Título original: Счастливая Москва
Año de publicación: ¿1991?
Traducción: Alejandro Ariel González
Valoración: ¿está bien?
Mis intenciones eran buenas: ¿un libro que surge por la imagen de una protagonista fumando mientras cae en paracaídas y es una alegoría del supuesto paraíso de la URSS? Con esa premisa tenía que leerla. Lamentablemente se queda en eso, en un buen arranque que empalidece debido a la incoherencia de los personajes y las consecuciones de escenas sin ritmo ni sentido.
Con esto podría acabar la reseña, pero vamos a explayarnos un poco más. La novela es una obra inconclusa; su autor nunca la vio publicada (siempre tenía problemas con la censura por presentar, según su amigo Gorki, la realidad bajo un manto farsesco y delirante), y probablemente, si le hubieran permitido publicarla sin riesgo de que lo mandaran a matar, la hubiese corregido como se debía. Pero, tal como está, la novela muestra baches argumentales, picos y valles narrativos en pocas páginas.
Por ejemplo, la vida de Moscú Chestnova (su apellido significa honrada, honesta, que es lo que termina siendo en una sociedad donde todos calculan sus beneficios o naufragan en el encasillamiento (o sea, no difiere de la actual)): al principio es una niña que asiste a la Revolución de 1917, que se aterroriza ante los eventos, y luego pasa a ser una paracaidista que bate récords mientras destina su vida a contribuir a la grandeza de la patria, conservando siempre su personalidad indómita y su alegría irredenta que seduce a cualquiera que se atreva a hablarle. Uno pensaría que la novela tratará sobre su vida, pero pronto nos encontramos siguiendo las peripecias de otros personajes que se vuelven arquetipos o estereotipos de los comportamientos, no lo dudo, de la sociedad en ese momento (el ingeniero cuyo trabajo es la creación de la perfecta balanza, y del cual deduce una metáfora acerca de la justicia y el equilibro de todo el pueblo, es el ejemplo ideal). La cosa es que, aun siendo una parodia de esas actitudes, los personajes no terminan por trascender en ese plano insulso que los caracteriza. Quizás la aparición de Moscú los trastorna (todos buscan poseerla, y la misma Moscú irá degradándose en el deseo humano), pero queda en nada. Quizás Platónov quería representar eso, cómo el engranaje burocrático no construye ningún atisbo de felicidad, sino que solo la libertad individual (en el sentido de hacer siempre lo que le dicta la consciencia propia) puede perturbar la anemia o la mediocridad en la que todos se ven involucrados.
En el camino, Moscú se esfuerza por complacer a los demás, pero a todos los abandona a causa de ese deseo de controlarla, y atestiguando que, incluso aunque lo lograsen, la tristeza inherente de los personajes no se elimina. El problema es que la trama de Moscú cierra convirtiéndose en la compañera de un mendigo-violinista con deudas estatales y siempre impagas y que no tiene dónde caerse muerto, exceptuando su alojamiento en una de esas construcciones residenciales. Se podría metaforizar la abnegación de Moscú por el mendigo como una forma de preocuparse por el oprimido, el inválido, el desahuciado, etc., a la vez de la ironía de reclamarle que se comporte como un verdadero ciudadano del pueblo cuando está física y mentalmente incapacitado, pero no se termina de cerrar la idea, y las tramas argumentales (de Moscú, el mendigo, el ingeniero que se quiere casar con ella) fenecen en hilachas.
Es injusto ser duro cuando es una obra inacabada; en varias páginas da muestra del potencial perdido. Muy probablemente esta novela, con sus debidas correcciones y una conclusión, hubiera terminado siendo una brillante parodia del régimen estalinista, la contemplación de una maquinaria que despersonalizaba al ser humano y solo dejaba resquicios a las pequeñas historias, donde más valía una mano amable que el espionaje y la paranoia para sobrevivir, pero pierde fuelle a medida que avanza la trama y se queda en una hilera de escenas, potentes de forma individual e insuficientes en el contexto general.
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