sábado, 29 de noviembre de 2014

Jorge Edwards: El sueño de la historia


Idioma original: español
Año de publicación: 2000
Valoración: Imprescindible


Sorprende que en estos tiempos tan acelerados alguien se tome la molestia de parar para hacerse preguntas, que se permita el lujo de ser esteta, modulando y amasando un lenguaje en el que cada giro, cada ingrediente aparece cuidadosamente medido, desde la alternancia de personas verbales hasta la inclusión de voces chilenas pasando por todo lo demás. Sin olvidar ocasionales aproximaciones al esperpentismo.

Aunque Edwards utilice como materia básica la Historia, esta es una novela pura, un juego de espejos entre épocas diversas. Desde la última de ellas, una voz omnisciente (¿la del novelista?) alude al Narrador (con mayúsculas), personaje situado en los últimos ochenta y primeros noventa del pasado siglo y perteneciente a una larga saga de ignacios, que comienza su periplo mental con el hallazgo de unos papeles recopilados, a su vez, en época indeterminada por un enigmático estudioso que habitó tiempo atrás la misma casa. Cotejando esos legajos, es posible rastrear las andanzas de un tal Joaquín Toesca, quien a finales del siglo XVIII construiría algunos de los monumentos más emblemáticos de Chile. Como vemos, cuatro personalidades distintas empeñadas en rastrear dos siglos completos de la vida de ese país.

Aquí el rigor y la gramática se alían: el escritor utiliza el modo condicional para insinuar o establecer probabilidades sin afirmar nada de forma tajante. Puede así novelar tranquilamente sin arriesgarse a falsear la verdad histórica.

Como consecuencia de tanto artificio, en un primer momento, nos cuesta sentirnos cómodos en el marco propuesto y todavía más empatizar con sus gentes. Pero todos los elementos narrativos: prosa, ritmo de la acción, convincentes escenas trazadas con la sutileza de las pinturas al óleo, meticuloso trazado de personalidades y fidelidad a los hechos históricos, se alían entre sí para acabar seduciendo al lector. A partir de cierto punto, empieza a interesarnos de verdad la suerte de los dos protagonistas, Toesca y el Narrador, entre quienes se establece un paralelismo, relativo pero incuestionable.

Junto al contraste entre los dos planos temporales, encontramos otro, esencial y siempre presente, el que se da entre la vertiente humana y la política. Porque en ambas épocas, y por encima de pormenores particulares, sobrevuela la represión. En tiempos pasados, la ejercida por la alianza entre monarquía española e iglesia, reforzada por la credulidad popular como evidencia el episodio de la estampita voladora de Nuestra Señora del Carmen. En los más recientes, la de la dictadura pinochetista, que acaba poco antes de los últimos sucesos novelísticos, relajando tensiones. Aunque siempre de forma relativa, como suele suceder en estos casos, porque el aliento del poder no deja de soplar en la nuca y porque se incrementa la presión de los que temen perder sus privilegios.

“… se habían, dijo, y puso una cara extraña, de mejillas infladas, para no tener que emplear la palabra “cagado” porque no estaba bien decirla a la hora del almuerzo, en las alfombras y en los muebles de la familia, y habían matado un toro reproductor, finísimo, y se lo habían comido asado al palo, en el salón de la casa, y mientras comían y bebían, se entretenían en atravesar los retratos de sus antepasados con punzones.
 -Lo mismo que hicieron –dije–, con los cuadros de la casa de un gran poeta chileno en los días que siguieron al 11 de septiembre.
La germana criolla y su marido, el de los apellidos antiguos, me miraron con una mezcla de asombro y hostilidad.
-¿Hablas de ese comunista ‘e mierda?”

Por si acaso no nos había quedado clara la posición del novelista, en un momento dado escuchamos sus propias palabras. Admito que no habla directamente, sino camuflado tras un personaje que, para colmo, es anónimo y dieciochesco. Pero a mí no me engaña, pasó como un soplo pero era él; si existiese el cameo literario, este sería un buen ejemplo.

“Somos el país del drama, del conflicto no formulado, del cadáver escondido en el fondo del armario.”

Una obra comparable, no a un tren que traslade a ningún sitio, sino a un hogar que nos acoge envolviéndonos y en el que, a pesar de su crudeza, conseguimos sentirnos a gusto.

5 comentarios:

50 Sombras dijo...

Lo leí hace tiempo... la verdad es que este tipo de libros no me acaban de convencer, quizá sólo por la ambientación antigua.

Montuenga dijo...

Hablamos de una novela que precisa de lectores con ganas de colaborar. Es mucho trabajo, lo comprendo.

Probablemente Cincuenta sombras de Grey sea más amena, por eso no la pienso leer nunca: me gusta esforzarme cuando leo, una rareza mía, ¡qué le vamos a hacer!

Ness Noldo dijo...

La literatura no es para cualquiera. Tanto escribir como leer precisan el uso de la inteligencia. A la hora de leer, es el lector quien tiene que ponerse a la altura del libro, no al contrario, como mal promueve la literatura basura, comercial y de auto ayuda que acostumbran los lectores mediocres y pseudo-intelectuales.

Si no están a la altura para la lectura, mejor desistan en aparecer luego con un comentario pueril que se traduce en un perfecto "No me gustó este libro porque no le entendí", porque en la literatura la estupidez no es uno de los fuertes.

pipo dijo...

La sinceridad duele...pero ayuda de verdad.

Montuenga dijo...

9De acuerdo, pero tampoco es preciso hacer sangre :)