todo, ¿quién dijo miedo?

jueves, 9 de octubre de 2025

Íngrid Guardiola: La servidumbre de los protocolos

Idioma original: catalán
Título original: La servitud dels protocols
Traducción: Cristina Zelich en castellano para Arcàdia
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


En los tiempos actuales donde la IA y las plataformas sobreocupan nuestras vidas, y a pesar de haber leído últimamente no pocos ensayos sobre el tema, la publicación de este libro por parte de Íngrid Guardiola brindaba una buena oportunidad de conocer qué nos presentaba después de su más que interesante ensayo «El ojo y la navaja».

Ya en su comienzo, la autora nos habla del protocolo y su significado, afirmando que «se trata de una pauta informática que permite que dos máquinas se comuniquen entre ellas, o una pauta humana que hace posible que un humano se comunique con otro humano a través de un dispositivo o un acuerdo». Así, «los protocolos pueden adoptar un carácter sociocultural (…) o constituir una obligación, tener un carácter normativo» lo cual, aplicándolo a términos prácticos, nos lleva a «un ensayo que parte de la pregunta sobre qué consecuencias tiene el hecho de automatizar cada vez más todas nuestras decisiones, relaciones, intercambios semióticos o afectos a través de dispositivos tecnológicos, pero también de la maquinaria administrativocultural que fomenta la rivalidad social, el rendimiento extremo y las dependencias de la tecnología y sus aplicaciones», de tal manera que «la servitud de los protocolos aborda la relación entre la tecnología y el cuerpo, los gestos y lenguajes con los cuales nos expresamos como individuos y como masa: pero, a la vez, habla de la necesidad de volver a desear».

Visto el propósito del ensayo, Guardiola aborda este campo desde diversos ángulos en los que los protocolos acaban (redi)rigiendo nuestro comportamiento en lugar de estar a nuestro servicio. Unos protocolos orientados a guiarnos hacia donde quienes los implementan quieren: un entorno cada vez más competitivo, capitalista y consumista. Por ello y parafraseando a Deleuze, la autora afirma que «la rivalidad se justifica a través de la meritocracia. Cuando la corporación sustituye la escuela, entonces el “perpetual training” (la formación permanente) se instaura como modelo educativo principal, con su control continuo». Así, Guardiola ahonda en esta línea cuando asevera sin tapujos que LinkedIn y su sistema de recomendar «gente a la que puede que conozcas, de manera que funciona de celestina, selecciona objetos de deseo, personas con perfiles y rangos sociales similares, y los dispone en la bandeja del timeline. La diferencia entre la gente que puedes conocer y la que tendrías que conocer no es clara. ¿Quién lo dictamina? El algoritmo hace de prescriptor, confirma la coincidencia (…) esta cultura del casting actualiza las antiguas historias del patito feo (…) genera unas dinámicas de castigo y recompensa, violenta los cuerpos y el ánimo», pues «de hecho, hace de la rivalidad un motor social» a lo que Guardiola sentencia al citar a John Bergen quien en 1972 afirmó que «la envidia es un motor social, y la tarea de la publicidad es producirla, modificar las relaciones sociales».

La autora catalana incide en el perverso diseño que las compañías tecnológicas hacen de en productos pues claramente van destinados únicamente a conseguir la atención del usuario de manera que «el capitalismo aplica métodos de adiestramiento conductistas próximos a los domadores de animales, juega con las esperanzas y las recompensas. El algoritmo se adapta a las circunstancias de cada uno y opera como una máquina de refuerzo positivo o negativo, de manera que, al final, ya no podemos hablar de adaptación al entorno sino del hecho que es el algoritmo quien acaba creando el entorno y las circunstancias de los usuarios. El gran hallazgo de las plataformas sociales es hacer de la información y la comunicación el nexo de todas las relaciones humanas y hacer posible la extracción económica de todo este proceso comunicativo y emocional» y todos somos sufrimos las consecuencias a la vez que somos la causa tal y como constata la autora citando La Boétie y su discurso ‘La servitud voluntaria’ (1576) donde se preguntaba por la razón de ser de los tiranos y afirmaba: «‘de dónde ha sacado los ojos con los que os espía, si no se los habéis entregado vosotros’?. El tirano tipo que describe podrían ser hoy en día las grandes compañías como Apple, Facebook, Microsoft, Google, Amazon o Alibaba». Así, «el capitalismo de hoy en día, que podríamos denominar narcocapitalismo o neurocapitalismo, expropia la energía de los ciudadanos a través de todo tipo de mecanismos (plataformas sociales, gimnasios, aplicaciones diversas, IA…) y la utiliza como materia prima. La recompensa del individuo es neurológica: la segregación de endorfinas, también denominadas ‘hormonas de la felicidad’ a cambio de conexión, de interacción virtual».

Y, cómo no podía ser de otra manera en un ensayo en los que se trata el uso, función e intereses de las plataformas digitales y el entorno tecnológica que las conforma, la autora también lanza un aviso sobre la IA y la necesidad de legislarla con sentido humanista y prudente, pues «los algoritmos trasladan el perfil genérico, étnico y sociocultural de quien los ha programado». Asimismo, avisa del riesgo de abusar de ellas pues nos empobrece a nivel cognitivo y evolutivo, pues «la velocidad de los cambios históricos prevé que nos lleve a posicionar mejor las máquinas que los humanos en la comprensión de los contextos, pero los humanos tienen la experiencia y la posibilidad de una búsqueda más errática, la cual puede afrontarse con más profundidad en los márgenes» de manera que, paradójicamente, es nuestra capacidad de equivocarnos (o al encontrar resultados menos adecuados a lo que buscábamos) lo que nos hace superiores a las máquinas pues a veces es justamente en los márgenes del conocimiento donde entendemos la complejidad y el alcance de lo que estamos tratando de entender. Igualmente, nos habla sobre las herramientas de la IA para modificar y analizar los rostros, los peligros que conlleva no únicamente a nivel personal con relación a la aceptación de uno mismo sino también policial con los múltiples datos biométricos que almacenan las grandes corporaciones.

Por todo lo que expone y de la manera como lo trata, y a pesar de que, como en todo ensayo en ocasiones hay cierta reiteración de ideas (que por otra parte ayudan a su ahondamiento) este ensayo es recomendable, pues analiza, de manera profunda pero accesible el entorno tecnosociológico en el que nos encontramos y los riesgos a los que estamos sometidos y que, justamente con nuestro comportamiento y uso, estamos alimentando.

También de Íngrid Guardiola en ULAD: El ojo y la navaja

miércoles, 27 de agosto de 2025

Eduardo Mendoza: El asombroso viaje de Pomponio Flato

Idioma: español

Año de publicación: 2008

Valoración: recomendable

Palestina; primeros años del siglo I, durante el mandato del emperador Octavio Augusto. "¿Qué han hecho los romanos por nosotros?", se preguntaban los judíos que vivían en aquellas tierras, sojuzgados por Roma, dos mil años antes de que sus descendientes se dedicaran a perpetrar un infame genocidio sobre los hombres, mujeres y niños de Gaza. Bueno, pues aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, sí que hubo un romanos que hizo mucho por unos judíos en concreto; se trata de Pomponio Flato, ciudadano del orden ecuestre y filósofo natural -o aspirante a serlo- quien, tras sufrir cierto descalabro en su salud y peculio durante su búsqueda por Cilicia de ciertas aguas milagrosas, llega a Nazaret acompañando al tribuno Apio Pulcro. Allí es contratado por un niño de nombre Jesús, hijo de María, para que le ayude a exonerar a su padre, el carpintero José (sí, ya sé quienes parece que son, pero, igual que el autor de la novela, no lo voy a afirmar, no sea que concitemos la animadversión de los ínclitos Abogados Cristianos o de cualquier otra agrupación, congregación o secta integrista, ya se encuentre dentro de la Iglesia Católica o fuera de ella), condenado por el asesinato del rico Epulón. En su pesquisa, digan de un Sam Spade, Philip Marlowe o incluso un Gran Lebowsky, Pomponio indagará en los diferentes estratos de la sociedad nazarena, entrevistando tanto a la acaudalada familia de la víctima o a su criado, el efebo griego Filipo, como a mendigos y cortesanas, sacerdotes del Sanedrín o legionarios romanos.  Con ayuda, eso sí, del párvulo Jesús y de su agreste primo Juan.

Más allá de su adscripción al género de misterio o, de forma más improbable aún, a la novela histórica, El asombroso viaje... es sobre todo una obra llena de humor (no obstante, y lo digo siempre que reseño algo de este autor, no se trata de Sin noticias de Gurb. Repito: NO SE TRATA DE SIN NOTICIAS DE GURB... No sea que se me llenen los comentarios de gente diciendo lo mucho que les gustó ésta y lo que les han decepcionado otras novelas de Mendoza); es verdad que un humor quizás no del gusto de todo el mundo, puesto que se basa, en gran medida, en el contraste entre la pedante prosopopeya de la que hace gala el protagonista y las situaciones o comentarios algo chuscos entre las que se mueve; también, en continuas referencias culturales que tal vez hoy en día ya le sean ajenas a una parte de la población lectora -digamos que para disfrutar de la novela conviene tener ciertas nociones de Historia Sagrada, filosofía clásica, mitología grecolatina, las fábulas de Esopo y las tradiciones navideñas catalanas, entre otras cosas-, pero pensemos que Eduardo Mendoza es ya un señor de cierta edad que se educó, por tanto, en una época en la que a estos conocimientos se les daba mayor importancia. Pero estoy convencido de que quien esté en condiciones de disfrutar de esta lectura, con su despliegue de erudición, ironía y sorna, sin duda lo hará; cierto es que no estamos ante una de las grandes obras de este escritor, no siquiera, insisto, ante una de sus mejores novela cómicas, pero, desde luego, tampoco es uno de los títulos, más deslavazados, con los que nos decepciona de vez en cuando, impelido, creo yo, por la urgencia editorial. Así que sí, El asombroso viaje... es una novela que me atrevo a recomendar sin reparo alguno (y eso que me consta que entre los reseñistas de este mismo blog, por los general tan atinados, hay a quien no le gusta nada... Pero bueno, pensemos que también hay a quien le encantan ciertos libros perpetrados por Sara Mesa o Marta Sanz).

Y, por supuesto: #StopGenocidioGaza y #VivaPalestinaLibre...

Más obras del gran Eduardo Mendoza reseñadas en Un Libro Al Día: aquí

viernes, 15 de agosto de 2025

Javier Puga Llopis: Arabia feliz

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2023

Valoración: Decepcionante


Ahora mismo es posible que un porcentaje de ciudadanos mayor del habitual sea capaz de situar Yemen en el mapa, gracias a que desde allí se han lanzado algunos ataques a buques que navegan por el estrecho de Bab el-Mandeb y se disparan misiles que viajan dos mil kilómetros al norte. Porque por lo demás es un país prácticamente desconocido fuera del mundo árabe, un territorio en el que apenas se adentran un puñado muy pequeño de viajeros alérgicos al turismo convencional. Por lo que cuenta este libro, los romanos lo llamaban Arabia felix, y esa lírica (y quién sabe si descriptiva) denominación es la que sirve de título.

Javier Puga Llopis es un diplomático que con treinta años es destinado a la embajada española en aquel país, y ofrece un relato de la experiencia: interesante, un joven más o menos inexperto enviado a un lugar exótico, además en los tiempos turbulentos de las Primaveras árabes. Sobre la convulsión política de aquel periodo (recordemos, Túnez, Libia, Egipto, después Siria) se extiende bastante el autor, así como sobre cuestiones colaterales y de carácter más personal, de manera que el libro no tiene un desarrollo cronológico claro ni parece pretender un análisis muy definido o sistemático del país, sus gentes, sus paisajes, su realidad social. Digamos que es un híbrido que coge pie en la situación y a partir de ahí vuela libre. Bien, si eso fuese todo estaríamos hablando de un libro discreto, que sin suscitar entusiasmo no deja de tener un cierto interés. Pero hay otros problemas.

Por lo visto nadie le ha dicho a Javier Puga que en un libro los adornos, del tipo que sean, tienen que ser muy medidos y, en caso de duda, es mejor prescindir de ellos que sobrecargar el texto con cultismos, ironías sutiles, citas, metáforas y, sobre todo, extranjerismos. Que ya suponemos que los funcionarios del Servicio Exterior del Estado manejarán con soltura unos cuantos idiomas, pero tampoco es necesario colocar en cada página varias palabras en francés (ya, el idioma de la diplomacia), inglés y, dado el contexto, por supuesto árabe. Y por qué no, unos cuantos latinajos aquí y allá que aportan mucha aura. Ni tampoco es aconsejable, me parece a mí, abusar de lirismo o buscar a cada palabra su sinónimo elegante y a cada frase su versión ingeniosa (rebuscada) para deslumbrar no se sabe a quién. 

Si todo esto se presenta en un libro que no es de ficción, la cosa empeora aún más, y esa prosa sobresaturada de tropos y exhibiciones de erudición se convierte en algo pretencioso y pedante que no necesita de muchas páginas para empachar al lector. Lamentablemente es lo que ocurre con Arabia feliz porque, aun admitiendo que sea un libro que quiere desbordar los corsés de género literario (ensayo-libro de viajes-autobiografía), la licencia que entiendo se le puede conceder al autor para manejar los recursos no puede ser ilimitada, y en este caso desborda por completo lo admisible, incluso lo soportable. 

miércoles, 6 de agosto de 2025

Luis Goytisolo: El lago en las pupilas

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2012

Valoración: Decepcionante


Si esto fuese una conferencia podría titularse como ‘La desconexión: formas de escribir y formas de leer’. O, más coloquialmente, ‘Por qué hay libros que quizá deberían gustarnos y sin embargo no nos gustan’. Y que quede claro que he hecho un esfuerzo generoso para que el libro me guste, quizá porque es cortito, quizá porque tenía ‘buena pinta’. Hasta me he planteado leerlo de nuevo buscando lo que no encontré, pero hasta ahí creo que no voy a llegar.

La mayoría de las veces tenemos bastante claro por qué no nos gusta un libro, y lo achacamos siempre al autor, porque no nos agrada cómo escribe, no nos interesa lo que cuenta, es demasiado largo, demasiado superficial o demasiado profundo, ininteligible, aburrido, pobretón. Esta vez yo creo que las culpas habría que repartirlas porque, por circunstancias del momento, mi lectura ha sido excesivamente fragmentaria para un texto que apenas sobrepasa las ciento cincuenta páginas. Ya sé que a nadie le importa si leo rápido o despacio, del tirón o a trozos, pero en este caso creo que puede tener su importancia, porque el relato es por su parte también fragmentario, un collage de escenas breves, escenarios diferentes y personajes muy diversos que seguramente requerían una lectura mucho más concentrada.

Dos de esos personajes, hombre y mujer, llegan por separado a Riofrío (Granada, lo he mirado) buscando información sobre algo que tiene que ver con su pasado, quizá datos concretos o más bien un punto de contacto poco definido con algo relacionado con sus orígenes. Hay encuentros algo inocuos con algunos residentes y visitas a ciertos lugares que parecen contener mensajes confusos y signos de una atmósfera especial. Surgen historias de la Guerra civil y recuerdos de paisanos que no terminan de ponerse de acuerdo. Con esta historia se entrecruza la de un periodista que cubría una cumbre económica en Suiza, quien por su parte intentaba escribir una novela sobre una invasión extraterrestre, y varios episodios a su alrededor en torno a intercambios de parejas y prácticas sexuales digamos poco frecuentes.

Vaya, que me parece a mí que hay una heterogeneidad bastante apreciable que se enriquece además con unos cuantos personajes secundarios, fragmentos de discursos, artículos y reflexiones en torno a algún que otro asunto que no recuerdo. Claro, todo esto leído a salto de mata no puede funcionar porque es muy fácil perder el hilo (es hilo tan tenue, tan escondido) y desconectar del todo. 

Pero, admitiendo mi parte de culpa en el fracaso, tampoco entiendo bien el objetivo del relato, tal como está concebido. La dispersión, recurso tan utilizado, sirve a distintos fines, pero no encuentro en el libro ninguno de los posibles. Como tampoco termina de cuadrarme la variedad de tonos que irrumpen en mi opinión de forma caprichosa y terminan por generar una sensación de inconsistencia general. 

Claro, se diría que pueden ser tics de obra primeriza, pero es que don Luis escribe esto con cerca de ochenta años, y tiene una lista muy respetable de libros publicados, entre los que este es, que yo sepa, uno de los más recientes. No sé, igual es que precisamente por su veteranía y experiencia ha querido construir algo que no he sido capaz de captar, y el resultado empeora incluso por mi forma inadecuada de acercarme al texto. No lo voy a negar, pero como la lectura, correcta o no, y la reseña son mías, no me queda más remedio que concluir que el libro no me ha gustado casi nada.


miércoles, 16 de julio de 2025

Tuli Márquez: 365 momentos estelares de la música


Idioma original: 
español

Año de publicación: 2025

Valoración: recomendable 

No deja de ser curioso que Tuli Márquez siga inédito en español por sus cuatro brillantes novelas y, en cambio, su primer título publicado en este idioma sea esta colección de artículos de título inequívocamente zweigiano, casi un guiño o un juego privado, como un acto de levantar la mano y apuntar, sotto voce, en realidad soy un novelista que pasaba por aquí. 365 momentos estelares de la música es un curioso experimento a medio camino entre aquellas añejas agendas que, aparte del santoral del día, añadía citas o aforismos y una de los fetiches habituales de los entornos culturales: las listas de referencias.

Márquez juega con una doble ventaja: la del senior que ya acumula una experiencia de cómo han ido las cosas por este planeta nuestro y la del abnegado pero incansable oyente de todo tipo de música. Me cuesta no imaginar al hombre entregado febrilmente a su oficio de escritor mientras la música desfila por la amortizadísima cuenta premium de alguna plataforma, cuestión que, si el algoritmo se comporta, acaba resultando más práctico y confortable que levantarse cada cierto rato de la silla y elegir ese vinilo, ese CD. O, por despojarlo de tanta alharaca trasnochada, es un freak de la música. Y el reto aquí es vincular efemérides del mundo musical con fechas señaladas de la historia contemporánea, y hacerlo para todas y cada una de las fechas de un año no debe haber resultado sencillo, y ello es perceptible en el ritmo del texto. No hacía falta, por eso, esos tres apuntes en la portada que parecen recomendar el libro como si se tratara de una enciclopedia comprimida, algo impersonal. De impersonal, este libro no tiene nada. Por el, ahora sí, enciclopédico conocimiento de Márquez, que es capaz de saltar de Nino Bravo a Japan, de los Beatles a Kraftwerk, en elecciones que pueden resultar chocantes o incluso antagonistas, y de salpimentar tantas menciones a fechas de publicaciones de discos, de conciertos, con las fechas clave de la historia contemporánea, como recordando esa coexistencia de realidades globales, con una lógica preponderancia de los acontecimientos del mundo occidental (bullidero, por otra parte, de una buena proporción de la producción musical más difundida), lo que acaba procurándonos una excitante y refrescante lectura de esas que empujan a la exploración de nuevos territorios.

Más reseñas de Tuli Márquez en ULAD: aquí