sábado, 20 de octubre de 2012

Raymond Carver: Catedral

Título original : Cathedral
Idioma original : Inglés
Año de publicación : 1983
Valoración : muy recomendable

Debo empezar esta reseña auto-recriminándome optar demasiado a menudo por lo seguro en las lecturas: un comportamiento, sin duda alguna, escasamente profesional, el de no someterme más a menudo a esas lecturas poco agradables que recomendaban profesores de instituto para que uno se bregara en esto de la lectura. Pero claro, a eso hay que oponer el tentador recurso de encontrar libros que no había leído aún de autores consagrados. Y Catedral es uno de ellos: aunque algunos de sus relatos sí me resultaban familiares a raíz del refrito que se hizo entre algunos de los incluídos en este libro y los de otros para publicar un remiendo titulado Short cuts, aprovechando el tirón de la película de Robert Altman.

Padre de la moderna narrativa corta americana: ese es el título que se atribuye más a menudo a Carver. Es cierto que su influencia es muy notable, y no sólo sobre los autores que se dedican al relato corto: diría que hasta las extensas novelas de Richard Ford, por ejemplo, o ciertos personajes de Auster, tienen una clara reminiscencia de los personajes de a pie que pueblan sus relatos. Catedral comprende 12 de ellos, ninguno de los cuales supera las 30 páginas, a los que muy difícilmente llamaría cuentos: son intervalos, rara vez con una estructura conclusiva, en las vidas de gente vulgar, de esa gente que vive en núcleos urbanos o en grises áreas residenciales. Esas casitas de dos plantas y jardín, que siempre nos aparecen aquí desprovistas de glamour, algo desvencijadas, y habitadas por familias o por hombres solos. Profusión de presencia del alcohol, de divorcios, de abandonos del hogar, de segundos matrimonios, de penurias económicas.

Leo, y no soy mitómano (salvo aisladas excepciones) que el propio Carver tuvo problemas con el alcoholismo, y que falleció a los 49 años. Así que podemos considerar que, en ciertos casos, estos relatos podrían llegar a contener fragmentos de su experiencia personal, quizás simples retazos situaciones que pudo atravesar. Sorprende que, con unos elementos tan espartanos, tan desprovistos de detalles fantasiosos o golpes de efecto (no hay crímenes, no hay grandes pasiones, no hay un ápice de glamour, todas las historias parecen poder suceder en casa del vecino), su lectura sea tan interesante. Gracias al estilo directo de Carver, por supuesto, poco dado a las florituras ni a emplear más palabras o más frases de las debidas para decir lo que piensa que debe decir, pero también a su prodigiosa imaginación: la que nos permite distinguir incluso entre personas grises y anónimas, creando esa especie de antistar-system donde pululan canguros gordas, pasteleros solitarios, familias errabundas y vendedoras de vitaminas. Donde la gente bebe para olvidar, y esconde botellas en los rincones de la casa y bebe directamente de la botella: Carver lo narra y estás viendo al tipo y a su pose desesperada. Pero también gracias a que el autor sabe jugar a la complicidad con esa cercanía: parece que cualquiera de nosotros pueda instalarse a convivir con sus personajes o ser uno de ellos.  No debería haber dejado de leer a Carver por tanto tiempo: leer el excelente Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, obviamente influido, y ya comentado aquí, me hizo echar de menos esa narrativa corta y contundente, y Carver (junto, entre otros, a John Cheever, a quién dedica un relato de Catedral) me ha hecho recordar el poder de la mejor narrativa corta, por sí sola. Aunque he de reconocer que mi intención era usarlo bajo el concepto uladiano de espaciador, concepto que no hace justicia a este excelente libro.

También en Un libro al día: De qué hablamos cuando hablamos de amor¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Francesc, abusas de los dos puntos. Tanto que a veces pareces no entender su función. ¡Córtate un poco, anda!

Francesc Bon dijo...

Pues es posible, lo noto últimamente, me debo haber hecho adicto a esa especie de intentona de pausa dramática. No sé cómo evitarlo, pues el punto seguido a veces me parece excesivamente cortante y esquemático, y el punto y coma ahí no pinta nada. Tienes toda la razón: abuso de los dos puntos (y no me quito de la cabeza que en inglés se llaman "colon") igual que otros abusan del anonimato. Anónimos: manifiéstense.

Federico Escudero dijo...

Raymond Carver crea con sus cuentos pequeños chispazos de realidad cotidiana que dejan al lector con la sensación de que algo extraordinario ha ocurrido aunque la historia que se nos ha narrado sea la más cotidiana del mundo. A través de una prosa construida casi exclusivamente con sustantivos y verbos, Carver nos hace penetrar en una realidad anodina pero con una tensión subterránea que nos hace reflexionar qué pasó antes y qué pasará después en esos relatos normalmente de final abierto. Todo un maestro del relato corto.

Francesc Bon dijo...

Pues es una lástima que Carver muriera tan joven, ya son más de 25 años de relatos que nos hemos perdido. Gracias por el comentario.