Idioma original: francés
Traducción: Juan Manuel Salmerón
Año de publicación: 2025
Valoración: muy recomendable
Hace relativamente poco reseñé por estos lares la novela Bajo el árbol de los Toraya, y les indicaba que, pese a que me gusta la forma de escribir de Claudel, esta novela no me había acabado de convencer, quizás porque se salía de los cauces habituales por los que discurren las novelas del escritor francés. Parece que el propio escritor tampoco quedó demasiado convencido y en esta nueva novela vuelve a transitar por los senderos que mejor conoce: el alma de las colectividades humanas.
Un crimen, el asesinato de un sacerdote en un lugar indeterminado en el espacio y el tiempo, alejado de la capital del imperio -presumiblemente una aldea de Croacia o Macedonia-, sirve a Claudel para poner en marcha una historia con aires de novela policiaca que servirá al escritor francés para desenmascarar una vez más los intrincados resortes que mueven a los seres humanos a convertirse en seres estúpidos e irracionales.
En la aldea en que sucede el asesinato, "aquel lugar en el culo del mundo, en el que nunca pasaba nada nuevo ni imprevisto, en el que los días se sucedían iguales, y donde el invierno se disponía a cubrir animales, hombres y casas y dejarlos anquilosados", conviven en pacífica armonía desde hace siglos cristianos y musulmanes. El crimen altera momentáneamente la paz del lugar, pero todos esperan que las aguas vuelvan a la normalidad y confían en que la policía, encarnada por el capitán Nurio, un hombre de dudosa moralidad y su ayudante Baraj, un gigantón con pocas luces, resuelva el crimen.
Nurio comienza a investigar con parsimonia el asesinato, pero el imán Guedj le advierte contra una previsible alteración del frágil equilibrio entre las dos comunidades que conviven en la aldea: "Los hombres son criaturas débiles, que nada son sin Dios, y cuando el pastor de Dios desaparece, cuando ese pastor ha muerto asesinado, los impulsos malvados de los hombres son como bestias errantes que poco a poco retornan a la vida salvaje y despedazan lo que ayer temían. Capitán, temo que la muerte del pobre cura Pernieg, que Alá el grande lo reciba en su seno, turbe la paz del pueblo, si no se descubre pronto al culpable".
Efectivamente Nurio que, espera un ascenso con la resolución del caso, apenas tiene que resolver insignificantes trifulcas entre los aldeanos, pero comienza a verse inmediatamente sobrepasado por los acontecimientos, "Tuvo la sensación de que cualquier detalle llevaría el caso, del que había esperado disfrutar, a una dimensión en que ni la verdad, ni sus deducciones, ni la identidad real del culpable, ni el mismo tendrían la menor relevancia, y aun sintiendo todo esto no veía la menor manera de oponerse al curso impetuoso de los acontecimientos".
Sus conversaciones con los gobernantes locales y los comunicados que recibe de sus superiores en la capital le hacen comprender que no podrá mantener el orden en la aldea. Los odios de los aldeanos, alentados por las autoridades civiles y eclesiásticas, desencadenarán una creciente sensación de enfrentamiento y la persecución de los musulmanes: "Sería difícil explicarlo racionalmente, pero la atmósfera cambió. Los niños caminaban más deprisa por las aceras y más madres iban a recogerlas a la salida de la escuela, cuando por norma volvían solos. Las casas se cerraban antes. Los hombres caminaban con actitud desafiante y la mano metida en el bolsillo, y, cuando volvían a casa encerraban con llave a su familia, con cara arisca, como animales acosados. Hubo quien engrasó la escopeta o el rifle, y quien se acostó con una maza, un atizador o un cuchillo de cocina junto al orinal".
Nurio está desconcertado y comprende, demasiado tarde, que es una pieza insignificante en el tablero del imperio y que no podrá parar la ola de violencia que está por llegar. El delegado le aclara la situación: "Así no vamos a ninguna parte y dudo que pueda usted aclarar la muerte del cura, una muerte que no sabe usted bien lo útil que nos ha sido, a fin de cuentas, porque es la causa principal de todo lo ocurrido después. Se encuentra usted ahora en una ciudad limpia, una ciudad pura, que se ha librado de la escoria, que es un precioso laboratorio de lo que se prepara en el imperio".
Claudel escribe con tono de fábula un claro alegato contra la intolerancia y los odios irracionales que llevan a condenar a los diferentes. Es un excelente narrador. Utiliza una prosa clara y concisa, con unas descripciones sutiles y poéticas y dota a la novela de un ritmo en constante crecimiento que nos atrapa y no nos suelta hasta su conmovedor final. Totalmente recomendable.
Otras novelas de Claudel en ULAD: Bajo el árbol de los Toraya, El informe de Brodeck, La nieta del señor Linh, Almas grises

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