lunes, 25 de agosto de 2014

Cristina Fallarás: Las niñas perdidas

Idioma: español
Año de publicación: 2011
Valoración: no sé qué decir... recomendable, supongo (?)

Cristina Fallarás, además de periodista y hoy en día tertuliana en varios medios (ese peculiar oficio, no sé si sólo typical spanish), es novelista, y con esta novela, precisamente, ganó en el 2011 un par de premios del género negro. el L'H Confidencial (L'H por L'Hospitalet, aclaro) y el Dashiell Hammett. y no sé si alguno más. Lo comento para que el lector que se enfrente a esta novela tenga en cuenta que no está solo: al menos los miembros de los jurados de estos premios también la leyeron (es de suponer). ¡Valor y al toro!

Las niñas perdidas es una novela tensa, dura, excesiva. Sin dar más datos, digamos que se abre con el asesinato sádico, horripilante, de una niña pequeña y continúa con la búsqueda de otra... Quien la busca es Victoria González, una detective embarazada (ay, esa policía de Fargo...), antigua periodista, que tiene una oficina en el Raval barcelonés y la asistencia de un simpático ayudante bastante lumpen (ay, esos Carvalho y Biscuter...). Su indagación la llevará a subir a los barrios más bajos de Barcelona y bajar a los más altos, o viceversa. La referencia a las novelas de Carvalho no es gratuita: también Fallarás, igual que Vázquez Montalbán, aprovecha para mostrarnos retratos, a veces algo acartonados, de personajes más o menos pintorescos y/o arquetípicos de la clase social y el ambiente al que pertenecen. Para ser justos, diré que tampoco la preñez de la protagonista es gratuita: tiene su razón de ser en el relato, quizás incluso de manera demasiado evidente, aunque pertinente, eso sí.

Todo esto sin que nos borremos ni por un instante de la cabeza el horror del crimen que da pie a la historia. Ya en el primer capítulo, Las niñas perdidas te suelta un derechazo directo a la mandíbula, buscando el K.O. Y luego, durante toda la novela, te va castigando en hígado, repartiendo jabs, uppercuts, ganchos al plexo solar, incluso cabezazos... de forma que hasta el púgil más endurecido, quiero decir lector, acaba exhausto de tanto mamporro. Porque en ningún momento te deja olvidar la causa de la investigación, el agujero negro que se ha tragado a las víctimas y del que surge la trama. Sí, ya sé lo que me dirá alguno (que la haya leído, claro): que no hay que esconder la cabeza ante la brutalidad del mundo, que cosas como éstas pasan todos los días, pero que sólo nos afecta cuando se trata de personajes de ficción o de casos que ocurren cerca de nosotros... y ya sé que pasan, basta con leer los periódicos para encontrar las trazas de sucesos igual de tremendos o quizá algo menos, pero más constantes, más soterrados y por eso no menos terribles. Lo sé. Pero el caso es que esta novela sí que es un artefacto de ficción y por tanto debe respetar algunas reglas... O saltárselas, si lo prefiere, pero al menos dejar algo de aire para que respire el lector. También es cierto que la propia autora puede haberse visto obligada a mantener ese aire asfixiante durante toda la novela, para que no desentone con el comienzo.

Y no es que Cristina Fallarás sea mala escritora: al contrario, es buena e incluso en algún momento, más que buena. Tal vez su prosa sea demasiado vehemente y enfática, pero es cierto que el estilo le va a la historia que cuenta (se agradece, en todo caso, que los capítulos sean bastante cortos). También es verdad que en otros momentos los recursos literarios que utiliza me parecen un pelín forzados, o quizás sea consecuencia  de cierto aire "umbraliano" que despiden (lo que puede ser considerado por algunos como una virtud. No por mí, pero eso es cosa mía...). Además, la "tremendez" de la novela (no me atrevo a calificarla de "tremendista") contribuye no poco a esa deriva hacia el exageramiento literario; pero, en fin, no pasa nada... el resultado, aunque algo desigual, al menos es coherente: eso hay que reconocerlo. Por otro lado, no deja de haber una reflexión, bastante cruda, aunque certera,  sobre la maternidad y sus responsabilidades, el tema de fondo de toda esta historia. Y sobre la responsabilidad que tenemos sobre nuestras propias vidas, también.

A pesar del efecto algo vitriólico que me ha producido su lectura, la recomendaré, al fin y al cabo; por lo menos, a los aficionados al género negro más correoso les puede interesar. En todo caso, lo que nunca puede ser, de ninguna manera, Las niñas perdidas, es un libro para leer tranquilamente en la playa, mientras los chiquillos juegan con la arena en la orilla del mar. Eso sí que no es recomendable, en ningún caso.