viernes, 22 de agosto de 2014

Ignacio Vidal Folch: La cabeza de plástico

Idioma original: español

Año de publicación: 1999

Valoración: Muy recomendable




A pesar de las voces que, periódicamente, anuncian el carácter obsoleto de la novela como testigo de su época y síntoma de un estado de cosas, las cuestiones que interesan a la gente siguen constituyendo su argumentario y esto es un hecho innegable, acreditado por todas esas obras que se publican cada año y que van más allá del mero entretenimiento.

Uno de esos asuntos que preocupan a los autores del mismo modo que a la sociedad de la que forman parte es el estado actual de la producción artística. Y cuando hablo de actualidad me refiero a un estado de cosas que viene durando muchas décadas. También Houellebecq abordó este asunto años más tarde en El mapa y el territorio con recursos distintos y una perspectiva similar.

En la presente, Vidal Folch coloca una vez más sobre el tablero las incongruencias y niveles de absurdo a que ha acabado llegando esa falta de criterio disfrazada de capacidad visionaria; inaudita permisividad provocada por la omnipotencia absoluta de un mercado cuya estrategia ha consistido en manipular a su antojo el alza de las cotizaciones. Y lo hace sin irse por las ramas, confesando el carácter meramente lucrativo de las transacciones (“…la única manera fiable de manifestar interés por algo, en nuestro mundo de incesante mercadeo, es pagar por ello, pagar, pagar; pagar buen dinero de curso legal; el dinero del que estás dispuesto a desprenderte...”) y conduciendo al lector sin tregua y con extrema pericia a las últimas consecuencias de un planteamiento inicial que no tiene nada de extraordinario.

El celebérrimo y todopoderoso director del Stedelijk Museum de Amsterdam se siente súbitamente humillado por una instalación recién expuesta que, con la exclusiva intención de desacreditarle, ha elaborado un resentido aspirante a artista. A partir de ahí, y con el cinismo propio del cambio de siglo, se pasa revista a otro cinismo, el de los personajes, así como a su hastío y su codicia, mostrando sin la menor complacencia la fisonomía de iconos y popes del momento.

“… recordaba a una fotógrafa de aspecto delicado cuyo proyecto artístico consistía en explicar la conmoción que sintió a los ocho años, cuando fue internada en un colegio inglés; (…) el “impacto” de asimilar los verbos irregulares y el “brutal descubrimiento” de que las cosas no tienen nombre fijo y determinado para siempre sino que se llaman de cien, mil maneras: casi podría decirse que de cualquier manera (…) en consecuencia tituló la foto de su cama “Armario”, y “Calle” el bidet de su cuarto de baño, y su autorretrato, “Tijeras”. Y a mí aquello me pareció interesante, hasta la incluí en una colectiva de Nuevas Tendencias. ¿Año 91, 92? No se ha vuelto a saber nada de la fotógrafa”.

Sarcástico ¿no? El resto de los ejemplos tampoco tiene desperdicio. Para alguien como Cees Wagner –acostumbrado a hacer y deshacer, a avalar cuando le conviene un estado de cosas absurdo, desenmascarando, no obstante, toda farsa cuyo mantenimiento percibe como peligroso, ya que, según confiesa él mismo, el gusto artístico del público se manipula tan fácilmente como la adhesión religiosa, deportiva, política o patriótica– despojarle de su endeble peana logra hacer que se tambalee tan rápidamente y hasta un punto tal que nadie podría haber imaginado hasta entonces y menos que nadie él mismo.

La intriga está servida, de vez en cuando se caza al vuelo alguna frase premonitoria. Vidal Folch aborda con pulso firme esta novela de poco más de cien páginas, que avanza cada vez más velozmente hacia el desenlace final. Debido a sus sólidos cimientos, eso constituye un acierto indudable, pero el lector se implica tan fuertemente en lo que se narra que –a pesar de sus reveladores diálogos: con la comisaria de otro museo, con los aspirantes a exponer, con una chica que se revela como otra víctima de su contrincante, pero sobre todo con su único amigo, tan desencantado y atrapado como él en ese mundo de locos– de vez en cuando echa de menos una mayor insistencia en algún personaje o episodio.