miércoles, 22 de mayo de 2019

Jorge Edwards: El museo de cera

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1981
Valoración: Muy Recomendable

Parece que es ya algo inevitable: cada vez que cae en mis manos algo de literatura hispanoamericana es una nueva oleada de entusiasmo, algo que sólo muy de vez en cuando me ocurre con cualquier otra narrativa, incluida la española. Da igual que sean autores ya conocidos o recién descubiertos, hay algo, por muy diferentes que sean los textos, que me atrapa, no sé, una atmósfera, un tono, quizá simplemente un prejuicio por mi parte. Pero en todo caso lo disfruto, que es lo que importa, ¿no?

Esta vez se trata de lo que creo que es una relectura. Digo ‘creo’ porque no estoy muy seguro, pero tengo casi la certeza de haber leído antes esta novelita breve del chileno Jorge Edwards que gira en torno al marqués de Villa Rica, uno de esos personajes que se fijan en la memoria del lector y no se olvidan jamás. El marqués es un caballero ya maduro, que en tiempos mantuvo una actividad política significativa como representante del Partido de la Tradición, y en la época (no determinada, aunque más o menos identificable) en que transcurre el relato se ha convertido en algo así como una especie prehistórica que por algún motivo extraordinario ha pervivido al margen del paso del tiempo. El hombre vive en su regio caserón en medio de la ciudad y, ante el asombro general, se desplaza  en un carruaje y viste sus polainas como si los cien años anteriores no hubiesen transcurrido. 

Es un personaje ridículo, sí, pero muy pronto le vemos el lado humano. Lejos del despotismo o la soberbia, el marqués aparece como un hombre más bien tierno, que simplemente ignora cómo el mundo ha progresado a su alrededor, se mantiene en sus tradiciones porque es lo que conoce y donde se encuentra cómodo, y disfruta sin complicaciones de la charla en el club de siempre, donde otros contertulios despotrican o conspiran contra los nuevos tiempos. En su simpleza, el marqués es una isla cronológica, más por convicción que por ingenuidad, y en este sentido es posible ver el relato como una alegoría en torno a una clase social que se aferra a un mundo ya superado. El aroma decadente recuerda un poco a Un mundo para Julius de Bryce Echenique, pero en este caso su elevación a caricatura lo aproxima más al esperpento de Valle-Inclán con el que comparte también algunos otros elementos, aunque el tratamiento tampoco es del todo identificable: el marqués de Villa Rica no es un personaje deformado, no hay rastro de deshumanización sino más bien lo contrario, resulta risible porque está perplejo ante lo que le rodea, simplemente ignora el entorno y se resiste a abandonar la vida que le gusta. Lo cual son debilidades muy humanas.

Pero esa falta de adaptación es el menor de los problemas del marqués. Casado con una mujer cañón treinta años menor, su relación es poco menos que platónica y desde luego bastante endeble, y pronto descubre una flagrante infidelidad ante la que reacciona de forma inesperadamente original: aparte de expulsar a la adúltera, encarga una escultura a tamaño natural que reproduzca la escena del crimen sin escatimar detalle, con la idea de reducir la traición a un mero objeto, sin historia ni alma. Al trabar amistad con el escultor –un artista figurativo tradicional, también al margen de las vanguardias- el marqués inicia una inmersión en la parte oscura de la ciudad. Se adentra así barrios marginales, entre gentes desinhibidas y garitos de distinta especie, donde fluye el alcohol y las costumbres relajadas. El hombre se siente como en otro planeta pero termina por cogerle afición a esos ambientes, en los que es recibido con algo de sorna pero con naturalidad. Este descenso a los supuestos infiernos es casi un lugar común en la literatura, pero en este caso sin rastro de crudeza, quizá porque nuestro personaje no deja de ser un inadaptado que aterriza en un mundo de inadaptados.

Como vamos viendo, asistimos a situaciones bastante usuales pero tratadas siempre desde una perspectiva ligeramente oblicua, y así ocurrirá también con el resto de personajes: la nueva y peculiar relación del marqués con su todavía esposa está llena de matices en las dos direcciones; la Cocinera –así, con mayúscula- es un extraño personaje conspirativo que oscila entre el integrismo y la ambición; y Serafín, el amigo y confidente del club, va virando hacia la intransigencia frente a las debilidades de nuestro protagonista. Hasta la revuelta que estalla en las calles merece cierta comprensión: el marqués, aunque víctima obvia de los revolucionarios, asiste al despojo de sus bienes como quien es testigo de un fenómeno meteorológico. Todo ello expuesto con el agudo sentido del humor que empapa todo el texto.

No me recreo en las alabanzas. Como novela construida casi exclusivamente en torno a un protagonista, al argumento le falta quizá algo de desarrollo, darle salida a esa pequeña historia que en mi opinión termina algo deshilachada. Y, ya puestos a buscarle pegas, el gusto de Edwards por esas frases subordinadas sin recato obliga a leer con algo más de pausa de lo que sería lógico. Pero que no se me entienda mal, uno tiene la manía de sacarle punta a todo, y estos pequeños obstáculos no restan mérito a una obra de muy alto nivel, que nos sorprenderá, nos hará reír y a lo mejor hasta pensar un poco. Y eso no se encuentra todos los días.

Otras obras de Jorge Edwards en ULAD: El sueño de la historia

10 comentarios:

Koldo CF dijo...

Hola, compañero!

Comparto contigo esa sensación en lo que a literatura "latinoamericana", ya sea presente o pasada, se refiere. Hablando ya de Edwards, lo cierto es no lo tenía ni ubicado ni en la lista de posibles lecturas, pero esta reseña hace que pase a engrosar la lista de pendientes.

Un abrazo!!

P.S.: Me gusta eso de muy recomendable, aunque señalando sus puntos más flojos. Lo dice alguien que se deja llevar por el entusiasmo con cierta facilidad

Carlos Andia dijo...

Conociendo un poco tus aficiones (literarias), estoy seguro de que te va a gustar. Ya nos contarás.

Saludos.

ToniLV dijo...

No conozco al autor, pero vaya, apuntado queda. Por otro lado, totalmente de acuerdo con tu primer párrafo. Las obras de autores sudamericanos casi siempre me resultan, como poco, enriquecedoras por su lenguaje y expresiones.

Montuenga dijo...

Y no es la primera vez que reseñamos al autor:

http://unlibroaldia.blogspot.com/2014/11/jorge-edwards-el-sueno-de-la-historia.html

Antonieta dijo...

Hola!! Uno de los grandes, GRANDES, escritores chilenos, es el autodidacta Manuel Rojas (1896-1973). Su mejor obra la novela Hijo de ladrón, que pertenece a una trilogía que incluye Mejor que el vino y La oscura vida radiante. La trilogía narra la experiencia de vida un joven pobre desde una prosa muy sencilla, poética, rica en reflexión y filosofía de esa que te sirve para vivir. No es muy conocido, incluso en Chile, aunque fue premio Nacional de Literatura. Para mí, imprescindible.

Diego dijo...

Hola.
Contento por lo que le toca a los escritores latinoamericanos en vuestra reseña y comentarios.
En lo personal, yo tengo muchísima admiración por el pensamiento alemán en particular y por la literatura europea en general, aunque si dejo de lado a los clásicos puede ser que me acerque a vuestra opinión. Nunca lo pensé.

Un profesor universitario de Madrid me dijo una vez que los latinoamericanos tenían un ejercicio de expresión escrita mayor al de los españoles porque allí los niños siguen usando libretas de primaria donde lo deben apuntar absolutamente todo y aquí se usaban las fichas y los test y las fotocopias que, aunque se ganaba en velocidad y cantidad, les quitaba a los niños expresión escrita.
No sé, siempre lo recuerdo pero nunca me lo creí demasiado.

Sí, creo que es determinante para que pase lo que pasa a vosotros, el hecho de que al Mundo rico solo llegan autores que, bien por su excelencia, bien por su esfuerzo logran cruzar el Atlántico, pero que son los menos. Y aquí tenéis más a mano a todo el mercadillo.

Por otro lado, yo tengo la teoría de que cuanto mejor funciona un país, todos están más cómodos, excepto el arte. (El Novel Ulad es rumano y no noruego).

Ya sabemos que las generalidades siempre se equivocan, y que hay escritores escandinavos que tienen una técnica magnífica, incluso sentimientos, pero bueno, tampoco es de locos pensar que el énfasis en la productividad afecte también a la literatura.
Una pena.

Tengo este libro en su estante con los otros chilenos. No lo leí, apenas sé del autor que es un ¿premio Cervantes? Y muy duro en su tiempo con el régimen de Castro, con autoridad.
En fin, que tu reseña lo pone muy bien. Gracias.

Carlos Andia dijo...

Montuenga, gracias por tu precisión y queda incluido el enlace a tu reseña anterior de Edwards (poco ha faltado para que meta la pata, porque creí haber mirado bien y estaba convencido de que no había ninguna).

Veo que muchos compartimos la admiración por casi todo lo que viene del otro lado del océano. También es recurrente relacionar, como dice Diego, la creatividad con situaciones complicadas desde el punto de vista político o económico, o con escenarios bélicos, como si el bienestar y la estabilidad jugasen en contra. No parece algo muy científico, pero creo que todos tenemos a veces esa percepción.

Por otra parte, aclarar que Edwards fue premio Nacional de Literatura en 1994 y ganó el Cervantes en 1999 (vamos, esto lo acabo de mirar ahora). Y tomo nota de la recomendación de Antonieta, a ver si podemos hacerle un hueco.

Gracias a todos por vuestros comentarios, y un saludo.

Juan G. B. dijo...

Muy buena reseña, como siempre las tuyas, compañero. Se me ocurre que quizás el interés que despiertan en nosotros los autores (últimamente más las autiras, al menos en mi caso) hispanoaméricanos) se debe a que escriben en español o castellano, pero no es exactamente el mismo que utilizamos aquí. Sin embargo, las traducciones de otros idiomas sí que se hacen, en nuestro caso, al español de España). Por eso nos resultan tan fascinantes y enriquecedoras, quizás incluso aparte de sus méritos literarios.
Un saludo

eduideas dijo...

Yo creo que va a épocas, tuve mi idilio hispanoamericano hasta llegar a la saturación y ahora alterno mucho más. Pero me ocurre con todos los estilos y ambientes y pienso que quien no sea lector de género reconocerá el fenómeno.

Carlos Andia dijo...

Pues efectivamente Juan, la variante del idioma puede ser un factor que nos haga atractiva la narrativa hispanoamericana a los lectores europeos, porque cierto léxico y algunos giros sintácticos le dan un colorido especial. En el caso de Edwards la verdad es que el lenguaje es más bien estandar, por decirlo así, apenas se dejan ver rasgos localistas, pero puede que en el fondo siga conservando una cierta musicalidad, un ritmo propio, no sé, ese sello que seguramente sólo a este lado del charco podemos percibir. Pero al margen de todo esto, lo que indudablemente hay son toneladas de creatividad y talento en tantos autores americanos, que no estaría mal que nos exportasen aunque fuese una pequeña parte.

Y a eduideas sólo le puedo decir que en la variedad está el gusto. No es bueno atiborrarse de un mismo plato porque más pronto que tarde termina por cansar.

Gracias a los dos por la charla.