miércoles, 16 de marzo de 2011

Cristina Fernández Cubas: Cosas que ya no existen

Idioma original: español
Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable

Me resulta difícil de comprender que Cristina Fernández Cubas no sea tan conocida como otras escritoras españolas actuales (por ejemplo, Maruja Torres o Almudena Grandes); por calidad literaria no puede ser, porque todo lo que esta autora ha escrito -todo lo que yo le he leído, por lo menos- es excelente. A lo mejor es porque no se ha movido en los círculos literarios de la Corte, o porque ha decidido tener una trayectoria creativa propia (con más relatos que novelas, y al margen de modas y tendencias), o porque no se ha prodigado en los medios... Sea por lo que sea, creo que se trata de una escritora que merece un reconocimiento mayor del que ha recibido por ahora, por mucho que en los círculos críticos especializados esté muy bien considerada.

Cosas que ya no existen es un libro peculiar en su bibliografía, pero como casi todos los demás, es un gran libro. Es un conjunto de relatos "basados en hechos reales": algunos son autobiográficos (¿autoficcionales?); otros son historias que alguien le contó a la escritora. Van desde la infancia de la escritora, hasta el final del siglo XX; transitan por medio mundo (España, Argentina, Brasil, Egipto); pasan de lo minúsculo (un salón lleno de libros) a lo planetario (la muerte de Evita Perón); siempre muestran aristas nuevas de la realidad, que se convierte en relato. La anécdota titulada "La guerra", que la propia autora no sabe si es real o ficción, podría ser un cuento independiente en cualquier volumen de cuentos sin pretensión de realidad.

Porque la lección más importante que puede aprenderse de este libro es, precisamente, que nuestros recuerdos también son una historia, una narración; que nunca, por muy fieles que intentemos ser a la realidad, pueden ser la realidad misma. Siempre hay selección, alteración, narrativización, textualización, ficcionalización. La escritora es plenamente consciente de ello, y por eso acepta alegremente que sus recuerdos se transformen en cuentos (y, como dice en el prólogo, que sean premiados como tales); no quiere decir que esté engañando al lector, sino que está asumiendo como inevitable algo que demasiadas veces pasa desapercibido: que nuestro pasado ya no existe, solo existen las narraciones que construimos sobre nuestro pasado.