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lunes, 23 de febrero de 2026

Andréi Platónov: Moscú feliz

Idioma original: ruso
Título originalСчастливая Москва
Año de publicación: ¿1991?
TraducciónAlejandro Ariel González
Valoración: ¿está bien?

Mis intenciones eran buenas: ¿un libro que surge por la imagen de una protagonista fumando mientras cae en paracaídas y es una alegoría del supuesto paraíso de la URSS? Con esa premisa tenía que leerla. Lamentablemente se queda en eso, en un buen arranque que empalidece debido a la incoherencia de los personajes y las consecuciones de escenas sin ritmo ni sentido.

Con esto podría acabar la reseña, pero vamos a explayarnos un poco más. La novela es una obra inconclusa; su autor nunca la vio publicada (siempre tenía problemas con la censura por presentar, según su amigo Gorki, la realidad bajo un manto farsesco y delirante), y probablemente, si le hubieran permitido publicarla sin riesgo de que lo mandaran a matar, la hubiese corregido como se debía. Pero, tal como está, la novela muestra baches argumentales, picos y valles narrativos en pocas páginas.

Por ejemplo, la vida de Moscú Chestnova (su apellido significa honrada, honesta, que es lo que termina siendo en una sociedad donde todos calculan sus beneficios o naufragan en el encasillamiento (o sea, no difiere de la actual)): al principio es una niña que asiste a la Revolución de 1917, que se aterroriza ante los eventos, y luego pasa a ser una paracaidista que bate récords mientras destina su vida a contribuir a la grandeza de la patria, conservando siempre su personalidad indómita y su alegría irredenta que seduce a cualquiera que se atreva a hablarle. Uno pensaría que la novela tratará sobre su vida, pero pronto nos encontramos siguiendo las peripecias de otros personajes que se vuelven arquetipos o estereotipos de los comportamientos, no lo dudo, de la sociedad en ese momento (el ingeniero cuyo trabajo es la creación de la perfecta balanza, y del cual deduce una metáfora acerca de la justicia y el equilibro de todo el pueblo, es el ejemplo ideal). La cosa es que, aun siendo una parodia de esas actitudes, los personajes no terminan por trascender en ese plano insulso que los caracteriza. Quizás la aparición de Moscú los trastorna (todos buscan poseerla, y la misma Moscú irá degradándose en el deseo humano), pero queda en nada. Quizás Platónov quería representar eso, cómo el engranaje burocrático no construye ningún atisbo de felicidad, sino que solo la libertad individual (en el sentido de hacer siempre lo que le dicta la consciencia propia) puede perturbar la anemia o la mediocridad en la que todos se ven involucrados.

En el camino, Moscú se esfuerza por complacer a los demás, pero a todos los abandona a causa de ese deseo de controlarla, y atestiguando que, incluso aunque lo lograsen, la tristeza inherente de los personajes no se elimina. El problema es que la trama de Moscú cierra convirtiéndose en la compañera de un mendigo-violinista con deudas estatales y siempre impagas y que no tiene dónde caerse muerto, exceptuando su alojamiento en una de esas construcciones residenciales. Se podría metaforizar la abnegación de Moscú por el mendigo como una forma de preocuparse por el oprimido, el inválido, el desahuciado, etc., a la vez de la ironía de reclamarle que se comporte como un verdadero ciudadano del pueblo cuando está física y mentalmente incapacitado, pero no se termina de cerrar la idea, y las tramas argumentales (de Moscú, el mendigo, el ingeniero que se quiere casar con ella) fenecen en hilachas.

Es injusto ser duro cuando es una obra inacabada; en varias páginas da muestra del potencial perdido. Muy probablemente esta novela, con sus debidas correcciones y una conclusión, hubiera terminado siendo una brillante parodia del régimen estalinista, la contemplación de una maquinaria que despersonalizaba al ser humano y solo dejaba resquicios a las pequeñas historias, donde más valía una mano amable que el espionaje y la paranoia para sobrevivir, pero pierde fuelle a medida que avanza la trama y se queda en una hilera de escenas, potentes de forma individual e insuficientes en el contexto general. 

Más de Platónov: La zanja




miércoles, 8 de enero de 2025

Irene Cuevas: Un momento de ternura y de piedad

Idioma: español 

Año de publicación: 2024

Valoración: entre recomendable, está bien y se deja leer

Esta novela parte de una premisa de lo más sugestiva: la protagonista -no conocemos su nombre- se dedica a asesinar ancianas, por encargo de sus herederos, para poder así mantener a su madre ingresada en una clínica psiquiátrica debido a sus continuos intentos de suicidio (es obvia la lectura psicoanalítica del argumento, más aún cuando la novela va acompañada, al menos en su primera edición, por un opúsculo titulado Matar a las madres). En principio, parece un plan sin fisuras que, dentro de su dinámica macabra, transcurre según lo esperado por la protagonista. Hasta que un día acepta el encargo de finiquitar a una víctima que no encaja exactamente con su target habitual...

Aquí he de mencionar un punto que, aunque pueda parecerlo, no resulta en absoluto baladí: varios de los personajes femeninos que aparecen, entre ellas estas víctimas de nuestra asesina -a las que, cierta mente, mata con toda ternura y piedad, como describe el título de la novela- están inspiradas en escritoras a las que admira la autora de la novela (no es que yo sea muy listo, es que lo explica ella en el epílogo); así, encontramos a Sylvia Plath, Diane di Prima, Patricia Highsmith... y, sobre todo, a Lucia Berlin, que no tiene tan sólo una presencia anecdótica, sino que se convierte en un personaje central de la novela. La inclusión de esta escritora -o del personaje inspirado en ella- va, por tanto, más allá del simple guiño (incluso del guiño-guiño-codazo-codazo); de hecho, podría interpretarse como una metáfora de la influencia que ha tenido su obra literaria en la de Irene Cuevas o incluso en su vida, en general, aunque yo diría que llega más allá, hasta caer en cierta fantasía mitómana... En fin, eso tanto da, pero el caso es que esta aparición puede provocar en un eventual lector o lectora lo mismo una sonrisa cómplice que un cierto rubor debido a lo que en inglés se conoce por spanish shame... En todo caso, que cada cual decida o se deje llevar por sus propias reacciones.

Por ir avanzando: ¿a qué viene, os preguntaréis (supongo yo, aunque puede que no) la indecisión que muestro en la valoración de este libro? Pues me explico: por determinados aspectos, tanto el  humor negro pero suave y con un punto de absurdez (que podríamos entroncar con cierta tradición española, desde Jardiel Poncela o Miguel Mihura a, por ejemplo, Juan José Millás), así como los deliciosos diálogos de la protagonista con su madre suicida frustrada, la novela me parece, sin duda, recomendable. Por otro lado, está bien en cuanto a las referencias que prodríamos calificar de "metaliterarias" (las comillas no sobran) que incluye, pues, aunque sean muy explícitas, tampoco tienen por qué condicionar la lectura de quien no las conozca o no las pille. Ahora bien, como ya he comentado, también pueden producir un creciente rubor que no beneficia a la impresión final que deja la novela.

Por último, la novela contienne también algún momento propio de "novela romántica para jóvenes adultos" (momentos Heartstopper, por decirlo así, con personajes que se diría fueran a aparecer en First dates). Seguro que a más de un lector o lectora le resultarán de lo más satisfactorio estos momentos y diálogos -y no me refiero a las escenas eróticas, bastante logradas, por lo demás-, pero a mí, que ya soy todo un señoro que perfectamente podría tomarse un brandy Soberano en cordial sobremesa con Pérez-Reverte, me han parecido morralla que le sobra a una novela que muestra otras virtudes interesantes. Por ejemplo, el estilo ágil, fresco y con una pátina poética, el humor y, por qué no aplaudirlo, la ternura y la piedad que muestra Irene Cuevas, y que nos indican que podemos esperar  de ella cosas muy interesantes en el futuro.

sábado, 15 de abril de 2023

Cory Doctorow: Walkaway

Idioma original: inglés
Título original: Walkaway
Traducción: Enrique Maldonado Roldán, para Capitán Swing
Año de publicación: 2018
Valoración: entre se deja leer y está bien


Uno ve el argumento de este libro en el que nos ubica en un futuro donde todo puede construirse mediante impresiones en 3D y en el que un grupo reducido de habitante decide abandonar la sociedad ultra capitalista y se imagina una versión robotizada o futurista de «La parábola del sembrador» de Octavia E. Butler pasado por el filtro distópico del autor de «Radicalizado». Y aquí entramos de nuevo en el tema de las expectativas, en este caso basadas en la lectura del recopilatorio de cuentos del mismo autor. Pero las expectativas en este caso no ayudan, pues el resultado no es el que este humilde reseñista (y, por ello, de opinión subjetiva) esperaba. Vayamos a explicar los porqués.

Empieza el libro situando a “Hubert, etc.”, uno de los protagonistas (de nombre abreviado por él mismo), en una fiesta comunista clandestina; alguien que «a sus veintisiete años, superaba en siete al siguiente parrandero de más edad». Ya, en estos dos apuntes iniciales (el del extensísimo nombre del protagonista, así como por el tono altamente coloquial mostrado), uno ve desde donde se aproxima el autor a esta distopía: el humor. Y en esta aproximación es donde encuentro el primer escollo, pues particularmente no encajo en las lecturas con este recurso; un tono humorístico que provoca que a uno le cueste meterse en la historia y ubicarse en ese escenario futurista en el que no se sabe muy bien quienes son los personajes ni qué pretenden. Además, argumentalmente la escena inicial ya sucede en un punto álgido de clímax y descoloca al lector que avanza en la lectura para saber muy bien de qué va todo esto. Porque vemos drones, vemos una fiesta comunista organizada en un local ocupado, vemos drogas y máscaras de camuflaje. Vemos el interior de la historia, pero desconocemos por completo el exterior del que únicamente sabemos que estamos en un escenario futuro, con drogas sintéticas, drones, coches que conducen solos, cafeterías con robots en lugar de camareros y que la acción se ubica en Toronto, pero poco más. De todos modos, esta confusión inicial tiene su punto atractivo, pues incita a querer avanzar en la trama y profundizar en ella.

De esta manera, ya en esos primeros compases vemos que el tono y el estilo de Doctorow en esta novela se asemeja mucho más al del cuento «Minoría modélica» de su libro «Radicalizado» que al del resto de cuentos incluidos en ese volumen y se acerca mucho al propio de las novelas policiacas de ex polis que están de vuelta de todo al utilizar un lenguaje extremadamente coloquial con tacos y abuso de la jerga y del lenguaje directo como se evidencia al leer que «Seth lanzó una sonrisa cargada de significado a Hubert, etc., una mención sin palabras a sus sentimientos por Natalie. Hubert, etc., no estaba de humor. Había tenido a un hombre muerto en sus brazos. Estaba ensangrentado, cansado y mareado» o cuando describe que «Natalie llevaba un pijama amplio a rayas blancas y negras, y ni se había puesto sujetador, pero Hubert, etc., no se quedó mirando, ni siquiera un poco»). Con todo ello, o uno está mentalizado para leer una novela algo “gamberra” o cuesta conectar y empatizar con los personajes que pueden parecer demasiados simples y superficiales a simple vista, poco definidos. 

A nivel argumental, superada la escena inicial, la historia realmente empieza cuando los protagonistas se encuentran en un suceso en el que las cosas no salen como estaba previsto y deciden abandonar el sistema social, político y económico establecido y basado en una continua vigilancia policial y capitalismo extremo para convertirse en “andantes” y vivir en los márgenes, en las “afueras” de la sociedad y unirse a otras personas con esa misma mentalidad, formando una comunidad jerárquicamente plana en la que «preguntarle a alguien si puede ponerte a trabajar es decirle que esta al cargo y someterte a su autoridad. Las dos cosas están prohibidas. Si quieres trabajar, haz algo. Si lo es de ayuda, tal vez lo deshaga yo más tarde (…) es un comportamiento pasivo-agresivo, pero así son los andantes». De esta manera, los andantes constituyen una sociedad sin ningún control policial, sin vigilancia, pues «las personas que utilizan este sitio decidieron que preferían que los robaran a que los vigilaran. Las cosas no son más que cosas, pero que te graben todo el rato te pone los pelos de punta».

Con esta premisa, uno avanza sin haber conectado de lleno con la historia. En libros futuristas donde la realidad es distinta a nuestra época, la conexión con la historia es a través de sus personajes, ellos son el nexo entre un mundo imaginado y el nuestro, pero si no hay esa conexión empática, la conexión se rompe y la distancia entre libro y lector se agranda abismalmente. En medio de situaciones más o menos cómicas, el autor intercala mensajes ideológicos que sí tienen su interés, pues giran de manera cíclica y continua en torno al sistema capitalista y al comunismo, a los métodos de trabajo basados en objetivos y su consecuencia de competitividad versus el trabajo por placer o la búsqueda de la realización personal por la satisfacción personal de hacer las cosas bien por uno mismo. Esa parte con carga ideológica sí consigue captar la atención. Porque es evidente que el capitalismo se basa en aprovechar cada instante de la vida y hacerlo a través de gastar dinero para explotar la vida al máximo. Pero, y ahí el autor lanza la cuestión clave: ¿qué ocurriría si se descubriera una forma de vivir eternamente? ¿Seguiríamos viviendo al límite? ¿Seguirían siempre mandando los mismos (pocos) durante toda la eternidad? Porque «encontrar una cura para la muerte» significa «el final de la historia (…) el final de la moralidad, de todo. Si puedes vivir para siempre…, volver de la muerte…, todo vale. Atentados suicidas. Asesinatos en masa. Por eso los zotas están tan espantados como la idea de que todo el mundo lo tenga». Y con ello llega el dilema, pues «los zotas no eran amigos de nadie, pero tenían un interés en la continuación de una civilización cuya cumbre ocupaban. Estos científicos, frikis y vagos no estaban capacitados para gestionar un planeta». Y ahí radica el enfrentamiento, entre clases, entre sistemas, pues el objetivo de conseguir la inmortalidad es noble a ojos de los andantes, pues contribuirá a una mejor sociedad más cooperativa y solidaria porque «¿cómo pueden cegarte tus objetivos a corto plazo si estás planificando una vida eterna?» Teniendo los medios tecnológicos la fórmula es simple: «te escaneas, sacas un cuerpo nuevo del almacén y viertes los datos en él». Porque la inmortalidad «no solo es la posibilidad de regresar de entre los muertos, sino la capacidad de repensar qué significa estar vivos». 

Así mismo, de igual manera que el autor critica el capitalismo extremo afirmando que «si la excusa para poner a un puñado de cabrones ricos al mando del mundo era que sin ellos nos moriríamos de hambre, ¿cómo iban a permitir que la gente viviera sin su firme pero amoroso liderazgo?» a su vez, remarca la importancia de imponer cierta estructura jerárquica pues, contraponiendo el modelo con la versión opuesta te puedes dar cuenta que «te crees que has encontrado una forma en la que todo el mundo puede salir adelante sin jefes. Siempre hay jefes. Y sin no sabes quién es, no puedes cuestionar su liderazgo. Un sistema de jefes secretos es un sistema sin rendición de cuentas ni consentimiento. Es una manipulocracia».

Lamentablemente, hay que llegar al tercio del libro para empezar a interesarse verdaderamente por la historia que narra. Le sobran muchísimas páginas y situaciones que no aportan demasiado al relato, no es necesario tanto contenido para situar la historia y centrar el propósito. También considero que los toques de humor utilizado, aunque sirven para quitar peso a otras partes más densas, rompen en ritmo y le dan cierto aire de ligereza que no encaja con lo que el libro pretende denunciar y, a media lectura del libro, no está muy claro si va hacia un libro de supervivencia postapocalíptica, un tratado sobre los problemas y deficiencias del capitalismo o sobre la inmortalidad y sus posibles consecuencias. O de todo ello a la vez en una mezcla en la que no llega a profundizar en ninguno de los temas. Incluso a veces parece que ni el autor se toma en serio cuando va introduciendo chascarrillos que rompen cualquier pretensión de hacer un texto de más calado o cuando nutre el libro de relaciones personales y pasionales que no aportan nada a la historia. Un estilo que se parece en parte a lo que hacía Marc-Uwe Kling en «QualityLand», pero en ese caso el contenido ideológico del libro era menos ambicioso y conseguía mejor su propósito.

Bien es cierto que el autor se muestra perfectamente lúcido y hábil en la exposición de ciertos dilemas y problemas sociales, pues una vida eterna implica un cambio de mentalidad, porque el mensaje que subyace en el trasfondo de la historia es que «si no encontramos la forma de cambiar la gratificación de hoy por la supervivencia de mañana…». Sin eso, la sociedad no se abonará al cambio y este debe empezar por la ilusión, por la esperanza, porque tal y como afirma uno de los personajes, «lo que estamos haciendo, Gretyl, es ejercer la esperanza. Es lo único que puedes hacer cuando la situación demanda pesimismo. La mayoría de la gente que tiene esperanza ve sus experiencias frustradas (…) la esperanza es el precio de acceso. Sigue siendo una lotería con unas posibilidades de mierda, pero al menos es nuestra lotería». Y, aunque las posibilidades de éxito sean pocas, aunque las cartas estén marcadas y los premios a los que podemos acceder únicamente sean, en la mayoría de los casos, los premios de consolación, debemos intentar conseguirlos y luchar para que, al menos en algún caso, consigamos alcanzar aquello a lo que aspiramos.

También de Cory Doctorow en ULAD: Radicalizado, Mierdificación

martes, 14 de diciembre de 2021

Yasmina Reza: Serge

Idioma original: Francés
Título original: Serge
Traducción: Juan de Sola
Año de publicación: 2021
Valoración: entre Se deja leer y Está bien





De Yasmina Reza había visto alguna de sus obras de teatro en las que queda muy patente la solidez la autora. Así que cuando me encuentro con Serge en el estante de novedades de mi librería de confianza y leo su contraportada, me lo compro sin pensármelo ni un segundo, convencida de que su lectura va a aportarme grandes momentos de disfrute.

Resumen resumido: Jean, Serge y Nana deciden visitar Auschwitz en busca de los resquicios de un triste pasado familiar al que no habían prestado la menor atención hasta ahora que su madre, judía de origen húngaro, ha fallecido. El momento también coincide con el hecho de que cada uno de ellos se enfrenta a la agria revisión de su propia vida ya entrada en una irreversible madurez.

El planteamiento de Serge es, pues, bastante prometedor y más conociendo la vis irónica de esta autora que no pierde ocasión de destripar el alma humana dibujándonos una sonrisa. El viaje a Auschwitz es lo de menos, como no podía ser de otro modo, pero funciona como detonante para encender la chispa que hará entrar en combustión los vínculos entre estos tres hermanos. Esas son, al menos, las pretensiones pero ¿se materializan? En mi opinión, no. O al menos eso me ha parecido en una primera lectura.

El estilo de Yasmina Reza es impecable, se nota que cada palabra, cada coma, están puestas ahí por algún motivo, los diálogos son muy brillantes y las descripciones nunca son a la ligera.
«Nos dirigimos al acceso, descubrimos el Arbeit macht frei, el portal infantilmente arqueado debajo del cual posa una clase y que el siguiente grupo espera poder fotografiar. Al otro lado, los edificios de ladrillo de la caserna. Árboles altos (¿cuánto tiempo llevan aquí?), hierbas en los márgenes. Los postres electrificados, el alambre de espino. Estábamos en Auschwitz.»
Los personajes, por su parte, están muy trabajados, rebosan defectos, vicios, coletillas, nos llegan con muchísimo detalle, sin embargo, cabe la posibilidad que no nos importen. Jean es el hermano mediano y ejerce de narrador con una voz irónica y algo distante, del mismo modo que se relaciona en su vida familiar y personal. Jean consiente y acompaña al hermano mayor, Serge, en todas sus meteduras de pata y desvaríos, todo lo contrario que Nana, la hermana pequeña, que cada vez soporta menos la pasividad del primero y la estupidez del segundo. De entrada puede parecer que todos tienen una personalidad muy especial y que cada uno lidia con conflictos internos de gran calado, pero a medida que la novela avanza y vamos conociéndolos más y desvelando sus anhelos, da la sensación de que todos están viviendo sus propias crisis de la madurez. Eso no es bueno ni malo pero, repito, que al lector no le importe es un problema. Quizá sea cuestión de hacer una segunda lectura aún más atenta, más pendiente de los detalles y los matices, aunque no lo creo.

Y luego está el título, Serge, que no está puesto porque sí, que es un título funcional que está apuntando, incluso antes de empezar la novela, hacia el eslabón más débil, hacia el área sensible, ese hombre ya metido en la cincuentena y con un lastre de malas decisiones a sus espaldas que trata de disimular a golpe de soberbia. El personaje que irrita a todo el mundo pero en el que finalmente todos se vuelcan porque —este parece ser el mantra de la novela que se refleja, ni más ni menos, en el arranque de Anna Karenina— así son las familias.

Ya para acabar, me pregunto si la autora era consciente de que la mayoría de sus lectores no han estado jamás en Auschwitz. Lo digo porque las descripciones y las sensaciones que intenta trasladar durante la visita de los protagonistas a mí me han funcionado más o menos porque estuve allí hace unos años pero me pregunto si otro lector sin una mínima idea de las dimensiones, materiales, espacios y atmósfera que allí se respira puede llegar a captar la intensidad y la contradicción que ese lugar despierta.

Dicho lo dicho, creo que puede entenderse la valoración de entre Se deja leer y Está bien. Quizá sea algo estricta porque las expectativas eran muy altas pero de algún modo tengo que paliar la frustración.