Mostrando las entradas para la consulta Thomas Pynchon ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Thomas Pynchon ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de noviembre de 2012

Reseña interruptus: Contraluz de Thomas Pynchon

Idioma original: inglés
Título original: Against the day
Año de publicación: 2006
Valoración: decepcionante

Esta, queridos amigos ULADianos, es la reseña de un fracaso, pero no sé muy bien si de un fracaso mío o de Thomas Pynchon. El caso es que no he conseguido terminarme Contraluz. Empecé a leerla con mucho ánimo; luego la fui abandonando poco a poco para dedicarme a otras lecturas; y ahora mismo ya tengo que reconocer que me da una terrible pereza retomarla, y que es mejor reconocerlo: no voy a seguir leyendo. Que conste que considero a Thomas Pynchon un gran escritor, uno de esos eternos candidatos al Nobel con toda justicia atendiendo a su originalidad: V es una novela alucinógena que en cuanto a exigencia está al nivel de los libros más exigentes, pero que, precisamente por su ambición y su imaginación desbordada, me atrapó; La subasta del lote 49, más breve, pero igualmente psicodélico, es una lectura recomendable para enfrentarse a este autor; no he leído El arco iris de gravedad, que algunos consideran su obra maestra.

Describir una novela de Thomas Pynchon nunca es fácil; usando una analogía (que será imprecisa como todas las analogías) se podría decir que Pynchon hace con la novela lo que Schöenberg con la música sinfónica: la despoja de algunos de sus elementos más reconocibles (la armonía, la melodía; la trama, los personajes como seres complejos psicológicamente) y resulta por eso mismo desconcertante e incluso desasosegante. Más que con una estructura narrativa, Pynchon juega con temas y resonancias que se repiten aquí y allá, y con distintos niveles de realidad que se entrecruzan en el texto. A todo esto se añade una ironía y un humor juguetón (los nombres de los personajes son a menudo notoriamente ridículos) y muchas veces paródico (en el original inglés, por lo que se lee, se incluye una alternancia de estilos literarios que me temo que se pierde, o se atenua, en la traducción española).

En Contraluz algunos de estos temas son la duplicidad (de identidades, de nombres, de situacione), simbolizada especialmente por el espato de Islandia, un misterioso mineral que permite refractar la luz y acceder a dimensiones paralelas; la relación entre luz y energía, con el inventor Nicola Tesla como invitado de honor; o el tema de la venganza, que domina la relación entre muchos de los individuos que pululan por la novela.

La construcción en forma episódica, saltando de una localización a otra (literatura cosmopolita, sin duda, la de Pynchon) hace difícil seguir a tantos personajes (más bien nombres, o "actantes", en el sentido de que hacen o les suceden cosas pero escasamente parecen portar una personalidad individual), de manera que la atención del lector debe centrarse en cada pasaje particular, renunciando casi por completo a intentar abarcar el conjunto. Así, uno puede seguir con interés las aventuras de "Los chicos del azar" o de los Traverse, para luego perderlos de vista durante muchas páginas, y volver a encontrarlos

El problema, diría yo, es que esta peculiar técnica de escritura solo funciona con una de dos condiciones: o que cada uno de los episodios sea verdaderamente seductor y mantenga la atención del lector (caso de V); o que la novela sea lo suficientemente corta como para terminarse antes de agotar al lector (caso de La subasta del lote 54). Contraluz no cumple ninguna de las dos condiciones (son más de 1000 páginas con páginas divertidas y otras que no llevan a ningún sitio especial), lo que conduce al fracaso. Lo que no sé es si al fracaso de Pynchon o al mío...

También de Thomas Pynchon en Unlibroaldía: Vineland, La subasta del lote 49

domingo, 20 de diciembre de 2020

VVAA: Thomas Pynchon


Idioma original:
español

Año de publicación: 2016

Valoración: muy recomendable

Perdonaréis los lectores que aproveche esta reseña para analizar un poco mis hábitos de lectura e incluso mi comportamiento ante ciertos retos. Unas breves frases confesionales y ya paso a lo que os interesa. Hasta la fecha, ninguno de los cuatro libros de Pynchon que he leído (una colección de relatos y tres novelas) me ha entusiasmado. Incluso con el primero, La subasta del lote 49, tuve un serio encontronazo con muchos lectores, cuyas consideradas, pero razonadas, réplicas a mi valoración (intragable) me obligaron a plantearme si no había leído la novela demasiado a la ligera.

A pesar de lo cual, no solamente lo he seguido leyendo y haciéndome con toda su obra, sino que pienso llegar hasta el final. Leeré todas sus novelas y mi opinión la basaré en esa experiencia sin dejar cabo suelto alguno.

Por supuesto, la tentación de un libro dedicado a su obra como es este Thomas Pynchon era demasiado poderosa. Incluyendo firmas como Jon Bilbao o Rubén Martín Giráldez, no hay duda alguna de que buenos escritores escribiendo con total libertad sobre ese mito viviente (mito por los motivos que sea, incluyendo, por supuesto, la enorme carga de morbo que acarrea el misterio en torno a su persona) como son los autores de los artículos que configuran este brillante texto, no solo son un gancho si el escritor (tentado estoy de llamarle "el personaje") te interesa. Casi es un recorrido no exento de ironía por los resortes que convierten a un escritor de vocación artísticamente minoritaria, nada más alejado del mainstream literario por mucho que nos parezca, en una figura de culto, en una especie de icono popular capaz de apelar menciones en series televisivas, en una estrella brillante en un firmamento a veces demasiado embarullado. Aquí los escritores han de ser a la vez críticos, columnistas, tertulianos, guionistas, redactores anónimos de lo que vaya saliendo, y vete a saber si camareros para ganarse la vida. Pynchon solo aparece a través de su obra y de fugaces apuntes y eso le ha permitido seguir adelante pero, claro, hablamos de Estados Unidos y una poderosa industria editorial que sustenta a toda clase de autores, y elevarse a ese status levantando admiración, la suficiente para dar para varios estudios y mantener un ejército de fans digamos que irredentos, aunque me da a mí, puede que sea mi caso, que para ser fan de Pynchon hay que pasar una especie de período de adaptación que podría certificarse con un examen para ver si se han comprendido sus novelas y se ha captado un porcentaje significativo de su multitud de referencias.

Y Thomas Pynchon, el libro, es hasta Pynchoniano en su afán. Textos que lo ensalzan, textos que hablan de las conexiones entre sus obras, textos que estudian en profundidad alguna de ellas, textos que se atreven a convertirse en complementos a sus novelas (aquí tenemos una nueva andanza de Doc Sportello), algunos más académicos, algunos (dejad que destaque a Jon Bilbao) más osados en lo creativo, algunos casi informativos - uno habla del tráfico generado en la Wikìpedia por sus seguidores y de las Wiki-páginas dedicadas a sus novelas - otros que son semblanzas de sus novelas más célebres, todo teñido de un espíritu gozosamente literario, no despojado de un sentido irónico que tiene su culmen en la intervención de ese rara avis que es Rubén Martín Giráldez: en su artículo aún no me ha quedado claro si Mason y Dixon le gustó o la considera un proyecto fallido (casi me pasó lo mismo, lo expliqué en la última Tochoweek). Con lo cual resulta, tildadme de sacrílego, que un estudio o un compendio de artículos sobre Pynchon, casi me ha parecido más digerible en su variedad y en su heterogeneidad de planteamientos, que sus propias novelas. Que seguiré, por supuesto, comprando y leyendo. Lo cual no deja de ser, también, bastante Pynchoniano.

lunes, 20 de mayo de 2013

Thomas Pynchon: La subasta del lote 49

Idioma original: inglés
Título original: The crying of lot 49
Año de publicación: 1965
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Valoración: intragable

Veamos. Si elijo una novela corta, de un autor de culto, es con buenas intenciones. Comprobar si su estilo me atrae hacia algunas de sus grandes obras. En el caso de Pynchon, a ese El arco iris de gravedad que parece ser, unánimemente, una de las obras magnas de la narrativa norteamericana del siglo XX. O sea, señor juez, mi intención era la mejor.
Qué culpa tengo, entonces, si La subasta del lote 49 quizás no sea una obra representativa del talento de Pynchon. Al que también, por cierto, acudo como consecuencia de la rendida admiración que por él sentía David Foster Wallace. 
No me hagáis justificarme más entonces, vamos.
Porque lo de Pynchon en esta novela no sé ni cómo abordarlo. Pero ya le puse un "no sé" a un libro hace unos días y ha habido alguna que otra etiqueta no homologada. Así que intragable. Lo cual define a esta novela.

Primero, por el engaño en la estructura: el libro empieza con, por lo menos, un pie en una cierta concreción y en una trama físicamente comprensible. Hasta el capítulo dos, aunque los desvaríos ahí ya empiezan a arreciar, quien lee es capaz de mantener un cierto seguimiento más o menos difícil. Claro que se vislumbra un crescendo, pero, digamos, el globo aún mantiene un vínculo con la superficie. Pero  es que son seis capítulos. Y en cada uno la maraña crece exponencialmente. 
Segundo, por las trampas cultas, o cultistas, intercaladas. Que aportan una desagradable sensación (unidas a mi pre-concepción particular de que cualquier Pynchon tenía que ser bueno) de que el libro no te gusta porque no eres capaz de entenderlo. Que te pierdes algo por carecer de referencias o de background cultural o lo que sea. La incrustación de una obra entera de teatro de corte clásico en, creo, el tercer capítulo, no hace más que agravar esa impresión, la de que ese es un nudo importante y que había que fijarse. Otras: las clásicas menciones a la Alemania nazi, a Freud, a ex-presidentes y otros iconos del imaginario USA.
Tercero, porque no me he enterado de nada. Así de sencillo. Lo del sexto capítulo, en el que, pobre de mí, albergaba la esperanza de encontrar alguna clave que desvelase ya no todo, sino alguna cosa. Madre mía, leído, para hacerlo despejado, a las ocho de la mañana de un día claro y fresco después de haber dormido profundamente. Imposible, sacar otra cosa que palabrería desmadejada y alucinada, acoplamientos inverosímiles de sustantivos y adjetivos, hastiado (que ya cuesta hastiarme) de ese marasmo de conceptos que no tienen explicación alguna ni apelando a lo onírico ni a lo lisérgico ni a ambas cosas a la vez.
Cuarto, porque si Pynchon quiere que su lector no se entere de nada, pues lo ha hecho muy bien, eso sería una atenuante, ¿no? Pues no: su prosa no es lo suficientemente brillante como para salir airosa del embrollo en que se (nos) mete. Aquí no hay forma a cambio de fondo.
Pocas veces (recuerdo La ciudad de Mario Levrero) me había sentido tan desesperantemente confuso leyendo una novela. Por añadidura es una confusión que no induce al caos, sino al bostezo.
A punto he estado de consultar en Wikipedia acerca de los primeros experimentos con LSD en relación a la fecha de su publicación. Quizás hubiera cuadrado algo. Me hubiera gustado.
Que a David Lynch no se le ocurra hacer una película sobre este libro. Por favor.

También de Thomas Pynchon en Unlibroaldía: Vineland, Contraluz

lunes, 13 de junio de 2011

Don DeLillo: Punto omega

Idioma original: inglés
Título original: Point Omega
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

Si me preguntasen quiénes son los grandes nombres de la novela norteamericana actual, me vendrían a la cabeza Philip Roth, Paul Auster, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Roth es el más "clásico" de todos en cuanto a las técnicas y a los asuntos de sus obras; quizás sea también el más denso, el más académico de todos. Paul Auster es un torrente de imaginación, aunque ya se nota cierto agotamiento y cierta repetición de temas y trucos. Thomas Pynchon es un mundo aparte, una revolución literaria en sí mismo, desconectado de este universo en el que vivimos el resto de los mortales. ¿Y DeLillo? Pues es una mezcla de todos los demás, aunque está más cerca de Thomas Pynchon que de Philip Roth; con la diferencia de que él no rehuye los problemas contemporáneos (guerra, terrorismo, pensamiento único, maquinización, aislamiento).

Punto omega es una novela de lo que los críticos (que lo han leído mucho más que yo) han llamado late DeLillo: tramas más sencillas, un estilo entrecortado y minimalista, personajes esquemáticos... También han dicho los críticos (que son mucho más perspicaces que yo) que la novela tiene forma de haiku: empieza y termina con una escena en la que los personakes observan en el MoMA la instalación 24 Hour Psycho, del británico Douglas Gordon, en la que la película original de Hitchcock se ralentiza hasta durar, en su proyección total, 24 horas. Esta lentitud permite percibir detalles que en la versión original pasan desaperibidos. Y esta misma ralentización es la que (dicen los críticos) ha llevado a cabo DeLillo con su narrativa, sin apenas acción.

La recepción de la novela ha sido generalmente positiva, con algunos reproches. Yo me sumo a quienes han alabado la técnica y la personalidad del autor. Los personajes son, verdaderamente, mínimos y casi abstractos, irreales: Richard Elster un oscuro asesor filosófico-militar del Pentágono, retirado después de la Guerra de Iraq; el cineasta Jim Finley, cuyo único producto hasta la fecha es una película hecha con recortes de Jerry Lewis y que ahora quiere filmar una novela de Richard Elster en un único plano-secuencia; y Jessie, la hija del primero, misteriosa y traumatizada, detonante de los únicos atisbos de verdadera intriga de la novela. Los tres conviven en una perdida cabaña en el desierto, viendo, sintiendo y pensando el paso del tiempo a través de sí mismos y de la realidad.

Pero más importante que la historia o los personajes es la prosa de DeLillo, clara pero casi inconexa, "beckettiana" (han dicho los críticos). O la sensación de incomunicación y de inseguridad que transmite la novela. Es corta y no especialmente rebuscada; pero no resulta una lectura fácil: es desconcertante, desasosegante, y no se sabría decir si es meditadamente superficial o infantilmente profunda. Al final, la sensación (más que el mensaje) que transmite la novela es que todos, los personajes y los lectores (y Don DeLillo) estamos solos delante de nosotros mismos, en la vorágine del tiempo que nos ha tocado vivir.

También de Don DeLillo en ULAD: Aquí

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Thomas Pynchon: Un lento aprendizaje


Idioma original: inglés
Título original: Slow learner
Año de publicación: 1984
Traducción: Jordi Fibla
Valoración: recomendable

Hasta ahora mis valoraciones de los libros de Pynchon que he ido leyendo han sido más bien, ejem, variopintas. Hasta hace pocas semanas, supongo que mediatizado por las opiniones siempre extremas sobre sus grandes novelas, la intimidadora  Mason y Dixon o el célebre Arco iris de gravedad, ni tan siquiera era consciente de que existiera este Un lento aprendizaje, asequible tomo de no mucho más de 200 páginas que contiene cinco relatos fechados entre 1957 y 1964. Y mirad por dónde que el libro se erige en el primer Pynchon que puedo juzgar con cierta sensación no-alterada, tras encontrarme en mis dos experiencias anteriores con esa contradictoria situación de hallarse ante un escritor de primera categoría, pero incapaz, en un juicio personal que entiendo perfectamente sea rebatido, de sostener la coherencia argumental y el pulso firme a lo largo de toda una novela. 
Lo primero que choca aquí es el prefacio en que Pynchon se dirige al lector: una imagen que hasta ahora no había apreciado en su obra, con sus personajes siempre interpuestos. Curioso como se muestra implacable al valorar los textos que, tal como describe, escribió en varios casos cuando estaba en plena formación académica. Tan implacable y tan duro consigo mismo que el lector puede preguntarse, más con ese mito que lo ha retratado como una persona esquiva (y entonces creemos que huraña), cómo fue convencido para publicar textos a los que se refiere no en pocos párrafos de forma algo despectiva, achacándoles, sobre todo, falta de madurez narrativa y graves defectos estructurales.

Son cinco relatos en orden cronológico de escritura, y el Pynchon más relacionado con su obra en formato largo no asoma hasta el tercero. Ahí empiezan a surgir trazas de su estilo posterior: nombres extraños, situaciones surrealistas, relaciones turbias, aunque el formato corto justifica y casi requiere de esa disipación, los dos primeros pueden considerarse apuntes de escritor en ciernes, con un aroma situacionista que podría relacionarlos con Carver o hasta con Capote o Salinger, y los tres siguientes ya pueden considerarse partes del universo creativo de Pynchon, con sus pros y sus contras. Sus pros: un enorme respeto por la forma, un uso del lenguaje a pleno rendimiento, con fragmentos que no contienen ni una coma fuera de su sitio, que abarcan cuestiones y detalles de las que muchos son incapaces en capítulos y capítulos. Y sus contras: esa densidad es a veces inhumana, difícil ya no de comprender sino incluso de seguir. Así que se puede empezar por asistir a una especie de recepción, ser un grupo de niños que parezca una guisa del club de los cinco. Pynchon decide dónde lleva al lector y eso no siempre es un lugar agradable. Los dos primeros cuentos apenas apuntan esas maneras, aunque sean dos historias solventes, sobre todo el primero, quiero decir, recordad el autor del que estamos hablando, tienen recorrido como historias, tienen personajes que parecen el mismo al final del relato que al principio, tienen una intención narrativa directa.
A partir del tercero, muy adecuadamente titulado Entropía, veinte páginas de situaciones vecinales extrañas llenas de citas culturales de distinta índole, el estilo del escritor ya es plenamente reconocible hasta llegar a La integración secreta, brillante texto que a ratos parece de aventuras, a ratos surrealista, siempre fiel al peculiar modo de escribir del elusivo escritor. Impecable en las formas, críptico en el fondo, inclasificable en la combinación de los dos factores y, para mí, que sigo coleccionando sus libros a la par que las experiencias extrañas en sus lecturas, aún inescrutable e inexplicablemente, pidiendo a gritos una segunda lectura.


Otras reseñas de Pynchon en ULAD: aquí

viernes, 25 de agosto de 2017

Thomas Pynchon: Vicio propio

Idioma original: inglés
Título original: Inherent Vice
Año de publicación: 2009
Traducción: Vicente Campos González
Valoración: se deja leer

Con pies de plomo. Así es como he de andarme con Pynchon. Que lo sencillo hubiera sido una relectura de La subasta del lote 49, sugerida, condicionada, guiada por las amables críticas que la contrarrestaron. Una cosa muy correcta, del estilo, gracias mil, lectores, vuestra clarividencia me ha abierto los ojos, vuestros comentarios han conducido mis pasos hacia una nueva dimensión de la lectura, han sido como el interruptor que ha dado con la luz perfecta que lo ha aclarado todo. Me retracto en ciertas cosas, me corroboro en otras, pero gracias. Quizás a continuación hubiera hecho lo mismo con El Anticristo. Qué panorama más idílico: yo contento por haber saciado mis puntuales ganas de ensañamiento, el lector interactuando en defensa del objeto de mi saña. Oh. Todos acabaríamos virtualmente cogidos de la mano.
¡Pero! ¿Para qué? Ya seremos buenos otro día, o quizás otro lustro. Aquí se trata de descubrir nuevas lecturas cada día: con contadas excepciones, reseñamos dos veces el mismo libro porque nos equivocamos (buscad, buscad) y a veces hemos hecho eso de la contra-reseña, que obviamente no voy a hacerme yo contra mí mismo. Voy a darles yo carnaza a los que me acusan de bipolar.
Vicio propio es la penúltima novela de Pynchon, de hecho la penúltima publicada en español y se sitúa en unas cómodas 422 paginicas que no son ni las (aparentemente) fáciles de la subasta ni las milipico casi inalcanzables del arcoíris. No subestiméis, por eso, 422 páginas de Pynchon. Sobre todo, como los Gremlins, pasada la medianoche, cuando el silencio arrulla y el sueño acecha. Vicio propio, leo en Wikipedia, pasó a la gran pantalla (interpretada por Joaquin Phoenix, dirigida por Paul Thomas Anderson), lo cual, a algunos días de empezar a leerla, me hace especular con la posibilidad de una trama y un desarrollo hacia algún sitio. Algún sitio en este planeta, o al menos en esta galaxia.
Alto: he dicho especular. A ver si alguien va a pensar que Pynchon en modo asequible es Ken Follett. Al principio, de hecho, parece James Ellroy, o Lehane, o Elmore James. Sí, la contraportada habla de novela negra y en cuanto situamos en escena investigadores, magnates del tema inmobiliario, matones y todo esa parafernalia, es fácil pensar que la cosa va a pisar terreno firme. Aunque sea la California de la era hippy y muchos de los protagonistas parezcan actuar en medio de ciertos efluvios o bajo cierta influencia. Aunque esa influencia parece ser también la que marca el tono de la trama hasta un punto algo desconcertante. El arranque, con Doc Sportello como detective o investigador contratado por Shasta, ex amante ahora emparejada con Mickey Wolfmann, empresario de éxito, desaparecido, se sospecha, por algún motivo relacionado con su mujer y el amante de ésta, es un arranque prometedor ya que amaga con ser concreto. Pero pronto esta concreción se pone en duda. Surgen los personajes de distintos pelajes y surgen los hechos confusos. Parece que la bruma de humo de canuto se sitúa entre libro y lector y la cuestión empieza a volverse fractal. Sportello empieza a investigar, a visitar gente de los círculos de empresario y, cosa de esperar, el desfile de personajes empieza a producirse, asistiendo a una más que variopinta muestra de todos los estereotipos de la época hippy en California, que es como decir en pleno centro del fenómeno a escala global. Vietnam, el FBI, organizaciones de extrañas siglas, gente de extraños nombres, policías, Las Vegas, músicos de la era psicodélica, fulanillas, la generación del amor, encuentros sexuales muy de soslayo, drogadictos en distintos estados de intoxicación y desintoxicaxión, menciones varias al caso Manson como punto de inflexión de esa especie de nube-letárgica-en-la-que-total-no-hacemos-daño-a-nadie-más-que-a-nosotros-mismos.
En fin: el terrible lastre de Vicio propio es querer combinar una trama más propia, lo dicho, de Ellroy o de Chandler, con los erráticos hábitos narrativos de Pynchon. Seguro que no hay un solo párrafo que no pueda extraerse como ejemplo de la meticulosidad del hermético escritor, pero a la vez el lector confía en que todos esos rastros más o menos mundanos acaben llevando a un lugar seguro y concreto, como si por un momento nos olvidáramos de que quien firma esta novela no es precisamente alguien que vaya a ponerlo fácil. Y no. De hecho, como poniendo a prueba nuestra paciencia (en mi caso, con 60 últimas páginas casi interminables), a tres páginas del final aún surgen esporádicamente nuevos personajes.

Y no es lo peor. Lo peor es que, obsesionado como estoy por hallar la clave secreta, el código máquina de su obra (la de DeLilllo me costó cuatro intentos, hasta encontrar "Ruido de fondo") mi próximo intento con Pynchon, carne más que segura de una futura TochoWeek, van a ser las 954 arredradoras páginas de la edición de bolsillo de "Mason y Dixon".

lunes, 31 de diciembre de 2012

Lo más de 2012

Ya se termina 2012, un año que nos deja unas cuantas noticias literarias. Mo Yan ha sido un Premio Nobel polémico; Caballero Bonald, un Premio Cervantes comprensible; Philip Roth (que este año ha anunciado que deja de escribir, como Imre Kertesz) un Premio Príncipe de Asturias de las Letras más que merecido; Javier Marías, un Premio Nacional de Narrativa respondón. Este ha sido el año de Dickens, mucho más en los países anglófonos que en España, donde ha pasado algo desapercibido. Y 2012 ha dejado también miles de libros publicados, traducciones, reediciones de clásicos, adaptaciones cinematográficas...

En ULAD queremos hacer nuestro propio resumen del año, y por eso hemos pedido a nuestros colaboradores (o sea, nos hemos pedido a nosotros mismos) que escojan lo mejor y lo peor de su particular año lector. Estas son sus respuestas:

Francesc Bon
Mejor libro de 2012: Plegarias nocturnas de Santiago Gamboa
Mejor clásico: A sangre fría de Truman Capote
Tesoro escondido: Rompepistas de Kiko Amat
Mayor decepción: El niño perdido de Thomas Wolfe
Leeré seguro en 2013: Ciudad abierta de Teju Cole

Montuenga
Mejor lectura de 2012: Vineland de Thomas Pynchon
Mejor clásico: La condición humana de André Malraux
Tesoro escondido: La cuadratura del círculo de Gheorghe Sasarman
Mayor decepción: El cielo de Madrid de Julio Llamazares
El que más me ha costado acabar: La tejedora de sombras de Jorge Volpi

Santi
Mejor libro leído este año: Todo se derrumba de Chinua Achebe
Mejor clásico: El buen soldado de Ford Madox Ford
Tesoro escondido: Mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos
Mayor decepción: Diario de invierno de Paul Auster
El libro que se me atragantó: Contraluz de Thomas Pynchon

Iván
Libro Descubrimiento: Hace cuarenta años de Maria Van Rysselberghe
Libro más recomendado: Compañía K de William March
Autor con quien no he podido: Mo Yan
Autor al que he dedicado más tiempo: J.M. Coetzee
Libro Hostia: La jungla de Upton Sinclair
Primera lectura para 2013: Chavs. La demonizacion de la clase obrera de Owen Jones (y lo que siga escribiendo)

Por supuesto hay otras listas, pero estas son las nuestras. Estaremos encantados de leer las vuestras en los comentarios... 

lunes, 20 de julio de 2020

Tochoweek IV #1 -Thomas Pynchon: Mason y Dixon


Idioma original: inglés
Título original: Mason and Dixon
Año de publicación: 1997
Traducción: Jordi Fibla
Valoración: árboles que no dejan ver el bosque

Aquí me tenéis, de nuevo, rindiendo tributo al ex-compañero y fundador del blog al que (mucho antes de la pujante "bastante recomendable") no le gustaban las etiquetas que se salían de un casi numérico criterio de valoración.
Y aquí me tenéis, de nuevo, poniendo a prueba mi resistencia con un cuarto intento (el más prolongado en extensión, y cuidado que aún no descarto subir la apuesta con el célebre arco iris) de descifrar los códigos que, me reafirma lo leído en el esplendoroso libro de Eduardo Lago, contiene la obra de Pynchon, códigos que convierten a Pynchon, si el organismo le aguanta y los raritos de la Academia se marcan el detalle, en uno de esos constantes candidatos al Nobel.
Y aquí me tenéis de nuevo (fin de la anáfora) incapaz, a pesar de mi capacidad de brega y mi creciente experiencia con los autores difíciles, incapaz, dije que se acababan las anáforas, ¿verdad?, de descodificar del todo esas novelas, porque Mason y Dixon ha sido agotadora por lo extensa, 958 páginas en el ejemplar que he leído, aunque llevadera en su dinámica de lectura: uno comprende tan pronto - echad la culpa al post-modernismo- que el libro se va a alejar de los parámetros narrativos convencionales que interrumpir su lectura (dado que - ya os hablé del coordinador - este blog no puede esperar tres meses a que yo acabe un libro para aportar una reseña) y acudir a otros libros, acaba sin representar inconveniente alguno. Así es Pynchon, perdiendo tanto al lector, que es comprensivo con que el lector decida perderse solo. Porque los cientos de personajes y situaciones que pueblan el libro, de la forma más anárquica y con los dos únicos hilos de una supuesta narración de las andanzas, en el entorno de la tradición oral, y la propia historia contada, la de un agrimensor y un astrónomo que, por encargo de la Royal Society, van a trazar la línea fronteriza entre los estados de Pennsylvania y Delaware, allá por la segunda mitad del siglo XVIII, esos cientos de personajes con procedencias y nombres extraños no son para memorizarlos ni para retener mentalmente en qué estado quedan conforme avanza la lectura. Esto que acabáis de leer va a ser lo más parecido a una sinopsis que vais a leer en esta reseña, que voy a intentar que ni se extienda ni se reitere.
Porque está claro que intentar abarcarlo todo sería estúpido: Mason y Dixon es la creación de un escritor meticuloso que no comete un error en ninguna frase, cuyos párrafos más floridos (los hay a cientos) servirían de ejemplos rutilantes para cualquier virtud literaria objetiva; así son de imaginativos, de ricos en expresiones, en rigor histórico, en ambición. Cada capítulo, más de 70, parece una escena concluyente en un opus planificado, parece, para mostrar un momento clave en el nacimiento de esa gran nación tan cohesionada y poderosa que se atreve a asignarse a sí misma la representación de todo un continente. Algunos personajes son extraídos de la realidad y les es asignada su participación en hechos para que cuadren con esa gran historia subyacente, la de un par de tipos llevando a cabo el encargo y encontrándose gente a su paso, ya desde su salida en barco desde Inglaterra. Parece ser que el complemento perfecto para disfrutar del libro es empaparse bien de la historia de la época y reconocer a alguno de los personajes (supongo que eludiendo a la pata mecánica que vuela a toda velocidad y al reloj que habla, antes del iWatch) en los cometidos reales que les ha deparado la historia. Pero es curioso, tantas páginas, y mi lectura del libro no me ha deparado empatía con sus protagonistas. No puedo decir que los he comprendido cuando a duras penas he llegado a distinguirlos. Supongo que es premeditado, que Pynchon (mencionemos otra vez el post-modernismo, venga) no quiere estructuras narrativas clásicas. Que sus referencias a personajes como si le conociéramos de toda la vida (cuando irrumpen en cualquier momento) no son más que finas alegorías a la imprevisibilidad y a la propia complejidad de las sociedades. Vale, aceptemos eso y renunciemos a parámetros clásicos. Mason y Dixon, planteada esa circunstancia, es legible, es disfrutable, deleitable y placentera, incluso el final, las últimas páginas, que parecen desarrollar una conclusión de tono solemne. Disfrutable en sus partes, en frases y párrafos, pero casi refractario en su conjunto, cuando nos preguntamos si ese esplendor en la forma combinado con esos conceptos subyacentes en el fondo no son muros ante el lector, más que puentes hacia el lector, cuestión que me temo que no soy capaz de dilucidar,
Eso sí: aún no me he enterado qué pintaba el perro hablando.

martes, 20 de noviembre de 2012

Thomas Pynchon: Vineland

Idioma original: inglés
Título original: Vineland
Año de publicación: 1990
Valoración: Muy recomendable


A estas alturas, ¿qué esperamos de una novela? Probablemente, no mucho. Las grandes aventuras literarias pasaron a la historia. Se han convertido en clásicos y ya no sorprenden a nadie. La comodidad se ha adueñado de las plumas, de los sofás y los despachos, nadie quiere ya molestarse mucho en emprender algo costoso de hacer y consumir asumiendo los riesgos que supone poner en circulación una obra con inciertas garantías de éxito. Al enorme bazar en que ha llegado a convertirse lo literario le conviene más acostumbrar a los lectores a una serie de esquemas trillados tanto en contenido como en forma. De ahí que la escasa (o ninguna) rebeldía y la ausencia de experimentación constituyan la mayor parte de la cosecha ficcional de las últimas décadas.

No voy a hablar de Pynchon porque, ni conozco suficientemente su obra ni tengo intención de repetir aquí el puñado de frases con que suelen referirse a él y a sus escritos. Quien tenga interés que las busque. Me ceñiré, pues, a Vineland. Una novela poco recomendable para quien no quiera complicarse demasiado la vida, porque Pynchon terminará, quiera usted o no quiera – a no ser que interrumpa la lectura – arrastrándole a un apasionante e incierto viaje a través de tierras imaginarias, tiempos futuros o espacios terrenales habitados por no-vivientes, de la mano de inolvidables personajes, tiernos o crueles, desorientados de una forma u otra, marginados a veces, siempre marginales.

La postura política del autor es diáfana, su intención crítica también, sus destinatarios, aquellos que no se sientan demasiado incómodos por sus ataques y se tomen la molestia de seguirle. El lector se trasladará, entonces, a los inquietos 60, con sus experimentos, rebeldías, hallazgos y la consiguiente represión por parte del poder; con constantes avances y retrocesos entre esta época y la de dos décadas más tarde, merodeará por unos Estados Unidos más misteriosos (o mágicos o inexplorados) de lo que son realmente, por un país tan irreal como verdadero en lo más profundo, pues la metáfora desvela todo lo que oculta la superficie. Los personajes no están demasiado definidos, tampoco los lugares ni los hechos. En eso reside parte de su encanto ya que, con unas cuantas pinceladas impresionistas, perfila un paisaje más exacto y reconocible que si lo hubiese retratado detalladamente. Mediante una combinación de fantasía y realidad, que logra a base de superponer elementos esotéricos y pseudocientíficos, nos sitúa en unos años 80 que parecen emerger de siglos futuros pero recrean un pasado que es a la vez presente y que, por desgracia, puede proyectarse en el tiempo.

La trama gira sobre varios ejes: la lucha entre un sector de la juventud y el poder establecido de la época de Nixon – que se prolongará hasta la de Reagan –, los esfuerzos de este poder por introducirse en los grupos rebeldes y corromper a sus miembros más vulnerables, la consiguiente traición a ideales, pareja y amistad; la música y el cine como medios de transformación social, la separación familiar que provocan los hechos – con la nota emotiva a cargo de la joven Prairie, que busca interminablemente a una madre fantasma, engullida por el sistema –; la violencia que generan tanto la represión como la resistencia a esta, así como las derivaciones y consecuencias de todo ello.

Un relato apasionante, en el que encontrarán mucha ideología, mucha acción – pero poco usual, nada que ver con el trepidante ritmo de los thrillers – aunque, como apuntaba al principio, a través de una lectura nada cómoda.



También de Pynchon: Contraluz

miércoles, 10 de octubre de 2012

Premio Nobel 2012: Hagan sus apuestas

Un año más ya estamos en vísperas de que se conozca el Premio Nobel de Literatura, y como siempre cada cual tiene sus favoritos. En ULAD no vamos a ser menos, así que aquí va nuestra particular quiniela (mañana sabremos si hemos acertado).

Vamos a proceder por eliminación: a la Academia Sueca le gusta repartir sus gracias con variedad (un año aquí, otro en la otra punta del globo...), así que nuestra primera apuesta, considerando que el año pasado ganó Tranströmer, es que este año el premio no será para ningún europeo, o por lo menos para ningún europeo-occidental (dejamos fuera de las apuestas, por tanto, a candidatos sólidos como McEwan, Magris, Lobo Antunes o Cees Nooteboom). Por el mismo motivo, también apostaría a que este año no va a ganar un poeta (lo siento, Adonis, otro año más que te quedas sin premio).

Don DeLillo
Seguramente, por lo tanto, volverá a ganar un narrador (novelista o cuentista), no europeo. Los estadounidenses pueden tener muchas opciones, por dos motivos: hace ya casi veinte años que ningún yankee gana el Premio Nobel (la última fue Toni Morrison en el 93), y además hay varios candidatos fuertes, con lo cual podrían premiar a uno para, simbólicamente, premiarlos a todos. Los principales favoritos estadounidenses hoy en día son Philip Roth (de quien sin embargo dicen que tiene mala prensa en la Academia Sueca), Don DeLillo, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy, entre otros. DeLillo o Pynchon son, creo, los que más posibilidades pueden tener, porque son casi unánimemente aclamados por la crítica. Lo del Premio Nobel para Bob Dylan yo no me lo acabo de creer.

Alice Munro
Si miramos fuera de EE.UU., los académicos también tiene donde elegir: todavía en América, pero más al norte, nos encontramos a Alice Munro, cuentista canadiense que puede beneficiarse si los suecos deciden darle el premio a una mujer este año (lo que no quiere decir, ojo, que no se merezca el premio). En África el candidato más fuerte es Chinua Achebe, grandísimo narrador nigeriano, aunque también suena el nombre de Ngũgĩ wa Thiong'o; en Asia, por mucho que me duela, el nombre más repetido es el de Murakami, junto con el del chino Mo Yan. Y en Europa, pero en Europa del Este, tenemos también grandes candidatos como Ismail Kadaré, Milan Kundera o Peter Nadas, del que confieso que no he leído nada (perdón por el chiste).

Enrique Vila-Matas
¿Y los españoles, preguntará alguno? Pues se habla de los de casi siempre: Javier Marías, Enrique Vila-Matas y, algo que a mí me sorprende, Eduardo Mendoza. Pero este no va a ser el año: no solo porque como he dicho antes no creo que este año gane ningún europeo, sino porque está muy reciente el premio a Vargas Llosa, y que ganasen dos escritores hispanohablantes tan seguidos sería muy sorprendente. (Dejando aparte el hecho de que la literatura española actual no está EMHO a la altura de las más grandes de la literatura mundial, pero ese es otro asunto).

En fin, que si nos pedís uno o dos nombres, nos quedamos con DeLillo y Pynchon. Pero también es posible que la Academia Sueca nos sorprenda a todos premiando a un casi-desconocido. Mañana lo sabremos...

lunes, 24 de septiembre de 2012

Georges Simenon: El ahorcado de la iglesia

Idioma original: francés
Título original: Le pendu de Saint-Pholien
Año de publicación: 1931
Valoración: está bien

Hace (demasiados) años, cuando en el colegio intentaban enseñarnos a "relacionarnos de una forma saludable con el alcohol" (sic) nos hablaban de usar "espaciadores": bebidas sin alcohol intercaladas en medio de las bebidas alcohólicas, para no terminar en coma etílico. No les hacíamos ni caso, claro, pero esa no es la cuestión: a lo que iba es a que yo ahora hago algo parecido, pero con novelas. Entre una novela exigente y otra, o en medio de una novela verdaderamente exigente, me meto con algo más ligero: una novela policiaca, o de terror, o de Terry Pratchett. La novela verdaderamente exigente, en este caso, es Contraluz, de Thomas Pynchon (habrá reseña); y el "espaciador", obviamente, Simenon y su comisario Maigret.

Simenon es casi contemporáneo de Agatha Christie, y sin embargo sus novelas tienen un aire muy distinto. No hay en las novelas del comisario Maigret (por las que Simenon es justamente famoso) no encontramos esos ambientes cerrados, llenos de secretos y sospechas que caracterizan las novelas de Hércules Poirot, por ejemplo. Maigret es un detective de la gran ciudad, París (aunque también viaje en muchas de sus novelas) y Simenon es un autor mucho más costumbrista que Christie, e interesado por ambientes mucho más diversos.

Esta obra en concreto, El ahorcado de la iglesia, es una de las primeras de la serie de Maigret. Quizás de ahí nazca su sencillez narrativa, y su estructura casi lineal. Comienza la novela con un misterio, como debe ser (un joven se suicida con un disparo en la boca después de que Maigret le "robe" una maleta sospechosa), y a partir de ese momento Maigret comenzará su resolución, acumulando pistas en diversas ciudades europeas y haciéndose cada vez más enemigos.

Sin llegar a ser en absoluto un héroe de novela hardboiled, como Philip Marlowe, Maigret es sin duda mucho menos cerebral y mucho más héroe de acción que los más famosos detectives que le preceden, y está más cerca de novelas actuales de tipo procedural (que muestran los procedimientos policiales con una técnica más realista) que de la inteligencia sobrehumana de Sherlock Holmes.

Esta novela, a lo mejor como decía por ser una de las primeras de la serie Maigret, no es nada del otro mundo: es una novela entretenida, poco más. En definitiva, el "espaciador" perfecto para poder seguir luego hincándole el diente a bueno de Pynchon.

Y a ello vamos...

Puede interesarte también: La literatura policiaca

También de Georges Simenon en ULAD: La viuda Couderc, La muerte de Belle

miércoles, 5 de octubre de 2011

Premio Nobel 2011: hagan apuestas

Este jueves, o sea, mañana, se falla el Premio Nobel de Literatura de este año, y ya están haciéndose las típicas apuestas que aciertan tantas veces como fallan. Hay una cosa que está bastante clara: este año el ganador no será un escritor en lengua española: es muy poco habitual que el Nobel premie dos veces seguidas a escritores en la misma lengua, sobre todo si esa lengua no es el inglés.

Estos son algunos de los (eternos) candidatos al Nobel de Literatura:

Adonis: poeta de origen sirio, candidato al Nobel desde hace una eternidad, este puede ser su año entre otras cosas por los aires de cambio en el mundo árabe: a los académicos suecos les encanta hacer ese tipo de gestos y demostrar que están "implicados" con los acontecimientos. En todo caso, que esta circunstancia externa le pueda favorecer no le resta ni un gramo de valor a su obra poética, sugerente y amplísima.

Philip Roth: aunque su obra sea algo irregular en los últimos tiempos, tiene "fondo de armario" (El lamento de Portnoy, Me casé con un comunista, La mancha humana, Pastoral americana, Elegía...) como para justificar de sobra el premio. Además, hace bastante tiempo (desde 1993) que un escritor estadounidense no se lleva el Nobel. Claro que entre los candidatos hay otros compatriotas suyos igualmente bien posicionados...

Cormac McCarthy: Un autor que se ha hecho conocido para el gran público gracias, diría yo, a las adaptaciones cinematográficas de La carretera o No es país para viejos, pero al que la crítica reconoce sus méritos desde hace tiempo. Con un estilo simple y cortante, ha reflejado la realidad de los Estados Unidos (entre otras cosas) con crudeza y sin tapujos.

Thomas Pynchon: junto con Don DeLillo (otro posible candidato) es el gran experimentador de la literatura estadounidense contemporánea. Obras como La subasta del lote 49, V o El arco iris de gravedad representan una revolución narrativa única en su país y en su época. Si le dan el premio, será interesante ver si Pynchon (alérgico como pocos a cualquier acto público) acude a recogerlo...

Tomas Tranströmer: reconozco que no he leído nada de este autor sueco, que sin embargo aparece año tras año en las quinielas para el Premio Nobel. Es poeta, como Adonis, lo que puede beneficiarle si el Nobel decide romper con una racha de cinco novelistas seguidos...

Ko Un: Otra confesión: acabo de oír hablar de este escritor por primera vez ahora, hace diez minutos. Por lo que leo en la Wikipedia (en inglés: la Wikipedia en español ni siquiera tiene un artículo para él), es un poeta surcoreano, activista en favor de la democracia en su país (un punto positivo para él, según los criterios habituales del Nobel), antiguo monje budista, suicida frustrado por partida doble... En fin, puede ser el "tapado" de las quinielas, y a los suecos también les gusta dárselas de originales de vez en cuando...

Haruki Murakami: Que conste que lo incluyo solo porque aparece mencionado en algunas listas. Pero yo estoy en contra. Entre "muy en contra" y "absolutamente en contra". Sí, Murakami escribe bien, tiene un gran éxito de público, es relativamente original... Pero para mí, su obra no está ni de lejos a la altura de los grandes: es repetitiva, facilona y superficial (toma ya). Como le den el Nobel a Murakami, me pego un tiro. En el pie.


martes, 11 de junio de 2013

David Foster Wallace: Entrevistas breves con hombres repulsivos

Idioma original: inglés
Título original: Brief interviews with hideous men
Año de publicación: 2001
Traducción: Javier Calvo
Valoración: recomendable (1)(2)

Me lo he de pensar mucho, lo de leer un libro más de David Foster Wallace. A la que empiezo, esa lectura afecta a cualquier otra que pueda plantearme en las semanas siguientes, afecta hasta al modo en el que escribo que, inconscientemente, tiende a esa incontinencia, a esa profusión incontrolable que es la escritura del fallecido escritor neoyorquino. Esto no me pasa muy a menudo, claro. Pero sé que no soy el único. ¿Si ese influjo es otra señal de admiración? Supongo que sí. Es una estela que tarda lo suyo en desaparecer. Si DFW siguiera vivo, diría que se le ama o se le odia. Pero, por puro respeto, y haciendo acopio de toda la objetividad literaria de que soy capaz, no veo motivos para que alguien pueda odiar a este escritor. Si ves que no es lo tuyo, no lo lees y ya está. Él ni se imponía ni era omnipresente ni se sometía a agotadoras campañas de promoción. Hay muchos otros escritores que pueden gustarle a la gente y mucha gente a la que puede no gustarle DFW. Ya disfrutaremos de él, como cosacos, los otros.
Que es lo que se hace, otra vez, con Entrevistas breves con hombres repulsivos. Festín a lo grande, con todos los ingredientes propios de la cadena de slow-food DFW. Discursos ramificados, prolongados, razonados, notas a pie de página en tamaño king-size, mucho texto, profusa digresión, mucha disquisición salpicada de lógica descacharrante. Reír a carcajadas, sí, claro. Alucinar con su profundidad de alcance, por supuesto. Elucubrar sobre lo que sería capaz de sacar con cualquier tema que se propusiese, cómo no.

Ejemplos:

Los cuatro fragmentos con el título del libro, que, distribuidos entre los otros, le aportan cohesión, aunque sea a base de atomizarlo: son, a su vez, compendios de micro-relatos de falsos testimonios. Algunos, perversos, otros, ingenuos.
La persona deprimida, que, visto lo sucedido, acaso podría interpretarse como una especie de botella lanzada al agua, al igual que uno que lleva un título como El suicidio como una especie de regalo.
Relatos escuetos pero geniales, como Historia radicalmente concentrada de la era postindustrial o El diablo es un hombre ocupado (título aplicado a dos relatos diferentes).
Relatos extensos, con profusión de crueldad crepuscular, como Mundo adulto I, Octeto o En su lecho de muerte, cogiéndote la mano, el padre del aclamado nuevo dramaturgo joven y alternativo pide un favor.
Aunque DFW también puede ser denso hasta el agotamiento: Rotulus Praeteritus convierte a Thomas Pynchon en un profesor de parvulario enseñando a niños a hacer sílabas con las cinco vocales. Y este libro no es una publicación póstuma encajada, objeto del completismo. Es el autor vivito y coleando consciente de que emplazaba ahí un auténtico reto para la paciencia del lector. Para la mía, al menos, en este caso.

Y es en este vaivén entre relatos asumibles con facilidad y auténticos tour de force de difícil asimilación donde encontramos la esencia de DFW como escritor: volcarse sobre el papel y dejar al lector juzgar. No hay tregua ni punto intermedio.
Obviamente, una traducción de orfebrería fina de Javier Calvo, pieza importante en que, también en castellano, la obra de Foster Wallace disfrute de una riqueza léxica y una precisión verbal que nos deja, otra vez, babeando por un prolongado espacio de tiempo. Imposible la indiferencia, en cualquier caso.

----------------------------------------------------------------------------------------------

(1) Por media aritmética (...) entre varios relatos imprescindibles y algunos otros sumamente difíciles de leer.
(2) ¿Cómo puedo reseñar dos veces a DFW y no poner notas al pie?


martes, 17 de diciembre de 2013

Un libro al día: Nuestros libros del año

Un año más (o sea, por segundo año, porque solo lo hicimos el año pasado), aquí va nuestra selección con lo mejor y lo peor del año, en cuanto a nuestras lecturas. Como se verá en las listas, no se trata necesariamente de obras publicadas en 2013, sino leídas en 2013; y como se verá también, cada colaborador ha escogido las categorías que le ha apetecido, que para algo el garito es nuestro...

Como siempre, os invitamos a que comentéis nuestras listas, o a que nos mandéis las vuestras, en los comentarios del blog, o a través de Twitter y Facebook.

Francesc Bon


Mejor libro de 2013: Así es cómo la pierdes, de Junot Díaz, casi ex aequo con Esquirlas, de Ismet Prcic
Decepción más absoluta: que La Sociedad Juliette de Sasha Grey no tuviera nada aprovechable
Leeré en 2014: La broma infinita, de David Foster Wallace
Releeré en 2014: Thomas Pynchon
Ojalá hubiera leído antes: a Kurt Vonnegut
Un autor a seguir: Mohsin Hamid

Montuenga


Mejor libro de autor revelación 2013: Intemperie de Jesús Carrasco
Mejor ensayo español 2013: Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina
Mejor ensayo extranjero leído: Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo de Barbara Ehrenreich
Mejor novela histórica leída: El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura
Me decepcionó: El proyecto Lázaro de Aleksandar Hemon
Me ha encantado: Henderson, el rey de la lluvia de Saul Bellow

Santi


Mejor lectura de 2013: José Saramago: El año de la muerte de Ricardo Reis
Mejor relectura de 2013: Nieve, de Ohram Pamuk 
Un clásico contemporáneo: El almuerzo desnudo de William S. Burroughs
Y un clásico contemporáneo en español: Las virtudes del pájaro solitario de Juan Goytisolo
Autor descubierto este año: Ramon Saizarbitoria
Lectura más divertida del año: La boca pobre de Flann O'Brien

Uxue


Mejor libro del año 2013: difícil elección. Me decanto entre:
  • Cuatro por cuatro de Sara Mesa. Narrativa, poética, engancha y acabas racionando la lectura para que el libro no se acabe.
  • El niño que robó el caballo de Atila de Iván Repila, obra que podría recomendar porque conozcoalautoryesoestrampa, pero que recomiendo realmente por tratarse una de las mejores novelas breves que haya leído hasta el momento.
  • Geografías de Niebla de Valerie Mejer. Un poemario que debería estar en boca de todos, pero que, incomprensiblemente, no se reedita en España. Valerie Mejer es LA POETA. Pronto, una reseña. 
Mejor libro-álbum: Yo quiero mi gorro de Jon Klassen. 
Decepción más absoluta: Dónde estás Bernadette de María Semple. Novela cursi e ingenua donde las haya. Sigo sin explicarme cómo Jonathan Franzen ha podido recomendarla. Muy mal, Johnny, muy mal, el público confiaba en ti...
Novela cutre que quiere vender un rollo burlesco-intelectualoide para hipsters que se dejan impresionar por nada:  Saliendo de la Estación de Atocha de Ben Lerner. Avalada por Paul Auster. ¿Qué os pasa, Johnny y Paul? Y no me vengáis con la respuesta fácil de paragustosestánloscolores.
Me ha encantado y está recibiendo muy buenas críticas: Por si se va la luz, de Lara Moreno.
Un buen libro de poesía (y vuelvo a la modalidad loestoyrecomendandoporqueesunabuenaamiga y porque si Franzen y Auster pueden yo también, pero, en mi caso, con un buen criterio): Artikoa/Ártica de Izaskun Gracia.
Releeré en 2014: Del crear y lo creado, poesía completa de Hugo Mujica.
Terminaré en 2014: Miniaturas de tiempos venideros. Amplia antología de poesía rumana editada por Vaso Roto. 
Libro en la mesilla de noche: Hordas de escritura seguido de Secesión de la poeta Chus Pato.   
Mejor labor editorial 2013: Destacan, ya sea por su diseño, como por su buen criterio de selección:
  1. En poesía: Vaso Roto Ediciones, La Garúa, Amargord y Kriller 71.
  2. En narrativa: Lumen, Automática, Sexto Piso y Libros del Silencio (desgraciadamente, desaparecida).
  3. En libro infantil ilustrado: Editorial Milrazones.
  4. En novela gráfica: Sins Entido.

 

 Pedro


Mejor lectura de 2013: Donde dejé mi alma, de Jerôme Ferrari (reseña pendiente).
Peor lectura de 2013: Brújulas que buscan sonA QUIÉN LE IMPORTA, de Albert Espinosa (leído para realizar una comprobación empírica a partir de la reseña uladiana).
No pude terminar (algo no necesariamente negativo): Karnaval, de Juan Francisco Ferré (no habrá reseña, al menos por mi parte)
Mejor libro reseñado en ULAD: El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago.

Mr Grecco


Mejor clásico que (al fin) ha caído en 2013: Madame Bovary, de Gustave Flaubert
El Horror, El Horror: Cada día, cada hora, de Natasa Dragnic
Al fin he terminado (y ha merecido la pena): Trilogía Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori
Una agradable sorpresa: La intrusa, de Éric Faye
Opinión de algunos libros reseñados por otros: Intemperie, de Jesús Carrasco (digno debut); Ciudad abierta, de Teju Cole (diferente, especial); El pan a secas, de Mohamed Chukri (léanlo, por Dios).
Gamberro/a del año: Socrates Adams por Todo va bien.


Izas


Mejor libro de 2013: no sé, hay muchos, decantarme por uno solo es imposible.
Leeré en 2014: a Danielewski, Cartarescu, O'Brien, Munro, Fitzek, Mitchell, Moreno, Sarrionandia, King, Pavic, Juárez y otros muchos más que esperan, recopilados en varios montones, que les llegue el turno
Releeré en 2014: nada, hay demasiado por descubrir
Una agradable sorpresa: Jean Malaquais por Los javaneses. 
Un autor a seguir: Stéphane Chaumet

miércoles, 11 de abril de 2012

Colaboración: Vastas emociones y pensamientos imperfectos de Rubem Fonseca

Idioma original: portugués
Título original: Vastas Emoções e Pensamentos Imperfeitos
Año de publicación: 1988
Valoración: Muy recomendable

Rubem Fonseca es un escritor muy particular. Nacido en Brasil, y residente en Rio de Janeiro durante muchos años, su obra ha sido laureada por miles de lectores y la crítica nacional e internacional, incluidos autores como Mario Vargas Llosa, Carlos Monsiváis, o Thomas Pynchon (de quien se cuenta son muy buenos amigos) quienes le han dedicado elogiosas palabras más de alguna vez. Como si fuera poco, se dice que es un eterno candidato al Nobel. A la luz de lo anterior, la pregunta de cajón es obvia: ¿es realmente un escritor de calidad, o los medios han exagerado escandalosamente el valor que tienen sus creaciones?

En la obra que comentaremos aquí, el protagonista es un cineasta obsesivo que tiene permanentes ataques mientras descansa por las noches; como él mismo dice: "sueño sin imágenes" o "mis sueños son como un libro mal escrito". Intentando aproximarse científicamente al origen de este problema, se encuentra con una definición patológica del sueño: un conjunto de "vastas emociones y pensamientos imperfectos" (concepto que da origen al título de esta novela), obligándolo a asumir esta especie de disfunción como parte de su vida. Sin darle mucha importancia a esto, se embarca en obtener material para filmar una nueva película, aceptando una oferta para producir una cinta basada en una de las obras de Isaak Bábel, legendario escritor soviético. Y mientras piensa en ello, recibe un extraño paquete de manos de una mujer misteriosa. Pero sólo se percata de la importancia de éste cuando se entera que esta misma mujer fue asesinada violentamente cerca de su casa. A partir de ese momento, su vida queda atrapada en un espiral de fugaces historias eróticas, cargadas de tanta violencia que sería insoportable si no fuese por los componentes eruditos que la alternan, y que transitan entre Berlín, Río de Janeiro y otras partes del planeta, para desembocar en un desolador e inesperado final que hace indirecta referencia al nombre de esta obra. Los hechos que suceden en el relato son retratados con una crudeza despiadada, al modo de las novelas negras clásicas, buscando desenmascarar a través de la ficción las redes de corrupción y narcotráfico que permanecen ocultas en la cotidiana realidad carioca.

Estructuralmente, es un thriller muy bien logrado, una novela que aguarda a la vuelta de cada página un cuchillazo, un asesinato, un encuentro sexual, dejándonos con esa permanente incertidumbre de lo que podremos encontrar durante el desarrollo de la historia. Esta historia es relatada junto a una admirable fusión de la cultura popular con la clásica (ingrediente muy característico de las obras de Fonseca): leyendas chamánicas sobre la necesidad humana de consumir polvo de diamantes, personajes que citan a Alfred Hitchcock y su necesidad de tener un gran villano para hacer una gran película, la discusión sobre el valor del cine y la literatura en la historia de la cultura, etc. Este elemento se puede traducir en un enorme riesgo: o la novela es un bodrio, con una mezcla de citas dispersas inconexas, o todas son coherentes y hacen sentido con el argumento principal, armando un cuerpo literario sólido. Fonseca representa indiscutiblemente la segunda opción.

Vastas emociones y pensamientos imperfectos es una gran obra, con una especial técnica narrativa y temáticas que dan cuenta de la originalidad de su estilo. Luego de leer esta poderosa novela, quizás muchos lectores se preguntarán cómo una novela tan cargada de referencias culturales e historias violentas es capaz de producir entretenimiento, curiosidad por la trama, y reflexión sobre la situación actual de la realidad brasileña, tanto o más que cualquier gran película de la que hayamos disfrutado en una noche de eterno insomnio.

martes, 6 de junio de 2023

Colaboración: Tommyknockers, de Stephen King

Idioma original: inglés

Título original: Tommyknockers

Traducción: Edith Zili

Año de publicación: 1987

Valoración: Recomendable para fans


Después de revisar en el blog y constatar que no hay todavía ninguna reseña de esta joven promesa de las letras (¡ja! ¡Mentira todo!) me lanzo con uno de esos tochazos tan típicos del maestro del terror.

Qué decir, hasta qué punto un autor tiene un estilo propio o es un autoplagiador, no es el sitio aquí para comentarlo. Yo prefiero pensar que está (estaba) un poco encasillado.

Tommyknockers no será una sorpresa para nadie que haya leído un par de novelas del escritor de Maine, los ingredientes son muy similares o casi idénticos a los de libros de éxito anteriores: un poblado aislado, una amenaza del exterior, un mal que se va propagando entre los vecinos y unos héroes que no tienen porqué comer perdices al final de la historia. Puro Stephen King. De hecho, de varias de las novelas que he leído de él hasta el momento, esta es la que me ha parecido más pura, en el sentido de que es la más fiel a su estilo. De haberla escrito otra persona, no me extrañaría que el bueno de King decidiese presentar una demanda por plagio.

Pero vamos al meollo: Para empezar, antes de nada, ¿qué son los famosos tommyknockers del título? Pues al parecer son los protagonistas de una cancioncilla infantil, bastante lúgubre por cierto, que serán los antagonistas de la novela.

En cuanto al argumento, una escritora (Bobbi Anderson) pasa sus días en soledad permeada en ocasiones por un antiguo profesor y amante ocasional (Jim Gardener). Un día, paseando por el bosque (laralalá), entre la hierba mojada (uh uh uh) –mentira, es en una zona seca y terrosa)– Bobbie tropieza con un extraño objeto y a partir de entonces se obsesiona con desenterrarlo. Pero el objeto acaba siendo mucho más grande de lo que parece...

En estas, Gardener (¿quizá nos querrá decir algo King con este apellido?) decide hacerle una visita a su antigua pupila y descubre anonadado un comportamiento errático y desconocido para él por parte de Bobbie. Y no solo eso, sino que descubre unos artilugios muy avanzados científicamente que ha desarrollado la propia Bobbie, aparte de una novela recién escrita, que, descubre con gozo, es lo mejor que ha escrito nunca.

El propio Gardener se vuelva en el trabajo de desenterrar la nave, pero sin la obsesión monomaníaca de su anfitriona. A la vez, se da cuenta poco a poco de que el ambiente en el pueblo es cada vez más agresivo, y toda la población parece haberse convertido en un genio mecánico como Bobbie. Por si esto fuera poco, nota horrorizado como la gente de su alrededor empieza a mutar y descubre que él es relativamente impune, en parte por una placa en la cabeza, en parte por una continua borrachera.

Creo que hasta aquí puedo escribir sin destriparle la novela a nadie; a pesar de que parece bastante argumento contado, todo esto ocurre en una fase temprana de la novela, y a pesar del que considero el peor defecto del libro: la excesiva longitud. No es que me den miedo los tochos (¡hola Thomas Pynchon!) pero, con sinceridad, hay mucha paja, mucho relleno aquí metido.

Quizá demasiada importancia a algunos personajes secundarios muy poco desarrollados; otra cosa que creo que es un fallo importante es que en ningún momento da la impresión de que la epidemia llegué a salir nunca del pueblo. Los propios vecinos son los agentes principales en evitar intromisiones externas, y qué quieren que les diga, por muy empático que sea uno, no es lo mismo saber que hay un terrible peligro pero aislado y bien guardadito en una pequeña ciudad del otro lado del Atlántico, a pensar que de un momento a otro el gas se expande y puede llegar hasta la puerta de su casa.

Pero si por algo destaca King es por ser un escritor con talento, con facilidad para crear buenas historias, y algunas por aquí sueltas que merecen la pena. En particular, me gustó la de los dos niños hermanos.

Para ir terminando, decir que Stephen King escribió esta novela en un momento de su vida en el que tenía graves problemas de alcoholismo, y es inevitable trazar paralelismos entre Gardener y él. Además, creo sinceramente que la falta de novedades y el “autoplagio” al que me refería anteriormente se debió al abotargamiento producido por su enfermedad.

Así que, como dije más arriba, recomendable para fans. Si es la primera vez que te acercas a King, prueba con otras novelas más conocidas. Les gustará a los fanáticos de King, pero les recomendaría otras obras a aquellos que todavía no estén familiarizados con él. En ULAD hay muchísimas de él reseñadas (¿será quizá el autor con más reseñas en el blog?).

Firmado: EPS

Todo lo de Stephen King reseñado en ULAD: aquí    

miércoles, 12 de julio de 2023

Jim Dodge: El Cadillac de Big Bopper

 

Idioma original: inglés

Título original: Not fade away

Año de publicación: 1987

Traducción: Ana Herrera Ferrer

Valoración: bastante recomendable

Supongo que la vocación pop de este libro ya queda ejemplificada por la curiosa traducción (por decir algo) del título, que no es que sea discordante sobre su contenido- al fin y al cabo esta es una novela que habla de un Cadillac que había que entregar a Big Bopper - sino que ya se declara que su traducción quede inequívocamente relacionada con ese universo tan estereotipado: los años sesenta, cierto perfil de buscavidas, la generación floreciente del rock'n'roll, esos cars'n'girls que Prefab Sprout mencionaban a cuenta de estrellas como Bruce Springsteen, los excesos con las substancias, las huidas en un coche, la gasolina por galones, etc.

Por ese camino ya hemos encontrado a toda una generación de autores que han reportado esa especie de eclosión ligeramente contracultural, y la figura del fugitivo recorriendo kilómetros, perdón, millas, aunque quizás la palabra huida no sea exacta. Podría ser también un encuentro con uno mismo, una especie de epifanía la resultante de entregarse al asfalto en búsqueda de aventura. Para este caso concreto, George Gastin es eso, un buscavidas que se gana la vida participando en fraudes al seguro, estrellando vehículos para cobrar indemnizaciones. Recibe un encargo y este es especial. Un Cadillac que iba a ser regalado a Big Bopper, tercera víctima del icónico accidente aéreo en que pereció Buddy Holly. Un encargo muy bien pagado que Gastin podría ejecutar con sencillez y profesionalidad, pero en el que todo cambia. Gastin lee la carta en que la propietaria del vehículo va a regalárselo al músico fallecido y su decisión es tajante: no destrozará el vehículo sino que acudirá al encuentro de Big Bopper, allí donde esté enterrado entregará el regalo. Toma el dinero que le han adelantado para su trabajo, se hace con un tocadiscos y un montón de discos que va reproduciendo (!!!) por el camino, se aprovisiona de un montón de anfetaminas para hacer el camino más llevadero, inicia un largo recorrido en el que mantendrá una serie de encuentros, reales o virtuales, por acción de los estupefacientes,  podemos entender que sus recuerdos de estos episodios pueden ser fieles o consecuencia de la acción de las sustancias que va dosificando, y algunos encuentros parecen más bien parábolas que encuentros reales, que condicionan y matizan su determinación de llegar a su destino. Pernocta en moteles, dosifica el dinero y las pastillas. 

Llegado este punto, ya vemos que la premisa de la novela es ligeramente reminiscente de algunos clásicos de la época, y aunque esto no es periodismo gonzo sino narrativa, también narrada, parece, desde el exceso y, a tenor del momento de su publicación, más homenaje que, especulo, producto de la experiencia en sí. Así que sin ser una alternativa sí podemos asociar este El Cadillac de Big Bopper con la obra de Hunter S. Thompson, incluso con cierto espíritu de Thomas Pynchon en el surgimiento de personajes que parecen justificar la trama. Pero Dodge es menos excesivo, más matizado.

Eso sí, a quien busque en la literatura un sentido estético pronunciado o incluso un cierre perfecto de trama, habrá que decirle que este no es su perfil de novela. 


También de Jim Dodge en ULAD: Stone junction, Fup

domingo, 28 de septiembre de 2025

Dario Ferrari: Se acabó el recreo

Idioma original: italiano

Título original: La ricreazione è finita

Año de publicación: 2023

Traducción: Carlos Gumpert 

Valoración: bastante recomendable

Si hay algo más entretenido en la experiencia universitaria que dejar pasar las horas dulcemente en los bares o cafeterías de la facultad de turno, en vez de ir a clase (bueno, eso me han contado...) es enterarse de la gran cantidad de chismorreos, maledicencias y habladurías variadas (y centradas básicamente en el profesorado y sus alumnos/as más dilectos) que produce cualquiera de esos sagrados centros de conocimiento, ya se trate de la Universidad de Harvard o del último campus de provincias de alguna universidad autonómica de reciente creación. El cotilleo, el arribismo y, sobre todo, las luchas intestinas (o interuniversitarias, también) están servidas. Más aún quizás en Italia, que no sólo es la patria de la más antigua universidad del mundo, sino que en lo de la sutileza en los juegos de poder, el disimulo en el apuñalamiento por la espalda y el manejo del lenguaje (no sólo verbal) para decir lo contrario de lo que parece nos llevan siglos de ventaja a todos los demás. Que quizá sea un tópico, es cierto, ma è ben trovato. 

A Marcello Gori,  protagonista de la novela, sin embargo, parece que el rol de estudiante universitario le ha gustado tanto que ha procurado alargarlo todo lo posible, llevándole casi diez años sacar una licenciatura en Letras y aun por los pelos. Procrastinador casi profesional, devoto de la ley del mínimo esfuerzo y de la triquiñuela (resulta imposible no empatizar con este tipo), él mismo reconoce que su vida a los treinta no difiere mucho de la que llevaba a los dieciséis, en una perpetua huida hacia delante a lomos del síndrome de Peter Pan. Pero claro, todo tiene un límite y llega un momento que la cosa ya no puede alargarse más... es entonces cuando Marcello, gracias a un rebote inesperado, consigue una de las preciadas becas de doctorado en el departamento de Italianística Comparada (sic) de la Universidad de Pisa, bajo la dirección del venerado y casi omnisciente profesor Sacrosanti. La contrapartida a tan asombrosa chiripa es que éste le impone como tema de investigación la figura y obra de un escritor de segunda fila originario, como nuestro protagonista, de la cercana Viareggio, Tito Sella, muerto en la cárcel debido a su militancia -finalizada en un baño de sangre- en una suerte de Brigada Roja local, durante los célebres "años de plomo" en Italia. Y a ello que se pone, sin tener demasiada idea de cómo, nuestro amigo Marcello...

No quiero llamar a engaño: en realidad, tampoco es que ésta sea una novela de campus a la italiana o al menos no lo es tanto como puede sugerir la premisa (y mi arranque de esta reseña); es cierto que podemos encontrar salseo académico, rivalidades, y pasteleos... De hecho, podemos aprender mucho de como funcionan tan doctas instituciones gracias a los consejos que sus compañeros de doctorado, mucho más versados en el secreto funcionamiento del mundo académico, le dan al bisoño, pese a llevar media vida como estudiante, Marcello -impepinablemente divertidas o viceversa, las lecciones que le da el sabelotodo Pier Paolo sobre el adecuado uso de las notas a pie de página o las sutilezas del arte del elogio a los artículos y ponencias de los colegas/rivales de especialidad-, así como otros conocimientos más o menos útiles para quien quiera dedicarse a la más fútil labor investigadora u organizar un simposio de literatura. Esta narración de los entresijos del mundo universitario, en principio en un tono jocoso -si bien en algún momento se vuelve serio o incluso trágico- es además el marco para otras dos narraciones que podemos encontrar dentro de ella, dos "novelas dentro de la novela": la primera, muy clara y que ocupa un tercio del libro, es la biografía de Tito Sella conjeturada por Marcello -y que titula La Estantigua, como la supuesta autobiografía inédita del sujeto de su tesis-, centrada sobre todo en su proceso de radicalización política y su toma de compromiso con la lucha armada (o, en otras palabras, el proceso de enajenación que podía llevar a un joven vasco a ingresar en ETA, a un joven musulmán a dedicarse a la yihad o a un joven blanco norteamericano a elegir un rifle de su colección de armas y cargarse al líder de una facción nazi rival) y con darle un sentido a su propia vida. El tercer nivel narrativo que veo en la novela, menos evidente que el segundo, pero que transcurre en paralelo con éste o, al menos como contrapunto, es el que cuenta el proceso de maduración, de entrada en la edad adulta de nuestro protagonista-narrador -aunque yo no me atrevería a calificarla, exactamente, como "novela de crecimiento", porque recordemos que el tipo tiene ya treinta añazos-; lo irónico es que este trayecto irreversible hacia la adultez se produce mientras Marcello lleva a cabo su doctorado, que él empezó, justamente, para tratar de prolongar su condición estudiantil y, en su caso, irresponsable. Su maduración se debe, pues, al estudio de la vida y obra de Sella, pero también por una estancia en París que resulta bastante tópica (por suerte, no tanto como en Actos obscenos en lugar privado de Missiroli), amén de una serie de circunstancias luctuosas que, quieras que no, te hacen poner los pies sobre la tierra.

Por lo demás, los personajes resultan creíbles y sólidos, sin que tampoco el autor necesite dedicarles páginas y más páginas de introspección psicológica -un poco más, en todo caso, sobre Marcello y Tito Sella-; lo ambientes, perfectamente reconocibles (es decir, para quien conozca, por ejemplo, el laberinto mitterrandiano de la Biblioteca  Nacional de Francia) y las peripecias del protagonista, verosímiles en su avance lógico. En cuanto a la prosa de la novela, resulta cuidada pero sin perder su fluidez, denotando esa capacidad que tienen muchos escritores italianos -de hecho, el estilo de Ferrari me recuerda mucho al de Marco Malvaldi, que es de la misma zona, aunque quizás sus novelas sean menos ambiciosas-para resultar ágiles y livianos sin perder un ápice de densidad literaria ni de profundidad en el retrato psicológico, sociológico o histórico, en un análisis en el que lo divertido no está reñido con lo certero.  En este caso, más allá de la novela de formación que he comentado -o de maduración, más bien-, la indagación sobre el compromiso y sus consecuencias, que pueden ser trágicas pero también, en la mayoría de los casos, consiste en cerrar puertas que en nuestra juventud aún permanecen abiertas, en elegir un camino en el "jardín de los senderos que se bifurcan", que diría ya sabéis quién. Pues madurar y comprometerse es dejar morir el resto de posibilidades que se abrían ante nosotros, para poder vivir en una de ellas. Para saber si Marcello es capaz o no de aprenderlo, leed la novela. Otra cosa no, pero os prometo que no os arrepentiréis...

Nota final: Por lo visto, la ganadora del último premio Tusquets de novela, fallado recientemente (de hecho, mientras yo leía ésta otra), El corazón revolucionario del mundo de Francisco Serrano, también trata de un grupo armado ficticio de los años setenta. Asimismo, la película Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson (basada en la novela Vineland de Thomas Pynchon), también trata de un grupo armado revolucionario... Tal vez nos encontremos ante una nueva tendencia en alza... ¡Temblad, autores/as de romantasy!