Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable
"Hay distintas formas de mirar el agua, depende de cada uno y de lo que busque". En esta frase, que comienza el penúltimo capítulo del libro de Julio Llamazares, se resume la trama central sobre la que gira esta novela del escritor leonés.
En concreto, tenemos dieciséis formas distintas de mirar el agua, tantas como los miembros de una familia que acuden a esparcir las cenizas de Domingo, marido, padre, suegro o abuelo de todos ellos, en el pantano que un día anegó Ferreras, el pueblo en el que fue feliz junto a su mujer y sus hijos.
Así pues, los miembros de esta familia se dirigen hacia el pantano para cumplir la última voluntad de Domingo, que nunca quiso volver al lugar donde estuvo su pueblo, y vamos poco a poco conociendo lo que significa para cada uno de ellos ese regreso. La mujer y los hijos recuerdan con añoranza el pueblo que quedó sumergido y tienen una visión sombría del lugar y su entorno, en cambio los nietos y los novios o novias que les acompañan y que, en algunos casos, ni siquiera conocieron a Domingo, ni el pueblo del que les han hablado sus padres, disfrutan del paisaje y del entorno ignorantes de la desgracia que oculta el agua que tienen delante. Como nos señala uno de los protagonistas: "La gente no sabe muchas veces lo que debajo del agua se oculta ni la historia que se borró para siempre con la demolición del último de los pueblos que aquí existieron. De ahí que algunos exclamen mientras lo contemplan: !Qué bonito! Y que triste, añado yo." Esa tristeza que sobrevuela el libro, y que nunca pudieron superar Domingo y su mujer, Virginia, que dejaron atrás un pueblo rodeado de montañas y colinas en la montaña leonesa para instalarse en un lodazal de la meseta palentina. Como señala Virginia: "Domingo nunca volvió a hablar del pueblo. Domingo prefería olvidarse del pasado y para eso lo mejor, pensaba, era no nombrarlo. Yo, en cambio, aunque me habría gustado hacer como él: borrar los momentos malos y hacer como si nunca hubieran existido, jamás lo pude lograr; al contrario, mientras más hacia por olvidar, más recordaba y me dolía el recuerdo".
Llamazares sabe bien de lo que habla y por eso le resulta tan fácil transmitírnoslo. Vivió en primera persona cómo su pueblo natal, Vegamián, fue engullido por el pantano de Porma, lo mismo que le sucedió al cercano Ferreras. Al igual que los personajes más jóvenes del libro, apenas era un niño cuando ocurrió, pero conoció el trauma que supuso para su familia.
El escritor leonés construye una novela en la que el desarraigo y la nostalgia se convierten en protagonistas. A través de una prosa sencilla pero poética, consigue transmitirnos las sensaciones encontradas que tienen los personajes. No hay diálogos. Cada uno de los miembros de la familia tiene reservado un capítulo individual, que se desarrolla como un continuo flujo de conciencia que tiene el agua como destino final. En esos capítulos nos van desgranando sus recuerdos sobre el pueblo perdido, sobre el nuevo pueblo de acogida y sobre sus padres, especialmente sobre Domingo, y nos relatan cómo rehicieron sus vidas alejándose del lugar en el que nacieron.

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