jueves, 10 de marzo de 2011

Stanislaw Lem: La investigación


Título original: Śledztwo
Idioma original: polaco
Año de publicación: 1959
Valoración: Recomendable

Si la mayoría de las novelas de suspense se burlan un poco del lector ésta es una madeja que se enreda y desenreda constantemente. Los elementos inquietantes aparecen por todas partes, no se limitan al objeto de la investigación y, al contrario de lo que es habitual, la lógica no servirá de mucha ayuda para resolver los enigmas.

Pero nada de esto convierte a la novela en policíaca. La resolución del caso se halla al margen de las pistas y las cuestiones que plantea son sobre todo filosóficas. De forma que persiguiendo la verdad se desemboca en el absurdo y cuanto más caminamos más lejos nos hallamos de la meta. Estamos ante una compleja reflexión sobre la falsedad de las apariencias, la vulnerabilidad del ser humano, el engaño al que le someten los sentidos y el fracaso de los procedimientos científicos considerados fiables. Por eso, el recuento de unos hechos inconexos y absurdos, una desesperada búsqueda de la verdad de estos hechos – y de la verdad absoluta, de paso –consigue que los personajes desconfíen de lo que oyen y ven. La razón tampoco sirve: si enfoca demasiado cerca se pierde la perspectiva y si pretende abarcar mucho se desperdiga en los detalles.

El pronóstico del creciente poder de las máquinas con cerebro muestra al autor como el gran cultivador de ciencia-ficción que fue. Se basa en la capacidad de los cerebros artificiales para elaborar estrategias en el marco de la carrera armamentística de los dos bloques. El error consiste en atribuir a los ordenadores la capacidad de decisión y, a partir de ahí, predecir que las máquinas acabarían al mando del orden mundial. Lem – como muchos profetas de la emancipación de los robots–parece olvidar que las máquinas sólo ejecutan tareas automáticas porque los datos, su combinación y la intencionalidad con que les son suministrados son humanos siempre, que, aunque dichas máquinas sean capaces de realizar operaciones matemáticas a velocidad de vértigo, carecen de todo vestigio de conciencia de modo que, por mucha sofisticación que lleguen a adquirir, ésta procede de los hombres y nadie, por mucho que se empeñe, podrá insuflar dicha conciencia en los engranajes (o chips) de un artilugio mecánico.

Todo se reduce a un arbitrario, alucinado y alucinante viaje en busca de no sé sabe qué, porque no queda claro si lo que pretenden el detective Gregory y sus colegas es descubrir la verdad de los hechos, la propia identidad, su papel en el mundo o el significado de éste. Sospechosos, investigadores, secundarios y víctimas juegan roles intercambiables, todo es incierto, imposible de interpretar y tan irreal como un sueño. Es más, puede que hasta los sueños sean más consistentes que una realidad tan resbaladiza que llega a conducir a los personajes hasta la frontera de sí mismos.

4 comentarios:

Maya dijo...

Tengo un problema con las novelas policiacas: Después de Chesterton, PD James y Conan Doyle, nunca volví a leer una novela policiaca (a menos que contemos "Los tipos duros no bailan" de Mailer, que es excepcional). Aun así, le tengo cariño al género y voy buscando recomendaciones desde Chandler... y éste pinta muy bien. ¡Gracias por la reseña!

Montuenga dijo...

Gracias a ti, Maya. Espero que te lo pases tan bien como yo leyéndolo. Pero, eso sí, prepárate para todo. (Para "todo" lo que no se suele encontrar en novelas de detectives)

Santi dijo...

Pues mira, acabo de terminarme esta novela, y menos mal que ya está reseñada, porque no sabía muy bien qué decir de ella.

Es una novela decididamente extraña: finge ser una novela policiaca y/o de terror al principio, pero luego deja al lector con sus expectativas insatisfechas; en vez de eso tenemos una novela filosófica, con un ambiente paranoico en que todo es ambiguo y amenazador.

Personalmente, me ha parecido interesante como experiencia, pero frustrante como lectura.

Montuenga dijo...

Claro, nos toma un poco el pelo prometiéndonos una cosa y luego yéndose por los cerros de Úbeda. Eso es lo que más me gustó (la tomadura, pero también el sitio a que nos lleva)