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lunes, 22 de mayo de 2017

Pío Baroja: Fantasías vascas

Idioma original: español
Valoración: Recomendable


Habrá observado el avezado lector que me he comido la información sobre el año de publicación del libro, que siempre se suele incluir en la cabecera de nuestras entradas. De entrada digo que el motivo es, sencillamente, que no tengo ni idea de la fecha. Aunque uno es bastante vaguete para hacer indagaciones en internet, esta vez me he esmerado en buscar cuándo se publicó originariamente ‘Fantasías vascas’, sin resultado. De manera que, aun arriesgándome a meter la pata, me tiraré a la piscina: yo creo que el libro está constituido por relatos y escritos dispersos que Baroja fue elaborando a lo largo de los años –seguramente, entre 1.900 y 1.910- y que alguien reunió en un volumen, puede que allá por los años 40 ó 50 del siglo pasado, que son las fechas de las ediciones más antiguas que he encontrado.

La osadía (bastante infrecuente en mi) se basa, además de la comentada ausencia de otros datos, en la dispersión y escasa coherencia de la colección. ‘Fantasías vascas’ es un compendio de diecisiete relatos, entre los que dos de ellos ocupan más de la mitad del volumen, en tanto que otros varios apenas se extienden por dos o tres páginas. Como su título indica, su común denominador es que todas ellas se sitúan en el escenario vasco, diríamos genuinamente vasco.

Las diez primeras narraciones son poco más que estampas visuales de ese entorno tópico del País Vasco rural: escenas de mar embravecido, brumas sobre las casas en que se intuye el calor del hogar, aldeanos silenciosos, caseríos montaraces. Una galería de paisajes en la que los escasos personajes son poco más que parte del escenario, en el que se funden como un elemento más. Parece un mero ejercicio de estilo, pequeños bocetos en los que, no obstante, vemos con claridad algunos de los motivos que Baroja utilizará en varias de  sus trilogías posteriores.

El primero de los relatos de mayor envergadura es ‘La infancia de Silvestre Paradox’. Más que un arranque de las famosas aventuras de este personaje, da la impresión de ser una precuela (dios mío, el palabro más abominable que se ha inventado) escrita tal vez después, o al margen de la historia principal. Sea como fuere, vemos aquí a ese Baroja genuino a la hora de dibujar personajes de acción, en este caso un mozalbete, que huyen del desarraigo a base de peripecias, pillería y algo de temeridad. Aquí está el Baroja de la frase corta y el relato vertiginoso que encontramos en sus libros de aventuras.

‘La dama de Urtubi’ es, desde mi punto de vista, la estrella de la compilación. Es en principio una historia de amores, protagonizada por una señorita de la nobleza y situada en el siglo XVII o XVIII en esa mágica zona montañosa entre el norte de Navarra y el País vasco-francés (muy cerca de Bera de Bidasoa, donde don Pío tuvo su casa familiar). Sin embargo, tras su apacible inicio el relato da un giro brusco y sorprendente para meterse de lleno en el mundo de los akelarres que tenía su epicentro en la conocida cueva de Zugarramurdi. Casi se pierde de vista el origen de la historia, ésta adquiere la aceleración barojiana habitual, y desemboca en una descripción, vigorosa y brillante, de los ritos y el desenfreno a que se entregan brujas, nobles, curas y aldeanos en la mágica caverna. Aunque el argumento es sumamente simple, me parece una narración espléndidamente construida, sin un altibajo. Para que luego se diga de las deficiencias técnicas de Baroja.

Los últimos relatos vuelven a la brevedad aunque son muy diferentes de los primeros. Si en aquéllos se dibujaban paisajes, ahora son más bien retratos que se articulan en torno a un personaje, diferentes pero con rasgos comunes: de nuevo el desarraigo, huida de la vida acomodada, búsqueda de la acción. Personajes que se identifican con el omnipresente arquetipo vasco pero que, no obstante, tampoco ocultan una emotividad bastante singular: unos más ruidosos que otros, pero todos mantienen, medio ocultos, rasgos de humanidad, como de tipos siempre disconformes, que van buscando algo que no saben lo que es.

Aparte de ‘La dama de Urtubi’, tampoco puedo dejar de destacar otras dos narraciones muy breves: ‘La venta’, poética descripción de la llegada del viajero a la posada, donde encuentra descanso y calor, y la que cierra el libro, ‘El viejo y su canción’, apenas dos páginas para una alegoría, potente y escueta, del personaje que no encuentra su lugar entre la gente, ni alcanza a comunicarse. Aunque no lo dice expresamente, ese viejo anónimo parece buscar la ataraxia también anhelada en 'El árbol de la ciencia'. Empieza así:

‘Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer…’

El resto, como los demás relatos de este encantador librito, recomiendo que lo lean ustedes mismos. Lo disfrutarán moderadamente.

Otras obras de Pío Baroja en ULAD: El árbol de la ciencia

martes, 5 de marzo de 2013

Pío Baroja: El árbol de la ciencia

Idioma original: español
Año de publicación: 1911
Valoración: recomendable, pero extraño

Creo que todos los que estudiamos en la EGB recordamos este libro: era lectura obligatoria en la asignatura de literatura, no recuerdo en qué año. La verdad es que cuando lo leí entonces no me marcó demasiado: lo leí por obligación, sin interés ni gusto. Creo que en aquella época me había dado por devorar a Borges, y claro, Baroja tenía poco que hacer en comparación (claro que, ¿cuántos autores podrían competir con un Borges recién descubierto?).

Releído ahora, no sé cuántos (demasiados) años después, El árbol de la ciencia produce una sensación extraña: las secciones narrativas -las dos primeras y las dos últimas del libro- parecen llenas de acción, pero una acción desbocada, compuesta por cuadros casi independientes y llenas de personajes secundarios sin más hilo conductor que la travesía vital del protagonista, Andrés Hurtado; a esta sensación vertiginosa ayuda el estilo de Baroja, directo, conciso, en ocasiones casi infantil por su brevedad y su simplicidad. Y en medio, en la sección tercera, la acción se detiene para dar paso a una conversación demorada entre el protagonista y su tío Iturrioz sobre filosofía (con especial atención al idealismo y al irracionalismo).

En lo que más vale la novela, probablemente, y también en lo que por desgracia resulta más actual, es en su implacable crítica de los males de España: una universidad anquilosada y alejada de la realidad; un chovinismo irresponsable; una hipocresía clasista; una ignorancia supersticiosa o un bipartidismo político corrupto. Véanse por ejemplo estas frases sobre la política del pequeño pueblo de Alcolea:

La política de Alcolea respondía perfectamente al estado de inercia y desconfianza del pueblo. Era una política de caciquismo, una lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos conservadores. [...] Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos y a los Ratones, y los consideraba necesarios. Aquellos bandidos eran los sostenes de la sociedad; se repartían el botín; tenían unos para otros un “tabú” especial, como el de los polinesios.
Como se puede deducir, El árbol de la ciencia es una obra pesimista, no solo crítica sino también desencantada. La propia actitud del protagonista, capaz de reconocer los males de la sociedadque lo rodean pero incapaz de hacer nada al respecto, parecen reflejar la visión barojiana de la vida. El desenlace, no exigido por la trama sino por la voluntad de su creador, contribuye a la sensación general de callejón sin salida que predomina en la novela, en la que apenas hay personajes que puedan considerarse positivos.

Creo que el efecto que produce esta novela, como casi todas las de Baroja, se debe precisamente a que estamos acostumbrados a una cohesión más fuerte en las obras narrativas: los capítulos e incluso las frases se subordinan a una trama o a varias, por amplios que puedan ser los meandros de la narración. En Baroja, como sucede en cierto modo con las novelas de César Aira, da la impresión de que tanto el lenguaje como la imaginación creadora se disparan en todos los caminos a la vez, y el lector queda al mismo tiempo confuso y atrapado. De lo que no cabe duda es de que se trata de un terrible retrato de la España de principios de siglo; y mejor no decir de qué siglo.

Otras obras de Pío Baroja reseñadas en ULADFantasías vascas

jueves, 17 de noviembre de 2022

Juan Benet: Otoño en Madrid hacia 1950

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1987

Valoración: Muy recomendable


Mi modestísimo e incompleto viaje por la obra de Juan Benet empezó en su día por su parte más oscura, justamente la menos desconocida (y aun así, casi completamente desconocida): aquellos libros que tenían como escenario una remota e imaginaria comarca leonesa, con abundantes ecos de la Guerra civil, personajes herméticos que no sabemos si son reales o solo recuerdos o sueños (a veces todo ello), atmósfera insana y gélida y, sobre todo, esa peculiarísima forma de narrar, rigurosa pero libre de toda atadura, un torrente desmedido que provoca angustia, estupor y admiración a partes iguales, al menos en mi caso. Mucho más tarde, de forma completamente fortuita, he ido conociendo otros textos que me han acercado a un autor que se me ha ido revelando menos denso, diríamos más asequible, con registros bastante diferentes, alguna novela más ligera, obritas de juventud, cosas así. Se puede decir que poco a poco he ido encontrando luz en este autor, y el proceso culmina de alguna forma con el libro que comentamos hoy.

Otoño en Madrid hacia 1950 se compone de cuatro crónicas en torno al momento y lugar que lucen en el título. Benet está integrado de pleno en el mundillo literario, que naturalmente se manifiesta en diversas tertulias compuestas por tipos como él mismo, intelectuales de ingenio afilado, gentes ávidas de charlas en torno a la literatura y la creatividad, en las que no faltan la anécdota y alguna extravagancia, lugares donde compartir quizá cierto elitismo cultural, cafés donde a veces corre el alcohol o burdeles que luego aparecerán en sus novelas. Y tal vez, en alguna medida, el deseo de sobresalir o epatar entre los iguales (o parecidos). Benet es entonces un jovenzuelo, parece que de momento escucha y aprende más que destaca, y todavía no es el centro de atención de futuras reuniones que compartiría más adelante con Marías, Azúa, Millás o García Hortelano, si no recuerdo mal.

Son desde luego tiempos oscuros. Se ha salido de la época más negra de la postguerra, pero en esos círculos intelectuales reina el desencanto, una pesadumbre sorda, poco ruidosa, ante la sociedad mojigata que se construye desde el franquismo, ante la censura y el aislamiento, años grises en los que esos cafés o esas reuniones en casa de alguien eran un refugio donde absorber oxígeno para seguir explorando caminos diferentes a los de la cutrez oficial. En esa especie de reducto de gentes de letras y amistades diversas encontramos la tertulia en casa de Pío Baroja, al pintor Juan Manuel Díaz-Caneja y, naturalmente, a Luis Martín Santos, amigo pero también rival intelectual de Benet. 

El relato de las tardes en casa de Baroja es el que reúne más información. Don Pío es ya un referente en el mundo de las letras, pero es un anciano sencillo, que recibe sin preguntar a quien quiera pasarse, y solo rompe su silencio para alguna intervención breve y concluyente, recluido en su sillón y dejando la iniciativa a quien desee hablar. Benet deja fluir anécdotas que sorprendían o hacían desternillarse a los presentes (las ocurrencias de José Gallego-Díaz, la historia de los monos mecánicos), entrelazadas con reflexiones sobre el arte y, más tangencialmente, sobre política, que dejan ver la sensación de postración que se deriva del momento. La semblanza de Baroja es brillante, pesando más el lado humano que el literario aunque sin rehuir este último, y a Benet parece fascinarle el carácter inamovible del autor vasco, alguien que mantiene su personalidad, su estilo, su carácter e ideas intactos por mucho que el mundo se haya movido en las últimas décadas. No llego a saber si en el fondo de la admiración que muestra ante esa integridad (y que se repite en el caso del ‘rojo’ Caneja) hay un pequeño rastro de desdén, por cuanto esa ausencia de evolución podría entenderse también como una limitación, y Benet no se pronuncia sobre si es o no voluntaria.

Porque, siendo sinceros, yo creo que el autor madrileño tiene unas dotes intelectuales incontestables pero me da la sensación de que, a la menor oportunidad, aflora también la soberbia de quien es muy consciente de ello. Algo de ello se deja ver también en el apartado dedicado a Martín Santos. Parece Benet un tipo incapaz de empatizar con nadie, al menos al poner las palabras sobre el papel, y no hay en el texto ni una sola prueba de afecto, ni un ápice de emotividad al referirse al que se supone que fue su amigo, como tampoco lo hay hacia el viejo y hospitalario Baroja. Se diría que puede más la pugna literaria (diríamos Faulkner vs. Joyce) que la relación humana, como parece demostrar la yo creo que poco inocente reiteración de lugares y situaciones vividos por ambos que Benet insiste en identificar como material originario que aparecería en Tiempo de silencio. Quizá es lo que tiene la amistad de dos cerebritos que además comparten vocación literaria.

Por lo demás, la crónica de las andanzas de Benet y Martín Santos está llena de momentos curiosos y es un retrato perfecto de la vida de estos personajes en aquella España plomiza. Como lo es en general el libro al completo, por el que circulan todo tipo de cosas, desde reflexiones sobre temas cualquiera (la figura del héroe momentáneo, que pronto cae en el olvido frente a quien más adelante quedará para la Historia), la aparición de un capitán Medina que muy bien pudiera ser el protagonista de El aire de un crimen (o al menos haber prestado su nombre a ello), pequeñas historias sobre la vida en Paris de los pocos que por entonces pudieron viajar al extranjero y, cómo no, algunas idas de olla con las que Benet  parece disfrutar de vez en cuando.

Pero, al margen del mismo contenido del texto, ya de por sí interesante, es una delicia leer a este autor en su versión digamos más luminosa. Con un estilo fluido y elegante, de frase algo sinuosa, describe con precisión y, sin necesidad de calificativos, capta el alma de los lugares y las situaciones, es al mismo tiempo instructivo y entretenido. Y hasta ese puntito petulante y (quizá buscadamente) arcaico le da gracia a la vez que pone el nivel muy alto. Olvídense si quieren del autor, este no es el Benet novelista difícil y propenso a atragantarse, ni este es el libro por el que llegar a conocerle, al menos desde el punto de vista literario. Con Otoño en Madrid hacia 1950 podremos quizá conocer algo de su lado humano y disfrutar de un texto espléndido sobre un momento histórico y un cierto ámbito cultural. Nada más, pero mucho más que suficiente.

miércoles, 13 de enero de 2010

Miguel Delibes: La sombra del ciprés es alargada

Idioma original: español
Año de publicación: 1948
Valoración: Recomendable

Comienzo:
Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer.
Final:
Me sonreía el contorno de Ávila allá, a lo lejos. Del otro lado de la muralla permanecían Martina, doña Gregoria y el señor Lesmes. Y por encima aún me quedaba Dios.
Entremedio se nos va desgranando la vida de Pedro, el protagonista, y sus luchas internas. Huérfano y educado en casa del maestro Lesmes en Ávila, se verá influenciado durante toda su vida no sólo por el aura mística de la ciudad sino por cierta temprana y trágica pérdida y por la filosofía del "desasimiento" predicada por su mentor como modelo de vida ("mejor no tener que llegar a perder").

En su primera novela Delibes hace suyo el principio filosófico de Ortega y Gasset: es la circunstancia la que esculpe el carácter del ser humano. Y el de Pedro está herido por la sombra afilada y hostil del ciprés: herido, en fin, por la sombra terrible de la posguerra.

Es una pena que este determinismo inevitable vuelva la acción predecible en algunos momentos. Sin embargo, la magnífica construcción de los personajes, y la cadencia narrativa y el cuidadísimo lenguaje de un Delibes primerizo salva con creces este -para mí- punto flaco de una novela ganadora del Premio Nadal.

Anécdota con respecto al galardón:
Cuando [Delibes] ganó el Nadal, Pío Baroja elogió esta novela en una entrevista que le hizo Antonio Covaleda para el diario Pueblo. Posteriormente, Vergés y Delibes fueron a visitar al anciano escritor. «Entonces le dije que se habían vendido 5.000 ejemplares en tres meses. Se echó a reír. “Joven, yo sé lo que puede vender la primera edición de un libro”, dijo. Entonces, José Vergés, mi editor, que me acompañaba, le dijo el viejo maestro: “Don Pío, es que en España han comenzado a leer las mujeres”. “Ah —Baroja cambió de tono—, si han empezado a leer ésas no digo nada.” No dijo mujeres sino ésas, pero entre Vergés y él acababan de poner el dedo en la llaga. La mujer empezaba a incorporarse a la cultura en España, a sentir una inquietud espiritual, y esa actitud no ha cesado de crecer desde entonces. Hoy podemos asegurar que las mujeres leen más que los hombres». (Entrevistado por César Alonso de los Ríos, El Semanal, 2 de abril de 2000, s.p.).

Otras obras de Miguel Delibes en ULAD: Aquí

miércoles, 23 de julio de 2014

Toti Martínez de Lezea: La flor de la argoma

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2008
Valoración: está bien

La vitoriana Toti Martínez de Lezea ha cultivado con especial dedicación la narrativa histórica, con un buen puñado de novelas ambientadas en el País Vasco en diversos momentos de su Historia. En esta ocasión, la trama se desarrolla durante la tercera guerra carlista, en un barrio de la villa guipuzcoana de Oñati, y gira en torno a la rivalidad entre los dos hermanos Urrondo (en realidad, los hermanos son cuatro, pero los dos pequeños son poco más que comparsas o elementos para hacer avanzar la narración), que se quedan huérfanos a temprana edad y se hacen cargo del caserío familiar, aunque, conforme a la tradición foral vasca, el heredero y propietario es solamente el mayor, Bittor, mientras que el segundo, Eladio, acaba reclutado y haciendo carrera en el ejército liberal (después llamado "alfonsino"). Como contrapunto a esta dualidad de los personajes masculinos, también hay otra pareja femenina, las hermanas (solo de padre) Iturralde, una de las cuales, además, también es huérfana y es tutelada por un abogado de la Villa. 

Tanto huérfano, amén de niños robados, avaricia campesina y amores imposibles (y algo retorcidos, pues se realizan por persona interpuesta), remiten al ambiente de ciertas novelas decimonónicas, casi a un "dickensianismo a la vasca". Aunque, por supuesto, hay otra novela que se viene a la mente, de manera inevitable, pues comparte con ésta época y ambientación. me refiero a la maravillosa Zalacaín el aventurero, donde aparece un arquetipo de un joven aventurero y carismático difícilmente superable. Pienso que doña Toti, consciente de ello, no ha tratado de superar al Martín Zalacaín de Baroja y con inteligencia ha asumido parte de sus características para modelar a los hermanos Urrondo, desdoblando al personaje barojiano: el individualista feroz y huraño que es Bittor (que también recuerda al viejo Tellagorri), y el más sociable y extrovertido, pero no menos individualista, Eladio. Tal vez ésta sea también una manera de reflejar la, según dicen algunos, dualidad del "alma vasca" (sea ésta lo que sea): una idiosincrasia más apegada al terruño, junto a otra que ansía las aventuras y el trotamundeo; una mirada puesta en la montaña, mientras otra se vuelve hacia la mar... (hay otro guiño, quizás casual, que recuerda también a la novela de Baroja: cada vez que Bittor necesita alejarse de su barrio de Araotz, se refugia junto a un pastor en las conocidas campas de Urbia... y Urbia era el nombre del  imaginario pueblo de origen de Zalacaín).

Por otro lado, el desdoblamiento de los protagonistas, tanto masculinos como femeninos, le permite a la autora explorar, aunque sea más de forma sugerida que explícita, sobre la multiplicidad de destinos de sus personajes: por ejemplo, es el puro azar el que puede llevar a una joven a llevar la vida rural de una casera o la urbana y más distinguida, de una señorita de la Villa.

En cuanto a la ambientación histórica, parece perfectamente lograda y documentada, y, sobre todo, se agradece la falta de maniqueísmo: ni todos los vascos son presentados como carlistas, ni a éstos sólo como una suerte de "proto-nacionalistas", defensores de la identidad autóctona vasca frente a los foráneos liberales. Quienes, a su vez, tampoco aparecen como los modernizadores y liberadores de la sociedad que ellos pretendían ser, sino, sobre todo,  como los propiciadores del cambio de una oligarquía por otra.

En suma, un drama histórico-rural bien escrito, que puede agradar especialmente a los lectores que gusten de culebrones familiares y pasiones incandescentes, con su dosis de sexo y todo (pero también muchos curas por medio, que, después de todo, hablamos del País Vasco en el XIX). También a los aficionados a la novela de ambientación histórica bien narrada y resuelta.

Por cierto, la argoma (o tojo), para quien no la conozca, es un arbusto espinoso que se utilizaba en los caseríos vascos para elaborar la cama del ganado y como forraje. Y que, entre sus pinchos, da unas pequeñas flores amarillas, muy bonitas... Una buena metáfora del amor, supongo. Y también de muchas otras cosas.



También de Toti Martínez de Lezea en Un Libro Al DíaEl señor de la guerraLa calle de la judería

miércoles, 27 de abril de 2016

Óscar Esquivias: Andarás perdido por el mundo


Idioma original: Español
Año publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable


Recientemente decía Alberto Olmos en un artículo que en España hay dos escritores reconocibles como tales: Jon Bilbao y Oscar Esquivias.

Santi, en su reseña de "Strómboli", lo corroboró en lo tocante a Jon Bilbao.

Y ahora tocaba comprobar si Alberto Olmos también llevaba razón en lo referente al burgalés Óscar Esquivias. Ya habíamos comprobado las dotes del Esquivias novelista en su "trilogía dantesca" y ahora queríamos testear su versión "cuentista".

Pues bien. Los relatos (cuentos, historias o como prefiráis) que componen “Andarás perdido por el mundo” vuelven a poner de manifiesto la habilidad de Esquivias. Un escritor muy castellano, tradicional en las formas, con una prosa elegante y sobria y siempre en busca de la palabra precisa. Un muy buen escritor.

Los catorce relatos, escritos todos ellos por encargo y ya publicados con anterioridad en libros colectivos, revistas o antologías, se sitúan geográficamente en lugares tan variopintos como Madrid, África, Florencia, Rusia, Los Ángeles, París o, cómo no, Burgos y temporalmente abarcan desde el siglo XIX hasta nuestros días.

Pero sí que poseen una serie de rasgos comunes. Principalmente los protagonistas, en su inmensa mayoría niños, adolescentes o jóvenes (¡cómo no se va a andar perdido por el mundo a esas edades!) y los temas, que son los inherentes a esos períodos de la vida, es decir, los descubrimientos, los extrañamientos, la frustración, el desengaño, el aprendizaje en su más amplio sentido.

El libro comienza de forma totalmente deslumbrante con cuatro relatos de un nivel, en mi opinión, altísimo.

“Todo un mundo lejano” narra de forma magistral la evolución de la fe religiosa de un grupo de jóvenes y las contradicciones entre esa fe y la sexualidad, con un final abrupto y sorprendente. La descripción del ambiente en el que se desarrolla el relato es de lo mejor de todo el libro. 

“Curso de natación” es un relato de apenas dos páginas que definiría con una palabra: desengaño.

“El chino de Cuatroca” es el relato barojiano-dickensiano del libro. Con su toque de costumbrismo y picaresca. En él asistimos a los intentos de un joven ecuatoriano por entrar en el mundo de los adultos en el Madrid del siglo XXI. 

Llegamos después a “La Florida”, otra de las joyas del libro. Un relato tierno y hermoso, con tintes autobiográficos, en el que un narrador adulto recuerda escenas familiares de su infancia que, con el paso de los años, revelan su verdadero significado.

Los cuatro siguientes, el místico “El joven de Gorea”, el homenaje a Leskov de “El príncipe Hamlet de Mtsensk”, acerca de las dudas y el desencanto juvenil, “Los chinos” y el gamberro “Temblad, filisteos”, pese a ser más que correctos, no llegan, en mi opinión, al nivel de los anteriores.

El libro remonta vuelo con “La última víctima de Trafalgar” y “La casa de las mimosas”.

“La última víctima de Trafalgar” es el relato más largo del libro (unas 40 páginas) y se trata de una divertidísima y disparatada historia con turbios profesores universitarios, enamoradizos y vengativos piratas de tiempos remotos y legajos históricos de dudosa procedencia. 

En “La casa de las mimosas” se retoman los temas de “Curso de natación” o “La Florida”, con, de nuevo, un narrador adulto que rememora su infancia y su descubrimiento del mundo de los adultos. Aunque en este caso el escenario pasa de Oña (en "La Florida) a Los Ángeles.

“Mambo” es un simpático relato breve por debajo de los dos anteriores.

“El mejor de los mundos” nos vuelve a traer a un joven desorientado y plagado de dudas, con África como telón de fondo.

Se cierra el libro con dos relatos que vuelven a elevarse por encima de la media del libro.

Uno es “El misterio de la Encarnación”, el relato proustiano de Esquivias, en el que la famosa magdalena del francés es sustituida por una nota de oboe. Nuevamente, asistimos en él a los descubrimientos y extrañamientos que el mundo de los adultos supone, en este caso, para un preadolescente.

El relato final, “El arpa eólica”, es una divertida y tenebrosa historia al más puro estilo de Edgar Allan Poe o de H.P. Lovecraft. En él, la música tiene un importante papel, como en muchos otros relatos del libro.

En resumen, una obra con un nivel medio muy alto en la que encontramos alguno de los mejores relatos publicados en lengua castellana en lo que llevamos de siglo (opinión muy personal, por supuesto). Y no, no  me hace falta haberlos leído todos.

Ahora bien, después de leerla, no sé si quedarme con el Esquivias novelista o con el Esquivias cuentista. No lo tengo claro.

Pero hay una cosa que sí tengo clara: en lo que se refiere a Oscar Esquivias, Alberto Olmos también llevaba razón.


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Tras  preparar la reseña y, en vista de la gran idea que tuvo Francesc en reseña de el libro de Javier Calvo "El fantasma en el libro", se planteó la idea de tener una pequeña charla con Óscar Esquivias.

Gracias a la amabilidad de Óscar, aquí la tenéis:

ULAD:  ¿Cómo surge la idea de recopilar en un único volumen estos 14 relatos ya previamente publicados pero que estaban un poco “perdidos por el mundo”?

O.E: Sucedió cuando me di cuenta, a finales del año pasado, que no iba a terminar pronto la novela en la que andaba (ando) enfrascado desde hace un lustro. Me dije: ¿Por qué no publicar ahora estos relatos que casi nadie conoce? Se lo comenté a mi editor y dos meses después el libro estaba en la calle.

ULAD: Imagino que habrá muchos más relatos por ahí dispersos o pendientes de publicar. ¿Por qué, entonces, estos 14 y no otros?

O.E: Porque estos catorce tienen en común ciertos elementos (la juventud, cierta idea del desamparo, la variedad de localizaciones, la voz masculina) que hacen que puedan integrarse con cierta coherencia dentro de un mismo ciclo narrativo. Los que quedaron fuera desentonarían, a mi juicio, dentro de este conjunto.

ULAD: Según comentas al final del libro, muchos relatos corresponden a determinados encargos para revistas, libros colectivos, etc. ¿Antecede el encargo al relato o el relato al encargo y lo que hay es una adaptación del relato a las circunstancias?

O.E.: Todos nacieron gracias a los encargos, en ningún caso reciclé un cuento preexistente. En mi caso, los encargos suelen disparar mi imaginación.

ULAD: Hay varios relatos de corte autobiográfico. Después de tantos años escribiendo, ¿sigue habiendo algo de pudor o de vergüenza a la hora de escribir ciertas cosas?

O.E.: Más que autobiográficos, algunos de los cuentos se ambientan en lugares que conozco muy bien, como el barrio de Gamonal de Burgos o el de Cuatro Caminos de Madrid, pero en ninguno de ellos cuento exactamente mi vida. Evito la llamada autoficción (género en el que hay obras que me entusiasman) porque siento cierto pudor no tanto a hablar sobre mí mismo como sobre los demás. Me parece que traiciono a las personas que quiero si narro episodios –aunque sean inocentes– en los que estuvieron involucradas. 

ULAD: En el libro hay un relato barojiano (“El chino de Cuatroca”), otro proustiano (“El misterio de la Encarnación”) y otro lovecraftiano (“El arpa eólica”). Como lector, ¿con cuál de estos tres monstruos de la literatura te quedas?

O.E.: Baroja es el autor al que mejor conozco de los tres. Es un escritor que me entusiasma y al que me siento muy afín. 

ULAD: El hecho de que la gran mayoría de relatos esté protagonizado por niños, jóvenes o adolescentes, ¿implica un especial interés por las situaciones y procesos que tienen lugar en estos períodos de la vida o es pura casualidad?

O.E.: Uno de los asuntos que me gusta abordar en mi obra es el autoconocimiento, especialmente en ciertos cuentos que se centran en un momento de epifanía de los personajes. Uno puede tener estas iluminaciones íntimas a lo largo de toda su vida, pero generalmente es en la juventud cuando se producen los descubrimientos vitales más importantes.

ULAD: Cambiando de tema. Eres un escritor joven, pero con una obra premiada, extensa y variada, que va desde la novela juvenil, la novela, el relato o incluso el ensayo. ¿En qué género te sientes más cómodo?

O.E.: Gracias por lo de joven. Creo que lo que mejor se me da es la novela y el cuento, o al menos son los géneros donde siento que he llegado más alto y para los que estoy mejor dotado.

ULAD: De toda tu obra, “Inquietud en el paraíso” es para algunos miembros del blog de lo mejor que se ha escrito en lengua castellana en el siglo XXI. Teniendo en cuenta que se publicó en la Editorial DeBolsillo (una de las “grandes”), ¿qué pudo fallar para que no te convirtieras en un escritor más conocido para el gran público?

O.E.: Yo no me quejo de la porción de éxito que me ha tocado, en absoluto. Por recordar a un autor aquí citado, hoy leemos y apreciamos a Baroja, lo consideramos un autor vigente e importante y los escolares lo estudian, pero a veces nos olvidamos de que, en su momento, los escritores más populares y que más vendían no eran él, Valle Inclán o Unamuno, sino el Caballero Audaz y otros de ese estilo. 

ULAD: Vinculado a lo anterior, ¿qué diferencias hay entre trabajar con una editorial grande y trabajar con otra más pequeña como Ediciones del Viento, con la que llevas ya muchos años?

O.E.: Supongo que una editorial pequeña es más ágil y flexible para decidir la publicación de un libro, mientras que en una grande todo se planifica con más tiempo y, según los casos, se interviene en el texto del autor para satisfacer las demandas de su público. Para bien o para mal, el texto que yo envío a la editorial es el mismo que aparece impreso.

ULAD: Hablando de Ediciones del Viento, hace poco vi en su web que “Andarás perdido por el mundo” ya va por su segunda edición. Todo un éxito (merecido, además). ¿A qué crees que puede deberse?

O.E.: No lo sé. Los libros de cuentos suelen pasar más inadvertidos y a mí mismo me ha sorprendido su éxito (su modesto éxito, tampoco es que se esté vendiendo como El código Da Vinci). Seguramente ha influido que hacía mucho tiempo que no sacaba ninguna novedad y mis pocos (pero animosos) lectores estaban ya impacientes.

ULAD: Por último, teniendo en cuenta la variedad de registros en la que te mueves ¿con que nos sorprenderás próximamente? ¿O lo dejamos en secreto?

O.E.: Tengo varios proyectos entre manos con sendos amigos que son grandes artistas, el ilustrador Miguel Navia y el fotógrafo Asís G. Ayerbe. Y luego debería terminar esa novela que llevo escribiendo desde hace un lustro (a este paso va a terminar antes ella conmigo). No sé cuál de todos estos proyectos nacerá primero, así que el primer sorprendido voy a ser yo mismo.

Otras obras de Óscar Esquivias en ULAD: Aquí




jueves, 25 de diciembre de 2025

LO MEJOR DE 2025

Un año más llega a las pantallas de los lectores ULADianos la lista que importa, la que todos estaban esperando, la lista para acabar con todas las demás listas: lo mejor del año para nuestros reseñistas. ¡Deseamos a todos los que nos acompañan unas Felices Fiestas, y un 2026 cargado de buenas lecturas!
 
Oriol:

Resumen del año: No he leído ningún libro imprescindible (salvo, quizá, Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt). Aun así, he descubierto novelas, antologías y cómics notables, y he entrevistado a mi admirado Jared Roberts.

Libros que parecen escritos específicamente para mí: The Machine Stories, de Jared Roberts, With Teeth, de Christian Wallis, Yongüein’s Massacre, de Myke Babylon, La pianista, de Elfriede Jelinek, La bestia entre las sombras, de Edogawa Rampo, La estancia oscura, de Leonard Cline, y Paperbacks from hell, de Grady Hendrix.
Novelas destacables: Gente adinerada, de Joyce Carol Oates, y Posesión, de A. S. Byatt.
Novelas que logran dar una visión panorámica de su mundo: El gusano, de Luis Carlos Barragán, y La fábrica de Absoluto, de Karel Čapek.
Antología destacada: Ni una palabra, de Caroline Blackwood.
Mejor novela gráfica: La formidable invasión mongola, de Shintaro Kago (aunque Insolitus Los reinos silenciosos, de VV.AA., están muy bien).
Mejor libro de no ficción: Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt.
Mejor volumen ecléctico: Madurar hacia la infancia, de Bruno Schulz.


Koldo:

Novelas: Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau, Camino de sirga, de Jesús Moncada, y El siguiente en el paraíso de Marek Hlasko
Autobiografía (o similar): Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, En las kátorgas del zar, de H. Leyvik, y Triste tigre, de Neige Sinno
Cuentos: Cada lunes de aguas, de Juan Montiel, y Mentirosos enamorados, de Richard Yates
Viajes: Los viajes de Júpiter, de Ted Simon
Poesía: Mientras tanto cógeme la mano, de Kirmen Uribe
Crónica (o similar): No matarían ni una mosca, de Slavenka Drakulic

Juan:

Un 2025 muy prolífico en lecturas, aunque como de costumbre y curiosamente (ignoro la causa), las mejores concentradas sobre todo en la última parte del año. A saber:

Libros de miedito: HEX de Thomas Olde Heuvelt, Negro tal vez de Attila Veres y Fundido a negro de Jesús Cañadas (éste, en libertad provisional).
Noir a pleno sol: Los niños están mirando de Laird Koenig y Peter L. Dixon.
Distopía chanante: La infancia del mundo de Michel Nieva.
Distopía no tan chanante: Las indignas de Agustina Bazterrica.
Cómic Novela gráfica más divertida del año: Consumida de Alison Bechdel.
Biografía: Revelando a Vivian Maier de Ann Marks.
Ensayos del año: Quiero y no puedo de Raquel Peláez, Pornocracia de Jorge Dioni López y (quizás) Catedral de escombros de Pedro Torrijos...
Una batalla tras otra: Se acabó el recreo de Darío Ferrari, Operación Apolo de Sergi Moyano Hurtado, El corazón revolucionario del mundo de Francisco Serrano y Ovni 78 de los Wu Ming.
Novela por la que deberían darle al autor algún premio o algo: Tango satánico de László Krasznahorkai.

 

Francesc:

Ensayo: Sin centrarme en una obra específica, creo que el europeísmo escéptico/pragmático de Finkielkraut es algo que hay que reivindicar (porque hacerlo con Huxley ya sería demasiado, ¿no?)

Narrativa de largo: La obra de Catherine Lacey me ha ofrecido ciertas esperanzas.

Narrativa de corto: María Bastarós, una escritora que busca camorra (o sea, que no es de sofá, mantita y libro).

Expectativa superada (tanto con tan poco) :El comandante yanqui de David Grann

Expectativa defraudada (aunque temida): Sally Rooney en concreto con Intermezzo, pero creo que cualquiera serviría.

Comentario que no viene a cuento: alejaos, por favor, de libros que cuenten con esas irritantes fajas empeñadas en asignar y etiquetar. A la papelera, ya.

  

Marc:
Año flojo en cuanto a mi elección de las lecturas pero, aun y no habiendo acertado en general, sí hay algunos libros a destacar:

Libro del año: «Animals inexpressius», de Xavier Mas Craviotto
Ensayo del año: «La passió dels estranys», de Marina Garcés
Autobiografía del año: «Dietarios», de Mircea Cărtărescu
Experimentos exitoso del año: «La niña a la que le gustaban demasiado las cerillas», de Gaétan Soucy, por el estilo y lenguaje utilizados, y «El volumen del tiempo», de Solvej Balle, por planteamiento y argumento.
Reencuentros satisfactorios: Philip Roth, Jon Fosse, Henrik Ibsen
Caerán más libros de: Pol Guasch, Xavier Mas Craviotto, Siri Hustvedt, Jon Fosse
Propósitos para el 2026: aumentar el ritmo de lecturas, más poesía y recuperar algun clásico pendiente

Félix:
Resumen del año: bastante bien hasta mitad de año, leyendo un par de imprescindibles y, en general, de todo un poco. Luego decayó en frecuencia y calidad, aunque dejando, todavía, algún que otro libro muy recomendable.

Top 3 del año: 
- Bella del señor, de Albert Cohen.
- Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau.
- Middlesex, de Jeffrey Eugenides, o El quinto hijo, de Doris Lessing.
Accésit: La higuera, de Ramiro Pinilla, Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, o la serie el Cuarteto de Buru, de Pramoedya Ananta Toer.
Cuento del año: El cuento más hermoso del mundo, de Ruydard Kipling.
Ensayo del año: hago trampa porque es una relectura, pero la maravilla de Esculpir en el tiempo, de Andrei Tarkovski, no puede obviarse nunca.
Cómic del año: El Eternauta, de Oesterheld y Solano López.
Decepciones (sonadas): 
- El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas (por el tema y las ínfulas que se carga el texto).
- La invención de todas las cosas, de Jorge Volpi (ni ganas de reseñarlo me dan).
- El ayudante, de Robert Walser.
Lo leí aunque casi lo tiro por la ventana: Cómo leer y por qué, de Harold Bloom.
Abandonos: Hay ríos en el cielo, de Elif Shakar (por tratarme de tonto varias veces).
Amor-odio excesivo: los dos libros de Renaissance, de J.J. Lucas.
Descubrimientos: Albert Cohen, Pramoedya Ananta Toer, Olaf Stapledon, Ramiro Pinilla.
Constatación de lo pésimo que es el marketing para la calidad de una obra: los pesos pesados de la literatura argentina contemporánea.
Esperanza del 2026: leer algo del calibre de Bella del señor o Minimosca.

Carlos:

En un año que en general ha sido de lecturas más bien flojas, esto es lo poco que he podido rescatar:

Novela: La aventura de un fotógrafo en La Plata, de Adolfo Bioy Casares; La guerra de nuestros antepasados, de Miguel Delibes; El evangelio según Jesucristo, de José Saramago. Al final tres clásicos, o casi.
Novela gráfica (y quizá descubrimiento del año)El color de las cosas, de Martin Panchaud
Novela corta: Relato soñado, de Arthur Schnitzler
Humor: Alacranes en su tinta, de Juan Bas
Autobiografía: Pretérito imperfecto, de Carlos Castilla del Pino
Música: Quadrophenia, de Àlex Oró
ClásicoEl crimen de Lord Arthur Savile, de Oscar Wilde
Ensayo ligero (pero muy logrado): La radio puesta, de Javier Montes
Libro de relatos: Lazos de familia, de Clarice Lispector (reseña en breve)
Y por no dejarlo con apariencia tan limitada, haré mención a otros tres que se quedaron cerca del galardón, quizá un pasito por detrás: La liebre con ojos de ámbar, de Edmund De Waal; El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz; Crónica de Dalkey, del admirado Flann O´Brien

Alain:
Este año, trabajar en el blog me produjo muchas satisfacciones: poder entrevistar a escritores y artistas, enfocarme en la lectura y la escritura, trabajar en una app del blog (solo disponible por el momento en App store, esperen un poco más para usarla en Android), y lo más importante, pertenecer a una comunidad de amantes de la literatura y de la creación humana. A pesar de que las vistas del blog son mínimas comparadas con booktokers, booktubers, bookstagramers…, hemos mantenido un año más la independencia y la honestidad en las reseñas. Cuando el internet y las redes sociales exploten debido a la inteligencia artificial y a los intereses de esos billonarios hijos de puta, aquí seguiremos. ¡Qué chinguen a su madre los que usan la IA para socavar la creatividad humana, y que chingue a su madre Elon Musk!

Aquí mi resumen del año:
Texto revelador: Historia general de las drogas, Antonio Escohotado.
Noir que me regresó la esperanza en este género: El gran desierto, James Ellroy.
Descubrimiento: La obra de Shintaro Kago (por cortesía de Oriol). Pueden ver una entrevista con él aquí.
Libro contra el que tenía un prejuicio y me sorprendió: The stand, Stephen King.
Decepción por hacerle caso a las voces de las masas: Cadaver esquisito, Agustina Basterrica.
Libro con sountrack: Héroes del Blues, Jazz y Country, Robert Crumb.
Relecturas que me conmueven como la primera vez: Mañana en la batalla piensa en mi, Javier Marías; El juego de Abalorios, Hermann Hesse; Música de cañerías, Charles Bukowski.
Adaptada al cine con spice lésbico: Arenas movedizas, Junichiro Tanizaki.
Decepción del año: Retratos de jazz, Haruki Murakami y Makoto Wada

José Miguel:
Estimados seguidores de Ulad, en estas fechas tan señaladas me llena de orgullo y satisfaccion entrar en vuestros hogares para dejaros mi lista de mejores lecturas del año.

Novelas:
Calabobos de Luis Mario. Original, delicada, poética.
Los recuerdos del porvenir de Elena Garro. Hipnótica. Cómo he podido desconocer esta maravilla? 
Cuentos:
60 relatos de Dino Buzzati. Inquietantes, desasogantes y muy bien escritos.
Cuentos de Pio Baroja. Sólo por la preciosidad de Mari Belcha, ya merece la pena volver a Baroja.
Ensayo:
Mapa de soledades de Juan Gomez Barcena. Barcena hace tiempo que dejo de ser una joven promesa. Siempre buscando nuevos temas y nuevos enfoques. Muy recomendable cualquier novela suya.
El hombre horizontal de Bruno Remaury. Cuestionando el espacio q ocupa el ser humano en este mundo enloquecido.
Clasico incontestable:
Almas muertas de Nicolai Gogol. Ahhhh, los rusos.
Decepciones (no hay que comprar a lo loco):
Bruno Schulz, Madurar hacia la infancia. En la pagina 429 nos da la clave de su escritura "el tema como siempre, sin importancia y dificil de narrar". Pues, no esperes a la pagina 429 para decirnoslo, avisanos en la 1.
Adan y Eva de Aarto Paasilina. Humor finlandes, no trasladable a estas latitudes. Si ellos se rien con esto, es que somos muy, pero que muy diferentes.

Pues eso es todo. 
Felices fiestas y buenas lecturas para el proximo año.

Santi:
Un año muy irregular en cuanto a lecturas: un verano inusualmente descansado en el que por fin pude leer hasta (casi) hartarme, y un resto del año usualmente ocupado en el que casi solo he (re)leído lo que me exigía mi trabajo. A pesar de ello, ha habido unas cuantas muy buenas lecturas, y otras más decepcionantes... Aquí va mi lista: 
 
Mejores novelas: Todo empieza con la sangre de Aixa de la Cruz, Limpia de Alia Trabucco Zerán, El acontecimiento de Annie Ernaux
Mejor 2x1: Literatura infantil de Alejandro Zambra y Linea nigra de  
Mejor cuento: "El ojo en la garganta", incluido en El buen mal de Samanta Schweblin
Mejor libro de poesía: Amor y pan de Paula Melchor 
Mejor ensayo: Lo que una ama de Miren Billelabeitia
Clásico recuperado: Tea rooms de Luisa Carnés
Clásico que no me convencióTodos los nombres de Saramago 
Decepción del año: La península de las casas vacías de David Uclés

viernes, 9 de enero de 2026

Manuel L. Abellán; Censura y creación literaria en España (1939-1976)

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1980

Valoración: Interesante


Quizá a estas alturas no resulte muy original hablar sobre la censura en la España de Franco, a lo mejor ni siquiera hay mucho de que hablar que todos no sepamos o podamos intuir, porque es obvio que una de las normas inexcusables de cualquier régimen totalitario o autocrático (y el franquismo fue las dos cosas) es eliminar la libertad de expresión, y con ella todo lo que pueda ser sospechoso de menoscabar la autoridad o de oponerse a los supuestos principios en que se apoya.

Aun así, hay cierta bibliografía sobre el tema, entiendo que cada vez menos de moda, entre la que la obra de Manuel L. Abellán que tocamos hoy es uno de los trabajos más antiguos, centrado casi en su totalidad en el ámbito de la creación literaria. Como el tema se presta a la crítica política y, por qué no, también al sarcasmo, sorprende de entrada que el libro tiene un claro carácter académico, incluyendo una exposición bastante detallada sobre la organización del sistema censor del franquismo, estadísticas sobre libros rechazados o enmendados en función de fechas, géneros literarios, etc. Todo lo cual le otorga una apariencia algo aséptica que sin embargo pronto queda desmentida. 

Por resumir muy por encima algunas cuestiones tratadas en el libro, se podría analizar a los dos colectivos protagonistas del proceso:

Los censores

Dice Abellán que en los primeros tiempos, antes incluso de finalizar la guerra, el franquismo puso especial interés en que el trabajo censor recayera en manos de personas con cierto nivel intelectual. Más adelante, seguramente en vista de la magnitud de la empresa, la exigencia se fue diluyendo a medida que se multiplicaba el número de censores (lectores en lenguaje del momento), con lo que es fácil concluir que pasarían a engrosar sus filas buen número de personajillos deseosos de hacer méritos. Quizá fue alguno de ellos quien pretendió suprimir de un texto todas las palabras esdrújulas por parecerle que no sonaban bien, aquel otro que masacró un trabajo de Ana María Matute porque hay cosas sobre las que una mujer no debe escribir, o el que se atrevió a intervenir en un manual de contabilidad, que ya hay que estar enfermo.

Hay que subrayar que los censores no siempre eran funcionarios del Ministerio o peones locales del Movimiento. Ahí podían meter mano sin restricciones por supuesto la Iglesia, el Ejército, e incluso la Policía, siempre que se sintiesen de algún modo afectados. La moral (el sexo por encima de todo), la política, las instituciones del nuevo Estado o la Historia patria fueron algunos de los muros que no cabía saltarse.

Los censurados

Censurados eran en realidad todos los creadores de cualquier tipo, obligados a pasar el control previo. Pero ahora me refiero a aquellos, muchísimos, que sintieron las tachaduras del lápiz rojo (que en realidad creo que era azul, por si acaso) emborronando sus galeradas. Por lo visto, Pío Baroja y Jardiel Poncela fueron de los primeros en sufrirlo, y por cierto el escritor madrileño demostró por lo visto una inusitada capacidad para adaptar su texto a las exigencias del momento. En realidad, a excepción de unos pocos que se fueron a publicar a otros países, eso mismo (suprimir, cambiar, adecuar) fue lo que hicieron la inmensa mayoría de autores, casi siempre empujados además por sus editoriales, que lógicamente querían sacar los libros al mercado por encima de todo, inclusive por encima de su integridad (la del editor y la del propio libro). Lo cual lleva a plantearse por ejemplo si es ético y coherente plegarse a cambiar lo creado para colar por las tragaderas de una dictadura, o si por el contrario es exigible echar por la borda un trabajo de muchas horas por hacer honor a los principios, o simplemente por defender la propia obra. 

La censura, en nuestro caso franquista, hace brotar además infinidad de cuestiones, como por ejemplo, en qué condiciones nos han llegado y hemos leído centenares de ediciones de la época, cuántos títulos han sido reeditados más tarde en su versión original, o cuál fue a nivel creativo el efecto de la censura en el desarrollo de la literatura española de la época. Asuntos en los que el libro, como digo muy circunscrito a su objetivo, no entra o lo hace tímidamente, aunque sí se permite ciertas reflexiones en torno a la autocensura, la ‘censura editorial’ en sentido amplio, y en definitiva el margen real de libertad que el autor tiene si de verdad quiere publicar, aunque sea, en el mejor de los casos, en un entorno en principio sin restricciones. 


domingo, 13 de abril de 2025

Edmundo Desnoes: Memorias del subdesarrollo

Idioma original: Español  

Año de publicación: 1965

Valoración: Está muy bien

Un hombre corriente frente a la sociedad y la dificultad para asimilarse a una corriente histórica, un antihéroe de manual frente sus propias contradicciones y las contradicciones intrínsecas de una sociedad que se pretende nueva, un tipo algo pedante (que cita a Rimbaud y habla de la Weltanschaung) que da vueltas por La Habana para matar la soledad y la tristeza, un observador abúlico y distanciado de una realidad tragicómica y sórdida... Cualquiera de estas frases (o todas ellas) vendría a resumir el espíritu de una novela llevada al cine en 1968 por Tomás Gutiérrez Alea, director de la conocidísima Fresa y chocolate.

Publicada en 1965 y ambientada entre la invasión de Playa Girón y la crisis de los misiles, Memorias del subdesarrollo se aleja de las corrientes literarias imperantes en la región y se acerca a una narrativa de corte existencialista, tamizada (eso sí) por el entorno sociocultural. En fin, una novela más cercana a la tradición "europea" que al realismo mágico o al realismo socialista (en sus diferentes formas) que manejaban el cotarro por aquella época.

Ya el título da una pista de lo dostoyevskiano de la novela, no? ¡El propio autor lo reconoce en el epílogo a esta edición, escrito 40 años después! Al mismo tiempo, reconoce en él la innegable influencia de El extranjero de Camus o de Pío Baroja en su obra. ¡Cómo negarlo, sobre todo en el caso del Nobel francés!

Escrita en forma de diario al que le faltan fechas y referencias y con un predominio abrumador de la frase breve (un poco al estilo de Pedro Juan Gutiérrez, pero más "limpio"), Memorias del subdesarrollo es la historia de Sergio Malabre, un hombre escindido, un extranjero en su propia tierra que observa y analiza la realidad y a sí mismo con un puntito cínico. 

La gente me parece cada día más estúpida; y yo no soy más inteligente ahora

Tengo 39 años y ya soy un viejo. No me siento más sabio, como esperaría un filósofo oriental, ni más maduro. Me siento más estúpido

A favor pero en contra de la Revolución (Todos son unos ilusos. La contra, porque vive convencida de que recuperará fácilmente su cómoda ignorancia; la Revolución, porque cree que puede sacar a este país del subdesarrollo), influenciado por la cultura popular estadounidense pero renegado de los Estados Unidos y de su "protección", Sergio Malabre sería un miembro de honor del club de los "se dejaba llevar", uno de esos voyeurs de libro.

Y como buen voyeur, Malabre / Desnoes nos ofrece en sus andanzas una crónica del país y de la época en diferentes aspectos: el social, el político, el cultural, etc. Novela, sí, pero bien anclada en la realidad del momento.

Todo lo anterior no significa que Memorias del subdesarrollo sea una novela 100% clásica. De hecho, la inserción de discursos de Kennedy o de Fidel, la inclusión del propio autor como protagonista, la referencia a escritos del propio Malabre y que son incluidos como apéndices a la novela (me encanta Yodor) o la reproducción de fragmentos de boleros hablan de la voluntad del autor de superar los marcos tradicionales de la novela, de acercar esta a lo documental, a lo cinematográfico y/o a lo popular, y sitúan a Desnoes cercano, a su manera, a tipos como Manuel Puig.

En fin, una muy buena novela a la que solo le pondría un pero: su final, un tanto abrupto. Como el de esta reseña. ¡Hala, a leer!

lunes, 14 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (1)

Las postales de mis libros por Rubén Darío Rodríguez 


Pronto le pedirá que le compre un archivador, dirá que él también quiere tener uno, no como el suyo, sino uno más pequeño para empezar, con otro dibujo en el cartón. Entonces le dará dinero para que escoja el que más le guste, el primero de muchos tesoros que irá guardando a lo largo de su vida.

Anoche le pidió a su madre que le enseñase aquel cuaderno grande, el del estante más alto. Es un archivador, o un álbum, le dijo, lo que tú prefieras, pero no un cuaderno. Y ella lo bajó, se lo abrió ante sus ojos, sentados juntos en el sofá. Tiene anillas y láminas con cuatro agujeros para encajar y espacio plastificado para ajustar cuatro imágenes por cada cara, ¿ves? Como los álbumes, como los archivadores.

Está lleno de fotos, se asombró el niño. Cuántas… Son postales, le corrigió la madre. Dejó que las tocara, que las deslizara con cuidado bajo el fino plástico transparente para acercarlas a la vista y recrearse en las imágenes y las ilustraciones. Les dio la vuelta y pudo leer en qué libro habían descansado de un día para otro mientras duró su lectura. “El adversario, Emmanuel Carrère, Saint Malo, junio 2013”, escrito en negro con el trazo firme sobre el blanco impoluto del reverso de una postal de un cuadro de Edward Hopper. Cogió otra de una de las primeras láminas. “Bajo las ruedas, Herman Hesse, Madrid, febrero 1995”, la tinta azul gastada, los rasgos curvados de una escritura más descuidada, por detrás de un tranvía en color sepia que se adentra en una avenida ajardinada.

Su padre empezó a guardar hace mucho tiempo, tendría 15 o 16 años, las postales con las que marcaba hasta donde avanzaba cada día en el grueso o delgado canto de un libro. No usaba marcapáginas ni separadores rectangulares que tuvieran más o menos el mismo largo que el volumen, y le parecía feo, ordinario e irrespetuoso, recurrir a la factura de una compra o a la servilleta de papel de un bar para indicar el lugar en que se interrumpía la lectura hasta el día siguiente. Se prohibía doblar unos milímetros las esquinas de la página, eso nunca, tampoco se permitía escribir en ella con bolígrafo o lápiz ideas o palabras, ni un miserable punto. La imagen de una postal que después conservaría con el rigor y la delicadeza con que se protege una reliquia quedaría unida para siempre al recuerdo de un libro.

Cada libro con su postal.

Al abrir el archivador la primera que se ve revive su ciudad en aquellos días, las olas enfurecidas golpeando un espigón que ya no existe. “Octubre de 1988”, indica detrás el rojo de un bolígrafo. “El árbol de la ciencia, Pío Baroja”. La primera lectura obligada por don Gregorio en clase de Literatura española. Qué malvado aquel profesor, con qué poca pasión impartía sus enseñanzas. Pensó que aquel era un libro serio, algo muy diferente a lo que había leído antes, los misterios que resolver de Los Tres Investigadores y las páginas animosas de los ejemplares de bolsillo de la colección Elige tu propia aventura, los diez o doce que descansan olvidados en el desván de casa de sus padres. El médico de aquella novela le hizo pensar en las penurias de la gente, en la ignorancia, la mezquindad, la vida como era hacía un siglo y cómo era en aquel momento, pensamientos inquietantes que se llevó a la almohada. Al terminar la última página escribió el título del libro, el nombre del autor y la fecha en la espalda de la postal que lo acompañó y la guardó en un cajón.

La colmena también estaba bien, el enjambre miserable que pasaba las horas en aquel café marrón y frío de un Madrid que no conocía pero le asustaba; Cela, qué bien escribía y qué mal le caía. Garcilaso no le gustó, Quevedo sí. Lope por supuesto, Calderón pues no. ¿Quién se acuerda de ellos? Los libros no eran suyos, los tenía su padre o su tío, que habían estudiado en el mismo colegio y guardaban ediciones muy viejas, o los tomaba prestados de la biblioteca. Cada postal fue a un cajón, siempre al mismo, hasta que todas las de aquel curso y las que le siguieron en la playa, el dique y el campamento durante el verano (La importancia de llamarse Ernesto y Servidumbre humana fueron sus preferidas) formaron un buen montón que prefirió sacar de la guarida. Compró un archivador en la papelería del barrio, láminas de álbumes fotográficos y las encajó según el orden en que las había leído.

Doña Rita era mejor maestra, escritora frustrada, devota de sus autores de cabecera. Transmitió a sus alumnos el entusiasmo por Tiempo de silencio, que a él le costó atrapar. Dos gatos haciéndose carantoñas en la postal de enero de 1990. Se perdió en Lorca y detestó Poeta en Nueva York, inspiración rencorosa para un poema de tres folios premiado en un certamen escolar con un accésit que leyó en el teatro del colegio frente a una audiencia despistada. Se emocionó con Gil de Biedma, del desencanto que irradiaba una antología que leyó poco después de su muerte, dos macetas en un balcón de Lisboa delante de la fecha.

Aquel curso y el verano que le sucedió empezó a leer libros de cine, revistas y estudios sobre música pop y rock. Porque le gustaban tanto las películas y el rock and roll como las novelas. No volvió a ellas hasta un par de años después, cuando ya solo regresaba a su entrañable ciudad de provincias en las vacaciones que interrumpían sus clases en la Universidad.

En Madrid descubrió el polvo cálido de las librerías de viejo y el orden distante con que las grandes superficies distribuían sus novedades editoriales. Y la biblioteca de la residencia de estudiantes en la que vivía tenía una nutrida oferta de ejemplares. Podía llevarse hasta un par por dos semanas a su habitación. Destacaban entre libros de todos los colores, tamaños y grosores los cantos amarillos pálido de la colección de una editorial nacional para narrativa contemporánea. Una buena parte de esas obras tenían su edición de bolsillo en variados colores que cada semana inspeccionaba en aquella librería en la que entrase. Compraba un libro por semana, después dos. Y otras tantas postales, cualquier ilustración o retrato que le llamase la atención entre postales de lugares comunes y motivos convencionales. Un día le dijo un compañero con el que se cruzó en una acera que tuviera cuidado, que le iba a atropellar un coche si no levantaba la vista del libro mientras caminaba por la calle. Estoy acostumbrado, sé cuando debo pararme y cuando cruzar con el semáforo en verde, respondió. Llevaba Casa de muñecas en las manos. ¿O era un García Márquez? ¿O un Hemingway? Ninguno de los dos le gustó.

Hesse, Kundera, Carver, Chesterton, Joyce, Fitzgerald, Luis Landero, Stephen King… lecturas de domingos grises de resaca. Como algún compañero de clase, tuvo su fiebre juvenil por los relatos y novelas de Bukowski, un adictivo impulso por conocer a sus mujeres, apostar en el hipódromo y perderse en colillas mojadas en alcohol, personajes y escenarios que años más tarde perdieron todo su sórdido encanto al releerlos. Probó con Thomas Mann y no pasó de la página 80 de La montaña mágica, que superaba las mil, y se decantó por Muerte en Venecia, que le pareció conmovedora, postal de la playa de Lido entre las palabras (regresó al balneario con Hans Castorp años después, 1.048 páginas de una edición que le esperó paciente cada día en el cuarto de baño y tardó un año en leer mientras alternó con otros libros).

Leía lo que fuera: obras que escogían los profesores, que le sugería una chica, que le prestaba un amigo, que recomendaba un periódico. Descubrió las comedias desmadradas de Tom Sharpe, que le rompían de risa en la cama de madrugada, mientras aún estudiaba algún residente al que convenía no molestar con las carcajadas. Luego le asombró el relato criminal que Capote reportajeó en A sangre fría, ese hijo de puta que entonces le hizo glorificar el periodismo, antes de darse cuenta de que el periodismo es un trabajo más sin días de gloria. Y un día empezó con Lolita, qué orgásmico aquel desfile de devotas palabras, y unos meses después había comprado toda la obra de Nabokov que tenían las librerías. También releyó algunas de sus obras pasados los años, unas le desquiciaban con sus retorcidos juegos de palabras, tan lejos del alcance del entendimiento de los simples mortales, otros le intimidaban con la perfección de su lenguaje, culmen de un arte inalcanzable. Libros, muchos libros, y sus postales escritas hasta el verano de 1997. Y ensayos de cine y biografías musicales. Y películas en VHS y discos en vinilo y CD. Todo lo que fue guardando en cajas de cartón precintadas para llevarse a casa al terminar la carrera.

Su primer viaje largo lo hizo sobre la letra pequeña de una edición de bolsillo de En el camino, los Estados Unidos de su imaginación. No tenía mucho en común con aquellos ‘beatniks’ antipáticos, pero a aquella vida sin rumbo fijo sobre el asfalto le agradece hoy que lo arrojase a la carretera. Los viajes siguientes fueron en carne viva y en todas direcciones, cada uno con un par de libros en la mochila, experiencias dispares que guarda en la tinta escrita de postales que compraba en museos o tiendas de regalos: las Crónicas de motel de Sam Shepard, las anécdotas de Bolaño, las fantasías extraordinarias de Roald Dahl, la ruina cotidiana de Cheever, los relatos agradables de Nick Hornby, las intrigas perturbadoras de Patricia Highsmith, la desesperación de Zweig… aquella madrugada de verano aparcado ante el portal y Carta de una desconocida en la voz afectada de un amigo fascinado con aquella confesión de amor…

…Y Paul Auster. Primero Mr. Vértigo, una tierna ilusión; luego Leviatán, o quedarse sin palabras; después El palacio de la luna camino de Amsterdam y en Brujas, que le hizo llorar. Y cada año tocaban dos libros de Auster, en Dublin (El país de las últimas cosas), en Praga (El libro de las ilusiones), en casa. Se fue sintiendo entonces un personaje de sus novelas al que el azar maneja a su antojo y gracia. Un hombre cuyo destino lo convierte en escritor de lo que ocurre a su alrededor, de cuanto pasa primero en el deporte de su ciudad, en las empresas, negocios, instituciones, asociaciones y gobiernos locales después, historias reales de las que se evade luego al abrir un libro en Chesil Beach, episodios que le enseñan a protestar y a denunciar, también a querer y a amar, a conocer a la mujer con quien va a crear un hogar. Se sintió Auster mismo: yo veo las cosas como las ve él, se dijo, así me fijo en las personas y retengo lo que les ocurre, si fuera novelista mis obras contarían historias como las cuenta Paul Auster.

El niño pasa las láminas, las postales de ocho en ocho. Alguna que le llama la atención se la lleva a las manos para detenerse en las líneas y detalles del dibujo o la fotografía y lee la cara posterior, aunque no sepa nada de los libros que recuerdan. Entre 2010 y 2014 son más numerosas. Fue cuando su padre volvió a dejarse la vista en los libros, a caminar por la calle con los ojos en el papel: 59 un año, 72 al siguiente, 88 un año después, 95 al otro, más de uno por semana. Cortos, largos, medios, colecciones de relatos, ensayos, estudios, tomos. Leería mucho más si no durmiese, si no trabajase, si no le dedicase tiempo a las películas o a la música, si no tuviese que encargarse de las cosas que todo el mundo hace como conducir o comprarle un archivador a su hijo. Pero la vida es también un libro y todavía lo está escribiendo mientras no deja de leer.

sábado, 29 de marzo de 2025

Carlos Castilla del Pino: Pretérito imperfecto

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1997

Valoración: Recomendable


Para ser sincero reconozco que, en un tic de lector perezoso, quizá pasado un tercio del libro miraba con ojos golosos esos volúmenes de lomo finito que esperan en la estantería. Muy mal, ya lo sé, pero este semi-tocho de quinientas páginas largas de tipografía más bien escueta se me hizo un poco cuesta arriba en algunos momentos, y eso que las memorias del psiquiatra Carlos Castilla del Pino solo alcanzan hasta sus veintisiete añitos (después escribiría una segunda parte titulada Casa del Olivo, de longitud similar).

Y es que el autor resulta seguramente excesivo en los detalles, lo valora y disecciona todo, cada situación, cada personaje (y son decenas, quizá cientos), relata con la precisión de algo que hubiera ocurrido ayer, no en vano parece ser que guarda un número ingente de documentos, notas colegiales y universitarias, recortes de prensa, cartas, nombramientos, papeles en los que apoya su memoria o con los que indaga en cada circunstancia como forzado a defender su argumentación ante un tribunal. Se diría que, más que contar su vida, lo que intenta es reconstruirla punto por punto para que, una vez impresa, quede fijada para siempre.

Pero, claro, la cuestión es que lo que cuenta es casi siempre interesante, desde la infancia en una familia conservadora y acomodada (relaciones complicadas con sus padres y hermanas, el grupo de amigos del pueblo, el odioso internado en los salesianos) hasta el inicio de la Guerra civil cuando, envuelto en su ambiente más cercano, se alista en el Requeté siendo un adolescente y asiste al asesinato de varios familiares por parte de los milicianos. En esa etapa empiezan a fraguarse el anticlericalismo y el antimilitarismo de los que Castilla hace gala a lo largo del libro, tendencias que se irían acentuando y consolidando hasta terminar en su militancia comunista muchos años después, lo que queda ya fuera del libro.

Situado entonces, por origen y educación, en el campo del tradicionalismo católico, el joven Castilla ve nacer el profundo desprecio hacia la brutalidad y la incultura falangistas, y descubrimos así esa pugna entre dos de los pilares del franquismo, tradicionalistas en principio monárquicos vs. falangistas, enfrentamiento quizá más moral o intelectual que político, que siempre se quiso ocultar y que perduraría en gran medida durante toda la vida del Régimen. 

Castilla, tan joven, muestra una voracidad incontenible de saber, es lector insaciable, y tiene muy clara su vocación médica, hasta el punto de que, los tiempos lo permiten, asiste con frecuencia a autopsias en edad aún adolescente. Pero lo más interesante de esta etapa es que, desde una posición cultural indudablemente elevada, se va fraguando su repulsa hacia un sistema que, solo en base a la sospecha o la desafección, sustituye a investigadores y catedráticos de gran valía por amiguetes, pelotas o voceros del bando vencedor. El autor no puede soportar ese triunfo de la mediocridad y el servilismo, y en pocos años una postura inicialmente tibia y mediatizada por el origen familiar pasa primero a una etapa de rebeldía algo inconsciente, hasta desembocar en una oposición cada vez más firme al cutrerío dominante en las esferas oficiales.

Castilla no es (todavía) un rojo en el sentido ideológico sino que, como él mismo refiere, esto requirió una evolución ‘desde el mero intelectualismo antifranquista (anticlerical y antimilitarista) a una auténtica conciencia de izquierda’, proceso en el que tuvo mucho que ver el azañista Vicente Lizarraga. Interesante concepto el de ‘intelectualismo antifranquista’ porque en esa época, años 40-50, con los republicanos derrotados y represaliados, asesinados o en el exilio sus dirigentes, el de los intelectuales fue quizá uno de los reductos donde empezó a germinar una oposición que todavía tendría que esperar para adquirir alguna solidez. 

Hay naturalmente mucho más, desde confesiones sobre amores adolescentes y juveniles hasta detallados relatos sobre la etapa universitaria, la práctica de la medicina en un manicomio o las temporadas en la milicia universitaria, donde se vuelca todo el desprecio hacia la vida militar, sus rutinas, su liturgia y su pobretería intelectual. Por supuesto tiene también el atractivo de ver desfilar a gran cantidad de nombres significativos de la época, como Laín Entralgo, el polémico López Ibor (que fue superior de Castilla en una larga etapa), Jaime de Mora, Ortega, Gregorio Marañón, Luis Martín Santos, Martínez Bordiú, Baroja, Torrente Ballester. Todo un elenco de personajes que, junto con otros muchos que nos serán desconocidos, componen una fotografía muy directa de esa etapa oscura y aplastante, de tal mediocridad que se entiende muy bien lo difícil que debió ser, por supuesto para cualquier ciudadano, pero muy en particular para aquellos con una mínima inquietud por la cultura y la razón.