jueves, 30 de julio de 2009

Françoise Sagan: Buenos días, tristeza

Idioma original: francés
Título original: Bonjour tristesse
Año de publicación: 1954
Valoración: Está bien

Como prometí no hace demasiado al hablar de Raymond Radiguet, hoy tengo el honor de presentarles a otra niña bonita de las letras francesas: Françoise Sagan (aunque su verdadero apellido era Quoirez; Sagan lo sacó de un personaje de En busca del tiempo perdido), y la novela que la catapultó al éxito a los diecinueve años, Buenos días, tristeza.

¿Es necesario que vuelva a hablar de Radiguet, de los nuevos Rimbaud o de las novelas iniciáticas protagonizadas por diversas variantes del requetecitado Holden Caulfield? Sinceramente, creo que no; entre otras cosas, porque tal y como dejé claro en su momento al tratar El diablo en el cuerpo de Radiguet, considero que Rimbaud, al igual que todos los revolucionarios de la historia de la literatura, sólo hubo y habrá uno.

En cambio, no me parece inapropiado señalar que la escritora Françoise Sagan debutó siendo una adolescente en el mundo de la literatura gracias a su acomodada posición, ya que era uno de esos jóvenes franceses de la alta burguesía intelectual de la época que estaban rodeados de todas las facilidades inimaginables para despuntar (teniendo, bien sûr, cierto talento de base) en aquello en lo que se obcecaran.

Así, con dieciocho años, Sagan ya fue responsable de escribir para una célebre revista francesa una serie de reportajes de viaje sobre diferentes destinos del sur de Italia, siempre titulados Buenos días... + el nombre del lugar de turno. De ahí salió el título de su primer libro, todo un éxito que la colocó automáticamente en la cresta de la célebre Nouvelle Vague, la Nueva Ola, movimiento cinematográfico (porque resulta que la amiga Sagan también coqueteó con las claquetas) caraterizado por una particular y nueva forma de contar historias, llena de espontaneidad e improvisación.

Pero vayamos ya con la trama de Buenos días, tristeza...

Pese a su título, créanme que el ambiente que Sagan retrata en su novela no tiene nada de triste; en el sentido más trágico y apesadumbrado de la palabra, al menos.

La protagonista es Cécile, una adolescente caprichosa y malcriada que pasa el verano en una villa de ensueño, frente al Mediterráneo, junto con Raymond, su padre, todo un bon vivant; la nueva y joven amante de éste, Elsa; Anne, amiga de la madre de Cécile que parece tener sospechosas intenciones con Raymond, y Cyrill, atractivo veinteañero del que Cécile se encapricha. El conflicto en tan peculiar trouppe surgirá cuando Anne y Raymond comiencen un romance, y así, la sensata y seria Anne implantará el orden y la disciplina en la caótica y caprichosa vida que hasta entonces llevaban Cécile y su padre. Pero la joven no se resignará a su nueva (y no deseada) realidad, y con sus maquinaciones tratará de hacer creer a su padre que Elsa está enamorada de Cyrill para despertar así sus celos y provocar que se decida a dejar definitivamente a la recta (y aguafiestas) de Anne por Elsa.

¿Se han enterado bien? Les prometo que todo es más sencillo de lo que parece, y que la crítica a la frivolidad que empapa a los personajes y trama de Sagan no es ni sesuda ni laberíntica, sino tan sutil que no parece una verdadera crítica. Pero el impactante final del libro da a entender que la señorita Quoirez no parecía especialmente orgullosa del ambiente por el que ella se movía.

El libro no está mal pero, una vez más, he de acusarlo de sobrevalorado, tanto, que hubo una innecesaria película dirigida por Otto Preminger con Jean Seberg, bella suicida y también musa de la Nouvelle Vague, en el papel de la aparentemente insulsa Elsa. El rol le iba como anillo al dedo.

2 comentarios:

Penibético dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Penibético dijo...

Gracias por tu crítica.

Aclaraciones: la bella suicida no hace el papel de Elsa (insulsa, pero también bella), sino de Cécile.